sábado, 18 de abril de 2026

Crítica viva

por Daniel Link para Perfil

Todo es asqueroso. Adorni, la carne de burro que se vende en Chubut, el desmantelamiento de las universidades públicas, el deterioro cognitivo de la ciudadanía argentina, el triunfo del dinero como único patrón de evaluación, de crecimiento, de felicidad, la corrupción judicial, en fin: lo que se llama “costo de vida”.

Abandono la enumeración. Me concentro en dos libros que sostienen dos vidas, cuyos costos se miden en intensidades afectivas, no en dinero.

El primero que llegó a mis manos es Estanterías ajenas de Nora Catelli, inscripto en la colección Lector&s de Ampersand. El libro es delicioso en general, pero lo es en particular por la forma en que piensa el recuerdo de las lecturas. A partir de “nociones de la psicología vulgar: los libros evocados serían aquellos que forjan la personalidad, delinean el carácter... Son nociones que vienen de los humores clásicos”. Nora decide apartarse de tal camino para pensar solamente las insistencias (lo que insiste, significa) y recurrencias. El libro se lee como oro en polvo y permanece como tal, esparcido sobre nuestros torpes pensamientos, para mejorarlos.

El segundo es Amigos (Eterna Cadencia) de Sylvia Molloy, cuyo título recuerda al reciente Amistades de Giorgio Agamben (que elude, sin quererlo pero significativamente, la declinación de género). El libro de Molloy ha sido editado por Adriana Amante, quien ha transformado lo que habitualmente serían notas al pie en una monografía que sitúa los textos de Molloy y las referencias con precisión y generosidad. Los textos de Sylvia y sus comentarios ocupan 130 de las 430 páginas del libro. El resto son cartas (éstas sí con notas al pie) a cual más jugosa. De Molloy a (o para Molloy): Cozarinsky, Victoria Ocampo, Pepe Bianco, Murena, Ivonne Bordelois, Manuel Puig, Enrique Pezzoni, Severo Sarduy...

Las cartas reponen una sociabilidad y un ambiente afectivo, pero también una red de relaciones intelectuales e, incluso, institucionales (la lengua es una institución). En varias de las cartas es tedioso (por no decir irritante) el intercambio de idiomas, que dice mucho sobre una forma de cosmopolitismo de época (las cartas de Victoria Ocampo carecen de ese vicio).

Amable corresponsal, Sylvia se deja atrapar por el estilo epistolar de sus interlocutores (lasí operan los ambientes estilísticos). A fuerza de elegir algunos intercambios, me quedo, muerto de risa, con los de Manuel Puig y Enrique Pezzoni.

Los dos libros nos devuelven, para citar a Molloy, “una crítica viva, que es la única que merece la pena”.

sábado, 11 de abril de 2026

Ecos y Narcisos

Por Daniel Link para Perfil

Thiago Ávila, el militante pro-palestino de origen brasileño, coordinador internacional de Global Sumud Flotilla, fue detenido en Ezeiza, incomunicado y separado de su familia (que viajaba con él) por la Policía de Seguridad Aeroportuaria “por profesar ideas contrarias al Gobierno” (según diversas fuentes). Retenido en el aeropuerto, Thiago decidió seguir viaje con su familia a Barcelona, un destino menos hostil hacia las ideas. Podría haber escrito en una piedra, como Sarmiento en 1840: "On ne tue point les idées". Tampoco se las expulsa o se las destierra. Para Carlos Pagni el episodio ilustra “la indolencia que lleva a confundir lo público con lo privado”. Para los representantes de los partidos de izquierda, “un hecho grave de persecución y censura, y un precedente antidemocrático”.

Si bien escandaloso, el episodio no sorprende tanto como su repetición y su eco, en un contexto totalmente diferente. Me cuentan que en un chat institucional una persona republicó una convocatoria (de la que él no participaba, pero consideró pertinente difundirla) a una asamblea. Recibió como respuesta: “en la reunión de hoy tuvimos intervenciones relevantes e intercambios sobre cómo manejarnos frente a la crítica situación que estamos atravesando, y viendo cómo cuidamos nuestra comunidad desde la responsabilidad institucional que cada uno tiene. No ayuda que en este espacio difundamos orientaciones contrarias que fomentan la anomia y la desarticulación institucional”. Las ideas y orientaciones contrarias se dan la mano para acusar a alguien (a cualquiera) de “fomentar la anomia” por el solo hecho de republicar una convocatoria, acusación que no se escuchaba desde la década del ochenta y que ni Carta Abierta se atrevió a esgrimir en sus tiempos más dogmáticos para usar en cambio el más amable predicado “destituyente”.

Hay algo, en la conversación social, que no funciona. Y no funciona porque lo que se escucha son puros ecos de sonidos que rebotan en muros impenetrables cuya única función es apuntalar lo que, a todas luces, se está desmoronando. Cuando hay “ideas” u “orientaciones contrarias” (¿a qué? Sólo se puede imaginar una continuación: “al régimen”) eso significa que el régimen está agotado, como un cuerpo que no puede defenderse sino aislándose (y los efectos políticos del aislamiento, lo sabe cualquier argentino, son devastadores).

El aislamiento conduce a la incapacidad, incluso, de verse a uno mismo (con sus potencias y sus impotencias) y sólo se pueda pensar la propia debilidad como un resultado de un ataque de los otros (que no sabían que eran “otros”, así como Narciso no supo que era él mismo y así como Eco no sabía que podía sobrevivir a su muerte, porque chongos hay millones).

La conversación a la que algunos aspiran (convocando a asambleas, como está sucediendo en la UBA, como sucedió en 2001) no desencadena la anomia sino que intenta sobreponerse a ella. Tampoco es destituyente, porque ante el vacío de respuestas por parte de las instituciones del orden (gobiernos, sindicatos, iglesias y escuelas) pretende la apertura de espacios que propongan soluciones (sobre todo aquéllas que, por que son de tránsito lento, las instituciones no pueden producir).

Vivimos una época particularmente opaca, porque a la crisis de representación que ha destrozado el sistema de partidos se suma una hipótesis de gobierno automático y transparente como las respuestas de la inteligencia artificial que, como todo el mundo ha comprobado, está limitada por su incapacidad de sostener el registro de lo imaginario y actuar en él.

No se trata de decidir quién tiene la verdad, sino de actuar en conjunto en favor de los que menos tienen y que más necesitan de soluciones inmediatas, en favor de aquellos que van perdiendo poco a poco la posibilidad no ya de intervenir en la vida pública sino de sobrevivir en un ambiente enrarecido donde cualquier palabra puede ser interpretada como palabra malsonante, anómica, enemiga. La persona que fue acusada de promover la anomia en el chat antes mencionado decidió abandonarlo. “Me escarlatearon, me dio miedo”, dijo.

En ese espacio, que era presuntamente un lugar seguro para la conversación y para el intercambio de experiencias, sintió los ecos de las conductas totalmente desinhibidas (es decir, bestiales) del gobierno actual. Así como en el siglo XIX hubo liberales de izquierda (en donde nace el marxismo) y liberales de derecha, estos serían, por decirlo de algún modo, mileístas presuntamente de izquierda.

Lo que se verifica es un ambiente estilístico teñido de violencia y de miedo a las posiciones “contrarias”, de populismo y de obsecuencia, y ambientes institucionales que no saben cómo responder a las profundas crisis que las vacían de sentido.

miércoles, 8 de abril de 2026

Preguntan si....

Entrevista de Marcos Vidable para La voz 

“Leer bien es relacionar lugares lejanos”. La frase aparece en Clases, en un trabajo dedicado a La inmensa soledad de Frédéric Pajak, pero bien podría residir entre las páginas de La lectura: una vida… . Ambos títulos, reeditados en los últimos meses, pertenecen a Daniel Link.

Clases. Literatura y disidencia fue publicado hace veinte años y ahora reaparece con un nuevo prólogo y dos textos que no estaban en la edición original. Este “mapa de lo contemporáneo” fue la primera pieza de una trilogía (de la que también forman parte Fantasmas y Suturas) que abordó distintas manifestaciones artísticas, sobre todo del siglo pasado, tan problemático y febril.

−Los artistas del siglo 20 trabajaron con la experimentación frente al avance de los dispositivos de clasificación. ¿El arte del siglo 21 busca consolidar diversas identidades?

(el texto completo, acá. ¡Gracias, Marcos!)

sábado, 4 de abril de 2026

La muerte contenta

Por Daniel Link para Perfil

¿Qué son las humanidades? ¿Y tú me lo preguntas?

Blanchot comenta en “La muerte contenta”, uno de los texto incluidos en De Kafka a Kafka, un fragmento de sus Diarios. Dice: “Todo ese pasaje se podría resumir: sólo se puede escribir si se permanece dueño de sí mismo ante la muerte, si con ella se han establecido relaciones de soberanía”. No se escribe para tratar de sobrevivir a la muerte, dice Blanchot, sino todo lo contrario. Por eso, para Kafka “escribir es ponerse fuera de la vida”. Cuando algo realmente pasa (como la muerte), Kafka pierde interés; ya había estado en ese lugar.

(No pongas esa cara de estreñido, es decir de libertario iletrado, que todavía no llegamos al punto)

Hace unos días, mi nieta Juana se aprestaba a una visita a mi casa y un niño de seis años que la acompañaba preguntó: “¿Va a estar la bisabuela de Juani?”. Le contestaron que sí, que mi mamá iba a estar. “A mi lo que me llama la atención es todos los años que tiene”, agregó el niño (Mi mamá va a cumplir 91 años en mayo). Juana dijo: “Si, ojalá que llegue hasta los 100”. Pero el niño objetó: “Bueno, más o menos, porque si vive tanto capaz le duele todo. Y si le duele todo es mejor que se vaya al cielo”. Mi nieta se sintió obligada a desplegar sabiduría topográfica y dijo: “Sí, o abajo de la tierra. Si se muere contenta se va al cielo, y si no abajo de la tierra”. El niño aceptó la enseñanza: “uy, espero morirme contento, voy a tratar”, “Sí, yo también” aclaró Juana. Y el niño cerró la conversación diciendo: “espero morirme en una cena o algo así, algo divertido”.

Como se ve, haber leído a Blanchot sirve para entender las conversaciones infantiles. Mi nieta Juana es Blanchot, piensa como él. El niño es más materialista, piensa en las condiciones materiales de existencia (como quien dijera: “panza llena, corazón contento”). Pero los dos coinciden en el momento en que enfrentan la idea de la muerte, que lejos de atemorizarlos, les plantea formas de vivir: soberanía sobre si, hambre cero.

Para llegar a morir contento, los dos lo saben, hay que llevar vidas adecuadas al cielo y, por supuesto, leer los libros que alimentan nuestra dicha.