sábado, 20 de junio de 2026

Sentido literal y figurado

Por Daniel Link para Perfil

El Mundial está entre nosotros. El acontecimiento deportivo que, se suponía, iba a cubrir con un manto de piedad los más escandalosos casos de corrupción actual, en verdad no ha hecho sino subrayarlos y obligarnos a pensar en sus raíces, que son parte de un largo proceso de desarticulación del sujeto político.

Nos desayunamos (digo: las personas del común, no probablemente los expertos en las lides de balón) de la introducción de un “hydration break” en la mitad de cada tiempo, que desarticula por completo el partido y cambia su intensidad y, por lo tanto, su impacto emocional. Uno se pregunta: ¿nos toman por pelotudos? ¿Acaso alguna vez un jugador cayó deshidratado al campo? ¿No hemos visto a los jugadores, durante décadas, tomar agua al costado de la cancha? Realmente: ¿nos toman por pelotudos? La pausa de tres minutos sirve para meter una tanda completa de más mierda publicitaria, dejando a los telespectadores (y eventuales asistentes) con un sabor más bien amargo en la boca porque, ¿a quién le preguntaron si eso hacía falta?

Por supuesto, quienes primero podrían haber protestado son los jugadores, pero sus representantes habrán abrazado con algarabía la nueva interrupción porque significaba más dólares en sus bolsillos. Un negocio interrumpe la identificación del público con sus jugadores y con el partido entero. Lo que allí sucede desbarata por completo la representatividad como relación y como soporte del discurso (deportivo).

Ahora bien, el “¿nos toman por pelotudos?” debe aplicarse también a la política. ¿A quién se le ocurre que el Mundial podría salvar a Adorni de su propia estupidez? Obviamente a alguien que es capaz de pensar en términos de fragmentación total de la escucha ciudadana y popular. Es decir: a alguien que desprecia a aquellos a quienes dice representar. Son los “mogólicos” de quienes los gobernantes se ríen.

Pero, además, ¿a quién se le ocurre que la corrupción admita alguna defensa, alguna dilación en su condena, la suspensión del castigo correspondiente? Hay allí una falla conceptual profunda que desconecta a los representantes de sus representados, creando una oligarquía política (que la actual gestión ya no puede seguir llamando casta sin que se le caiga la cara de vergüenza) que carece de cualquier fundamento democrático.

Cuando cayó el muro de Berlín, se pusieron a la venta los coquetos pisos que el comunismo alemán había construido en la Karl Marx Allee bajo el lema “palacios para el pueblo” y que fueron habitados, todos ellos, por la oligarquía partidaria. Un hispanoamericanista célebre compró allí, después de la unificación, un penthouse, donde organiza ahora unas fiestas preciosas.

Que eso haya sido posible (la apropiación de un barrio entero por parte de la nomenclatura comunista) fue un antecedente de la pérdida de sentido del PC (que no es un asunto ideológico, desde ya, sino puramente coyuntural).

La corrupción es una consecuencia de la pérdida de relación de la clase política con sus representados: esa es la crisis de representación que atravesamos y que lleva ya más de veinte años. No se fueron todos, y más bien se quedaron. E inventaron palabras bonitas cuyo efecto más triste fue la fragmentación del sujeto político al que se lo interpeló, cada vez, con nombres diferentes hasta que ya nadie supo más quién lo convocaba ni para qué.

Autonomizada de sus obligaciones, la oligarquía política considera que tiene derecho a garantizar su propia existencia a toda costa y sin referencia a los intereses generales de la sociedad (“evadí, como todo el mundo”). 

La política actual opera sobre masas y multitudes desagregadas. No polarizadas, lo que siempre fue una estrategia no sólo legítima sino también inevitable, sino completamente atomizadas. El mismo que dice “gente de bien” con un énfasis casi persecutorio es el que no considera que haya hecho nada indigno de su investidura: sólo se trata de vivir, bajo el signo de Libra.

La obsesión presidencial por la ópera Nabucco es un indicio. Para él la obra habla del pueblo judío (lo que es cierto) y nada más (lo que es falso). Nabucco es una protesta sobre la entonces dominación austríaca sobre Italia (el pueblo judío es una metáfora o la matriz de comprensión de todo pueblo). La “patria bella y perdida” era Italia y “Va pensiero” es una afirmación patriótica contra la tiranía extranjera.

Como el señor presidente ha perdido totalmente la relación con la noción de “pueblo” que Nabucco invoca, no puede leer su argumento más allá de su literalidad. Y como integra la oligarquía política, le parece legítimo que él y sus cómplices de gobierno hagan pingües negocios a espaldas (y con el dinero) de sus representados. Como en el fútbol: ¿nos toman por pelotudos?

 

sábado, 13 de junio de 2026

¿Triunfan los bárbaros?

Por Daniel Link para Perfil

La realidad (un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo) te alcanza y te lleva por delante, lo quieras o no. El asunto es cómo vas a reaccionar.

Murió el Indio Solari, lo que desencadenó una de las más intensas manifestaciones de religiosidad popular de las que se tenga memoria. A esa muerte, el gobierno contestó negando para sus funerales el lugar de privilegio que el cantante se merecía, alegando no sé qué razones de seguridad (las mismas estupideces que te dicen para que apagues el celular en el avión). Y los odiadores que siguen al gobierno se dieron incluso el lujo de celebrar esa muerte en los comentarios a repetición que evacuaron en las notas periodísticas.

Yo nunca seguí a los Redondos, y ni siquiera me sé un tema completo. Nada de ese universo, yo pensaba, se relacionaba conmigo y pensaba callar respetuosamente hasta que el diputado Paulón propuso un homenaje impensado (¿pero acaso lo impensado no es lo que moviliza al pensamiento?): declarar el 5 de junio como día de la cultura ricotera y el pogo. En el cuerpo del proyecto de ley cita a las autoridades. No la Real Academia, que sabe todo sobre la muñeira pero nada sobre el pogo, sino el Diccionario Latinoamericano (DILE) que creamos en UNTREF hace diez años y que incluye esa definición (y otras tantas esenciales).

Por supuesto, los odiadores se lanzaron también contra el proyecto de ley, abogando por la desaparición total y definitiva de la cultura ricotera, asociada sin miramientos desde su perspectiva retardada con la droga, el alcohol y el peronismo.

El proyecto de ley cita la definición de “Pogo” propuesta para el DILE (bajo la dirección, desde sus primeros días, de alguien que no es ricotero ni peronista, como yo). En un diccionario de uso del español, los términos los definen los propios usuarios, como corresponde, incluso desde la perspectiva de cualquier espíritu “anarcolibertario”.

Pero advertidos los odiadores de la existencia de una herramienta de cultura se sacaron la máscara de la libertad y mostraron su cara de exterminio realizando ciberataques coordinados que paralizaron el sitio.

viernes, 12 de junio de 2026

Doña disparate y Bambuco

 

"Billy Elliot es un musical sobre la identidad, sobre no claudicar sobre lo que uno es, lo que uno siente. Este protagonista no entrega ese fuego: es frío. Billy es un varón que, precisamente, lo que busca la obra es confrontar su masculinidad con el recurrente prejuicio y la cursilería de que "el ballet es para mariquitas", como se escucha en escena. Entonces Billy al menos debe verse mucho más masculino que Michael, el amigo que está descubriendo al vestirse de mujer su orientación sexual."

¡Tiene razón el crítico de las cavernas (platónicas)!  Por eso mismo, ya le envié a Rubén Szuchmacher un adminículo indispensable que, me dijeron cuando consulté, viene ya con lubricante....

¡Niños argentinos, a medirse!


 

lunes, 8 de junio de 2026

Diario de un profesor

(anterior)

La pedagogía es un hecho repetido, porque se funda en la repetición. Pero la repetición, lo sabemos por Nietzsche, lo sabemos Kierkegaard (antes incluso que por los posestructuralistas) nunca es el retorno de lo mismo. Repetir el Quijote, lo supo Pierre Menard, es producir lo nuevo.

Las pequeñas variaciones de la carrera que inventamos empiezan a dejar sus marcas. El repetido latín empieza a resonar en nuestro presente político. En las conferencias que les llevamos a las alumnas (para que aprendan un registro más bien anquilosado) escuchan la circulación de las palabras que oyeron en las clases de teorías literarias. 

Pero además, no nos conformamos con la repetición ritual de los conocimientos. Los mandamos al mundo. Les regalamos entradas para la Feria del Libro (como estudiantes, no las necesitan, pero sí para llevar a sus padres, madres, amantes que no estudian), les conseguimos entradas gratuitas para que vayan al teatro a ver Pundonor.  Les llevamos a Albertina Carri para que conversen con ella sobre los sentidos de la desaparición y de la letra materna. 

No nos satisface una pedagogía sedentaria (que es como una pedagogía de la senectud) sino una pedagogía del movimiento. Todo se está moviendo y tienen que sostenerse en el mundo sin marearse. Y tienen que conocer las tretas del débil, de la supervivencia).

En los primeros parciales, nos sorprendieron las cortísimas respuestas a cada consigna. Diez líneas, como mucho. Rarísimo. Les preguntamos por qué. Nos dijeron que en una materia les habían recomendado contestar con precisión y economía, con pocas palabras. Les dijimos que era como jugar con fuego o como pararse al borde de un abismo y hamacarse irresponsablemente. Lo mejor es escribir mucho y cualquier cosa, para marear a la profesora y que no sepa bien lo que está leyendo (y si no le gusta, que tome una prueba de opción múltiple). Poner al tumulto del lado propio. «Ganar las fuerzas de la embriaguez para el servicio a la revolución» (como había propuesto Benjamin en relación con el superrealismo).

Les estamos preparando para un mundo totalmente nuevo y totalmente hostil, con gemelos digitales y sociedades anónimas y radicalmente impersonales (constituidas por robots con personería jurídica). ¿Se puede contestar a eso con pocas palabras?

Necesitamos una marea de discurso, de discurso nuevo, aún en su repetición y tienen que ser esas jóvenes las que encuentren las palabras adecuadas en los libros, en las conversaciones, en la calle y en los acontecimientos funerarios de masa. 

Necesitamos, también, salarios dignos y condiciones de trabajo estables. Pero eso es otro hilo de pensamiento

Ahora estamos preparando, entre todas, dos proyectos para el segundo semestre: un Club de Lectura (fuera de la universidad, los sábados) y una revista de Letras, cuyo título, tal vez, lo diga todo:

 


 

 (siguiente)

 

sábado, 6 de junio de 2026

Descansa en paz

Por Daniel Link para Perfil

El 9 de marzo de 2026 el Equipo Argentino de Antropología Forense emitió un informe según el cual los restos esqueletales denominados LTZB-S2-11-015 habían sido identificados como partes del cuerpo de Fernando Risso, mi primo hermano, secuestrado el 24 de marzo de 1976 de la Casa de Gobierno de Córdoba, donde trabajaba. Junto con los suyos, se identificaron los restos de otras dieciseis personas, cuyos huesos fueron a parar a una fosa común en Loma del Torito. La noticia fue profusamente comentada por los diarios, que dieron la nómina de los dieciseis nombres, excluyendo el de mi primo, por decisión de la familia.

Basándose en ese informe, el Juzgado Federal de Córdoba Número 3 emitió el 2 de junio de 2026 una resolución declarativa fechando el acontecimiento de la muerte de Fernando el 24 de marzo de 1976, a falta de mejores elementos de datación.

El asunto puso en estado de alerta a la familia. Cuando comenté el suceso con mi mamá (96 años) me preguntó: ¿y qué se gana?

Yo me armé de paciencia e intenté explicarle el significado de ese hallazgo en términos trágicos (enterrar y honrar a un muerto), en términos históricos (la desparición de Fernando no fue una fantasía: “estará en España”, se dijo, de muchos tantas veces), en términos jurídicos (habiendo cadáver, hay delito, y por lo tanto proceso), pero creo que no tuve éxito.

Además, he conversado del asunto a propósito de la película No matar (2026) de Juan Villegas y del debate que suscitó, como legitimadora de los discursos negacionistas y dobledemonizadores.

No he visto la película de Villegas, pero todas sus premisas me resultan de una ligereza paradójicamente abrumadora. Parece no entender la herida abierta que las desapariciones han dejado en la conciencia común y que es muy diferente de la que supone cualquier asesinato. En el primer caso, el juicio (ético, jurídico) queda suspendido; en el otro, está escrito con todas las letras. Las víctimas no son equivalentes.

Pero el negacionismo es un vicio conceptual difícil de erradicar, tanto en el seno mismo de las familias como en el discurso público. Pero hay que hacerlo, por ellos y por nosotros.