Mostrando las entradas con la etiqueta Diario de un jubilado. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Diario de un jubilado. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de septiembre de 2026

La buena letra

por Daniel Link para Perfil

Cuando Gregorio Samsa despertó, se encontró acostado en una cama de Pilates convertido en un gigantesco insecto que movía las patas sin ton ni son. A su alrededor, tres mujeres en la mediana edad (que cada tanto recordaban sus juventudes de fiestas electrónicas), un veinteañero blanco como la nieve y la instructora evitaban mirarlo para que el desagradable espectáculo no les arruinara el día.

Gregorio se dedicaba, desde hacía semanas y años, a atender las indicaciones de sus médicos (es decir, de la sociedad entera, que había delegado en la medicina y sus maquinitas el poder de decir la verdad sobre toda vida). Tomaba sus pastillas contra la presión alta y contra el colesterol elevado, había modificado su dieta (desayunaba sólo mate, para evitar fumar, y medio yoghurt natural mezclado con arándanos) y hacía gimnasia.

Hacia las 11 comía un huevo duro y almorzaba ligero, lo que en los periódicos se llama “comer sano”. Por la noche se contentaba con un sandwich de pan integral, tomate y jamón (o lomo de cerdo).

Un día, la instructora de pilates declaró que el joven blanquísimo y de piernas lampiñas era su mejor alumno. Gregorio imaginó que al comienzo de la clase siguiente (en ese momento el joven no estaba presente) iba a derramar sobre su cuerpo perfecto y sus líneas puras la cantidad de ácido necesaria para convertirlo en una baba humeante. Había descubierto la semilla de su propio desierto. Su punto de no retorno.

Gregorio comprendió que hacer buena letra (aceptar los mandatos sociales) puede soportarse por un tiempo limitado. La olla sigue borboteando por dentro, y lo que antes se vivía con ironía se convierte en un odio cada vez más reconcentrado y sin salida. Entendió cómo se forman los asesinos de masas, y encontró el punto exacto a partir del cual él mismo comenzaría a acopiar armas para eliminar a la mayor cantidad de personas posibles (partidarios de la comida sana, cultores de yoga y de pilates, médicos y laboratoristas, veinteañeros de posición acomodada y piernas impecables, mujeres casadas con melancolía por sus años mozos), gente de bien, en general. Esta vez, la cucaracha iba a llevarse consigo unas cuantas víctimas.

sábado, 29 de agosto de 2026

La comedia humana

por Daniel Link para Perfil

Se levanta con los primeros gallos, apenas el sol se asoma entre los árboles. Se mete en su gimnasio de campaña y hace bicicleta durante media hora. Después, calistenias en la colchoneta. Desayuna. Visita la huerta, para controlar que las plagas no hayan avanzado contra las barreras que ha levantado. Controla el progreso de las patatas, las cebollas, las lechugas, los tomates y los pimientos.

Riega los almácigos repletos de plántulas con flores. Se instala en su oficina y hace correr los programas que purgan el sistema de equilibrio climático hogareño y la provisión de energía eólica. Mientras tanto, toma baños de luz ultravioleta con la lámpara especialmente destinada a ese propósito y se conecta a sus redes para rolear con alguno de sus tres avatares.

Uno es un chico de 20 años que juega al fútbol y estudia diseño digital, otro es un hombre de 32 años, musculoso y velludo, que tiene un hijo de cuatro años, producto de un pacto de reproducción y crianza con una amiga lesbiana, el tercero (el más parecido a él) es un muchacho de 29 años que está casi siempre fumado y, por lo tanto, afectiva y sexualmente vulnerable. Elige el avatar según con quien quiera encontrarse. Por ejemplo, el fumado tiene un amigo de 35 años que vive en Canadá y que se dice “burócrata del gobierno federal en políticas públicas... Políticas de salud... específicamente para ubicaciones remotas y rurales. E investigación en la universidad”. Tiene un hermano gemelo y, a veces, una novia y tres hijos que “pusieron a su cargo”. Cuando el canadiense se ausenta por trabajo, no le conviene conectarse con ese usuario porque sabe que perderá el tiempo sin ninguno de los beneficios a los que su amigo lo tiene acostumbrado. El de 32 años suele hablar por las mañanas (y sólo por las mañanas) con un granjero que tiene fascinación por la ganadería y que lo trata, alternativamente, como un toro o una vaca, pero siempre dispuesto a ejercer su derecho al ordeñe. El chico de 20 años es el más relegado. Un poco porque lo fastidia el modo en que lo atacan para convencerlo de que ceda (no se sabe bien a qué) y otro poco porque lo obliga a desarrollar una personalidad “hyper” que lo cansa a él más que a sus interlocutores.

Una vez transcurrido ese intervalo recreativo empieza su trabajo, que involucra gestiones de programación y escritura a destajo para los sitios donde sus historias se publican y por las que los lectores pagan una pequeña cuota mensual, que le sirve para encarar los arreglos de su refugio y mantener los filtros de oxígeno en buen estado.

Toma un almuerzo ligero y descansa una hora (probablemente vea las noticias). Recorre su hábitat y examina su integridad estructural. A veces tiene que reparar algo o cambiar algunas lámparas quemadas. A veces tiene que llamar a personal especializado, en relación con asuntos que no puede resolver por si mismo. A las seis de la tarde corta toda actividad y se sienta a tomar un whisky, a veces mirando el fuego, a veces mirando la lluvia ácida que gotea lentamente del cielo. Habla, si acaso alguien le contesta, con sus pocas amigas y sus pocos familiares.

Calienta la comida que ha preparado previamente (dedica una tarde, una vez por semana, a esos menesteres) o descongela alguna porquería comprada en la proveeduría.

Después de comer, nunca lava los platos y se va a leer la Divina comedia o a mirar una película. Antes de medianoche seguramente estará dormido.

Periódicamente, realiza las visitas médicas obligatorias, y compra los medicamentos que le han prescrito. A veces piensa en las conversaciones que tendrá al día siguiente. Cuando vea a su amigo canadiense piensa preguntarle cómo puede estar seguro de no haber estado chateando con alguien que conoce con otra máscara, otro avatar. Él, efectivamente, lo ha encarado con sus otros dos avatares, sin aclararle la circunstancia. El canadiense ha sido, en esas conversaciones, alguien más ocupado en los problemas migratorios que los sanitarios.

Dejando de lado algunas circunstancias y cláusulas meramente técnicas esta vida puede corresponderse tanto con un futuro inmediato, hacia mediados del siglo XXI, o con un pasado remoto, como el Cuatrocento o el Siglo XIX.

A las fantasías apocalípticas en relación con el fin de lo humano puede oponerse la (a lo mejor triste, a lo mejor no) certeza de que es difícil que desaparezcan los hábitos y rituales que, durante siglos, han caracterizado el desenvolvimiento cotidiano y han dado formas a los terrores y las esperanzas de las personas. Lo mismo puede decirse del conjunto de lecturas bajo cuyo largo influjo todavía seguimos. Si elegí la Divina Comedia y no la Odisea, es por la extraordinaria película de Julian Schnabel In the Hand of Dante (2025).

sábado, 15 de agosto de 2026

Ubi Sunt

Por Daniel Link para Perfil

El responsable del taller de serigrafía se sorprendió por el anacronismo del pedido (¿tan temprano?) y el carácter inverso de la leyenda que debía imprimir en las mil remeras negras de diferentes talles. Para no cometer un error llamó al comitente del encargo para verificar que el "No” que encabezaba la frase estuviera bien colocado.

La persona le confirmó la frase, y le explicó, para tranquilizarlo, que formaba parte de un grupo de intelectuales “del conurbano” que había decidido comenzar a actuar tempranamente en el diseño de la próxima campaña electoral mediante microintervenciones que permitieran orientar la selección de candidatos más allá de las consabidas roscas, contubernios y corruptelas. El (o la) comitente subrayó el papel histórico que los intelectuales tuvieron en los procesos políticos y deploró la reciente pérdida de la capacidad de intervención, la apatía cuando no la complicidad silenciosa, el conformismo y la falta de horizontes políticos que permitieran diseñar un futuro pensado estrictamente en favor de la ciudadanía, en favor del pueblo, en favor del sujeto soberano y no en favor de grupúsculos de millonarios, de candidatos delirando premios nobeles, de cínicos promotores del espionaje barrial, o, directamente, representantes del dinero narco?

El serígrafo no sabía cómo interrumpir la letanía de protestas y reproches que, él sabía, poco tenía que ver con su oficio, pero que debía escuchar por cortesía profesional. ¿Dónde están?, se preguntó la voz en el teléfono que reposaba ahora sobre una mesa de trabajo, puesto en altavoz para beneficio de los demás empleados que, callados, se sentían al mismo tiempo involucrados y distantes, ¿dónde están los Manuel Ugarte, las Carolina Muzzilli, los Scalabrini Ortiz, los Jorge Abelardo Ramos, los Horacio González, las Alcira Argumedo, los Berni, los Walsh, las Ludmer de hoy? ¿En Substack?

Entonces, confirmó de nuevo el serigrafista, ¿la leyenda para las mil remeras es “Yo no voto a Massa”?

Sí, le contestaron, somos un grupo creciente de ciudadanas que no queremos a Massa como candidato a nada. En el taller, aplaudieron.


sábado, 27 de junio de 2026

Reglas de tránsito (2)

(anterior)

Están los que las tienen grande o creen que la tienen grande y creen que con eso basta. Embisten, desde atrás, usando el miedo como única herramienta. Te torean, como diciendo: correte o te rompo todo. 

Yo sonrío y me digo: "pará chiquito, pará".  O sea: esos jovenes que se creen que se trata de embestir por detrás y abrirse paso, la verdad, no saben cómo se hace.  Por lo general se trata de camionetas, pero a veces la misma actitud se reproduce en sedanes pedorros (aún cuando sean de marca: AUDI o BMS, digamos).

Para mí, manejar tiene que ver con la fluidez, el ahorro de energía, el deslizamiento suave y constante, el ronroneo (y no el gruñido). Yo tengo una regla de oro: si voy a velocidad máxima, puedo llegar a correrme del carril, pero sólo si eso no implica que yo pierda mi promedio de viaje bajando mi velocidad. 

A veces me corro del carril rápido, claro, por dos razones: el carril de sobrepaso debe estar siempre lo más libre que se pueda (cosa que cualquier que haya manejado en Europa sabe) y, en segundo lugar, disfruto de humillar a estos que funcionan a golpe de empuje inmisericorde (asunto al que Severo Sarduy dedicó sonetos memorables). Me corro, y les dejo pasar hasta el siguiente obstáculo. Por supuesto, la embestida es de tiro corto, porque unos metros más allá encontrarán taponado el conducto de circulación.

Mientras tanto yo, sin bajar mi velocidad crucero (siempre la máxima y nada más), me voy cambiando de carril, encontrando los agujeros, moviéndome hacia un costado y el otro, haciéndome el lugar que necesito para que el placer de manejar encuentre su punto de equilibrio, haciendo las señas del caso cada vez que me muevo, calculando con pericia la relación entre el vehículo y el espacio en el que debe moverse. Bien pronto aquél que quería embestirme queda atrás, atrapado en su propia impotencia y su incapacidad para avanzar como corresponde, fluidamente, delicadamente, asunto en el que yo tengo una pericia por encima del promedio. 

Supongo que son asuntos de la edad, pero creo que yo nunca toree a nadie, salvo como chiste. No me gustan ni la prepotencia ni la jactancia. Tenerla grande y no saber usarla son casi las dos caras de la misma moneda. ¿O no, amigos míos, o no?

(siguiente) 

Reglas de tránsito

por Daniel Link para Perfil

Manejo un auto porque no me queda más remedio. Nunca lo uso en la ciudad, pero como vivo a cincuenta kilómetros, cada desplazamiento me cuesta un dolor de cabeza (además del combustible para el vehículo, los peajes y las cuotas de seguro, patente y cochera). Supongo que en pocos años más ya no podré manejar pero no quiero ni pensar en ese desenlace.

Mientras tanto, sufro. Sufro la pelotudez de quienes manejan usando el celular (los veo chicos, los veo), sufro la violencia de los conductores de narcisismo herido, que pretenden alcanzar no sé bien qué record en los índices de desagrado del prójimo, sufro el pésimo diseño de las uniones de las autopistas y el estado lamentable de los caminos alternativos (urbanos o semirurales). Sufro las horas pico, que trato de usar en sentido inverso.

Por ejemplo, me organizo para ir a Villa Link (donde funciona mi carrera de Letras) un día a media tarde, cuando ya empiezan a volver los habitantes del suburbio. La felicidad que me provoca ver los atascos en el carril contrario no tiene desperdicio ni arrepentimiento alguno. Cuando salgo de Villa Link, me quedo a dormir en Buenos Aires, a donde llego relajado por el contra tránsito, felicitándome por mi estilo de vida. Al otro día, después de algún trámite matutino o algún turno médico, me vuelvo a mi suburbio, antes de que el malón empiece a rugir. Y hago las compras en el pueblo. Y llego a mi casa, donde las perras y el gato me reclaman mi ausencia.

Como nada nos salva del pelotudo atómico, todos los días hay algún choque por falta de atención o por uso indebido del teléfono celular. Yo no entiendo cómo hay gente que choca en autopistas, pero que las hay, las hay. Y mientras vienen los servicios de emergencia, la policía y no sé que otra patrulla necesaria, el tránsito de paraliza. Sucede sobre todo en horas pico, pero me ha pasado incluso en los horarios que yo elijo para transitar el mundo con tranquilidad y buena música.

En todas las uniones de autopista (Acceso Oeste y General Paz, Dellepiane y Perito Moreno) los atascos son épicos, porque las uniones están mal pensadas, y hechas para la mierda. Los cráneos gobernantes han resuelto el problema que los mismos contratistas y el Estado crearon limitando la velocidad a, por ejemplo, 60 kms. por hora. Es dificílisimo no pasar por la cámara a 65, y quedar deudores de plata y, sobre todo, de puntos de scoring. No entiendo cómo la gente no ha cortado todavía esas uniones en reclamo de una solución que no sea la penalización del inocente.

(siguiente) 

 

sábado, 25 de abril de 2026

El dedo muerto

Por Daniel Link para Perfil

Hace unos años mi mamá empezó a quejarse de que se le desconfiguraba el teléfono celular (no eran sus palabras, claro, pero de eso se trataba). De pronto se quedaba sin sonido, o le desaparecían las pocas aplicaciones que usaba, o no podía encontrar los chats en curso). Como ella estaba (y sigue estando) “en situación de Android” era para nosotros complicado lidiar con un sistema operativo que desconocemos en sus detalles. A veces mi hijo la ayudaba y entonces mi mamá se quejaba diciendo (injustamente, claro): “Tomás tocó....”, “Tomás hizo...”. Pronto descubrimos la causa de las desconfiguraciones: mi mamá tenía el pulgar “muerto”, es decir: cuando movía su dedo índice sobre la pantalla, el pulgar caía sin demasiado sentido y sin voluntad sobre otras secciones del menú, anulando funciones, borrando conversaciones, modificando lo que debería ser inmodificable (no entendemos todavía cómo nadie ha diseñado un sistema operativo para personas mayores).

En todo caso, el fin de semana pasado me descubrí habilitando funciones en un juego inadvertidamente: era, sí, mi propio dedo muerto. En el prólogo a mi último libro (me dicen que se vende bien), La clausura de febrero y otros poemas, escribí que “desaparecemos del todo cuando ya no queda nada de nosotras por morir”. Los oídos, los ojos, los dientes, esas primeras víctimas, empiezan a apagarse tempranamente, pero hay prótesis que disimulan o anulan el proceso de micromuerte. El dedo (cuántas veces hemos hablado de “El dedo gordo” en la estela de Bataille, como emblema y clave de humanidad) se suma a esa cosecha inminente de mortandades.

Los análisis nos van mostrando el deterioro de los órganos internos (en mi caso, por fortuna, es imperceptible), que son los que marcan el ritmo del último suspiro.

A medida que esas cosas suceden irremediablemente, empiezo a dejar morir algunos aspectos de mi vida laboral (ya casi extinta). Me escribe una chica de una editorial que publica libros míos para invitarme a la Feria del Libro, con el objetivo de “generar contenido para las redes”. Le digo que yo no genero contenido para las redes, a quién se le ocurre. Otra chica me escribe para invitarme a dialogar con una artista un sábado. Acepto a regañadientes porque quiero el lugar, pero luego me dice que la artista puede tener un zoom previo (yo no uso zoom), el día tal a tal hora. Le digo que no, que no me someto a la aprobación de personas que no conozco y que no suelo adelantar los contenidos de mis conversaciones que son, por otra parte, bastante previsibles.

Casi me siento tentado de decirles: yo estoy involucrado en los procesos de deterioro corporales y cognitivos propios de mi edad como para que me vengan con pelotudeces, pero desisto de caer en la categoría “vieja loca”, que las jóvenes me aplicarían inmisericordemente.

Arrastrado por ese impulso beckettiano, me pregunto si no ha llegado el momento de dejar morir éstas, mis columnas para Perfil. Lo decidirá mi dedo (pulgar para abajo) cuando me canse también del régimen de esclavitud de las columnas semanales.


sábado, 28 de febrero de 2026

Querido diario (9): La clausura de febrero

por Daniel Link para Perfil 

37. Los rectores de las universidades nacionales, que el año pasado obtuvieron la sanción y la ratificación de la Ley de Financiamiento Universitario, este año aceptarán una ley que recorta sensiblemente ese mismo financiamiento. Los sindicatos docentes aceptarían dócilmente la pérdida en los salarios de un año entero de inflación galopante (provocada por el mismo gobierno que dice combatirla). Y el aumento retroactivo de los sueldos se ofrecerá en cómodas cuotas mensuales. Si es así, los rectores han traicionado la causa educativa y habría que juzgarlos penalmente. Los niños de doce años serán considerados criminales y los trabajadores que sean despedidos obtendrán el beneficio indemnizatorio de fondos que provendrán de los aportes jubilatorios realizados por los trabajadores (para jubilarse, no para otra cosa). Y a nadie le parece un escándalo triplicado.

38. En lo que va del verano, los animales domésticos (dos perras y un gato) mataron innumerables ratones (al menos 6), tres zarigüeyas, dos gatos vagabundos y dos pajaritos (sólo estos sirvieron de alimento, los anteriores murieron por principios). Lamentablemente no vimos que mataran a ninguna ardilla, despreciables criaturas que transitan por los cables de electricidad.

39. Termina febrero y creo que ya no podré seguir con mis anotaciones fragmentarias. Era un dispositivo bastante cómodo. Cada día escribía una parte de la columna, hasta completar los caracteres correspondiente a la semana. En mi blog los fragmentos llevan numeración correlativa y totalizan 40 entradas.

40. Este amigo cordobés que me invita a dar una conferencia en el Caribe y que me presta su casa y su auto me informa que “lo chocaron”. El auto sigue andando pero quedó muy mal de chapa, frontalmente. “Créanme, es estético”, insiste (como si fuera poca cosa). Exploro las compañías de alquiler y ya no quedan autos disponibles en la isla, y además los precios son exorbitantes. “Olvidate”, le contesto, “andaremos en la chata”, recuperando una palabra de infancia cordobesa que servía para designar a esos carromatos desvencijados y para todo propósito que se veían en las rutas serranas.

sábado, 14 de febrero de 2026

Querido diario (7) La tormenta perfecta

Por Daniel Link para Perfil

30. La tormenta de febrero se desató sin anuncio previo. No me refiero sólo a la variación climática sino a la situación que atraviesan las universidades públicas, desfinanciadas hasta el ahogo. Muchas de ellas aceptaron pactar con el gobierno nacional. A cambio de fondos defenderán sus políticas culturales y económicas, sus biopolíticas. O sea: echarán a los docentes e investigadores que tengan una perspectiva crítica sobre el actual gobierno. Basta con ver la lista de las favorecidas en el reparto de prebendas para saber por dónde se cortará el fiambre. Las que no han sido favorecidas por semejante contubernio, han empezado a despedir profesores e investigadores, a posponer contrataciones, a ofrecer condiciones subhumanas de trabajo. Todas las soluciones que yo he propuesto para esta crisis terminal de los espacios universitarios han caído en saco roto: “no es la costumbre”, “no tenemos otra salida”. Un año que iba a ser glorioso, se transforma de repente en la antesala del infierno. ¿Resistiré, resistiremos?

31. Le recomiendo a una amiga una película extraordinaria que se llama The history of sound (2025, Oliver Hermanus). Le aclaro: “Pero si vos ya entraste en el régimen de ver sólo películas que digan las cosas que deben decirse para satisfacer la mala conciencia, no la veas”. Y me contesta: “Para ser sincera, entré un poco en esa”. No llego a entender qué terror lleva a personas inteligentes y sensibles a adoptar un criterio temático y políticamente correcto para mirar películas o leer libros. La historia del sonido está magistralmente actuada y es una historia de amor pura y simple. Pienso que a Roland Barthes le habría gustado.

32. El tercer libro que estoy preparando para este año es la transcripción de unas conversaciones que entablo con dos amigos a propósito de algunas nociones que, ellos dicen, son importantes en mis libros y en mi práctica. Me gusta mucho la idea de sostener conversaciones “eruditas”, un género ya casi inexistente. Veremos qué sale. Me intimada un poco la grabación preliminar en video.

33. Es rarísimo cómo los europeos, pese a sus innumerables desaciertos políticos y su fatal incomprensión del presente, se consideran, pese a todo, el centro de un mundo que, hay que decirlo, si existiera sería totalmente decadente. Como estoy al tanto de las muchas ignorancias que arrastran como bandera, le mando a un amigo europeo parte de las repercusiones del extraordinario show de Bad Bunny del fin de semana pasado. “Supongo que lo habrás visto”, introduzco como chicana (porque estoy seguro de lo contrario). Y concluyo: “Acá no se habla de otra cosa”. Me contesta: “Estoy en Estambul. Acá el mundo ya está mirando únicamente hacia Oriente”. La misma idea de “Oriente” es un poco anacrónica, pero el “mirando únicamente” del “mundo” es directamente ofensiva. Como si hubiera un “mundo verdadero” del cual las americanas no podemos saber nada, al cual no podemos acceder, para el que hacen falta competencias que se nos escapan. Y claro, un “Oriente” misterioso.

 

sábado, 7 de febrero de 2026

Querido diario: El regreso de febrero

Por Daniel Link para Perfil

25. Apareció la ranita célibe. Diminuta. El problema es que Rita, la perra, también la vio. Y le pareció pertinente cazarla. Traté de que se olvidara de ella, pero al atardecer siguiente, ya no la escuchamos croar. Por fortuna, una puesta de sol después, volvió a escuchársela, desde otro lugar, con un croar más atemperado.

26. El último fin de semana en Mar del Plata fue un poco terrorífico, por la cantidad de gente. Evitamos el centro y nos fuimos a almorzar a Laguna Brava. De ahí a Chapadmalal, nos hizo atravesar los campos y conocer los alrededores de Batán, donde la infame prisión sigue en pie. A la vuelta, el mapa eligió hacernos conocer el Pilar marplatense, que queda detrás de Alfar, donde hay una cantidad enorme de barrios cerrados, anchas avenidas con eucaliptos, parques acuáticos y parques aéreos, un supermercado gigante y un shoping en obra de dimensiones colosales. Esos nuevos barrios, que no nos interesan en lo más mínimo, agregan, sin embargo, una capa de complejidad a una de las ciudades más hermosas del mundo.

27. Mi vecina me reprochó que haya intentado desacreditarla diciendo que no regaba. “De todos modos”, me aclaró, “tengo ranitas”. Van a tomar agua a la pileta y quedan ahí despatarradas, hasta que alguien atina a sacarlas con un junta hojas. Tiene todo lo que yo querría: caballos, horizontes despejadísimos, un tilo (el nuestro lo cortamos hace años, porque estaba embichado), ranitas y luciérnagas y todo el silencio del mundo (mientras escribo esto, en la casa de enfrente unos jóvenes juegan a la pelota, lo que les produce una excitación en la garganta que los lleva al grito).

28. Esto yo lo dije pero mejor es repetirlo. No tiene nada que ver con imaginaciones mías sino con una pura lógica: si se baja la edad de imputabilidad también se debe bajar la edad de consentimiento sexual. Es absurdo que se considere que se pueda responsabilizar a una persona por un delito contra la propiedad o contra la vida pero no por su experiencia en los placeres de la carne. Quien puede hacerse cargo de lo más también puede hacerse cargo de lo menos. Cualquier otra solución es aberrante e inmoral.

29. Primer día de trabajo. Mando correos, planifico reuniones. Me equivoco y superpongo cosas. Tengo videoconferencias. Firmo formularios. Hablo con mis abogados. Consigo un subsidio discreto pero significativo para un evento que organizaré en diciembre. Armo el índice del número cero de la revista Contorna, que sacaremos este año. La sección de reseñas se llamará “Contorni”. No me da el tiempo para Duolingo, ese hobbie placentero.

sábado, 24 de enero de 2026

Querido diario (4): Los buenos días

Por Daniel Link para Perfil

13. Durante todo el año pasado, mis perras recibieron una visita ocasional. Un hermoso perro negro, de pelo largo y totalmente amigable que entraba a saludarlas. El jardinero se cansó de reforzar el cerco, él siempre encontraba otro hueco. Además de marcar el territorio, y olisquearse un poco con las perras, no hacía mucho más. El día de reyes reapareció después de un par de meses de ausencia, como quien recordara un viejo hábito abandonado. Como siempre, las perras mías se acercaron a él con cortesía (y supongo que un poco de perplejidad, porque el perro no es de la casa, pero se comporta como si lo fuera). Lo que les pareció completamente fuera de lugar es que el perro se acercara a mí, como para confraternizar y empezaron a gruñirle hasta que se fue, sin escándalo, como había llegado. Ellas saben que se me va la vida cuidándolas. No sería justo para ellas que se me adosara un tercer cánido a la manada.

14. En una terraza marplatense, tomando un aperitivo, escucho una conversación en otra mesa. “Me dijo que si estaba libre el fin de semana se tomaba un avión”. “¿Y qué le dijiste?”. “Que no podía.... Me sonó tan raro...”. Raro para mí es que un gesto de tanta entrega fuera entendido con suspicacia, y rechazado.

15. “El buen fragmento es denso en algo del orden del afecto (tono, cadencia, dicción, timbre) antes que del pensamiento.”

16. Otra película de Luca Guadagnino, Bones and All (2022), ganadora en Venecia. La excusa es la historia de dos caníbales: un chico y una chica con compulsión a la ingesta de carne humana (para lo cual, a veces, tienen que matar) y que forman parte de un selecto grupo de seres marginales. Lo que se ve es un viaje a través del interior de los Estados Unidos, que recuerda mucho el mismo periplo en la Lolita de Nabokov. La película explora hasta los huesos esos otros márgenes de una sociedad deshecha en la que cualquier exceso pasa inadvertido porque la anomia hace de la monstruosidad un evento cotidiano más.

17. Releo los papeles acumulados para mi próxima novela. Me entusiasmo. Es más de lo que pensaba que tenía escrito. Es 16 de enero. Ya tengo dos libros en imprenta y uno más en borrador.

sábado, 17 de enero de 2026

Querido diario (3) : Esperando la carroza

Por Daniel Link para Perfil

12. Me levanto a las 7:30, tardísimo para lo que suelen ser mis madrugones, porque el gato no me despertó. Preparo los desayunos: huesos para las perras, que ya estaban ladrándome por la ventana de la cocina en cuanto me oyeron levantado. El gato está inapentente de nuevo así que le pongo comida sólida, atún y un poco de carne picada que compré para darle la pastilla contra la artitris a Rita, una de las perras. El gato se sube a la mesada y olisquea apáticamente sus desayunos. No come nada. Mientras caliento mi café compruebo que la luz está cortada. Me siento a la mesa para hacer el reclamo a Edenor. Tengo que verificar que el corte no sea local y cuando salgo por la puerta de la cocina veo al gato muerto en el pasto. Lo llamo (“Lío, Lío”), inútilmente. Está en una de esas posiciones típicas de las películas que indican “muerto”. Todo descuajeringado. La llamo a Balbina, el ama de llaves, que hoy no tenía obligaciones en la casa. Viene Balbina. “Ay, pobrecito”. Lo examina (con pericia profesional). Dice: “está todo mordido”. La examina a Lola, la doberman chocolate: “fue ella, tiene arañazos en el hocico”. “Mala, Lola, mala”. “¿Cómo puede ser?”. Pregunto: “¿Hay cal?”

Hay cal. Vamos al fondo a hacer un pozo más en el cementerio de animales, donde están enterrados Tango, Cala, Sissi, Greta, Niro, Mía, Sabático, Tita, Cartulina, Tres. Balbina hace el pozo, agarra el gato con la mano, lo acomoda y creo que lo despide porque mueve los labios en silencio.

Le echo cal encima. Tapamos el pozo. Le pongo encima una maceta que robo de una tumba vecina. Despejamos la mesada de comidas del gato. Le digo a Balbina que al día siguiente se lleve las piedritas y todo lo demás . Me llama mi marido: “Me da pena”. “Y bueno, es el círculo de la vida”. “Un problema menos”.

Me siento ante la máquina para liquidar cuentas pendientes. De repente, entra a la cocina el gato, Lío. ¡Resucitó!

No, dejemos a Edgar Allan Poe en paz. El gato enterrado era un vagabundo muerto de hambre que las perras mandaron a mejor vida. Igual a nuestro Lío pero un poco más claro (comparando la foto del muerto con el original vivo). La vida es una montaña rusa de emociones.

sábado, 3 de enero de 2026

Querido diario

Por Daniel Link para Perfil

1. Pasa un joven semidesnudo por enfrente de la terraza donde tomamos un aperitivo. Lo que me enamora es que está en el momento exacto de la belleza. Dentro de dos días la habrá perdido para siempre, porque la belleza es una acompañante voluble, delicada, traicionera.

2. 7 Promenades avec Mark Brown, la mejor película que vi en 2025. Siete paradas junto al botánico Mark Brown en un recorrido por la historia, la estética y el valor (medicinal, ecológico, alimenticio) de ciertas plantas y ciertas flores. La película es profundamente conmovedora y, además, sexy. El rol del "camarógrafo" (que protagoniza otra película igualmente extraordinaria de Pierre Creton, Un príncipe, anterior a las 7 Promenades, pero que yo vi después) es esencial. Tiene dos mitades: en la primera el rodaje y las conversaciones. La segunda parte muestra las flores filmadas en movimiento y en primer plano, con sus nombres científicos en latín.

3. Elecciones complicadas en una casa impropia cuando nos olvidamos de llevar nuestras lecturas. La biografía de Edison y la de Mia Farrow. Cuatro tomos de la colección de clásicos de La Nación. Una edición ilustrada de Bartleby, el escribiente, El conde lucanor... Me decido por este último, que me arrrastra a las moralidades propias del Trecento español. Y me lo llevo a la playa. Nunca sería capaz de ajustarme a la máxima: “El que esté bien sentado, no se levante”.

4. Me cuenta que recién se acuesta (son las 9 de la mañana) y que no cree que pueda dormir por el hambre que tiene. Su padre y sus hermanos se fueron a pescar a Tigre. Me pregunta: “¿Vos no tendrías que me banques para comprar algo de pan y 200 de fiambre?”. Le pido el alias.

5. Una película vieja de Darren Aronofsky, Mother! (2017), vista después de un sueño. Me sorprende que no figure entre los grandes clásicos de este siglo, porque es de una potencia extraordinaria. Alcancé a contar el barroquísimo sueño, que incluía un cumpleaños, a mi marido, que cumplía años. Yo me había quedado dormido, pero sabía que debía despertarme y lo hice. Después de brindar, nos pusimos a ver la película, que parecía una continuación de mis actividades cerebrales cuando estaba dormido.

6. Se vino a Mar del Plata hace veinte años, para rescatarse de la droga, como tantos. Lo consiguió, “pero soy alcohólico”. Tiene dos hijos grandes y ahora sale con una ayudante de cocina. Trabaja en la Escuela 20 de día y de noche hace esto (trapito) para comprar escabio los fines de semana. Pero tranqui. “Gracias por el cigarrillo, campeón”.


sábado, 27 de diciembre de 2025

Preguntas desde el borde

Por Daniel Link para Perfil

Me pregunto si el año que viene seguiremos tolerando (no digamos admirando, no digamos gustando de, no digamos envidiando, porque ninguna de esas pasiones jamás han tenido a esa especie como objeto) a los influencers.

La esfera de la opinión pública, en sus formulaciones más clásicas, era formadora de opiniones y por lo tanto, las “influencias” tenían su peso político. Pero hoy todo eso se ha reducido a que una persona (por lo general muy pelotuda) use un producto o una marca a cambio de un monto siempre ridículo de dinero con el presunto objetivo de “influenciar” a alguien para que compre ese producto o adhiera a esa marca.

El asunto es de una vileza extrema, porque es clarísimo que la gente no va a comprarse un perfume, un reloj o un auto porque lo use tal o cual idiota (perdón, quise escribir “influencer”). Lo saben incluso quienes les pagan a los influencers. ¿Por qué continúa ese círculo vicioso de falsedades, inequidades y desconsideración hacia la inteligencia general de las poblaciones? Yo diría que en esas “estrategias” del mercado publicitario lo único que importa es mantener lo más abyecto de la máquina tecno-capitalista en funcionamiento. Me imagino un año en el que la gente directamente bloquee a los influencers y sus recomendaciones, una aurora en la que la gente decida desprenderse del charco de inmundicia que son las redes.

También me pregunto hasta cuándo seremos capaces de soportar que nos humillen nuestros gobernantes. No me refiero sólo al Poder Ejecutivo, sino a la lacra del Poder Legislativo, que borra hoy con el codo lo que ayer sostuvo con algarabía. Esos buitres dispuestos a vender sus “influencias parlamentarias” por una prebenda personal o una cuota de medicina prepaga merecen público escarnio.

Por supuesto, también me pregunto hasta cuándo seguiremos aceptando el delirante sistema de tránsito que estrangula a Buenos Aires. En la Provincia, acaban de descolgarse con una medida ejemplar (un ejemplo de estupidez). En el único tramo del Acceso Oeste donde la velocidad máxima era hasta ahora de 130 km/h (velocidad imposible de alcanzar salvo a altas horas de la madrugada), fue reducida a 110 km/h.

O sea: como la autopista está, como todas las demás vías de circulación, colapsada, la única solución que alguien se le ocurre es disminuir los límites de velocidad, en lugar de pensar cómo arreglar el embrollo, el atasco, el estreñimiento. Que cada quien se arregle. Baste observar lo que sucede cuando dos autopistas se encuentran (la Perito Moreno con la 25 de Mayo, el Acceso Oeste con la General Paz, la Panamericana con el Ramal a Pilar) para darse cuenta de que todos esos cruces o confluencias presentan defectos de diseño que impiden el tránsito (agregando un mínimo de diez minutos de tiempo de viaje y de 50 milímetros de mercurio a la presión sanguínea) de los que nadie se hace cargo. Todo es demente, psicótico y culpabiliza al que conduce el vehículo. ¿A mí me descuentan puntos de mi licencia por exceso de velocidad? ¿Por qué no le descuentan puntos a los que diseñaron las autopistas? ¿Por qué no les descuentan puntos a los pelotudos que chocan (¡en una autopista!) por manejar mirando el celular o sacándose los mocos? Quiero decir: a quien choque en una autopista le deberían retirar para siempre el registro de conducir (en todo caso, una vez determinada la responsabilidad, cosa que las agencias de seguro hacen muy bien y muy rápido). Pero no: mejor descontarle puntos al distraído que se pasó una cámara porque el tráfico fluía y no tiene velocidad crucero en su auto. A los que chocan, nuestra simpatía. A quienes diseñan las autopistas, nuestro agradecimiento. Al gobierno, que no piensa invertir un peso en arreglar el desaguisado vial bonaerense, nuestro voto útil.

Otra intriga para el año venidero. ¿Volverá a existir el peronismo como fuerza? Sigue siendo un sentimiento (incomprensible), pero por ahora con forma de charco de agua estancada, que no desemboca, que no desemboca. Supongo que lo primero que tendrían que hacer los amigos peronistas es un examen de conciencia, un vendaval moral que les permita pensar más allá del clientelismo corrupto que ha dominado su práctica en los últimos lustros o décadas. Charlando con algunos de ellos compruebo que siguen naturalizando el mismo sistema que los llevó al colapso y al desmoronamiento. Sencillamente esperan que les vuelvan a dar plata (no importa de dónde salga) para repartir (irregularmente, desde ya) a los pobres, que somos todas.

Otra pregunta, o deseo (en italiano pregunta se dice domanda): ¿conseguiré vender mi casa del conurbano para irme a vivir a Mar del Plata, que es el destino de los locos que huyen, de los enemistados con el mundo, de los que ya no dan más, de los que quieren encerrarse a escribir?

 


sábado, 20 de diciembre de 2025

Rituales matutinos

Por Daniel Link para Perfil

La semana pasada me revelé como hipertenso. Antes, nunca me habían dicho antes que mi presión fuera alta. Desde que empecé a controlarme a diario, entré en estado de alarma. Fui a una guardia, donde me medicaron y me tuvieron en observación.

Por supuesto, yo ya sabía lo que iban a prescribirme: dosis diaria de Valsartán, en concentración creciente (empecé con la dosis más baja).

No estoy seguro, pero creo que el “estado de alarma” hace que me levante todavía más temprano. A las 6 de la mañana ya estoy tomándome la presión. Luego me preparo un desayuno frugal y ahora sin café porque he comprobado que la presión me sube luego de tomar una taza. Hasta que no haya normalizado mis índices, me parece una amenaza adicional. Siento (o imagino que siento) en todo el cuerpo los latidos de mi corazón asustado. Tomo mi dosis de Valsartán y me siento a leer en las noticias el ritmo de la decadencia argentina, que pocos comentadores miden en su justo alcance.

Un gobierno de muertos en vida, liquidados por su propias contradicciones, finge que hay futuro para su gestión, acelerada en estos días en los que la reina del fracaso, la Sra. Bullreich, pretende, no sé, ¿instalarse como candidata presidencial, de nuevo?

Del otro lado, una bandita de desesperados que se saben expulsados de la política por venir y unos canallitas sueltos que juntan las monedas que caen al suelo, como el mono del organillero.

Si es lunes, elijo tema para estas columnas y trato de escribir algo. El domingo pasado vi algunos fragmentos de Tron Ares, ese experimento fallido y deficitario que, una vez más, enfrenta al Mal absoluto y al Bien supremo en el territorio abstracto de la red, de donde salen soldados, cohortes, batallones, para pelearse en el mundo físico (durante 29 minutos, antes de deshacerse). Cada bando responde a una corporación: la del Mal sólo quiere fabricar soldados y armas de destrucción; la del Bien quiere hacer medicamentos, paliar el hambre, salvar a la humanidad. Como siempre, el Mal es Rojo y el Bien es Blanco.

Nuestro presente, en cambio, es gris oscuro, verdoso por la podredumbre. Me llamo a sosiego y me voy a duchar.

 

sábado, 6 de diciembre de 2025

El libro amigo

Por Daniel Link para Perfil

Sólo leo, a esta altura, los libros que publican mis amigos, de modo que mi selección nunca se corresponde con un diagnóstico.

La amistad es un vínculo imaginario y se sostiene apenas en algunas inclinaciones que a veces son imperceptibles, e incluso evanescentes. Cuando digo amigos me refiero a personas que no sólo respeto intelectualmente sino por las que siento alguna forma de afecto personal. Toda relación libresca, a final de cuentas, responde a esa misma lógica. Todos los años que leí a Kafka, ¿no lo hice como quien trata de entender los caprichos de alguien que quiere?

Libros que he leído últimamente: Pensar después de Gaza de Franco Berardi, un diagnóstico sombrío pero sumamente necesario de una de las mentes más lúcidas de Europa. Bifo cree, con una posición muy punk, que no hay futuro para la civilización después de que Gaza se convirtirera en una reproducción minuciosa del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau.

Oreja madre de Dani Zelko hace juego con el libro de Bifo. Habla de lo mismo desde una posición interior al ser judío. ¿Cómo se procesan la guerra y el exterminio cuando se es la coartada de esos procesos de aniquilación? Quisiera subrayar, sin embargo, otra cosa: lo bien escrito que está escrito el libro de Dani, lo que suma a su indagación conmovedora un plus de verdad. Ese libro está ahí para siempre.

Digo “bien escrito” y me doy cuenta de lo subjetivo de esa apreciación. Raúl Antelo me regala Modernismos múltiplos, su último libro en portugués. ¿Escribe bien Raúl? Su prosa está siempre trabajada como una joya de brillos enceguecedores. Las ideas de Raúl (sobre tradición y ruptura, sobre concepto e imagen, sobre modernidades y políticas), muy torsionadas por el dispositivo, son tantas y todas tan atractivas que dentro de cinco años apareceran en todos los libros de teoría que se publiquen (aunque los autores de esos libros pretendan negarlo).

La merma de María Moreno (desde ya, uno de sus libros mayores) también pone en escena la escritura, ese aferrarse ciego a lo único que importa: “Había sucedido una hecatombe y yo quería llegar al final de mi frase”. María cree que después del ACV su prosa perdió en calidad poética, visual (“excesos barrocos”) y que ha ganado en transparencia. Se equivoca: su prosa es más filosa que nunca, lo que la vuelve un arma todavía peligrosa. Ya no es culterana, pero sigue siendo barroca a la manera conceptista. Retuerce los conceptos, que se arrastran como personajes de Beckett, hasta volverlos irreconocibles.

Devoré Prueba de cámara de Andrés Di Tella, que es el cuento de su vida (o de una media vida suya). Está muy bien escrito y pone justamente a la amistad como un enigma imposible de resolver, o como un fracaso incomprensible. Las idas y vueltas del relato (así es la vida) permiten interrogar nuestros propios centros ciegos.

Yendo de Analía Couceyro es un prodigio inesperado. Ella lee e interpreta chats que lee en el transporte público, como un vicio del que trata de salirse. Por suerte, no lo consigue.

 

sábado, 15 de noviembre de 2025

Mis pensamientos

Por Daniel Link para Perfil

Tener ideas no es lo mismo que sostenerse en un pensamiento. La idea es brillante, se impone en la oscuridad, crece como una pompa de jabón, por lo general explota salpicándonos con sus gotículas. Las ideas son como pedos de la mente. Los estilos de pensamiento permiten que una idea aparezca como una flor rara o como un cáncer repentino.

Por supuesto, las ideas tienen su vida propia y que desaparezcan en un momento histórico no significa que no puedan volver a seducirnos. Y, al revés, una idea triunfante, de pronto puede tropezar y convertirse en humo, en polvo, en nada.

El pensamiento es más aburrido, pero más sólido. Esa solidez puede ser a veces engañosa, como la de un ladrillo mal cocido. Pero el pensamiento no flota en el aire, sino que se desliza como el caracol, con su baba que marca un andar.

Siempre hay que ser capaz de determinar qué pensamiento es capaz de generar qué ideas o, una vez abrazada la idea (¡votemos a la ultraderecha!), en qué pensamiento se la justifica: ¿que está bien que cada uno se salve por su cuenta; que está bien atar el futuro de una comunidad, un país a los vaivenes de la especulación financiera? ¿que está bien desdeñar los poderes republicanos (que es el ámbito en que la ultraderecha tiende al fracaso)? ¿que está bien humillar al diferente? ¿que está bien aceptar sin análisis crítico cualquier gansada que a una le digan, por mero principio de autoridad? ¿que, inferiores como somos, debemos aceptar las condiciones que nos imponen los mamarrachos que ejercen el poder mundial? ¿que la naturaleza es algo para ser meramente explotado? ¿que te podés coger lo que se te de la gana en la privacidad de tu domicilio, pero no andar dando besos en público a quienes no se supone que tengas que besar?

Sí, los pensamientos son como ladrillos (a veces más sólidos, a veces menos), que sirven para hacer puentes, casas, caminos. Si uno usó un ladrillo, sabe que el que viene tiene que encastrar con ese para poder construir algo. Las ideas, en cambio, son autónomas y compiten entre si por la atención. Tengo esta idea. La mía es mejor, sorete. Qué tristeza.

 

domingo, 21 de septiembre de 2025

¡Feliz primavera!











 

sábado, 13 de septiembre de 2025

Los dueños del lenguaje


 

Por Daniel Link para Perfil

Una pregunta decisiva, que las humanidades (hoy bajo ataque inexplicable) han formulado varias veces con respuestas bien distintas es a quién le pertenecen las lenguas.

En mis horas muertas hago un curso online de italiano, a través de una plataforma célebre para el aprendizaje de idiomas (es, realmente, extraordinaria). Comete errores, sobre todo con el par de verbos ser/ estar. Da como traducción correcta de “Ogni io sono un po' triste”, “Hoy yo soy un poco triste”. Es cierto que el ser puede pensarse como discontinuidad (hoy ya no soy lo que fui ayer), pero aquí pareciera que se alude a un estado pasajero.

Por supuesto, lo que está bien o lo que está mal depende a quién consideremos autoridad para decidirlo, a quién consideramos dueño de las normas lingüística y, por lo tanto, del lenguaje.

Cualquiera podría pensar que, respecto de la lengua italiana esa es una pregunta fácil de contestar: ¡los italianos! Pero ese colectivo reúne a varios conjuntos que no usan la lengua de la misma manera: los sicilianos, los romanos, los napolitanos, los milaneses. Podríamos decir, entonces, que la autoridad sobre una lengua la ejercen quienes la usan.

Es el argumento que se esgrime siempre en contra de la pretendida autoridad de la Real Academia Española, para la cual los legítimos dueños del castellano son quienes lo amasaron durante siglos a partir de los restos de latín. La propiedad del castellano es más compleja que la del italiano precisamente por las repúblicas hispanoparlantes, que reivindicaron su independencia lingüística al mismo tiempo que la política.

Tan así fue que a los académicos reales no les quedó mas remedio que aceptar (muy entrado el siglo XX) que el castellano es una lengua pluricéntrica, porque tiene más de una variedad estándar.

La autoridad, pues, pasó a manos de los hablantes nativos (el español es la segunda lengua del mundo por número de hablantes nativos, 477 millones, solo por detrás del chino mandarín).

El problema de esa masividad se complejiza con la industrialización de la lengua, es decir, cuando la lengua pasa a ser materia prima de empresas internacionales de comunicación, que elaboran su propio standard (por ejemplo: las empresas multimedia que distribuyen contenidos para la televisión). Allí, la propiedad de la lengua no se decide ni por el nacimiento ni por el uso, sino por el rendimiento (los subtítulos se elaboran en dos versiones: español peninsular y español latino, sin que se sepan bien los fundamentos de esas decisiones).

Transformada de medio de comunicación o de expresión (que no son la misma cosa) en mercancía, los dueños de la lengua pasan a ser quienes someten a ella a la mayor explotación, y la más exitosa.

Vuelvo a mi curso de italiano, en la plataforma más importante del mundo (hay más norteamericanos estudiando idiomas a través de ella que en todas las escuelas estadounidenses). Es una máquina, que funciona con algoritmos diseñados alguna vez por lingüistas y pedagogos expertos y que ahora funciona de manera más o menos automática, asistida por inteligencias artificiales. Cada error que cometo me quita una “vida” en el proceso de aprendizaje (ese vaciamiento vital pretende que pague una cuota mensual de dólares para seguir aprendiendo, sin terror a la muerte).

Hay un botón que permite “reportar” errores, pero esa función, lejos de transformarnos en una autoridad, nos transforma en trabajadores gratuitos (esclavos) de y para la máquina. Es lo mismo que sucede cuando google maps nos pide que reportemos, confirmemos o desechemos alguna circunstancia en un trayecto que estamos realizando.

Lo que se nos aparece es una nueva forma de apropiación: ya no son ni los hablantes nativos, ni los usuarios, ni las compañías multimediáticas quienes toman decisiones sobre las lenguas (y sus equivalencias) sino directamente el sujeto abstracto y maquínico que habita en los algoritmos.

Giorgio Agamben ya había señalado que los pueblos estaban perdiendo la relación vital con su lengua materna, reemplazándola por un uso meramente funcional. El inglés global (él también preso de la autoridad del tecnocapitalismo) o cualquier otra lengua sin relación con alguna comunidad, se transforma en nuda lingua, al servicio de la biopolítica capitalista. Según Agamben, “Europa no saldrá del callejón sin salida en el que se está encerrando si primero no encuentra una relación poética y pensante con sus palabras”.

Esa relación atraviesa hoy una zona de combate que quiere despojar a las lenguas de sus componentes afectivos y de sus perspectivas existenciales.

Aprendemos un vocabulario o los rudimentos de una gramática a través de una instancia automatizada, pero sólo cuando queramos mentir, desear u odiar en ella sabremos qué es esa lengua.

 


 

lunes, 8 de septiembre de 2025

Bullreich al poder!!!

Como dijo la señora Bullreich:

El que las hace, las paga. 

 

 

domingo, 7 de septiembre de 2025

¡Te lo dije!

Desde este blog advertimos el 28 de diciembre de 2024 y el 15 de marzo de 2025 sobre el dislate que representaba la política de discapacidad de este gobierno, mientras la prensa canalla se babeaba ante los exabruptos del Poder Ejecutivo.

Nadie quiso darse cuenta del daño que se estaba provocando a las personas pero, también, al sistema político. Ahí tienen, ¡necios!