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sábado, 13 de junio de 2026

¿Triunfan los bárbaros?

Por Daniel Link para Perfil

La realidad (un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo) te alcanza y te lleva por delante, lo quieras o no. El asunto es cómo vas a reaccionar.

Murió el Indio Solari, lo que desencadenó una de las más intensas manifestaciones de religiosidad popular de las que se tenga memoria. A esa muerte, el gobierno contestó negando para sus funerales el lugar de privilegio que el cantante se merecía, alegando no sé qué razones de seguridad (las mismas estupideces que te dicen para que apagues el celular en el avión). Y los odiadores que siguen al gobierno se dieron incluso el lujo de celebrar esa muerte en los comentarios a repetición que evacuaron en las notas periodísticas.

Yo nunca seguí a los Redondos, y ni siquiera me sé un tema completo. Nada de ese universo, yo pensaba, se relacionaba conmigo y pensaba callar respetuosamente hasta que el diputado Paulón propuso un homenaje impensado (¿pero acaso lo impensado no es lo que moviliza al pensamiento?): declarar el 5 de junio como día de la cultura ricotera y el pogo. En el cuerpo del proyecto de ley cita a las autoridades. No la Real Academia, que sabe todo sobre la muñeira pero nada sobre el pogo, sino el Diccionario Latinoamericano (DILE) que creamos en UNTREF hace diez años y que incluye esa definición (y otras tantas esenciales).

Por supuesto, los odiadores se lanzaron también contra el proyecto de ley, abogando por la desaparición total y definitiva de la cultura ricotera, asociada sin miramientos desde su perspectiva retardada con la droga, el alcohol y el peronismo.

El proyecto de ley cita la definición de “Pogo” propuesta para el DILE (bajo la dirección, desde sus primeros días, de alguien que no es ricotero ni peronista, como yo). En un diccionario de uso del español, los términos los definen los propios usuarios, como corresponde, incluso desde la perspectiva de cualquier espíritu “anarcolibertario”.

Pero advertidos los odiadores de la existencia de una herramienta de cultura se sacaron la máscara de la libertad y mostraron su cara de exterminio realizando ciberataques coordinados que paralizaron el sitio.

sábado, 11 de abril de 2026

Ecos y Narcisos

Por Daniel Link para Perfil

Thiago Ávila, el militante pro-palestino de origen brasileño, coordinador internacional de Global Sumud Flotilla, fue detenido en Ezeiza, incomunicado y separado de su familia (que viajaba con él) por la Policía de Seguridad Aeroportuaria “por profesar ideas contrarias al Gobierno” (según diversas fuentes). Retenido en el aeropuerto, Thiago decidió seguir viaje con su familia a Barcelona, un destino menos hostil hacia las ideas. Podría haber escrito en una piedra, como Sarmiento en 1840: "On ne tue point les idées". Tampoco se las expulsa o se las destierra. Para Carlos Pagni el episodio ilustra “la indolencia que lleva a confundir lo público con lo privado”. Para los representantes de los partidos de izquierda, “un hecho grave de persecución y censura, y un precedente antidemocrático”.

Si bien escandaloso, el episodio no sorprende tanto como su repetición y su eco, en un contexto totalmente diferente. Me cuentan que en un chat institucional una persona republicó una convocatoria (de la que él no participaba, pero consideró pertinente difundirla) a una asamblea. Recibió como respuesta: “en la reunión de hoy tuvimos intervenciones relevantes e intercambios sobre cómo manejarnos frente a la crítica situación que estamos atravesando, y viendo cómo cuidamos nuestra comunidad desde la responsabilidad institucional que cada uno tiene. No ayuda que en este espacio difundamos orientaciones contrarias que fomentan la anomia y la desarticulación institucional”. Las ideas y orientaciones contrarias se dan la mano para acusar a alguien (a cualquiera) de “fomentar la anomia” por el solo hecho de republicar una convocatoria, acusación que no se escuchaba desde la década del ochenta y que ni Carta Abierta se atrevió a esgrimir en sus tiempos más dogmáticos para usar en cambio el más amable predicado “destituyente”.

Hay algo, en la conversación social, que no funciona. Y no funciona porque lo que se escucha son puros ecos de sonidos que rebotan en muros impenetrables cuya única función es apuntalar lo que, a todas luces, se está desmoronando. Cuando hay “ideas” u “orientaciones contrarias” (¿a qué? Sólo se puede imaginar una continuación: “al régimen”) eso significa que el régimen está agotado, como un cuerpo que no puede defenderse sino aislándose (y los efectos políticos del aislamiento, lo sabe cualquier argentino, son devastadores).

El aislamiento conduce a la incapacidad, incluso, de verse a uno mismo (con sus potencias y sus impotencias) y sólo se pueda pensar la propia debilidad como un resultado de un ataque de los otros (que no sabían que eran “otros”, así como Narciso no supo que era él mismo y así como Eco no sabía que podía sobrevivir a su muerte, porque chongos hay millones).

La conversación a la que algunos aspiran (convocando a asambleas, como está sucediendo en la UBA, como sucedió en 2001) no desencadena la anomia sino que intenta sobreponerse a ella. Tampoco es destituyente, porque ante el vacío de respuestas por parte de las instituciones del orden (gobiernos, sindicatos, iglesias y escuelas) pretende la apertura de espacios que propongan soluciones (sobre todo aquéllas que, por que son de tránsito lento, las instituciones no pueden producir).

Vivimos una época particularmente opaca, porque a la crisis de representación que ha destrozado el sistema de partidos se suma una hipótesis de gobierno automático y transparente como las respuestas de la inteligencia artificial que, como todo el mundo ha comprobado, está limitada por su incapacidad de sostener el registro de lo imaginario y actuar en él.

No se trata de decidir quién tiene la verdad, sino de actuar en conjunto en favor de los que menos tienen y que más necesitan de soluciones inmediatas, en favor de aquellos que van perdiendo poco a poco la posibilidad no ya de intervenir en la vida pública sino de sobrevivir en un ambiente enrarecido donde cualquier palabra puede ser interpretada como palabra malsonante, anómica, enemiga. La persona que fue acusada de promover la anomia en el chat antes mencionado decidió abandonarlo. “Me escarlatearon, me dio miedo”, dijo.

En ese espacio, que era presuntamente un lugar seguro para la conversación y para el intercambio de experiencias, sintió los ecos de las conductas totalmente desinhibidas (es decir, bestiales) del gobierno actual. Así como en el siglo XIX hubo liberales de izquierda (en donde nace el marxismo) y liberales de derecha, estos serían, por decirlo de algún modo, mileístas presuntamente de izquierda.

Lo que se verifica es un ambiente estilístico teñido de violencia y de miedo a las posiciones “contrarias”, de populismo y de obsecuencia, y ambientes institucionales que no saben cómo responder a las profundas crisis que las vacían de sentido.

sábado, 13 de septiembre de 2025

Los dueños del lenguaje


 

Por Daniel Link para Perfil

Una pregunta decisiva, que las humanidades (hoy bajo ataque inexplicable) han formulado varias veces con respuestas bien distintas es a quién le pertenecen las lenguas.

En mis horas muertas hago un curso online de italiano, a través de una plataforma célebre para el aprendizaje de idiomas (es, realmente, extraordinaria). Comete errores, sobre todo con el par de verbos ser/ estar. Da como traducción correcta de “Ogni io sono un po' triste”, “Hoy yo soy un poco triste”. Es cierto que el ser puede pensarse como discontinuidad (hoy ya no soy lo que fui ayer), pero aquí pareciera que se alude a un estado pasajero.

Por supuesto, lo que está bien o lo que está mal depende a quién consideremos autoridad para decidirlo, a quién consideramos dueño de las normas lingüística y, por lo tanto, del lenguaje.

Cualquiera podría pensar que, respecto de la lengua italiana esa es una pregunta fácil de contestar: ¡los italianos! Pero ese colectivo reúne a varios conjuntos que no usan la lengua de la misma manera: los sicilianos, los romanos, los napolitanos, los milaneses. Podríamos decir, entonces, que la autoridad sobre una lengua la ejercen quienes la usan.

Es el argumento que se esgrime siempre en contra de la pretendida autoridad de la Real Academia Española, para la cual los legítimos dueños del castellano son quienes lo amasaron durante siglos a partir de los restos de latín. La propiedad del castellano es más compleja que la del italiano precisamente por las repúblicas hispanoparlantes, que reivindicaron su independencia lingüística al mismo tiempo que la política.

Tan así fue que a los académicos reales no les quedó mas remedio que aceptar (muy entrado el siglo XX) que el castellano es una lengua pluricéntrica, porque tiene más de una variedad estándar.

La autoridad, pues, pasó a manos de los hablantes nativos (el español es la segunda lengua del mundo por número de hablantes nativos, 477 millones, solo por detrás del chino mandarín).

El problema de esa masividad se complejiza con la industrialización de la lengua, es decir, cuando la lengua pasa a ser materia prima de empresas internacionales de comunicación, que elaboran su propio standard (por ejemplo: las empresas multimedia que distribuyen contenidos para la televisión). Allí, la propiedad de la lengua no se decide ni por el nacimiento ni por el uso, sino por el rendimiento (los subtítulos se elaboran en dos versiones: español peninsular y español latino, sin que se sepan bien los fundamentos de esas decisiones).

Transformada de medio de comunicación o de expresión (que no son la misma cosa) en mercancía, los dueños de la lengua pasan a ser quienes someten a ella a la mayor explotación, y la más exitosa.

Vuelvo a mi curso de italiano, en la plataforma más importante del mundo (hay más norteamericanos estudiando idiomas a través de ella que en todas las escuelas estadounidenses). Es una máquina, que funciona con algoritmos diseñados alguna vez por lingüistas y pedagogos expertos y que ahora funciona de manera más o menos automática, asistida por inteligencias artificiales. Cada error que cometo me quita una “vida” en el proceso de aprendizaje (ese vaciamiento vital pretende que pague una cuota mensual de dólares para seguir aprendiendo, sin terror a la muerte).

Hay un botón que permite “reportar” errores, pero esa función, lejos de transformarnos en una autoridad, nos transforma en trabajadores gratuitos (esclavos) de y para la máquina. Es lo mismo que sucede cuando google maps nos pide que reportemos, confirmemos o desechemos alguna circunstancia en un trayecto que estamos realizando.

Lo que se nos aparece es una nueva forma de apropiación: ya no son ni los hablantes nativos, ni los usuarios, ni las compañías multimediáticas quienes toman decisiones sobre las lenguas (y sus equivalencias) sino directamente el sujeto abstracto y maquínico que habita en los algoritmos.

Giorgio Agamben ya había señalado que los pueblos estaban perdiendo la relación vital con su lengua materna, reemplazándola por un uso meramente funcional. El inglés global (él también preso de la autoridad del tecnocapitalismo) o cualquier otra lengua sin relación con alguna comunidad, se transforma en nuda lingua, al servicio de la biopolítica capitalista. Según Agamben, “Europa no saldrá del callejón sin salida en el que se está encerrando si primero no encuentra una relación poética y pensante con sus palabras”.

Esa relación atraviesa hoy una zona de combate que quiere despojar a las lenguas de sus componentes afectivos y de sus perspectivas existenciales.

Aprendemos un vocabulario o los rudimentos de una gramática a través de una instancia automatizada, pero sólo cuando queramos mentir, desear u odiar en ella sabremos qué es esa lengua.

 


 

sábado, 1 de febrero de 2025

lunes, 8 de julio de 2024

¡La imaginación al poder!

 

maestríaestudiosliterarios@untref.edu.ar

sábado, 29 de junio de 2024

Los dueños de la lengua

Por Daniel Link para Perfil

Vuelto de un viaje a Colombia (del cual volví completamente enamorado de aquel país y de sus gentes), me encuentro con un artículo mío escrito hace un par de años y recién publicado (son los tiempos académicos). El asunto me vino dado por invitación: escribir algo sobre el centenario del artículo “Observaciones sobre el español de América” del eminente filólogo Pedro Henríquez Ureña.

Naturalmente, el tema se inscribe en una disciplina, la dialectología, que conozco de lejos. En todo caso, el punto de partida de mi examen son dos textos contemporáneos del siglo XIX. Uno del colombiano Rufino José Cuervo (1881) y otro del cubano Juan Ignacio de Armas (1882).

Lo que se juega en esos textos fundacionales de la dialectología hispanoamericana es la relación con el español peninsular. Cuervo es capaz de notar la potencia expresiva y afectiva de la lengua bogotana (de la que yo he disfrutado durante mi viaje) pero se hace cargo de la necesidad de trabajar en favor de la unidad lingüística, en favor de un “idioma común”, lo que supone destruirlas barreras que las diferencias dialécticas oponen al comercio de las ideas”.

Ese afán de destrucción se funda en el mismo pánico del gran gramático americano, Andrés Bello (“Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza”) quien advirtió contra “embriones de idiomas futuros, que durante una larga elaboración reproducirán en América lo que fue la Europa en el tenebroso período de la corrupción del latín”.

Ignacio de Armas, por el contrario, abraza la diferencia. Define cuatro o cinco zonas dialectales, a partir de las cuales se formarán nuevos idiomas: “El castellano, llamado a la alta dignidad de lengua madre, habrá dejado en América, áun sin suspender el curso de su gloriosa carrera, cuatro idiomas, por lo ménos, con un carácter de semejanza jeneral, análogo al que hoi conservan los idiomas derivados del latín”.

Como se comprende, lo que allí se discute es la relación entre lenguaje y soberanía, en el seno de las recién nacidas repúblicas americanas. ¿Tenemos derecho a una lengua propia o debemos conformarnos con hablar dialectos de la lengua de otro?

Hasta 1964 se aceptó la repartición dialectal propuesta por Ignacio de Armas (Henríquez Ureña la sigue, aunque cambia los criterios de definición). José Pedro Rona propuso entonces 23 diferencias dialectales a través de “hechos lingüísticos y objetivos”. Por supuesto, semejante proliferación obliga a “replantear el problema de la división del español americano en zonas dialectales”.

A los únicos a los que le conviene sostener una lengua única (el “español de América”) es a los peninsulares, que se arrogan así una cierta autoridad sobre el vocabulario, la sintaxis y la llamada “norma culta”. Desde hace años, la Real Academia Española viene luchando mal contra los embates independentistas de las sociedades americanas. Hoy es capaz de reconocer que la lengua española es pluricéntrica pero no acepta que el idioma de los argentinos o el de los colombianos puedan pensarse como lenguas separadas, cada uno con sus propios derechos a la existencia y a la soberanía sobre el sentido.

Las lenguas pluricéntricas tienen más de una norma lingüística, establecidas o en construcción. Juan Ignacio de Armas y Pedro Henríquez Ureña, cada uno a su manera, reconocieron cinco normas americanas que la dialectología luego fue complicando en una disparatada competencia entre lo contingente y lo eterno, entre lo universal y lo particular, entre lo global y lo local. Pero el tiempo, que es la diferencia de las diferencias, o lo que relaciona a las diferencias unas con otras, hoy nos exige pasar, incluso, de las lenguas pluricéntricas a las lenguas excéntricas porque, como ha señalado, Alberto Gómez Font: “en los Estados Unidos, se está gestando un nuevo español, un idioma que no es ni de los mexicanos ni de los argentinos, cubanos o centroamericanos, sino que es de todos. Es un español al que podríamos llamar “español internacional”.

Ése es el acontecimiento que hoy domina el horizonte de las lenguas españolas y sus diferencias. Conviene volver, pues, a la canción de la tierra ureñista y a las excentricidades de Juan Ignacio de Armas porque en aquellas diferencias que la perspectiva filológica quiso y pudo sostener, se jugaban formas de vida y comunidades de destino.

martes, 23 de mayo de 2023

Por una filología queer

 100 años del Instituto de Filología "Dr. Amado Alonso"

por Federico Cano para Revista Paco

¿Por qué deberíamos interesarnos, los que de una u otra manera trabajamos en la investigación y la docencia, por el centenario del Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas “Amado Alonso”?

No estoy seguro de que alguien “deba” interesarse por el centenario de una institución. Por lo general no nos emocionan los centenarios de las personas que no queremos. Con las instituciones pasa lo mismo. El Instituto es un espacio complejo, que fue escenario de intensos debates, pero fue también la plataforma para pensar los estudios literarios, lingüísticos, dialectológicos y glotopolíticos en América latina. Sino por otra cosa, merece nuestro respeto por eso.

(sigue en la revista)

 

jueves, 1 de septiembre de 2022

Archivar, desarchivar, anarchivar

ENTREVISTA

Daniel Link. “Tenemos archivos muy importantes, pero en muchos casos no incorporan documentación de comunidades indígenas”


El investigador de la Universidad de Tres de Febrero destacó la importancia de los documentos para revelar los oculto y enfatizó la necesidad de contar con un acceso democrático a los materiales. 


Por Horacio Raúl Campos para Página/12

-¿Qué temas se trataron en el Coloquio Internacional?

-Propusimos pensar las relaciones entre archivos y la democratización de prácticas y la recuperación de memorias e identidades comunitarias en un contexto altamente crítico y estimulante ligado con el proceso de digitalización de archivos.

(...)

 



sábado, 6 de agosto de 2022

¡Argentinos, a las cosas!

Por Daniel Link para Perfil

Sigo a pocos columnistas: Jorge Fontevecchia y Beatriz Sarlo en Perfil, Horacio Verbitsky en El cohete a la luna, Ernesto Tenembaum en Infobae, Ignacio Zuleta en Clarín y Carlos Pagni en La Nación. Conozco bien sus diferencias, lo que me permite situarme a una justa distancia para disfrutar de sus columnas muy bien escritas y con mucha información que yo no tengo.

Carlos Pagni cerró su columna del pasado martes (una transcripción de un editorial televisivo) recordando que en 1924 Ortega y Gasset escribió: “En las revistas y libros de jóvenes que me llegan de la Argentina encuentro demasiado énfasis y poca precisión. Cómo confiar en gente enfática… nada urge tanto en Sudamérica como una general estrangulación del énfasis. Hay que ir a las cosas, hay que ir a las cosas sin más”.

En una reseña casi secreta de 1928 sobre los Seis ensayos en busca de nuestra expresión de Pedro Henríquez Ureña (reproducido en el último número de Chuy. Revista de estudios literarios latinoamericanos), Jorge Borges se detuvo en la misma advertencia de Ortega (esa superstición española), quien “en artículo reciente, recomienda a los jóvenes argentinos «estrangular el énfasis», que él ve como una falta nacional. Meses atrás, Eugenio d’Ors, al despedirse de Madrid el ágil escritor y acrisolado poeta mexicano Alfonso Reyes, lo llamaba «el que le tuerce el cuello a la exuberancia». Se trata de una simple noticia —por cierto, comentada con delicadeza después [por Pedro Henríquez Ureña]—, pero en cuya consideración quiero demorarme. Estrangular el énfasis, torcerle el cuello a la exuberancia...: la más barata dilucidación de esas feroces fórmulas es la de considerarlas variantes (hay otras palabras menos corteses) de la aconsejada por el Arte poética de Verlaine: «Toma a la elocuencia y retuércele el cuello»”.

“Otra, menos lenitiva y más honda, sería la de inferir que ni la estrangulación a que nos convida el deshumanizante profesor, ni la torsión de cuello, felicitada por el catalán en trance de griego, fueron sentidas como representaciones enfáticas por sus propagandistas. Esto, concede ironía reincidente a sus prescripciones. Desaconsejarnos el énfasis y abundar en él”.

El tema, como se ve, es muy previo al peronismo, en relación con cuyos últimos movimientos de tablero Pagni recuerda la cita de Ortega y Gasset (que no previó la República, ni la Guerra Civil, ni el franquismo). A Ortega le irritaba el “apresurado afán por reformar el Universo, la Sociedad, el Estado, la Universidad, todo lo de fuera, sin previa reforma y construcción de la intimidad”. Por supuesto, la Reforma universitaria del 18, uno de nuestros grandes orgullos, le habrá parecido un despropósito, porque “Todo el que incita a los jóvenes para que abandonen el sublime deporte cósmico que es la juventud y salgan de ella a ocuparse en las cosas llamadas «serias» —política, reforma del mundo— es, deliberada o indeliberadamente, dañino”. Un conservadurismo enfático de alguien, Ortega, que escribía como el culo.

 

sábado, 18 de junio de 2022

Las trampas de la lengua

 Revolución permanente

Por Daniel Link para Perfil

En su Lección inaugural en una de las más altas instituciones de enseñanza, Roland Barthes sostuvo, con una temeridad admirable, que “la lengua, como ejecución de todo lenguaje, no es ni reaccionaria ni progresista, es simplemente fascista, ya que el fascismo no consiste en impedir decir, sino en obligar a decir”.

Como es imposible escapar a ese poder omnívodo y al mismo tiempo gregario, Barthes propuso una única escapatoria: “hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua” y hacía coincidir esta treta saludable, este magnífico engaño “que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje” con lo que se reconoce como literatura.

Entre nosotros, Santiago Kalinowski caracterizó los usos inclusivos del lenguaje como hechos retóricos y no lingüísticos y, en estos días, sostuvo que la intervención inclusiva afecta, en realidad, a cuatro o cinco palabras.

El lenguaje no es sólamente un sistema de signos, sino también un vehículo de expresividad. De ahí que las gramáticas tensivas pongan el acento en la subjetividad y en el acontecimiento de discurso. De modo que todo aquello (no importa qué: una “e”, una “i” o un plural supuestamente mal formado) que en el uso del lenguaje exprese un cierto desacuerdo en relación con el sistema categorial de la lengua, merece una escucha (si se quiere: una escucha crítica).

La reciente Resolución de CABA es desafortunada por varias razones: Tal como está formulada imposibilita la enseñanza bilingüe, tanto en lenguas de prestigio (inglés, francés) como en lenguas aborígenes (guaraní, por ejemplo). En lugar de fundamentar la decisión en una institución decadente y antipática como la R.A.E, pudo haber recurrido a los L.A.D (Language Acquisition Devices) según los cuales las lenguas se incorporan en principio por sus regularidades y legislar sólo para la primaria. Atribuir los pobres resultados en las pruebas de rendimiento escolar al uso en el aula de lenguaje inclusivo es, en el mejor de los casos, ingenuo y en el peor una estrategia para autoexculparse y pensar que salvado el escollo de la "e" o la "x" todo volverá a ser un paraíso sarmientino.

Si lo que se busca son las formas que, en la lengua, nos permitan enfrentar el heterosexismo, el patriarcado, la discriminación y la ignorancia de las nuevas identidades no binarias no se entiende por qué la escuela debería quedar al margen de esa busca.

Obligados a callarnos y a una lengua sin expresión (muerta), ¿cómo podríamos dar sentido a nuestro silencio?


sábado, 14 de mayo de 2022

Disparates genéricos

por Daniel Link para Perfil

En su clase magistral "Estado,Poder y Sociedad: la insatisfacción democrática", la vicepresidente nos dio algunas pistas para comprender el descalabro argentino y, naturalmente, nuestra insatisfacción ciudadana. Dejemos de lado los errores históricos de esa clase (que ignoró olímpicamente el parlamentarismo británico, cuyo origen se remonta a 1215 y que adquiere su forma más o menos definitiva en 1640) o los errores teóricos (el capitalismo no es sólo un régimen de producción de bienes y servicios sino, primariamente, un régimen de acumulación). Dejemos también de lado las disquisiciones jurídicas (que Roberto Gargarella ha contestado con precisión y elegancia en el diario La Nación) y, finalmente, los asuntos económicos (tan obvios como obtusos).

Me detengo en los asuntos lingüísticos, sobre los que tengo una formación y una inclinación precoz, y en la vía heideggeriana de la etimologías en la que pretendió incursionar la Sra. Fernández: “Debate. Pelea es nombre femenino. ¿Debate qué es? Masculino, el debate, la pelea. No creo en las casualidades para nada y menos con cierta gente y cierta prensa mucho menos. ¿Qué dice debate? Atiendan. Debate: nombre masculino”. El asunto sigue sin ton ni son hasta llegar a la toma de decisiones de base hormonal o neuronal, en una confusión irreparable entre género gramatical y género identitario (y sus predicados asociados). La Sra. Fernández borra 25 siglos de reflexión lingüística y ni el Cratilo de Platón queda en pie: ya no hay convenciones lingüísticas y los nombres de las cosas son el resultado de un complot. Que el debate sea un nombre masculino y la pelea un nombre femenino, se nos dice, no es casual.

El problema es que eso lo dice la misma persona que se reconoce como vicepresidenta y se recuerda como presidenta, rechazando la convención que permite sostener un nombre no marcado genéricamente: presidente, estudiante (¿o la Sra. Fernández se recordará como “estudianta”?), docente. He ahí la “e” en todo su esplendor gramatical y su corrección normativa, que hoy las disparatadas corrientes de revisionismo lingüístico pretenden imponer sin reflexión ni cautela (dicen que en la ciudad de La Plata extienden título de “Profesore”: ¿alguien reparó en que su diminutivo sería profesorete?).

Defiendo la conciencia crítica sobre el lenguaje (he diseñado un diccionario donde “sexista” es uno de los marcadores) y abogo por los usos inclusivos de la lengua. Pero cuando todo el sistema de nombres se desbarata por vocación retórica (“la munda” y “las cuerpas”) estamos ya no ante la lengua sino ante el poema, sobre el cual los juicios estéticos son necesarios. La impotencia y la paranoia son femeninos, el resentimiento y el cinismo son masculinos. Ninguna política lingüistica fundada en esos vicios puede conducir a otra cosa que la insatisfacción.

 

sábado, 25 de septiembre de 2021

El malentendido

por Daniel Link para Perfil

Estoy en un encuentro internacional de humanistas digitales en Zaragoza, topónimo que proviene del latino Caesar Augusta, que recibió en el año -14 de su fundación, en homenaje al emperador que la declaró, además, colonia inmune (podía acuñar su propia moneda y estaba exenta de impuestos) para benefico de los legionarios de la IV, VI y X, que habrían de defender el territorio.

En algún momento, uno de los ponentes dice “pijas condecoraciones” y yo oigo “pijas con decoraciones”. Sobresaltado, decido concentrarme en la escucha, que tiene esos pequeñas traiciones idiomáticas.

Recuerdo la confusión en la demorada sobremesa de esa noche, cuando veo que empiezan a apilar las sillas para que nos vayamos. “Es que es día de semana”, digo. “¿Qué has dicho?”, me presiona una valenciana. Ella había entendido “Diazepam”.

Le cuento, además de mi lapsus auditivo de la mañana, otro. Hace muchos años, comíamos con unos amigos mexicanos en un restaurante tailandés particularmente picante, lo que motivó que le dijera a mi marido (creo que entonces no estábamos todavía casados): “siento los labios como Beatriz Salomón” (vedette hoy llorada, que por entonces todavía brillaba en los escenarios). Uno de los mexicanos, fotógrafo exquisito, me dijo: “No sé bien qué quiere decir lo que has dicho, pero suena muy obsceno”. Le pregunté qué había entendido. Su respuesta fue: “siento los labios que me atizan los monos”.

Desde entonces, usamos la la expresión cuando la comida que pedimos está muy picante.

Es que el castellano o español es una lengua tan estirada y tan elástica que admite mil declinaciones. Contra la afirmación académica de que es una lengua policéntrica (como el inglés) me gusta sostener que es una lengua excéntrica, porque carece de centro normativo.

Aquí en Zaragoza las tiendas de regalos (las “regalerías” que uno puede encontrar en Buenos Aires) rezan en sus fachadas “Regalicos”, porque los aragoneses usan los diminutivos en -ico. Y hemos visto pasar un camión que transportaba (o eso decía) “Güevos güenos”. Ni hablar del “pulpitu” que promocionan los carteles de algunos bares de tapas valencianos.

Con tantas variantes de pronunciación, de sintaxis y, sobre todo, de semántica, no son raros los malos entendidos y sabido es que América se funda en varios. Colón escuchó caníbal cuando le decían Caribe y después Shakespeare nos devolvió Calibán, que en pareja con Ariel formaron el binomio espantoso Civilización y Barbarie.

Garcilaso de la Vega (uno de los mejores prosistas de su época) contó en el famosísimo episodio del “encuentro de Cajamarca”, que enfrenta a españoles e incas un malentendido que analiza filológicamente en relación con el nombre “Perú”. De ese traspié de traducción en el que alguien pregunta algo y alguien contesta otra cosa se deduce no sólo una política de las lenguas sino también de lo viviente (de las comunidades).

Quienes se dedican a la dialectología americana, esa disciplina que pretende describir las cinco o veinte normas del castellano o español novomundano tropiezan con abismos imposibles de sortear. En busca de la unidad de la lengua lo que encuentran es una diferencia infinita. Pedro Rona, en la década del sesenta del siglo pasado, ya había adelantado que “todo esto obliga a replantear el problema de la división del español americano en zonas dialectales”.

Las zonas dialectales son ficciones normativas que establecen cuál es la norma que rige en una determinada región (el Río de la Plata, por ejemplo), para lo cual se toman una serie limitadas de rasgos (fonéticos, morfosintácticos, etc.) que la definen.

Pero la aparición de los grandes corpus digitales del español (CORPES, CREA, Corpus del Español, etc.), porque registran absolutamente todas las variantes (algunos incluyen incluso versiones orales) permiten saltearse la simplificación normativa y observar la lengua en su infinita variación en el espacio y en el tiempo.

De modo que las herramientas digitales con las que hoy contamos nos permiten un acercamiento mucho menos colonial y dependiente de los poderes académicos a las decoraciones que imprimimos en la lengua que usamos.

sábado, 14 de agosto de 2021

El idioma salvador

por Daniel Link para Perfil 

Un amigo (un poeta) me pasa un poema de Roque Dalton, el gran salvadoreño que abrazó la causa comunista, que estuvo preso y fue expulsado de su país, que vivió en Chile, en Cuba, en la entonces Checoslovaquia, en México, que se peleó con la nomenclatura cultural cubana, y que murió asesinado en 1975 por sus compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo, que lo juzgaron culpable de agente de La Habana, de la CIA, del reformismo internacional y de indisciplina. Todavía no se conoce el paradero de sus huesos.

El poema de Dalton se llama “El idioma salvador” y es una larga retahila de palabras salvadoreñas con sus equivalentes españolas: “serpentina: cerveza. llorona: naranja. perico: aguacate. frailes: huevos. balastre: rancho carcelario. canción: carne. color: café. vasallos: plátanos. san fernando: panza de res. pólvora: arroz. chipopos: frijoles. coronel: pavo. mapin: pan. mora: gallina. sorias: tortillas. pañuza: agua. barniz: salsa, condimento o comida distinta que se agrega al rancho para mejorarlo. lucha libre: fritada de vísceras de buey. desperdicio de alambre: macarrones”.

Dedicado “A los miembros de la Academia Salvadoreña de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española”, dice que sólo hay una lengua redentora, la lengua materna (a la que, sin embargo, todo poeta quiere transformar en otra cosa). Y dice que la lengua materna no es una, y que no se trata de registrar meramente las variantes “dialectales” como desviaciones respecto de una hipotética norma culta sino de hacer pasar el cuerpo por esa lengua amasada por unos pueblos.

Tal vez sin saberlo, Roque Dalton se inscribe en una larga tradición filológica que luchó por la independencia lingüística, en busca de la expresión americana, contra la obsesión de los académicos por un lenguaje único y concentracionario y el odio hacia las diferencias. El bogotano Rufino José Cuervo sostuvo en 1881 que, como al dogma religioso, al lenguaje también lo acecha el cisma y por eso la diferencia debe ser destruida. Ese terror letrado y comercial (porque se trata de garantizar el comercio en un mercado que se imagina ya mundial) fue contestado en 1882 por el cubano Juan Ignacio de Armas, quien puso al español en la misma situación del latín: una lengua madre de la cual se desprenderían por lo menos cuatro idiomas americanos (con un aire de familia). “Buenos Aires”, sostuvo, “va actualmente por delante en la natural formación de un idioma propio”.

Por supuesto, Juan Ignacio fue tildado de extravagante (un poco, porque las etimologías que proponía lo son) y condenado al baúl de lo inservible como un antecedente de la dialectología hispanoamericana, que en su ya centenaria existencia no ha conseguido resolver el mapa lingüístico americano precisamente porque insiste en considerar al español de América una unidad con diferentes variantes. Incluso pese a que algunos investigadores (José Pedro Roma, por ejemplo) han subrayado que muchas veces una población usa un lenguaje ininteligible para profesores que viven a 50 kilómetros (tratándose además de dos comunidades monolingües).

Tal vez sea inútil desasociar el nombre del lenguaje que utilizamos del nombre de la Patria que nos ha tocado en suerte porque esa desasociación (ese desasosiego), como operación filológica, favorecería a quienes piensan la lengua como una materia prima en un paradigma colonial-extractivista.

Las academias de hoy contestan la lección de la Tierra, que se expresa en diferencias puras, y proponen descripciones pluricéntricas. Pero esa disparatada competencia entre lo contingente y lo eterno, entre lo universal y lo particular, entre lo global y lo local sigue desconsiderando la intensidad lingüística y el carácter expresivo del lenguaje que usamos, cuyo nombre ya no debería importarnos, así como no debería importarnos la sanción de quienes sueñan el sueño concentracionario de un español vaciado de toda diferencia.

A mí, por si acaso, hablame en criollo, con todas las intensidades y la expresividad del caso. Y si no llegamos a entendernos por medio de las palabras, siempre nos quedarán los gestos.


sábado, 10 de julio de 2021

La ñata contra el vidrio

Por Daniel Link para Perfil

En una entrevista reciente, Alejandro Katz caracterizó a la nuestra como una “sociedad fallida” y sostuvo que “lo que tenemos que empezar a decirnos es que la Argentina ha dejado de existir”.

Le escribí de inmediato lamentando su diagnóstico penoso (pero difícil de refutar) y le dije: “Hagamos algo”.

El problema va a ser, naturalmente, a quienes incluye ese plural del que depende todo.

Pienso, naturalmente, en Chile, un país que siempre nos pareció rarísimo y que, de pronto, nos da lecciones de democracia intensa. El domingo pasado, los constituyentes elegidos para redactar una nueva Carta Magna que reemplace a la actual, pergeñada por Pinochet y sus secuaces, consagraron como presidente de la Convención (con 96 votos en segunda vuelta) a Elisa Loncón, doctora en literatura, lingüista y activista mapuche.

¿Se imagina alguien un proceso semejante en Argentina, donde el resultado de la elección chilena (el triunfo de las fuerzas de la izquierda independiente y el partido comunista) fue condenado en la prensa como la venida del Anticristo?

¿Quien se animaría a dejarse representar en una Convención Constituyente argentina? ¿Y por quién, por cuál forma del resentimiento? ¿La de esa señora que mandó a los argentinos que quedaron varados no sé dónde a vender empanadas en las esquinas? ¿La de ese gobernador que cobra peaje para entrar a su provincia? ¿O la de ese ecónomo que todavía considera que el Sr. Cavallo fue el mejor ministro de la historia? Hagamos algo, sí, pero que se parezca a Chile.



jueves, 8 de julio de 2021

martes, 18 de mayo de 2021

Ciberfilologías

La nueva aplicación de Google puede ayudar a preservar los idiomas en peligro de extinción

Google ha lanzado una nueva aplicación que puede ayudar a preservar las lenguas en peligro de extinción. A través de la aplicación "Woolaroo", los usuarios pueden aprender diez idiomas que desaparecen tomando fotografías de objetos. Además de ofrecer una nueva herramienta de aprendizaje, la aplicación proporciona una forma para que las comunidades indígenas preserven su patrimonio.

Woolaroo admite diez idiomas de todo el mundo: criollo de Luisiana, griego de Calabria, maorí, náhuat, tamazight, siciliano, Yang Zhuang, Rapa Nui, yiddish y yugambeh, sitio web de noticias holandés NU.nl informó. Dado que estos idiomas no se hablan con frecuencia durante décadas, corren el peligro de ser olvidados. La aplicación debería evitarlo.


viernes, 14 de mayo de 2021

jueves, 17 de septiembre de 2020

Nociones a desarrollar

 

(Gracias, amigxs!)

martes, 31 de marzo de 2020

Todos los nombres, el nombre

Los excelentísimos miembros de la Real Academia Española, que tantos desatinos pronunció en relación con los usos inclusivos del lenguaje, acaban de decidir que el nombre de la pandemia que nos aqueja es femenino, presuponiendo la elisión del genérico "enfermedad". Así, los diarios españoles, incluyendo los republicanísimos diarios catalanes, ya dicen "La Covid".






Para nosotres, menos obedientes de los dictados imperiales, esa declinación suena a concursante de Ru Paul Drag Race: "La Detox". Además, la ocurrencia "elisión" deja bastante que desear, si se recuerdan las otras plagas que azotan nuestro noble suelo. No se nos ocurriría decir "la dengue" ni "la sarampiona".
Señoras y señores: no jodan. Tenemos problemas más graves que discutir vuestra vigilancia maníaca de los géneros.


viernes, 26 de abril de 2019

Las siete desobediencias capitales

Las virtudes de la desobediencia
(vía La voz)

Por Rita Segato

 
Organizado en siete capítulos de desobediencias, la antropóloga brindó una disertación que fue celebrada por un auditorio feminista en la Feria del Libro de Buenos Aires.

Elizabeth Costello me salva siempre cuando me veo en una situación como ésta.
Ya lo ha hecho otras veces eso de venir en mi auxilio, desde el cielo de la literatura donde seguramente se encuentra. La profesora Costello, de mi misma edad, es el Ángel de la Guarda femenino que protege a quienes, como yo, no se sienten felices con las formalidades y circunstancias a que debe curvarse quien sobrevive a costas de una profesión letrada. Lo que a mi me gusta y donde me amparo en el célebre personaje que circula por las novelas de Coetzee no es el tema del cual habla, sino el hecho de que habla de algo a lo cual no ha sido convidada a hablar, es decir, su indisciplina, su fineza indómita, su distracción con relación al protocolo académico que, al parecer, la habría llevado hasta el podio que hoy ocupa. Puede haber sido invitada a hablar, por ejemplo, de la literatura inglesa del siglo XVII, y discurre, ante el desconcierto y decepción del público y la reprobación de su hijo varón, sobre la Vida de los Animales. Lo de Costello conmigo es prácticamente un estado alternativo de consciencia, una posesión: me baja un santo, como se dice en el lenguaje del Candomblé, y ese santo es Costello, a la hora de tener que hablar en circunstancias como esta. Su política, a mi ver, no es precisamente lo que dice, sino su permanente acto de desobedecer, su distracción de la norma. Esa es mi lectura del divino personaje. Y esa es mi lectura de lo más humano de lo humano: examinar los chips que nos programan, y elegir cuál apagamos, a cuál le damos baja, qué mandato extirpamos de nuestra matrix. A mis estudiantes de Antropología les he preguntado muchas y muchas veces, a lo largo de muchos años, ¿por qué estudiamos cómo la cultura nos hace ser de determinada manera, nos formatea, en lugar de estudiar cómo, a pesar de la cultura a la cual supuestamente “pertenecemos”, cada uno de nosotros puede ser único, irrepetible, diferente? La estrella guía de la humanidad es, precisamente, su capacidad de desvío, capacidad a la cual le debemos nada menos que la historia.

Primera desobediencia: Es por eso que ando diciendo, entre otras cosas, que una politicidad femenina, por una serie de razones, no puede ser principista, sino pragmática y capaz de improvisar, dirigida a la vida aquí y ahora, a su continuidad y a su esplendor, a pesar de todo o, como decimos, contra viento y marea. Por lo tanto, y para esto, siempre alimentada por lo que he llamado una “ética de la insatisfacción”, bastidor de toda buena política, pulsión opuesta a la de una ética de la conformidad. Una ética para la cual es más importante ser bueno que actuar bien. Se torna necesario, en ese camino, ser pluralista antes de ser feminista; tener un mundo radicalmente plural como meta histórica. Meta que no puede ser alcanzada ni por el patriarcado ni por el proyecto histórico de las cosas, que es el de la acumulación capitalista, siempre en tensión con el proyecto histórico de los vínculos, el del arraigo comunal. Tampoco podrán validarse ahí, en la meta de un mundo en plural, los monoteísmos dogmáticos, ninguno de ellos. Porque para el patriarcado, el capital y los monoteísmos fundamentalistas hay una única verdad, una única forma del bien, una único dios, una única forma de futuro, una única justicia. Son, de esta forma, mon excluyente. Nuestra lógica, la lógica que permitió sobrevivir a tantos siglos de masacre en nuestro continente, no es una lógica monológica, monopólica, regida por la neurosis de coherencia y del control, la neurosis monoteísta y blanca de los europeos. Nuestra lógica es trágica, en el sentido de que puede convivir con la inconsistencia, con verdades incompatibles, con la ecuación a y no-a, opuestos y verdaderos ambos, y al mismo tiempo. Y por lo tanto, siempre, siempre, dotada de la intensidad vital de la desobediencia. Una lógica para-consistente para conservar la vida y garantizarle continuidad y mayor bienestar para más gentes, para mantener el horizonte abierto de la historia sin destino prefijado, para mantener el tiempo en movimiento.

Segunda desobediencia: Me remite a Europa, el continente de la neurosis monoteísta, como le llamo en mi libro Santos e Dáimones (sin traducción al castellano). El continente de la neurosis de control y del juicio moral sobre el mundo. Y así llego a la otra evocación inevitable al preparar esta incómoda conferencia es el malestar que me causó, 36 años atrás, el discurso de García Marquez, al recibir el premio nobel en 1982, llamado La soledad de América Latina. El recuerdo de ese vago e incomprensible malestar me acompaña desde entonces, y solo ahora encuentro el espacio para hablar del mismo ante una audiencia. En aquel tiempo, la palabra eurocentrismo ni rondaba mi cabeza, inclusive porque en esos años yo vivía en Europa. Veamos: García Márquez me parecía decir que América Latina estaba sola porque Europa no la miraba, no la veía, no registraba su existencia y no la comprendía. Definitivamente me desagradaba, como me sigue desagradando hasta hoy, que el subtexto de su discurso indicaba claramente la convicción del autor de que solo en el ojo de Europa era posible que nuestro continente alcanzara su existencia plena. ¿Será que un ser para otro es nuestro destino?
Sería problemático, porque para ser para el otro eficazmente /con eficiencia es necesario que de ese otro aprendiéramos a ser. Con los años, y con los vocabularios a que fui teniendo acceso, ese malestar se fue transformando en consciencia. Una consciencia que me permite hoy hablarles, como gente del libro que son, de nuestro tema: la circulación de la palabra y la forma de la palabra.
Como afirmé hace unos veinte días en el Museo Pompidou de Paris, en una reunión con directores de museos de Europa en la que se me propuso responder una pregunta importante, inteligente, muy poco habitual: ¿Cómo incide en Europa el eurocentrismo? Es Europa la que esta sola. Se mira en el espejo narcisístico de sus museos, pero carece del verdadero espejo, el que puede ejercer resistencia y mostrarle los defectos, pues esos objetos no pueden devolverle la mirada. Europa carece de ese potente utensilio femenino que es el “espejito, espejito” de la Reina Mala de los cuentos: no ve su defecto en el reflejo que podrían brindarle los ojos de los otros, porque al otro lo tiene solamente atesorado en la vitrina de su poder colonial. La visita al Museo Chirac en el Quai de Branly me confirmó esa impresión, pues no vi otra cosa allí que “belleza encarcelada”, objetos retirados de su destino propio, de su lecho histórico, del  L’Europe des Musées , Centre Pompidou, 8 de abril de 2019 paisaje en el que vivían arraigados. Desde allí hubieran podido seguir su camino e irradiar su influencia. Lo mismo pasa con los libros.
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Nosotros, según García Márquez, necesitamos vernos en el ojo de Europa, en los libros de Europa, para no estar solos. Sin embargo, no registra que Europa siquiera percibe su soledad, soledad que la ha ido llevando lentamente hacia una decadencia de su imaginación creadora, la que en otro tiempo nos deslumbró, y a un tedio insoportable.

Tercera desobediencia: Desesperaba a mis maestras, maestras de elite, en el Lenguas Vivas Juan Ramón Fernández de mi infancia, cuando nunca jamás, desde los seis años, en hipótesis alguna, acepté escribir mis redacciones en el modo del tú, y del háces en lugar del hacés. Así como continúo hasta hoy con la ardua tarea de modificar el corrector de lengua, todo el tiempo, a cada línea, para poner un acento en la i de decíme, en la i de veníte, en la e y en la a de si querés pasá por mi casa. A contracorriente de la conformidad, en desobediencia. Más tarde aparecería mi amado Arguedas, con su lengua quechua en español, con sus inflexiones del quechua en la lengua sobre-impuesta, su verdadero secuestro del castellano para decir lo que deseaba y era necesario decir: que era el indio quien llevaba la bandera de la historia y de la soberanía en nuestro continente.
Así como Polanyi ha hablado de la economía arraigada destruida por el capitalismo, necesitamos hablar de un arraigo de la palabra de su camino reexistente a pesar de la instituciones y en los gestos verbales de la gente.

Cuarta desobediencia: El 7/08/2018, a las 19:12, Juan Pérez (nombre ficticio) de la muy prestigiosa editorial española La Eterna (nombre ficticio) escribió: Estimada Sra. Segato, Mi nombre es Juan Pérez y soy el editor de Ediciones La Eterna. Solo quería ponerme en contacto con usted para invitarla cordialmente a incorporarse de alguna forma a nuestro fondo editorial.
Su trabajo crítico me parece una joya intelectual que debería ser conocido y leído en todo el mundo. En España, por ejemplo, no llega con facilidad.
Por supuesto, sé que espacios editoriales para publicar no le faltan, muy concretamente Prometeo, con quien trabaja de forma continuada.
Aun conociendo esta situación, me permito invitarla desde la admiración de su trabajo.
Un cordial saludo, Juan Pérez Editor Senior Madrid (España) De: Rita Segato [mailto:ritalsegato@gmail.com] Enviado el: viernes, 10 de agosto de 2018 3:13 Para: Juan Pérez Asunto: Re: Ediciones La Eterna Estimado Juan, le agradezco mucho los castellana por su incontestable calidad. Honorables empresarios libreros persistieron y o surgieron para intentar resucitar lo perdido… Otros murieron de tristeza, como el padre de Claudia, con el cierre final de sus librerías Fausto y de su editorial, Siglo XX, en una supuesta “democracia” que, apenas recuperada, sucumbió a la colonialidad del poder y del saber. Las editoriales españolas compraron las editoriales de textos y manuales escolares, beneficiándose con el know-how ya existente en el país, y amenazaron así la belleza y el valor del pluralismo de la lengua y los modos de decir del arraigo argentino. Lloro por eso: era hermosa la Argentina de Fausto. Como es insubstituible la Argentina del Centro Editor de América Latina. El valor y meta histórica de un mundo en plural quedó así en situación muy frágil, en un proceso no muy diferente a lo que se dio con los sellos globales de grabadoras musicales, que compraron la música del mundo y la “ecualizaron” en un “world music” pasteurizado y rápidamente obsolescente. Quiero rendir homenaje aquí a los editores que sobrevivieron aquel tiempo destrucción y a las que comenzaron después de la ruina: Corregidor, Coligue, de la Flor, Biblos, Manantial, Lugar editorial, Espacio Editorial, Homo Sapiens, Pequeño Editor, Prometeo, Godot, Leviatán. Y discúlpenme si no he conseguido nombrar todas, o si alguna de las que nombré ya ha perecido.
Quiero que se entienda que no se trata del valor del patriotismo; se trata, sí, del valor del pluralismo.

Quinta desobediencia: Nombremos nosotros. Demos los nombres. No le pasemos el mensaje a los jóvenes, como hacemos generalmente, de que vienen a la escuela, a la universidad, meramente para aprender. Porque ese aprender se refiere automáticamente a un aprender lo ya pensado, y por debajo de ese ya pensado contrabandeamos inevitablemente la idea de lo ya pensado en otro lugar. La faena del intelectual es la producción y donación de nombres. Lo aprendí de mi amado maestro Aníbal Quijano. Autoría viene de autorizar. Son dos términos profundamente emparentados. Pensemos desde acá, no deleguemos a que nos piensen el mundo en que vivimos desde afuera.
Nos pasa a nosotros, y le pasa a España también. Al igual que nuestro continente, se encuentra del lado del consumo y la aplicación de categorías teóricas, no a su formulación. No nos engañemos… Le pasa a ese país tan tristemente colonial y criollo como nosotros que es España, una nación que se conquistó a sí misma y siguió por el lado de acá, sin solución de continuidad, en el mismo año, 1492. La lengua española es numerosa, pero no es hegemónica. No produce un pensamiento teórico destinado a atravesar la Gran Frontera Global desde el Sur hacia el Norte. Libros editados acá por grandes conglomerados de editoriales destinadas al lucro global no son catapultados a las lenguas en las que las ideas alcanzan circulación e influencia planetaria. La reserva de mercado del Norte sobre lo que bien podríamos llamar “patentes” en el campo de las Humanidades es cerrado, inexpugnable. Porque, no nos equivoquemos: es el campo de las Humanidades, con su usina de palabras, su poiesis de conceptos, lo que da forma al futuro de la historia. Es por eso que se encuentra en manos de pocos, pocos que no están por aquí, la llave del camino de las Humanidades que cierra la puerta de esa circulación planetaria a los conceptos teóricos acuñados en nuestra lengua, con soberanía y autonomía, desde acá mismo, desde el suelo en que nuestros pies se asientan.

Sexta desobediencia: Junto a la valla que se erige para que nuestras palabras no atraviesen, también se levanta un cerco inexpugnable para impedir el atravesamiento del estilo de escribir. La tecnología del libro de la academia del Norte se nos impone en las universidades. No nos curvemos a esa tecnología del texto originaria de una época en que la información, por su escasez, era un problema, y era un problema que las universidades del Norte imperial no tenían. Un texto o un libro eran la forma de exhibir el acceso a la información, el poder que significaba acceder a esa información. Hoy la información es un problema también, pero de signo opuesto. Estamos asfixiados en información, por eso lo que importa es la capacidad de elegir una ruta autoral en el fardo informativo que nos aplasta. Lo importante es desarrollar la habilidad de identificar lo que existe a nuestro alrededor sin ser nombrado y no abdicar del ensayo, que es nuestra forma de argumentar. No abandonemos el ensayo: el “yo digo”. La voz del ensayista es inexorablemente una voz autoral, que no se esconde por detrás de la coartada del fichaje. Tengamos en cuenta que la verdad es un acuerdo entre interlocutores. Los nombres bien encontrados son como pergaminos en botellas arrojadas al mar que llegan a destino. Puedo afirmar que sencillamente me consta.

Séptima desobediencia: Construyamos nuestra propia desobediencia. No confundamos el Ni una Menos con el Me Too, y no nos enredemos en su tensión con el Manifiesto de las intelectuales francesas. Cada movimiento y cada feminismo solo puede ser construido con los elementos de su propia historia. En la disputa entre el feminismo anglo y el francés, yo leo claves de dos historias de la conyugalidad, dos formas de la sexualidad y el amor instaladas por civilizaciones y líricas diferentes, como lo ha hecho notar hace tiempo ya Peter Gay2 y también Josefina Pimenta Lobato3. Están en juego allí dos modelos del amor, el anglosajón y el francés.
En lo que al Ni una Menos respecta, recordemos que existe sí una colonialidad al interior de los movimientos sociales. Esa colonialidad suele traicionarnos y desorientarnos. El Me Too, con su raíz en el feminismo pilgrim norteamericano, se dirige y le hace señas a la paternidad del Estado, a un tercero como árbitro indispensable de las relaciones, a un abogado en la almohada como única herramienta en un mundo de individualismo a ultranza. Mientras el Me Too le habla al Estado, el Ni una Menos le habla a un nosotras y nosotros, le habla a una sociedad.
Nuestro feminismo pertenece a un mundo en el que aun en las metrópolis blanqueadas la vincularidad es vital y puede y debe ser conservada por el amparo que nos brinda y la felicidad que nos trae. Un mundo en el que se han preservado jirones de comunidad. Estoy convencida de que no debemos delegar el arbitraje de nuestra vida erótica a un tercero. Todavía creo que la gestión del deseo debe ser posible en nuestro mundo cuerpo a cuerpo, cara a cara, y que debemos luchar por eso, creando las condiciones para que sea posible. Para eso habrá que trabajar arduamente sobre las relaciones de poder en el campo del trabajo y del estudio, en los cuales la jerarquía es decisiva y el patriarcado se manifiesta con más saña, y regenerar las estructuras comunales capaces de vigilar y cuidar la forma en que llevan la vida las personas. El resto corre por cuenta de desmontar el orden político patriarcal, e inaugurar una nueva era de la historia. Vamos claramente hacia allá.

Abajo el mandato de masculinidad!
Por el derecho de los pueblos a sus territorios y a su estilo de vida en el arraigo comunal!
Sí al aborto legal, seguro y gratuito!
Ni una menos!
Justicia para Sabina Garnica, niña de 11 años habitante del barrio Virgen Desatanudos de La Rioja y entusiasmada militante de La Garganta Poderosa, violada y asesinada el 14 de abril!
Ni una trabajadora de prensa menos!
Reconocimiento para los bachilleratos populares!
Por un mundo radicalmente plural!