Por Daniel Link para Perfil
Una pregunta decisiva, que las
humanidades (hoy bajo ataque inexplicable) han formulado varias veces
con respuestas bien distintas es a quién le pertenecen las lenguas.
En mis horas muertas hago un curso
online de italiano, a través de una plataforma célebre para el
aprendizaje de idiomas (es, realmente, extraordinaria). Comete
errores, sobre todo con el par de verbos ser/ estar. Da como
traducción correcta de “Ogni io sono un po' triste”, “Hoy yo
soy un poco triste”. Es cierto que el ser puede pensarse como
discontinuidad (hoy ya no soy lo que fui ayer), pero aquí pareciera
que se alude a un estado pasajero.
Por supuesto, lo que está bien o lo
que está mal depende a quién consideremos autoridad para decidirlo,
a quién consideramos dueño de las normas lingüística y, por lo
tanto, del lenguaje.
Cualquiera podría pensar que, respecto
de la lengua italiana esa es una pregunta fácil de contestar: ¡los
italianos! Pero ese colectivo reúne a varios conjuntos que no usan
la lengua de la misma manera: los sicilianos, los romanos, los
napolitanos, los milaneses. Podríamos decir, entonces, que la
autoridad sobre una lengua la ejercen quienes la usan.
Es el argumento que se esgrime siempre
en contra de la pretendida autoridad de la Real Academia Española,
para la cual los legítimos dueños del castellano son quienes lo
amasaron durante siglos a partir de los restos de latín. La
propiedad del castellano es más compleja que la del italiano
precisamente por las repúblicas hispanoparlantes, que reivindicaron
su independencia lingüística al mismo tiempo que la política.
Tan así fue que a los académicos
reales no les quedó mas remedio que aceptar (muy entrado el siglo
XX) que el castellano es una lengua pluricéntrica, porque tiene más
de una variedad estándar.
La autoridad, pues, pasó a manos de
los hablantes nativos (el
español es la segunda lengua del mundo por número de hablantes
nativos, 477 millones,
solo por detrás del chino mandarín).
El problema de esa
masividad se complejiza con la industrialización de la lengua, es
decir, cuando la lengua pasa a ser materia prima de empresas
internacionales de comunicación, que elaboran su propio standard
(por ejemplo: las empresas multimedia que distribuyen contenidos para
la televisión). Allí, la propiedad de la lengua no se decide ni por
el nacimiento ni por el uso, sino por el rendimiento (los subtítulos
se elaboran en dos versiones: español peninsular y español latino,
sin que se sepan bien los fundamentos de esas decisiones).
Transformada de
medio de comunicación o de expresión (que no son la misma cosa) en
mercancía, los dueños de la lengua pasan a ser quienes someten a
ella a la mayor explotación, y la más exitosa.
Vuelvo a mi curso
de italiano, en la plataforma más importante del mundo (hay más
norteamericanos estudiando idiomas a través de ella que en todas las
escuelas estadounidenses). Es una máquina, que funciona con
algoritmos diseñados alguna vez por lingüistas y pedagogos expertos
y que ahora funciona de manera más o menos automática, asistida por
inteligencias artificiales. Cada error que cometo me quita una “vida”
en el proceso de aprendizaje (ese vaciamiento vital pretende que
pague una cuota mensual de dólares para seguir aprendiendo, sin
terror a la muerte).
Hay un botón que
permite “reportar” errores, pero esa función, lejos de
transformarnos en una autoridad, nos transforma en trabajadores
gratuitos (esclavos) de y para la máquina. Es lo mismo que sucede
cuando google maps nos pide que reportemos, confirmemos o desechemos
alguna circunstancia en un trayecto que estamos realizando.
Lo que se nos aparece es una nueva
forma de apropiación: ya no son ni los hablantes nativos, ni los
usuarios, ni las compañías multimediáticas quienes toman
decisiones sobre las lenguas (y sus equivalencias) sino directamente
el sujeto abstracto y maquínico que habita en los algoritmos.
Giorgio Agamben ya había señalado que
los pueblos estaban perdiendo la relación vital con su lengua
materna, reemplazándola por un uso meramente funcional. El inglés
global (él también preso de la autoridad del tecnocapitalismo) o
cualquier otra lengua sin relación con alguna comunidad, se
transforma en nuda lingua, al servicio de la biopolítica
capitalista. Según Agamben, “Europa no saldrá del callejón sin
salida en el que se está encerrando si primero no encuentra una
relación poética y pensante con sus palabras”.
Esa relación atraviesa hoy una zona de
combate que quiere despojar a las lenguas de sus componentes
afectivos y de sus perspectivas existenciales.
Aprendemos un vocabulario o los
rudimentos de una gramática a través de una instancia automatizada,
pero sólo cuando queramos mentir, desear u odiar en ella sabremos
qué es esa lengua.