1. La tormenta de febrero se desató sin anuncio previo. No me refiero sólo a la variación climática sino a la situación que atraviesan las universidades públicas, desfinanciadas hasta el ahogo. Muchas de ellas aceptaron pactar con el gobierno nacional. A cambio de fondos defenderán sus políticas culturales y económicas, sus biopolíticas. O sea: echarán a los docentes e investigadores que tengan una perspectiva crítica sobre el actual gobierno. Basta con ver la lista de las favorecidas en el reparto de prebendas para saber por dónde se cortará el fiambre. Las que no han sido favorecidas por semejante contubernio, han empezado a despedir profesores e investigadores, a posponer contrataciones, a ofrecer condiciones subhumanas de trabajo. Todas las soluciones que yo he propuesto para esta crisis terminal de los espacios universitarios han caído en saco roto: “no es la costumbre”, “no tenemos otra salida”. Un año que iba a ser glorioso, se transforma de repente en la antesala del infierno. ¿Resistiré, resistiremos?
2. Le recomiendo a una amiga una película extraordinaria que se llama The history of sound (2025, Oliver Hermanus). Le aclaro: “Pero si vos ya entraste en el régimen de ver sólo películas que digan las cosas que deben decirse para satisfacer la mala conciencia, no la veas”. Y me contesta: “Para ser sincera, entré un poco en esa”. No llego a entender qué terror lleva a personas inteligentes y sensibles a adoptar un criterio temático y políticamente correcto para mirar películas o leer libros. La historia del sonido está magistralmente actuada y es una historia de amor pura y simple. Pienso que a Roland Barthes le habría gustado.
3. El tercer libro que estoy preparando para este año es la transcripción de unas conversaciones que entablo con dos amigos a propósito de algunas nociones que, ellos dicen, son importantes en mis libros y en mi práctica. Me gusta mucho la idea de sostener conversaciones “eruditas”, un género ya casi inexistente. Veremos qué sale. Me intimada un poco la grabación preliminar en video.
4. Es rarísimo cómo los europeos, pese a sus innumerables desaciertos políticos y su fatal incomprensión del presente, se consideran, pese a todo, el centro de un mundo que, hay que decirlo, si existiera sería totalmente decadente. Como estoy al tanto de las muchas ignorancias que arrastran como bandera, le mando a un amigo europeo parte de las repercusiones del extraordinario show de Bad Bunny del fin de semana pasado. “Supongo que lo habrás visto”, introduzco como chicana (porque estoy seguro de lo contrario). Y concluyo: “Acá no se habla de otra cosa”. Me contesta: “Estoy en Estambul. Acá el mundo ya está mirando únicamente hacia Oriente”. La misma idea de “Oriente” es un poco anacrónica, pero el “mirando únicamente” del “mundo” es directamente ofensiva. Como si hubiera un “mundo verdadero” del cual las americanas no podemos saber nada, al cual no podemos acceder, para el que hacen falta competencias que se nos escapan. Y claro, un “Oriente” misterioso.

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