domingo, 14 de diciembre de 2025
Calentando motores
sábado, 18 de octubre de 2025
Pensamientos sobre el aborto
Por Daniel Link para Perfil
En estos días se están presentando muchos libros sobre Pasolini (el de Eduardo Grüner, el de Diego Bentivegna) como homenaje a cincuenta años de su asesinato. A mí me toco presentar, ayer, el más incómodo. Pasolini sobre el aborto recopila todos los textos que el Amadísimo dedicó al asunto hacia mediados de la década del setenta, traducidos y editados por Guillermo Piro y con una cuidada introducción de Laura Klein.
Subrayemos esto que dice Laura: lo que Pasolini discute no es la interrupción voluntaria del embarazo en si, sino las condiciones para pensar el aborto, es decir: las condiciones para pensar cualquier objeto o relación socialmente significativos. La consigna “mi cuerpo, mi decisión” le fue al Amadísimo (y a nosotras mismas) intolerable porque supone un decisionismo liberal que abstrae a los individuos de los colectivos de los que forman parte.
Más allá de mis malestares personales o mis desacuerdos, el libro va encontrando su lógica a medida que leemos las (a veces disparatadas) contribuciones de Pasolini a un debate mal planteado. El libro no nos interpela (no puede interpelarnos) como un libro sobre la legalización del aborto (discusión ya saldada). Si bien plantea su pertinencia, su necesidad, su regulación, su legalidad, su colocación respecto de la vida y de la muerte, lo que nos toca en las intervenciones del Amadísimo es que nos pregunta cuáles son las condiciones de posibilidad y las herramientas para sostener un pensamiento sobre la interrupción del embarazo.
Pasolini sobre el aborto supone, pues, dos intervenciones mayores: un corte y una sutura. No sabemos bien si los argumentos de Pasolini se corresponden con los “estilos de pensamiento” de la época que habitó (muy distintos de la nuestra). En todo caso, la verdad de los enunciados del Amadísimo deben revisarse de nuevo (es lo que hace Laura Klein impecablemente). En tiempos de Pasolini todavía existía el temor a la sobrepoblación; hoy, en cambio, el tema demográfico dominante es la drástica disminución de la natalidad.
Eso, en cuanto al corte. El punto de sutura, muy delicado y admirable, radica en la noción de reserva conceptual o suspensión, que no permite leer los faltantes, los descuidos, los puntos ciegos y las preguntas sin resolver del pensamiento pasoliniano. El recurso a la reserva o suspensión nos permite encontrar vías alternativas para discutir un pensamiento más allá de la mera identificación imaginaria (Pasolini es misógico / Pasolini es edípico / Pasolini es católico / Pasolini es puto).
Pasolini nos dice que en la interrupción del embarazo resuenan los problemas éticos de la responsabilidad y el consentimiento. Él dice: el problema del aborto es el problema del coito. Se puede inferir que de lo que está hablando es de un coito ejercido sin responsabilidad, sin evaluar las consecuencias que involucra. Fue el argumento principal de Fogwill, quien también se manifestaba contrario al aborto. Es como si Pasolini dijera: estos prefieren abortar antes que ponerse un forro.
Se le ha reprochado a Pasolini su poca referencia a las mujeres. Laura se detiene en este punto. Yo creo que el asunto es estratégico y por eso Pasolini repone al varón y su responsabilidad (en el coito él estaba ahí, insiste). Sabe que, a lo largo de los siglos, se ha atribuido a las mujeres una capacidad seudosoberana de dañar a los embriones, a los niños y al futuro. Han sido identificadas como blancos no solo de la optimización biopolítica, sino también de las medidas de la soberanía legal (y con la precariedad del acceso al aborto fuertemente inmiscuida en ambos extremos).
La ética que interroga la posibilidad del cálculo biopolítico no prescinde de la responsabilidad y del consentimiento y admite que, incluso, puede haber errores (porque una no ha elegido las condiciones en las que debe elegir) y, con certeza, hay pérdidas incalculables (tanto en la “vida” como en la “muerte”).
Pasolini acierta al proponer que el aborto es el gemelo de lo queer porque los dos apelan a una ética que se resiste al cálculo biopolítico. Ahí está, creo, la utilidad de este libro, que repone un pensamiento que ahora podemos reconocer como un instaurador de discursividad.
Asuntos a tener en cuenta en relación con cualquier pensamiento sobre el aborto: cálculo biopolítico, sustentabilidad ambiental, soberanía, control poblacional, derechos reproductivos, subjetividades disidentes e imperialismo. La vida (o la muerte) de la especie, por un lado, la vida (o la muerte) de las comunidades, por el otro. Dicho en dos palabras: biopolítica y tanatopolítica. Las figuras que hay que manipular: la vida potencial, el Niño Imaginario, la Madre Imaginaria, el Padre (siempre, el Padre).
sábado, 27 de septiembre de 2025
Las manos mágicas
por Daniel Link para Perfil
Mi hijo tiene 40 años recién cumplidos, mi nieta está por cumplir 8. Mi hijo estudia Ciencias Exactas en la UBA. Mi nieta va a segundo grado en una escuela privada. Ninguno de los dos sabe escribir en cursiva. Cada vez que veo a mi nieta le pregunto si ya ha aprendido (a escribir, pero también a leer). Me contesta con una mueca y creo que voy a desistir porque lo peor sería hacerle odiar la escritura manuscrita en cursiva. Pero a la madre no dejaré de taladrarle la cabeza: me parece completamente inaceptable que alguien termine segundo grado sin poder escribir cursiva. A mi hijo ya le he dicho que ahora entiendo por qué no pudo terminar filosofía. Se le hacía imposible tomar apuntes.
Es rarísimo que la gente no sea consciente de la importancia de la cursiva, que permite que el pensamiento corra más rápidamente, más acompasado al ritmo de la mano (del cuerpo). La cursiva permite tomar apuntes, pero además permite recordar mejor lo oído o leído, transformado mágicamente en escrito. La tosquedad de la letra de imprenta puede justificarse, pero es una letra que sale lentamente y que obliga a pensar en cada trazo.
Una vez mi hijo (todavía con 39 años) me mandó un fragmento de su escritura cursiva con la leyenda: “costó pero salió”. Lo que había salido es algo que a un chico de ocho años de mi generación le habría costado horas de trabajo en el hogar.
El rechazo a la cursiva, o su olvido, tiene un componente ideológico muy fuerte que reposa en la presunción (falsa) de que épocas de tecnificación acelerada, la gente puede prescindir de la mano para escribir.
Yo todavía me sorprendo cuando veo que la gente escribe en los teléfonos celulares con los pulgares, sosteniendo el aparato con ambas manos. Yo, desde que se inventó el swipe, sostengo el celular con una mano y deslizo el dedo índice sobre las letras de la palabra que quiero escribir, en una secuencia que es al mismo tiempo un trazo, una curva. No me sale siempre bien, pero tampoco a quienes recurren a sus pulgares.
En el ámbito profesional sucede lo mismo. Quienes hacen entrevistas para medios gráficos usan grabador y luego transcriben. Está bien, si se trata de asuntos que requerirán de prueba judicial, llegado el caso. Pero si la entrevistadora pudiera transcribir directamente lo que escucha, con abreviaturas y otros trucos propios de la cursiva, ganaría tiempo y, sobre todo, ya tendría un esquema mental de lo principal y lo secundario de ese intercambio. Rendidas al grabador, es como si escucharan por primera vez la charla. Lo he presenciado. Horrible.
Amigas madres, que tienen hijas, me dicen que la experiencia de la cursiva es muy despareja y que las primarias públicas suelen enseñarla con un poco más de rigor que las privadas, entregadas al progresismo (que se basa en una tontería como “si mi hija ya es rica, lo que queda demostrado por la cuota que pago, para qué forzarla a esforzarse)”.
Lo que es absurdo, porque la cursiva no es esforzada, sino fluida. Hay que aprender a trazar curvas, a enlazar elipses, a dejar que la mano baile en el aire. Hay que soltarse.
sábado, 18 de enero de 2025
Dormir al sol
Por Daniel Link para Perfil
Te despertás una mañana y ya es 15 de enero. Medio mes de un año nuevo ha pasado y todavía no has experimentado ninguno de los cambios que planeabas, salvo un leve dolor en la rodilla que seguramente será el tema del próximo quinquenio (en los genes rotos de tu familia corren ríos de artritis). Siempre criticaste el modo en que el calendario gregoriano escandía el año solar. Te parecía absurdo que, en Europa, el comienzo de cada año cayera en pleno invierno y las vacaciones, que parten el año en dos, en la mitad del calendario. Los años escolares y académicos, en el Norte, se designan con dos cifras (por ejemplo: 2024-2025). Pero esa complicación nominal en verdad permite un mayor compromiso con lo que vendrá o lo que queremos que venga. Entre nosotras, los años empiezan con las vacaciones, que son o deberían ser el período del nada hacer, del libre caminar sin destino prefijado, del existir apenas, dulcemente. ¿Cómo habrías de planificar tu año en ese contexto ya no de incertidumbre sino de deliberadas suspensiones del juicio?
Los del Norte empiezan el año a todo trapo, encerrados en sus gabinetes de trabajo porque el frío exterior quiebra los huesos, te mandan resoluciones, te llaman para que organices workshops, te reclaman respuestas. Y vos les contestás: por ahora no podemos hacer nada, nadie hay en ninguna oficina. Y es cierto.
Te desperezás, regás las plantas. Acompañás el ritmo solar tratando de que lo que vive no se muera, apenas eso, que no es poco. Vos también esperás respuestas que no llegan. Porque nadie hay en ninguna oficina y tu propio gabinete hierve como una burbuja de lava. “No se puede”, pensás, “desplegar propósitos nuevos en esta época”. Mejor esperar a marzo, cuando el vértigo del año ya se haya condensado en nueve meses. En marzo parirás tu nuevo año o, tal vez, dejes para más adelante los grandes proyectos porque la urgencia de la hora te obliga a cumplir con las tareas diarias que se acumularon entre enero y marzo. Después de todo, ¿qué importancia tiene el calendario? ¿No sería mejor esperar a cumplir años? Te sentás a planear el momento adecuado. Después de todo, no se pueden forzar las situaciones y las decisiones. Todo te llegará en su momento.
martes, 17 de diciembre de 2024
Claroscuros
Por Daniel Link para Perfil
Una apoteosis involucra un proceso de transformación de la naturaleza humana en divina. La muerte de Beatriz Sarlo nos enfrenta a la potencia de su ausencia. Nosotras, quienes crecimos bajo su influjo, elegimos seguir preguntándole cosas, como se hace con las divinidades tutelares.
¿Qué agregar sobre Beatriz y su conocimiento inmenso de la cultura argentina (desde la gauchesca hasta las marchas de piqueteros durante el gobierno de Alberto Fernández)?
Yo quisiera empezar por acá: el lugar donde Beatriz brilló con más entusiasmo personal y con mayor irradiación de efectos fue la Facultad de Filosofía y Letras, que la maltrató sistemáticamente. Allí dio sus cursos, dirigió tesis, formó docentes e investigadores y despertó la antipatía mezquina de la institución.
Beatriz era muy enfática en sus juicios y tenía gustos (para mí) extravagantes. De sus muchos análisis (por razones incomprensibles, sus colegas le negaban ese talento) yo recuerdo particularmente el del cuento de Cortázar “La noche boca arriba”, que nunca hubiera podido leer desde esa perspectiva por mi mismo (no lo reproduzco: está en Literatura / Sociedad, búsquenlo). Con una beca que le dio no sé quién ensayó algo inédito: leer un corpus enorme de literatura sentimental como se leen los monumentos literarios (porque esas ficciones habían cumplido un papel decisivo en la formación de públicos y de hábitos). No sólo se trataba de correrse del lugar de “mandarinato” para examinar los bordes mismos de lo canónico sino también de proponer un análisis “cuantitativo” que no tenía antecedentes ni herramientas, por entonces. Eso se lee en El imperio de los sentimientos, que es también un homenaje a Roland Barthes, a quien admiraba tanto como cualquier otra profesora argentina.
Beatriz militaba en muchas causas perdidas, sobre todo porque detestaba el sentido común que, cada vez más, domina el mundo intelectual y periodístico (“sentido común” en el sentido de enunciados sin potencia y casi sin significado que se pronuncian por mera pulsión repetitiva, y que integran la nube hedionda de “boludeces” con las que estamos condenados a vivir). Hace muchos, muchos años, me confesó que ella siempre se había equivocado políticamente. Era una constatación dolorosa porque para ella la política era una capa esencial de su vida: no sólo un interés, sino algo que organizaba su experiencia.
Tituló No entender a la autobiografía que alcanzó terminar justo antes de su último suspiro. Yo le alabé ese título porque me parecía (más allá de su justeza, que habría que poner en entredicho) que es la mejor manera de evaluar la propia vida: no como un camino recto hacia la propia consagración, no como una serie de pasos que prefiguran los grandes movimientos por las que se recordará a alguien, sino por los pasos mal dados, por el tiempo perdido, por las hipótesis desencaminadas y las confusiones.
En los últimos años se había convertido en un personaje público al que le preguntaban su opinión sobre cualquier cosa. Como los trabajos son los trabajos, Beatriz no se negaba a esas requisitorias y las transformaba en episodios de rigor intelectual.
Las cacatúas universitarias negaban con la cabeza, porque les parecía que con esas intervenciones se “rebajaba” a niveles que no se correspondían con la autoridad que da el magisterio. Los mayores ataques los recibió cuando escribió para la revista Viva, adoptando un registro que, cuando publicó esas columnas dominicales como libro, algunos empezaron a entender como el gesto vanguardista que había representado.
No se puede resumir todo el trabajo de Beatriz y el conjunto de saberes que manejaba (algunos de los cuales puso en crisis) en cuatro palabras. Tampoco tiene mucho sentido llorarla y nada más. Ahora hay que establecer su archivo, examinar las marcas en los libros de su biblioteca, reconstruir la marcha de un pensamiento que fue siempre un estímulo para nosotras, estuviéramos o no de acuerdo con ella.
Le gustaba firmar los correos que me mandaba como Tante. En una ocasión, en las vísperas de un viaje suyo a Viena, le pedí que participara virtualmente de un coloquio. “Nunca hice nada por zoom. Es la total pérdida del aura. Con la poca aura que se tiene, es quedar a oscuras y ya es bastante la propia oscuridad”.
Como se ve, más allá del título de su autobiografía, Beatriz algo entiende, todavía.
por Daniel Link para Radio Nacional:
sábado, 5 de agosto de 2023
Retención y revuelta
Por Daniel Link para Perfil
Hay un debate persistente alrededor de un tema viejo y anacrónico. En campaña, algunas candidatas presidenciales (incluyo en este colectivo, como corresponde, a los postulantes masculinos: la Solano, la Larreta, la Grabois, la Moreno) han levantado la bandera del liberalismo a ultranza: “basta de retenciones a las exportaciones”.
Ese debate ya saldadísimo se remonta por lo menos a 1763, cuando Luis-Paul Abeille publicó su “Lettre d'un négociant sur la nature du commerce des grains”. Esa carta fue seguida por unos Principes sur la liberté du commerce des grains (1768), donde el fisiócrata abogaba por la libre producción, el libre comercio, la libre exportación (en suma: el libre abuso) y proponía una cuasi metafísica de la plantación: “Acontecimientos tan decisivos como aterradores, y siempre los mismos, advierten que el régimen de un Comercio tan complicado como el del grano está más allá de las fuerzas del hombre más superior, y que, en consecuencia, es imprescindible abandonarlo a sí mismo”.
Muy pronto el ancien régime se toparía con los revolucionarios de 1789, ebrios de reglamentaciones. Bastante después, Foucault encontraría en Abeille, quien era consciente de que las formas de gobierno liberal corren siempre el riesgo de generar su propio monstruo, una figura con potencia para rebelarse contra el propio sistema. Para Foucault, que encuentra allí los fundamentos para su teoría del poder y de la resistencia, esa figura insumisa predicha por Abeille se reconoce por el nombre “pueblo”.
Hagan los que mejor les parezca, pero aténganse a las consecuencias, previstas desde el fondo de los tiempos.
sábado, 3 de junio de 2023
Tres mujeres
Por Daniel Link para Perfil
En julio se cumplirán 430 años del nacimiento de Artemisia Gentileschi, la gran pintora barroca de cuya vida puede aprenderse tanto como de su pintura.
Hija del pintor toscano Orazio Gentileschi, amigo de Caravaggio, fue encomendada por su padre a otro de sus amigos, Agostino Tassi, para que le diera clases de perspectiva.
A sus 18 años, en mayo de 1611, el instructor la violó brutalmente. En 1876 se encontraron en los archivos vaticanos las actas íntegras del juicio por violación promovido por Orazio contra Tassi, quien fue declarado culpable por la violación.
El proceso duró siete meses, a lo largo de los cuales Artemisia es sometida a interrogatorios bajo apremios físicos y a humillantes exámenes ginecológicos.
Dos meses después de terminado el proceso, Orazio obliga a su hija a casarse con un mediocre ayudante de su taller, para restaurar el honor familiar. La pareja se muda a Florencia, donde Artemisia comenzará una nueva vida. A lo largo de los años vuelve a Roma, viaja a Nápoles, a Venecia, a Londres, donde se la reclama como a una de las grandes proveedoras de las cortes europeas.
Una de sus mejores pinturas, Judith decapitando a Holofernes (circa 1613), retoma un tema truculento que Caravaggio ya había transitado, pero con una fuerza y una complejidad tan convincentes que casi nadie duda de que la escena es una respuesta a su propia violación: “hay que cortarle el cuello al cerdo”.
Pensaba todo esto cuando veía los destinos finales de dos grandes mujeres protagonistas de sendas series: La encantadora Mrs. Maisel termina inverosímilmente rica, pero sola, odiada por sus hijos, mirando un programa de preguntas y respuestas mientras conversa telefónicamente con su amiga y representante de toda la vida.
Más abajo todavía, Siobhan Roy (el único personaje querible de Succession), que ha vivido ignorada por su padre y maltratada por sus despreciables hermanos, termina embarazada por descuido de un hombre al que detesta y que la ha traicionado, pero que en la escena final le extiende la mano como a un perro para que se la lama, cosa que ella hace figuradamente.
Pareciera que lejos de debilitarse, el patriarcado encuentra formas cada vez más sutiles para humillar a quienes lo desafían.
Cfr. Roland Barthes. "Dos mujeres".
lunes, 23 de enero de 2023
Hoy sí, mañana quién sabe
Atrincherada en nuestro escritorio (de ella y mío), Tita Merello se recupera de su última enfermedad (tenía ya la fosa preparada).
miércoles, 11 de enero de 2023
Tita Merello en el auto
martes, 10 de enero de 2023
Tita Merello en Mar del Plata
sábado, 12 de noviembre de 2022
No soy tu padre
Por Daniel Link para Perfil
Volvimos de la 31º Marcha del Orgullo, agotadas de cansancio y un poco ofuscadas con la COMO por la deficiencia en la organización. Hubo una cantidad de gente como nunca se vio en Plaza Mayo en los últimos tiempos: la plaza llena, multitudes por Diagonal Norte hasta el Obelisco, y por Diagonal Sur hasta el monumento a Roca, donde estaba la carroza Loca (o mejor: la carroza Cheta) y Avenida de Mayo totalmente cubierta de gente prácitamente hasta Esmeralda. La COMO hablaba de más de 1.000.000 de personas, y esa cifra era verosímil. En el peor de los casos, superaban el medio millón de personas.
En Plaza Mayo había un escenario frente al cual la gente se amontonaba desde el mediodía. Alrededor de la plaza se había instalado el mercadillo, lo que generó problemas de circulación: no se podía salir de la plaza sino por el centro, enfrente de Avenida de Mayo. En algún momento a alguien se le ocurrió decir que la Marcha había comenzado (y no era cierto) por lo que decenas de miles de personas se abalanzaron sobre la única salida disponible, donde se produjeron sofocos y apretujones que podrían haberse evitado sencillamente poniendo el mercadillo contra las fachadas que rodean la plaza.
Ya en casa, prendimos la televisión a ver cómo lo habían cubierto los canales. En los diarios hablaban (hay que ser cretinos) de 50.000 personas. La televisión también se conformaban con “miles de personas”. Señoras y señores: fueron cientos de miles de personas las que se congregaron para pedir ciertas cosas, pero sobre todo para festejar que la vida continúa, pese a todas las fantasías de exterminio, la transfobia, la homofobia y la lesbofobia.
Habíamos visto drones filmando la marcha desde todos los ángulos. Ningún canal se dignó a pasar esas imágenes impresionantes que después pudimos ver en redes, porque hubieran tenido que acompañarlas de alguna explicación.
Alguien me entrevistó por la remera que yo estrené en la Marcha: la máscara de Darth Vader y la leyenda “No soy tu padre”. “¿Qué quería decir?” Es una negación del patriarcado: la ascendencia y los mandatos no te definen. “¿Es un mensaje para alguien que esté en la marcha?” Sí, claro: que no he venido en calidad de padre. Soy una más en el millón.
viernes, 15 de julio de 2022
Niro
sábado, 2 de julio de 2022
SInfonía de Juana
sábado, 16 de abril de 2022
La podredumbre dorada
Por Daniel Link para Perfil
El martes habíamos comenzado con nuestras actividades docentes a eso de las 16:30 con un workshop sobre jóvenes investigaciones en curso, del que participaron becarias locales y europeas. A las 18:30 terminamos con esa amable reunión de jóvenes talentos porque yo tenía que prepararme para la clase de las 19:00. Mientras fumaba un cigarrillo, entreví el tumulto en el primer piso de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, que parecía repetir incidentes de dos semanas atrás.
Un morochazo que estaba al lado mío y que no parecía un alumno deploró ese comportamiento de la jeunesse dorée, peleándose por un espacio donde colgar carteles. Desde su perspectiva, que yo comparto plenamente, el Consejo Directivo de la Facultad debería prohibir para siempre las pegatinas, características de la militancia mugrienta.
La clase comenzó y continuamos con nuestro propósito de reivindicar el “leer como negros” como una perspectiva legítima para imponerle al mundo (nuestro) sentido: por ejemplo, que la filosofía de Nietzsche debería leerse como un efecto de la criolla generación del 37 (Echeverría, en primer término).
Afuera, parece, la olla a presión siguió sobre el fuego y a las 20:30 los gritos de la escaramuza del primer piso llegó hasta nosotras y nos vimos obligadas a abandonar el aula. Tres agrupaciones de izquierda (que habían perdido, por dividirse, las recientes elecciones del claustro estudiantil) se cagaban a golpes en la escalera principal por unos cartelitos que enmascaraban el resentimiento (actitud moral que Nietzsche atribuyó a la posición de Esclavo).
En las redes alguien creyó que todo esto tenía correlación con las más nobles escaramuzas frente al INCAA. No era así, y el episodio es penoso porque pone a la izquierda en el lugar preciso en el que la derecha liberal y el peronismo la necesitan: el de la podredumbre dorada que, ante la decadencia institucional, abraza la atonía ética.
miércoles, 19 de enero de 2022
Mientras tanto, en otro lugar...
sábado, 11 de diciembre de 2021
Tecnologías del yo
por Daniel Link para Perfil
Es notable el escaso impacto que la noción de “tecnologías del yo”, acuñada por Michel Foucault, ha tenido entre las disciplinas asociadas con la puericultura y más en general con la infancia. Por supuesto, ese desdén se explica porque esa noción denuncia los obstaculos que las disciplinas (medicina, pedagogía, religión) ponen a la emancipación del self. Las tecnologías del yo “permiten a los individuos efectuar, por cuenta propia o con la ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta, o cualquier forma de ser, obteniendo así una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabiduría o inmortalidad”.
Es verdad que Foucault no analiza sistemáticamente la infancia, pero su teoría da por supuesto que el proceso de formación del self está ya capturado desde el comienzo por las disciplinas: “el poder de los hombres sobre las mujeres, de los adultos sobre los niños, de una clase sobre otra, o de una burocracia sobre una población— supone cierta forma de racionalidad, y no de violencia instrumental”.
Hoy vivimos una etapa de transformación radical de las tecnologías del yo porque prácticamente no hay vida que no esté puesta al servicio del registro (fotográfico y videográfico). Una vida sin registro, parecería, es una vida que no merece ser vivida. La realidad ha sido reemplazada por el reality, con sus imperativos sobre el yo.
Véase este pequeño drama del último episodio del reality de mi nieta de cuatro años (que me mandaron ayer). Ella está guardando un trípode y un control remoto en una bolsita de terciopelo negro y dice: “No me agarra el wifi tan rápido”. Su padre le pregunta, esperando desestabilizar el hilo de su pensamiento: “¿Y para qué querés agarrar el wifi?”. Mi nieta (de cuatro años) le contesta: “Para que la música sone”.
El padre, y nosotros con él, dice sencillamente “Ahá”.
sábado, 23 de octubre de 2021
Debates políticos
Por Daniel Link para Perfil
Almuerzo con mi hija en Pilar por su cumpleaños. Ella acaba de volver de un viaje de trabajo a Madrid y ahora mira con mucho más desconfianza que antes el estilo de vida suburbano al que había apostado durante la ya pretérita pandemia.
Pero lo que desata una discusión que deja atónitos a los comensales de otras mesas es el pequeño cristal en el que Argentina se mira para encontrar su propia locura y su insignificancia, esa obsesión malsana de la opinión pública, que no puede pensar en otra cosa que en un infame episodio de alcoba. Yo no conozco demasiado a quienes participan del drama y he tenido que interiorizarme de quién es la Srta. Suárez, una muchacha de una belleza casi sobrenatural. De todos modos, me confundo a los demás personajes: Icardi, López. De mi ignorancia se salva Vicuña sólo porque protagonizó la Eva Perón de Copi.
Independientemente de mi ignorancia, me parece clarísimo que el descargo publicado por la Srta. Suárez merece nuestra adhesión incondicional a su causa. A mi hija le parece de un feminismo oportunista que no se condice con su propia historia de repetidos desarreglos. Yo insisto en que su tragedia la lleva a ser víctima de su propia belleza.
Mi hija menciona el departamentito que le pagó Vicuña mientras ella vitoreaba al wandánico. Admito que eso puede haber sido una jugada poco ética, pero al final de cuentas es madre. Mi hija contra-ataca recordando un caso todavía más antiguo (incluía un aborto espontáneo) que demostraría la frialdad de la criatura China.
Insisto en avalar su condena en general de los hombres casados y de la hipocresía familiar. Grito que o se está con la intolerable Wanda, o con la China. Con gran sabiduría, mi hija desbarata ese dilema trascendental y me calla definitivamente con un: “Yo soy del partido de Pampita”. Yo a Pampita no la aguanto, pero me conmueve la habilidad de mi hija para complejizar un diagrama afectivo.
sábado, 18 de septiembre de 2021
Dinastía
La hija de Moria, la hija de Ruggieri, el hijo de Cristina Fernández, el hijo de Darín, el hijo de Francella, el hijo de Cerati, la hija de Nazarena Vélez, la hija de Rossi, les hijes de Pettinato, los hijos de Palito, las hijas de Rial, el hijo de Carmen Barbieri, el nieto de Cafiero, la hija de Catherine Fullop, el hijo de Leuco, la nieta de Mirtha, el hijo de Alfonsín, las hijas de Maradona, el hijo de Marley, las hijas de Tinelli, la hija de Mirtha Busnelli, el hijo de Mónica Ayos, el hijo de Mauro, el hijo de Federico Luppi, la hija de De la Sota.
Vivimos un tiempo dominado por las descendencias. No me sorprende que ese efecto sea particularmente perceptible en Argentina, país que tiene una incomprensible nostalgia por la monarquía.
¿Para qué probar con figuras nuevas si el aire de familia nos garantiza un linaje, un espesor de sangre y tal vez algún talento pero, sobre todo, un reconocimiento?
En algunos casos, las proles tendrán suficiente mérito para garantizarse el lugar que les correspondería más allá del apellido. En algunos casos, tendrán la suerte de poder sobrevivir a herencias aplastantes.
En algunos casos, esas competencias regias (en caminos tebanos) determinarán una inversión de los designantes y muchos progenitores pasarán a ser reconocidos como el padre o la madre de tal estrella (la abuela de Juana).
En algunos casos, se tratará de mediocres oportunistas que lucrarán durante un tiempo con el nombre del padre hasta que ni la más simpática tolerancia los salve del descrédito.
Siempre es mejor, pienso, que quienes queremos que lleven lejos nuestro nombre se dediquen a cosas de las que nada sabemos. Hoy cumple años mi hijo Tomás, que estudió música y filosofía, que estudia física y que hoy se dedica a la fabricación de software para satélites. Él no me debe nada más que el nombre, y yo le debo todo: que me lleve al infinito, y más allá. Feliz cumple, Tom.
martes, 24 de agosto de 2021
Revolución y reformismo
Por Daniel Link para Perfil
Alguna vez Quique Fogwill, a quien tanto extrañamos, se maravilló cuando le dije que estábamos haciendo nuestra tercera casa. “Hacer” es una exageración para denominar los procesos de reforma que afectaron al departamento capitalino que es nuestro domicilio principal, al departamento secundario que ahora funciona como estudio fotográfico y la media casa quinta de cuyo uso nos beneficiamos. “Yo destruí la misma cantidad de casas”, me dijo entonces Fogwill y en su tono no leí ni culpa ni arrepentimiento pero sí un poco de melancolía, como si ya no fuera capaz de excesos tales.
“Destruir” y “construir” pueden considerarse polos de una misma dialéctica. Marx escribió en 1853 en su casa londinense que “Inglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión destructora por un lado y regeneradora por otro. Tiene que destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases materiales de la sociedad occidental en Asia”.
No es nuestro punto de vista que, en eso, abominamos del modernismo. Nos gusta hacer con lo que hay: cambiar la función de un cuarto, rehabilitar un baño, transformar un placard en un escritorio (los míos están a menudo en antiguos placares y siempre en “cuartos de servicio”).
Ahora hemos emprendido un nuevo proceso de reforma en un departamento marplatense que no es nuestro pero cuyo estatuto jurídico es tan complejo que su presunta dueña nos dejó hacer lo que quisiéramos con él.
La primera vez que lo visité quise pegarme un tiro en el paladar: estaba destruido (tal vez por eso pensé en Fogwill). Vendimos algunos muebles y refuncionalizamos otros (la cómoda del dormitorio es ahora el “centro de entretenimientos” de la sala, esas cosas). Hicimos una mesada de venecitas sobre la ruina que había en la cocina.
Reservamos para el final el cuarto de servicio, donde estará mi estudio marplatense. Ahí no hay placares, pero ya imagino cómo me las ingeniaré para que quepa mi escritorio y, por si acaso, un catre para las visitas.
Lo que era lavadero se trasformará en mi salita de lectura y después convertiremos el balcón (con una vista horrible a los más feos edificios del centro marplatense) en una terracita donde uno pueda sentarse a ver el mar, allá a lo lejos, trago en mano.
Para que esos proyectos funcionen hay que amar lo existente. Y sí, amamos Mar del Plata, amamos Constitución y General Rodríguez como Marx fue incapaz de amar (iba a poner la India, pero creo que no hace falta).








