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jueves, 26 de diciembre de 2024

sábado, 24 de junio de 2023

Crisis infinitas

Por Daniel Link para Perfil

Después de un año o más, volví al cine. No es que interesara particularmente la película que iba a ver, pero la daban en el complejo nuevo debajo de Plaza Houssay, donde no había estado. Es una cuadra que, para mí, tiene un intenso significado personal porque cuando era muy joven, durante la Dictadura cívico-militar, los policías que vigilaban la entrada a la Facultad de Ciencias Económicas cruzaron la calle y me golpearon sin razón aparente. Yo hacía tiempo con un amigo para rendir un examen. Para mi sorpresa él se fue y me dejó solo ante las fuerzas del orden. Nunca más volví a verlo.

La plaza tuvo varias intervenciones arquitectónicas. La de 1980 establecía circuitos muy rígidos de circulación que (nosotros pensábamos) eran especialmente aptos para la represión de las manifestaciones estudiantiles, que quedarían literalmente acorraladas.

La nueva versión (después de una tímida remodelación en 2007 o cosa así) mejora un poco el perfil que da a la avenida Córdoba. La barranca de pasto que baja hacia el patio de comidas y los cines le agrega un poco de desnivel a una ciudad que carece de relieve.

Los cines tienen pantalla muy chica y todo en ellos funciona automáticamente. Es raro que no haya boleterías, pero por fortuna hay empleadas muy amables y ansiosas por ayudar.

Fuimos a ver Flash que es, según mi ya desvencijada memoria, el primer episodio de Crisis en las tierras infinitas, un choque entre la Gesamtkunstwerk wagneriana y los superhéroes de la pop culture marca DC. Desde una perspectiva adorniana es abominable, pero desde mi odio inclaudicable al universo Marvell, está bien.

 

sábado, 27 de mayo de 2023

Masa y poder

Por Daniel Link para Perfil

¿Qué es un sujeto de masa? ¿Qué es un líder de masa? En un libro que se llama como esta columna (Masa y poder) Elías Canetti propuso definiciones que todavía nos interpelan.

Un líder de masa es aquel que establece con aquellos que lidera una relación especular. La masa se constituye como tal en el espejo del soberano. Esa relación cae, para Canetti (que escribe después de la catástrofe nazi), en el territorio de la ficción paranoica.

No habría, pues, un pensamiento al cual una multitud adhiere, sino que el líder de masas comprende los pensamientos y sentimientos de la masa y los expresa.

De allí que importe el análisis discursivo que acompaña la aparición de un líder carismático, no tanto para dar cuenta de sus propio programa, sino de las posiciones que recupera de sus seguidores a partir de esa identificación total con sus audiencias.

Por supuesto, quienes no participen de ese pacto narcisista de identificación quedarán afuera, excluidos del contrato entre la masa y el líder y pasarán incluso al campo de los “enemigos”, porque no hay paranoia sin teoría del complot o delirio de persecución.

El paranoico delira sobre las razas, sobre la educación, sobre la cultura, sobre la justicia, sobre las instituciones, todo aquello que pretende quebrar el espejismo de su relación con las multiplicidades de masa.

Perseguido, el paranoico retuerce enunciados interiores (Lacan subrayó en Freud ese descubrimiento, el único que le parece necesario conservar de la lección de su maestro). El

«Yo lo amo» (sin ser correspondido) se transforma en «Yo no lo amo -pues yo lo odio». Incluso así, esos sentimientos inconscientes son imposibles de tolerar sin la coartada persecutoria. Entonces aparece el gran tema paranoico: «Yo no lo amo - pues yo lo odio - porque ÉL ME PERSIGUE».

Todo lo que escape a la relación amorosa, intensa, irracional, entre el líder y la masa se interpreta como una persecución.

Canetti es explícito en cuanto a la relación entre poder, masa y paranoia: "Nadie tiene un ojo más penetrante para reconocer los atributos de la masa que el paranoico o el poderoso, que, como quizá ahora tendremos que admitir, vienen a ser una misma cosa", "La paranoia es, en el sentido literal de la palabra, una enfermedad del poder".

De allí que las operaciones del líder de masas (el paranoico) se pueda medir solamente en la vastedad de la dilatación espacio-temporal: las eras, la Historia.

Reinterpretando esas hipótesis, Deleuze y Guattari subrayarán, varios años después, la posición paranoica del sujeto de masa, cuyo efecto es (ateniéndose a la historia) el investimento reaccionario fascista del campo social.

Es probable que la teoría política haya avanzado en relación con estas definiciones que, sin embargo, conservan gran parte de su potencia, sobre todo en los momentos de crisis en los que las más disparatadas aventuras pretenden expresar los sentimientos del pueblo (los fascismos lo hicieron) que el líder de masas detecta infaliblemente.

Interrumpo: a través de mi ventana se oye el himno.

 

sábado, 28 de enero de 2023

Sopa de ganso

Por Daniel Link para Perfil

Las reservas de Libertonia están a punto de agotarse. El antiguo presidente es destituido del cargo por problemas en la administración y desavenencias con el círculo rojo. El gobierno decide, en reunión de consejo de ministros, pedir ayuda a la rica viuda de Teasdale, quien se pone al frente del salvataje a cambio de una única condición: que se nombre como presidente a Rufus T. Firefly.
En Sylvania, país con el que Libertonia está en tensión bélica, la noticia no cae bien. Trentino, el embajador de Silvania en Libertonia, intenta seducir a la señora Teasdale, pero ella está encaprichada con el presidente Firefly. Trentino no se da por vencido y decide contratar a dos espías, Chicolini y Pinky, para desestabilizar a su rival y hacerse con las estrategias que puedan llevarles a ganar la contienda.

Ése es el argumento de Sopa de ganso (1933), que en la versión de los hermanos Marx significa: “pan comido”. En efecto, la sopa de ganso es fácil de hacer una vez que se ha decidido el tipo de carne que se utilizará en el potaje.

En la versión marxiana, la Duck Soup equivale a una reunión de solteros tristes que un domingo por la noche hacen un último esfuerzo para salvar el fin de semana. Groucho Marx describió la “sopa de pato” así: "Tome dos pavos, un ganso, cuatro coles, pero nada de pato, y mézclelos". En otras palabras, toda la porquería sobrante o inferior mezclada, pero nada sabroso. La torpe traducción peninsular arruinó por completo la receta o la transformó en metáfora de otra cosa: la sopa de ganso se hace con cualquier ingrediente, salvo ganso, que habrá que reservar, suponemos, para otros fines.

Hay varios gansos: está el ganso al que se acogota o al que se soba. Está la gansa ponedora que advierte que se debe pagar una deuda o saldar un compromiso, dividiendo los gastos entre todos (“poniendo estaba la gansa”) y está, por fin, la persona tarda, perezosa, descuidada, malcriada, torpe, incapaz, que presume de chistosa y aguda sin serlo. A mi juicio, la primera variedad es la más rica (tanto en sabor como en nutrientes) pero es mucho más probable que este año el país coma mucha sopa de gansa ponedora (FMI, Leliqs) o sopa de gansadas típicas de una campaña electoral. 

 

sábado, 14 de enero de 2023

Jueces al horno

Por Daniel Link para Perfil

Habrán notado que la sequía nos regala algo desconocido en Buenos Aires: la amplitud térmica. Aunque tengamos jornadas de calor infernal, a la noche se pone fresco como en la montaña. Corresponde aprovechar la circunstancia para encender el horno y entregarse a una degustación riesgosa.

Como todo el mundo sabe, los jueces son una especie protegida, pero sólo cuando sobreviven en integridad (en ese estado, son escasísimos). Se ha dado el caso de sibaritas inescrupulosos que han entregado un juez íntegro clandestinamente capturado a su lenta corrupción, para poder utilizarlos en festejos empresariales. Pero esto está penadísimo por las leyes y los tratados internacionales y sucede muy raramente. Lo más frecuente es que los conocedores recurran al amplísimo stock de jueces ya corruptos y dejen a los íntegros en paz. En todo caso, el juez no íntegro se consigue ya despedazado y con, por lo menos, los bordes putrefactos.

Luego, cada cual decidirá cuál es el grado de podredumbre que su paladar es capaz de tolerar sin náusea. Sucede como con el Camembert normando: a algunos les gusta más pasado, blando y hediondo y a otros con la corrupción “madurada” en lo más profundo, pero imperceptible en superficie.

Una vez elegida la pieza, se la debe dejar reposar por lo menos 24 horas bien adobada por los dos lados (que es lo que garantiza una putrefacción pareja y consistente) en algún sótano fresco de la democracia. Si uno de los lados está cubierto de sal ministerial, por ejemplo, por el otro podría recibir una buena untada multimediática.

Lo importante es que las cantidades de adobo de ambos lados se equilibren entre sí para que la podredumbre alcance su punto correcto, con ese dulzor mortuorio que le es tan característico, y luego se dore en el horno durante por lo menos cuatro horas a fuego lento.

Como acompañamiento, sugiero una ensalada tibia de brócoli y hongos coprófilos, de esos que crecen en las heces de animales patagónicos en los alrededores de Lago Escondido (yo prefiero los hongos psilocibios, que contienen sustancias psicoactivas como la psilocibina y la baeocistina). Saltados con ajos y echalotes finamente picados, en un buen aceite de oliva y con cubitos de panceta desgrasada.

Una vez listo el plato principal y reunidas las invitadas alrededor de la mesa judicial, se descartan los jueces al horno, esa plaga, esa inmundicia intragable, se proponen brindis por los jueces íntegros en peligro de extinción y se comen las setas, hasta alcanzar la algarabía deseada.

 


sábado, 15 de octubre de 2022

Los pasos perdidos

Por Daniel Link para Perfil

En la última actualización de mi sistema operativo telefónico apareció una aplicación llamada “Fitness” que controla cada paso que doy y me informa de mis “logros” y “rendimientos” diarios.

Cada noche, el teléfono me felicita por haber superado en un 200 % los objetivos prefijados (algo que la aplicación hizo automáticamente), que tal vez sean los de un comatoso, minusválido o desahuciado.

Y, sin embargo, me doy cuenta de que empiezo a depender de la aplicación y, dado mi natural sedentarismo, empiezo a contar los pasos que doy dentro de mi casa, no sea cosa de que se me pierda algún movimiento decisivo para mi supervivencia y mañana rel celular me lo recrimine con la misma violencia de un personal trainer o un maestro de gimnasia.

Supongo que el carácter protésico de mi teléfono móvil está a la altura de los anteojos de leer, sin los cuales no funciona. Es decir: yo no puedo leer nada de lo que me dice, pero además él no puede reconocerme para abrirse a mi curiosidad o mi control. Últimamente he notado que, porque he cambiado el marco de mis óculos, desconfía de mi identidad y me pide que teclee el código.

Yo lo desprecio por estupideces semejantes y ahora planeo una venganza, digamos, monárquica. Cada vez que paso frente al televisor hay un episodio nuevo de La casa del dragón, donde hay rivalidades políticas y disputas sobre herencias fundadas en la genética. Me reconforta pensar que mis genes me salvarán de la decrepitud que me anuncia el celular, hasta que descubro que lo tengo en la mano y que he estado caminando y moviéndome frente al televisor con él. Debería tener un apple watch, pienso.


lunes, 5 de septiembre de 2022

sábado, 16 de abril de 2022

La podredumbre dorada

Por Daniel Link para Perfil

El martes habíamos comenzado con nuestras actividades docentes a eso de las 16:30 con un workshop sobre jóvenes investigaciones en curso, del que participaron becarias locales y europeas. A las 18:30 terminamos con esa amable reunión de jóvenes talentos porque yo tenía que prepararme para la clase de las 19:00. Mientras fumaba un cigarrillo, entreví el tumulto en el primer piso de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, que parecía repetir incidentes de dos semanas atrás.

Un morochazo que estaba al lado mío y que no parecía un alumno deploró ese comportamiento de la jeunesse dorée, peleándose por un espacio donde colgar carteles. Desde su perspectiva, que yo comparto plenamente, el Consejo Directivo de la Facultad debería prohibir para siempre las pegatinas, características de la militancia mugrienta.

La clase comenzó y continuamos con nuestro propósito de reivindicar el “leer como negros” como una perspectiva legítima para imponerle al mundo (nuestro) sentido: por ejemplo, que la filosofía de Nietzsche debería leerse como un efecto de la criolla generación del 37 (Echeverría, en primer término).

Afuera, parece, la olla a presión siguió sobre el fuego y a las 20:30 los gritos de la escaramuza del primer piso llegó hasta nosotras y nos vimos obligadas a abandonar el aula. Tres agrupaciones de izquierda (que habían perdido, por dividirse, las recientes elecciones del claustro estudiantil) se cagaban a golpes en la escalera principal por unos cartelitos que enmascaraban el resentimiento (actitud moral que Nietzsche atribuyó a la posición de Esclavo).

En las redes alguien creyó que todo esto tenía correlación con las más nobles escaramuzas frente al INCAA. No era así, y el episodio es penoso porque pone a la izquierda en el lugar preciso en el que la derecha liberal y el peronismo la necesitan: el de la podredumbre dorada que, ante la decadencia institucional, abraza la atonía ética.


viernes, 14 de enero de 2022

Wordle (ES) #8 1/6 🟩🟩🟩🟩🟩 
https://wordle.danielfrg.com 
 
 

sábado, 23 de octubre de 2021

Debates políticos

Por Daniel Link para Perfil

Almuerzo con mi hija en Pilar por su cumpleaños. Ella acaba de volver de un viaje de trabajo a Madrid y ahora mira con mucho más desconfianza que antes el estilo de vida suburbano al que había apostado durante la ya pretérita pandemia.

Pero lo que desata una discusión que deja atónitos a los comensales de otras mesas es el pequeño cristal en el que Argentina se mira para encontrar su propia locura y su insignificancia, esa obsesión malsana de la opinión pública, que no puede pensar en otra cosa que en un infame episodio de alcoba. Yo no conozco demasiado a quienes participan del drama y he tenido que interiorizarme de quién es la Srta. Suárez, una muchacha de una belleza casi sobrenatural. De todos modos, me confundo a los demás personajes: Icardi, López. De mi ignorancia se salva Vicuña sólo porque protagonizó la Eva Perón de Copi.

Independientemente de mi ignorancia, me parece clarísimo que el descargo publicado por la Srta. Suárez merece nuestra adhesión incondicional a su causa. A mi hija le parece de un feminismo oportunista que no se condice con su propia historia de repetidos desarreglos. Yo insisto en que su tragedia la lleva a ser víctima de su propia belleza.

Mi hija menciona el departamentito que le pagó Vicuña mientras ella vitoreaba al wandánico. Admito que eso puede haber sido una jugada poco ética, pero al final de cuentas es madre. Mi hija contra-ataca recordando un caso todavía más antiguo (incluía un aborto espontáneo) que demostraría la frialdad de la criatura China.

Insisto en avalar su condena en general de los hombres casados y de la hipocresía familiar. Grito que o se está con la intolerable Wanda, o con la China. Con gran sabiduría, mi hija desbarata ese dilema trascendental y me calla definitivamente con un: “Yo soy del partido de Pampita”. Yo a Pampita no la aguanto, pero me conmueve la habilidad de mi hija para complejizar un diagrama afectivo.


sábado, 4 de septiembre de 2021

Garchestolenda peronista

Por Daniel Link para Perfil

Los dichos de la Sra. Tolosa Paz en una conversación propia de A la cama con Moria nos dejaron pensando. No porque convenga atribuirles una intención estratégica. Se trata una pelotudez más de las tantas desencadenadas porla compulsión al habla desenfrenada de la campaña electoral.

Es como decir “en Argentina se garcha bien”. Por supuesto, los colombianos están en su derecho de pensar lo mismo. Los demócratas americanos, también, tanto como los alemanes o los españoles.

La identificación política entre el garchar y una comunidad más o menos organizada (la Nación o el partido) es un poco endeble por donde se la mire. Sabido es que a la hora del garche lo mejor es no enredarse en interrogatorios ideológicos que pueden transformar la promesa de goce en una pesadilla.

El garchador compulsivo o serial, ¿es más o es menos peronista? El diputado Juan Emilio Ameri, que no pudo resistirse a la lactancia en plena sesión parlamentaria, ¿sería el epítome de la doctrina sexual peronista?

Todo cambia puesto en función del garche y el goce. La sexta verdad, “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, ¿debe entenderse ahora como una línea necesaria para las páginas de contactos sexuales? Y que se trate de dos entidades masculinas, ¿supone una celebración de la angosta via, una garchestolenda indiferente a la distribución genérica?

La séptima verdad reza que “ningún peronista debe sentirse más de lo que es ni menos de lo que debe ser”. El sentirse más desemboca en la conversión en oligarca. ¿En qué se diferencia la garchestolenda peronista de la oligarca? ¿Debemos seguir censurando la iniciación sexual de los jóvenes oligarcas con las asistentes domésticas de sus familias o deberíamos considerar ese servicio como un aporte a la peronización social?

¿La obsesión de la señora Fernández por el consumo interno intenta transformar la garchestolenda peronista en una herramienta de desarrollo económico?

El “gobernar es poblar” de Alberdi y el “Hay que poblar la Patagonia” deberían entenderse como una incitación a la púdica reproducción o a la garchestolenda? Ahora tengo mis dudas. Las políticas migratorias de finales del siglo XIX y comienzos del XX deberían analizarse teniendo en cuenta este rasgo puesto en primer plano por la candidata.

A lo mejor nuestros próceres ya sabían que acá importa más el mero garchar que sus consecuencias demográficas (la garchestolenda es un puro presente, sin futuro). Dado que el territorio argentino es tan vasto y sus habitantes tan reacios a la multiplicación, mejor es importar mano de obra y consumidores, se habrán dicho los fundadores de la Patria.

Ahora se entiende mucho mejor la obsesión de Raffaella Carrá: “Para hacer bien el amor hay que venir al Sur”. Ese sur mítico sería la mezcla exacta de garchestolenda napolitana y peronista.

 

sábado, 31 de octubre de 2020

Toque de quena

Por Daniel Link para Perfil

El malhadado año bisiesto se nos escapó de entre los dedos y ya estamos a las puertas del verano. Habrá que devolver las resrvas anticipadas o guardarlas para más adelante. No sé cómo se nos ocurrió que íbamos a poder tomar algún avión, o lo que fuera.

Lo único que nos queda en el horizonte es agarrar el auto y salir a la ruta, encapsulados. ¿Con qué destino? ¿Qué no conocemos?

Mi marido no conoce Cataratas. A ninguno de los dos nos seduce demasiado el sur. Pero a donde vayamos habrá que prever al menos tres días de ida y otros tantos de vuelta. ¿Y si fuéramos a Mendoza, nos dejarían cruzar San Luis? Sabrán los señores feudales de aquellos lares... mejor es no arriesgarse.

Otra opción sería la Puna, las Quebradas, las salinas, los campos de Piedra Pómez, la Sierra de Cachi, la Quebrada del Toro, los conos de lava petrificada, las lagunas lechosas donde toman agua los flamencos y las inmensas altas pampas donde pastan las vicuñas.

Así dicho suena hermoso, pero hay que llegar hasta allá, calcular los costos (altísimos) y confiarse a la buena voluntad de los caminos, los lugareños y las políticas sanitarias provinciales.

Córdoba, que es como lo más a mano (en cuanto a costos y a deseo), estará aparentemente cerrado al turismo “externo”.

Nos damos cuenta de que el programa “Previaje” es, al fin de cuentas, una de las tantas ilusiones en las que nos tienen. Octubre ya terminó y no hemos podido planear nada.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Lo que la cuarentena se llevó

Yo había adelgazado, lo juro, para poder sacar del archivo de Siglo XX mis mejores trapos, los más pedidos por los memoriosos. Había alcanzado mi peso juvenil. 
Después me entregué a la cocina casera y al sedentarismo. 
De modo que finalmente (y bajo amenaza doméstica), tuve que donar el contenido de ese arcón de los recuerdos a la Casa del Teatro. 
De allí lo rescató la One. Lo que había nacido en una feria americana, murió en otra. El top con flecos blancos, eso sí, me lo guardé.



sábado, 13 de junio de 2020

Nido de caranchos

Por Daniel Link para Perfil

Lo extraño tanto... Nos conocimos casualmente, mientras yo fumaba un cigarrillo en la vereda, después de almorzar al lado del local donde é trabajaba, en el barrio de Retiro. Simpatizamos de inmediato y forjamos un vínculo pletórico de sobreentendidos y de confianza mutua, de esos que son para toda la vida.
Al principio de nuestra relación, como suele suceder, él me preguntaba lo que quería. Yo titubeaba con pudor, pero terminaba abriéndome a él, que hacía todo lo posible por complacerme. Un día le dije, y la felicidad se le notó en la cara: “Haceme lo que quieras”. Lo hizo y me cambió la vida.
No podía estar más de dos semanas sin verlo, salvo cuando viajaba. Entonces, al volver, me interrogaba con celos: “¿Estuviste con otro?”. “¡Cómo se te ocurre!”. Y era verdad. Jamás se me pasó por la cabeza traicionarlo, sobre todo porque sabía que se daría cuenta. “Mirá que me voy a dar cuenta”.
Hablábamos de las cosas de las que habla todo el mundo: dónde se puede almorzar rico y barato, el barullo de la vida urbana, algunas películas, las cargas impositivas, ciertas figuras del periodismo, los rigores de la convivencia y los pocos placeres de la vida que podíamos permitirnos.
La última vez que nos vimos, antes de la cuarentena, se puso muy contento cuando le conté que estaba dejando de fumar, hábito mío que lo desconcertaba.
Después pasaron los días y los meses. No supe nada más de él, ni siquiera si estaba bien de salud (aunque su fortaleza física y su energía me sugerían que sí).
Traté de llamarlo por teléfono, sin suerte. Ya no sé qué hacer. Cada mañana, cuando me miro en el espejo, lo extraño porque sé que me vería mejor si pasara antes por el filtro de su mirada. Mucho peor la paso en las sesiones remotas a las que la pedagogía me obliga. Después de tres meses, lo necesito cada vez más. ¿Cuándo podré volver a ver a César, mi peluquero, para que ponga en orden los pájaros de mi cabeza?

domingo, 19 de abril de 2020

martes, 7 de abril de 2020

Diario de la peste, día 20

(anterior)

La mañana del 6 de abril de 2020, Patrizia Caracciolo se levantó más temprano que de costumbre, después de una noche de sueño intranquilo. 
Frente al espejo del boudoir del hotelito en el que se hospedaba se maquilló lo mejor posible para disimular los estragos que el tiempo venía provocando, desde hace décadas, en una cara que había brillado en las portadas de las revistas de moda de segunda línea, se miró a los ojos y volvió a repasar los últimos acontecimientos y los pasos que harían de ésa, su última mañana (¿sabía ella que habría de morir en pocas horas? ¿Lo sabía? ¿O su muerte fue un error de cálculo, un desafortunado acontecimiento no previsto por los miembros de la célula terrorista de derecha que integraba?).
Caracciolo se desvistió lentamente, se puso medias negras de seda y un vestido del mismo color con vivos rojos que había comprado en la última semana de la moda en Milán, a donde iba regularmente como corresponsal de prensa, y donde obtenía información decisiva para el armado de las políticas de los movimientos independentistas del Norte italiano, a los que apoyaba a pesar de su origen, que en el fondo despreciaba.
La casa de los Caracciolo se remontaba al Renacimiento napolitano y Patrizia odiaba cada uno de los logros de sus antepasados, que nunca superaron una mediocridad de segundo grado y que a ella le parecía que proyectaban su sombra sobre su propia vida.
Pasquale Caracciolo (1566–1608) había publicado La Gloria del Cavallo, un tratado de mil páginas sobre los caballos (su inteligencia, los modos de cría, su relación con la especie humana).


Pasquale usaba para describir el carácter de los caballos la teoría de los humores, tal como la había desarrollado Galeno de Pergamon en el siglo II. 
Ni siquiera los historiadores de la veterinaria (el tratado incluía un libro entero sobre las enfermedades del ganado) reconocían el libro como más que una curiosidad.
Patrizia, que había agotado sus páginas en busca de alguna genialidad sin poder encontrar ninguna, lo consideraba el producto de una monomanía que, si bien ella no compartía, parecía estar profundamente enraizada en su familia y ella misma se había descubierto defendiendo las posiciones más peregrinas sobre temas de moda y actualidad sin saber a ciencia cierta por qué lo hacía ni en qué encontraba fundamentos para sostener lo que intentaba imponer como verdad.
Mucha más antipatía sentía por Giovanni Battista Caracciolo (1578–1635), Il Battistelo, un pintor cuyo único mérito fue haber descubierto muy tempranamente la importancia de Caravaggio y haber inaugurado en Nápoles la primera escuela caravaggista. Su mayor defecto fue haber abrazado el neoclasicismo después de un viaje a Roma que lo expuso a la influencia de Bolognese.
Patrizia había heredado, a través de las generaciones, algunos de los cuadros de ese antepasado remoto. Jamás le dieron ningún placer y terminó por venderlos a un par de museos, no tanto por el beneficio económico que le supuso esas ventas, sino para no tener que verlos nunca más, tan poca gracia tenían y tanto mostraban el afán imitativo que ha arruinado tantas carreras artísticas y que (ella temía) tal vez dominara la suya propia:



El San Sebastián fue el primero que vendió: el manejo de la luz, que pretendía ser caravaggista, daba por resultado un cachivache, para no hablar de las proporciones físicas de un cuerpo que, ni atormentado, podía tener tan poca gracia. No había nada que hacer, el arte (el arte de verdad) es algo que a su familia se le había escapado siempre, pese a las intenciones, siempre renovadas generación tras generació, de dejar una marca en el mundo.



Estuvo a punto de quemar el Cupido dormido, con sus caderas amplísimas y como mal recortadas sobre un fondo sólamente oscuro por pereza del pintor, pero al final decidió que los euros que le ofrecían al menos alcanzarían para mudarse a Lombardía (una región donde los pisos nobles eran mucho más caros que en su Nápoles natal). 
Allí, le pareció, su vida adquiriría un verdadero rumbo. Había realizado estudios humanísticos, pero su cinismo le impidió abrazar cualquier causa filosófica. Le parecía que todo exigía un esfuerzo demasiado grande y que ella podía saltearse el compromiso con la verdad y la justicia. Se pasó a los estudios informáticos, donde adquirió una cierta pericia que sería decisiva en su vida (y en su muerte).
En el mundo de la moda pronto brilló como una crítica implacable, que podía aniquilar cualquier "tendencia" y, en particular, las que ella consideraba "parisinas". Y como sabía usar sus labios bien rojos y sus escotes, pronto consiguió acomodarse en los mejores salones milaneses, donde ni siquiera su título nobiliario sureño suponía un obstáculo, porque ella abrazó la causa radical de la derecha separatista y aprendió a reírse de los "papolitanos" y de "Calabria saudita".
Pronto se dejó convencer de que sus talentos estaban desaprovechados. No tanto los de su crítica de la moda, sino sus talentos tecnológicos. Un grupo de ultraderecha del que participaba su primo, Andrea Caracciolo, la contrató (en principio pagándole) para que les instalara unos bots editores en la wikipedia, donde modificaban en masa la información que no les parecía que ayudara a su causa.
Pero bien pronto abrazó ella misma esa causa que disimulaba sus más atroces fantasías detrás de una máscara de orden y eficiencia. Y bien pronto estuvo realizando sabotajes, por pura diversión, contra los grupos de izquierda radical que actuaban desde 2005 en Italia, en particular los grupos agambenianos, nucleados alrededor del Comité Invisible y Tiqqun. 
El carácter monomaníaco de su herencia familiar se le impuso y pareció que no tenía otro objetivo que derrotar a esos enemigos (un poco inocuos, pero sobre todo: inteligentísimos) que habían conseguido imponer una perspectiva de acción política en todo el mundo.
en 2008, P. Caracciolo colaboró con la Fiscalía Antiterrorista para desbaratar una "tentativa de sabotaje" en las líneas del tren TGV. En ese entonces, la ciberinteligencia que había desarrollado personalmente, llevó a la detención de Julien Coupat, quien estuvo en la cárcel seis meses sin que se le pudiera probar otra cosa que haber participado en la redacción de La insurrección que viene (publicado por el Comité Invisible), haber fundado la editorial Tiqqun, haber establecido una comuna en Tarnac (departamento de Corrèze).
Las detenciones fueron saludadas públicamente por la ministra del Interior, quien se jactó de haber desbaratado una célula "anarco-autonomista" de la cual Coupat habría sido su líder. Durante la reclusión de Coupat se formaron en toda Francia e incluso en el norte de Italia comités de apoyo a los "Nueve de Tarnac" y circuló un manifiesto firmado por intelectuales que llevaba por título "No al orden nuevo", lo que significó para P. Caracciolo un disgusto mayúsculo, porque su intervención no sólo no había aniquilado al "enemigo" sino que le había dado impulso nuevo.
Uno de los más activos defensores de Tiqqun y del Comité Invisible había sido, desde el comienzo, Giorgio Agamben (y muchos sospechaban que incluso había sido el promotor de esos grupos, junto con su amigo Toni Negri).
A comienzos de 2020, cuando grupos radicales luditas comenzaron a volar las torres de conectividad 5G, que muchos consideraban la verdadera causa de la expansión del coronavirus, la célula terrorista de la que participaban los Caracciolo decidieron dar un golpe definitivo a la izquierda radical: matar a Giorgio Agamben.
La fobia de Giorgio a dejar su "tatuaje digital" impreso en las aduanas del mundo (y que fundaba en sólidas consideraciones filosóficas) tenía un fundamento político inmediato: se sabía perseguido y vigilado. Por eso usaba sólo esporádicamente una cuenta de hotmail, no usaba celular y evitaba todo dispositivo de geolocalización.
P. Caracciolo tuvo que volver a usar sus encantos femeninos en los círculos sociales en los que se movía para poder dar con el paradero de Giorgio, que a veces paraba en casa de Ginevra Bompiani, su ex mujer, y a veces algún otro departamento de Roma o de Venecia.
Aviones no tomaba, de modo que se sabía que se lo podía encontrar entre París y Roma, según los días.
Dada la situación de confinamiento, que Giorgio había desmenuzado implacablemente, era probable que estuviera en París y allí se trasladó P. Caracciolo, con sus salvoconductos y una exquisita pistola con culata de carey que ocultó entre sus productos de belleza.
Resumo, por ahora (los detalles de esa mañana serán decisivos en otra ocasión):
P. Caracciolo terminó de vestirse, se puso un piloto amplio y un sombrero, se calzó un barbijo de diseño y salió a la calle bajo una llovizna tenue. Sus tacos resonaban en el empedrado del barrio, la calle estaba prácticamente desierta y sólo uno que otro transeúnte se dirigía a hacer alguna compra.
Giorgio Agamben, como todas las mañanas, iba a salir a comprar el pan. A la vuelta de la esquina lo esperaba P. Caracciolo, con la pistola amartillada y los ojos brillantes. Iba a pasar a la historia, al menos como la asesina de Agamben. "Yo terminé con Agamben" repetía afiebrada. 
Cuando escuchó la campanilla de la panadería y el amable saludo de despedida de Giorgio, lo esperó en medio de la vereda. Cuando Agamben dio la vuelta a la esquina, para volver a su piso con el pan crocante recién salido del horno, Caracciolo le apuntó a los ojos. Agamben, sorprendido, se detuvo en seco. Trató de sonreir y de encontrar una explicación a lo que sucedía: ¿un asalto?
De pronto creyó entender, y musitó: "Tutti abbiamo la nostra Valerie Solanas".
P. Caracciolo entrecerró los ojos y empezó a temblar. Entendió que también ella estaba repitiendo algo viejo, ya hecho, y condenado. Entendió que no entendía nada, que su mediocridad la había llevado a un punto de no retorno. 
Quiso disparar una, cien veces. Por alguna razón, tal vez porque no había revisado el arma previamente, martilló dos veces sin éxito y a la tercera vez, la pistola estalló y le voló la boca y la mató al instante.

(continúa)



sábado, 4 de abril de 2020

Diario de la peste, día 17

(anterior)

No se entiende cómo no renunció nadie después de los lamentables sucesos de ayer, que nos pusieron en la primera plana de todos los diarios del mundo, en los peores términos.
El asunto, al menos, sirvió para que países más sólidos, como México, no cometan el mismo error.
Pero: ¿cómo nadie renunció, ni en el Pami ni en el Banco Central?
Es un error, dicen. Lo puede tener cualquiera.
A Eric Torales, el chico del beso de la muerte de La Reja, acá a dos puentes, quieren imputarlo por homicidio no sé qué (calificado, culposo, esos rótulos de mierda que usan los abogados).
Es es ya en si mismo un abuso de autoridad, porque el chico está ya viviendo un infierno que lo va a acompañar para siempre, como para que encima lo persigan judicialmente. Pero supongamos que aceptamos ese accionar de la Justicia. ¿Por qué no persiguen judicialmente a quienes pusieron en riesgo a todos esos viejos? Y si no correspondiera perseguirlos judicialmente todavía, ¿cómo es que no renuncian? ¿Con qué cara siguen en sus cargos? "No sabíamos que íban a ir tantos". Yo sí lo sabía. Yo tuve que ponerle un candado doble en el portón a mi mamá, que estaba dispuesta a ir al banco. 
¿Desde qué tupper ejercen el gobierno estas personas?
¿No se dan cuenta de nada? 
Estamos hartos de que nos traten como a ignorantes que no saben ni lavarse las manos. Estamos hartos de que nadie se haga cargo del control sanitario como se debiera.
Estamos, sencillamente, hartos.

(continúa)





 
 


sábado, 19 de octubre de 2019

Ideas para debatir

Por Daniel Link para Perfil

Se conoce que los líderes de la prensa vernácula se entrenaron en la debatología propia de los Estados Unidos, porque convocaron a neurolingüísticas, semiólogos, expertos en kinésica y otros tarambanas para que opinaran sobre lo evidente (aquello de lo que cualquier espectador más o menos atento pudo darse cuenta).
A mí me gustó en especial el loop en el que entró el Sr. Gómez Centurión cuando empezó a repetir el mismo párrafo aprendido de memoria y no pudo salir de ahí (creo que todavía sigue diciendo lo mismo, y creo que las campanillas le siguen recordando que está completamente fuera de los Tiempos).
Por mucho menos que eso a cualquier pelotudo lo declaran incompetente en un tribunal y lo 
lo mandan a la casa. Él, sin embargo, sigue como candidato a Papa patrio.
El Sr. José Luis Espert fue el único que me hizo pensar, a pesar de su desparpajo de taxista que se las sabe todas. Entre varios brulotes, dijo algo importante: hay que sacarle a los sindicatos el manejo del sistema de salud.
Esa relación de dependencia sirve solamente para fomentar la corrupción, del mismo modo que el abrumador sistema impositivo que sufrimos. Si es cierto que más del cien por ciento de las ganancias de una empresa se van en impuestos, es lógico que los productores evadan.
Hay que nacionalizar el sistema de salud (las retenciones en concepto de “obra social” que vayan a un sistema centralizado) y racionalizar la carga impositiva.
¿Quién está en mejores condiciones de encarar esas tareas? Ésa es la cuestión.


sábado, 5 de octubre de 2019

Gladiadores del circo

Por Daniel Link para Perfil

Se vienen los debates presidenciales. Suponiendo que se llegue a la instancia del ballotage, una de las moderadoras sería la señora Viviana Canosa, cuyo conocimiento de la política local e internacional es tan sólida como los últimos desprendimientos de los glaciares antárticos.
Mucha gente manifestó su desacuerdo con esa designación. Yo no creo que desentone con los enunciados generales que se escuchan por estos días y que podrán escucharse en ese debate: “Sí, se puede”, como señaló Beatriz Sarlo (sin el agregado siquiera de puntos suspensivos para sostener aunque sea la hipótesis de que hay transitividad: se puede tal cosa, o tal otra) es un enunciado tan vacuo y tan peligroso como la objeción temeraria del ex funcionario del Pro Juan José Gómez Centurión sobre la expresión “terrorismo de Estado”.
En el otro extremo del arco ideológico los enunciados no son mas consistentes y el Sr. Fernández se las ve en figurillas para relativizar los dichos de la Sra. Fernández y, sobre todo, de sus más locos seguidores.
Así que esperar algo de un debate entablado en una arena desprovista de la menor chance de racionalidad es un despropósito. Mejor hubiera sido reunir a los concursantes alrededor de la mesa envejecida de Polémica en el bar y, eso sí, elegir a los mejores fashionistas para que analicen los outfits de les candidates.
Yo no quiero parecer maníaco, pero creo que la decadencia infinita e imparable de la esfera pública está ligada a la prepotencia de las redes sociales y a la obediencia ciega a las “tendencias” que en su seno se descubren.
Hilando más fino, es como si al haber tachado el registro de lo imaginario del análisis discursivo y político, y haber optado por una mera cuantificación de posiciones individuales, el discurso hubiera perdido no sólo eficacia como herramienta o como arma, sino incluso sentido como tal. Para la foto del candidato, alcanza un pulgar para arriba. 

sábado, 4 de mayo de 2019

Autocelebración de derecha

Por Daniel Link para Perfil

La mirada del Sr. Tinelli no podía salir de su estupefacción. Es que la operación de párpados a la que se sometió le dejó los ojos abiertos más allá de lo razonable. Durante la apertura de la nueva temporada de su programa televisivo, el desfile incesante de homenajes a si mismo produjo el mismo efecto de asombrada incredulidad en los espectadores: el Sr. Tinelli no se cansó de agradecer las loas de quienes habían sido pagades para hacerlas: desde sus mil quinientos empleados ocasionales hasta la Sra. Nara.
Algunos se burlaron (bajo sus órdenes y las de sus guionistas) de sus pretendidas aspiraciones presidenciales. El tema no me da risa y por eso vi la apertura que celebraba los treinta años de supervivencia (en youtube, dos días después, para evitar las tandas publicitarias, esa otra apelación a la cólera dionisíaca). Para demostrar que el Sr. Tinelli no desprecia a las mujeres (algo evidente en 28 de las 30 temporadas previas, hasta que tuvo que pedir perdón por los “errores”) hubo una seguidilla insensata de mujeres cantando (todo es insensato en esos shows de apertura que siempre duran más de lo debido y de los que no se entiende nada), incluida una hija del Sr. Tinelli, sobre cuyo talento musical siguen quedando serias dudas.
Las apelaciones constantes a esa institución reaccionaria y decadente, la familia, se entendió un poco mejor: en política, así como en los negocios públicos, eso se llama nepotismo.
Lo único que Tinelli puede garantizar es humillaciones públicas y transas familiares.