sábado, 12 de octubre de 2019

El reino de este mundo


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por Daniel Link para Perfil

En 2020 se termina el mundo. Dicen que el futuro gobernador de la Provincia de Buenos Aires habilitará al narcotráfico, y además alentará “el saqueo, el robo a bancos y el asesinato de personas”. Naturalmente, eso podrá hacerlo porque la Nación entera estará entregada a una conflagración idéntica, que no dejará títere con cabeza.
Por supuesto, si el actual gobierno renovara su mandato, otras tantas plagas azotarían el territorio patrio.
Los pasajes de ida a cualquier destino de exilio ya se han acabado, dicen. Y falta el papel especial para imprimir pasaportes. Los colegios uruguayos ya agotaron su matrícula para el ciclo lectivo 2020 y las campañas políticas en países limítrofes han abandonado la trillada amenaza de la Pequeña Venecia por la amenaza argentina: en eso, dicho con asco, puede llegar a convertirse cualquier país que equivoque su rumbo.
Si nada de esto se cumpliera, de todos modos, América Latina enfrenta una ola de barbarie: en Perú, en Ecuador (donde ya hay estado de sitio), en Venezuela, en Nicaragua. Todo se deshace, de modo que tampoco es seguro que si nos sobreviviéramos a nosotros mismos pudiéramos salvarnos de la baja latinidad.
Y si pudiéramos no sabríamos para qué, porque la catástrofe climática nos espera. Los hielos antárticos se desprenden del casquete, suben los océanos, los glaciares se derriten, los microplásticos asfixian a las morsas y los sargazos destruyen el equilibrio ecológico de los mares. Miles de especies desaparecerán y la selva amazónica terminará desapareciendo, con lo que el planeta entero entrará en una recesión climática de imprevisibles consecuencias, incluso para las adolescentes suecas que levantan su voz contra el extractivismo.
Supongamos que alguien las oyera y que las emisiones de dióxido de carbono se redujeran a cero. Qué importa, si los diarios nos informan que el planeta está a punto de sufrir la colisión de ese asteroide o de aquel cometa. No se trata sólo de los cometas conocidos, sino también de cientos de cometas invisibles y, además, ay, ¡¡¡de la gran Nube de Oort!!!! que produce treinta por año. Esto, dicen los astrónomos, incrementa el riesgo de un impacto catastrófico contra el mundo.
Estamos perdidos a menos que nos mudemos a Marte. Marte es inhabitable, pero seguramente ya hay planes de terraformación (previstos, claro, por la ciencia ficción que yo leo y suelo enseñar). No creo que elijan, para el éxodo marciano, a personas viejas que se dedican a la filología y de países que dejaron de existir en 2020. No me hago ilusiones al respecto.
Eso sí, pienso que mi nieta podría obtener una plaza marciana y me empeño en enseñarle lenguas, qué es un fractal, esas cosas. Ya sabe reconocer una forma autopoiética. En el verano trataré de entrenarla en disciplinas que aumenten su resistencia física. ¿Valdrá la pena?
Ahora parece que no, porque si ningún asteroide o nube del ort chocara contra la Tierra, de todos modos existe una última amenaza: nos espera un choque intergaláctico que acabará con la entera Vía Láctea (Marte y el Sr. Spock incluidos).
Andrómeda, la galaxia más cercana a la nuestra, ha destruido ya varias galaxias, reveló un estudio publicado en la revista Nature.
No estoy seguro, pero me parece que con semejantes advertencias la prensa burguesa no hace sino avalar el statu quo porque ¿qué sentido tendría ninguna acción (desde cambiar de trabajo hasta depositar un voto en una urna) si de todos modos sobrevendrá la extinción, el fin del mundo y del universo?
No me parece prudente entregarse a la manía catastrófica porque sabido es que la llama llama a la llama y nada peor que una profecía autocumplida para desatar los fanatismos de todas las especies.
Lo cierto es que este mundo (esta galaxia, este continente, este triste país, esta ciudad y este barrio) es el espacio de intervención que tenemos al alcance de la mano y es justo y necesario hacer algo para transformarlo en una ecología más amigable no sólo para uno sino para todos y cualquiera.
Me conformo con que mi nieta entienda esta prístina verdad: no hay distopía que pueda cancelar nuestro deseo de transformación.


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