Vuelto de un viaje de negocios, el agente de obras de arte (soltero, para más datos) cuenta sus aventuras amorosas, que se resumen en un garche sin pasión y para nada memorable (no porque él lo diga, sino porque no hubo repetición), unos besos en una pista de baile (si es que entendí bien) y otros besos en un baño público.
Ante el azoramiento de la audiencia ante tan pobre cosecha, el aprovisionador de colecciones de arte muestra las fotos de sus "conquistas", un manojo de fotografías donde caras de cierta belleza (algunas más que otras, y otras que movían francamente a la carcajada) eran descriptas según nacionalidades: de Ecuador, de Guatemala, de Lima...
Nos damos cuenta que el narrador no colecciona experiencias, sino imágenes para mostrar a los amigos, postales de viaje (da lo mismo haber subido a la Torre de Pisa o no, lo importante es tener una foto de ella).
Lo más paralizante es su defensa ante las carcajadas de sus interlocutores, que lo acusan de frígido y de poco apasionado: "Yo soy un servidor de la belleza. Si veo a una persona bella, voy y la sirvo".
En su caso, la servidumbre a la belleza se limita a mostrarla. Lo que se llamaba, antiguamente, "contemplación desinteresada".
(anterior)
Hoy leí este texto de Cristina Campo, no me quedó más opción que pararme y
aplaudir:
-
"El porte erguido y delicado de la muchacha de la costa de Oro es obra de
siglos de natación, tinajas de arcilla equilibradas sobre la cabeza, danzas
y can...
Hace 23 horas.

2 comentarios:
Mr Cañelas, justo habla de Belleza y Felicidad. También de vos.
Próximente alguién dirá: Perdí mi vida. Me cerraron el facebook. Y no será una metáfora.
Publicar un comentario