domingo, 15 de enero de 2017

Una obra, una vida


por Daniel Link para Radar

Ricardo Piglia, cuya desaparición lamentamos en estos días, publicó en 1967 un libro de relatos, La Invasión que se reeditó recién en 2006. A la edición original, Piglia agregó dos relatos inéditos de 1969 y 1970, que no habían sido recopilados en libro y tres relatos aparecidos sólo en revistas: “Desagravio” (1963), “En noviembre” (1965) y “El pianista” (1968).
Además de ambientes que Piglia no necesariamente visitará de nuevo (un asilo de ancianos, el mundo del boxeo, una cárcel) y de una rigurosa investigación de las formas narrativas breves, La Invasión presenta a Emilio Renzi, quien será el alter ego definitivo del autor. Pero un alter ego que no sólo se limita a la ficción. Los diarios de la vida entera de Ricardo Piglia, se publicarán como diarios de Renzi y algunas notas que aparecerán en Punto de Vista también llevarán la firma de Renzi.
En “Un pez en el hielo”, Renzi interroga el suicidio de Cesare Pavese a partir de la lectura de su Diario, como “un crimen que era preciso descifrar”. Pavese escribe la última página de su Diario pero espera una semana para matarse. “Se suicidó recién el sábado 26 de agosto. Renzi estaba conmovido con esos días finales. Pavese solo en la ciudad vacía [...] Vivió ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo”.
Nombre falso (1975) recopila una serie de textos a caballo entre la ficción y el ensayo en los que aparecen prácticamente todas las líneas y tensiones que caracterizarán la obra de Piglia, pero es su novela Respiración artificial (1980), protagonizada por Emilio Renzi, la novela que muchos críticos leyeron como el texto clave de aquel período. No en vano la novela comienza con una interrogación: “¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda una carta”. Y esa interrogación sobre la historia comenzará a ser obsesiva a partir de esos años, al mismo tiempo que la literatura oscila entre las alegorías y las sátiras políticas (especialmente el caso de Osvaldo Soriano: Triste, solitario y final, 1973; No habrá mas penas ni olvido, 1983; Cuarteles de invierno, 1983) y textos que renuncian al proyecto de reproducir la realidad para proponer sentidos incompletos y fragmentados.
Ligado con las vanguardias de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, Piglia supo enfrentar el problema de la legibilidad (es decir, del público) en un mundo cada vez más desconfiado del realismo transparente. Así como saluda las novelas de Puig, en 1974 prologa El frasquito.
La frase que abre Plata quemada (1997), “Esta novela cuenta una historia real”, estaba ya implícita en La invasión, pero aquí Piglia trabaja deliberadamente en relación con un neopopulismo de mercado, cuyos alcances le interesa investigar porque, como dijo en una entrevista para Radarlibros (Buenos Aires: domingo 19 de diciembre de 1999), “Es probable que Plata quemada pueda leerse como una experiencia de populismo literario, con la condición de que se entienda populismo como una de las grandes corrientes de la literatura argentina. El cruce entre populismo y vanguardia ha producido textos de los mejores: desde el Martín Fierro o el mismo Borges hasta Zelarayán y Osvaldo Lamborghini”.
Piglia se había interesado legítimamente (y sabiendo los riesgos que corría) en el populismo estético porque “en esas literaturas se ve la construcción de una lengua que se opone a la literatura decorosa, de buenas maneras, con un estilo medio”,
Toda la obra de Ricardo Piglia se sostiene en ese borde donde dos culturas se chocan, desde los cuentos de Nombre falso hasta Formas breves (1999) o El último lector (2005), pasando por su obra más famosa (y más representativa de una época), Respiración artificial o La ciudad ausente (1992): una articulación problemática entre crítica y ficción.
En Formas breves se lee: "La cultura de masas (o mejor sería decir la política de masas) ha sido vista con toda claridad por Borges como una máquina de producir recuerdos falsos y experiencias impersonales. Todos sienten lo mismo y recuerdan lo mismo y lo que sienten y recuerdan no es lo que han vivido". Ese pasaje puede leerse en la estela benjaminiana, tal como Piglia la entendía: “lejos de adoptar una posición valorativa respecto de la cultura de masas, Benjamin hizo convivir ambas opciones".
El la obra de Piglia, que ahora no comienza a cerrarse sino que, por el contrario, comienza a abrirse a nuevos modos de lectura, las opciones de la cultura de masas (el populismo de mercado) y el vanguardismo literario conviven problemáticamente no para producir una síntesis conciliadora sino para producir una chispa que encienda el fuego de una vida: la de Emilio Renzi, la nuestra, la de todos y cualquiera.

1 comentario:

David Sández dijo...

Si tuviera a mi cargo enseñar crítica literaria, propondría sin dudar este artículo de Daniel Link como ejemplo de lo que NO hay que hacer (jamás) sin riesgo de perder la honra. Tenemos, pues, aquí una insulsa descripción de las líneas ideológicas que sostienen la obra del recientemente fallecido Ricardo Piglia. No explica la relación específica entre una posición de lectura y el valor de los procedimientos a partir de los cuales se hacen visibles esas líneas. ¿Adónde conduce aquello del "populismo estético" y cómo se consigue? ¿Es un mecanismo valioso? Y si fuera así, ¿por qué y cómo se construye ese valor? Cualquier aproximación que se pretenda crítica a un texto literaria debe orientarse a responder (por lo menos) preguntas como esas; el resto es pescado podrido.
Posdata: Respiración artificial es una mierda