sábado, 16 de junio de 2018

El mundo y el universo


Por Daniel Link para Perfil

Llego a Bogotá para asistir a un congreso. Nunca había estado en la ciudad y lo primero que sufro es su inclemencia climática: llueve casi todo el tiempo, hace frío y la altura me provoca “soroche”. Hay que andar con calma.
Al congreso asisten personas de todo el mundo, la mayoría de América Latina y los Estados Unidos, pero también de Europa. Argentinos habrá muchos, que viven por todas partes. Va a ser como un reencuentro de amistades (más de la mitad de los participantes están en mi lista de contactos) pero también un cotejo de perspectivas sobre el propio “mundillo”, desde diferentes perspectivas.
Cuando digo “mundillo” quiero decir algo bien específico, en la línea del zoólogo Jakob von Uexküll (contemporáneo de la mecánica cuántica y de las vanguardias), quien, en contra de la ciencia clásica que veía un único mundo que comprendía dentro de sí a todas las especies vivientes jerárquicamente ordenadas, desde las formas más elementales hasta los organismos superiores, propuso una infinita variedad de mundos perceptivos, “mundillos”, todos igualmente perfectos y conectados entre sí como en una gigantesca partitura musical.
Cada “mundillo” tiene su propia temporalidad (por lo general contraída o dilatada: en todo caso, diferente del tiempo lineal de Hegel y de la ciencia burguesa) y sus propios principios de relación entre lo viviente y el entorno. Cada “mundillo” es un espacio de encuentro y co-existencia, la soldadura entre el punto de vista, el campo óptico y el contorno, un diagrama respecto del cual se coloca un viviente específico: el argentino, el venezolano, la chilena, les latinoamericanes.
Apenas llego, me siento a tomar un café con el organizador general del encuentro, Jeffrey, un venezolano en el exilio (habrá varios en el Congreso). Hablamos de bueyes perdidos, de amigos en común, de perspectivas críticas sobre la literaturra latinoamericana (así, con dos erres: es de lo que he venido a hablar), de nuestros ambientes laborales y de nuestras esperanzas, en suma, de nuestros “mundillos”.
Jeffrey va llevando la conversación a un destino preciso. Me habla del Mundial de Fútbol, pronto a comenzar, para saber qué expectativas tengo sobre la selección argentina: por supuesto ninguna, porque el fútbol me interesa más bien poco. “Pero han sido campeones dos veces”, me dice. Sí claro. “Y tenemos Messi, Papa argentino, reina Máxima y Borges, por cierto. Nada de lo cual significa demasiado a la hora de evaluar nuestras imposibilidades”.
“Hay algo que a ustedes les falta”, me dice Jeffrey. Y agrega, para mi incredulidad: Miss Universo. En Venezuela tenemos muchas. Y muchas Miss Mundo.
Su percepción de mi “mundillo” no es exacta pero, en todo caso, corresponde subrayar lo diferente que es de la mía. La suya supone un mundillo entero, propio, exterior al mío.



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