domingo, 29 de mayo de 2005

Libros recibidos

Nos falta una teoría de la voz, una lingüística del habla. ¿Hay un sonido, un timbre de voz, una cadencia propia de los años setenta? Recuerdo los textos de Osvaldo Lamborghini leídos por el propio autor, grabados en Pringles, en la casa de Arturo Carrera. "Eso, se llama bestialismo", decía Lamborghini con voz arrastra-da, leve-ménte acrió-llada.
Escuchar a poetas leyendo sus textos es siempre una revelación porque nos han acostumbrado a pensar que la poesía reina en un universo autónomo que no tiene nada que ver con las cosas de este mundo. Cuando el poema adopta patrones regulares de versificación tal vez esa ficción se sostenga. Pero no es el caso de la poesía contemporánea (la que consideramos "contemporánea": de la década del sesenta en adelante). El ritmo del verso libre y el verso blanco se sostienen mejor en la voz de quienes los han puesto en el papel y así entre el cuerpo y el texto del poeta se crea una rara unidad imposible de fragmentar sin violencia. Concebirla como una cosa autónoma es violentar la poesía.
Visor libros ha editado Los poemas de Sidney West (1969) de Juan Gelman (Madrid, 2005, 74 págs. y un cd, ISBN 84.7522.897.6) como volumen 5 de la serie De viva voz. El libro tiene formato de cd porque, en efecto, contiene un cd gracias al cual podemos escuchar a Gelman leer sus propios poemas (16 "lamentos").
Una voz de la que no es posible ignorar el tabaco y los alcoholes y (porque en esas cosas debe de haber algun trazo de verdad) las vueltas de la historia. No es que Gelman cante sus poemas, ni que su voz evoque el canto. Tampoco es que le agregue un ritmo exterior al texto mismo sino que señala, muestra hasta qué punto el ritmo del poema estuvo desde siempre en otra parte: en la garganta del poeta y en su propio cuerpo, marcado a su vez por los ritmos y los tonos de las eras.
También
acrió-llada y leve-ménte arrastra-da, la voz de Gelman nos llega desde el fondo de nuestra historia y dice: "de sus fa-langes--án-geles--con mudos--salían-con la boca-tapa-da". Y se pregunta "en qué consis-te--el juego de la--muerte".
¿Quién puede escuchar poemas leídos en alta voz? Solo aquéllos que aceptan ligar la poesía a un ritual colectivo. Por eso, y para eso, existen los ciclos en los que los poetas leen sus textos. Esas voces que atravesaron y atraviesan el espacio quedan allí, flotando en el aire, a la espera de una escucha futura. Hace falta una paciencia infinita para rescatar de ese limbo las voces mayores de la poesía (¿por qué no todas, ahora que existen los soportes digitales?): así, las futuras generaciones podrán participar de rituales pretéritos, pero no por eso vacíos de sentido. En el tintineo de las vocales, en el rodar de piedras de las consonantes dobles el mundo descansa de sus horrí--so-nas labo--res.

1 comentario:

Diario de trabajo dijo...

Cierto, nos falta