por Beatriz Sarlo para Perfil
Muchas cosas no he dicho sobre Juana. Tampoco he saldado mis deudas. En
1967, me invitó a la presentación de Mujer de cierto orden. Las dos
trabajábamos en el Centro Editor de América Latina. Casi todos los días
almorzábamos en una mesa exageradamente literaria, donde se sentaban
Horacio Achával, un editor de genio, y Susana Zanetti, que recitaba a
Darío o a Vallejo en loop. Muchas noches Juana comía en mi casa. Decir
comía es exagerado, porque teníamos poca plata. Juana traía vino y
noticias de un mundo en el que yo recién entraba. Nombraba a Andrés
Rivera, a Juan Gelman. Sin darse cuenta, nos embrollaba en su
inclaudicable fascinación, en sus amores y en sus antipatías igualmente
intensos. La afectividad de Juana se reflejaba entonces, y sigue
reflejándose, en los diminutivos. También su desprecio se sirve del
diminutivo: formas de la amistad o de la distancia.
La Literatura Diferente, un folleto
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Hace 2 semanas.

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