jueves, 23 de diciembre de 2004

Pasoliniana

Carta a Franco Farolfi de julio de 1940: "no sé cómo vestirme ni cómo pensar dentro de mí, ni cómo comportarme con los otros; las horas, los sucesos y los hábitos, cosas que querría destruir, vuelven a atraparme en su movimiento".

Carta a Franco Farolfi del invierno de 1941: "he visto un film nórdico: Laila, que une cualidades maravillosas a defectos irremediables. El director es un poeta que no sabe usar la cámara; intuye secuencias bellísimas, y a veces las realiza. El montaje es torpe. En conjunto, el film me ha turbado mucho y ha abierto nuevos pliegues en mi fantasía (sueño con renos, deshielos, fiordos, bramidos de lobos y la vida folklórica de jovencitos que en primavera se adornan con collares y, vestidos con pieles, cantan con voz dulcísima chapoteando con los pies en el luciente fango)".

Carta a Franco Farolfi del otoño de 1941: "En cuanto a las muchachas, las cosas iban maravillosamente con cierta Merina, dactilógrafa, con una rarísima melena rubia natural; esbelta; de buena familia. Cultivé hacia ella una pequeña pasión".

Primer libro (Poesías a Casarsa) en 1943

Carta a Franco Farolfi de la primavera de 1943: "La única filosofía de la que me siento muy próximo es el existencialismo, con su poético (y otra vez muy próximo a mí) concepto de `angustia´y su identificación existencia-filosofía"

Carta a Franco Farolfi del 22 de agosto de 1945: "Confiar un secreto pone en riesgo sobre todo a aquel a quien se lo ha confiado. Si no fuese así, no tendría yo temor en hablar claramente de la podredumbre que he heredado de mis antepasados"

Furor poeticus (en carta a Sergio Maldini del 6 de junio de 1947)

Carta a Franco Farolfi de septiembre de 1948: "para mí ha terminado el período de la vida en la que uno cree que es sabio por haber superado la crisis y satisfecho ciertas terribles necesidades (sexuales) de la adolescencia y la primera juventud. Estoy dispuesto a volver a intentar rehacer mis ilusiones y deseos; soy, definitivamente, un pequeño Villon o un pequeño Rimbaud". "Quizá me mantenga muy parecido al Pier Paolo de aquellos tiempos (siendo mi caso clínico el infantilismo)".

Carta a Gianfranco Contini del 7 de julio de 1949: "Hace tiempo, leí en un diario suizo una columna de Benda que me llenó de remordimiento: allí se decía, en efecto `desde un punto de vista muy pesimista´ que los hombres escriben cartas solamente para pedir, que no existe una correspondencia `pura´"

Carta a Silvana Mauri del 10 de febrero de 1950: "Mi vida futura no será la vida de un profesor universitario: ahora sobre mí se encuentra el signo de Rimbaud o de Campana o de Wilde, lo quiera o no lo quiera, lo acepten los demás o no. Es algo incómodo, chocante, inadmisible, pero es así".

Carta a Silvana Mauri del 11 de febrero de 1950: "Las novelas que estoy escribiendo son tres. No te asustes. En estos meses no he hecho más que escribir, incluso diez horas por día (...) En cambio, aquí estoy, incapaz de escribir aunque sea un período claro. Pero espero que mi astenia sea pasajera".

Carta a Silvana Mauri del 6 de marzo de 1950: "Como temías, realmente tu silencio me había espantado, pero me echaba la culpa a mí mismo por la imprudencia de enfermo con que te había escrito esas cartas".

En carta a Luigi Ciceri del 13 de enero de 1953, Pasolini es ya un estructuralista.
Obsesión numerológica: "Además, sobre la distribución general [del libro] (un poco maníaca, te repito), ten en cuenta que se trata de cuatro secciones, con cuatro poesías cada una".

Carta a Luigi Ciceri del 29 de enero de 1953: "Al `sufrir´ demasiado por estos problemas [la desaparición del friulano], se corre el riesgo de poner en juego no ya un sentimiento, sino un sentimentalismo, es decir, un vicio: el vicio en que se funda todo conservadurismo".

Carta a Carlo Bertocchi del 17 de noviembre de 1954: "Para mí, en este momento las palabras de Cristo: `Ama a tu prójimo como a ti mismo´ significan `Haz reformas estructurales´".

Carta a Livio Garzanti del 2 de julio de 1955: A propósito de Ragazzi di vita: "De todas maneras, usted buscaba un slogan, ¿verdad? Cecchi nos regalaba uno muy lindo (se entiende que sin quererlo) y, me parece, eficaz comercialmente: El Corazón en negro, que, con la firma de Emilio Cecchi, funcionaría a las mil maravillas"

Carta a Massimo Ferretti del 13 de enero de 1958 [1959]: "yo me enamoro exclusivamente de muchachos de menos de veinte años, y muy ingenuos, diría que sólo del pueblo (ingenuos desde el punto de vista cultural, no erótico): es necesario que haya una diferencia, ¿no? La mía es una diferencia social, cultural (no tanto de edad, en tanto yo me mantengo `fijo´ en la adolescencia, además del período del complejo edípico: caí bajo la cruz dos veces, y desde la segunda ya no me levanté más). En todo caso, todo ello tiene una importancia maravillosa para mí: es un hecho privado. Una vida extemadamente libre y disipada no ha desgastado mi inocencia ni siquiera un milímetro: soy realmente virgen y muchacho desde ese punto de vista".

En carta a Edoardo Bruno de 1959 habla de su obra (a caballo entre el guión de cine y la novela) como un "verdadero monstrum de las nuevas letras".

Carta a Luciano Anceschi de enero de 1960: "el cinematógrafo plantea procesos de sintaxis narrativa que desde hace tiempo la literatura no se autoplanteaba".

Bitácora

(Está bien, bitácora es una palabra adecuada. Anoto, pues, en mi bitácora:) las 55 páginas del apartado "Juventud" han quedado a la espera de una segunda revisión. Mientras tanto, avancé en el prólogo del epistolario del Amadísimo. Diego hizo un trabajo excelente y debería estar a la altura de las circunstancias. Ya fiché todas las frases del pequeño Rimbaud, a quien le deberemos para siempre ese ?verdadero monstrum de las nuevas letras? que él sabía que estaba haciendo. El texto se llama (nunca puedo empezar a escribir sin tener el nombre... asido entre sinapsis, al menos, así que el hallazgo me tranquiliza): "Corazón en negro".

Diario de un televidente

Hace un rato, después de todo el día encerrado, bajé a comprar cigarrillos en el quiosco de la esquina. Había un móvil de Canal 13, uno de Crónica y uno de Canal 26. Aparentemente a la vuelta vive la chica a quien, hoy en el subte, dieron una pastilla (¿de qué tipo, con qué excusa? son las preguntas que me atormentan), la durmieron y le robaron su hijo/a (algo de eso escuché en la tele sin prestarle demasiada atención). Inmediatamente pedí fotógrafo para que el momento quedara registrado. No siempre la esquina de la casa de uno es la estrella del momento.
G. me recrimina no poder escribir comentarios en mi blog. P. me recrimina el diseño y me instiga a actualizarlo (además, me da lecciones de netiquette y netmarqueting invalorables para un curioso impertinente, un entusiasta silvestre como yo).

Diario de un televidente

Recién, en los noticieros del mediodía, pasaban fragmentos del discurso en la Rioja del tirano prófugo. En un momento dijo algo así como: "en cinco años desde 1999, en estos lustro... lustrosos... lutosos años..." Se ve que le habían escrito luctuosos (palabra severa, que ni yo me atrevería a usar) y él confundió con el lustro que estaba mentando. La pesadilla se repite, pero esta vez los medios editan en su contra. Veremos qué pasa.
From: MS
To: DL
Sent: Wednesday, December 22, 2004 1:44 PM
Subject: Re: Invitación

pd: queé bueno lo del rincón de los secretos. van aquí fotos de algunos de los de mi balcón que no estaban cuando vos te enamorarste del (ex)alicaído: si les gustan como a mí, puedo prepararles brotes cuando sea la ocasión, en mayo.

miércoles, 22 de diciembre de 2004

Reseña

El pintor de la vida moderna

Yo era una chica moderna
César Aira
Interzona
Buenos Aires, 2004
128 págs.

Por Daniel Link Yo era una chica moderna es una de las obras maestras que César Aira nos entrega cada tanto (las anteriores fueron Cumpleaños y El tilo; de muy inferior resultado, al menos para mí, son esos ejercicios a la ?disneylandia? que se llaman Mil gotas y La princesa primavera, la primera publicada en Buenos Aires y la segunda en México, ambas durante 2004, de acuerdo con el aceleradísimo régimen de edición al que Aira nos tiene acostumbrados).
Hay que hacer un poco de historia para comprender cabalmente la densidad literaria de Yo era una chica moderna (lo que podría llamarse ?densidad existencial? saltará a la vista de cualquier lector más o menos sensible y tiene que ver con las posibilidades de la amistad, el amor, la familia y la diversión en las ciudades contemporáneas). Por ejemplo: lo que en el contexto de la literatura argentina llamamos Bustos Domecq es el encuentro de dos fuerzas estéticas diferenciales: Borges y Bioy Casares, por un lado, como representantes de la literatura ?culta? argentina y el arte pop (o ?neodadaísmo?, como preferiría decir el mismo Aira) por el otro.
Yo era una chica moderna también podría describirse como el choque entre dos flujos de energía: César Aira, por un lado; Belleza y Felicidad, por el otro. La tapa del libro está ilustrada con un acrílico de Fernanda Laguna (?Vos y yo?, 2000), fundadora de la galería Belleza y Felicidad y animadora infatigable de la escena plástica argentina; pero además B & F aparecen en la parábola que un comisario pronuncia frente a la discoteca ?más chica del mundo?, en una de las tantas vueltas de la peripecia loca que Aira ha imaginado en este libro fascinante y necesario: ?La Belleza y la Felicidad, como diría el comisario Cipolleti? (cuyo nombre, como tantos otros en el libro, prácticamente se sobreimprime al de otro personaje realmente existente: Rafael Cipollini, crítico de arte y coeditor de la revista de artes visuales ramona).
No se trata de un ejercicio de identificación mimética o narcisista (hacia los que Aira, por otro lado, es completamente desafecto), sino de un ejercicio simultáneo de identificación y distancia. Porque César Aira, con toda la importancia que tiene para las nuevas generaciones de escritores argentinos, es exterior al núcleo más duro de B & F. En todo caso, llega a él con una estética ya formada, que le permite explorar lo más reconocible de esa estética para ponerlo, después, en otra parte. Yo era una chica moderna puede leerse como un homenaje a Fernanda Laguna, Cecilia Pavón y Gabriela Bejerman; pero también puede leerse como una sátira de esas primeras personas a las que ellas nos acostumbraron. O, en todo caso, es como si Aira dijera en qué dirección habría que disparar los cañones montados por B & F.
Sangre de amor correspondido de Manuel Puig fue leída siempre como un ?experimento fallido? precisamente porque Puig no pudo convencer a sus lectores de que sus diálogos no eran inventados (como se sabe, fueron grabados y luego traducidos). En otras palabras, una falla que afecta a la distancia que permanece entre autor y personaje. Como si Puig no hubiera alcanzado a vaciar del todo la categoría del autor, como se proponía hacerlo desde la primera de sus novelas.
Por el contrario, Yo era una chica moderna, que podría haber fracasado en el mismo terreno, triunfa precisamente por el exacto equilibrio que se plantea entre la voz de Aira y la voz de B & F. Si muchos creerán estar leyendo en Yo era una chica moderna una transcripción (o a lo sumo una parodia) de la voz de Fernanda Laguna (o cualquiera de nuestras ?chicas modernas?), lo cierto es que la novelita aparece dominada por un complicado juego de identificaciones y distancias. Salvo por el uso de la palabra ?pibe? (que viene por completo de otra época y otro registro), todo lector puede pensar que el primer capítulo de Yo era una chica moderna es, entre otras cosas, un ejercicio perfecto de escucha y de mímesis literaria (?Yo era una chica moderna, que salía mucho. Salía para mantenerme al tanto de lo que pasaba, y además porque me gustaba?). Pero la frase con la que se inicia el segundo capítulo (?Lo que nos había extraviando a Lila y a mí esa noche era la extensión sin accidentes del aburrimiento?) es ya otra cosa: lo que señala el límite lingüístico de B & F o, para decirlo de otro modo, la combustión que provoca el choque entre dos fuerzas estéticas sino antagónicas, por lo menos diferentes: ese enunciado excede por completo (por su sintaxis, por su significado) lo que B & F ha producido literariamente.
Además, lo que propone Yo era una chica moderna es algo así como una teoría del campo estético en una ciudad como Buenos Aires: de allí los anacronismos deliberados que hacen coincidir el comienzo del siglo XXI con los años sesenta del siglo pasado: casi como si se tratara de subrayar continuidades y rupturas o de interrogar por qué Buenos Aires sigue siendo una de las grandes capitales artísticas del mundo. No es Aira el primero en hacerse esa pregunta, pero lo que sí es seguro es que su enigmática presencia entre nosotros es una de las claves para explicar ese fondo permanente de imaginación que nos salva de todas las melancolías: sin su obra y la de pocos otros (pienso en Arturo Carrera, por ejemplo), nos aburriríamos mortalmente.
En la obra de Aira abundan las referencias a nuestra realidad más inmediata, tratados como pormenores lacónicos de larga proyección semántica: cartoneros, ?viejos putos?, albañiles, las últimas novedades del posestructuralismo. En Yo era una chica moderna aparecen, como si nada, las ?empresas privatizadas? en una de las cuales la narradora trabaja. No hace falta decir mucho más (Aira lo sabe), porque en relación con eso ya está todo dicho y es el Estado, en todo caso, el que debe pronunciar palabras más o menos graves en relación con esas empresas, nunca el arte.
En el fondo hay un gesto balzaciano en el proyecto de Aira: contarlo todo, no dejar nada sin relato o sin explicación, porque, como termina diciendo Yo era una chica moderna: ?Hay que mirar para adelante, y seguir intentándolo. Las cosas sólo salen bien por casualidad?. Es lo que hace de esta pequeña obra maestra algo bien distinto de ese texto monumental y al mismo tiempo sombrío que fue Cumpleaños, donde parecía plantearse un camino sin salida posible. Diferencias de humores, pero también diferencias de contexto. Y diferencias en el uso de la primera persona.
Aira ha usado muchas veces la primera persona narrativa, pero no siempre el procedimiento significa lo mismo: en Cumpleaños (su novela milenarista), tiende a identificar totalmente al narrador con lo poco que sabemos sobre su figura pública. En Yo era una chica moderna, por el contrario, el procedimiento se acerca más al de Cómo me hice monja: única garantía de la ficción más pura y más delirante.
Por supuesto, todo puede ser una alegoría sobre cualquier cosa porque Aira gusta mucho de las alegorías. Uno de sus últimos libros, La princesa primavera, utiliza el mecanismo formal de la alegoría para exponer una teoría sobre la traducción y la literatura chatarra (y no mucho más). Los dos payasos, recientemente reeditada, como han señalado muchos lectores, es una alegoría de su relación con Osvaldo Lamborghini: órdenes mudas, obediencia ciega y mucha desinteligencia. En Yo era una chica moderna, Lamborghini también aparece, esta vez apenas maquillado bajo el nombre Osvaldo Lapergáudegui, para contar una historia que funciona como parodia del naturalismo sentimental (lo mismo que tanto se ha dicho del magistral texto ?El niño proletario?).
Tensión, entonces, entre la voz del autor y la voz del personaje-narrador. Tensión en relación con la primera persona. Pero también tensión entre la alegoría y el naturalismo (esas dos plagas de la literatura argentina). En esas tensiones se instala César Aira (y en este libro lo hace con gran comodidad) para regalarnos un episodio más de la vida moderna.

Lecturas

Sólo la miopía necia e insolente de nuestros suplementos y revistas puede explicar el tibio recibimiento que ha recibido el libro de Gabriela Bejerman, Presente perfecto. Muchos son los fragmentos que podrían citarse. Elijo éste, que me provoca particular envidia:
"En un jarrón de vidrio amarillo, donde continuaba resonando el agua, tulipanes balncos. Rebeca llevaba ese perfume por toda la casa, cumpliendo, a la vez, tareas simples. El plumero era un alegre conversador esta mañana; el mate, su mejor amigo, y los insectos que vivían en sus plantas, un barrio entero dispuesto a entretenerla con intraducibles conversaciones" (pág. 85)

martes, 21 de diciembre de 2004

Fiestas

Fin de semana en Mar del Plata, ciudad cada día más encantadora para mi sensibilidad provinciana. Armamos, en lo que llamamos "El rincón de los secretos" (el antiguo lavadero del departamento) un jardín de cactus, pero habrá que ver qué resulta del experimento (por suerte, una noche de buena fortuna frente a las máquinas tragamonedas del casino central, recuperé los dineros invertidos en tal sentido). Anoche fuimos a comer a la parrilla del museo De la Cárcova. Hoy, día dedicado a la familia (regalos navideños, provisiones para la mesa del 24, esas cosas lindas de la vida...). A la tarde, escuchando Schönberg (y, como siempre, no entendiendo nada). Mucha correspondencia que atender. Proyectos para enero:
* Una fiesta.
* Una competencia de asadores con C. A. No confío demasiado en la ecuanimidad de R., con lo cual sería bueno contar con un (seguramente sabio en estas lides) jurado como M.
* El libro del que he venido hablando, otro más pequeño que se cruzó en el camino, y la puesta en marcha de mi colección.
* Una ida a la milonga.
* Mandarle el dvd de La niña santa a S.M. (en verdad, esto debería hacerlo antes de fin de año).


lunes, 20 de diciembre de 2004

De regreso

Mar del Plata-Buenos Aires: 3 horas. Allá, trabajamos alocadamente (como siempre) y salimos a comer por las noches. Al volver, encontré un mensaje de Guillermo Piro invitándome a una reunión de bloggers el próximo septiembre. Acepté a regañadientes, sabiendo que no sé dónde voy a estar el próximo septiembre y que los compromisos a largo plazo, a la larga, son los que me dan mayores dolores de cabeza. Pero, en fin... la carne es débil.

Feliz navidad y próspero año nuevo

Diario de un televidente

El jueves a la noche, en la hermosa terraza de Bárbara, hicimos el ranquin de los más bizarros diálogos de la televisión de este año. Nos gustó particularmente éste: programa de Mirtha Legrand. Elenco (nuevo, me dicen) de Los machos en la mesa. Mirtha le pregunta a un actor: "¿Es verdad que usted es sordo?". Desconcertado, el hombre le contesta que sí, que sufre de no se qué deficiencia acústica. Minutos después, Mirtha dice: "Vamos al corte" y repite, mirando a este actor hipoacúsico: "Vamos al corte". Sus compañeros de elenco empiezan a gritarle y a hacerle señas: "Corte", "Cooor-te". El sordo, fastidiado (con razón), le dice a quien tenía al lado, Carlos Carlín Calvo: "A vos te tienen que cortar la carne, y nadie dice nada". Mirtha, alarmada, aclara: "Estamos en el aire".
Fue una bella velada

jueves, 16 de diciembre de 2004

Hoy...

...con resaca. Mañana, a Mar del Plata. Le mandé a Leonora las primeras 55 páginas en borrador (mal escritas, sin las notas): algo es algo. Esta mañana no pararon de tocar timbre para entregarme libros. Me tienta llevarme la narrativa completa de Juanjo Hernández, pero sé que va a ser distractivo. Hoy armaré el equipaje, de todos modos y ahí se sabrá qué va y qué no.

martes, 14 de diciembre de 2004

Obituario de Karol Wojtyla

Obituario de Karol Wojtila

Por Fernando Vallejo

(publicado por la revista SoHo en la sección Obituarios anticipados)

Pasó por esta vida mintiendo y predicando su mentira. Como el fundador de su religión inicua, no tuvo una palabra de amor por los animales. Ni una sola vez levantó su voz para defender a las ballenas que sus congéneres matan con aropones, ni a las focas que exterminan a garrotazos, ni a las vacas que acuchillan en los mataderos como acuchillan a los marranos en las fincas de Colombia la asesina y la borracha para celebrar en las navidades la venida al mundo del Niño Dios.
No le dio el alma para sentir el dolor de su otro prójimo, el más humilde y más abandonado. En un planeta superpoblado, cuyos ríos son cloacas y cuyo mar se está muriendo, se opuso al control natal. Viajó por África negra devastada por el sida predicando contra el uso del condón y a América vino a lo mismo, arrogándose por todas partes el título de defensor de los que aún no han nacido como si ellos se lo hubieran dado desde su nada.
¡A dónde no fue! A Bosnia, Suiza, Rusia, Guatemala, México, viajando en jet privado, recibido por la gentuza del poder y la chusma novelera, llevando a todas partes su mascarada innoble. A Colombia no podía faltar, el país más católico de la Tierra. Aquí estuvo, aquí lo vimos, aquí lo oímos, aquí nos vino el manirroto a repartir sus bendiciones. ¿Cuántos nacieron, a la sombra de su prédica, después de su visita? Millones. Millones destinados al horror que su palabra mentirosa llamó "el banquete de la vida". ¿A cuántos niños colombianos nacidos con su bendición acogió en el Vaticano? A cuántos salvó de acabar como sicarios al servicio de los paramilitares, el narcotráfico, la guerrilla? ¿A cuántos? ¿A cuántos? ¿Y a cuántos niños africanos con sida?
Sucedía a un papa bondadoso que reinó pocos días y que murió en circunstancias extrañas, acaso asesinado en una conjura palaciega por la Curia tenebrosa y con la complicidad de Dios. Pronto se reveló como el que era, vástago de la estirpe de los impíos, la de Pío Nono, Pío Décimo, Pío Doce y la alimaña tonsurada de Pablo Sexto de almita ponzoñosa. De ellos heredó los palacios, las obras de arte, la púrpura, el oro, los baldaquines, la Guardia Suiza, el puño firme para gobernar, la verdad infalible. Manos solícitas de monjas, curas, obispos y cardenales lo atendían, lacayos de mucha o de poca monta. De cuanto granuja hay con poder se hizo recibir o los recibió en sus palacios vaticanos. Para ellos sí estuvieron siempre abiertas las puertas de la ciudadela mas no para los desposeídos de la Tierra que por él nacieron.
Pastor de su inmensa grey, el rebaño con garras, se creía dueño de la verdad y la conciencia moral del mundo. A Cuba fue a cohonestar con su presencia los crímenes del tirano y a fotografiarse con él. Tal para cual. Se necesitaban ambos para legitimar cada quien su vileza con la del otro. ¿Y los treinta y cinco años que el carcelero de Cuba persiguió a su Iglesia? ¡Se le olvidaron! Por todo el planeta paseó el espectáculo de su vanidad de pavorreal, chapuceando idiomas como si le quemaran las plumas del trasero las lenguas de fuego del Espíritu Santo. En los primeros años de su pontificado y sus primeros viajes no bien bajaba del avión se arrodillaba a lo Pablo VI en la pista del aeropuerto a besar el suelo como conquistador que toma, con el culo al aire y a los cuatro vientos mientras suena la fanfarria, posesión de la tierra. Le quedaron faltando el genocida de Saddam Hussein y el hampón de Libia pero ya los tenía en la mira. Al terrorista de Arafat lo recibió en el Vaticano, cuyas puertas estuvieron siempre abiertas de par en par para los detentadores del poder, de la calaña que fueran.
Cómplice con su silencio de las escuelas terroristas coránicas, de los ayatolas asesinos de Irán y de toda la ralea musulmana, los cortejaba con sus falsedades de jesuita y sinuosidades de Maquiavelo. Siervo de los poderosos, se las daba de paradigma de la independencia moral. Enfermo de vanidad, su fatuidad lo movía a querer ser siempre el centro de la atención de todos. Nada sabía pero se creía dueño de la verdad. Sostenida por los menesterosos de este mundo la pompa de su Iglesia limosnera le echaba incienso y el lobo disfrazado de cordero lo aspiraba.
La pederastía de sus curas y obispos de Boston y de Chicago le drenó las arcas de sus diócesis más lucrativas y le hizo perder muchas ovejas de su rebaño norteamericano, ¡pero qué importa, le quedaba México! Canonizador manirroto con tal de que lo vieran, devaluó hasta la santidad. En sus solos años de pontificado canonizó a más que sus 264 predecesores juntos en dos milenios de historia de la Iglesia. País que le diera limosnas, país que premiaba con un santo. Varios centenares de beatificados le tocaron a México, mina de oro. Cansado de bendecir, al final le dio a pedir perdón, y hasta a Galileo le tocaron sus lloriqueos porque la Tierra al final de cuentas siempre sí resultó girando alrededor del Sol. A su sucesor le queda la tarea de pedirles perdón a los homosexuales, que le quedaron faltando. Era homofóbico rabioso. Babeaba y temblequeaba sin pudor mientras hacía teatro y hablaba con voz tartufa.
Sigue el entierro, el show televisivo, la última mascarada, la farsa póstuma, convertido el pavorreal en cadáver protagónico. Sigue el cónclave, un cónclave amañado de cardenales títeres a quienes él nombró y a quienes seguirá manipulando, por unos días, desde ultratumba. Sigue el ascenso al trono del sucesor, quien continuará su política de canonizar a lo manirroto y quien, pasado un tiempo prudente, a su vez lo canonizará. Entonces la santidad se habrá convertido por derecho propio en sinónimo de la infamia.

Social & Familiar

Esta noche: Tomás, Eugenia y su novio. Mañana: Anselmo y la novia, Pía y el novio. El jueves: a lo de Bárbara. Como mañana comeremos gazpacho, me conviene prepararlo ya para esta noche. De todos modos, se interrumpen mis planes de escritura. Quería mandarle a Leonora el apartado "Jóvenes" a más tardar el viernes, así el fin de semana (en Mar del Plata) me dedico al prólogo para el epistolario del Amadísimo, que debo entregar antes de fin de año (con las fiestas en el medio). Nuevos compromisos: jurado en los concursos de Literatura Alemana, jurado en el Premio de Ensayo de la Fundación Espigas. Le escribo (inútilmente) a María pidiéndole unos datos.

lunes, 13 de diciembre de 2004

El éxtasis de la comunicación

Los blogs no son sólo un método para expresar sus opiniones en Internet, sino también una forma de conocer otros puntos de vista y entrar en contacto con personas que comparten sus ideas.
La opción Comentarios de Blogger permite a los usuarios de todo el mundo que visitan su sitio expresar su opinión sobre la información que usted comparte en su blog. Puede decidir si desea recibir o no comentarios sobre cada entrada (y borrar todo lo que no le guste).
Los grupos de blogs pueden ser excelentes herramientas de comunicación para equipos reducidos, familias u otros colectivos. Confiera a su grupo un espacio propio en Internet donde compartir noticias, vínculos e ideas.

El regreso

Recién, no sé por qué, me acordé del blog. Creo que fue porque estuve mirando el fotolog de gabyvex. Hace dos meses que no voy al diario. Tampoco salgo demasiado. Los fines de semana voy al campo o, raras veces, a Mar del Plata. Escribo Clases, mi próximo libro. Voy por la página 40. Además: el prólogo para el epistolario del Amadísimo y un posfacio para la edición norteamericana de El asesino de Lady Di (Die, Di, Die) y las lecturas necesarias para mi curso Gramática de la imaginación del año que viene. Bien mirado, no es un verano cualquiera el que se avecina.

sábado, 3 de abril de 2004

Ayer...

... recibí ejemplares de La ansiedad (novela trash). Hoy, los chicos de Flatus Vocis me hicieron una larga entrevista. El domingo, voy al programa de Guillermo Saavedra. Todo muy bien, pero en el fondo, "preferiría no hacerlo". Como decía el maestro, ¡qué importa quién habla!.
Espero noticias para ver si me voy a México a fin de mes. De aquí a entonces, voy a vivir torturado por haber publicado.

jueves, 11 de marzo de 2004

Padre nuestro que estás en los cielos

Foucault murió en 1984 (¡atención, cazadores de efemérides!) y, desde entonces, su pensamiento no ha hecho sino ganar en intensidad y en complejidad. Hay ya corrientes de “foucaultianos de derecha” opuestas a los auténticos “foucaultianos de izquierda”. En nombre de Foucault, por ejemplo, se pretendió durante los años noventa ¡desmantelar el sistema de previsión social y de salud en Francia! Políticos y “pensadores” de derecha lo reivindican para atacar a la izquierda tradicional, que lo critica precisamente por permitir semejantes manoseos. Pero no se trata aquí de debatir la actualidad, la potencia y la coherencia de sus ideas sino de constatar la adhesión pasional que su figura y sus palabras siguen suscitando a ambos lados del Atlántico.
El San Foucault (para una hagiografía gay) de David Halperin (reeditado ahora por El Cuenco de Plata a partir de una coedición anterior de Cuadernos del litoral y las ediciones de la École lacanienne de psuychanalyse, Edelp) es bien notable en ese punto: allí el autor no sólo coquetea con todas las identificaciones imaginarias posibles (Michel Foucault c’est moi) sino que postula a Foucault como santo patrono de una causa: la causa queer, la causa de los raros. Es un uso “norteamericano” de Foucault, y sería sólo un episodio penoso (de identificación narcisista, de cólera, de voluntarismo político, de abuso teórico) si la realidad no viniera a gritarnos en la cara hasta qué punto el libro de Halperin sigue siendo extremadamente actual y necesario (y con él sus identificaciones, su rabia, su voluntad política, etcétera).
En San Francisco, ayer nomás, el consentimiento de las autoridades de la ciudad al casamiento gay ha desatado las iras de la derecha provincial (el ciborg austríaco que gobierna California) y nacional (el presidente que, ciego a los avatares de la historia, pretende impulsar una reforma constitucional para evitar que personas del mismo sexo puedan llamarse “esposos”). Lo que está en juego, puede comprenderlo cualquiera, no es meramente simbólico sino material, y es precisamente eso que en la San Francisco latinoamericana (léase Buenos Aires) los legisladores se cuidaron muy bien de guardar: el derecho a la herencia y a la paternidad. La payasada llamada “Ley de Unión Civil”, entre nosotros, excluye puntualmente la posibilidad de que el viudo o la viuda del mismo sexo que su cónyuge muerto cobre la pensión que sí le correspondería por ley, de haber aceptado las mieles de la heteronormatividad. De adopción, por cierto, ni hablar. Más vivos que los norteamericanos, como es sabido, los argentinos nos salvamos de ese modo un debate jurídico a esta altura insoslayable sobre la universalidad de los vínculos conyugales y la forma legal de la familia. Y todos contentos.
No hay dudas de que la hipocresía política y la homofobia que reinan entre nosotros necesitaban de un sacudón como el que, de la mano del padrecito Foucault, Halperin viene a darle. La primera parte del libro examina la “política queer de Michel Foucault” a partir, sobre todo, de algunos textos marginales de su obra y entrevistas sobre la sexualidad. La segunda parte confronta las tres grandes biografías de Foucault, el parco relato Michel Foucault (1989) de Didier Eribon, el completísimo Las vidas de Michel Foucault (1993) de David Macey y la biografía gótica (y fatalmente heterosexista, como las crónicas de esos sedicentes periodistas héteros que se meten en los cines porno para describir “antropológicamente” las prácticas que allí se desarrollan) La pasión de Michel Foucault (1993) de James Miller, a partir de la paradoja de ponerse hablar de la “vida” de un “autor” que no se cansó de proclamar “la muerte del autor”. Foucault (el mito), de todos modos, bien vale una traición semejante.
Durante junio del 2000, bajo la dirección de Didier Eribon (uno de los tres biógrafos, autor además del monumental Reflexiones sobre la cuestión gay), se desarrolló en el Centro George Pompidou un coloquio sobre “El infrecuentable Michel Foucault. Renovación del pensamiento crítico”. Las exposiciones de ese coloquio, firmadas por Eribon, Halperin, Paul Veyne y Pierre Bourdieu, entre otros, acaban de ser publicadas en nuestro país con el mismo título del coloquio en coedición de Letra Viva y Edelp. El volumen no escatima las referencias elogiosas al San Foucault, lo que (una vez más) demuestra su pertinencia.
Para Didier Eribon, Foucault ha resistido y resiste todas las maniobras de neutralización de su pensamiento que se han venido dando desde su muerte. “El libro de David Halperin –escribe– nos ofrece un ejemplo magistral de la manera en que Foucault nutre y fecunda hoy en día el pensamiento intelectual y el compromiso político.”
Jean Allouch razona que “la santidad de Foucault que indica Halperin nombrando a Foucault fucking saint no es la del fiel devoto que se prosterna delante de una estatua, deseando tocarla, incluso besarla, haciéndola mediadora de plegarias dirigidas a un gran Otro supuesto hacedor de la lluvia y del buen tiempo. La relación de Halperin con Foucault no es de devoción. Si a pesar de todo se convoca a la religión, no podría ser más que en la dimensión de la herejía, comenzando por esa herejía frente-a-sí-mismo que Foucault llama pensar, pensar ‘contra sí mismo’. ¿Cómo frecuentar a alguien que piensa contra él mismo? Precisamente lo que nos indica Halperin es que eso no es posible, pero que tampoco está excluido”.
Por su parte, Éric Fassin señala que “el Saint Foucault de David Halperin se entiende por lo tanto menos como el punto de llegada de una canonización que como reacción al martirio del filósofo”.
Foucault se llamaba a sí mismo “archivista”. En un libro luminoso, Deleuze lo reconocía como tal y también como cartógrafo. Veinte años después, ya es (con justicia) el filósofo, el mártir, el santo o el padre de todos nosotros. Y su palabra corre, despavorida, abriendo caminos, siempre adelante de sus exégetas.

San Foucault

Por David Halperin

La emergencia de la política queer tuvo un impacto profundo sobre numerosos militantes homosexuales. Si en los años setenta, durante la época del movimiento por los derechos civiles gays, éstos decían que eran absolutamente similares a los heterosexuales salvo en la cama, al comienzo de los años noventa, en el momento queer, decían que eran totalmente diferentes de los héteros, salvo en la cama.
Esta nueva resistencia a la normalización que definía el movimiento queer me ayudó a comprender por qué Foucault era tan importante para la política radical. En efecto, Foucault mismo se alineó, toda su vida, del lado de los parias. La política gay y lesbiana, en el apogeo de su momento queer, había dejado de aferrarse a la especificidad del deseo homosexual y se había anclado a una relación con todo lo que tenían en común aquellos que la sociedad mayoritaria consideraba como ?anormales?, es decir como queers (en el sentido norteamericano del término, queer quiere decir a la vez enfermo, raro, anormal, marica o puta): las minorías raciales y étnicas, los disidentes sexuales, las madres solteras, las familias no tradicionales, los seropositivos y los enfermos de sida, los prisioneros, los toxicómanos, los indocumentados. El tropismo de Foucault, me parecía, había anticipado ese momento queer: toda su vida había sido atraído por lo que llamaba ?la vida de los hombres infames?. Foucault mismo era queer aún antes de que la palabra tomara ese significado, tanto por la simpatía que había experimentado hacia los locos, los enfermos, los delincuentes y los perversos, como por su comprensión nietzscheana de la homosexualidad como vector de transmutación de los valores sociales.

Liberación o resistencia
La liberación gay parece una fórmula anticuada. Hoy en día, cuando los gays hablan de política en los Estados Unidos, es más probable que toquen temas como supervivencia y resistencia que cambio, reforma o liberación. Este desplazamiento no refleja meramente una desesperación fundamental y, como consecuencia, una disminución de las esperanzas a causa de la situación provocada por el sida y por la intensificación que le ha dado a la homofobia y a la ola reciente de progroms contra los gays (hubo un aumento del 172 % en los actos de violencia reportados contra los gays entre 1988 y 1992), que fueron incitados o aprobados por la Iglesia Católica y el Partido Republicano, entre otras instituciones. El desencanto con la liberación tampoco se reduce a la conciencia creciente de que la vida gay ha producido sus propios regímenes disciplinarios, sus propias técnicas de normalización, bajo la forma de cortes de pelo obligatorios, camisetas, dietas, equipos de cuero, body piercing y ejercicio físico (la rutina diaria en el gimnasio, por ejemplo, ¿es una liberación o un trabajo forzado?). Finalmente, pienso que el desplazamiento de un modelo de liberación refleja una comprensión más profunda de las estructuras discursivas y los sistemas de representación que determinan la producción de significaciones sexuales y manejan las percepciones individuales, a fin de mantener y reproducir los fundamentos del privilegio heterosexista.

El absoluto de la homofobia
Para decirlo de un modo más simple, gradualmente los gays de los Estados Unidos hemos comprendido que lo que debemos enfrentar para sobrevivir en esta era genocida no son sólo los agentes específicos de opresión, como la policía o los agresores de los gays, ni las prohibiciones formales, explícitas, como las leyes contra la sodomía, ni las instituciones hostiles, como la Suprema Corte, sino más bien las estrategias pregnantes y polimorfas de homofobia que modelan los discursos públicos y privados, saturan todo el campo de la representación cultural y, como el poder en la concepción de Foucault, están en todas partes. Los discursos de la homofobia, sin embargo, no pueden ser refutados por medio de argumentos racionales (aunque muchas de las proposiciones individuales que los constituyen sean fácilmente refutables); sólo es posible resistirlos. Sucede esto porque los discursoshomofóbicos no son reducibles a un conjunto de proposiciones con un contenido de verdad determinable que pueda ser analizado racionalmente. Los discursos homofóbicos funcionan más bien como piezas de estrategias más generales y sistemáticas de deslegitimación. Si hay que resistirlos, debemos hacerlo estratégicamente ?es decir, combatiendo una estrategia con otra?.
Los discursos homofóbicos no tienen un contenido proposicional estable. Están compuestos de un número potencialmente infinito de afirmaciones diferentes pero intercambiables, de tal forma que, cuando una afirmación es refutada o descalificada, otra puede sustituirla, incluso con un contenido opuesto a la primera. La historia de las disputas legales sobre si la homosexualidad constituye o no una ?característica innata? es un buen ejemplo de la naturaleza oportunista y proporcionalmente indeterminada de los discursos homofóbicos. (...) En resumen, si la homosexualidad es una característica innata, perdemos nuestros derechos civiles, y si no es una característica innata, perdemos nuestros derechos civiles. ¿Cómo argumentar racionalmente en estos términos?
Los discursos homofóbicos son incoherentes, pero esta característica, lejos de incapacitarlos, los hace más poderosos. De hecho, operan estratégicamente por medio de contradicciones lógicas, las cuales producen una serie de callejones sin salida cuya función es ?de manera incoherente pero efectiva y sistemática? perjudicar la vida de lesbianas y gays.

Problemas en el armario
Lo que Eve Kosofsky Sedgwick ha llamado de manera memorable ?La epistemología del armario? es la mejor ilustración de este fenómeno. Sedgwick ha mostrado que el closet es el lugar de una contradicción imposible: no puedes estar adentro y no puedes estar afuera. No puedes estar adentro, porque nunca estarás seguro de haber logrado mantener tu homosexualidad en secreto; después de todo, uno de los efectos de estar en el closet es que no puedes saber si las personas te tratan como straight porque los has engañado y no sospechan que eres gay, o porque te siguen el juego y gozan del privilegio epistemológico que les confiere tu ignorancia de que ellos lo saben. Pero si nunca puedes estar en el closet, tampoco puedes estar afuera, porque aquellos que alguna vez gozaron del privilegio epistemológico de saber que no sabes lo que ellos saben, se niegan a renunciar a tal privilegio e insisten en construir tu sexualidad como un secreto al que tienen un acceso especial, un secreto que se descubre ante su mirada lúcida y superior. De esta manera, ellos logran consolidar su pretensión de una inteligencia superior sobre cuestiones sexuales que es no sólo distinta del conocimiento sino también su opuesto, es decir, una forma de ignorancia, en la medida en que oculta al conocimiento la naturaleza política de su interés en preservar la epistemología del closet y en mantener la construcción epistemológica de la heterosexualidad como un hecho obvio que puede ser conocido universalmente sin ostentaciones, y una forma de vida personal que puede ser protegida como algo privado sin constituir una verdad secreta.
El closet es el lugar de una contradicción imposible, no obstante, porque cuando sales, es al mismo tiempo demasiado pronto y demasiado tarde. Puedes pensar que es demasiado pronto por la frecuencia con que la afirmación de tu homosexualidad es recibida con un gesto de impaciencia, que puede tomar una forma agresiva ??¿Por qué tienes que refregarnos esto en la cara??? o, en círculos más refinados, la forma sublimemente urbana del aburrimiento y la indiferencia fingidos: ?¿Por qué pensaste que podría interesarnos un hecho tan insignificante y trivial?? (por supuesto, se los dijiste no porque pensaras que podría interesarles, aunque de hecho estén interesados, sino porque no querías que ellos pensaran que eras straight). Sin embargo, cuando sales del closet, ya es también demasiado tarde, porque si hubieras sido honesto, habrías salido antes.

Escupan sobre Hegel
El binarismo heterosexual/ homosexual es una producción homofóbica, así como el binarismo hombre/ mujer es una producción sexista. En ambos casos hay dos términos, el primero de los cuales no está marcado y no es problematizado ?designa ?la categoría a la cual se supone que todo el mundo pertenece? (a menos que alguien sea marcado específicamente como diferente)?, mientras que el segundo está marcado y es problematizado: designa una categoría de personas que se diferencian en algo de las personas normales, no marcadas. El término marcado (o queer) funciona no como un medio para denominar una clase de personas real o determinada sino para delimitar y definir, por negación y oposición, el término no marcado. El término ?homosexualidad? no describe una cosa singular y estable, sino que funciona como un espacio sin contenido determinado que puede ser llenado con un conjunto de predicados lógicamente contradictorios y mutuamente incompatibles, cuya conjunción imposible no se refiere tanto a un fenómeno paradójico del mundo como a los límites que marca el término opuesto, ?heterosexualidad?, porque homosexualidad y heterosexualidad no representan un par verdadero, dos contrarios con mutuas referencias, sino una oposición jerárquica en la que la heterosexualidad se define implícitamente constituyéndose como la negación de la homosexualidad. La heterosexualidad se define a sí misma sin problematizarse, se eleva como un término no marcado y privilegiado, denigrando y problematizando la homosexualidad. La homosexualidad, entonces, le da a la heterosexualidad su realidad sustancial y le permite adquirir su status por incomparecencia, como una falta de diferencia o una ausencia de anormalidad. A pesar de que el término no marcado proclama algún tipo de precedencia o prioridad sobre el término marcado, la misma lógica del suplemento exige que aquél dependa de éste: el término no marcado necesita del marcado para engendrarse a sí mismo como tal.
En ese sentido, el término marcado resulta ser estructural y lógicamente anterior al no marcado. En el caso de la heterosexualidad y la homosexualidad, la prioridad del término marcado sobre el no marcado es no sólo estructural o lógica sino también histórica: la invención del término y del concepto de homosexualidad precedió por algunos años al de heterosexualidad ?que fue originariamente el nombre de una perversión (lo que ahora llamamos bisexualidad)? y sólo de forma gradual fue ocupando su lugar familiar como el polo opuesto de la homosexualidad. ?Homosexual?, como ?mujer?, no es un nombre que se refiera a una ?especie natural?: es una construcción, homofóbica y discursiva, que pasa a ser desconocida como un objeto bajo un régimen epistemológico conocido como realismo. Esto no quiere decir que la homosexualidad sea irreal. Por el contrario, las construcciones son muy reales. Las personas viven por ellas, después de todo, y hoy en día, cada vez más, mueren por ellas. No se puede pedir nada más real que eso. Pero si la homosexualidad es una realidad, ésta es construida, una realidad social y no natural. El mundo social contiene muchas realidades que no existen por naturaleza.
El ?homosexual?, entonces, no es el nombre de una clase natural sino una proyección, un núcleo de descarga pública conceptual y semiótica para todo tipo de nociones mutuamente incompatibles y lógicamente contradictorias. Estas nociones contradictorias no sólo sirven para definir al opuesto binario de la homosexualidad por (y como una) incomparecencia, también ponen en juego una serie de callejones sin salida que son opresivos únicamente para aquellos que caen dentro de la descripción de ?homosexual? y cuyas operaciones son sostenidas por prácticas discursivas e institucionales profundamente enraizadas en la sociedad. Como construcción del discurso homofóbico, ?el homosexual? es en efecto una criatura contradictoria e imposible. Pues es al mismo tiempo: 1) un inadaptado social, 2) un monstruo raro antinatural, 3) un ser que representa un fracaso de la moral y 4) un perverso sexual. Es imposible que una persona, bajo un sistema ético post-kantiano al menos, sea todas estas cosas al mismo tiempo ?por ejemplo, que sea a la vez enfermo y culpable de su enfermedad?. Igual, no importa demasiado: tales atributos pueden ser mutuamente incompatibles en términos lógicos, pero se vuelven compatibles en la práctica, es decir, en términos políticos. No sólo no se cancelan mutuamente en la práctica, sino que se refuerzan unos a otros y trabajan juntos para producir siempre el mismo efecto: a saber, la denigración del ?homosexual?.

viernes, 5 de marzo de 2004

Otro tema

Uno de los estudiantes de carolin, un negro de alabama, muy muy tímido, contó en clase que un día estaba en la sala de computadoras de Yale, sólo para estudiantes, con otros estudiantes negros y un blanco los denunció. Vino la policía, los sacó, nadie les creyó que eran de allá. También contó que cuando hay fiestas, los celadores de los dormitorios donde viven los estudiantes dejan entrar a medianoche a los blancos, pero no a los negros. Es muy raro. Si uno tiene las costumbres civilizadas de la pampa, donde uno le mira a los ojos a la gente, los negros se sorprenden porque los blancos no los miran y viceversa. y una amiga de Carolin adoptó una chiquita de Paraguay, de ojos verdes y tez canela, claro, de padre alemán y madre guaraní, y en el colegio en Nueva York la tratan como si fuera negra, porque no habla castellano y por ende no es latina, con lo cual la niña adoptó esa identidad y los gestos de sus amigos negros.