Que osado. O sea que su Kohan sospecha (¡má qué sospecha!: cree fehacientemente) que su yo es la causa plena de su texto. Ingenuidades excusables en cualquiera, y mucho más en él. Pero no, Kohan. No. Nadie es tan culpable.
Las solapas como las dedicatorias son un género literario. Claro: no tienen la espectacularidad de los textos publicitarios ni la irritante crispación de los yingles, pero se acercan a lo clandestino de los anónimos. Por su redacción son monopolio exclusivo y oblicuo de los autores de los libros, aunque habría dos variantes: cuando la redacción es de algún amigo al que se la solicita y la firma o en los casos en que interviene un redactor de la editorial. Pese a eso, el autor siempre verifica qué dicen de él y propone cambios, retoca las pruebas, introduce un adjetivo sagaz, suprime algún adverbio o traslada el movimiento del texto al presente inmediato para hacerlo más cálido sin dejar de sentirse histórico. En fin, que el autor del libro es el autor de la solapa. O, si se prefiere, la solapa es prolongación de la obra y donde el autor muestra indirectamente cómo quiere ser visto. La solapa, pues, es la imagen que de sí mismo propone el autor. Sin embargo, en un movimiento cargado de ambigüedades, escamotea su responsabilidad; es una coartada que implica querer ser visto de determinada forma, pero como si esa perspectiva fuese totalmente espontánea. Las intenciones que supone redactar un texto sobre uno mismo serían el producto natural de un redactor eficiente y abstracto, en este caso la editorial como estructura gigantesca y sin rasgos. O, con mayor precisión: el autor pretende hacer pasar la imagen que de sí mismo ha elaborado como visión espontánea segregada por su comunidad. Y no. De ahí que sea indispensable que el autor asuma el texto de la solapa. "El estado soy yo" decía un rey francés. Pues bien: mi solapa soy yo, mis libros, un capítulo más que me pertenece por entero. David Viñas, solapa de Las malas costumbres , Buenos Aires, Jamcana, 1963.
Y sí, el texto tendrá todas las sobredeterminaciones que quieran, cantidad que preceden a Kohan. Pero que es responsable es reponsable. Hacerse cargo es un valor. Los autores con minúscula siguen existiendo.
Muy bueno, anónimo. Lo de los autores con minúscula. Luego el tiempo pasa y no se sabe cuáles en minúscula pueden empezar a ser de mayúsculas. Fíjese el caso de Mallea. ¿Quién lo hubiera dicho? Yo, cuando escribo, soy plena y deliciosamente irresponsable.
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4 comentarios:
Que osado. O sea que su Kohan sospecha (¡má qué sospecha!: cree fehacientemente) que su yo es la causa plena de su texto. Ingenuidades excusables en cualquiera, y mucho más en él. Pero no, Kohan. No. Nadie es tan culpable.
Las solapas como las dedicatorias son un género literario. Claro: no tienen la espectacularidad de los textos publicitarios ni la irritante crispación de los yingles, pero se acercan a lo clandestino de los anónimos. Por su redacción son monopolio exclusivo y oblicuo de los autores de los libros, aunque habría dos variantes: cuando la redacción es de algún amigo al que se la solicita y la firma o en los casos en que interviene un redactor de la editorial. Pese a eso, el autor siempre verifica qué dicen de él y propone cambios, retoca las pruebas, introduce un adjetivo sagaz, suprime algún adverbio o traslada el movimiento del texto al presente inmediato para hacerlo más cálido sin dejar de sentirse histórico. En fin, que el autor del libro es el autor de la solapa. O, si se prefiere, la solapa es prolongación de la obra y donde el autor muestra indirectamente cómo quiere ser visto. La solapa, pues, es la imagen que de sí mismo propone el autor. Sin embargo, en un movimiento cargado de ambigüedades, escamotea su responsabilidad; es una coartada que implica querer ser visto de determinada forma, pero como si esa perspectiva fuese totalmente espontánea. Las intenciones que supone redactar un texto sobre uno mismo serían el producto natural de un redactor eficiente y abstracto, en este caso la editorial como estructura gigantesca y sin rasgos. O, con mayor precisión: el autor pretende hacer pasar la imagen que de sí mismo ha elaborado como visión espontánea segregada por su comunidad. Y no.
De ahí que sea indispensable que el autor asuma el texto de la solapa. "El estado soy yo" decía un rey francés. Pues bien: mi solapa soy yo, mis libros, un capítulo más que me pertenece por entero.
David Viñas, solapa de Las malas costumbres , Buenos Aires, Jamcana, 1963.
Y sí, el texto tendrá todas las sobredeterminaciones que quieran, cantidad que preceden a Kohan. Pero que es responsable es reponsable. Hacerse cargo es un valor. Los autores con minúscula siguen existiendo.
Muy bueno, anónimo. Lo de los autores con minúscula. Luego el tiempo pasa y no se sabe cuáles en minúscula pueden empezar a ser de mayúsculas. Fíjese el caso de Mallea. ¿Quién lo hubiera dicho?
Yo, cuando escribo, soy plena y deliciosamente irresponsable.
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