domingo, 20 de noviembre de 2016

Ana no duerme


por Daniel Link para Ñ

Ana Amado (1946-2016) se refería a mí como “mi amigo gorila”. Yo me refería a ella como la presidente de la rama femenina del “Peronismo Paquete”. Para nosotros no existía la grieta porque el amor que nos teníamos superaba nuestras diferencias políticas (que no eran tantas, después de todo, porque odiábamos con la misma intensidad las doctrinas y las estéticas que avalan las desigualdades y el statu quo).
Una vez estábamos almorzando en Santo Antonio de Lisboa, una de las playas más hermosas del mundo, cuando nos enteramos del accidente de carótica del Sr. Néstor Kirchner. Entre otras cosas, dije: “Ahora a Cristina no hay quien la pare”. Como ella simpatizaba más con el marido que con ella, le pareció que mi comentario era, más allá de destituyente, una premonición que no convenía pronunciar en alta voz. El tiempo me dio la razón y la posibilidad de hacerle chistes a Ana sobre su sordera política de entonces.
Yo había conocido a Ana cuando estaba haciendo mis cursos para el Doctorado (que nunca pude terminar, tal vez porque no la tuve a ella como tutora). No sé muy bien por qué, pero me indicaron que debía hacer un curso de “Lectura de películas”, y la suerte quiso que lo único parecido fuera, en ese momento, la materia “Análisis de Películas y Crítica Cinematográfica” de la que Claudio España era su titular y de la que Ana era su adjunta.
No sé qué decía por entonces España (creo que sus clases abundaban en anécdotas y otros desperdicios), pero recuerdo la profunda impresión que me causó Ana: una mujer hermosa, bien vestida, impecablemente peinada y que sabía todo sobre cine y sobre los métodos analíticos más contemporáneos. Como yo trabajaba por entonces en una cátedra parecida, Teoría y análisis literario, estaba siempre pendiente de las patinadas que cualquier colega pudiera cometer. Ana no cometió ninguna, ni entonces, ni en los veinticinco años posteriores, durante los cuales fuimos cada vez más amigos.
El estilo hablado de Ana, que puede todavía apreciarse en algún video de Internet, era entrecortado porque cuando uno le hacía una pregunta ella realmente escuchaba y trataba de pensar la mejor respuesta (no para ella, sino para su interlocutor). Además, había nacido en Santiago del Estero, lo que le daba un peculiar matiz y una entonación deliciosa al castellano que hablaba (y que a mis oídos la colocaban en un altísimo sitial afectivo porque las lenguas y los cuerpos intervenidos por el terruño que aquí llamamos “el interior” me son siempre mucho más queribles).
Ana fue luego la titular de esa materia española y llegó a ocupar el estrambótico cargo de directora de la carrera de Artes. Fue además fundadora del actual Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género y participó de la creación y desarrollo de la revista Mora hasta el presente.
El interés de Ana por el cine, del cual fue siempre la más fina analista que yo haya conocido, no era sólo académico porque para ella las imágenes tenían una potencia ética a la que no sólo no debía renunciarse, sino que había que perseguir hasta sus últimas consecuencias.
En México, donde vivió su exilio durante la Dictadura (antes había vivido en Caracas, durante dos años), realizó el documental Montoneros, crónica de una guerra de liberación (1976, 117 min, blanco y negro) junto con Nicolás Casullo (lo firmaron como Cristina Benítez y Hernán Castillo, por si acaso). Es una de las pocas muestras de cine hecho en el exilio, junto con Las vacas sagradas de Jorge Giannoni (1977), cuyo original está en Cuba, Esta voz entre muchas de Humberto Ríos (1978), Resistir (1978) de Jorge Cedrón (aka Julián Calinki) y Las tres A son las tres armas, firmada por Cine de la Base (1979).
Sé que Ana ya no está con nosotros y por ahora soy incapaz de comprender un mundo sin ella, sin la cadencia de su voz, sin su disparatada manera de pararse frente al mundo, sin su agudeza y su sentido del humor. Nunca la escuché quejarse y la he visto realizar esfuerzos sobrehumanos, ya enferma, para asistir a una conferencia donde ella creía que iba a poder aprender algo.
Por fortuna nos quedan sus libros. Junto con Susana Checa hizo Participación sindical femenina en el Sindicato Gráfico (1999), con Nora Domínguez, Lazos de Familia. Herencias, cuerpos, ficciones, con Norma Valle y Bertha Hiriart hizo Espacio para la igualdad. El ABC de un periodismo no sexista, títulos en los que volcó algunas de sus preocupaciones militantes.
Pero es en la lectura del cine donde mejor brilla, donde mejor lucen sus interrogaciones éticas, donde más se siente su calidez, su agudeza, sus inclaudicables (y para nada ingenuas) posiciones históricas: Imagens afetivas no cinema latino-americano (2002) y La imagen justa. Cine argentino y política (2009), donde el título robado a Godard le sirve para sostener una idea de justicia al mismo tiempo que la precisión formal. Uno de sus lectores (Patricio Fontana) señaló que “A menudo se tiene la sospecha de que el cine argentino tiene mejores críticos de los que se merece” y concluyó subrayando que “Este libro de Ana Amado le aporta argumentos contundentes a esa intuición”.
Sí, Ana ponía su talento muchas veces al servicio de un material que no estaba a su altura y que ella, generosamente, mejoraba con su mirada y su atención al detalle. Era una de esas personas que, como dijo Didi-Huberman, a quien ella citaba, “buscan experimentar lo que no ven, lo que ya no veremos, o más bien experimentan lo que con toda evidencia no vemos (la evidencia visible)”.
El cine era para Ana la patria de los gestos (y, por eso mismo, hizo pasar toda la política por el cine) pero también una memoria espectral, un trabajo de duelo magnificado.
A las memorias luctuosas del cine se suma hoy la muerte de quien fue su mejor analista, y la más encantadora. En estos días de luto, estoy seguro, Ana juega con hadas y tal vez mañana despierte sobre el mar.


1 comentario:

federico carugo dijo...

¡Hermosa elegía! Gracias por compartirla