por Daniel Link para Perfil
En su Tractatus Logico-Philosophicus, uno de los libros más aclamados (y al mismo tiempo más misteriosos) de la filosofía del siglo XX, Ludwig Wittgenstein escribe dos veces: “Wovon man nicht sprechen kann darüber muss man schweigen”, lo que significa: de aquello que no se puede hablar, mejor es callarse.
En la perspectiva de Wittgenstein hay una dimensión de la experiencia para la cual el lenguaje no alcanza o falla. Los temas éticos, estéticos, religiosos no se pueden describir con proposiciones lógicas. Intentar explicarlos con palabras produce discursos vacíos o "sin sentido".
Guardar silencio ante estas dimensiones no significa ignorarlas, sino reconocer su carácter trascendental respecto de los juegos de lenguaje, cuya fragilidad se manifiesta hoy en la crisis del discurso político, mediático y ético en relación con el conflicto bélico entre Israel y Palestina.
Leo un texto (falsamente atribuido a Woody Allen), en el que se trivializa en niveles alarmantes los efectos devastadores de ese conflicto, tal y como el sentido común los presenta.
El texto comienza diciendo “Ayer salí a comprar salmón. Por cierto, es la única tradición judía estable que ha sobrevivido a Babilonia, Roma y a mis relaciones con mujeres”. Luego se escandaliza por manifestaciones propalestinas con las que se cruza y establece de inmediato un nosotros y un ellos (“están listos para una revolución sin haberse tomado ni un café decente”). El “ellos” incluye a los estudiantes y graduados universitarios, personas con “biblioteca” que irresponsablemente hace coincidir con usuarios de Tik Tok. Son, mayormente, personas que censuran o interrogan la política del estado de Israel para con los palestinos, caracterizando esa acción como “masacre” (74.000 muertos y más de 175.000 heridos hasta mayo de 2026). Del otro lado, un “nosotros” que incluye a la tía Frieda como emblema de la “colonización”, “una chica judía” a la que “le tiran del pelo” y a “un chico con pelotillas” al que ciegan con luces estroboscópicas.
Lo peor de todo es la identificación maníaca entre el pueblo judío y el Estado de Israel (lo contrario sería “como si mi ex-mujer hubiera dicho: «No tengo nada contra ti. Solo estoy contra todo lo que dices, haces, sientes, y especialmente contra acostarme contigo». El significado es el mismo”). El único momento de verdad, probablemente involuntario, es cuando escribe “Escuchen, yo crecí entre judíos. Nosotros no deconstruimos relatos. Nosotros creamos relatos”.
Es justamente la proliferación de relatos triviales (el falso texto, que por eso mismo es un poco antisemita, termina diciendo “primero me comeré mi salmón. Preferiría no morir con el estómago vacío"), la saturación de palabras irresponsables, el flujo interminable de narrativas, debates geopolíticos, propaganda y análisis de circunstancias lo que obtura la posibilidad de sostener un pensamiento sobre el trauma profundo al que se ven sometidos pueblos enteros (de nuevo: 74.000 muertos y más de 175.000 heridos hasta mayo de 2026), a lo que se opone el sufrimiento psicológico de una niña que se siente segregada. La sola idea de convertir la franja de Gaza en un polo turístico es éticamente tan aberrante que es difícil encontrar palabras para discutirla.
Convendría, pues, llamarse a silencio. Es decir, ejercer el callarse ante la proliferación de banalidades que se lanzan como piedrecillas contra las vías de un tren. Lo que está pasando es demasiado grave para agotarlo en charlas superficiales, eslóganes y compras de salmón. Lo primero es reconocer los límites del propio discurso y, luego, los de todo discurso que sostenga la guerra como necesidad.
Judith Butler ha identificado un tipo de violencia lingüística donde los "marcos de guerra" secuestran el significado de la humanidad. Cuando el lenguaje político y mediático se reduce a un juego donde unas vidas valen y otras no, las palabras dejan de representar la verdad ética del sufrimiento. Para Butler, romper esos marcos y aprender a ver y nombrar la vulnerabilidad de todos los cuerpos (tanto israelíes como palestinos) es el único camino hacia una justicia real. Cuando las palabras y los juegos de lenguaje solo sirven para justificar la destrucción del otro, el marco dominante de guerra debe desmontarse y silenciarse.
Por supuesto, el pseudo Woody Allen (que es una excrecencia de sentido común) diría que esas son cosas de universitarios (Wittgenstein fue, además, maestro de primaria) que pueden darse el lujo (el comportamiento suntuario) de “discutir los matices” de un acontecimiento histórico excepcional.
Para el texto, “complicado es explicar a una madre judía por qué su hijo de cuarenta años aún no está casado”. Qué se yo, señora: será puto. No importa tanto.

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