Bien o mal, el migrante se acostumbra a vivir según las reglas de la sociedad que lo acoge. Racionaliza, e incluso aprende cosas. De extrañar las chucherías típicas de su tierra hará una simpática cruzada solidaria: dónde se consigue yerba, qué pasa que no llega la carne argentina, quién me traerá dulce de leche, los ñoquis del 29.
Pero siempre habrá algo que lo subleve y lo obligue a poner en cuestión nociones como centro y periferia, y a censurar a voz en cuello la tan cacareada modernidad de las sociedades europeas.
20 de octubre
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Por algún motivo, durante el fin de semana estuve dando vueltas por la
poesía de Mario Luzi. Me quedó detenido bastante en un poema,
“Parca-Villagio”, P...
Hace 1 día.

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