sábado, 5 de abril de 2014

El saber que viene

Por Daniel Link*

No vengo aquí con ánimo de presentar ni a Eduardo Grüner, a quien todos conocemos, ni a este libro precioso, Un género culpable, que vuelve, como el Quijote de Ménard, para decir lo mismo y otra cosa, veinte años después de su primera edición y todavía más, si consideramos las fechas originales de publicación de algunos textos en las revistas donde
Eduardo tuvo a bien hacer estallar sus intempestivas consideraciones, la más famosa de ellas: la revista Sitio, cuya importancia decisiva para las personas de mi generación no ha sido suficientemente subrayada.“Sitio” es un lugar, pero también una situación intolerable, si pensamos en el “Estado de sitio” o en el “Estado de excepción” del que nos despertamos en 1983 de la mano de una revista que nos enseñó a leer, pero sobre todo a escribir y a intervenir (porque la lectura y la escritura no eran por entonces sino formas de intervención en un campo devastado por la noche negra del desastre). 
Vengo, pues, con ánimo de de festejar la reaparición de este libro (ahora aumentado con algunas apostillas) que podemos entender como la hoja de ruta que siguió el autor de El fin de las pequeñas historias (2002) La cosa política o el acecho de lo real (2005), Las formas de la espada. Miserias de la teoría polítitca de la violencia (2007), La Oscuridad y las Luces (2011), entre otros títulos imprescindibles que Eduardo tuvo la generosidad de escribir para nosotros.
Una hoja de ruta o un mapa de intereses (“Entredichos”, “Preferencias” e “Intromisiones”, él los llama) que también podría entenderse como un diario de preocupaciones de un intelectual heterodoxo, el caldero en el que se fueron cocinando las frases que luego encontraron espacio en argumentaciones más largas, en meditaciones más focalizadas en tal o cual problema de la historia, la teoría o las artes (convengamos en que el apetito al que Eduardo nos convida es rabelesiano). Un género culpable es la cocina e incluso la despensa donde se guardan los ingredientes y también las recetas para cualquier banquete. Y no habrá banquete que se pueda preciarse de tal sin las cosas que Eduardo incluye en Un género culpable.
Me refiero a frases, a párrafos, a páginas que yo ya he subrayado varias veces, desde la primera vez que las leí en Sitio o en Conjetural o en El cielo por asalto hasta ahora.
Algo diré de esas frases y sobre el modo en que Eduardo las consigna a un género de pensamiento, el ensayo.
Decir que hay pensamiento en Un género culpable es decir que existen en su obra proposiciones. Pero nada existe si no tiene propiedades. Y nada tiene propiedades si éstas no son, parcialmente al menos, independientes del medio. Hay que establecer que existen en Un género culpable proposiciones suficientemente sólidas como para ser extraídas de su propio campo, para soportar cambios de posición y modificaciones del espacio discursivo. No es necesario, en este punto, ser exhaustivos: basta con que algunas propiedades de ese tipo sean reconocidas para algunas proposiciones.
Lo primero que quisiera señalar es el progresivo enrarecimiento del lenguaje que a muchos lectores exaspera (pero que a mí me encanta), por la vía del entrecomillado o de la cursiva: esas palabras así marcadas, respecto de las cuales “el autor” (yo mismo entrecomillo) se distancia, son como palabras desasignadas de cualquier subjetividad, que aparecen en los textos como si se tratara de un polvillo inevitable o, incluso, de un déficit del mismo lenguaje para hacer pasar a través de si los pliegues infinitos de un pensamiento complejo.
Wittgenstein, a quien Eduardo cita, consideró, cuando era un joven jactancioso y dominado por el ennui propio de la catástrofe, que era mejor no hablar de aquello para lo cual nos faltan las palabras. Eduardo insiste, sin embargo y hostiga al lenguaje para que diga lo que no quiere decir (es decir: su incapacidad para coincidir consigo mismo, el hecho capital de que falta en su propio lugar) y por eso leemos: “el improbable lector no podrá observar ninguna clase de «progreso»: a lo sumo, quizá, alguna «regresión», y muchas, igualmente inevitables, repeticiones”, donde “progreso” y “regresión” están entrecomilladas.
El lector perezoso terminará odiando esas marcas, que son como señales de atención sobre lo que no hay tiempo de explicar pero que debe ser pensado: ¿qué son el progreso y la regresión en el contexto de una explicación de la lógica del pensamiento, sino una ilusión decimonónica de saber positivo y acumulativo? A partir de esas comillas y cursivas (imagino una monografía maníaca que se dedicara a examinar todas y cada una de esas marcas en los textos de Grüner) queda claro que Eduardo piensa fuera o por encima de los lugares comunes del discurso, pero como los lugares comunes del discurso son, por así decirlo, inevitables (la lengua es fascista), conviene señalar la circunstancia con un gesto de escritura que invalida para siempre toda ilusión de transparencia lingüística o de tersura discursiva. Más que polvillo, entonces, esas palabras caídas de un cielo tormentoso son piedras en el medio del camino del pensamiento que el lector atento debería o bien patear al costado o guardar en el bolsillo si es que quiere, alguna vez, volver a casa.
Señales de un combate que, conviene subrayarlo, Eduardo siempre gana.

El texto completo, acá.

1 comentario:

Juan Pablo Castro dijo...

Hoy somos muchos los que aprendemos a pensar e intervenir en este blog. Gracias. Te queremos.