miércoles, 12 de octubre de 2005

Fantasmagorías

Por Daniel Link Gracias al boom de los años sesenta, la literatura mexicana pudo proponer para el canon continental sus grandes figuras (Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes) y promover nuevas sensibilidades, como la literatura de la "onda", una "corriente" que, aunque hoy no es reconocida como tal por quienes fueron sus principales exponentes, fue así denominada por la crítica Margo Glantz (Onda y escritura en México: jóvenes de 20 a 33, compilación y prólogo de Margo Glanz, 1971) al hablar de José Agustín, Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña (1944-1982) y Juan Tovar, quienes durante aquellos años comenzaron a publicar ficciones organizadas alrededor de jóvenes de clase media cuya actitud iconoclasta, a la vez que se alimentaba de la cultura de masas, la enriquecía a través de una poética compleja y vagamente contestataria. Quince años después de la publicación de Pedro Páramo, Sex, drugs & rock'roll habían llegado a la literatura mexicana.
La literatura de los "onderos", que no fue recibida sin beligerancia por la crítica de la época, bien pronto encontró sus propios límites: en 1968, las manifestaciones estudiantiles en Tlatelolco iban a terminar en una matanza que haría de las juventudes urbanas un sujeto muy de otro tipo (Elena Poniatowska publicó en 1971 La noche de Tlatelolco, un non-fiction estremecedor y celebérrimo). Los cultores de la onda (y la literatura mexicana en su conjunto) entraban en los años setenta con un baño de sangre juvenil.
A diferencia de lo que sucede con el imaginario agrario-pampeano que constituye a los argentinos, siempre habrá "dos Méxicos": el espectral legado de las culturas precolombinas y la hipermodernidad de la cual el DF es su ejemplo más impresionante. La tensión entre esos dos imaginarios mexicanos aparecerá de diverso modo en la producción literaria de las últimas promociones. El propio Sainz llevó esa tensión al máximo con Fantasmas aztecas. Un pre-texto (1982), una "novela" experimental de cuyos nueve capítulos ocho se presentan como meras variantes del primero (el conjunto está organizado alrededor del descubrimiento accidental en el centro de México DF del Templo Mayor de los aztecas). Abandonando, por su parte, toda experimentación formal y toda referencia al imaginario precolombino, José Agustín ha hecho en novelas como Ciudades desiertas (1982) una investigación sobre la relación entre la cultura mexicana, la cultura norteamericana y, naturalmente, el Go-Between que corresponde a esa complicada frontera.
Igualmente ajenos a todo tradicionalismo y al tipo de persecución de lo moderno característico de los onderos, a mediados de la década del noventa un grupo de cinco escritores lanzó un manifiesto que pretendía recomenzar la literatura mexicana: el crack -por supuesto, no es que después de "la Onda" no haya sucedido nada en la literatura mexicana (y para demostrarlo está la celebrada obra de Sergio Pitol), pero la tiranía del género nos obliga a groseras simplificaciones.
Durante el verano de 1996, una pequeña revista publicó el "Manifiesto crack" (más pomposo que conceptual) firmado por Ignacio Padilla (Si volviesen sus majestades, 1996; Amphitryon, 2000, Premio Alfonso Reyes 1989, Premio Primavera 2000), Jorge Volpi (El temperamento melancólico, 1996; La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968, 1998), Eloy Urroz, Vicente Herrasti y Ricardo Chávez Castañeda (Para una evolución de la víctima negra en el cine, 1994; Las montañas azules, 1998). Puestos bajo la advocación de Ítalo Calvino y Umberto Eco, estos jóvenes para los cuales la única patria es la ficción salieron a rechazar toda forma de pintoresquismo (precolombino, hispánico, rural, urbano, juvenilista, etc?) e hicieron de ese rechazo la única garantía para la recuperación del gran impulso del boom latinoamericano y, al mismo tiempo, para evitar las trampas de sus socorridas temáticas. Era el nacimiento de la "literatura internacional" mexicana, que se graduaría en 1999, cuando Jorge Volpi ganó con En busca de Klingsor (¡Klingsor, un personaje de Parsifal!) el mismo Premio Biblioteca Breve Seix Barral que décadas atrás había consagrado sistemáticamente a los grandes patrones del boom latinoamericano.
El gran nombre de la literatura mexicana contemporánea, sin embargo, es un solitario que carece de contextos generacionales y estrategias grupales. Mario Bellatín nació en 1960 y tuvo una formación completamente excéntrica. Suele presentarse diciendo: "Soy Mario Bellatin y odio narrar". Hoy es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México y director de la Escuela Dinámica de Escritores. Su obra, extrañísima y cautivante, está compuesta por una serie de textos de difícil catálogo. Entre ellos: Canon perpetuo (1999), Salón de belleza (2000), El jardín de la señora Murakami (2000), Shiki Nagaoka: una nariz de ficción (2001), Flores (2001, Premio Xavier Villaurrutia 2002), La escuela del dolor humano (2002), Perros heroes. Tratado sobre el futuro de America Latina visto a traves de un hombre inmóvil y sus treinta Pastor Belga Malinois (2003) y Lecciones para una liebre muerta (2005).
Pareciera que, más allá del boom, los onderos, el crack, Bellatín es el único que puede postular una literatura enteramente nueva, en la cual sería difícil decidir si lo más importante es la potencia de las imágenes que convoca o la perfección de su prosa completamente ascética (a Bellatín le repugna lo "literario" en la literatura).

Después de Bellatín, hay todavía una camada de nuevos escritores mexicanos, la mayoría de los cuales (fieles al espíritu de nuestros tiempos) intervienen en Internet a través de sus blogs: Tryno Maldonado (Zacatecas, 1977) escribe en
http://atari2600.blogspot.com. Epigmenio León Martínez es más conocido como Nicoménicus, su seudónimo en internet bajo el cual publica un diario empapado de alcohol y resentimientos amorosos (http://nicomenicus.blogspot.com/). Heriberto Yépez nació y vive en Tijuana. Ha publicado, entre otros libros, A.B.U.R.T.O (2005). En la actualidad trabaja en novelas cortas de tipo experimental, algunas de cuales pueden leerse fragmentariamente en http://hyepez.blogspot.com/. Siguiendo la senda de vínculos trazados por ellos tres es seguro que el lector llegue a un panorama de la actual literatura mexicana infinitamente más rico del que he intentado en estas líneas.

sábado, 8 de octubre de 2005

Libros recibidos

Copio apresuradamente de un libro que me regaló un amigo querido (Oscar Wilde. El Padre y el Acólito. Madrid, 1933, "Vertido libremente al castellano" por Estanislao Quiroga y de Abarca, autor además de la "Oración al Arcangel de Reading" incluida en el mismo volumen):

"He aprendido en Horacio que la vida es Amor mientras es vida.

He aprendido en la Vida que la paloma es gracia de blancura.

He aprendido en la Gracia y en la Armonía y en el Blancor que a Aquel Hombre podían nacerle palomas blancas en la blanca mano.

Oscar Wilde. Cisne gentil y luminoso sobre el óvalo negro. Siglo XIX. Genio del mundo.

Siglo XIX. Oscar Wilde. Hombre que encuentra un sentido de altura sobre la altura, de Belleza sobre Cristo y el Arte.

Oscar Wilde. Luz de pábilo que alumbra el cielo de las almas locas. Goce de goces del Señor.

Oscar Wilde. Ritmo patético del espíritu. Candor entrañable.

Oscar Wilde. Catecismo de amores. Oscar Wilde. Y Francisco de Asís.

OSCAR WILDE.

***

Para lo mental, primitivo, en estas civilizaciones, Oscar Wilde es un sodomita que escribe. Para mí El Genio. Para otros, un escritor nacido en Palestina.

Sólo pienso que pueda fecundarse la vida de los cuerpos con el hálito que es la vida en las almas, cuando alma y cuerpo se conjuntan en Algo más que en lo sensible.
En Oscar Wilde no hay conjunción. Además de que yo niego toda inversión en Oscar Wilde.
Acepto, sí, y reclamo para Él, como una gloria, la gracia afeminada del lirio. El don unigénito de las suavidades celestes, de lo dócil y lo apacible: la celeste aurora del Amor.

(...)

miércoles, 5 de octubre de 2005

Diario de rodaje



El sueño de los héroes. Un diario de rodaje

Por Daniel Link
Fotografías de Sebastián Freire


Un joven muy producido (y los rasgos físicos de una provincia argentina) se me acerca en la puerta del Bar Oviedo, sobre Pueyrredón (a metros de Santa Fe), y me pregunta (porque piensa que algo tengo que ver con el rodaje de Ronda nocturna, con mi anotador en la mano y mi aire seguramente reconcentrado sobre el papel): "¿Qué están haciendo?". "Una película", contesto. "¿Para qué canal?". "No es para TV, es para el cine". "¿Quién la dirige?". "Edgardo Cozarinsky". Mira un poco la preparación de la escena y sigue: "¿Eso qué es? ¿La cámara?". "No, el micrófono". "¿Cuál es el protagonista?". Le miento, porque no quiero comprometer al actor, diciéndole que no está presente. El joven se retira, mariposea alrededor del grupo, se entera aproximadamente de cómo será la escena que va a rodarse. Al rato vuelve, ofuscadísimo, y me dice, como si fuera un indicio de la decadencia del mundo y de las artes: "¿Sabés qué pasa? A ese pibe le falta calle. Para esto (sin que se sepa bien qué es esto, aunque supongo que se refiere a la profesión de taxi-boy, que él debe de ejercer y no al arte cinematográfico) hace falta calle".
La escena sucedió a finales de mayo de 2004, durante la segunda semana de rodaje de Ronda nocturna, la película con la que Edgardo Cozarinsky volvió a Buenos Aires y que se estrenó un año después en Buenos Aires, y al que tuve el privilegio de poder asistir como testigo mudo.

***
Casi toda Ronda nocturna fue filmada en la calle, de noche, entre las 9 y las 6 de la mañana, durante 7 semanas. Todos esos freaks (taxi-boys, transexuales, mendigos de la noche) acompañaron el rodaje de la película con curiosidad cinéfila. Cozarinsky (consciente del narcicismo que sucita el cine) a todos los trataba con coridalidad pero al mismo tiempo con distancia. Ronda nocturna no es una película a la Pasolini que admitiera ragazzi di vita entre "los nuestros" (como llama Cozarinsky a su equipo: los freaks nuestros). Toda ella ha sido pensada, diseñada y, por lo tanto, sólo actores tienen cabida en el rodaje. (19/5, medianoche)

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En la esquina de Santa Fe y Pueyrredón, cuando la mayoría de la gente ya se ha retirado de la calle rumbo a sus casas, aparecen los otros, los cartoneros que casi nadie quiere ver y que sin embargo siempre están allí como formando parte de un paisaje al que nos hemos acostumbrado demasiado. "Si hay miseria, que no se note", se dijo siempre en Argentina. Y la mejor forma de no notarla es volver irreales a esos personajes que son el índice de lo que Argentina ya nunca volverá a ser. Una familia de cartoneros se cruza con el equipo de rodaje. Arrastran un carro de supermercado pletórico de cartones y papeles que venderán la mañana siguiente en los centros de recolección y reciclado. Se quedan observando la escena (no una de las escenas que integrarán la película, sino el espectáculo de esa banda de iluminadores, maquilladores y productores que deciden la toma). Pasa otra familia de cartoneros. Los niños de doce o trece años que integran cada una de las miserables caravanas se saludan porque seguramente se conocen. Uno le pregunta al que estaba antes en su puesto de observador: "¿De qué es la película?". Recibe como respuesta: "Si filman acá debe ser una de putos". (fines de mayo de 2004)

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Para Cozarinsky, el casting es fundamental en el cine (mucho más que la actuación, que como todo el mundo sabe, sólo sobrevive en los escenarios, pero no en los sets). De su protagonista, Gonzalo Heredia, le impresionó sobre todo la respuesta a la pregunta inocua "¿De lo que hiciste hasta ahora, de qué te sentís orgulloso?". Muy serio, Heredia le contestó que no podía sentirse orgulloso de nada que hubiera hecho porque todo lo que había hecho le parecía bastante malo. La umilitas como condición del artista y del arte.
Ninguna de las personas que integran el equipo (incluido Cozarinsky) sería capaz de sostener algún tipo de jactancia respecto de su obra. Todos ellos saben que cada cosa que hacen es una acrobacia sin red y que nada podrá salvarlos salvo un proyecto futuro, la obra que vendrá.
Hablo con un actor. Me dice: "No hice mucho hasta ahora. Yo vivía en Bariloche y me dedicaba a entrenar perros para que buscaran personas perdidas en la nieve, a educarles el olfato. Un día me quebré una pierna esquiando y se me acabó lo de los perros. Así que me vine a Buenos Aires y como en mi familia hay mucho teatro me dediqué a esto". Reviso su apellido. Le pregunto si es algo de Antonio Cunil Cabanillas, el maestro de actores cuyo nombre homenajean una sala del Complejo Teatral San Martín y la Escuela Nacional de Arte Dramático. "El nieto", me contesta. (junio de 2004)

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Va a rodarse una escena en un hotel. Ante la puerta de la suite habrá un guardaespaldas porque, se supone, dentro vive (o está de paso) un "embajador". Hablo con el actor, que también hace trabajos como personal de seguridad para restaurantes de categoría. Cada uno de sus brazos tienen el grosor de la pierna de un hombre corriente. "Es que lo mío es la persuasión", se justifica. "El teatro me ha enseñado mucho. Por ejemplo, a manejar las situaciones con sutileza". (junio de 2004)

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Buscando locaciones, Cozarinsky llegó a un club de swingers llamado Reina Loba. El nombre no pierde su misterio, pero al menos se carga de sentido cuando tocan timbre. Lo que suena no es un timbrazo sino un aullido de loba en celo. El encargado del lugar, después de escuchar el proyecto de película mira seriamente al director y le señala, admonitorio: "Para eso hace falta alguien que haya gastado muchas suelas" (mayo de 2004)

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Tiene algo extraño Buenos Aires. Si Ronda nocturna se propone hablar de la irrealidad de una ciudad (a partir de la superposición de dos registros: el registro realista y el registro fantástico), en algún sentido es porque se propone tematizar ese aire fantasmal que se ha vuelto tan característico de Buenos Aires después de la crisis de 2001. Frente a una casa que vende zapatillas en la esquina de Riobamba y Santa Fe, el equipo de filmación se cruza con otro equipo (éstos son músicos cargados de equipos de sonido y de grabación que salen de Tower Records). Es como un plano imaginario en el que por un momento pareciera que Buenos Aires es la capital de una remota república de las artes. Tal vez sea así: expulsada Argentina del concierto de naciones industrializadas, lo único que nos queda en el campo de la producción especializada es la cultura industrial (y el arte que de ella se deduce).
Para los habitantes de Buenos Aires la ciudad se ha convertido en un gigantesco set de filmación, un estudio de grabación permanente, una pasarela perpetua. Eso, como el turismo, forma parte de la irrealidad de todos los días. Ronda nocturna tal vez sea un síntoma de esa sensación y un intento por apresar esos fantasmas. (junio de 2004)

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Un auténtico taxi-boy con parada en Santa Fe y Pueyrredón, que me ha visto varias veces dando vueltas por la esquina, finalmente me dirige la palabra. Sin saber qué hago yo ni testigo de qué cosa creo ser, me dice, refiriéndose a los camiones y buses cargados de gente que acaban de llegar: "Están haciendo una obra de teatro". No se equivoca. Alguna vez habrá una película llamada Ronda nocturna, pero por el momento el rodaje es en sí mismo la experiencia estética que cuenta: una obra de teatro, una performance urbana, una manera de intervenir el espacio con los cuerpos. Maxi, mi amigo taxi-boy, a quien veré durante varias noches, me ofrece sus servicios, que me veo obligado a rechazar con tanta delicadeza que parezco aceptarlos para un futuro incierto. "Bueno, cuando quieras", me dice. "Ya sabés que te hago descuento". (19.05.2004)

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Última noche de rodaje, en un hotel. Todo el equipo de producción amontonado en una habitación mientras se prepara una escena en la habitación contigua, de la que se oyen las voces de los utileros armando la escena. Cada tanto alguien saca una foto. Cada tanto alguien conversa. Todo en un susurro, para no molestar a los verdaderos huéspedes del hotel. Todo en un susurro, como si hubiera fantasmas de verdad. En el cuarto contiguo, una discusión sobre cómo se prepararán las lineas de cocaína (que son en verdad de azucar impalpable) y el ángulo en que la cámara tomará la acción.
Mientras todo esto sucede, el actor protagónico, alejado del mundo, se dedica a estudiar la guía telefónica. (junio de 2004)


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Última noche de rodaje. A partir del día siguiente, comienza la posproducción. El montaje se hará en Francia. La sonorización y la edición de sonido, en Buenos Aires. Para Cozarinsky, empieza la depresión. "Por lo menos para mí, que soy una persona solitaria, un rodaje significa un cambio profundo. Estar rodeado de personas, aún cuando no tenga con ellas relaciones de gran intimidad, funciona como una contención muy especial. Saber que a partir de mañana voy a estar solo de nuevo me deprime". En el final del rodaje de su película anterior, Crepúsculo rojo, Marisa Paredes se burlaba amablemente del estado de dicha de Cozarinsky durante el rodaje con la pregunta "¿Qué es, un emperador romano?" (junio de 2004)


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Ronda nocturna
(2005), la película de Edgardo Cozarinsky, fue estrenada durante la última versión del Bafici (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), ese evento mezquino en el que no se sabe bien si en él la excentricidad se vuelve frívola o la frivolidad, excéntrica. La sola idea de "cine independiente" es una abominación conceptual. ¿Independiente de qué? ¿De los intereses de los grandes estudios? ¿Es que hay tales "grandes estudios" en Argentina? ¿De la política? ¿Es que acaso hay, etc.?
Lo que se llama "cine independiente" es lisa y llanamente cine débil, que no puede competir por el público con ninguna película mainstream. Si los planificadores y administradores culturales tuvieran verdadero coraje o vocación de disidencia, el festival sería de cine "experimental?. Pero no, "independiente" y "barato" (porque baratas son las producciones y, también, las entradas) sirve para corroborar que el "cine de entretenimiento" no es "cine de verdad" y que los verdaderos amantes del séptimo arte son capaces de someterse a las torturas que los fieles del Bafici son capaces de soportar en haras de un arte que nunca debió existir.
Además, todo sucede en ese lugar espantoso llamado "El Abasto" donde la clase media celebra sus fastos, al que cuesta llegar, al que cuesta entrar, del que cuesta salir y en el que cuesta, sobre todo, estar. Lo que en el contexto del Bafici se llama "cine independiente" no es sino la frutilla que adorna la torta de la especulación inmobiliaria en Buenos Aires. El público que concurre al Bafici (lo sepa o no) no
hace sino legitimar el estado horrible del mundo y de las artes.
Ronda nocturan
no es un ejercicio de "cine independiente". Es un ejercicio de inteligencia, y es una experiencia estética (radical), una experiencia particularmente notable porque es capaz de sacar sus mejores virtudes de aparentes defectos, cosa que sólo puede decirse del cine de los grandes.
Daré sólo un ejemplo: la historia, por necesidades de guión, debe transcurrir un 2 de noviembre. Por razones que escaparon a la voluntad de su director, no pudo filmarse sino durante un mes de junio particularmente frío.
Yo, que estuve en ese rodaje, tenía una curiosidad enorme por ver cómo iba a verse esa incongruencia climatológica en el film. Pensé que tal vez no se notara tanto. Lo cierto es que se nota: es un 2 de noviembre y hace frío. Ahora bien, como Edgardo Cozarinsky nunca quiso hacer una película "realista", la incongruencia de la fecha y el frío no hace sino crear una atmósfera de irrealidad que, por razones que tienen que ver con la resolución de la película (el día de todos los muertos, aquéllos que ya no están entre nosotros salen a buscar, para llevarse con ellos, a las personas que amaron) pero también con el clima del que Ronda nocturna se hace cargo, sólo pueden favorecerla, porque de eso habla (de la irrealidad, de lo imaginario, de la nihilización del mundo), entre otras cosas. Yo recibí el sentido de lo que estaba percibiendo mucho después de haber naufragado en mi propio llanto.
De discordancias semejantes, el film de Cozarinsky (que antes que ninguna otra cosa, antes que uno de los mejores escritores argentinos, es, sobre todo, una persona inteligente y sensible) está lleno.
Cozarinsky (autor de la compilación clásica Borges y el cine) sabe que el cinematógrafo es una experiencia de pensamiento encarnado (lo sabe también respecto de la literatura) y ha reflexionado sobre cómo es esa encarnación del pensamiento que llamamos cine. A la par del estreno de su película, el autor publicó el guión de Ronda Nocturna (Buenos Aires, Libros del Rojas, 2005), precisamente para potenciar esa experiencia estética que había comenzado como un texto escrito, continuó con una experiencia dramática callejera y terminó como un relato audiovisual.

Ronda nocturna
se llama así porque evoca, deliberadamente, a Rembrandt. El cineasta y su equipo, dice Cozarinsky, son como esos conjurados que atraviesan la noche con una linterna, no para iluminar (porque la luz, en Rembrandt y en Cozarinsky, viene de todas partes, de cualquier parte) sino para guiarse en un laberinto de signos. Es una ciudad (objeto a la vez del amor y del extrañamiento, como sucede siempre que se trata del amor) lo que Cozarinsky quiso entregar como un don a sus espectadores (también: a sus lectores). La ciudad de la noche.
Alan Pauls declaró que Cozarinsky había hecho por Santa Fe y Pueyrredón lo que Borges con Palermo Viejo. Se puede estar de acuerdo o no con un pronunciamiento semejante (que adolece de una simetría tal vez irreparable), pero en todo caso Pauls pudo ver que Cozarinsky estaba haciendo algo con Buenos Aires que había que entender como una operación desusada, y necesaria. (16.04.2005)

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Los personajes que presenta Cozarinsky en su ronda aparecen levemente distorsionados (desde el comienzo, y hasta el final). Uno de esos personajes, un comisario, despertó la ira unánime de la crítica cinematográfica especializada en vilezas. Que el comisario es demasiado malo, o que es tan malo que no se entiende cómo el personaje principal confía en él, o que no debería presentarse a los comisarios como malos porque eso constituye un cliché. Como si Cozarinsky se hubiera propuesto documentar el hecho y la opinión de que los comisarios son malos y corruptos. Nadie parece haber escuchado el diálogo en el cual el amigo de Victor, el personaje principal, le dice que tiene que escapar del comisario porque está enamorado de él. Nadie parece darse cuenta de que el comisario es un comisario enamorado y que más allá de la catadura moral del sujeto de lo que se trata en ese momento de la historia es de la violencia de un amor sin retorno posible. (20.04.2005)

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"No puedo dejar de pensar que Ronda nocturna seria una película mucho más satisfactoria si hubiese sido filmada desde el punto de vista de los embajadores que contratan a los taxi boys", escribe Manuel Trancón en la revista El amante del mes de mayo de 2005. ¿Por qué el crítico no puede dejar de pensar eso, salvo por prejuicio homofóbico? "Se nota que Cozarinsky no se siente nada cómodo con ese mundo", agrega el crítico. ¿Acaso alguien puede sentirse cómodo con ese mundo, con el mundo? ¿Y acaso Cozarinsky hizo esta película por encargo y con mandato de comodidad?
Cozarinsky fue a buscar algo al mundo. Si lo encontró o no es algo que sólo él podrá decir, pero lo cierto es que, al ver Ronda nocturna, nosotros somos testigos de esa busca. Y le agradecemos que nos haya dejado participar del rumbo de sus pensamientos. (14.05.2005)

***
La película de Cozarinsky no es testimonial, sino fantástica. Habla del amor, y de la muerte. Se llama Ronda nocturna, como un cuadro de Rembrandt, y aspira a esa misma grandeza. Y sus personajes, casi todos ellos, dicen una sola cosa: "Nadar sabe mi llama la agua fría,/ y perder el respeto a ley severa". (14.05.2005)

martes, 4 de octubre de 2005

Dicen que...

" 'No tenemos tiempo', dice Link, y dice bien. Y por eso tenemos tiempo. Porque cuando ya no hay tiempo es cuando nos permitimos permitirnos, cuando no tenemos tiempo lo pensamos todo de nuevo -o ya no lo pensamos más- y nos convertimos en lo impensable".

El texto completo de Pablo Mancini, acá.

viernes, 30 de septiembre de 2005

Visitas ilustres

1 septiembre12:38Universidad de Castilla La Mancha, España
2 septiembre15:44Universidad de Palermo, Palermo, Italia
2 septiembre15:50Secretaría Ciencia Tecnología, Argentina
4 septiembre15:25Gobernación Buenos Aires, Argentina
9 septiembre17:22Universidad de Sonora, México
13 septiembre10:25Universidad del País Vasco, España
13 septiembre12:41Universidad de Cantabria, Santander, España
15 septiembre16:55Ministerio de Educación, Chile
15 septiembre18:15McGill University, Canadá
19 septiembre13:20Ministery Of Economy, Argentina
21 septiembre21:25Universidad Autónoma de Colima, México
26 septiembre12:49North East Wales Institute of Higher Education, Wrexham, Reino Unido

26 septiembre12:52Universidad De Las Americas, Santiago, Chile

jueves, 29 de septiembre de 2005

Galería


Giorgio Agamben

A linguagem da voz

por Raúl Antelo

Para muitos de nós a descoberta de Giorgio Agamben deu-se através de Walter Benjamin. Conhecíamos o filósofo como o editor da versão italiana das Obras Completas e, mais ainda, como aquele que tinha levado adiante alguns conceitos esboçados pelo precursor alemão.
Na oitava das Teses sobre filosofia da História, por exemplo, recolhemos um ensinamento da tradição dos oprimidos: o de que o estado de exceção em que vivemos é a regra. ''Devemos chegar a um conceito de história - prescrevia Benjamin - que corresponda a esse fato. Então, teremos a tarefa de produzir um efetivo estado de exceção''. Desse fragmento, é claro, deriva um dos horizontes maiores da grande obra de Agamben, uma autêntica work in progress, o seu ciclo do Homo sacer. Ciente de que, na sociedade ocidental contemporânea, a vida e a teoria precisam ser repensadas, em conjunto, em um novo plano de imanência, o da nuda vita, Agamben nos propôs esse conceito para pensar a paradoxal definição de povo, conceito que vira e mexe ainda é utilizado para legitimar ações na sociedade latino-americana pós-ditadura. Todavia, essa categoria analítica tradicional apresenta-nos hoje uma cisão biopolítica incontornável, já que povo é tanto aquilo que não pode ser incluído no todo de que ele faz parte, quanto aquilo que não pode pertencer ao conjunto em que, mesmo assim, ele permanece, excluído e indesejado.
Chegando a este ponto de seu percurso teórico, abria-se para Agamben a necessidade, como aliás fora prevista por Benjamin, de produzir um efetivo estado de exceção e justamente o volume que ostenta esse título veio demonstrar de que modo a racionalização da esfera do político, baseada em critérios normativos formais, acaba transformando a democracia ocidental num perpétuo estado de sítio. Agamben, portanto, soube detectar, na figura do Estado de Exceção, o instante em que a soberania vincula-se à própria suspensão do ordenamento jurídico, que, por sinal, deveria garantir a democracia. E esse conceito de instante obriga-nos ainda a assinalar que daquela mesma oitava tese benjaminiana, ou melhor, de um texto a ela associado, isto é, uma das notas preparatórias das teses em que Benjamin relembra Kafka, surge uma das forças do pensamento de Agamben: a de que o dia do juízo final é o dia de um juízo sumário, irreversível, mas é também um dia idêntico aos outros. Essa idéia de que cada instante é o instante do juízo está na base de alguns ensaios estéticos de Agamben, notadamente, seu ensaio sobre a fotografia, Il giorno del giudizio (2004), em que a imagem surge como um efeito coordenado de irrupção e retorno. Benjamin associava o efeito combinado desses dois movimentos antagônicos na configuração da história. Gerschom Scholem, por sua vez, soube apontar, em seu ensaio Walter Benjamin e seu Anjo, essa duplicidade através de duas figuras-dois nomes de Benjamin. Em um escrito auto-biográfico, um testemunho sobre si mesmo, temos uma versão luminosa, a de uma figura chamada Agesilaus Santander; mas esse pseudônimo de Benjamin esconde, anagramaticamente, o lado obscuro e sórdido, seu Outro complementar, Der Angelus Satanas. Portanto, a coincidência entre direito e avesso vem confirmar a dupla face da história, feita, ambivalentemente, de felicidade e redenção, como estipula a segunda tese benjaminiana.
J. Rodolfo Wilcock, poeta que, junto a Agamben, foi figurante no Evangelho de Pasolini, aponta, como única saída para os homines sacri contemporâneos, fazer uso das coisas. Outra não é a saída de Agamben, em seu último livro, Profanações (2005). Em um mundo em que a lei está habitada por um vazio que lhe é constitutivo, em um mundo saturado de imagens, que não cessa de produzir infinitos homines sacri, a saída é a profanação:
''La profanazione-nos ensina Agamben-implica (...) una neutralizzazione di ciò che profana. Una volta profanato, ciò che era indisponibile e separato perde la sua aura e viene restituito all'uso''. A profanação, tanto quanto a secularização, é uma operação política mas enquanto esta se relaciona com o exercício do poder, que legitima, ''riportandolo a un modello sacro'', a profanação, no entanto, ''disattiva i dispositivi del potere e restituisce all'uso comune gli spazi che esso aveva confiscato''.
O conceito de profanação guarda, a meu ver, extrema contiguidade com certos temas benjaminianos (a reprodução, a aura) mas não menos com uma teoria da linguagem que dois artistas tão distantes entre si, como Valéry e Duchamp, foram retirar de Leonardo da Vinci. Neles todos - em Duchamp, em Valéry, em Benjamin, em Agamben, através do desdobramento irônico que a imagem põe em funcionamento - o olho que contempla se torna olho contemplado e a visão se transforma também em um ver-se vendo, isto é, numa representação, tanto no sentido filosófico da expressão, quanto no sentido teatral e barroco, o de um teatro de máscaras. Daí provém a teoria do testemunho que Agamben desenvolveu em O que resta de Auschwitz. Quem depõe um testemunho, apresenta um relato de dessubjetivação, portanto, esse relato não pode ser captado pela perversa matriz do realismo mas deve ser tomado como um puro espaço de ficção, de tal modo que o sujeito é aquele fragmento alucinatório que, por um instante, julga-se um Todo. O testemunho ou a imagem não pertencem, então, ao mundo mas funcionam como limite do mundo, como uma borda insubstancial do mundo. Nesse sentido, aquilo que fala -num poema e num testemunho- tem uma consistência corporal mas, ao mesmo tempo, uma condição etérea. Possui uma matéria contingente, mas igualmente memoriosa, que leva a consciência de si (a cura sui de Foucault) ao máximo de sua sensibilidade, de tal modo, em suma, que aquilo que fala num poema ou num testemunho é a Linguagem saída da voz, muito mais do que a voz da Linguagem.
Resgatar a linguagem da voz é profanar: resgatar um corpo da abjeção sacra à qual a sociedade de controle o condenou.

Raúl Antelo é professor de literatura na Universidade Federal de Santa Catarina. É autor, entre outros, de Potências da imagem (2004).

(versión publicada originalmente en el Jornal do Brasil. El texto completo, acá)

Idea municipal de cultura



martes, 27 de septiembre de 2005

Libros recibidos

La misma felicísima noche recibo dos libros que comentaré en cuanto pueda leerlos en mi retiro terapéutico: Noche y día de Arturo Carrera y Tiempo pasado de Beatriz Sarlo. Y ya que vienen juntos, me pregunto qué misteriosos hilos encontraré entre uno y otro.

lunes, 26 de septiembre de 2005

Irresistible

Se eligió a la nueva reina del Capullo.

Dicen que...

El lugar de la crítica

por María Sonia Cristoff

Detrás de la profusión de autores, lenguajes y movimientos analizados en Clases, la pregunta que subyace en todo el libro -y que lo convierte en necesario- es una: ¿qué tipo de arte debemos hacer ahora? Un arte experimental, sostiene Link, un arte de la disidencia, de la desclasificación. Aunque -él mismo lo sabe- ese experimento vaya a ser fagocitado rápidamente por los sistemas clasificatorios de la cultura, por la fugacidad de estos tiempos modernos. Clases mira lúcidamente el actual estado de las cosas y suplanta la tentación del escapismo o de la parálisis por la marcha incesante.

(el texto completo, acá)

viernes, 23 de septiembre de 2005

Social & Familiar

Sigo guardando cama. Ayer, levantando cajas de azulejos, me lastimé la columna. No puedo abusar del Dioxaflex, que es lo único que me hace dejar de llorar.

Nostalgia

Cines de infancia: el York de Olivos.

jueves, 22 de septiembre de 2005

Cuando un amigo se va

queda un espacio vacío.

miércoles, 21 de septiembre de 2005

Entrevista

por Carolina Gruffat

Tomando, por ejemplo, el caso de los blogs y las nuevas formas de contar historias, y de leerlas, que surgen asociadas a estos formatos digitales, ¿cómo podrían incluirse en las clases de literatura?
-¡Líbrenos el cielo de algo semejante! Las clases de literatura tienen ya suficientes contenidos de los cuales hacerse cargo. La escuela no es una institución que deba tener una relación servil con el presente, sino todo lo contrario.
¿Quedarían fuera de un programa de literatura, entonces?
-En relación con determinadas temáticas, pueden servir como herramientas de investigación.
¿No podrían desplazar los blogs de hoy a los talleres de escritura de ayer?
-Muy probablemente. Son un gran entrenamiento de escritura, pero no todo el mundo lo toma de ese modo. Hay mucho espontaneísmo.
En Cómo se lee, usted dice que en nuestra época se modifica el estatuto del arte y que hay arte digital (se trate de música, literatura o artes visuales) al alcance de todos. ¿Esto, que podría leerse como la utopía de las vanguardias hecha realidad, no implica la muerte de la literatura?
-Sí, la muerte de la literatura tal como la conocíamos. Dicho de otro modo: el nacimiento de una nueva forma de concebir la literatura.

(la entrevista completa, en educ.ar)

domingo, 18 de septiembre de 2005

Mujeres argentinas

Por Daniel Link*

*publicado en O[h], suplemento del diario Perfil (Buenos Aires: domingo 18 de septiembre de 2005)

Beatriz Sarlo (1942) integró el consejo editor de la revista Los libros entre 1972 y 1976 ?antes de la desaparición del mensuario. Por esos mismos años colaboró estrechamente con el Centro Editor de América Latina -editorial fundada por Boris Spivacov a partir de los restos de la energía que había puesto previamente en Eudeba-, donde Sarlo comenzó a desarrollar sus hipótesis en Capítulo. Historia de la literatura argentina y algunas antologías. Al mismo tiempo, militaba en los más radicales sectores de la izquierda.
Durante la dictadura, Sarlo enseñó a leer (con el rigor y la generosidad que no han dejado de ser su sello) a estudiantes que acudían a su oficina clandestina, insatisfechos con los programas oficiales. En 1983 publicó junto con Carlos Altamirano uno de los clásicos de la transición democrática, Literatura/ Sociedad. Mientras tanto, Sarlo había consolidado el proyecto Punto de vista, llamada a convertirse en la "revista de la resistencia cultural" durante la dictadura y luego en un foro que se imagina como un espacio de modernización cultural.
Entre 1983 y 2003 Sarlo fue la mejor profesora de la Facultad de Filosofía y Letras. Desde su renuncia a las aulas se dedica exclusivamente a la investigación en temas cada vez más ajenos a la literatura. Sus últimos libros, La pasión y la excepcion (2003) y Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo (2005) examinan la construcción de la soberanía política alrededor de una estrella del pop (Eva Perón) y proponen un análisis crítico del testimonio autobiográfico como fuente de verdad. Los dos libros fueron escritos en contra de la nostalgia de los años 70.
Devora películas, museos, obras de teatro, libros y óperas con la misma fruición que otros consagran a la televisión. Desconfía de los aforismos. Gusta de escribir cartas y mandar postales y no rehusa los debates intelectuales. Su último experimento (el menos espontáneo, el más intenso, el más fascinante, el más difícil) es la columna semanal que publica en la revista Viva. Sostiene que "sólo vale la pena intentar lo que no parece posible".

(anterior)

miércoles, 14 de septiembre de 2005

Un relato de ciencia ficción

El amor fraterno (o ¿acaso no sueñan los androides con historias ajenas?)

por Daniel Link*

*publicado originalmente en ciertopez [ISSN 0718-1485], 2 (Santiago de Chile: marzo-abril de 2005), págs. 57-70

(...)

-No me amenaces, no vale la pena. Es bastante poco lo que te puedo contar. Un tipo que trabaja en el Laboratorio de Investigaciones Cinéticas...

-Kinéticas.

-Es lo mismo. De repente se da cuenta de que los cinemorfos...

-Kinemorfos...

-que trata de ponerle a un androide experimental son los del hermano, que está muerto...

-Qué bajón...

-No seas tarado. La historia es que cuando se da cuenta queda paralizado porque los rasgos del androide nada que ver, y entonces no sabe cómo seguir. Especialmente los ojos: son azules, los del androide. Entonces alguien le dice (o se le ocurre a él) ponerle anteojos oscuros, modelo clásico, bien negros, para no verle los ojos...

-¿Y?

-Bueno, el tipo se complica con el droi, no puede dejar de trabajar en eso. Un día resulta que un cinemorfo que quiere usar está clasificado por los servicios de inteligencia. Imposible ponerlo en la máquina. Pero el tipo está complicado con el aparato, ¿no? Le parece que es su hermano. Busca formas de entrar en la clasificación y resulta que hay algo, todavía no sé qué. Ponele: que todos los kine... cinemorfos clasificados son los del general...

-¿Pero eso pasa en este país?

-Bueno, sí, o no, no sé. No importa.

-Buah...

-Ya sé, ya sé, me vas a venir con "verosimilitud científica" y toda esa huevada...

-No, me preocupa más la verosimilitud política...

-La idea es que descubre que alguien que no debería ser un androide, es un androide...

-...

-Pero a lo mejor no pasa nada, y es la paranoia del tipo nomás, que se queda pegado al droi, que se lo lleva a la casa, que sigue trabajando con él, y al mismo tiempo empieza a interpelarlo, lo obliga a volver sobre su pasado... Una investigación hay, pero no veo claro el final. Lo que me gusta es la parte del principio: el tipo laburando con los cinemorfos.

-Kinemorfos...

-La puta que te parió. Laburando con cada movimiento: un movimiento de ceja, la mitad de una sonrisa. Probando, tratando de combinar lo que se acuerda del hermano. Como un artista psicótico en 3D. Y le habla...

(el texto completo, acá)

martes, 13 de septiembre de 2005

Correspondencia

Bush Crimes Commission date & place

Dear friends,

"When the possibility of far-reaching war crimes and crimes against humanity exists, people of conscience have a solemn responsibility to inquire into the nature and scope of these acts and to determine if they doin fact rise to the level of war crimes and crimes against humanity".

The Commission of Inquiry on Crimes Against Humanity committed by the Bush administration will be held October 21-23 in New York City, sponsored by the Not In Our Name statements of conscience (www.nion.us). Opening sessions will be in the Grand Ballroom of the Manhattan Center on West 34 Street.
The holding of this tribunal will both frame and fuel a discussion that is urgently needed in the United States: Is the administration of George W. Bush guilty of war crimes and crimes against humanity? In line with these objectives, we take very seriously the critical necessity for rigor and substance in the presentation of the evidence, that is, it is not a political rally or conference.
The issues examined will include invasions and occupations of Iraq and Afghanistan, torture and indefinite detention, catastrophic policies on global warming, and a religious fundamentalist-based attack on global public health (see the Commission Charter at www.nion.us/commission.htm).
While the Commission is independent of any other program, it is the growing climate of absolute hatred toward the Bush administration that makes the Commission both feasible and necessary on an accelerated timetable.
At this point, seven weeks out, we need to raise $30,000 just for the venue. In addition, there will be even greater costs to bring in witnesses, to stream the proceedings on the internet internationally, and to break the whole story into the media.
We urge that you contribute as generously as you can. Contributions can be made on the web site through Pay Pal (www.nion.us/NSOC/sign.htm), or you can your mail check made out to Not In Our Name, to Not In Our Name, 305 West Broadway, PMB 199, New York, NY 10013.
We urge you to read the Commission Charter and think about creative ways to make this vision a reality, through recommending people you know in these spheres who can contribute to the prosecutions, and ways and people to promote this in the media. We are also looking for volunteers for a whole range of production tasks, from registration to audio engineers.
General correspondence to the Commission should be sent to commission@nion.us.

domingo, 11 de septiembre de 2005

Dicen que...

Reflexiones para una civilización sin tiempo*

*publicada en O[h]!, suplemento del diario Perfil (Buenos Aires: domingo 11 de septiembre de 2005)

por Guillermo Piro. En palabras de Roland Barthes, los profesores investigan y hablan, es decir, sueñan "en voz alta su investigación". Quienes hacen eso corren el riesgo de realizar sus sueños. En el caso de un investigador que se precie de tal, esa realidad y ese sueño consistirían en lograr ver (y hacer ver) que sus tesis funcionan, que se mueven con aceitada agilidad entre la maraña de palabras y textos y objeciones y refutaciones a las que se ven expuestas. En ese sentido, Literatura y disidencia, el subtítulo de este libro (Hegel decía que los subtítulos son los verdaderos titulos de los libros), tranquilamente podría ser reemplazado por este otro: Un triunfo.
Clases consiste en la reunión de una serie de lecciones de Literatura del Siglo XX que Daniel Link dictó en la cátedra que tiene a su cargo en la UBA. Pero no es sólo eso. Mejor dicho: si fuera sólo eso, nos encontraríamos con un trabajo de arqueología que de ningún modo estaría condenado a ser pasado por alto. El profesor que sueña su investigación en voz alta suele tomar cierta distancia higiénica y tal vez terapéutica de aquello que investiga y de aquello de lo que habla. Link, no. Si apela a la primera persona es porque, en definitiva, el que habla es él, porque detesta el nos falsamente impersonal y modesto y porque, a diferencia de lo que ocurre con tanta frecuencia, tiene algo que decir.
La hipótesis historiográfica sobre la que se asienta el devenir y la recurrencia a ideas y escritos ajenos y propios tienen cierta reminiscencia con Evariste Gailois, el joven matemático que, poco antes de morir en un duelo, pasó la noche anterior al encuentro fatal revelando por escrito, para la posteridad, su "teoría de los grupos", mechando los razonamientos con infalibles y certeros: "No tengo tiempo". Según Link, ésa es la hipótesis: "No tenemos tiempo". Y en cualquier caso, lo que importa verificar es que la civilización está haciendo agua por todas partes. A diferencia de lo que ocurre con la bibliografía filosófica, literaria, histórica o sociológica, en este libro no aparecen ni una vez las palabras "posmodernidad" o "posmodernismo". ¿Por qué? Justamente porque Clases parece haber nacido de la repugnancia a manejar esas categorías. ¿Un libro de historia, entonces? No, pero eso no deja que el libro no deje registro de una hipótesis historiográfica. ¿Una teoría literaria sistemática y coherente? Tampoco pero, a pesar de eso (o mejor dicho: justamente por eso), Link explica cuáles son las hipótesis estéticas que orientaron sus lecturas. ¿Y cuáles son sus lecturas? Infalibles y certeras, van de Barthes a Aira, de Thomas Mann a Kafka, pasando por Foucault, Pasolini, Copi y Rodolfo Walsh.
Daniel Link entiende sus Clases como "dispositivos de captura y disciplinamiento", como "ficciones normalizadoras", como "fantasías de exterminio". Si miramos el cielo es porque no tenemos tiempo. De lo que se trata, dice Link, es de "leer en ciertos textos más o menos emblemáticos de la literatura del siglo pasado todo lo que en ella hay de resistencia a la captura, al disciplinamiento, a la normalización y al exterminio". Una literatura que nos interpela porque sostiene el mismo sueño del profesor Link: mirar el cielo, aunque él sea un habitante del infierno.

[¡Gracias, Guille!]

viernes, 9 de septiembre de 2005

Galería



El look del cielo*

*publicado en Brando, I: 1 (Buenos Aires: septiembre de 2005)

Por Daniel Link La historia de las religiones está plagada de debates sobre las imágenes. Los cristianos de Roma defendieron siempre la representación de la divinidad, que el cristianismo oriental (con sede en Constantinopla) luchó por erradicar porque la consideraba una costumbre pagana (y en eso coincidía con las demás religiones monoteístas). Conocemos el resultado de ese combate: la destrucción de Constantinopla y el triunfo de la iconografía con su galería de santos, mártires, profetas, vírgenes y funcionarios de la Iglesia como objetos de adoración o fuente de placer y, también, como indicación de que había ahí modelos concretos a seguir. No exactamente el Olimpo (ese modelo de familia disfuncional, con su corte de dioses mayores y menores a los que se sumaban diosecillos ínfimos de los lagos y los ríos, semidioses, héroes y monstruos) sino una comunidad de buenos y justos que atravesaba los tiempos y las patrias para confortar allí donde hiciera falta.
Después, mucho después, llegó el star system, que algunos consideran un nuevo Olimpo y otros, un nuevo santoral. En todo caso, se trata de imágenes que nos interpelan (desde el fondo de los tiempos) y en relación con las cuales (quién lo duda) se hicieron y deshicieron diferentes modelos de masculinidad.
Se sabe que el star system comienza con el cine sonoro (porque el cine mudo era todavía territorio de experimentaciones formales variopintas que hoy sólo pueden tolerar los poetas, los académicos y los melancólicos). Antes del sonoro, apenas existe Rodolfo Valentino, el más ambiguo de todos los hombres del cine y el que pudo, gracias al romanticismo reconcentrado de su look, sobreponerse a todas las burlas de sus detractores y convertirse en el ícono de lo que un buen amante puede aspirar a ser: mitad hombre y mitad mujer, Valentino fue el primero en proponer el beso como sexo total y definitivo. Disfrazado (mal) de gaucho o (mal) de árabe en su rol más memorable (El Sheik, 1921), Valentino es la supernova y el big-bang, el momento a partir del cual empezarán a aparecer astros diferentes (distintos estilos indumentarios, distintas estrategias de seducción, distintas profundidades para cautivar los corazones femeninos). En Valentino está todo, hasta la muerte joven (murió a los 31 años de peritonitis, cuando apenas había terminado de rodar El hijo del Sheik). Cuentan que a su funeral concurrió una misteriosa dama vestida de negro con un ramo de flores acompañado de una tarjeta que decía "De Benito" (por Mussolini, claro). Tal vez la anécdota no sea tan cierta como sí lo fueron los intentos de suicidio de algunas mujeres cuando se enteraron de la desaparición del primer gran ícono que el cine nos legó.
A fines de la década del 30 comienza a cristalizar un sistema (podríamos decir) de posiciones que las nuevas generaciones actorales no harán sino intentar ocupar (la mayoría de las veces, sin demasiado éxito: Brad Pitt, un muñeco de plástico que sólo puede conmover a las niñas).
Está, por ejemplo, el lugar de James Stewart, que en 1939 desempeñó su segundo rol protagónico y el primero que arrancará suspiros (cuyos ecos todavía se oyen) allí donde hubiera una mujer en la platea. En Mr. Smith va a Washington, dirigida por Frank Capra, Stewart representa a Jefferson Smith (ver foto), un senador idealista que defiende los valores de la Constitución contra viento y marea. La estatura, la elegancia levemente desgreñada y la finura de los movimientos de Stewart convencieron a Capra de que era el cuerpo indicado para un rol que originalmente había sido diseñado para Gary Cooper, quien por esa época estaba trabajando con el director en la trilogía sobre John Doe.
En Conoce a John Doe (1941), la tercera de las películas de la serie, se entiende por qué Capra prefirió cambiar el cuerpo de Smith: Gary Cooper es el modelo exacto del hombre común que llega a desempeñar un papel en los dramas de la historia por la solidez de sus valores morales, lo que se nota, naturalmente, en el look que impone, menos fundado en la elegancia ligera (por ese rasgo Jimmy Stewart pudo brillar incluso como comediante) que en la intensidad física y en la despreocupación por la apariencia (el hombre común lleva con dignidad la ropa de calle y a veces no tiene tiempo para afeitarse).
Comparado con sus competidores del momento (Clark Gable, Spencer Tracy, James Cagney, Humphrey Bogart), Gary Cooper podía imprimir a un cuerpo hecho para dominar sensualmente (basta ver, en la foto, la fuerza que emana de sus manos) una cierta intransigencia infantil a la que las señoritas de entonces no pudieron permanecer indiferentes.
Y ya que su nombre ha aparecido, conviene detenerse en el misterioso caso de Clark Gable, famoso incluso antes de desempeñar el exitosísimo rol de Rhett Butler en Lo que el viento se llevó (1939). ¿En qué se fundaba su encanto? Para nosotros, que hemos proscripto definitivamente el bigote del universo de lo posible, resulta un ejercicio de ciencia ficción. Pero es probable que en la época impresionaran sus maneras (y su elegancia pesada) de "señor": ni la ambigüedad lúdica de Valentino, ni el dandysmo ligero de Stewart ni la ardiente intensidad de Cooper, sino la solidez del hombre elegante que mantiene la casa.
La fábrica de modelos masculinos no sólo funcionaba en relación con las mujeres (si bien es cierto que a ellas estaba destinado en primer término, porque fueron siempre las principales consumidoras de "pop culture"). Los hombres también miraban a los hombres en busca de modelos de identificación. Humphrey Bogart no era lindo, tenía una de las peores voces del cine, no se vestía precisamente bien y además era petiso. Y sin embargo... Es y será siempre el modelo del héroe cínico y eficiente (en El halcón maltés de 1941, como San Spade) o levemente sentimental, capaz de sacrificar el amor de su vida porque tiene ideales superiores. Por eso (además de la capacidad de delirio de los guionistas de la época), su sola presencia como Rick Blaine en Casablanca (1943) hizo que Ilsa Lund (Ingrid Bergman) pronunciara una de las frases más célebres de la historia del cine: "¿Eso que se oye son cañonazos o los latidos de mi corazón?".
Otro hombre que los hombres siempre admiraron por la mezcla exacta de simpatía arrolladora, cotidiana torpeza, contención, elegancia, fuerza y sencillez fue Cary Grant, uno de los astros de Hollywood más dúctiles. Parecía, además, incapaz de envejecer o de perder el pelo. Salvo por el hoyuelo en el mentón (que hoy no conmueve), se lo ve igual de enérgico y de apuesto en The Philadelphia Story (1940) y en North by Northwest (1959) de Hitchcock (donde le arrebató el papel de Roger Thornhill a Jimmy Stewart).
De todos modos, la década del cincuenta pedía ya más que la repetición de las posiciones clásicas (dandy ligero, hombre intenso, padre protector, solterón idealista y cínico), que eran las que Grant podía ocupar. Se avecinaban los tiempos de la píldora anticonceptiva y de los antibióticos que habrían de acabar con la amenaza de las temibles enfermedades venéreas. Hacía falta carne, energía animal, fuerza bruta, Kowalksi.
En Un tranvía llamado Deseo (1951), la adaptación de la pieza de Tennessee Williams (uno de los más grandes escritores norteamericanos de todos los tiempos), Marlon Brando puso su cuerpo y sus extraordinarias dotes actorales al servicio de Stanley Kowalski, un hombre que es capaz de abusar sexualmente de su cuñada desquiciada mientras su mujer da a luz a su primer hijo en el hospital. Y sin remordimientos. La gracia de Brando, sin embargo, no se aprecia tanto en su dorada juventud (cuando tenía un sex appeal que ni antes ni después de él ningún astro cinematográfico ha alcanzado) sino en su madurez. En El último tango en París (1972) es un hombre mayor, torturado por el suicidio de su esposa y en posición de combate contra el mundo. La fuerza que emana de su caracterización, sin embargo, alcanza para desear que, si hay que llegar a viejo, es mejor que sea de ese modo.
El cine clásico no tuvo oportunidad de investigar hasta qué punto los placeres de la carne van de la mano de la tortura espiritual. Los nuevos modelos de masculinidad (los que hacían suspirar a las chicas y asentir con la cabeza a los caballeros) fueron Gregory Peck, cuya moral inclaudicable lo ponía en problemas en Matar a un ruiseñor (1962), donde su personaje, Atticus Finch, es un abogado y padre soltero que se empeña en demostrar la inocencia de su cliente, un negro acusado de violar a una muchacha blanca. Ni tan carnal como Brando, ni tan sólido como Gable, ni tan ligero como Stewart, ni tan intenso como Cooper, Gregory Peck es (además de una síntesis de todos ellos) la versión "profunda" de Cary Grant: el que no resigna nada, pero que además piensa. Y, porque piensa, su vestuario y su peinado siempre tienden a desarreglarse sin llegar a ser el revoltijo que sólo Bogart pudo llevar con dignidad a lo largo de toda su carrera.
Las pasiones reconcentradas que nacen de la carne suelen consumirla. Si es cierto que la mayoría de los astros del cine clásico fueron siempre delgados, ninguno tanto (y ninguno tan torturado) como Montgomery Clift. Monty (que sufrió un accidente atroz que le desfiguró la cara) fue dueño de esa belleza volcada hacia adentro que ciertas mujeres siempre consideraron arrebatadora y ciertos hombres un poco inquietante. En De aquí a la eternidad (1953) se lo ve tan frágil (y tan moderno) que se entiende a la perfección uno y otro punto de vista.
Algunos pensarán que lo que viene después es ya pura decadencia. Yo creo que es la algarabía de la combinación libre de rasgos tomados del panteón de los clásicos: la fábrica de monstruos. En 1962, Sean Connery aparece por primera vez como James Bond en Dr. No. Es una mezcla perfecta de distinción y grasada (la copa de bodegón que tiene en la mano, la camisa robada del guardarropa de Travolta, el tostado excesivo y el anillo de compromiso). En 1977, Travolta se convierte en un nuevo Valentino como Tony Manero en Fiebre del sábado por la noche. Pocos años antes, Clint Eastwood representaba a Harry Callahan e Harry, el sucio (1971): ¿no era ésa una extraña síntesis del heroísmo épico de John Wayne con la reconcentrada complejidad existencial de Monty Clift y la incapacidad para lucir bien vestido de Bogart?
Cada tanto el cine revisa su pasado y se deja dominar por la sensibilidad retro y el revisionismo. En Butch Cassidy y the Sundance Kid (1969), Paul Newman y Robert Redford saquearon antiguos guardarropas para proponer dos íconos a la rebelión generalizada característica de los años sesenta. Como Ernesto Guevara, los personajes que representaron en la película elegían ir a morir en Bolivia, sólo que en este caso con las suelas de los zapatos impecables, como corresponde a dos dandys de la revuelta.
El mundo, naturalmente, sigue. Si una catástrofe planetaria terminara con todos nuestros archivos fotográficos habría que reconstruir el Olimpo o el santoral apócrifo del star system a partir de sus actuales exponentes: la delicadeza de Jude Law como una cita simultánea de Jimmy Stewart y de Monty Clift, la complejidad espiritual de Johnny Depp como un eco de Gregory Peck, la solidez de George Clooney como la repetición (sin bigote) de Clark Gable, la densidad carnal de Ewan McGregor como un reflejo europeo y pálido de Brando (y su desparpajo, un toque valentiniano).
No se trata de meras idealizaciones o identificaciones imaginarias con el pasado sino de una obsesión tal vez más violenta y más contemporánea: en un mundo donde la marea de estilos, significados y transformaciones radicales vuelven el suelo que pisamos un tembladeral, es inevitable que estemos obsesionados con mostrar (a través del vestuario, los ademanes, las horas de gimnasio y los avances químicos y quirúrgicos desconocidos para nuestros antepasados) un éste soy, y convencer(nos) de que ese éste es lo que nos permite inscribir, aquí y ahora, nuestro cuerpo (ese pobre soporte del pensamiento y los afectos) en relación con todo lo que existe.

jueves, 8 de septiembre de 2005

Ciberalfabetización

"Hoy, casualmente, vi en un ciber de la cuadra donde vivo un letrero que decía: 'a los chicos que traigan el cuaderno con la tarea hecha, les regalamos un cuarto de hora gratis de conexión (o algo semejante)'. Me pareció una 'promoción' bastante curiosa".

La entrevista completa, acá.

miércoles, 7 de septiembre de 2005

Ayer

Amable discusión con Juan José Cambre sobre el último ejemplo de Teatro Documental de Vivi Tellas, "Cozarinsky y su médico".