viernes, 29 de diciembre de 2017

Libros del amor


Por Daniel Link para Ñ

Elijo tres libros de los que aparecieron en 2017: A tontas y a locas, la reedición del clásico de María Moreno que publicó 17g, El extraordinario Citas de lectura de Sylvia Molloy (Ampersand) y un libro mayor de la historiografía americana de los últimos años: Cuando amar era pecado, la meditada y amorosa tesis de Fernanda Molina, con quien comparto su impertinente curiosidad por el modo en que ciertas subjetividades sobreviven, como pasos de vida, en el archivo colonial.
Más allá de los documentos, en sus bordes, en los presupuestos que se deducen de los enunciados teológicos y judiciales, Fernanda Molina encuentra una chispa de vida, algo que escapa y se resiste (porque bien sabemos que donde hay poder hay resistencia) a los dispositivos de normalización y las fantasías de exterminio.
En Cuando el amor era pecado, Fernanda parte (cómo no) de las caracterizaciones teológicas de los placeres venéreos y las lujurias, en particular la sodomía, que nosotros nos atrevemos a experimentar con inocencia sin saber que la hubo perfecta o imperfecta. La perfecta, nos enseña Fernanda, fue para algunos teóricos la que implica derramamiento extraordinario de polución en el vaso trasero, por lo general “adoptando posiciones bestiales” (p. 40).
Los cinco capítulos del libro de Fernanda brindan impecables desarrollos sobre lo que prometen: Sodomía, Justicia, Poder, Religión e Identidad. El primero es el más sexy por el léxico convocado y lo que nos obliga a imaginar. El último es más delicado, el más hermoso.
Si todo comenzaba con una exposición de un presunto “orden natural” de las cosas, las personas y las relaciones entre ellas, como condición necesaria de un “orden universal”, luego de haber presentado el cuerpo manufacturado (a través de sentencias y resoluciones) como negación del cuerpo natural, como apertura hacia el cuerpo "historizado", abierto hacia las sucesivas capas de Tiempo que lo constituyen, la pregunta implícita en el debate teológico sobre el “orden natural” (“cómo y para qué reproducirse”) se transforma en otra: “¿Cuándo nace un cuerpo?”. Para saberlo, hay que examinar sus marcas y la manera de hacerlo es recurriendo al archivo.
En “Identidad”, Fernanda se aparta un poco del rigor teológico y legislativo. Descubre en los documentos que, además de los asuntos nefandos, había besos, abrazos y palabras de amor que muchas veces pudieron invocarse como atenuantes del horror. “Peligrosamente amancebados” (pág. 147),llos sodomitas coloniales aparecen como algo más que desordenados sexuales: constituyen individuos que se empecinaron en descubrir, por la vía del vaso trasero, un modus vivendi que lo convertía en “sujetos particulares” (en un más allá de los universales tomistas), una comunidad imposible que se empecina en transmitir un “saber sodómitico” entre generaciones, en construir redes como manera de vincularse solidariamente en un medio hostil.
Fernanda elige leer en esos fragmentos de discurso el reverso de las fantasías de exterminio: el amor como táctica de resistencia y como desestructurante de las relaciones sociales. 

lunes, 18 de diciembre de 2017

¡Maten a Laura Dern!


Ampliaremos en otro momento, pero hay que decirlo ya:
La guerra de las galaxias: el último jedi,
es una mierda de una dimensión desconocida hasta ahora.

sábado, 16 de diciembre de 2017

La vida entera

Por Daniel Link para Perfil

Mañana vamos a ver Star Wars: El último Jedi. Es un plan familiar de toda la vida. Con mis hijos hemos visto cada estreno de la saga (los últimos, con mi marido). Para El despertar de la fuerza había amenazado a mi entonces futuro yerno con no asistir a su boda si no nos acompañaba. Lo hizo a regañadientes. Este año encontró la excusa perfecta: para que mi hija pueda asistir, él se quedará cuidando a mi nieta. Sea. Lo reemplazamos con un joven doctor cuya tesis yo dirigí y que, por eso, no se atrevió a rechazar la invitación.
Dentro de dos años cuando, creo recordar, Disney inaugurará el parque temático al que yo ya prometí que iríamos, mi yerno seguramente dirá que mi nieta es todavía demasiado chica. Pero yo no sé si podré esperar cinco años, que es lo que tardará su adhesión al credo.
Ya estuve revisando la reseñas del estreno aen Los Ángeles: “Abrumadoramente buenas”, tituló su reseña Julie Muncy sobre las primeras impresiones. La mayoría de los que la vieron subrayan el costado “emotivo”, lo que me da un poco de miedo. En el contexto Star Wars, la profundidad dramática puede ser un baldazo de agua fría.
Para mí, El despertar de la fuerza estuvo bien, pero hasta ahí (a mis hijos le gustó más), de modo que necesito recuperar un poco de la energía mística que me permitirá sobreponerme a la navidad, esa desdicha obligatoria.
Muchos amigos, además de mi yerno, censuran mi adhesión acrítica al universo Star Wars, pero hay gente que cree en el Papado o en Cambiemos, y yo no digo nada.

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sábado, 9 de diciembre de 2017

La vulgaridad


Por Daniel Link para Perfil

En un antiguo libelo (¿Se puede pensar la política?), Alain Badiou había propuesto una serie de juegos de lenguaje a partir de las premisas: “la derecha miente”, “la izquierda dice la verdad”. Lo primero queda demostrado por la prepotencia de los actuales gestores de políticas públicas en Argentina.
En los últimos dos años los indicadores correspondientes a las políticas monetaria, cambiaria y financiera han despertado la atención de los más reaccionarios economistas, que reconocen en lo que se está haciendo una variante de lo que ellos hicieron en su momento, para hundir al país en una crisis de la que todavía no hemos conseguido salir del todo. Endeudamiento, atraso cambiario, bicicleta financiera y burbuja hipotecaria (las cuotas de los hipotecados aumentarán a partir de este mes un diez por ciento, y nadie sabe si ese salto no será el primero de una serie que Europa conoció en 2008 y que puso en crisis el sistema bancario internacional).
La política tarifaria y las políticas sobre salarios y jubilaciones son indicadores suficientes para saber si una gestión se ha comprometido verdaderamente con los “Objetivos de desarrollo sostenible” propuestos por la ONU en septiembre de 2015 o si adhiere a ellos retóricamente.
En los últimos dos años, el poder adquisitivo de la población en Argentina ha disminuido, tanto por los desorbitados aumentos de tarifas públicas como por la licuación de los aumentos conseguidos en paritarias a través de la inflación. Con eso alcanza para determinar si un gobierno miente o no en la adhesión al “Fin de la pobreza”, el “Hambre cero” y la “Educación de calidad” (ONU).
En los últimas semanas, dos proyectos suman todavía un predicado más al gobierno nacional y municipal (ciudad de Buenos Aires): la reforma pedagógica llamada “Escuelas del Futuro”, propuesta por el Ministerio de Educación de la Nación y la intervención y clausura de los 29 Institutos Formación Docente de la Ciudad de Buenos Aires (con la excusa de formar una Universidad Pedagógica) son de una vulgaridad que provoca arcadas.
Los expertos en educación han objetado el proyecto “Escuelas del Futuro” con argumentos intachables (prescinde de un diagnostico integral de la situacion educativa actual, carece de perspectiva historica y promueve una vision de progreso acritica, no elabora un planteo solido desde sus fundamentos pedagogico-didacticos ni epistemologicos; no ha sido discutida con los diferentes actores educativos: docentes, equipos directivos, familias, investigadores e investigadoras; asigna un lugar secundario a los conocimientos disciplinares, etc.).
Me detengo en la última característica, congruente con la disolución de los Institutos Superiores de Formación Docente de la Ciudad de Buenos Aires: el lugar secundario asignado a los conocimientos disciplinares, que el proyecto “Escuelas del Futuro” licúa en áreas mal diseñadas (Lengua y Literatura, por ejemplo, ocupará la misma que Educación Física), todas ellas al servicio del eje central de la reforma: la digitalización de los aprendizajes y la apuesta a la ingeniería robótica como clave de... ¿desarrollo?
En la misma dirección, la disolución de los Profesorados liquida de un plumazo la formación de expertos en lectura y escritura, una de las características de las instituciones centenarias que ahora se pretende hacer desaparecer sin aviso previo y sin discusión.
Ambos proyectos no sólo están preñados de mentiras de derecha sino también de vulgaridad: ¿hay que recordar a los reformadores que el mayor lingüista del siglo XX, Noam Chomsky, realizó su carrera y sus mayores aportes a la disciplina desde el M.I.T. (Instituto Tecnológico de Massachusetts), precisamente porque las autoridades de esa universidad sabían que no se puede desarrollar inteligencia artificial sin investigaciones de punta en el área del lenguaje?
Si quieren robots, primero necesitamos lingüistas y filólogos. Los mejores de ellos se formaron en el Profesorado “Joaquín V. González”, por ejemplo.
Que la derecha miente es sabido desde la Revolución Francesa. La vulgaridad de la que está dando muestras entre nosotros es, sin embargo, la revelación del siglo XXI.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Lo dado


Por Daniel Link para Perfil

Es difícil encontrar un espectáculo teatral bueno que Rafael Spregelburd no haya ya recomendado en estas páginas. Pero nadie es infalible y hay que aprovechar la circunstancia.
El el Galpón de Guevara puede verse Los huesos, producción coreográfica de Leticia Mazur que ya se había visto en el CC Recoleta en el marco del FIBA.
El poeta Fogwill llamó “lo dado” a los dados. En nuestra cultura se los conoce también como los huesos. En esa línea, entendí el título de la pieza como una tirada de dados (que, como sabemos desde Mallarmé, jamás abolirá el azar). Pero también una meditación sobre eso que nos viene dado: el cuerpo desnudo.
Un poco por eso, cada tirada de dados propone una combinación diferente para los cinco cuerpos desnudos que Leticia Mazur coreografía con exquisitez: dos mujeres (María Kuhmichel, Ana D´orta), dos hombres (Lucas Cánepa, Gianluca Zonzini) y una mujer trans (Valeria Licciardi). La luz juega un papel fundamental. Un reflector central, montado sobre una jirafa móvil que los mismos performers mueven en turno, a veces hace el día y a veces la noche (Matías Sendón diseñó esos momentos lumínicos, y sus transiciones).
Los cuerpos desempeñan todos los gestos posibles: los del trabajo, los de los rituales, los de la angustia, los del juego y los de la conversación silenciosa, según la música que Patricio Lisandro Ortiz pensó con sabiduría.
¿Cuántas combinaciones posibles podrían pensarse para esos cinco cuerpos marcados genéricamente (conviene subrayarlo: no hay lubricidad en el espectáculo)? Infinitas, teniendo en cuenta todas las circunstancias de la vida. Los huesos intenta acercarse a ese límite por medio de una magia teatral que, en sólo una hora, despierta en nosotros un ansia de absoluto que no sabíamos que nos habitaba. La magia de los cuerpos vestidos de gracia (es decir: desnudos como debieron estarlo en el Paraíso, ese mito fundante de nuestra vergüenza).


viernes, 1 de diciembre de 2017

Broche de oro




martes, 28 de noviembre de 2017

Las mejores cosas.....

Anoche vimos el final de la segunda temporada de Better Things, una de las cosas más perfectas que la televisión haya dado,  y nos complace anunciar que habrá una tercera temporada.



Hago mías las palabras de Ben Travers:

Even professional writers have their limit, and mine arrived the moment Max (Mikey Madison) lifted her blindfold and saw her mother, Sam (Pamela Adlon), sisters Frankie (Hannah Alligood) and Duke (Olivia Edward), and grandmother, Phil (Celia Imrie), dressed all in black, standing on a shiny black stage, about to recreate Christine and the Queens’ “Tilted” music video as a graduation present for the family’s eldest daughter.



sábado, 25 de noviembre de 2017

Al infinito, y más allá


Por Daniel Link para Perfil



De los lanzamientos televisivos, dos me llaman la atención: Star Trek: Discovery, que es una continuación o spin off de la serie que modeló mi relación con el universo. Más allá del casting, el diseño de personajes y la nave, Discovery impresiona desfavorablemente por su trama, que carece del encanto de la original y de cualquier intención de intervenir en el presente. El contexto es una guerra contra el imperio klingon (tlhIngan en el idioma que, como todo el mundo sabe, tiene su gramática, sus páginas en Internet, y ochenta dialectos poliguturales que se articulan según una sintaxis adaptable). De entonces hasta ahora ha corrido mucha letra entre los especialistas y en Discovery los klingons hablan durante gran parte de los capítulos en su lengua original. Más allá de eso, todo es bastante aburrido y previsible.
La otra serie se propone como una parodia de la saga Star Trek: se llama The Orville (el nombre de la nave) y fue creada por Seth MacFarlane, quien la protagoniza. Paradójicamente, es más fiel al original: cada capítulo plantea un “problema” contemporáneo. En uno, los protagonistas son secuestrados por una raza superior para exhibirlos en un zoológico. Para rescatarlos, los de la Orville ofrecen a cambio un completo zoológico humano: una colección de más de tres mil reality shows. En otro, una pareja antropo-reptílica de hombres que viajan en la Orville (en esa especie todos los individuos son hombres) procrean una hembra y, de inmediato, solicitan la reasignación de sexo. No revelo la resolución: es impecable. En el último, se propone una sátira de una sociedad cuyo aparato de justicia se compone enteramente de “Likes” y “Dislikes” que la ciudadanía intercambia con los demás. Con grandes estrellas invitadas (Liam Neeson, Charlize Theron) y tramas bien planteadas, The Orville consigue lo que los dueños de la franquicia Star Trek no: una rara felicidad y un asombro ante el mundo.


sábado, 18 de noviembre de 2017

Quemen a la bruja

por Daniel Link para Perfil


Judith Butler ganó la prestigiosa y muy bien dotada beca Mellon, que decidió destinar a armar una red de estudios críticos con varias universidades norteamericanas y latinoamericanas. Como parte de las actividades previstas en uno de los programas incluidos en esa red, se organizó en San Pablo (Brasil) un seminario cuyo título, “El fin de la democracia”, indicaba un camino de indagación: formas radicales de democracia y micropolíticas como salida a la crisis de representación que puede observarse en cada rincón de Occidente.

Enteradxs de la visita de Judith Butler, un grupo de conservadores agresivxs recabó firmas con el objetivo de que la conferencia de Butler se cancelara, porque ella, así dijeron, promueve la destrucción de la familia y quiere “hacernos creer que la identidad es variable y fruto de la cultura”. “foraButler” y “Quemen a la bruja” fueron las consignas que consiguieron más de 360.000 adherentes.

El día del Seminario hubo miles de manifestantes a favor y en contra de la presencia de Judith y su discurso que, justo es decirlo, esta vez tenía poco que ver con la construcción histórica que reconocemos como “género”.

Volviendo a su país, la teórica tuvo que soportar todavía una afrenta mayor: ella y su mujer fueron atacadas por mujeres con pancartas que las empujaron ante la mirada atónita de las fuerzas de seguridad, que permitieron el vejamen. Una de esas ménades persiguió a la mujer de Judith Butler diciéndole: “sos fea, andá a la peluquería”. “Vivan las princesas de Brasil” fue la hedionda consigna de quienes abogaban por retrotraer la discusión política sobre género y sexualidad a la Edad Media. La efigie de Judith Butler fue quemada en acto público mientras se rezaba el Padre Nuestro.

En las últimas semanas, una muestra de arte (Queermuseu) y una performance con un Cristo representado por un transexual fueron levantadas en Porto Alegre y en Río de Janeiro. Estamos hablando de hechos de violencia de género, homofobia y discriminación en grandes ciudades brasileñas. Imaginarse lo que puede suceder en el resto del país, dominado por cámaras legislativas confesionales, hiela la sangre.

Si a eso se suman las reacciones paranoicas y destempladas de prácticamente todas las comunidades en relación con el “caso Kevin Spacey”, queda claro que el mundo se apresta a un salto hacia atrás de imprevisibles consecuencias y que ninguno de los derechos ganados en los últimos años está garantizado.

Un poco por eso, con Albertina Carri y Sebastián Freire creamos un colectivo cuya primera presentación fue “Archivos del goce”, una meditación sobre el modo en que el fascismo ha marcado nuestros cuerpos y hasta qué punto es imposible la felicidad y la algarabía física en un mundo cada vez más inclinado al secuestro, la normalización y la represión de los placeres.



viernes, 17 de noviembre de 2017

jueves, 16 de noviembre de 2017

Ornamento




miércoles, 15 de noviembre de 2017

Si pasás por Cape Town, fijate....



martes, 14 de noviembre de 2017

Preguntan si...

"Leo como leo por los que me enseñaron" 


por Mauro Libertella para Ñ

Novelista, docente y performer -el más audaz de los catedráticos argentinos-, repasa en su nuevo libro su vida como lector y rinde homenaje a sus maestros.



Daniel Link tiene una biblioteca a sus espaldas. La frase no es una metáfora: mientras conversamos sobre La lectura: una vida, en su oficina céntrica de la UNTREF, apenas un vidrio lo separa de una parte importante de la biblioteca de su juventud, que el escritor y catedrático donó a la Universidad. Son los libros de sus años de formación: novelas, ensayos, poemas, cuentos; literatura latinoamericana, francesa, inglesa, italiana, norteamericana. Son los ejemplares que construyeron, poco a poco, estante sobre estante, al Daniel Link lector, y ese recorrido de formación intelectual es el que está narrado en La lectura: una vida, un texto estructurado en diez episodios biográficos, de la infancia al profesorado, de la universidad al trabajo como editor, de los años de periodismo cultural a los amigos de ruta. Todos los lectores se forman de modo único, intransferible, y al mismo tiempo es como si todos compartieran un mismo patrón de sentido, una música secreta que escucharon de chicos y que nunca se pudieron sacar de la cabeza. La lectura: una vida es la partitura de esa melodía.

–Este libro surgió por un encargo, por pedido. ¿En qué momento te encontró esta propuesta?

–Cuando Graciela Batticuore, la directora de colección, me convocó con la idea, yo estaba de sabático escribiendo el libro La lógica de Copi y el pedido coincidió con una necesidad que tenía de declarar las deudas: decir “leo como leo por esta gente que me enseñó”. El libro se escribió muy rápido; son diez capítulos y en diez semanas estuvo terminado.


sábado, 11 de noviembre de 2017

Políticas de la crueldad


Por Daniel Link para Perfil



En una tira de Mafalda, la niña camina con su amiga Susanita. Se cruzan con esa constante visual del paisaje de la ciudad de Buenos Aires: un grupo de mendigos o familia paupérrima (no me acuerdo bien). Mafalda dice: “Me parte el alma ver gente pobre”. Susanita le contesta: “A mí también”. Mafalda: “Habría que darles de comer, ropa, trabajo”. SIgue, creo recordar, un cuadrito en blanco hasta que Susanita remata: “Para qué tanto, bastaría con esconderlos”.

Cuando eran apenas dos jóvenes ambiciosos que actuaban en sótanos porteños, Carlos Perciavalle y Antonio Gasalla grabaron un disco (1971) con algunas de sus mejores canciones y monólogos. El de Carlos Perciavalle ("Los pobres") comenzaba diciendo algo así como: “Qué barbaridad... ¿Ustedes saben por qué pasan estas cosas espantosas en esta país, viste, estos siniestros crueles? ¿Quiénes tienen la culpa de que haya devaluaciones, que aumente todo, que venga la revolución? ¡La gente pobre, m'hija! Si son la mayoría, viejo. Cada vez hay más, ¿viste? Esa gente de lo peor... Siempre vestidos con esos colores tan deprimentes... Mandan a sus chicos a colegios del Estado gratis, donde no va nadie conocido, ¿cómo pueden?”.

La década del setenta imaginaba, a través de esas voces, cómo piensa la clase “alta” y, al hacerlo, revelaba su propio imaginario y la distancia incomunicable de ambos imaginarios. La relación de clase implica siempre el desconocimiento radical del otro.

El monólogo de Perciavalle acaba de ser modelo (voluntario o no) del audio de la Doctora de Nordelta que se queja de sus vecinos porque toman mate, juegan con el perro y gritan: cosas de pobres. La relación entre ambos discursos queda subrayada por el uso de una palabra totalmente fuera de registro y del uso actual: “cache” (equivale a grasa, pero incorpora la sonoridad del kitsch, tan productivo durante los sesenta y setenta).

Las reacciones a ese audio han sido mayormente de condena: pensar así es ejercer una violencia social inesperada. Los mejores comentarios vinieron de otras mujeres que, a la parodia inicial, agregaron las suyas: la Negra Vernaci y Verónica Llinás dieron rienda suelta a su desenfreno y produjeron piezas hilarantes.

Pero en esa cadena de parodias (Perciavalle parodiaba el espíritu de la clase, la Doctora de Nordelta parodiaba a Gasalla, Vernaci y Llinás parodiaban a la Doctora de Nordelta) algo se pierde: la posibilidad de pensar lo otro.


viernes, 10 de noviembre de 2017

Paranoia y deseo

por Daniel Link para Soy




Casuística Un “caso” es tal cuando permite articular algo del orden de lo singular (“esto que pasó”) con asuntos del registro de lo universal. Probablemente Kevin sea una persona sumamente desagradable, pero los enunciados que su salida del armario han desencadenado no pueden ser más alarmantes y merecen nuestra atención. Parto de un recorte de prensa que me envió mi editora para animarme a escribir sobre “el caso Kevin Spacey”. El recorte dice: “Roberto Cavazos, un actor formado en Gran Bretaña y con experiencia en cine, teatro y televisión, dijo el lunes desde su perfil profesional de Facebook que experimentó «un par de encuentros desagradables» con el otrora aclamado protagonista de la serie House of Cards. Según su relato, todos ellos «estuvieron al filo de poder ser llamados acoso. Es más, de haber sido yo una mujer, probablemente no hubiera dudado en identificarlo como tal», agregó Cavazos en su publicación, sin precisar la fecha de tales encuentros”. El recuerdo de Cavazos, de quien sabemos más bien poco, es inquietante porque nos obliga a preguntarnos si cuando le miramos el culo a uno de los chongos que se duchan después de su rutina en el gimnasio no estaremos “al filo de” algún nombre del que no querríamos quedar colgados. Además, el “de haber sido yo una mujer” incorpora una fantasía de cambio de género con la que mejores psicoanalistas que una se habrían hecho un banquete. Pienso en Freud y las pelotudeces que fue capaz de decir sobre “el caso Schreber”, cuando leyó las memorias de aquel juez de la corte de Dresde que se volvió loco de atar una noche en que pensó, en una deliciosa duermevela: “Qué lindo sería ser una mujer sometida al coito”. Unterliegen es el término legal que Schreber usa para definir esa condición de sujeción a un poderío muy inscripto en el sentido común del siglo XIX, que él asocia con no sabe bien qué voluptuosidades. La simple idea, cuando medita en ella, lo asquea.
Poco después se dará cuenta de que Dios, con la mediación de fuerzas, rayos y nervios, quiere volverlo una mujer para cogérselo bien cogido y engendrar en su vientre una nueva raza, habida cuenta de que la especie humana ya había tocado fondo, cosa que a esta altura del partido ya todos sabemos.
Ese argumento (que Schreber escribió en 1901 en el libro Memorias de un enfermo nervioso, para que lo dejaran salir de la clínica donde fue internado y para que le levantaran la interdicción para administrar sus bienes) es la paranoia (cuya lógica definirá Freud a partir de ese libro), originalmente ceñida a ese principio de articulación, el goce femenino y el poder (supuestamente) inscripto en la frase que desencadena el delirio. Los tiempos verbales no coinciden del todo (“sería” piensa Schreber, “hubiera sido”, dice ahora Cavazos). En los dos casos, se trata de una forma potencial y en esa potencias se fundan todas las condenas: paranoico, acosador.



La interpretación Freud no conoció a Daniel Paul Schreber, pero le pasaron su libro. De ese caso, el ilustre vienés dedujo una teoría general de la paranoia en un artículo de 1911. El propio Freud cita el fallo que le devolvió la libertad a Schreber y que, según él, resume su sistema delirante: “Se considera llamado a redimir el mundo y devolverle la bienaventuranza perdida. Pero cree que sólo lo conseguirá luego de ser mudado de hombre en mujer”. Sea, pero Freud entiende que la paranoia fue, para Schreber, una forma de defenderse en contra de un “despertar” del deseo homosexual (nada de eso aparece en el libro, por supuesto). Freud confunde deseo homosexual con identidad de género (“ser una mujer”) y goce femenino con que te rompan bien el culo. Con personas así de toscas, no hay manera de ponerse de acuerdo. En una carta posterior, el maestro Sigmundo escribió: “he triunfado allí donde el paranoico fracasa” (refiriéndose aparentemente a sus propias tendencias homosexuales). El propio Jacques Lacan, en las clases que integran el seminario 3, Las psicosis, tuvo que aceptar que en la paranoia hay un núcleo resistente al análisis propuesto por Freud (que es como decir que meó fuera del tarro).

En todo caso, Freud define la paranoia en relación con otros dos padecimientos que conviene traer a cuento: la hipocondría (forma leve de paranoia) y la erotomanía, de la cual Kevin Spacey fue víctima sacrificial en estos días.



Te amo, te odio, dame más Freud concluye diciendo (lo cito sólo para que los analistas sepan que lo he leído) que “los paranoicos procuran defenderse de una sexualización así como de sus investiduras pulsionales sociales” y por eso “nos vemos llevados a suponer que el punto débil de su desarrollo ha de buscarse en el tramo entre autoerotismo, narcisismo y homosexualidad, y allí se situará su predisposición patológica”. Que el Señor de los Sueños se vea llevado a suponer algo es casi exactamente lo mismo que le pasó al Dr. Schreber: su transexualismo cósmico (él se ve llevado, en su delirio, a una transformación del mundo urdida por Dios) se convierte en un pobrísimo mecanismo de defensa.

¿Qué es un erotómano? Según Freud, un paranoico que ha invertido la frase «Yo [un varón] lo amo [a un varón]» por la frase: “Yo lo odio porque él me ama”.

Lacan lee bien la intervención de Freud y le quita gran parte de su estupidez (toda, hubiera sido empezar de nuevo). Retiene la idea de la erotomanía, que es básicamente la situación paranoica de considerarse el objeto de deseo de todos los demás (incluido Dios, naturalmente) y odiar a todos los demás por ello.

La siniestra sociedad en la que vivimos ha decidido ignorar el registro de lo simbólico y el registro de lo imaginario, y así nos va. Cualquier batracio de estanque de agua podrida (de esos que van al gimnasio a marcar sus abdominales) se cree por eso deseable. Se olvidan que uno desea una cara, porque el deseo es, en última instancia, el deseo del otro.

Una persona dice: hace muchos años, Kevin Spacey estaba borracho y me quiso culiar. Sus presupuestos son: ¿pueden ustedes dudar de mí? ¿Acaso no soy absolutamente deseable? ¿Acaso ustedes no me desean?

Luego un mexicano sale a decir: sí, yo me sentí incómodo en varias situaciones con Kevin Spacey porque me di cuenta de que él me deseaba. ¿Pueden dudar de que Kevin, que es más feo que una cucaracha, me deseara a mí? E incluso más: ¿pueden ustedes dudar de que estas maricas relajadas de Hollywood y Broadway no están todo el tiempo tratando de chuparnos la verga, de violar a nuestros hijos, de emputecer el mundo?

Y en cuanto pueden, los erotómanos salen a decir su discurso enloquecido: lo odio porque me desea, lo denuncio porque me deseó. Si una loca, de armario o no, pone su brazo en el hombro de un actor, un alumno, un compañero de deportes o un pariente lejano, de inmediato esos erotómanos que no son capaces de imaginar ninguna relación que no sea erótica en su sentido más violento (el sexual) dirán: “qué asco, me tocó porque me desea”.

Hemos llegado al punto de mayor vileza que una sociedad pueda sostener: aceptamos a los homosexuales, los dejamos que se casen incluso, les ofrecemos paquetes turísticos y festejamos sus chistes. Pero somos incapaces de aceptar que un homosexual nos toque porque de inmediato sabremos que sólo lo hace porque nos desea. Y lo odiaremos, en consecuencia, por eso.



Girls just wanna have fun Vuelvo a repetir: a lo mejor Kevin Spacey es una mala persona y una bicha repugnante. Pero en lo que se ha oído hasta ahora lo que queda claro es que los paranoicos son los otros.

En Las psicosis, Lacan se sorprende de que un caso que tanta razón hubiera podido darle a Freud haya sido abordado por él “bajo ciertos modos que dejan mucho que desear” y nos regala una equivalencia: “el nombre de Freud(e) significa alegría. En inglés, alegre y despreocupado se dice “gay” y por alguna razón las locas adoptaron la etiqueta durante bastante tiempo: no nos tiren encima sus paranoias y sus erotomanías. Nosotras sólo queremos divertirnos. Si algún ortazo presuntamente hétero cae en la volteada, no nos odien por eso. O mejor: no nos odien. Porque a lo mejor ese odio es el rastro visible de que envidian y desean nuestro deseo.

martes, 7 de noviembre de 2017

¡Y una sin twitter!


(¡Gracias, Patricio!)



Después de todo...




lunes, 6 de noviembre de 2017

Preguntan si...

por Darío Zalgade para OcultaLit

(...)


Vos alternás extraordinariamente bien entre géneros como el ensayo, la novela, el cuento, la crítica. Se hace muy difícil prever en qué consistirá tu próximo libro. ¿Por dónde pasan ahora tus próximos proyectos?

Lo único seguro es que por un tiempo descansaré de los libros con notas al pie. Esa forma de compromiso con la verdad es un poco agobiante. Tengo dos novelas entre manos: una es más fácil y es una especie de mundillo o de ciberciudad con muchos cambios de perspectiva. La otra es más difícil porque me encapriché con un tema histórico que me obliga a avanzar más lentamente.
Ahora participo con personas queridas (Sebastián Freire y Albertina Carri) de un colectivo llamado Colectivo Quri Kancha, con el cual presentamos a principios de noviembre una instalación-performance titulada “Archivos del goce, del amor y del deseo (o el incendio de los lugares comunes)”. En fin, el pensamiento puede aparecer por cualquier parte, y la escritura también. Mejor es no cerrar ninguna ventana, para que todos los vientos nos atraviesen.



sábado, 28 de octubre de 2017

Poesía fúnebre

Por Daniel Link para Perfil

Cuando la Sra. Fernández pronunció el cuarteto de campaña: “Evita votaría a Cristina,/ Perón votaría a Taiana/ y los dos juntos/ a Unidad Ciudadana", la suerte cadavérica del peronismo quedó sellada.
En primer lugar, por la distribución anómala de las cantidades silábicas: si hubiera dicho “ambos”, en vez de “los dos juntos”, la estrofa habría sido sonado más armoniosa, transformada en un terceto en lugar de un cuarteto, porque los últimos dos versos se hubieran fundido en uno solo.
Haber resignado el “ambos” es un rasgo de populismo poético que en este caso produjo más daño que otra cosa, porque estigmatiza al interlocutor como incapaz de comprender ese adjetivo indefinido. Y si alguien no puede comprender qué significa “ambos” en un verso de trinchera, es porque ha sufrido la peor de las escuelas imaginables, o ninguna. La responsable última de un empobrecimiento predicativo semejante es quien estaba hablando.
En segundo término, porque deja flotando la pregunta incómoda: “¿a quién le importa?”. ¿A quién, en efecto, puede importarle a quién habrían votado dos muertos ilustres de la política argentina, que actuaron en un contexto radicalmente diferente del nuestro? Y si alguien hubiera decidido contestar esa pregunta tomando como punto de partida la evidencia histórica, habría concluido en que Perón jamás habría votado una lista encabezada por alguien que insultó su nombre cada vez que pudo (yo soy más drástico: Perón nunca votó a nadie que no fuera él mismo y creo que habría repetido ese capricho). Dejo de lado el pequeño detalle de que, además, el Gral. Perón echó de Plaza Mayo a la izquierda peronista, de la cual la Sra. Fernández a veces se declara abanderada (y a veces, no). ¿A quién habría votado Isabelita?
Y, por último, esa apelación a una herencia imaginaria, ¿no va precisamente en contra de las políticas migratorias sostenidas en los últimos quince años? ¿Y no colisiona con los sistemas de alianzas e impugnaciones propuestos por el mismo Frente de Unidad Ciudadana? Cada vez más latinoamericanizada (una de sus mayores virtudes), la sociedad argentina no tiene por qué sostener los mismos diagramas sentimentales de hace cuarenta años. Llegará un punto en que los nombres Perón y Evita signifiquen tan poco que nadie sabrá bien a cuento de qué se los menciona. Con Lastiri y con Balbín ya pasa un poco eso. A Marcelo Torcuato de Alvear no se lo recuerda, lo que es raro, porque es el antecedente más directo de la actual gestión de gobierno (con las mismas virtudes y los mismos vicios).
Perdió el peronismo de izquierda, pero también el de derecha (con la excepción de algunos caciques aislados). Perdió el peronismo confesional salteño, que sostiene la religión católica en las escuelas públicas: ¿habrá que lamentarlo? Perdió el peronismo de Chaco (provincia creada como Provincia Presidente Perón, una de los tantos nombres que Aramburu se llevó puestos), que prestó a la Nación un vocero memorable. Perdió la izquierda peronista poscristinista y perdió el peronismo atigrado. Nada de lo que el peronismo propuso en los últimos dos años consiguió estabilizarse por encima de las arenas movedizas del olvido que lo amenazan.
Que Cambiemos ganó es evidente, pero más conviene subrayar que no tiene mayoría en ninguna de las dos cámaras parlamentarias, lo que involucra a los sobrevivientes de la hecatombe peronista en lo que suceda en el país de aquí en más.
También es obvio que ganó la izquierda. El FIT suma representantes parlamentarios, lo que lo consolida como la tercera fuerza política a nivel nacional.
La Sra. Fernández tuvo que inventar un crecimiento desmedido de su propia alianza para salvarse de la ignominia de una derrota anticipada por sus versos defectuosos. Sea.
Pero el FIT aumentó su caudal de electores y ese patrimonio, del que todos debemos alegrarnos, es la aurora política que hay que subrayar y cuidar. La tentación de alineaciones de retóricas siempre es muy grande, pero al menos hoy sabemos dónde está la derecha y dónde la izquierda, dónde está enterrado el pasado, y qué fuerzas se disputan el presente. Lo demás, ya se verá.



domingo, 22 de octubre de 2017

sábado, 21 de octubre de 2017

Día de la lealtad


por Daniel Link para Perfil


Ser racional ante un acontecimiento es colocarlo en relación con sus probables causas y prever sus consecuencias. Todo hecho singular y todo acto de discurso responde a un apriori-histórico. Juramentar lealtad, un día al año durante el mes de octubre parece parte del pensamiento mágico, de una disposición al milagro, una invocación que transforma una vida, todas las vidas.
A las 8.05 del pasado 17 de octubre, mi hija dio a luz a su hija Juana, de quien todos dijeron de inmediato que se parecía a su madre, a su padre, a mi madre, a su tío.
Más sabia, su bisabuela dijo que se parece a ella misma, a lo que de ella conocíamos ya por una serie de resonancias magnéticas.
Y sin embargo... Mirarte, Juanita, es sentir mi cuerpo expuesto a una emoción y un amor desconocidos porque no hay más que felicidad irresponsable en el abrazo que alguna vez compartiremos sin otra interdicción que ésta: no sos mía. Mirarte es adivinar en cada uno de tus gestos de recién venida, la vida por la vida misma, el puro instinto de existir, opuesto como un llanto de hambre o de protesta (de ésos que ya se escuchan en tu boca) al orden moral del mundo que nos ofrece tedio y pena.
Mirarte, Juana, ahora, apenas hecha, es comprender que como juegan el fuego y el viento, siempre vivos y eternos, jugará la niña en que vas a convertirte, iluminada por la suave luz de la luna y las estrellas o por el rayo de sol de este verano.
Te miro, Juana, y te imagino durmiendo acurrucada con dos gatas, y sé que la única lealtad a la que podemos aferrarnos es la promesa de que vas a darle al mundo lo que nosotros no pudimos. Pienso en bisontes y en ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en poemas proféticos, en cajitas de música y en caballitos de espuma y de madera, riéndose con vos. Te miro impaciente, esperando que me mires. Ésa es la única lealtad que vos y yo podremos compartir, Juanita: nuestra mirada.