jueves, 21 de abril de 2016

Adios mi juventú


Según confirmó su representante, la estrella de rock falleció hoy, en su casa de Minnesota. El sábado pasado había sido hospitalizado de urgencia en Illions. Padecía una enfermedad pulmonar.




Murió Magaldi, Gardel vive también


Por Daniel Link para Brando

Lado A Para las personas de mi edad (infancia transcurrida en los festivos años sesenta y primera juventud en los ardientes setenta) y de mi formación (por lo menos grado terciario en humanidades, entrenado en las suspicacias de la crítica de la mercantilización de la cultura), Michael Jackson nunca fue una figura cómoda y, durante mucho tiempo, nos fue totalmente indiferente. Todavía hoy, conozco poco sobre la “obra audible y visible” de Jackson (opacada por los torpes e injustos escándalos que lo rodearon) y, por lo general, sus canciones no me conmueven ni me seducen, y casi me atrevería a decir que me aburren.
Durante los ochenta, Michael Jackson tuvo su doppelgänger, mucho más adecuado a la sofisticación que pretendíamos sostener en relación con una cultura musical que, nos parecía, se volvía irremediablemente pueril (como parecía ser su destino desde un comienzo): “el artista antes conocido como Prince”.
Tan agudo fue el conflicto entre Jackson y Prince por la soberanía en el alucinado mundito de la cultura industrial que el primer hijo del autodenominado “Rey del Pop” fue bautizado con el nombre de su sombra (como quien dijera: “Prince es hijo mío”). Fatalmente, esa jactancia terminó volviéndose en contra de quien la pronunciaba y, si hay que creerle a la prensa amarillista, en 2007 Prince
Rogers Nelson habría rechazado la propuesta de Jackson para realizar una gira de conciertos conjunta, en uno de sus tantos anunciados (y malogrados) regresos a los escenarios. Mucho antes, Prince había renunciado incluso a su nombre y había puesto su obra bajo la tutela de un garabato andrógino, como si quisiera ocultar todo rastro de haber sido alguna vez engendrado (y denominado) familarmente, burlar la persecución de las corporaciones de la música y, al mismo tiempo, despegarse definitivamente de la corte disfuncional en la que Jackson quería complicarlo.
Sé que no hay manera de defender los gustos propios, fundados en una imposible (es decir, necesaria) cadena de azares y coacciones, pero
al menos para mí (toda generalización podría volverse en mi contra), Purple Rain será siempre mejor que Thriller y Michael Jackson será Magaldi en un mundo alucinado (los años ochenta) en el que Prince (es el veredicto de mi memoria, es decir, de mi imaginario, y no puedo renunciar ni a una ni a otro) brillará para siempre como Gardel.
Para mitigar un poco estos seguramente caprichosos arrebatos juveniles, me obligo a considerar las ciento cincuenta millones de copias de
Off The Wall, Thriller, y Bad, que convierten a ese trio de discos no sólo en un hito de la industria (algo que sólo puede importarle a los estrategas de la mercadotecnia), sino en una onda irresistible de memoria que hará sobrevivir más de una de las canciones de Jackson después de la desaparición de su soporte biológico (por el sencillo respeto que las generaciones suelen profesar por las pasiones unánimes del pasado, se trate de la Ilíada o de un video de MTV).
La suerte de Prince, en cambio, no está tan clara: revolucionó la música house con su Batdance y también ha vendido decenas de millones de discos, pero canciones como “Nothing Compares 2 U” o “When Doves Cry”, tal vez se asocien antes a los nombres de quienes las reinterpretaron (Sinead O'Conner y Quindon Tarver, respetivamente) que a un nombre de autor insostenible (
The artist formerly known as Prince).
Para una mayor abundancia de argumentos en favor y en contra de Jackson respecto de su doble histórico, Internet (con sus poblaciones de maníacos nómades y persistencias dementes) es la mejor fuente. El mejor comentario en relación con esto sigue siendo el de un anónimo y avispado cibernauta: “la diferencia entre Prince y Michael Jackson es la misma que hay entre Howard Hughes y Hugh Hefner: ¿a quién le pedirías que planifique tu fiesta?”.

Lado B Si he querido detenerme en esos antiguos rivales en el momento en que uno de los dos parece habernos abandonado es porque establecen un principio de articulación que, bien mirado, caracteriza a toda nuestra civilización (la de ayer, la de hoy, la de mañana).
La diferencia (mínima, tal vez, y por eso mismo significativa) entre Prince y Michael Jackson señala el sentido que entre los dos se sostiene, en contra de una cultura que siempre apareció como hostil a toda forma de significación que pretendiera sobrevivir a las aguas heladas del cálculo egoísta. Y sin embargo...
Aunque Michael Jackson haya muerto el 25 de junio de 2009, y aunque Prince
siga estando vivo, ninguna de esos veredictos (vivo/ muerto) son más que aproximaciones a modos de existencia que, antes de ellos, habría sido imposible sostener.
Es sabido que el soporte biológico de la figura llamada Michael Jackson fue mutando con violencia inversamente proporcional al
steady state en el que parece haberse instalado Prince desde hace años. Eternamente joven el último, tan idéntico a si mismo que no puede ser sino otro (otredad que, naturalmente, subrayaba el abandono del nombre que la madre le dio, retomado con el cambio de milenio), desfigurado el primero (ya por una enfermedad hipotética, el vitiligo, o por otra comprobada, la adicción al quirófano y al maquillaje), los dos constituyen especies diferentes de monstruos, es decir: un más allá de todo principio de clasificación y sobre todo, de generación (ya nunca más biológica, ni familiar, ni humana).
Al renunciar al nombre, Prince se obligó a trabajar en un más acá de los sistemas de clasificación, hundiendo su figura andrógina y su compulsión a componer sin pausa en esa marea donde todos las propiedades y todos los gestos se confunden en una misma danza: el reino de lo imaginario, el canto errante de todos los fantasmas.
Michael Jackson renunció a su color, a su cara, seguramente a su extraordinaria capacidad de bailar y de cantar (en algunos documentales últimos su
performance es penosa), mediante sucesivas y dramáticas intervenciones que no hacían sino subrayar la obsesión por realizar su imaginario: someter la carne a todos los sufrimientos del mundo hasta volverla inmaterial, nívea, inconsistente; afectar la propia cara (espejo del alma) a tantos movimientos ascencionales hasta que de ella no quedara sino una máscara angélica, más allá de lo humano, fuera de un mundo que le hizo pagar en moneda contante y sonante el atrevimiento de querer situarse fuera de la historia, la cultura y el Estado (abstracto como pretendía ser, Michael Jackson no consiguió, sin embargo, superar la abstracción del dinero).
Huyendo uno (como si se pudiera) de los nombres propios de la madre y del padre, destruyendo el otro lo real (a golpes de cuchillo), entre los dos trazaron las dos únicas líneas de fuga posibles en relación con la
pop culture y marcharon hacia diferentes formas de desierto, hacia identidades móviles o inexistentes, no pudiendo ya más coincidir con ellos mismos, hacia éticas trans (transhumanas, transgénicas, transestéticas, desorganizadas).
Inútil como es, la muerte de Michael Jackson, ese quijotesco contendiente de lo real que, tal vez sin saberlo, fundó una nueva antropología, nos obliga a canturrear: “descansa en paz (talita cumi),
and let me guide u 2 the purple rain”.




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