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sábado, 9 de julio de 2016

¿Qué nos pasó?


Por Daniel Link para Perfil

La otro noche la vi a Chiche en una de las aburridísimas reuniones de mi amigo Santiago, donde siempre se habla de política en términos que en poco y nada contribuyen a pensar el futuro de la Patria, asunto particularmente importante en un día como hoy, en el que deberíamos estar celebrando algo así como la Independencia, pero en el que nos encontramos, en cambio, en uno de los momentos más bajos de nuestra historia cívica (para momentos oscuros, seguimos teniendo a la Dictadura Cívico-Militar como pozo sin fin de abominaciones). Vuelvo a Chiche, a quien me cuesta seguir muchas veces. En un momento la escuché quejarse de aquellos que entorpecen al gobierno impidiéndole, cito textualmente, “la gestión de los bienes y de la vida”.
Lo que yo puedo decir sobre el asunto es muy sabido: para lo único que serviría un “buen gobierno” es para promover (a través de la educación) que cada uno gestione su propia vida, es decir, para que alcance la soberanía sobre si. Pero es difícil explicarle a Chiche, que siempre se negó a leer a Foucault y a Agamben pese a mis persistentes recomendaciones, que la administración de lo viviente es uno de los aspectos más sombríos de la biopolítica actual. Que el Estado decida sobre estas cuestiones tan delicadas ya es bastante escandaloso, que mi querida Chiche pretenda que no lo obstaculicen en esa misión fascistoide es para protestar en alta voz, pero lo que más desasosiego causa es que ninguno de sus interlocutores, esa noche, haya insinuado que encomendar la totalidad de lo viviente a la vigilancia del Estado es resignar toda hipótesis emancipatoria y aniquilar todo deseo y todo proyecto de felicidad: resignarse al contentamiento.
Contentarse es el tono de este Bicentenario que no nos encuentra más independientes de la Metrópolis (Telefónica, Real Academia Española, el Imperio Británico, etc.) sino acaso más sabios en lo que nuestra dependencia implica y más pesimistas en cuanto a nuestro futuro.
Es como si nos hubiéramos quedado sin deseos de emancipación (sin hipótesis de felicidad comunitaria) y sólo nos correspondiera la esperanza vaga de una vaga ilusión: la crisis global del capitalismo o una catástrofe natural como únicas salidas posibles a este momento de desasosiego, como únicos desencadenantes de las potencias de la imaginación que, lo sabemos, nos habitan como el alma inmortal latinoamericana. ¿Qué nos pasó? ¿Por qué los latinoamericanos no pudimos dotarnos, en estos doscientos años, de las herramientas necesarias para afianzar los proyectos de los padres de nuestras patrias? Culpar exclusivamente al Imperio sería casi tan necio como culpar a las palabras (el carácter hétero-patriarcal de nuestros fundamentos). Atrás de esas verdades (Imperio, capitalismo y patriarcado) están nuestros sueños dañados y nuestro conformismo. 


sábado, 16 de mayo de 2015

Alemania vs. Grecia


por Daniel Link para Perfil



Había un video de los Monty Python distribuido durante alguna de las fiestas deportivas sin igual que son los mundiales, que enfrentaba a un equipo de filósofos griegos (Platón, Aristóteles, Sócrates, los presocráticos en la línea defensiva) con un equipo de filósofos alemanes (Heidegger, Marx, Hegel, Nietzsche como el 10). Por supuesto, sobre el final, los griegos ganaban el partido.



Las imágenes persisten con una potencia que les es propia y hoy ese match se dirime no en una cancha de fútbol sino en ese escenario de conflictos económicos que llamamos Europa: Alemania, que lleva las riendas del partido vs. una Grecia agobiada por una crisis que ha obligado al gobierno de Syriza a transformar sus promesas en sarasa. Grecia acaba de pagar al FMI unos 700 millones de euros que, como no tenía, tuvo que pedir primero en préstamo (al FMI, naturalmente). Si Grecia no consigue acordar con sus acreedores, en dos semanas se quedaría sin liquidez para poder pagar los sueldos de quienes trabajan para el Estado. Wolfgang Schäuble, ministro de Finanzas de Angela Merkel, es el mascarón designado por el gobierno alemán para forzar a los griegos a continuar con el programa de recortes fiscales y reformas estructurales que ni Syriza ni sus electores quieren.

Volviendo a la filosofía, Marx escribió alguna vez que el pueblo alemán es el pueblo filosófico y, desde el otro extremo de la formación filosófica alemana, Heidegger subrayó (sin vergüenza alguna) la congenialidad de la lengua alemana y la lengua griega (de donde la “mision” del pueblo aleman): “Pienso en el particular e intimo parentesco de la lengua alemana con la lengua de los griegos y con su pensamiento. Esto me lo confirman hoy una y otra vez los franceses. Cuando empiezan a pensar, hablan aleman; aseguran que no se las arreglan con su lengua”, declaró en una entrevista a Der Spiegel más famosa por la denegación de su apoyo al nazismo que por esa estupidez demagógica que, sin embargo, hiela la sangre.

La Europa moderna debe más a un filósofo ruso, Alexandre Kojève, que a los alemanes. Kojève (sobrino de Kandinsky) estudió filosofía bajo la dirección de Karl Jaspers pero su mayor influencia fue la de otro ruso, Alexandre Koyré. Los dos trabajaron en Francia y, después de la segunda guerra mundial, Kojève fue el cerebro que, desde el Ministerio Francés de Asuntos Económicos, sentó las bases del Mercado Común Europeo que, luego de su muerte, se transformaría en la zona del euro, hoy a punto de desmoronarse no tanto por la tensión entre lo alemán y lo griego sino por falta de esa imaginación que Kojève (que se reconocía como un “marxista de derecha”) supo imprimirle al pensamiento francés pero, sobre todo, a la gestión de los asuntos estatales. Pensar en alemán o en griego significa pensar obsesivamente en la crisis, cuya puerta de salida, a lo mejor, está en alguna forma de pensamiento ruso expresado en francés.


lunes, 18 de marzo de 2013

La fumata y sus cenizas

por Mario Wainfeld para Página/12

Un papa distinto, sus primeras señales. La alegría, las euforias, las dudas. La gravitación de la Iglesia en el sistema político argentino, su poder fáctico y legal. El accionar de la jerarquía en dictadura y en democracia. La oposición y sus ilusiones. La respuesta del Gobierno. La condición peronista, matices. Un futuro abierto, con riesgos imaginables.

La llegada del primer papa jesuita, no europeo, latinoamericano y argentino acumula novedades extraordinarias. La magnitud del cambio es inmensa, lo que fuerza a ser cauto en todo vaticinio sobre el porvenir. El papa Francisco eligió una presentación que entusiasmó a los fieles de la Iglesia Católica y a varios que no lo son. Habló en italiano y no en latín, se vistió con sotana blanca, esquivó las joyas, anduvo en bondi, usó la palabra “pueblo” en su primera aparición. Su mensaje alude a una Iglesia caminante, dora austera, cercana a los pobres, no a una ONG misericordiosa. Así dicho, sería una revolución respecto de la Iglesia de Roma, real y existente, arraigada desde hace cerca de medio siglo.La euforia renovadora cundió entre los críticos de la jerarquía de las últimas décadas y en especial de los dos anteriores pontífices. Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron los que armaron el padrón del Cónclave que ungió a quien fuera hasta entonces el arzobispo Jorge Mario Bergoglio. Es un dato que, acaso, tenga más relevancia que la que se le asignó, en promedio.
También se extasían los que colmaron de elogios esa etapa reaccionaria, filointegrista. Son reconvertidos, vaya a saberse si de buena o de mala fe.
En la Argentina la alegría es la emoción dominante y palpable. Su causa central es que Francisco está haciendo una promesa venturosa, de difícil concreción. Algunos la dan por ya cumplida con sus primeros gestos, hábilmente mediatizados. Puede haber algún ingrediente banal (parangones con la reina Máxima de Holanda) pero sería una necedad pensar que ése es el núcleo de la masiva buena onda.
Entre los que se regocijaron están los curas villeros de esta etapa, que pisan el barro y están cerca de los humildes. Los que se baten (con sus herramientas y criterios) por la dignidad de los pobres, los que luchan contra la proliferación del paco. El portal Mundo villa.com lo llama “el Papa villero” y pone muy en alto su condición de peronista.

El texto completo, acá

lunes, 11 de marzo de 2013

De l'origine du XXIe siècle (2000)

En el año 2000, el Festival de Cannes encargó a Godard la realización de una pieza para su apertura, para celebrar la entrada en un nuevo siglo:

 


Director: Jean-Luc Godard
Textos: Georges Bataille (citas), Henri Bergson (citas), Jean-Luc Godard, Henri Vacquin (citas), A. E. van Vogt (citas)
Reparto: Pierre Guyotat - Narrador (voz), Ronald Chammah- Narrador (voz)
Música original: Hans Otte
Agradecimientos: Elena Donato 



lunes, 4 de marzo de 2013

Ya llega...

Siglo XXI: Milenarismo y mundialización


(gracias, Diego)