sábado, 22 de enero de 2005
Cuentas que fallan
Pedo líquido
Historia de una ciudad
Todavía puedo vernos en los días previos a la Navidad de 1949, en nuestro living en lo alto del Engelwir Inn, en Wertach. Mi hermana tenía entonces ocho años, yo cinco, y ninguno de los dos se había acostumbrado realmente a nuestro padre, quien, desde su regreso de un campo de prisioneros de guerra francés, en febrero de 1947, había estado trabajando en el pueblo de Sonthofen como gerente (como él decía) y sólo pasaba en casa desde el sábado hasta el domingo a mediodía.
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Niveles de lectura
Existe un lugar común según el cual la escuela, como institución que representa un "orden pretérito" de alfabetización, la alfabetización "letrada"[1], sería enemiga mortal de los medios masivos de comunicación. Esa "guerra cultural" entre dos universos irreconciliables atraviesa todo el siglo XX y las batallas que la constituyen están registradas en las representaciones que los medios suministran de la escuela (de sus contenidos, de los sistemas de sociabilidad que patrocina, de los comportamientos que reclama, etc.) o que la escuela proporciona de los medios (poniéndolos siempre bajo el régimen de la sospecha).
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[1] Entiendo alfabetización "letrada" como el aprendizaje de tecnologías y competencias ligadas con una cierta perfomance exitosa en el universo de la cultura letrada, es decir: libresca. Esa noción ha sido puesta en crisis en el contexto de los new literacy studies, a los que nos referiremos más adelante.
Diario de un televidente
Antes de Los Simpsons, el dibujo animado que reina hace años en el primetime de los Estados Unidos, sólo Los Picapiedras consiguió sostener un suceso semejante. En esa simpática versión paleolítica del american way of life no hacía falta, desde ya, ningún rigor histórico: la mascota de la familia (Dino) y los animales domésticos que cumplían las tareas más pesadas del hogar pertenecían todos al período jurásico. Y la convivencia entre especies diferentes era tan armónica como la época que servía de contexto a Los Picapiedras -la década del 70- podía o quería sostener como utopía: en una sociedad sin fracturas (y en la que, todavía, no se había producido la crisis del petróleo, ese extracto destilado de vida jurásica), los norteamericanos podían y necesitaban convivir alegremente con los dinosaurios, que les prestaban su fuerza y su docilidad: su combustible.
Después, Pebbles y Bam-Bam crecieron y se dieron cuenta de que el mundo era mucho más hostil de lo que podía suponerse: estaba lleno de árabes fundamentalistas, de narcotraficantes, en fin, de enemigos del sueño americano. Hoy, el cada vez más resquebrajado imperio americano no incluye ninguna convivencia armónica salvo la paz conseguida a punta de misiles.
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Blogolandia
La alarma que nadie quiso activar
La pudo haber accionado la Legislatura porteña, cuando hace más de siete meses la Defensoría del Pueblo le alertó que un altísimo porcentaje de locales porteños no garantizaba la más mínima seguridad en el distrito.
Es más, muchos ni siquiera estaban habilitados. Eran muchos los que estaban al tanto de todo eso. Pero no, la alarma no se activó.
También la pudo haber disparado la oposición parlamentaria, cuando vio naufragar sin dar mayor pelea un proyecto de su autoría presentado el 4 de junio de 2004 por el que reclamaba al Poder Ejecutivo redoblar las inspecciones de rutina.
Es curioso, pero en los fundamentos de esa iniciativa, su autora decía que parecía "innecesario insistir sobre la imperiosa necesidad de proteger la vida de nuestros jóvenes con medidas básicas de seguridad". La realidad le demostró que en este tema todo lo mucho es poco y todo lo poco es muerte.
Más en La Nación.
Censura en el New York Times
We had planned for the new Not In Our Name statement of conscience to run on Friday, January 21, in the New York Times. We had a contract and a confirmation number. This ad was to be our answer to the inauguration, and it was timed to appear in the middle of the inauguration news coverage.
The ad did not run. The advertising department were themselves deeply surprised by this, and have not been able to explain what happened. In fact, we were told that to their knowledge this had never happened before.
At the same time, the Times lead editorial said that this should be a time of legitimacy and acceptance for the President -- and that this was especially something that the opposition has to come to terms with.
It is unacceptable that we do not yet know why something that "has never happened before" happened -- a full page paid ad, accepted and slotted in, did not run. This is especially so when the content of the ad, the need to resist the course that this administration has set, is so important to the people of this country and the world. There needs to be an investigation of what went wrong and why. If it was just an honest mistake, we expect that the Times itself would want to know why in order to prevent it from occurring again.
The Times has given us a new ad reservation number and assured us that the ad will now run on this Sunday. However, there is the danger of it being buried in the back of the first section. This would be another way of marginalizing and rendering relatively invisible the voices of conscience and dissent.
We urge signers and supporters of the statement to e-mail the Times to demand that the ad run in the Sunday Week in Review section (where there will be summation of the inauguration) or in the first 10 pages of the first section. Send to the President and General Manager of the Times at president@nytimes.com and to the advertising department at advertising@nytimes.com.
We also urge people to write letters to the Times in response to their editorial (http://www.nytimes.com/2005/01/21/opinion/21fri1.html?oref=login) and requesting that your letter run on Monday. It would make a huge difference in making up the loss of the statement not running today, if people would quote or reference the Not In Our Name statement as part of their answer to the Times.
viernes, 21 de enero de 2005
Mandar fruta*
Fruta prohibida
Viviana Gorbato
Atlántida
Buenos Aires, 1999
368 págs.
por Daniel Link ¿Qué lengua hay que usar para hablar de la sexualidad del otro? ¿Y qué punto de vista? En todo caso: a quién contarle la sexualidad del otro, y para qué. Viviana Gorbato proclama, desde una de las solapas de Fruta prohibida, ser profesora de Metodología de
Hay, entre tantos "testimonios" (alguna vez habría que reflexionar sobre el valor de verdad que las "investigaciones periodísticas" otorgan al testimonio, pero también sobre los protocolos de presentación de esas palabras "verdaderas"), uno de Jorge Lanata ("periodista a quien no le importan las etiquetas"): "Hojeo la biografía -dice Lanata- de una reconocida escritora argentina; es detallada y extensa, pero en ningún lugar se dice que es lesbiana. Un periodista escribe la vida de un prestigioso autor homosexual argentino, y no dice una palabra sobre el tema. ¿Ser gay hizo menos filósofo a Platón?" (p. 200). Más allá de las (complicadas) relaciones entre "vida" y "obra", lo cierto es que resulta un poco arbitrario atribuir a Platón (¡a Platón!) una identidad gay. No sabemos, por supuesto, qué dijo exactamente Lanata (queda claro que la pregunta final poco tiene que ver con lo que viene diciendo), pero lo que queda claro es que Gorbato presenta superficialmente el tema y superficial es su relación con las palabras (y con las indicaciones temporales, y con la bibliografía, y con los nombres propios, etc.). ¡Qué pretenden! -pensará Gorbato llegando a este punto. Ya sé que Platón no era ni gay ni homosexual, pero, ¡bueno!, me dejé llevar por "el desenfado necesario para este libro" (p. 367). La pobre "investigadora" straight se subió a la calesita de las categorías y terminó un poco mareada.
Si algún interés político tiene el examen de la cultura gay es precisamente porque se trata de la primera cultura global (a diferencia de las culturas religiosas o las culturas nacionales, por ejemplo). La "cultura gay" es un sistema de valores (y de restricciones) que opera a escala planetaria y que no se funda en las "experiencias" de la sexualidad (siempre individuales) sino en "comportamientos" (entendidos como parte de un sistema) a partir de los cuales se negocian identidades: ser interior o exterior a la "cultura gay" no es hoy un problema de experiencia sexual. Nada de eso pasa por la cabeza rubia de Gorbato: "Curiosamente, eso que dice Lanata es lo que me ha llevado a miles de kilómetros de mi patria, a recorrer no sólo San Francisco, sino South Beach en Miami, Key West, Sacramento y Washington. Un tour por "gaylandia" en los Estados unidos, simplemente porque quería respirar libertad, sentir que una periodista straight (heterosexual) podía conocer el fenómeno histórico más interesante de esta última mitad de siglo sin invadir intimidades ni caer en sensacionalismos. `El tema no es el sexo, sino la libertad', pienso mientras camino por las calles de San Francisco" (p. 201). Un tour por gaylandia: Esa tal vez sea la mejor metáfora para definir el punto de vista y el objeto de Gorbato: una turista straight (que no es exactamente lo mismo que "heterosexual", claro, pero qué importa) que cuenta rapidísimo sus impresiones a través de un universo cultural completo que se describe como si se tratara de un parque de diversiones.
Y una conveniente apelación a la libertad. ¡La libertad! Como si el deseo (siendo, como es, pura coacción) pudiera interpretarse en términos de libertad. Como si gaylandia asegurara otra cosa que la libertad de mostrar el deseo propio dentro de los estrechos límites de la cultura gay. ¿Será por eso que la homofobia irradia precisamente a partir de Hollywood, cuyas estrellas (en libertylandia) se ven obligadas a alquilar acompañantes (del sexo más conveniente según la moral media del Imperio) para asistir a la entrega de los Oscars?
No, no se trata de la libertad, sino de la hipocresía. Porque hay que ser muy hipócrita para postularse como un campeón de la libertad y, por otro lado, exigir determinados comportamientos sociales en relación con el propio deseo (tan íntimo, tan evanescente, tan inasible, no importa la "dirección" en que se desarrolle): de María José Lubertino, Gorbato dice: "única política que se atrevió a asistir a la semana de Orgullo Gay"). ¡Se atrevió! ¿No es esa acaso una forma velada (la peor forma) de reclamar comportamientos? "Atrévase a nombrar públicamente su deseo", reclama Gorbato página tras página de su "investigación". Y, como entre los muchos souvenirs que ha comprado en su tour por la gaylandia norteamericana está el manual de coming out, Gorbato comete, incluso, el atrevimiento de declarar públicamente el deseo de los otros. Tal psicoanalista (para sopresa de muchos de sus pacientes, que no lo sabían) es gay, tal poeta es la "mamá lesbiana" de todas las poetas.
¿Por qué esa vocación policial (¡identifíquese!), por qué esa desesperación, por qué esa necesidad de hablar del deseo del otro ("lo interesante es que en
En los canales de la televisión por cable consagrados a la exhibición del comportamiento animal suele desarrollarse un punto de vista siniestro, que hace del comportamiento del otro (los animales como otro absoluto) el motivo de todas las burlas. Leones que, tontamente, se acercan a muñecos de felpa pensando que se trata de compañeros de manada, tortugas que al copular emiten gemidos ridículos, gacelas para las cuales la fornicación no es sino un topetazo instantáneo y reproductivo. Lejos de la etología (que es, sin embargo, su punto de partida), estos programas son sencillamente la garantía de la superioridad de la especie humana -como si a esta altura del partido eso necesitara ser demostrado-, algo así como una cámara sorpresa fácil porque el otro nunca sabrá que hay alguien registrando sus taras.
El siempre eficaz Héctor Larrea conduce, por estos días, un nuevo programa de entretenimientos en el cual un panel contesta sobre temas relacionados con el mundo animal. La primera edición de Waku-Waku (programa de una inutilidad casi perfecta emitido por Azul televisión) abundó en risas fáciles y equívocos alrededor de los animales. El panel debía decidir si "El chacal se la come" o qué pasaría con la mariquita que caminaba por un subibaja improvisado.
Puestos a mirar un universo ajeno, la tentación es siempre la misma: hacer notar la supremacía del universo propio, ya sea por diferencia (la cópula humana sería menos ridícula que la de las tortugas) o por interpretación (y, por lo tanto, aniquilación) del otro universo en términos del propio: la humanización de los animales es la manera "humanitaria" para acabar con ellos.
No se trata de la libertad en la "investigación" de Gorbato. Ni siquiera se trata de un paseo por gaylandia. Lo que hace Gorbato es un paseo por el zoológico. Miren estos animales: así encerrados son inofensivos. Fruta prohibida no es una investigación (más bien es un ejemplo de todo aquello que una investigación debe evitar, de ahí su utilidad para los estudiantes de periodismo). Pero Fruta prohibida ni siquiera es un libro (no ha sido pensado ni escrito ni diagramado como libro). Es apenas un ready-made (he ahí la cultura gay) o una excrecencia del marketing, y por eso insiste tanto en la constitución en Argentina de un mercado gay. "Sin dinero (y eso también lo decía Marx) es muy difícil hacer la revolución" (p. 300). Compren gay: son limpios (= clean), son divertidos (= fun).
Hay una sola pregunta que hay que hacerle a todas las culturas: ¿Es el fascismo interior o exterior a la democracia? Muchos piensan que en la democracia de masas (en la democracia actual), el fascismo es interior al mercado. Al menos eso es lo que demuestra la "investigación" de Viviana Gorbato.
Blogolandia
Diario de un televidente
"Hace unos días haciendo zapping, me detuve en el Canal Utilísima. No, no estaban las Superchicas que hacen gym, ni me salía sangre de la nariz, son patrañas. Es que vi que una señora decoraba una silla con motivos de historieta. Primero vi el asiento que tenía una onomatopeya: SNAP! Supongo que sería para levantarse si alguien castañeteaba los dedos. Después vi el respaldo, donde una rostro de chica con reminiscencias de Lichtenstein decía algo poco memorable con un globito".
Chivo
Bufonadas
Fan Club
Diccionaira
César Aira
Emecé/ Ada Korn Editora
Buenos Aires, 2001
640 págs.
por Daniel Link Por fin llega a las librerías el Diccionario de autores latinoamericanos, un libro largamente anunciado desde hace más de quince años y que la típica malicia argentina hacía suponer un invento de César Aira para adornar las contratapas de sus libros. Por supuesto, el libro siempre existió y aquí están estas espléndidas 640 páginas para demostrarlo.
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Senectud (y otros fragmentos de vida cotidiana)
Era la abuela de S., pidiendo ayuda desde su casa. S. se vistió a los apurones, murmuró una respuesta protocolar (que en modo alguno podía ser escuchada fuera del dormitorio) y partió rápidamente en auxilio de su abuela. Cuando volvió me contó que su abuela, de 95 años, sola en su casa, se había desmayado. Cuando él intentó abrir la puerta de la cocina la encontró trabada por dentro y, como la radio estaba puesta a toda marcha, la abuela no lo escuchaba desde dentro. Tuvo que bajar a pedir otro juego de llaves a una vecina para poder entrar por la otra puerta. ¿Deshidratación, golpe de calor? No es posible, con estos días de temperatura benigna. ¿Baja de presión? Tal vez... Habrá que esperar la respuesta del médico. "Suerte que tiene carne", dijo la vecina, porque de otro modo la abuela podría haberse quebrado algunos huesos en la caída.
Lo cierto es que ese grito que partió en dos nuestra mañana (y que, dije yo, bien podría ser el mío dentro de unos años) venía desde el fondo de la soledad y el desamparo. Era el miedo.
Después, dormitamos un poco más todavía, con sueños intranquilos (creo que soñé, una vez más, que uno de mis hijos había muerto).
El weather channel anuncia tiempo despejado para el fin de semana, lo que es una suerte porque tenemos fiesta en la terraza de B. Me comprometí a llevar gazpacho (que voy a preparar esta tarde). Antes, miré las plantas: la desventaja de las macetas es que no conservan la humedad y la lluvia de los otros días no ha dejado resto en ellas. En cuanto el sol deje de darles, voy a tener que regarlas. El misterio de la enamorada del muro fue resuelto: aparentemente es por falta de sol que no se pega a la pared (dijo V., que en su jardín tiene una dichosa y saludablemente enamorada). El error fue nuestro, la pusimos en un lugar equivocado: en la ventana del dormitorio, donde efectivamente pega poco sol (por algo dormimos ahí) y por donde entran gritos destemplados a cualquier hora.
Por alguna razón, me dejo dominar por la melancolía. Dudo que esta tarde trabaje en "las cosas pendientes". Aprovecharé para leer, después del gazpacho. A las 4, dijo B., pasa a buscar mesas y sillas para llevar a su terraza, donde (qué dulce) modificó la instalación de la hamaca paraguaya para que yo pueda usarla sin peligro y sin hundirla hasta que toque el suelo. La vida puede, en efecto, ser dulce. Pero es más frágil que nuestras plantas de maceta.
Oportunista
Blogolandia
Encuentro en Tirando manteca al techo, el retrato del perfecto bloggero ("La obra de arte en la época de su reproductibilidad digital", digamos, nuevamente)
Correspondencia
La revista se encuentra en:
www.escaner.cl
Escáner Cultural
Año 7. Número 69. Enero y Febrero de 2005.
UNIvers(o)
LA INTERACCIÓN ENTRE
EL ARTE CORREO Y EL NET ART
Entrevista de César Reglero a Clemente Padín
Copulando con la mujer-rata
Alberto Laiseca
Simurg
Buenos Aires, 2000
128 págs.
Alberto Laiseca nació el 11 de febrero de 1941 (a las 2.40 de la mañana, para mayor precisión astrológica). En 1976 publicó su primera novela, Su turno para morir, que fue saludada con otro adjetivo de moda por entonces (novela "paródica", se dijo). Matando enanos a garrotazos (1982) fue un libro muy censurado sobre todo por el uso del gerundio en el título. Un juicio tan frívolo -ahora se sabe- hirió la sensibilidad del autor al punto de que en Gracias Chanchúbelo hay un cuento, "Indudablemente, horriblemente, ferozmente", construido como una burla contra aquella descalificación de hace casi veinte años: "Enterándome del desafuero de quien dijera sobre el libro de un amigo (Violando girls scouts en la floresta): '¿Qué se puede esperar de un tipo que empieza en gerundio el título de su obra?', por puro despotismo dedicando, entonces, éste, un mi cuento, a los enemigos de siempre", escribe Laiseca, demostrando que puede escribir mal -sintácticamente mal- cada vez que quiere y se lo propone sin que por ello sus textos pierdan el lujo gongorino o lezamesco que tanto le gusta cultivar. Porque, justo es decirlo, la "obra" de Laiseca se caracteriza por una sofisticación muchas veces inaccesible a quienes son incapaces de leer más allá de un chiste (y sus textos están plagados de chistes).
El mismo año de los asesinados enanos, Laiseca publicó también Aventuras de un novelista atonal, suerte de relato teórico en el que podían leerse los fundamentos de la ficción "atonal" (o "asintáctica", o "acrónica", a veces "ágrafa" pero nunca "arrítmica" o "alógica") que el autor gusta de practicar. Resultado de ese gusto ciertamente desmesurado son también las hipotéticas traducciones de sus Poemas chinos (1987), La hija de Kheops (1989) y La mujer en la muralla (1990), libros que colocaron definitivamente al autor en el aura de otra palabra de moda. Éstos textos parecían demostrar que Laiseca cultivaba el "exotismo".
Por favor, ¡plágienme! (1991), El jardín de las máquinas parlantes (1993) y El gusano máximo de la vida misma (1999) fueron los siguientes títulos que Laiseca entregó a la voracidad o al sarcasmo de sus lectores. Los sorias (1998) merece una mención aparte. Escrita a lo largo de veinte años, esa "novela-saga" tardó en encontrar un editor por la desmesura de su desarrollo, que necesitó de mil trescientas páginas (cómo podía ser de otro modo) para imponer al lector un universo entero. Cuando finalmente salió publicada (en el mismo sello que ahora edita los cuentos de Gracias Chanchúbelo), Los sorias fue saludada como un acontecimiento literario y mereció el Premio Boris Vian -no sin el comentario irónico de ciertos escritores que juzgaron que la novela había sido premiada "al peso" y que ninguno de los miembros del jurado se había tomado el trabajo de leerla.
Ironías aparte, Los sorias marca un antes y un después en la obra de Alberto Laiseca precisamente porque vuelve público ese universo completo que el autor construyó durante tantos años. Varios de los cuentos incluidos en esta última recopilación parecen desprendimientos (temáticos, narrativos) de aquella novela monumental, como si la materia ficcional de Laiseca respondiera a la lógica de la fragmentación progresiva y la proliferación a partir de un núcleo central. Algo así -qué desgracia tener que caer en una torpe analogía como mecanismo explicativo- como el glaciar Perito Moreno desgarrándose y arrojando pedazos de hielo al agua. Algo así de "desmesurado", en todo caso. De ahí que se diga que Laiseca es un escritor "rabelesiano". Los relatos "El tanque" y "La torre de Babel flotante" son buenos buenos ejemplos de ese impulso hacia la gigantografía de Laiseca. Los dos relatos describen máquinas desmesuradas (e inútiles precisamente por su tamaño). El tanque de guerra pesa casi 1323 millones de toneladas y sólo puede ser activado por una población de 30.000 habitantes, la "nave babélica" mide
Esas máquinas absurdas e inmanejables, por otro lado, remiten a las máquinas de Kafka, tal vez el primer escritor que supo ver en el maquinismo desaforado la ruina misma de la tecnología (en su novela América o en el relato "En la colonia penitenciaria").
Laiseca gusta de definir el tipo de literatura que practica como "realismo delirante". Esa forma de lógica encuentra en Kafka, por supuesto, a su más grande exponente. Pero Laiseca incluye en esa serie (para que no queden dudas del carácter deliberado de la construcción) las novelas de Osvaldo Soriano. Si lo que separa la literatura de Soriano de la de Laiseca es la predilección del primero por el registro "populista", lo que los hermana es la aplicación de una lógica implacablemente realista en un universo deformado hasta la comicidad.
Quien se detenga sólo en esa pátina cómica obtendrá resultados más bien pobres (¡qué gracioso es Laiseca!) y perderá de vista la verdadera dimensión de esta literatura, una vez más, rabelesiana, kafkiana y delirante. Como en Kafka y como en Rabelais, todo lo que hay de delirante en la literatura de Laiseca debe leerse como una crítica del mundo y de ciertas lógicas contemporáneas (por ejemplo, la lógica de los lenguajes protocolares, políticos, o publicitarios vacíos de todo sentido). Hay que ir más allá del chiste para percibir ese más allá de horror (o de verdad) que la literatura de Laiseca muestra como destino de nuestra "civilización".
Sólo un ejemplo, tomado al azar. En el relato "El poeta Charán" hay una inconcebible proliferación de ratas. Su protagonista, entregado a un culto esotérico, entabla una extraña relación con esa manada innumerable. "¿Quieres mujer? Pues vamos a dártela", le dicen. "Y con sus propios cuerpecitos, trepando unas sobre otras, formaron una hembra humana gris. El cromatismo duró poco, pues una luminosidad rosada encarnó femeninamente el cuerpo. Era la mujer más hermosa y erótica que hubiese visto en su vida. Tetas perfectas, caderas, todo. Transmitía, además, una increíble pulsión sexual. Era irresistible y sobrevino la relación. Exactamente en el momento en que Ishwar hubo terminado se le ocurrió que estaba a merced de la criatura. "¿Y si decide castrarme? Horrorizado retiró el pene. Ella sonrió y dijo con palabras humanas: -No importa. Igual ya te mordí."
El pasaje podría leerse como una ocurrencia (¡una más!) de las tantas que Laiseca ha prodigado a lo largo de sus páginas. Mejor sería detenerse en el horror que esa mujer-rata evoca. Si hay comicidad (y la hay) en el fragmento, esa comicidad es de la misma índole que en el celebérrimo relato de Kafka, "La metamorfosis", cuando Gregor Samsa, convertido ya en un gigantesco insecto (cucaracha o escarabajo, en todo caso coleóptero), hipnotizado por la música que su hermana saca del violín, trepa hasta apoyar su cabecita animal sobre el hombro de la muchacha.
Si uno se ríe (con Kafka o con Laiseca) es porque esa risa sirve para (des)enmascarar toda psicología, ese horror de la vida cotidiana, el "gusano máximo de la vida misma". Más, para qué.
Galería
Marlon Brando como Stanley Kowalski
Carl Van Vechten (Gelatin silver print: December 27, 1948).
(...) Distinto es el caso de Kowalski, el personaje que Marlon Brando inmortalizó en la versión cinematográfica de la pieza de Williams. O mejor dicho: el personaje que vuelve definitivamente inmortal a Brando. Porque entre el actor y el personaje, como por uno de esos raros milagros que nos hacen confiar todavía en las artes performativas, no parece haber distancia. Brando fue, es y será el único Kowalski y si el actor hubiera desempeñado el papel en teatro y no en el cine, la performance habría sido uno de esos mitos (como Sarah Bernhard) de cuya potencia de verdad sólo nos queda descreer.
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