sábado, 15 de marzo de 2008

Pensamiento vivo

por Daniel Link para Perfil

El Sr. Fogwill, gracias a cuyo desafío público disfruto ya de una computadora libre de las inmundicias que la empresa Microsoft desparrama por el mundo, anunció la aparición de tres libros en el mismo mes. Dejé de lado las reediciones y me apresuré a leer Los libros de la guerra (Buenos Aires, Mansalva, 2008), porque la contratapa incluye un texto mío y quería saber qué peregrinos vuelcos de la imaginación y la opinión aparecía yo avalando. En algún momento del proceso de armado de ese libro, el editor me pidió que le escribiera un "Prólogo". "Si lo escribís vos, debería llamarse 'Trólogo' ", intervino el Sr. Fogwill, con la velocidad de réplica que tanto le envidiamos. Pero después la idea se disolvió en los calores del verano. Por fortuna, porque Los libros de la guerra no necesita de prólogo alguno y mucho menos de uno mío.
Hace muchos años (tantos que ninguno de los dos llevamos ya la cuenta) recibí una carta firmada por el Sr. Fogwill en la que me reprochaba una lectura que yo hacía sobre El entenado de Saer y, más precisamente, sobre el artículo de Frege "Über Sinn und Bedeutung" que yo usaba apresuradamente para justificar mi desagrado por esa novela.
Hace unos meses, el Sr. Fogwill me obsequió una cajita de los asquerosos bocadillos de regaliz que un amigo le trae de Francia para ayudarlo a combatir su tabaquismo. Los adopté para mi propia cura y hace unas semanas Edgardo Cozarinsky (que aparece elogiado tres veces a lo largo del libro) me proveyó una partida entera de Cachou Lajaunie. Gracias a esa acción concertada, ha disminuido considerablemente mi rendición a ese placer que (como todos) me perjudica un poco.
Los libros de la guerra
recopila veinticinco años de intervenciones públicas sobre sexo, tabaco, políticas culturales, literatura, Estado y guerra. Leído de corrido, es de una lucidez y una coherencia que espantan (decir que está muy bien escrito sería caer en obviedades). Las personas de mi generación recordaremos sólo algunos de esos textos (las intervenciones del Sr. Fogwill, cuando creyó oportuno realizarlas, se inscribían en la lógica del terrorismo discursivo: aquí o allá, sin previo aviso). Pero los ejercicios de pensamiento vivo del Sr. Fogwill, sus educadísimas y elegantes argumentaciones, su confianza en la verdad y en la belleza, nos han formado. No diré que Los libros de la guerra es uno de los libros más importantes de este año ni que los jóvenes lo leerán con provecho. Diré sólo que debería ser de lectura obligatoria en todas las escuelas de la Patria.

2 comentarios:

Alvaro Bisama dijo...

Daniel: necesito ese libro de fogwill pero no sé como diablos conseguirlo. me interesa mucho -sobre todo por lo del terrorismo discursivo y todo eso- . si tienes algún dato, me lo puede enviar a este mail, por favor:

bizarrocl@yahoo.com

ah, nunca te agradecí lo de la presentación del año pasado (a mí y a carla baires nos dejó bastante choqueados por razones que no detallaré ahora) y tu extraña cita en el txt de mérida -leido via iván "estoy en todos lados" thays-

eso. un abrazo y gracias.

a.

arqueck dijo...

¡Trólogo!