viernes, 14 de agosto de 2009

Invitación

EDITORA GRUMO PRESENTA

TELQUELISMOS LATINOAMERICANOS
La teoría crítica francesa en el entre-lugar de los trópicos

de
Jorge Wolff


Presentan: Nancy Fernandez - Gonzalo Aguilar y el autor


Miércoles 19 de agosto - 17 horas
Centro Cultural Rojas - Corrientes 2038



jueves, 13 de agosto de 2009

Invitación

Verdad y consecuencia

por Daniel Link

Los espíritus inquietos de finales del siglo XIX se reunían para jugar a las “Consecuencias”, escribiendo por turno en una hoja de papel que luego doblaban para ocultar parte de lo escrito al jugador consecutivo.
Los surrealistas radicalizaron el juego, al que llamaron cadavre exquis (cadáver exquisito), porque uno de los primeros textos que Bretón, Éluard, Desnos y Tzara produjeron hacia 1925 según ese método arrojó el resultado “Le cadavre – exquis – boira – le vin – nouveau” (El cadáver exquisito beberá el vino nuevo”).
De las “consecuencias” los surrealistas pretendían extraer una verdad: la verdad del arte objetivo, despojado de todas las coartadas de la subjetividad y de todos los engaños de la imaginación. Por la vía de la producción colectiva y de la escritura automática (el azar y la coacción eran sus reglas doradas), pensaban los surrealistas, el arte se liberaría de todos los lastres del individualismo y la subjetividad y, en particular, de la belleza, que entendían como la desviación más aguda que el arte clásico había producido.
De los resultados de las “consecuencias” o “cadáveres exquisitos”, naturalmente, no puede hablarse en términos de belleza, porque lo único que pretenden es funcionar como protocolos de una experiencia (colectiva, azarosa y, muchas veces, en estados de semininconciencia, hipnosis, o bajo el efecto de sustancias alucinógenas).
Así, un “buen” cadáver exquisito permitiría revelar, además de la verdad del arte (que es juego, rabdomancia, magia negra, mera escucha de una voz previa, como el mundo), la verdad del grupo que lo ha producido, más allá de las intenciones individuales (desdibujadas y náufragas, por la propia lógica del método, en una instancia superior, objetiva): aspectos no verbalizables de angustia, deseo, lo que fuere (Max Ernst sostenía que el juego permitía revelar los contagios intelectuales dentro de un mismo círculo).

*

Nicolás Domínguez Nacif propuso a diferentes personas (no siempre las mismas, ni tampoco el mismo número y, sobre todo, de diferentes círculos) que se integraran en una experiencia comunitaria (textual o plástica) de inspiración surrealista. Cuando me mostraba los dibujos que quedaron como resultado, me señalaba ciertas recurrrencias: pájaros (o seres alados) negros, “que hoy están tan de moda”.
Sea la moda, la angustia o el deseo, lo que habla en los textos y en las imágenes producidas gracias a la amabilidad del anfitrión no coincide (no puede coincidir) con los reunidos (ni individual ni colectivamente considerados), y se pone en un más allá que bien podría ser la cultura, pero tal vez ni siquiera eso, sino lo que a la cultura se resiste: una capa precámbrica de sensaciones y conceptos para los que no tenemos palabras ni formas de aproximación. ¿No es esa forma vaga de la resistencia y del desasosiego la fuerza de conversión de todos y cualquiera en “artista”?
Pablo Neruda y Federico García Lorca llamaron a sus producciones colectivas “poemas al alimón” (además, hacían trampa). Nicanor Parra, Vicente Huidobro, Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky llamaron “quebrantahuesos” a sus dislocaciones.
Era una manera de establecer relaciones de identificación y distancia con las viejas prácticas que los inspiraron:

Como aquéllos, éstos también dicen estar buscando algo y esa busca queda marcada sobre papeles entintados y coloreados. No importa tanto lo que hayan encontrado sino la actitud de estar buscando.

*

Todo nos lleva a la infancia (la nuestra y la de todos: siempre es la misma, porque la infancia no es un estadio evolutivo sino un estado de la imaginación). Quién no recuerda esos libros de imágenes divididas en tres partes, cada una de las cuales muestra la cabeza, el torso y las piernas de un animal (o una persona) y que podían combinarse azarosamente para producir diferentes variedades de monstruos.
El cadáver exquisito en imágenes parece encontrar en este antecedente su fundamento y no tanto en las “consecuencias”, aunque todo lleve a lo mismo: la producción de lo monstruoso y el descubrimiento de la verdad que allí se esconde.
Y para conseguirlo (para conseguir sostener ese deseo) basta con entregarse a la reunión, al método y al abandono de la mismidad.
Uno de los textos producidos a partir de la invitación de Nicolás Domínguez Nacif lo dice con contundente claridad (copio la primera y la última línea): “Escuchame una cosa, por qué no lo llamamos al Turco (...). Para recordarle todo el tiempo que no es hoja, que no es barro, que es una pobre conciencia”.
¿No es precisamente dejar de ser una pobre conciencia, la pobre conciencia de alguien al que llaman Turco, precisamente, de lo que se trata? ¿No es el deseo de ser barro (uno con la tierra) lo que ordena estas investigaciones rabdománticas y estos pasajes al más allá de la conciencia?
Se trata de la recuperación de la hiperestesia del infante, pero también de la postulación de lo an-estético como horizonte del artista e incluso, más allá del artista: en el lugar en que el artista (el poeta, el músico, todos los artistas) desaparecen y forman la ronda mágica de las experiencias posibles.
La estrategia surrealista, tan radicalmente extraña como fue, tal vez sea incluso demasiado poco y haya que ir todavía más allá para seguir sosteniendo la aventura dichosa de la pérdida de si.
Yo propongo, le propongo a
Nicolás Domínguez Nacif, la producción compulsiva (obligatoria, a destajo) de cadáveres exquisitos. Y sentarnos después a jugar a verdad y consencuencia con esos (estos) papeles entre nuestras manos.



Dicen que...

La máquina Link es pura actividad, el sistema que erige no se detiene ni se cierra sobre sí mismo: idas y vueltas (en tal sentido, la duda sobre el canto de las sirenas podría pensarse como la imagen nuclear del libro), movimiento continuado. Asombra por ello el alcance de este sistema: no evidencia límites precisos, sino todo lo contrario: Fantasmas es una instantánea de sus inquietudes (divertimentos, análisis, críticas: experiencias), en la cual se adivina la geología que la hicieron posible: capas de reflexión pasada, pistas de lo porvenir.

El texto completo de Joaquín Correa puede leerse acá.


miércoles, 12 de agosto de 2009

El pliegue

Hace algunos años, Maria Moreno me había convencido (sin demasiado esfuerzo, debo decir) para que abriéramos, justo enfrente de "Belleza y Felicidad", ese polirubro que marcó a fuego el cambio de milenio, un local que nos devolviera a los viejos valores, los únicos que importan, y por eso quería ponerle como nombre "Orgullo y prejuicio".
Acepté encantado la idea y la asociación porque me parecía que eso daría a la esquina de Acuña de Figueroa y Guardia Vieja una densidad semántica que, más tarde o más temprano, habría de transformarse en contingentes turísticos, homenajes, especulación inmobiliaria, en fin: todo lo que constituye nuestra más fina ecología cultural. La crisis de 2001, naturalmente, acabó con el proyecto.
Recordaba todo esto mientras miraba la nueva versión (¡una más!) de Pride and Prejudice que emite la señal Film & Arts los martes y que se llama Lost in Austen. Son cuatro capítulos, de los cuales ya fueron emitidos dos, y la adaptación (más bien una vuelta de tuerca o Turn of the Screw, para ser más fieles al contexto lingüístico) es encantadora.
Amanda Price tiene una vida más bien mediocre (y un novio muy desagradable) de la cual huye a través de sucesivas relecturas de Pride and Prejudice. Un día, descubre en su baño a Elizabeth Bennet y cree que se está volviendo loca. Pero no, la célebre protagonista de la novela de Jean Austen ha encontrado en su casa ficcional una puerta que comunica con la realidad de Amanda. Sucederá lo inevitable: la curiosa Elizabeth intercambiará lugares con su admiradora, que vivirá entre los Bennet las mismas viscisitudes de Pride and Prejudice, pero que, ligeramente intervenidas por su sola presencia (y los objetos que carga en su cartera: paracetamol, cigarrillos, lipstick), no parecen conducir a los mismos resultados novelescos que todos conocemos.
Por supuesto, cuanto más se empeña Amanda en seguir la trama prevista por Jean Austen (haciéndose pasar por lesbiana, por ejemplo), más hace que los personajes se aparten de ella, y en ese embrollo narrativo la lectora comienza a perder su confianza en los clásicos personajes e incluso se harta un poco de ellos (en particular del antipático Mr. Darcy, desempeñado aquí por Elliot Cowan, a quien conocemos por el vampiro bueno que hace en True Blood)*.
La gran hazaña de los guionistas de Lost in Austen se relaciona con el diseño de personajes y situaciones ya tan diseñados por la Historia que hubiera parecido imposible encontrarles nuevos pliegues.

*Me dejé llevar por un chisme falso.

martes, 11 de agosto de 2009

Preguntan si...

La imaginación, ropaje de lo real

por Alejandra Rodríguez Ballester para
Ñ, 306 (Buenos Aires: sábado 8 de agosto de 2009)

“Contemporáneo es aquel que recibe en plena cara las tinieblas que provienen de su tiempo”. La cita de Giorgio Agamben, que sirve de epígrafe a uno de los capítulos de
Fantasmas, el último libro de Daniel Link, expresa, en clave dark, obsesiones que el libro despliega en variados tonos y registros. Es central la pregunta por esas tinieblas - la imaginación, los fantasmas, las sirenas de la Odisea-, que ejercen la “seducción de lo irrevocable”, largamente conjurada por la modernidad. Y también la preocupación por lo contemporáneo, por esos imaginarios que atraviesan los textos de nuestro tiempo y nos constituyen. Desde Sartre, Barthes y Blanchot, pasando por Susan Sontag , hasta Antelo, Agamben y Sloterdijk, Link traza un mapa seductor y personal del pensamiento sobre lo imaginario. Y ensaya lecturas que recorren los estratos altos y bajos de la cultura, desde las series televisivas y la cultura chatarra al cine de autor; de la fotografía a los dibujos de Tom de Finlandia. Se ocupa de textos literarios que podrían configurar un canon actual –Nabokov, Copi, Bellatin- pero también de Lorca, Rulfo o Saint Exupery. Otros géneros, como el epistolar y la crónica, a la vez que problematizan el discurso crítico, superponen imágenes de ese personaje inclasificable que es su autor: escritor, blogger y “catedrático”, nunca “intelectual”, ya que considera que los últimos fueron los de Punto de Vista. Té de por medio, con un gato sobre el grabador, Ñ conversó con él sobre estos temas, bajo la mirada doliente de un San Sebastián flechado.

Tu libro Fantasmas propone como objeto de reflexión a la imaginación y la opone a la cultura, considerada como un dispositivo que “encarcela imaginarios”. ¿Es siempre antagónica la relación entre imaginación y cultura?

En general, hay una identificación entre lo imaginario y la cultura; en las teorías de base marxista la cultura aparece como una estrategia para legitimar la hegemonía de una clase y la explotación, por lo tanto, lo imaginario adoptaba el mismo papel, como engaño y mistificación en relación con la realidad. En la década del 70, ese punto de vista empezó a ser revisado: la cultura podía ser un dispositivo de disciplinamiento, pero lo imaginario ya existe antes y tiene una fuerza como para sobrevivir y atravesar esos sistemas de clasificación. Encontré autores que habían pensado de ese modo: Roland Barthes, Aby Warburg, para quien las imágenes son una potencia y perduran más allá de los tiempos y de las culturas. En ese punto, lo imaginario vuelve a cobrar una dimensión interesante.

Das una definición bastante compleja de la imaginación por oposición a la idea más corriente de “imaginación creadora”.


Toda imaginación es creadora, inventora. La gente siempre está vistiendo con ciertos ropajes lo que se considera la realidad. Traté de usar lo menos posible la palabra imagen, más cargada de tradición filosófica. La reemplacé por “fantasma”, que es bien transicional: no está ni en el mundo de los muertos ni en el de los vivos; no es exactamente imaginario ni exactamente real. Esa noción permite sostener el movimiento, lo inacabado, lo que no termina de morir como es el caso de la infancia. Los fantasmas son figuras del deseo y del miedo.

La modernidad tuvo cierta imposibilidad de lidiar con lo imaginario, ¿cuáles son las razones de esa imposibilidad?

Desde Marx hasta Max Weber, se ha sostenido que la modernidad es un proceso de laicización, de desencantamiento del mundo. La crisis de valores universales que caracteriza al siglo XX tiene que ver con esa destrucción de lo imaginario; uno no ve el bien o el mal, hay que imaginarlos, la ética también participa de lo imaginario. ¿Por qué sucede esto? Tal vez yo no lo sepa. Supongo que la modernidad que tiene ese impulso hacia adelante, se obligó a descartar lo que tuviera que ver con el pasado.

En este “desencantamiento”, ¿cuál fue el rol del psicoanálisis?

Lacan es muy crítico con el registro de lo imaginario que considera una mera “prótesis”. Pero el último Lacan dice que la tarea del psicoanálisis es llenar de imaginación el mundo, porque lo real es la muerte. Están esos momentos muy duros de la historia, como las guerras o los procesos revolucionarios, si uno no consigue dotarlos de cierta positividad imaginaria lo que queda es pura destrucción. La modernidad trató de desmantelar el registro de lo imaginario. Y lo que quedó fue una suerte de nada.

La figura de las sirenas en la Odisea, sería equivalente a los fantasmas. Vos contraponés dos lecturas: la de Adorno, que lee el mito en términos de clase, para inclinarte por la de Kafka, que pone énfasis en su potencia de seducción. Sin embargo, no parecés descartar totalmente la lectura adorniana.

La lectura de Adorno de la Odisea, como alegoría del capitalismo, es muy astuta. Pero tiene la falla de ningunear a las sirenas, porque le interesa ver cómo en relación con lo imaginario se colocan el burgués y las clases subalternas, Odiseo y sus remeros. Adorno, “el” pensador moderno, no ve lo que se juega en la fuerza de seducción de las sirenas. Kafka, en cambio, analiza qué les pasa a esas imágenes en el momento en que la gente decide no escucharlas. Es lo de Oscar Wilde en El Fantasma de Canterville: viene una familia norteamericana, totalmente pragmática y los fantasmas carecen de fuerza para asustarlos. Pero los fantasmas no siempre sucumben. Aby Warburg ve cómo la serpiente americana y la serpiente europea tienen que ver con terrores que no han sido transmitidos culturalmente. Caillois ve que el pulpo aparece en todas las culturas, un predador del abrazo, es la ambigüedad lo que lo vuelve monstruoso. Y eso está en la morfología animal. Es una idea, quizás demasiado avant garde, pensar que el hombre no imagina nada, y es arrastrado por fuerzas que vienen de otra parte.

Pero también te referís a lo inverso, imaginarios que caducan, como los de la imaginación humanista o la imaginación dialéctica frente a otros que surgen.

Tratando de no sostener un modelo evolucionista, creo que son fuerzas que operan y en algún momento, quedan marginadas y se nota la fuerza de otras. Lo importante es ver cómo se articulan. No es lo mismo la concepción del tiempo en la imaginación humanista, en la imaginación dialéctica, en la imaginación del desastre o en la imaginación pop. La imaginación humanista es la que sostiene la modernidad, que llega a un punto de interrogación sobre sí misma que le demuestra que no hay una sola, sino muchas modernidades. Se comienza a imaginar según otros paradigmas. Es la aparición del arte de vanguardia pero también de las culturas nuevas, la cultura industrial, la radio, los periódicos, nuevas formas de distribución de la información y el saber. Se dan también alianzas entre la cultura letrada y la cibercultura: la problemática en torno a los derechos de autor, en internet, remite a la noción de autor y al universo literario. La cibercultura reivindica la noción de enciclopedia de la cultura letrada, la wikipedia recupera cosas como “el saber importa y debe estar compilado”. Hay un relevo, una dinámica. El pop lo inventó Duchamp, Kafka. Sí, la cultura pop es de los sesenta, pero el pop ya estaba allí.

Te referís a la imaginación de la catástrofe como característica de la contemporaneidad y la leés básicamente en el cine. ¿Ese imaginario puede asociarse a la literatura argentina?

Sí, nosotros tenemos grandes catastróficos, Pizarnik es una de ellos, la noción muy catastrófica del último hombre es una noción pizarnikiana, ella no es sólo la última poeta como dice Aira, sino el último hombre que se postula en ese umbral de transformación que es un umbral de final de la especie, de final de la historia. De allí el progresivo enmudecimiento, despojamiento de vocabulario. Pero los estudios de literatura argentina suelen ser muy endogámicos, como si fuera toda igualmente interesante. Yo trato de pensar lo argentino en un contexto menos escolástico, en relación con lo contemporáneo. Y hay escritores que me gustan mucho, como Copi, argentino o rioplatense, pero al mismo tiempo muy francés y muy influido por Tenesee Williams. En El arcoíris de gravedad de Pynchon, el Martín Fierro, Lugones, tienen un lugar central. Esas mescolanzas me gustan más. Saint Exupery, viene acá, funda Aerolíneas Argentina, conoce a su mujer, la rosa de El Principito, eso es muy argentino…La Argentina, si es algo lo es sólo en relación con otra cosa.

¿Por qué discutís la idea de que exista un “giro autobiográfico” en la literatura?

“Yo” es una figura imaginaria, nadie puede sostener “esta es la verdad sobre mí”, en esa imposibilidad se funda el psicoanálisis. Sabemos que cada vez que aparece “yo soy” lo que sigue es falso. Y bueno, ahí está la gracia. La idea de “giro autobiográfico” no tiene en cuenta la dimensión de lo imaginario, se lo he dicho a Alberto [Giordano], “vos creés que cuando una persona escribe “yo”, lo que va a contar es cierto y no es así”. Por ejemplo, en Banco a la sombra de María Moreno, hay una crónica de ella en Venecia. Y María Moreno nunca estuvo en Venecia. Es un yo totalmente ficcional. Es cierto que hay muchas personas que estamos escribiendo “yo”, “yo”, pero no porque nos parezca que nuestras vidas son divinas sino lo contrario, es tal nulidad mi vida que invento cosas, para hacerla más entretenida. Al decir “yo” estoy estetizando mi propia vida. En el último libro, Giordano comenta esta discusión que tuvimos. No hay por qué creerle al yo.

En Fantasmas escribís que el cierre de Punto de Vista tiene que ver con la pérdida de relación de la revista con lo contemporáneo. ¿En qué reside esa no contemporaneidad?

Yo seguí muy de cerca la trayectoria de Punto de Vista porque fui discípulo de Beatriz. No sabía que la revista iba a cerrar y me impresionó. En ese último número leí una incomodidad en relación con el propio presente, que es esencial en un grupo que se postulaba como autónomo de cualquier institución. Se dieron cuenta: lo que está pasando o no nos gusta, o no podemos dar cuenta de ello con nuestras herramientas. Creo que tiene que ver con que Internet generó formas de intervención que competían con Punto de Vista. El punto de inflexión fue la crisis de 2001, cuando muchas revistas se pasaron a lo virtual. De todos modos creo que Punto de Vista era el último grupo intelectual, lo cual en sí mismo era un anacronismo.

¿Y cuál es el concepto de intelectual que habría perdido vigencia?

Creo que tiene que ver con la confianza en la política, Punto de Vista jamás resignó su confianza en la política. Los sucesivos descalabros del consejo editorial tuvieron que ver con intervenciones fuertes en ese campo. Yo puedo tener mis ideas políticas pero trabajo con gente a la que no le pregunto si estamos de acuerdo políticamente. El intelectual es el que habla a título personal fundando su intervención en la autoridad que le da su nombre propio, eso ya desapareció de la faz de a tierra. Intelectuales libres ya no hay.


lunes, 10 de agosto de 2009

Arenas movedizas

por Edgardo Cozarinsky para Algunas fotos

(...)

¿Hasta qué punto esos relatos abordan, rozan, ignoran al artista cuyo alter ego declara una pertenencia desde el título? Una posible coincidencia, alguna evidente incongruencia, toda una serie de deslizamientos hacen que el espectador se pregunte constantemente de quién le están hablando.

Finalmente entiende que todos hablan de él, del espectador que no tiene por qué ser gay para entender que en este juego de identidades la suya se licúa, se diluye, se reencarna en las de docenas de individuos entre quienes nada, gozoso, Sebastián Freire y nos envía una sonriente reencarnación, ajena a toda culpa, del baudeleriano "hipócrita lector, mi semejante, mi hermano".

El texto completo, sobre el video Cómo me hice gay..., puede leerse acá.


Invitación

domingo, 9 de agosto de 2009

Tradición y modernidad


Foto: Sebastián Freire

Un celular, una libreta Moleskine clásica y, arriba, un disco rígido portátil de 500 gigas...


sábado, 8 de agosto de 2009

De Lenin a Mao

por Daniel Link para Perfil

El martes pasado, después de una presentación del ciclo Confesionario particularmente inspirada, durante la cual Sebastián Freire presentó su video
Cómo me hice gay..., quedamos diez personas en la vereda tratando de decidir a dónde ir a comer (multiplíquese el principio de incertudumbre que involucra siempre una decisión colectiva semejante) hasta que una voz tonante ordenó que fuéramos “al chino de acá al lado”.
Es que, en efecto, desde hace tres meses, al lado del Centro Cultural Ricardo Rojas funciona un restaurante consagrado a la provisión de comida china a vastas concurrencias, a juzgar por las dimensiones del lugar.
Mientras nos instalábamos en uno de los reservados laterales y deplorábamos la decoración tan de crucero internacional de la que había quedado presa la imaginación de los arquitectos, varios de los concurrentes señalaban las dimensiones basilicales del comedor, la grandiosidad inesperada del candelabro central y el todavía más extraño mural neonizado que dominaba los fondos, cientos de metros más atrás.
Es que estamos en el Cosmos”, dije, como explicación que no fue del todo comprendida. “Esto”, insistí, “era la sala del cine Cosmos”.
Allí donde habíamos visto
El Quijote ruso, Potemkin tantas veces, y donde habíamos sucumbido a las falsas mieles del lirismo brézhneviano, allí mismo funciona ahora un gigantesco comedor especializado en viandas chinas donde, nos dijo el mozo (el único occidental, y que parecía ciertamente un antiguo acomodador de la Perestroika que había quedado como parte de inventario del local), los fines de semana no habríamos podido siquiera entrar, tan atiborrado está de miembros de la comunidad que, además de comer, concurren allí a exhibir sus habilidades para el karaoke.


viernes, 7 de agosto de 2009

Ángeles del mal

Por Daniel Link para Soy

La bella edición de
El niño criminal de Jean Genet (acompañada de “Fragmentos...”) nos acerca dos textos capitales que funcionan como gritos de desesperación de quien fuera (y tal vez lo siga siendo) uno de los más lúcidos analistas de la homosexualidad entendida como crimen.

Un cautivo enamorado
¿Y si toda nuestra actualidad no pasara sino por ese hombrecito, alternativamente despeciado y admirado, llamado Jean Genet? ¿No nos obligaría esa constatación a revisar su obra y a preguntarnos hasta qué punto somos capaces de sostener sus incómodas hipótesis o, por el contrario, a intentar, inútilmente, rebatirlas?
Jean Genet nació en París en 1910. Su madre era una prostituta que lo entregó a la asistencia pública en cuanto cumplió un año de edad. Adoptado a los ocho años, comenzó a robar a sus tutores. A partir de los diez años, Genet (alumno escolar aventajado) era ya un ladrón consumado y comenzó a recorrer las prisiones juveniles que constituirán la materia de su literatura y de su ética. Según sus propias confesiones (puestas en dudas por su biógrafo, Edmund White), llegó a prostituirse.
En 1943 publicó la novela
Santa María de las Flores, que llamó la atención de sus contemporáneos por la calidad de su prosa y la radicalidad de su opción por el Mal (la “gratuidad” y la “inutilidad”). En 1949, Diario de un ladrón recogió sus experiencias como vagabundo, ladrón y prostituto por toda Europa durante la década anterior. Pocos meses antes, y luego de diez condenas consecutivas, sólo la intercesión de Jean-Paul Sartre, Jean Cocteau y Pablo Picasso (que en 1944 lo habían sacado de la cárcel) lo salvaron de la cadena perpetua y le ganaron un indulto presidencial por todas las condenas en suspenso.
Para entonces había publicado ya cinco novelas -
Pompas fúnebres (1947) y Querelle de Brest (1947), entre ellas-, tres obras de teatro -Las criadas (1947) es la más conocida y tuvo una profunda influencia en el pensamiento de Jacques Lacan- y varios libros de poemas. Pero arrancado del mundo del delito, al que se había entregado con devoción sacrificial, Genet se encontró con problemas para seguir escribiendo. La “normalidad”, a él, le olía a muerte.
El golpe definitivo vendría de la mano de Jean-Paul Sartre, a quien Gallimard le había encargado un prólogo para las
Obras completas de Genet que preparaba. Sartre se tomó en serio su trabajo y el resultado fue el monumental Saint Genet. Comediante y mártir (1952), un epitafio de casi seiscientas páginas en la que Sartre, entre otras cosas, propone una teoría de la libre elección sexual (de la que la homosexualidad sería su caso más agudo y más visible), que Genet abominó en general y en especial aplicada a su vida y a su obra.
En 1984, la Academia Francesa le concedió el Premio Nacional de Literatura. El 15 de abril de 1986, sus restos fueron enterrados en Marruecos. Había contraído cáncer de garganta, pero probablemente murió de una caída.

El Mal como experimento En la perspectiva de Genet, muy explícita en los dos textos que la madrileña editorial errata naturae ha reunido ahora bajo el título
El niño criminal con traducción y prólogo de Irene Antón, “la sociedad pretende eliminar, o volver inofensivos, los elementos que tienden a corromperla” (pág. 47). Contra ese “proyecto de castración” el poeta (el criminal, la loca) levanta su grito de protesta.
El niño criminal es un texto escrito por encargo (habría que agregar: ¡a quién se le ocurre!) para la Radiodifusión Francesa, que pensaba emitirlo como parte del ciclo “Carta blanca” en 1948. Pero del dicho al hecho, en este caso, hubo un abismo, y ni
El niño criminal de Genet ni Para acabar de una vez con el juicio de Dios de Artaud pudieron ser leídos. Las razones son obvias: Genet se dirige a los niños criminales para recomendarles que persistan en su empresa de disolución, porque es eso lo que los hace bellos.
El otro texto, “Fragmentos...”, parece ser el efecto de un desencanto amoroso y postula, con el alto estilo lírico característico de Genet, una teoría de la homosexualidad como caída, pecado, ruina y condena eterna. Muy deshilvanado (y, por eso mismo, delicioso), incluye unos “Fragmentos de un segundo discurso” en los cuales se lee, inevitablemente, un antecedente de los
Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes.
Leído por Sartre pero también por Bataille, Lacan, Derrida (que en
Glas lo pone, literalmente, junto a Hegel), colaborador de Michel Foucault y Daniel Defert en el Grupo de Información sobre las Prisiones, retomado recientemente por Didier Eribon para, en algún sentido, refutar la corrección política de las ideologías norteamericanas, llevado al cine por Fassbinder en una de sus más grandes películas (Querelle), es muy probable que Jean Genet nos resulte hoy un poco anacrónico y, por eso mismo, estimulante: aunque sus hipótesis se nos aparezcan como cosa envejecida, o tal vez por eso, tienen el sabor de lo insospechado, de lo que violenta el propio pensamiento y lo pone a andar en una dirección desconocida.
Se trata de reinvindicar, precisamente, la salida desconocida del experimento y, por lo tanto, el Mal:
“si pretendemos realizar el Bien, sabemos hacia dónde nos dirigimos y qué es el Bien, y que la sanción será beneficiosa. Cuando es el Mal, no sabemos todavía de lo que hablamos. Pero sé que es el Único en poder suscitar en mi pluma un entusiasmo verbal, signo aquí de la adhesión de mi corazón” (pág. 51).
Por la vía del
Saint Genet de Sartre, Oscar Masotta incorporó a la tradición argentina (leyéndolos en Arlt) los motivos más característicos de la ética genetiana. Tal vez sea ya tiempo de declarar definitivamente caducas aquellas perspectivas o, por el contrario, de investigarlas hasta sus últimas consecuencias.

La comunidad imposible El niño criminal es para Genet, todavía, una figura heroica porque es objeto de un martirologio: odiando la sociedad, se pone al margen, roba y delinque, busca su castigo porque entiende que son ésas las penas que lo convierten en algo más que la masa boba de la “buena gente” (de los bienpensantes, se diría hoy), en algo diferente, en algo superior. Entre criminales puede haber asociación e, incluso, camaradería (aunque la traición, el acto más gratuito y más inútil, esté siempre en el horizonte de esa precaria teoría de conjunto).
El homosexual, en cambio, es dos veces víctima del odio y del terror. La homosexualidad “me aísla, me separa a un tiempo del resto del mundo y de cada pederasta. Nos odiamos, en nosotros mismos y en cada uno de los demás. Nos desgarramos” (pág. 73).
Lo que a las locas les queda es la comunidad ausente o la ausencia de la comunidad. Contra toda teoría de las identidades, Genet postula una deriva (una ascesis) en solitario, un
Soy que jamás podrá declinarse en plural salvo asociado con la negación: “no somos”.
¿De donde viene esta imposibilidad radical para pensarse grupo, comunidad, para imaginar la propia identidad en relación con otras?
Se trata de la Mujer, al mismo tiempo expulsada de ese universo en el que cada partenaire sexual se siente como piedra, mineral, abstracto, pero que vuelve, irónicamente, como máscara: “Nos llaman afeminados. Expulsada, secuestrada, burlada, la Mujer, a través de nuestros gestos y nuestras entonaciones, busca la luz y la encuentra: nuestro cuerpo, agujereado de repente, se irrealiza” (76).
Lo que condena al homosexual es ese principio de irrealidad, esa esterilidad irrevocable que fertiliza de vacío sus actos. Es decir: lo que lo obligará a pagar con angustia contante y sonante “el estúpido orgullo que nos hizo olvidar que salimos de una placenta” (77).
Intentando recuperar las tajantes definiciones genetianas, Didier Eribon las ha inscripto en una teoría generalizada de la injuria: es la injuria fundacional que señala al niño como “maricón” (o la palabra que se quiera), la que lo aisla, lo separa, lo condena y lo obliga a aceptar el odio como único motor de su existencia.

El cielo y el infierno Pero Genet tal vez hubiera rechazado esa hipótesis sentimental y redentora (“Yo, soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amor”, etc...). Lo que le interesa de la homosexualidad (como tema de discurso), es el modo en que supone una antropología entera y, por lo tanto, una cosmovisión y, también, una ética. Si la homosexualidad no es de elección libre, tampoco se llega a ella por pura presión social. La homosexualidad es, como la palabra de Dios, una llamada, una convocatoria.
Lo que Genet señala es que al tachar a la Mujer de su horizonte de ternuras, el homosexual se entrega a una existencia moribunda (y, en este punto, parece incluso más existencialista, aún, que Sartre). La teoría de la homosexualidad genetiana recurre a la autoctonía como principio explicativo: la loca se genera sola, sin la intervención de lo otro (la Mujer, sin la cual no puede haber mundo). Su principio reproductivo es el contagio y no la familia. Su destino es el infierno (donde se esconden todos los demonios y las divinidades del subsuelo, de la tierra, de la autoctonía) y no el cielo (donde moran la Sagrada Familia y sus fieles seguidores). El homosexual, “suspendido entre la muerte y la vida”, habla “desde el fondo de un pozo” (pág. 80), como una Samara insepulta que viene a atormentar los sueños de los niños vivos (pocos años antes que Genet, Federico García Lorca había sostenido una teoría semejante).
Lo que separa a Genet de Sartre (entre tantas otras cosas) es la profunda religiosidad del primero, aunque se trate de una religión pagana. Genet pone a la homosexualidad del lado de un complejo crimen imaginario, del lado de una llamada irresistible (que es la llamada del goce y también de la condena eterna).
Desterrado del cielo por haber escuchado el llamado del abismo, lejos de toda malevolencia (porque no es capaz de alcanzar nunca, verdaderamente, el estado adulto), el homosexual es un ángel del Mal, un expulsado de toda comunidad porque en ninguna encuentra la posibilidad de construir alguna identidad que no sea precisamente la del desvío, el rechazo, la caída. ¿Cómo podría pensar el homosexual que su sustancia y su forma han sido producidas (por las leyes de la genética o por las reglas familiares)? No, no ha habido nunca intercesión alguna de algo ajeno a esa mismidad que lo constituye, lo paraliza y lo subleva: es él y sólo él (y su melancolía).
¿Por qué no morir, entonces? ¿Por qué no entregarse al mar de todos los olvidos? "El orgullo cambió el exilio en rechazo voluntario, pero la soledad luminosa y continuamente deseada del artista es lo contrario de la reclusión taciturna y arrogante de los pederastas” (pág. 81). Ésa es la clave: llamadas por potencias infernales, obligadas a obedecer esa voz que las separa de si para siempre (separación que jamás permitirá que haya coincidencia del yo consigo mismo, ni con los otros), las locas se sostienen sólo en un arte, el arte de vivir, para el cual, naturalmente, no hay regla escrita y todo está, siempre, por principio, a punto de inventarse.

Destacado: “Las locas se reconocen en la vergüenza que ellas visten de oropeles” (Jean Genet)

Jean Genet. El niño criminal. Madrid, errata naturae, 2009. Traducción y prólogo de Irene Antón

Recuadro: Dos fragmentos

Saint-Maurice, Saint-Hilaire, Belle-Isle, Eysse, Aniane, Montesson, Mettray, he aquí algunos de los nombres que tal vez no signifiquen nada para ustedes. En la mente de cada niño que acaba de cometer un delito o un crimen, son la proyección, durante un tiempo definitivo, de su destino.

“Estoy condenado hasta los veintiuno”, dicen. Cometen un error (voluntariamente), porque el veredicto del tribunal que los juzga es el siguiente: “Absuelto por haber actuado sin discernimiento, y confiado hasta la mayoría de edad al patronato de rehabilitación...”. Pero el joven criminal rechaza ya la comprensión indulgente, y la solicitud, de una sociedad contra la cual acaba de sublevarse al cometer su primer delito. Por haber adquirido, a los 15 o 16 años, una mayoría de edad que la gente de bien no tendrá todavía a los 60, desprecia su bondad. Exige que su castigo se lleve a cabo sin dulzura. Exige, para empezar, que los términos que lo definen sean el signo de una crueldad superior. Sólo con una suerte de vergüenza admite el niño que acaban de absolverlo o que se le condena a una pena leve. Desea el rigor. Lo exige. En sí mismo alimenta el sueño según el cual la forma que tome la pena será un infierno terrible, y el correccional será un lugar del mundo del que no se regresa nunca. Efectivamente, no se regresaba nunca. Al salir se era otro. Se acababa de atravesar una hoguera. Y los nombres que he citado hace un instante no son cualquier cosa: están cargados de un sentido, de un peso aterrador que los niños exageran aún más. Ahora bien, esos nombres serán la prueba de su violencia, su fuerza y su virilidad. Porque eso es exactamente lo que los niños quieren conquistar. Exigen que la prueba sea terrible. Quizá para extenuar una necesidad impaciente de heroísmo.

De “El niño criminal”

¿De qué te protege la camelia fabulosa? El vapor del agua no les sirve de nada a tus bronquios delicados y floridos. Descalzo sobre las baldosas, vestido con una toalla de felpa, en el vaho que, junto con la vergüenza, te aleja y te abstrae, hubieras ofrecido tu ojete dorado. Ojete brindado a la pinga de los viejos. Tu ruina interior te retenía en la puerta. Pero para tu orgullo: qué sueño, tú, el más deseado -sin conocer los de Roma, te observo en esos baños turcos donde pensabas prostituirte-, esperado, ofrecido, vecedor e infernal, de entre todos esos cuerpos aceitosos e hirientes, recorriendo en silencio e iluminando por: tus dientes, tus ojos, tu cinismo, esa masa de vapor blanca y húmeda. Contra ellas -tuberculosis y muerte-, he aquí mi remedio: eres una puta. El vocablo no es un título, indica tu oficio. Sé una puta sublime. Recitas -como el lenguaje poético, todo en ti se dirige hacia la muerte, donde perezosamente te sepultas- con una voz blanca y altanera un texto olvidado. Así, lo que morirá cuando tú mueras será, no un hombre, sino un heraldo portador de armas exteneuadas.


De “Fragmentos...”


jueves, 6 de agosto de 2009

Correspondencia

De Katia Lara para Andrés Di Tella:

(...) hasta el momento se reportan 2,200 denuncias de violaciones a los DDHH.
Ayer entrevistamos a Berta Oliva de COFADEH (Comité de faliliares de detenidos y desaparecidos de Honduras). Lo que dice sobre las diferentes técnicas para matar de acuerdo al mensaje que los represores quieren que leamos, es también impresionante...
van 8 muertos confirmados...


El nuevo tema de Charly García, ¿es nuevo?

por Victor Pintos para rock.com.ar

“Deberías saber por qué”, el tema nuevo de Charly García que mañana será estrenado a través de una mega cadena de radios en una acción de marketing inédita para la música rock del sur del mundo, ¿es nuevo?
Ésta es la pregunta que uno puede hacer luego de que apareciera en la web, en las últimas horas, un post proveniente de Mar del Plata* que incluye el tema “Deberías saber por qué”… supuestamente grabado en febrero de 2008 luego de un show de Charly García en esa ciudad. (La agenda de rock.com.ar confirma el dato: el 9 de febrero de ese año, García tocó en el Roxy de esa ciudad).




*Un post privado, exclusivo para miembros de la comunidad Taringa! (DL)

La nota completa, acá.



"Chaco montaraz, toba redomón, fui mujer entera..."



PROGRAMACIÓN COMPLETA


Miércoles 23

9:30hs. INAUGURACIÓN OFICIAL DE LA NUEVA SALA “LA MÁSCARA TEATRO”
10hs. CONFERENCIA DE PRENSA
Con la presencia de las autoridades del festival, los artistas participantes llegados desde las provincias, la Capital Federal y desde el exterior.
Además estarán presenta funcionarios nacionales, provinciales y de las áreas culturales que apoyan en encuentro teatral.

11hs. APERTURA DE LA MUESTRA FOTOGRÁFICA DE SEBASTIÁN FREIRE
EL ESTILO SOY YO

Muestra fotográfica basada en la producción de la sección “ESTILARIOS” para el suplemento SOY del diario argentino PÁGINA/12 con personas LGBT de las más variadas actividades.

21:30hs. APERTURA DEL FESTIVAL
Palabras de bienvenida a cargo de los responsables del festival RUBÉN DARIO LEYES y JUAN BAUTISTA BRITEZ.

22hs. “SI CRECISTE EN LOS 80”
La Plata, Provincia de Buenos Aires
Dirección GUILLERMO FORCHINO
Elenco: JULIÁN ARENAS, LORENA VELAZQUEZ y DIEGO NICHOLSON
Comedia reflexiva sobre el amor y la educación. Con una gran cuota de recuerdos de los 80, apostando al futuro.

NI HOMBRE, NI MUJER… TRAVESTI!
Jueves 24

21:30hs. - COLLETTE RICHARD presenta “A SU IMAGEN Y SEMEJANZA”
Montevideo - Uruguay
Prof. de Danzas y Literatura, actriz y conductora radia uruguaya, COLLETTE RICHARD dará testimonio de vida, de cómo es abrirse camino y crecer en la sociedad montevideana, teniendo una identidad travesti.
Además presentará la novela “A SU IMAGEN Y SEMENJANZA” de HELENA MODZELEWSKI (docente en Ciencias de la Educación) basada en entrevistas realizadas a travestis uruguayas entre los años 2002 y 2004.

22:30hs. “DÍAS DE LIBERTAD”
Santiago del Estero
Dirección: FABIÁN AVALOS
Elenco: MARÍA MARTA CONTRERAS - LUISA PAZ - SANDRA CASTILLO - LALY ROLÓN
Es un trabajo realizado dentro de un formato de taller actoral, en base a improvisaciones, por integrantes travestis sin experiencia teatral previa, que por primera vez, incursionan en un escenario y vivencian un texto teatral.
Representaron a Santiago del Estero en el Festival Teatral Nacional del INADI, en la ciudad de Mar del Plata, en febrero del corriente año.

AMOR Y PASIÓN ENTRE MUJERES
VIERNES 25

21:30hs. - “TORTITA DE MANTECA”
Capital Federal
Dirección: MARTIN MARCOU
Elenco: VALERIA ACTIS - CHECHA AMOROSI
Melodrama homosexual sobre el universo lésbico. Una mirada con sustancia sentimental, llena de resquebrajaduras emocionales, dentro de un contexto opresivo y descolorido, donde la ausencia y el desamor, se miden en un encuentro esperado.

23hs. - “LESBIVIENDO EN PARAGUAY”
Asunción - Paraguay
Dirección: TERESA GONZÁLEZ MEYER
Creación colectiva realizada por un grupo de lesbianas en La Serafina.

APRENDAMOS DEL DOLOR Y VIVAMOS CON HUMOR
SÁBADO 26

21:30hs. - “LA NOCHE QUE LARRY KRAMER ME BESO”
Capital Federal
Dirección: MARTIN ALOMAR
Elenco: JAVIER VAN DE COUTER
La obra narra un viaje de auto descubrimiento en una serie de meticulosas y artesanales escenas que son a veces líricas, a veces profundas y a veces hilarantes. El titulo refiere no a un “beso” en si, sino a la noche que el autor recibió "el beso" de orgullo y auto reconocimiento de su propia sexualidad en tiempos del sida, al ver la obra de Larry Kramer: “The Normal Heart”.

23hs. - CIERRE DEL FESTIVAL
Entrega de los certificados de asistencia y participación del festival

23:30hs. “IMPROVISACIONES MOSQUITO”
Capital Federal
Dirección: MOSQUITO SANCINETO
Elenco: 4 actores improvisadores
Mosquito Sancineto despliega talento y creatividad con una presentación tan participativa como divertida, y suma a sus actores-jugadores, entrenados en la técnica de la improvisación teatral, formando 2 equipos que, se encuentran y compiten dando vía libre a sus locuras. El público participa activamente eligiendo el título, los estilos y calificando las improvisaciones.

EL FESTIVAL EN EL INTERIOR DE LA PROVINCIA
Por primera vez, el Festival programará obras participantes en 4 ciudades del interior chaqueño, para ampliar el mensaje y la reflexión sobre la diversidad sexual y enriquecer la experiencia de los actores llegados desde otras regiones.

JUEVES 24
LA BREÑAS - 22hs. - “IMPROVISACION MOSQUITO”
CHARATA - 22hs. - “SI CRECISTE EN LOS 80”

VIERNES 25
ROQUE SAENZ PEÑA - 22hs. - “IMPROVISACION MOSQUITO”
SAN MARTIN - 22hs - “SI CRECISTE EN LOS 80”



miércoles, 5 de agosto de 2009

Cierto estado de las cosas

por Diego Rojas

Si bien la muerte del autor fue señalada hace bastante tiempo, no parece necesario reafirmarla: existen algunos escritores que mucho se esfuerzan por intentar matar simbólicamente a sus pares, en lo que constituye una extraña estrategia de posicionamiento personal. Tal es el caso de Patricio Pron, argentino residente en España, que publicó una crónica que cuestiona a los jóvenes autores de la literatura nacional –a los que acusa de una desesperada ansiedad por insertarse en el mercado a cualquier precio–, a la vez que se postula a sí mismo como un escritor puro, serio, alejado de las miserias que destellan en sus colegas. Si bien el parricidio es una práctica que siempre retorna y suele ser deseable a la hora de la constitución de una generación literaria, todavía no están probadas las virtudes de la acción fratricida para intentar un escalamiento. Sin embargo, se ve, hay quienes incurren en ella.


El texto completo, acá.



Invitación





martes, 4 de agosto de 2009

Invitación

El libro del año

lunes, 3 de agosto de 2009

Invitación





Mysterious Object at Noon



Fragmento de Mysterious Object AT Noon (2000), un "cadáver exquisito" dirigido por Apichatpong Weerasethakul cuya versión completa puede conseguirse fácilmente en los servidores P2P.



sábado, 1 de agosto de 2009

Murió Magaldi, Gardel vive

Por Daniel Link para Brando

Lado A Para las personas de mi edad (infancia transcurrida en los festivos años sesenta y primera juventud en los ardientes setenta) y de mi formación (por lo menos grado terciario en humanidades, entrenado en las suspicacias de la crítica de la mercantilización de la cultura), Michael Jackson nunca fue una figura cómoda y, durante mucho tiempo, nos fue totalmente indiferente. Todavía hoy, conozco poco sobre la “obra audible y visible” de Jackson (opacada por los torpes e injustos escándalos que lo rodearon) y, por lo general, sus canciones no me conmueven ni me seducen, y casi me atrevería a decir que me aburren.
Durante los ochenta, Michael Jackson tuvo su doppelgänger, mucho más adecuado a la sofisticación que pretendíamos sostener en relación con una cultura musical que, nos parecía, se volvía irremediablemente pueril (como parecía ser su destino desde un comienzo): “el artista antes conocido como Prince”.
Tan agudo fue el conflicto entre Jackson y Prince por la soberanía en el alucinado mundito de la cultura industrial que el primer hijo del autodenominado “Rey del Pop” fue bautizado con el nombre de su sombra (como quien dijera: “Prince es hijo mío”). Fatalmente, esa jactancia terminó volviéndose en contra de quien la pronunciaba y, si hay que creerle a la prensa amarillista, en 2007 Prince
Rogers Nelson habría rechazado la propuesta de Jackson para realizar una gira de conciertos conjunta, en uno de sus tantos anunciados (y malogrados) regresos a los escenarios. Mucho antes, Prince había renunciado incluso a su nombre y había puesto su obra bajo la tutela de un garabato andrógino, como si quisiera ocultar todo rastro de haber sido alguna vez engendrado (y denominado) familarmente, burlar la persecución de las corporaciones de la música y, al mismo tiempo, despegarse definitivamente de la corte disfuncional en la que Jackson quería complicarlo.
Sé que no hay manera de defender los gustos propios, fundados en una imposible (es decir, necesaria) cadena de azares y coacciones, pero
al menos para mí (toda generalización podría volverse en mi contra), Purple Rain será siempre mejor que Thriller y Michael Jackson será Magaldi en un mundo alucinado (los años ochenta) en el que Prince (es el veredicto de mi memoria, es decir, de mi imaginario, y no puedo renunciar ni a una ni a otro) brillará para siempre como Gardel.
Para mitigar un poco estos seguramente caprichosos arrebatos juveniles, me obligo a considerar las ciento cincuenta millones de copias de
Off The Wall, Thriller, y Bad, que convierten a ese trio de discos no sólo en un hito de la industria (algo que sólo puede importarle a los estrategas de la mercadotecnia), sino en una onda irresistible de memoria que hará sobrevivir más de una de las canciones de Jackson después de la desaparición de su soporte biológico (por el sencillo respeto que las generaciones suelen profesar por las pasiones unánimes del pasado, se trate de la Ilíada o de un video de MTV).
La suerte de Prince, en cambio, no está tan clara: revolucionó la música house con su Batdance y también ha vendido decenas de millones de discos, pero canciones como “Nothing Compares 2 U” o “When Doves Cry”, tal vez se asocien antes a los nombres de quienes las reinterpretaron (Sinead O'Conner y Quindon Tarver, respetivamente) que a un nombre de autor insostenible (
The artist formerly known as Prince).
Para una mayor abundancia de argumentos en favor y en contra de Jackson respecto de su doble histórico, Internet (con sus poblaciones de maníacos nómades y persistencias dementes) es la mejor fuente. El mejor comentario en relación con esto sigue siendo el de un anónimo y avispado cibernauta: “la diferencia entre Prince y Michael Jackson es la misma que hay entre Howard Hughes y Hugh Hefner: ¿a quién le pedirías que planifique tu fiesta?”.

Lado B Si he querido detenerme en esos antiguos rivales en el momento en que uno de los dos parece habernos abandonado es porque establecen un principio de articulación que, bien mirado, caracteriza a toda nuestra civilización (la de ayer, la de hoy, la de mañana).
La diferencia (mínima, tal vez, y por eso mismo significativa) entre Prince y Michael Jackson señala el sentido que entre los dos se sostiene, en contra de una cultura que siempre apareció como hostil a toda forma de significación que pretendiera sobrevivir a las aguas heladas del cálculo egoísta. Y sin embargo...
Aunque Michael Jackson haya muerto el 25 de junio de 2009, y aunque Prince siga estando vivo, ninguna de esos veredictos (vivo/ muerto) son más que aproximaciones a modos de existencia que, antes de ellos, habría sido imposible sostener.
Es sabido que el soporte biológico de la figura llamada Michael Jackson fue mutando con violencia inversamente proporcional al
steady state en el que parece haberse instalado Prince desde hace años. Eternamente joven el último, tan idéntico a si mismo que no puede ser sino otro (otredad que, naturalmente, subrayaba el abandono del nombre que la madre le dio, retomado con el cambio de milenio), desfigurado el primero (ya por una enfermedad hipotética, el vitiligo, o por otra comprobada, la adicción al quirófano y al maquillaje), los dos constituyen especies diferentes de monstruos, es decir: un más allá de todo principio de clasificación y sobre todo, de generación (ya nunca más biológica, ni familiar, ni humana).
Al renunciar al nombre, Prince se obligó a trabajar en un más acá de los sistemas de clasificación, hundiendo su figura andrógina y su compulsión a componer sin pausa en esa marea donde todos las propiedades y todos los gestos se confunden en una misma danza: el reino de lo imaginario, el canto errante de todos los fantasmas.
Michael Jackson renunció a su color, a su cara, seguramente a su extraordinaria capacidad de bailar y de cantar (en algunos documentales últimos su
performance es penosa), mediante sucesivas y dramáticas intervenciones que no hacían sino subrayar la obsesión por realizar su imaginario: someter la carne a todos los sufrimientos del mundo hasta volverla inmaterial, nívea, inconsistente; afectar la propia cara (espejo del alma) a tantos movimientos ascencionales hasta que de ella no quedara sino una máscara angélica, más allá de lo humano, fuera de un mundo que le hizo pagar en moneda contante y sonante el atrevimiento de querer situarse fuera de la historia, la cultura y el Estado (abstracto como pretendía ser, Michael Jackson no consiguió, sin embargo, superar la abstracción del dinero).
Huyendo uno (como si se pudiera) de los nombres propios de la madre y del padre, destruyendo el otro lo real (a golpes de cuchillo), entre los dos trazaron las dos únicas líneas de fuga posibles en relación con la
pop culture y marcharon hacia diferentes formas de desierto, hacia identidades móviles o inexistentes, no pudiendo ya más coincidir con ellos mismos, hacia éticas trans (transhumanas, transgénicas, transestéticas, desorganizadas).
Inútil como es, la muerte de Michael Jackson, ese quijotesco contendiente de lo real que, tal vez sin saberlo, fundó una nueva antropología, nos obliga a canturrear: “descansa en paz (talita cumi),
and let me guide u 2 the purple rain”.



Discursos de mala muerte

por Daniel Link para Perfil

Hay variedades de discurso audiovisual que no sólo ofenden la inteligencia del espectador sino que además hieren de muerte toda posibilidad de buena vida, arrojándonos en un mar de estupor y mala muerte: son variedades de discurso de mala muerte y, como tales, su frecuentación debería estar limitada (esperemos que la nueva Ley de Radiodifusión lo haya contemplado), por el daño irreparable que nos causan.

Días atrás, me encontré con una amiga y con su hijo encantador. Le pregunté si había visto esa publicidad en la que un niño lee un texto en off: la voz era idéntica a la de su hijo. Me preguntó qué promocionaba el tal anuncio y no supe contestarle. La pieza ciertamente no servía para promocionar el producto y mucho menos para imponer la marca.
Resultado del capricho, como tantos otros, mi amiga y yo no llegábamos a imaginarnos cómo quienes hicieron el anuncio llegaron a convencer a la empresa que lo compró (y que paga costosos segundos de televisión para emitirlo) sobre su pertinencia.
En rigor, sabemos que la publicidad ya no tiene por objeto el consumo (si acaso alguna vez lo tuvo), al que apela muy marginalmente, sino apenas su autoafirmación, que es como una apoteosis de la nada (por la cual pagan las empresas, trasladando luego las cuantiosas sumas invertidas al consumidor, bajo la forma de costos indirectos).
En una publicidad de cerveza, cuatro tarados gritan como mujeres ante un armario-refrigerador: nadie querría ser como ellos, pero el aviso (producido en quién sabe qué latitudes nórdicas) atraviesa las fronteras y nos arrastra en su carrera hacia la subnormalidad. En una publicidad de juegos de azar, un grupo étnico o etario grita como una manada de animales excitados. Ése es el umbral más bajo de la consideración de las audiencias, pero dice bastante del tipo de comunicación que la publicidad supone: son mensajes producidos por bestias, destinados a las bestias.
Me dicen que los mensajes publicitarios no están orientados a las personas educadas, porque sabido es que éstas son refractarias a seguir indicaciones irracionales sin análisis. Yo, sin embargo, no conozco ni amas de casa ni empleadas domésticas que hayan modificado sus hábitos de limpieza en relación con las
réclames que les destinan (y si así fueran de manipulables, estarían ya desquiciadas, obedeciendo a mandatos tan contradictorios, cambiando de marcas de jabón en polvo después de cada anuncio).
No, la publicidad no está hecha para convencer a nadie cuya mentalidad supere el horizonte del mandril entrenado. Existe porque sí, como una excrecencia autoritaria que adviene a nosotros como un exceso de realidad para que no nos olvidemos nunca jamás quién manda en esta casa: ¿querías ver una película? Pues tendrás enjuagues bucales, cremas reparadoras, exprimidores de jugo, desodorantes afrodisíacos, bebidas energizantes, autobrillos para cerámicos, laxantes y analgésicos. Y todo eso, además, en canales pagos de televisión.

Cuando el Estado recurre a las mismas estrategias, el resultado es todavía más desolador. Pienso en Don Carlos, ese industrial bonachón que cada vez que dice “tudo bom, tudo legal” nos arrastra a la sublevación fiscal en contra de los “planes tentadores” para el blanqueo de trabajadores. ¿A quién quieren engañar?
Ningún industrial que se precie de tal podría caer en esa trampa. Ese anuncio fue urdido para hacer creer a los trabajadores en negro que el Estado se preocupa por ellos. Pero si así fuera, ¿para qué gastar plata en anuncios? ¿Por qué no destinan ese presupuesto a pagar inspecciones laborales?

Mejor sería que los fabricantes (grandes o pequeños) cesaran en gastar la poca plata que les queda en anuncios pubicitarios y la invirtieran en mejorar la calidad de vida de sus trabajadores. Que les dijeran a los publicitarios: “muchachos, vayan a laburar” y se dejaran de patrocinar la mala muerte que producen.
La buena vida es sólo una y está al alcance de la mano de cualquiera. Cualquier variedad de discurso que diga lo contrario merece nuestro voto de censura. Sólo se me ocurre otro ejemplo de lacra audiovisual que haya llegado tal lejos y tan bajo en el proceso de degradación de la vida: es la pornografía.
Tal vez convenga desarrollar esa otra condena separadamente, pero bastenos sostener, por ahora, que la pornografía, como la publicidad, participa de la misma deformación y la misma deformidad de las conciencias y los cuerpos. La publicidad y la pornografía producen mala muerte, y por lo tanto, angustia.