sábado, 7 de octubre de 2006

El transporte y la lucha de clases (2)

El martes pasado se celebró un nuevo aniversario de la reunificación alemana y vimos en la televisión, además de los documentales sobre la construcción y la destrucción del Muro, los bizarros desfiles que se organizaron en el centro de Berlín para solaz de los turistas del interior que invadieron la capital aprovechando el fin de semana largo. Parecía un revival de esas competencias pueblerinas que la televisión argentina irradiaba en las buenas épocas de la BRD (Telematch). Un sinfín de colectividades con sus trajes típicos y sus matices de rubicundez, redondeces de caderas y hábitos alimentarios.
Los berlineses, que son mis favoritos, hicieron desfilar a una desastrada banda que tocó "On Broadway", como si el Checkpoint Charlie sirviera hoy para algo más que para venderle baratijas a los turistas norteamericanos. Sólo criticaré, de la delegación berlinesa, que no hubieran incorporado siquiera a algunos de los ausländern que dan su perfil característico, levemente metropolitano, a esta ciudad. Las demás provincias (las demás ciudades) fueron mucho más penosas. No es sólo la cuestión kitsch lo que estaba en juego, sino la idea (política) de "unidad".
La unidad alemana es una quimera, y no sólo por la existencia durante muchos años de una "Alemania comunista" (que todavía se proclama, y no sin cierta razón, más auténtica que la otra), que en Berlín tuvo su expresión en el Muro, cuya existencia virtual todo el mundo reconoce todavía: los del Oeste no van jamás al Este y viceversa. Un amigo le dijo a una chica que lo había invitado a su fiesta de cumpleaños, con la indelicadeza que caracteriza al alemán sincero, que hacía cinco años que no iba a ese barrio (como si el hecho mismo fuera digno de orgullo).
Si por un lado era obvio que lo que se celebraba el martes pasado era sólo la caída del comunismo (lo que volvía un poco mezquino al festejo), al mismo tiempo
se podía comprobar que lo quimérico de la unidad alemana pasa por otro lado: Alemania (que fue antes ese puñado de temibles príncipes alemanes que desafiaron al papado) es una federación de ciudades (y las provincias que la integran, el Hinterland de cada uno de ellas).
La gente de Düsseldorf, para volver a mi relato, es simpatiquísima, pero está más preocupada por los últimos avatares de la moda que por la lucha de clases. El gusto por la "ropa bonita" dejó muy pronto de ser un privilegio de la rancia nobleza de la Renania del Norte-Westfalia y la burguesía se lanzó a ella con la misma avidez que demostró para reproducirse (es el Estado más poblado de Alemania). La Königsallee ("Kö", para sus fieles) es el corazón de la ciudad, donde la gente va a comprar ropa que (muchas veces) ni en Milano se consigue, y a ver y dejarse ver en esos menesteres que constituyen el centro de su sociabilidad.
Era lógico que nuestra amiga Tanja no quisiera arruinar el efecto de su comunicación con las probablemente impertinentes preguntas de la elegantísima recién llegada.
¡Signos, signos!, exclamó Tanja en cuanto pudo, mientras caminábamos por Mehringdam.
Las ventanas de los trenes son signos. Tienen sentido y sólo se trata de saber para quién para entenderlo todo. No la interrumpimos para no demorar más la revelación... Pero ella estaba dispuesta, en esa noche todavía primaveral (que hoy parece tan lejana en el tiempo como la añorada orilla de nuestra patria), a ejercer toda la fuerza de su pedagogía.
Debíamos contestarle para quién habían sido trazados esos signos, ya que para los ciudadanos corrientes que usan el transporte público, obedientes como siempre lo han sido de las indicaciones ideológicas del Estado, sólo podían ser "interferencia". "¿El gobierno?", "¿los representantes?", "¿los dueños de las compañías de transporte?" (resumo algunas de nuestras opciones).
Impaciente, Tanja abandonó la mayeútica y nos dijo, acentuando sus encantadoras erres guturales: ""¡Pero no! Esa gente se entera de todo, pero es analfabeta en todos los códigos salvo en los de la coggggupción!" (Berlín tiene fama de ciudad corrupta). Son mensajes destinados a la mafia rusa.
¿La mafia rusa? ¿Existe la mafia rusa? S. pensaba que era un invento de las películas norteamericanas. Yo recordé que me había involucrado con un brazo menor (pero igualmente atemorizante) de la mafia rusa en mi anterior estancia en Berlín (a comienzos de la década del noventa), pero pensaba que era una cosa del pasado. No me gusta hablar mucho del asunto porque haber tenido que esconderme, en el medio de la noche, desnudo en un armario de un departamento semiocupado, sin calefacción, y en pleno invierno, no es una de las experiencias más felices de mi vida.
¿Y qué dicen esos mensajes a la mafia rusa? Por supuesto, que no conseguirán lo que quieren. En realidad, se trata de mensajes obscenos todos ellos, completamente insultantes, destinados a provocar la ira de los mafiosos, a hacerle perder su famosa compostura.
¿Pero cómo se entera la mafia rusa de esos mensajes en su contra? ¿Y, en todo caso, quiénes son los que se los envían? ¿De qué se trata todo esto?
"Vayamos por pagggggtes", dijo Tanja. La mafia rusa se entera de esos mensajes porque controla el sindicato de limpiadores de trenes. Es un sindicato importántisimo en Berlín porque de él depende que la población, cada mañana, encuentre los trenes impecables y sin los rastros de todos los excesos que en ellos hubo durante la noche previa. Naturalmente, los limpiadores de trenes (que fueron progresivamente reemplazados por adictos incondicionales a la mafia rusa, es decir: miembros de ella) son los encargados de lavar y lustrar los vidrios y, por lo tanto, son las únicas personas para quienes las ventanillas realmente representan un lienzo, una superficie, una materia en sí y no sólamente una abertura hacia otra cosa. Era lógico que, más tarde o más temprano, pudieran decodificar aquello que, noche a noche, tenían ante sus ojos y odiaban por el trabajo adicional que para ellos implicaba.
¿Entonces que entendieran el mensaje fue casual? En modo alguno: quienes habían escrito esas inmundicias (previamente codificadas) contaban con esa comprensión, más tarde o más temprano, y les convenía que fuera más bien tarde porque de ese modo podían saturar las ventanillas de rayones que, al ser comprendidos, iban a estallar como una bomba de discurso en la cabeza de los mafiosos. ¡Imposible sustraerse a ellos!
Y así fue: pasaron años, pero finalmente los limpiadores de trenes comprendieron las obscenidades que, sobre ellos, en las ventanillas se escribían. El arte de la injuria llevado a un grado superlativo, por el miedo que desencadenaba en la mafia rusa que, alguna vez, el resto de la población pudiera leer esos caracteres en lo que eran (temor infundado porque, con gran astucia, el código había sido diseñado para personas acostumbradas a leer el alfabeto cirílico).
Tan inmersos en el relato estábamos que íbamos cruzando las calles mirando de reojo el tráfico, sin hacer caso alguno a las luces de los semáforos que por lo general aquí los peatones obedecen como si se tratara de alertas de bombas neutrónicas. Por supuesto, ocasionalmente algún que otro automovilista nos insultaba, nos hacía gestos. No porque hubiéramos importunado su paso (estamos acostumbrados a cruzar el tráfico de Buenos Aires sin molestar a nadie), sino por lo inapropiado de nuestra conducta, por nuestra despreocupación. Tanja propuso que, antes de llegar a la discoteca
sobre la misma Mehringdamm a la que nos dirigíamos (la discoteca que funciona en los subsuelos del lugar donde S. expuso su primera tanda de fotos, a la que, por eso mismo, podemos entrar gratis), que nos sentáramos a tomar algo en alguno de los encantadores cafés que puntúan esa simpática arteria de Kreuzberg (de Kreuzberg más burgués). Buscamos un café por la Bergmannstrasse y allí pedimos unos mojitos, dispuestos a sumergirnos por completo en un universo de cuya existencia no habíamos tenido, hasta ahora, mayores noticias.

2 comentarios:

Un alumno pobre de Filo dijo...

Che, una pregunta, por pura curiosidad: ¿Tan bien gana un profesor de la UBA que le da el cuero para semejante viaje? ¿O ya hay que venir con guita previa al nacimiento? Semejante exhibicionismo ¿no raya en lo obsceno a esta altura? Digo.

Anónimo dijo...

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me gustan tus textos, tal vez a vos te gusten mis dibujos.

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