sábado, 21 de marzo de 2026

¡Qué te metés!

Por Daniel Link para Perfil

El primer viaje de Colón todavía puede sostenerse como una aventura humana sin precedentes. Pero el segundo viaje es ya otra cosa: explotación y exterminio. La armada colombina partió de Cádiz el 25 de septiembre de 1493 integrada por 17 naves con entre 1200 y 1500 pasajeros y tripulantes a bordo, con el objetivo (antropológicamente incorrecto) de “explorar” las Antillas, “descubiertas” en el viaje previo.

El 14 de noviembre de 1493, Colón mandó una barcaza de desembarco a la isla de Santa Cruz (hoy Saint Croix), en busca de una fuente de agua dulce. La isla estaba habitada por taínos, caribes (o kalinagos) e igneris (que habían sido asimilados por los taínos).

El grupete colombino desembarcó en una playa preciosa en la desembocadura del río Salado (hoy Salt River's Bay). Se encontraron con unos taínos prisioneros de los caribes y decidieron liberarlos.

De regreso a la nao correspondiente, fueron interceptados por una canoa repleta de caribes justamente indignados (¡qué te metés!) y de la despareja confrontación armada quedaron dos víctimas fatales, una por cada bando. Es, de hecho, el primer enfrentamiento entre el imperio y la resistencia nativa. Con frecuencia se subraya la complicidad de las tribus con los colonizadores, a los que pedían protección contra sus feroces enemigos, pero el enfrentamiento enfrente de la “Playa de las flechas” (así la llamó Colón) pone en perspectiva esas alianzas.

En treinta años, no quedó uno solo de los antiguos habitantes de Santa Cruz, que fue abandonada por los españoles un siglo después, dando paso a una larga serie de ocupaciones, compraventas y luchas por su ocupación (Malta, Francia, Dinamarca). En 1917, fue adquirida por el gobierno de los Estados Unidos, que la conserva como Territorio no incorporado (es decir: sin representación parlamentaria).

Los actuales “crucianos” descienden de un amasijo de nacionalidades, a las que se deben agregar los criollos antillanos de otras islas, los afroadescendientes liberados, los latinos de Puerto Rico y de Dominicana que sostienen una comunidad activa y vibrante.

No alcanzamos a entender del todo el presente pero lo sabemos horrible. Se nos escapan las categorías analíticas que antes podían explicar una sensación, un vínculo, un acontecimiento. Todo se ha vuelto muy confuso.

En 2020, Donald Trump pronunció un frase que parecía salida de su ilimitadísima ignorancia. Se comprometió a "proteger el modo de vida americano que comenzó con Cristóbal Colón". Conviene recordarla, sin embargo, en estos días de avalancha destructiva, como lo que es, un reconocimiento: así como Colón, él se compromete a llevar, en nombre de un modo de vida (casinos, canchas de golf, resorts, renta inmobiliaria) la guerra y la aniquilación a donde se le de la gana y por las razones que le parezcan (aunque sean las más mezquinas).

Los imperios no destruyen lo que no entienden, destruyen lo que odian, simulan entender mal para poder cumplir con su “destino manifiesto” de dominio, o sea: una forma de psicosis.

 

lunes, 16 de marzo de 2026

sábado, 14 de marzo de 2026

El amigo americano

por Daniel Link para Perfil

Los únicos asientos disponibles con espacio extra para las piernas en el vuelo Miami-Buenos Aires estaban en la parte central del avión. Me tocó el del medio en fila de tres. Por supuesto, el de mi izquierda lo ocupó uno de esos gigantes americanos que apenas si caben entre los apoyabrazos y que necesitó asistencia para comprobar si le servía el cinturón de seguridad. Auguré un viaje nocturno de pesadilla y me dispuse a tomar doble ración de ansiolíticos después de la cena.

El coloso americano viajaba solo e intentó lo que más temía: conversar conmigo, arrancarme los secretos de Buenos Aires. Le dije que vivía en el countryside y la respuesta lo decepcionó tanto que cambió de ángulo y se puso a charlar con la argentina rubia de allende el pasillo. Ella podía farfullar en inglés, lo que hacía más intolerable sus recomendaciones de inteligencia artificial: Puerto Madero, la Boca, Teatro Colón (nombres a los que agregaba un falso acento inglés).

Lo peor vino después: la rubia (que trabajaba en algo vagamente relacionado con el diseño y estaba acompañada por su pareja, igualmente rubio y tatuado prolijamente) le preguntó si le gustaba la música electrónica. Confundido, el amigo americano asestó algunos nombres y ella empezó a recomendarle lo más grasa de la escena argentina.

Lo peor, lo más vergonzoso, vino después. “What do think about your President?” El americano, prudente, no contestó. A lo que ella agregó: “Puede que esté loco, pero es un buen presidente” (en la misma semana en que ese señor no loco, sino de una maldad primitiva, premoderna, desencadenó una masacre injustificada con consecuencias todavía imprevisibles). El americano seguía evadiendo una respuesta, porque era cortés y no quería meterse en problemas. Miré con todo el odio del mundo a la rubia libertaria descerebrada para ver si era capaz de darse cuenta de que no podía decir las cosas que estaba diciendo.

No tuvo efecto mi mirada. Decidió agregar: “Y el ICE (ais, dijo)? Yo creo que está bien”.

A lo mejor el amigo americano era de Minneapolis (o al menos ve los noticieros de televisión) así que tampoco se pronunció al respecto.

Ese reencuentro con la patria descerebrada pero imprudentemente expresiva me deprimió bastante. Me tomé un alplax de 2 miligramos para llegar estúpido a Ezeiza. Antes de desmayarme, pensé que cuando Trump decida cancelar las elecciones de noviembre (porque va a perderlas) por una “emergencia nacional” esta chica aplaudirá, por supuesto, la decisión mientras bailotea en su terraza al ritmo de Tiesto.

 

sábado, 7 de marzo de 2026

Los residuos de febrero

Por Daniel Link para Perfil

Hace unas semanas un amigo me envió un recorte: una publicación que había quedado olvidada en los pliegues de las redes sociales (y aunque así no hubiera sido, yo no la habría visto de todos modos, porque no participo del universo de las redes sociales, no tengo cuentas en ninguna de ellas ni me interesan como foros de discusión o emblemas de existencia).

El texto original fue publicado en enero por la cuenta de Blatt & Rios (una de mis editoras) y me dicen que habría que atribuirlo a Damián Ríos. Pido disculpas si no es así. El texto dice: “A Daniel Link le preguntaron si la literatura argentina era buena. Dijo que no, que ninguna literatura nacional puede ser buena. Eso no es una provocación, es una corriente de la crítica empobrecida. Link debería leer con atención alguna vez El Diccionario latinoamericano de Aira”. Como el texto califica una supuesta posición mía con el predicado “empobrecida” y me recomienda una lectura, creo que conviene despejar los equívocos y enmendar la lectura de Damián (quien, por otro lado, podría haberme mandado un correo si es que necesitaba alguna aclaración adicional a la larga y excelente entrevista que me hizo Hinde Pomeraniec y que motivó su incomprensible malestar).

Lo primero que debo decir con alarma es que yo no dije lo que el autor cree haber leído (o que le contaron que yo habría dicho, en alguna sobremesa etílica). Yo dije exactamente: “Mirá, el problema es que vos querés que yo te conteste rápido porque es la última pregunta. Rápido te digo no, no lo es. Porque básicamente ninguna literatura nacional como tal puede ser buena. ¿Qué tenemos en Argentina a nuestro favor? Tenemos un país devastado económica, cultural, políticamente. Lo cual hace que la literatura brille porque es lo que en algún punto nos salva. Digo, la imaginación. O sea, Argentina es casi un país imaginario y, como tal, su literatura tiene una capacidad de moverse en el registro de lo imaginario, que a lo mejor otras literaturas no tienen del mismo modo, ¿no? No sé si eso alcanza para decir que la literatura es buena, pero sí que hay un ambiente favorable al desarrollo de buenas cosas literarias”.

Me preocupa que se tilde de empobrecida a una perspectiva que deliberadamente desdeña el nacionalismo ramplón de considerar que lo propio es lo mejor del mundo. La humilitas nos aconseja a ponernos siempre en un segundo o tercer lugar. Y dejar que los demás juzguen. De hecho, a César Aira jamás se le habría ocurrido un “Diccionario de autores argentinos” y si optó por el nombre “autores”, el predicado “latinoamericanos” y la forma diccionario es precisamente para desestabilizar toda ilusión narcisista de unidad trascendental y, además, para evitar la asfixia del pensamiento nacionalitario que, más temprano que tarde, desemboca en el chovinismo, en el patrioterismo.

En respuestas a su error de lectura primero, el mismo autor del post dice: “desconozco qué libros recomienda Link para sostener sus hipótesis”. Ay, miciela. Mis hipótesis están sostenidas por lecturas que no sólo expuse durante cuatro décadas en la Universidad de Buenos Aires, sino que están en mis libros. Con leerlos alcanza para darse cuenta del peso que tienen Eric Auerbach, Pedro Henríquez Ureña y Josefina Ludmer en la formación de mis hipótesis de trabajo. Pero aparentemente leer no es cosa para la cual se tenga tiempo o inclinación, porque de inmediato otra respuesta agrega: “Habría que anotarse y cursar la carrera de letras que este año inaugura Link para enterarse, pero no tenemos tiempo. El tiempo es de los jovenes”. Una vez más, no hace falta esperar ni perder tiempo: bastaría con entrar en las páginas institucionales donde se despliegan y se explican los programas de ambas carreras (Licenciatura y Profesorado) para entender las hipótesis (formuladas colectivamente) que las orientan. No hay allí literaturas nacionales, y se incorporan innumerables prácticas (de edición, de escritura, digitales, pedagógicas) cuyo objetivo es articular el tiempo lento de la filología con el tiempo urgente de los jóvenes. Éticamente, estamos preparando a aquellos que deberán restaurar la Argentina cuando pase la tormenta libertaria (que va a pasar, como pasan todas las calamidades).

Un célebre pensador francés dijo alguna vez que “toda carta llega siempre a su destino”. Si esta carta me estaba destinada (pero ¿por qué elegir un camino tan laberíntico, tan ligado a las contigencias del reeenvío, al caos discursivo de las redes?) puedo decir que la he recibido con tristeza. Leo que una persona bastante cercana a lo que escribo me dice que no me entiende, que no entiende lo que lee, y que no tiene tiempo de andar leyendo. Replica, a su manera, la oscurísima bofetada de la época.