viernes, 4 de marzo de 2005
En nuestro barrio no hay suicidios
[Poco después] recibí varios ejemplares de la nueva edición de Ensayos sobre subversión, con muy buenos prólogos y una gráfica muy atractiva. Todo impecable, salvo la contratapa, que reza: "Murena se suicida en 1975". Carta mía al editor, estupenda persona, que se disculpó y me explicó que había conocido la obra de Murena a través de su poesía y, más exactamente, en una Antología de poetas suicidas (Ediciones Fugaz, Servicio Unahe) publicada en Madrid a finales de los años 80. Esta antología contiene una descripción del método utilizado por los poetas para quitarse la vida y en el caso de mi padre, relata cómo "después de aprovisionarse de varias cajas de vino, Héctor Murena se encierra en el cuarto de baño de su casa de Buenos Aires, donde será hallado sin vida".
Los rumores, por cierto, suelen ser mucho más apetecibles que la realidad, y en este caso pueden reforzarse en episodios y personajes de las novelas de mi padre, uno de los cuales, por ejemplo, muere de "tuberculosis, alcohol y desorden, pasiones fatales que su alma secretamente eligió e impuso a su cuerpo como vías de escape final". No creo que los rumores nazcan forzosamente con mala intención; una gran amiga mía italiana, apasionada lectora de mi padre, indignada cuando se enteró de la novedad del "suicidio", exclamó que "Bien se sabe que Murena murió quemado en una hoguera". No se trataba de una metáfora sino de una confusión entre su muerte y un incendio que se había producido en su casa años antes.
Aun así, creo que existe un deber de justicia para con quienes no pueden hablar por sí mismos (en este caso, los muertos). De ninguna manera considero el suicidio una característica infamante del recuerdo de una persona; al contrario, creo que este hecho debe suscitar compasión por quien lo comete y comprensión por quien en un determinado momento decide que no puede seguir viviendo. Por estos motivos, apelo a la paciencia del lector y aprovecho para esclarecer lo más objetivamente posible algunas circunstancias de la vida mi padre.
H. A. Murena se casó dos veces. Su primera mujer fue Alicia Justo; la segunda, mi madre, Sara Gallardo, que tenía ya dos hijos de su primer matrimonio, Paula y Agustín, de hecho mis medio hermanos, pero afectivamente mis hermanos. Durante toda su vida él bebió mucho, probablemente demasiado. Y por cuanto yo sé, bebió aún más durante sus últimos días, en su departamento de Buenos Aires, en la calle San José. Allí fue a buscarlo mi madre un día y lo llevó a nuestra casa en la calle Carlos Pellegrini, donde el cinco de mayo de 1975, a las diez de la noche, murió de un paro cardíaco. Por lo que yo y cuantos estaban presentes en el momento de su muerte sabemos, no se trató de un suicidio. El suicidio se define como un acto letal y voluntario cometido sobre uno mismo en un período de tiempo relativamente breve. Así, el fin de Edgar Allan Poe ( muy admirado por mi padre, por cierto), quien fue hallado borracho e inconsciente en las calles de Baltimore pocos días antes de morir sin recuperar la conciencia, no suele ser calificado como suicidio. Acercándonos un poco más en el tiempo, la muerte de Dylan Thomas (cuyas últimas palabras fueron "I've had eighteen whiskies I think that's a record") es descrita en sus biografías como consecuencia de "una sobredosis de alcohol" o un "envenenamiento de alcohol". Es humana la tendencia a mitificar a los artistas, más aún en el caso de Murena, autor de una obra compleja y atormentada que fácilmente puede inflamar la imaginación, así como es comprensible la tendencia a convertir la realidad, a veces indescifrable, en un mito más simple y atractivo. Sin embargo, creo que el mínimo epitafio debido a un escritor al relatar su muerte es el de hacerlo con precisión de lenguaje y, en particular, intentar que la luminosa verdad que Murena persiguió no degenere en su antítesis, la cómoda penumbra del mito.
el texto completo, acá.
Vecinos de Duchamp
Cuando llegue a casa te paso más información sobre Villa Ballesta para tu Blog. Por ejemplo: a metros de donde vivís tuvo el taller durante décadas Demetrio Urruchúa. Un poco más para el sur (a una diez cuadras) vivió Alfredo Hlito. A tres cuadras (enfrente de Boquitas Pintadas) se suicidó H.A. Murena. A unas ocho (Alsina y Solís) vivió casi los nueve meses que estuvo en Buenos Aires Duchamp. En fin, es un barrio muy potente.
Abrazos
Rafael
El vidrio y los insectos
A diez cuadras del Departamento de Policía, en la sucursal de Correos de San Martin y Viamonte, por esa misma época, Marcel Duchamp escribe en un formulario de cablegrama:
"Hacer:/ Varios cristales / o cartones / pegados / los unos encima de los otros / y de diferentes dimensiones / (esquema) x visor / un dibujo lineal (en la medida / de lo posible) - como / dibujado sobre una superficie / plana -y que visto / desde un punto x, de un visor, parece / un dibujo plano./ Es decir, que una linea / recta desde el visor, y / quebrada en varios planos desde / otro punto totalmente distinto -
Buscar un buen / uso
se puede llegar hasta: / Problema: trazar una linea recta sobre / el "beso de Rodin" visto desde un visor"El texto completo, acá.
Diario de un televidente
a) aquéllos que no miraríamos ni aunque nos pagaran. En mi caso, la mayoría de las series que dan en Warner (detesto, en particular, la de Charlie Sheen, Dos hombres y medio porque, si bien no la vi nunca, puedo darme cuenta de los estereotipos que presenta) u Operación triunfo (que S. quería ver un rato, pero no lo dejé): es que Marley me da tanto asco como esas personas que dicen "Este jurado piensa/ cree/ considera...". ¿De qué mente siniestra salió ese giro y por qué lo perpetuaron? ¿No se dan cuenta de la ambigüedad de la palabra, que tanto sirve para designar a un individuo como a un colectivo? ¿Y si lo hacen a propósito, con qué objeto? La mayoría de los programas de la televisión abierta caen, para mí, en esta categoría: demasiada argentinidad toda de golpe.
b) aquéllos que no dejaríamos de ver bajo ninguna circunstancia. En mi caso, American Idol, E.R. (en primerísimo término) y C.S.I. Hemos llegado a grabarlos cuando las circunstancias no nos permitían estar frente al televisior en los horarios de emisión.
c) aquéllos que podemos ver (con placer) o no (sin drama). Las repeticiones de Seinfeld, por supuesto, o Will & Grace, o Los Simpsons, o En venta (del que cada día se entiende menos). Son programas "comodines" que está bien que existan para cuando los programadores nos decepcionan, lo que sucede la mayoría de las veces, razón por la cual los programas que caen dentro de esta categoría son los que más frecuentamos. Anoche, sólo En venta, y fue aburridísimo.
d) aquéllos que veríamos pero que nos perdemos sistemáticamente. Es una categoría curiosa que incluye tanto a Southpark, un programa que adoro pero que por alguna razón se me pierde en los vericuetos de la programación y sólo pesco muy cada tanto por azar, como a Arrested development, una serie muy inteligente y graciosa que tampoco sigo sistemáticamente (en el último episodio que vi participaba Liza Minelli, lo que en sí mismo fue glorioso. Pero además los guiones son buenos). Nunca pude ver Stargate, y en realidad ni siquiera sé qué días la dan.
Supongo que con los libros y discos podrían hacerse listas semejantes, pero las pasiones que la música y la literatura desencadenan son bastante menos módicas y no me atrevería a someter el juicio estético a un sistema de categorización tan banal como éste. Además, como tengo una relación bastante profesional con la literatura a veces leo cosas que no habría leído guiado sencillamente por mi deseo.
Conversaciones de un paranoico
Nunca revele sus contraseñas o números de tarjetas de crédito en una conversación de mensajes instantáneos.
Sonofrao dice: Saludos
Sonofrao insiste: ¿Estás ahi?
Linkillo pregunta: ¿Quién sos?
Sonofrao contesta: Te conocí en phantasy star online... hace ya tiempo.
Sonofrao agrega: Era una noche que tenías un examen al otro día.
Linkillo exclama: No sé de qué me hablás.
Sonofrao se asombra: ¿En verdad?
Linkillo reafirma: No, te juro.
Sonofrao duda: ¿No juegas phantasy star online?
Linkillo cambia de tono: Ni sé qué es. ¡Pero ahora me interesa!
Sonofrao concede: Bueno, deja, te explico.
Sonofrao averigüa: ¿Eres mexicano?
Linkillo se avergüenza: No, argentino.
Sonofrao ironiza: Ah, ya veo.
Sonofrao plantea: Mira
Linkillo usa la función fática: Dime
Sonofrao tematiza: Hay un juego llamado phantasy star online
Linkillo se impacienta: Sí
Sonofrao explica: Y juegas con otras personas.
Linkillo apura: Entiendo. ¿Juegos de rol?
Sonofrao concluye: Algo así. Ahí te conocí, o al menos la persona con la que hablé me dio este mail.
Linkillo niega: No, yo no era, seguro. Lo extraño es que te hayan dado esta dirección. Dame la dirección de la página así me fijo.
Sonofrao interrumpe: Espera. ¿Te gustan los video juegos?
Linkillo miente: Sí, claro.
Sonofrao aclara: Mira mi nombre es Sergio. Soy mexicano de la frontera con Estados Unidos
Linkillo se presenta: Yo soy D., pero me puedes decirme L.
Sonofrao saluda: Mucho gusto.
Linkillo retribuye: Encantado. ¿Monterrey?
Sonofrao precisa: No. Ciudad Juárez, en el estado de Chihuahua.
Linkillo se confunde: ¡Pero si es un lugar literariamente muy famoso!
Sonofrao concede: Ya lo sé. Por las mujeres muertas, ¿verdad?
Linkillo miente: Por eso, claro.
Linkillo zafa: Me tendras que contar detalles.
Sonofrao dice: Claro que sí. Pero lo que te puedo decir, es que en realidad aunque suene muy crudo no hay más que la misma violencia que en otras ciudades grandes. Eso es todo.
Linkillo interviene: Imagino....
Sonofrao protesta: Sólo que lo han inflado.
Linkillo vuelve al punto: Dame el vinculo de la página.
Sonofrao informa: Ésta es una de las miles de paginas sobre ese juego.
Sonofrao cambia su sistema pronominal: ¿De qué parte de la Argentina sos?
Linkillo responde mosqueado: De Buenos Aires.
Sonofrao usa la función fática: ah
Linkillo también cambia su sistema pronominal: ¿Tú que avatar tienes ahí?
Sonofrao vuelve al tuteo: Mira, es un juego que se instala en la pc y creas un
Linkillo sospecha que lo están gastando: Aha. ¿Pero puedes elegir ser un monstruo por ejemplo?
Sonofrao duda: mmh...
Linkillo se pone dogmático: Yo elegiría ser un monstruo...
Sonofrao niega: No, mira. Todos los personajes que puedes contruir son mas o menos parecidos a éstos.
Linkillo se desencanta: Aha, chicos y chicas bonitos.
Sonofrao se ríe: Jejejeje
Sonofrao vuelve al voseo: Lo podés bajar de algún lugar y probarlo si te interesa
Linkillo se alarma: ¿No me ocupará mucho lugar en el disco?
Sonofrao aparece como desconectado
jueves, 3 de marzo de 2005
Galería

"Donde hay poder, hay resistencia" quiere decir dos cosas al mismo tiempo: que siempre que haya un ejercicio del poder habrá, al mismo tiempo, una resistencia a la eficacia de ese poder (por la vía de la ascesis, sino por otras). Así interpretan el célebre apotegma foucaultiano los partidarios de las micropolíticas para justificar sus variadas militancias y para afirmar el carácter ciego del poder (ciego y sordo, se nos dice, a todo lo que se le opone y se le opondrá siempre, por principio). Sea. Pero también se puede leer en esa frase, sencillamente, que hay poder allí donde hay resistencia (y precisamente por eso). El poder se ejerce contra determinadas prácticas (determinados estilos, determinadas configuraciones ideológicas): precisamente aquéllas que han sido tipificadas (no importa cuan paranoico consideremos que es el poder en este punto) como peligrosas para el estado de las cosas de este mundo (lo que se resiste a la normalización). En esta segunda versión, el poder deja de ser ciego y se vuelve sabio (hay poder porque hay resistencia). Interrogando el ejercicio del poder se comprenderán las verdades contra las cuales su rabia se levanta.
La Iglesia fue y es sabia, en este punto, y por eso siempre condenó (y condenará) la homosexualidad como una práctica aberrante. Pero es precisamente por ese ejercicio (sabio) del poder que puede comprenderse la distancia ontológica entre la homosexualidad y, por ejemplo, el fetichismo de los zapatos (que, hasta donde yo sé, nunca fue condenado por la Iglesia, por más material genético que se hayan derramado a lo largo de los siglos sobre los tacos, los empeines o las suelas).
Como lo demuestra este San Sebastián pintado por Il Perugino (hizo otros dos), sólo hay dos cuerpos que importan: el cuerpo de la Sagrada Familia y el cuerpo homosexual (el cuerpo sexualizado por la vía de la ascesis): y ambos se (o)ponen en pie de igualdad. Cristo, María y San Sebastián, aunque sus miradas no se crucen (o precisamente por eso) representan las tres vías de la carne. ¡La Iglesia lo supo desde siempre! No fue, por lo tanto, por ignorancia que actuó, sino por pánico y maldad. Lo que los documentos de la Iglesia estigmatizan es lo que los artistas de la Iglesia celebraron: el placer de la carne, puro y absoluto; el amor inalcanzable (porque es socialmente imposible, pero también porque está más allá del afán reproductivo y en ese más allá se vuelve trascendente).
Sabemos por qué los artistas (desde Piero) acudieron una y otra vez a representar al mártir: sólo él les permitía estudiar la belleza del cuerpo masculino. Y si ese cuerpo se volvió el más sexy de toda la iconografía cristiana fue precisamente porque los artistas siempre supieron que no había otra celebración posible de las delicias de la carne sino ésa. Que mire el Niño a su padre (es su destino y es su cárcel), que mire María (con infinita melancolía) la Tierra hacia la que la mirada de esos dos complotados la expulsan. San Sebastián, en cambio, mira hacia lo alto: él comprende, desde el fondo de la tortura a la que lo condenan, que es a él a quien miran (¡a quien llaman!) desde el cielo. ¿Como no iba la Iglesia a abominar lo que, a todas luces, se salía de su esquema normalizador y sus fantasías de aniquilación? La Sagrada Familia, lo dice Il Perugino desde el fondo de los tiempos, no es nada sin San Sebastián: carece de sentido. Digan lo que se les dé la gana, asocien homosexualidad y exterminio cuántas veces quieran. La cosa ya fue escrita y esas imágenes no mienten: mejor, es elegir el cielo.
Fan Club
por César Aira
(...) La empresa de Puig, de hacer hablar a una determinada época histórica, se parece a lo que hoy se llama "cultural studies"; el período de civilización enfocado es "la juventud de la madre". Es una especie de reconstrucción , pero distinta de la que hace la novela histórica o la filología, ya que aquí el estilo está implicado. Es la diferencia entre el discurso científico sobre la constitución atómica de una pared, y el soliloquio de la pared en la prosopopeya con la diferencia adicional de que la pared no tiene un estilo propio, y la "época" sí lo tiene. Pero además, aquí el estilo está implicado por dentro. Yo he sostenido que lo único que le transmite de verdad una madre a su hijo es el estilo; y de ahí compite de un modo ambiguo y en realidad inextricable con la época de formación del hijo. Junto con la primera persona, la personalidad de un Zeitgeist.
sigue acá.
Nosotros, el Grupo
Correspondencia
¿Vos sabés que viví cerca de diez años en Solís 1005, en la esquina de Solís y Carlos Calvo? ¡Estás en mi viejo barrio, en la misma cuadra que la Asociación Argentina de Ilusionistas! Tengo buenos recuerdos de esas cuadras, a las que con Andi Nachon, que vive a dos cuadras de ahí, habíamos rebautizado "Villa Ballesta", por un poema suyo. ¡Y ahora vos sos vecino de Villa Ballesta! Congratulaciones.
Abrazo
Rafael
miércoles, 2 de marzo de 2005
Galería

El papa Sixto IV erigió una capilla en el Vaticano y sus paredes fueron cubiertas más tarde por frescos de Miguel Ángel. En uno de los sectores principales cuatrocientas figuras representan el Juicio Universal. Más de la mitad de su extensión está ocupada, en lo alto, por el mundo celestial, con Cristo juez en el centro, junto a la Virgen María; más abajo están las almas juzgadas que ascienden al cielo, y más abajo todavía, a la izquierda, quienes son arrastrados al infierno, en el centro los ángeles que despiertan a los muertos de sus tumbas, y a la derecha la nave de Caronte. Cerca de Cristo, junto a otros santos, se ve a San Sebastián, caracterizado por un haz de flechas que empuña con su izquierda. El pintor de ese modo quiso representar su condición de soldado romano, jefe de guardias del cruel emperador Diocleciano. Su físico además es uno de los más fuertes del fresco, el tórax es macizo y casi cuadrado, los brazos y piernas muy anchos y no largos. El gesto de las manos también es indicativo de fuerza y decisión. En cambio el rostro es notablemente sensible, y los cabellos caen rizados sobre los hombros. Apenas el extremo de un lienzo le cubre parte de la ingle, pero toma la forma del miembro que oculta, de volumen decididamente mayor al de las otras figuras masculinas imaginadas por Miguel Ángel. San Sebastián se destaca como una de las figuras más bellas, potentes y bondadosas del Juicio Universal, pintado sobriamente en diversas tonalidades de ocre, junto a otras figuras abigarradas multicolores, y contra un fondo de cielo claro.
Empire
Las alarmas de la vecina de la vuelta resultaron fundadísimas: la casona de la esquina ha sido ocupada nuevamente. Nos dimos cuenta porque los postigos de las ventanas de los pisos altos aparecían alternativamente cerrados y abiertos de acuerdo con las condiciones climáticas y, sobre todo, porque una tarde de sol vimos unas bombachas colgadas en una ventana del segundo piso. Me alegro de que ese sombrío monumento a la mezquindad de quién sabe qué herederos sirva para que alguien ponga a descansar sus huesos. No están los tiempos para andar dejando casas vacías y la ciudad de Buenos Aires no merece ese destino para sus viejos y ruinosos palacetes.
Como ninguna buena nueva viene suelta, tenemos que consignar una catástrofe. El sábado a la tarde salimos a comprar regalo de cumpleaños para una amiga muy querida y nos pareció completamente adecuado (porque ella es muy exclusiva y sólo usa ropa que junta de la calle) recurrir a la oferta de
Me alarmé cuando vi que estaban pasando cosas (la toma de una casa, la desaparición de un negocio imprescindible) de las que no me daba cuenta. ¿Es que todo sucede con una velocidad de vértigo que nos pone siempre ante hechos ya consumados? ¿O es que miramos poco y mal los dramas pequeños que nos involucran?
Vimos que la construcción de los departamentos sobre la verdulería de la otra esquina ha avanzado considerablemente, vimos que el departamento que estaba a la venta enfrente del Bar Dante (y cuya compra alguna vez soñé) fue retirado del mercado, vimos que hacia Barracas, donde vive N., el cielo se vuelve más ancho, más profundo y estrellado. Vimos, cuando volvíamos de su fiesta, tarde, a las trabajadoras de la carne de nuestro barrio prácticamente arrojándose contra los taxis, en su intento por salvar la noche, el mes, la vida.
Fan Club
por César Aira
En Bogotá abundan los mendigos. En Buenos Aires también. En Bogotá hay muchos que además son locos, o lo parecen, por su discurso incoherente, sus repeticiones, además del atuendo y el gesto. En Buenos Aires también hay bastantes de ésos.
Otra cosa es cuando el pedido tiene un matiz, más o menos notorio, de amenaza. Y siempre lo tiene, tanto en Bogotá como en Buenos Aires -lo tiene hasta cuando el pedido es sumiso y cortés; quizás entonces es cuando más se siente la amenaza. De hecho, la amenaza es la premisa de todo el asunto. Los indigentes deberían robarnos y matarnos, si tuvieran la dignidad y el arrojo necesarios.
sigue acá.
Sentencia
"No por referir manifestaciones en cierto modo lastimeras dejan de ser ciertas las que realiza el actor en el sentido que el concurso literario es el único medio digno a fin de que, tal vez, el autor sea valorado en el medio cuando no cuenta con recursos propios para lograr la publicación de su obra, de manera que los concursos deben seguir manteniendo la pureza que los convierte en máquina de sueños donde se involucran cientos de esperanzas (ver fs. 42). Tampoco puede negarse que la desviación de las bases concursales lesiona seriamente los postulados de buena fe y transparencia que son de su esencia. En el caso de autos existen demostradas muchas circunstancias que revelan la predisposición o predeterminación del premio en favor de la obra de Ricardo Piglia*, en orden a las que ya han sido expuestas y las que se analizan a continuación".
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*en relación con esta predisposición se señala "la menguada intervención del jurado integrado por los escritores Mario Benedetti, María Esther De Miguel, Tomás Eloy Martínez, Augusto Roa Bastos y el editor Guillermo Schavelzon" y los dichos de "los testigos Alan Pauls, fs. 344/345, y Claudia Adelina Acuña, fs. 603/613, demostrativos de la predisposición para premiar la obra del codemandado, existente meses antes de la conclusión del certamen".
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Los hechos siempre fueron claros como el agua, de modo que la sentencia no agrega demasiado a lo que siempre supimos: "Lo que debe resultar claro es que se había montado un aparato de captura alrededor de uno de los intelectuales-faro de la cultura argentina de los últimos veinte años" (Link, Daniel. Cómo se lee. Buenos Aires, Norma, 2003, pág. 329). Lo que la sentencia no dice (no puede decir) es que los premios literarios (particularmente en la Argentina) están siempre viciados por lo mismo: no hay un mercado que pueda sostenerlos, razón por la cual son objeto (desde siempre y para siempre) de todas las manipulaciones (el hecho mismo de que el jurado lea sólo las "novelas finalistas" invalida todo el procedimiento). Ya me referí en varias oportunidades al Premio Planeta. Pero también sabemos que el ganador de otro de los "importantes premios argentinos" se benefició (con conciencia y deliberadamente, o no) de la relación entre su familia y uno de los jurados (cuya magra fortuna había sido salvada de la codicia de sus herederos precisamente por la intervención de uno de los abogados de esa familia que defiende, además, los intereses del grupo que convocó ese otro premio). Lamento profundamente que Ricardo Piglia haya quedado pegado a esa maniobra editorial: fue tonto, fue incauto, fue débil; en modo alguno se lo puede considerar más culpable que a cualquiera de los "prestigiosos" jurados que, por otra parte, obedecieron sin hesitación alguna las siniestras órdenes del Grupo Planeta (al que, en su lugar, yo le haría juicio por daños y perjuicios morales, porque lo cierto es que los hay).
Lo más triste de todo, hoy, es que sea la Justicia argentina la que nos viene a decir de qué cosas debemos hablar los intelectuales.
La sentencia completa, acá.
¿Cómo llegaste hasta acá?
| culos brasileños | 10 | 1.56% |
| culos cojidos | 8 | 1.25% |
| sebastián rulli | 8 | 1.25% |
| beautifulagony | 6 | 0.94% |
| ohlalaparis | 5 | 0.78% |
| biografía de sebastián rulli | 4 | 0.62% |
| fotoblogs | 4 | 0.62% |
| gabriela bejerman 2005 | 4 | 0.62% |
| cadinot | 3 | 0.47% |
| culos marplatenses | 3 | 0.47% |
| "el libro de los pasajes" | 2 | 0.31% |
| "gabriel giorgi" | 2 | 0.31% |
| "sebastian rulli" | 2 | 0.31% |
| "un año sin amor" | 2 | 0.31% |
| alejandro ros | 2 | 0.31% |
| bait bus | 2 | 0.31% |
| coca sarli galería | 2 | 0.31% |
| cosas para el nick | 2 | 0.31% |
| elizabeth de baviera | 2 | 0.31% |
| ellen degeneres portia de rossi | 2 | 0.31% |
| poetas suicidas | 2 | 0.31% |
| samsara mar del plata | 2 | 0.31% |
| sebastián rulli biografía | 2 | 0.31% |
La decadencia argentina se nota hasta en los buscadores: los culos brasileños han ocupado la punta en la imaginación popular. Si los segundos culos de la lista fueran, además, brasileños, no nos quedaría siquiera el consuelo de las 16 buscas sobre el actorzuelo cuyo nombre no volveré a pronunciar nunca (¡¡y otras tantas, que aparecen desagregadas más abajo en la lista, que tienen como objeto su número de teléfono!! Chicas, paren un poco y vuelvan a tomar las pastillas...)
La lengua materna
En 1961, en ocasión de una encuesta del librero Flinker de París sobre el problema del bilingüismo, Paul Celan respondió lo siguiente:
No creo en el bilingüismo en poesía. Una lengua doble, sí, existe, incluso en muchas obras de arte contemporáneo, especialmente en aquellas que saben ponerse de acuerdo convenientemente con el consumo cultural de turno, tanto políglota como polícromo.
La poesía es la unicidad destinal [destinale] del lenguaje. No, por lo tanto -permítaseme esta verdad banal, hoy que la poesía, como la verdad, se esfuma a menudo en la banalidad-, no, por lo tanto, la duplicidad.
¿Qué clase de experiencia de la unicidad de la lengua se ponía en cuestión aquí según el poeta? No simplemente, por cierto, la de un monolingüismo que usa a la lengua materna excluyendo a las otras, pero en el mismo plano que éstas. Más bien, es pertinente aquí esa experiencia que Dante tenía en mente cuando escribía, sobre el hablar materno, que éste "uno e solo è prima ne la mente". Hay, en efecto, una experiencia de la lengua que presupone siempre palabras -es decir, en la que hablamos como si tuviésemos siempre palabras para la palabra, como si tuviésemos siempre una lengua incluso antes de tenerla (la lengua, que entonces hablamos no es nunca única, sino siempre doble, triple, presa de la fuga infinita de los metalenguajes); y existe otra experiencia, en la que el hombre se encuentra, por el contrario, absolutamente sin palabras frente al lenguaje. La lengua para la cual no tenemos palabras, que no finge -como lengua gramática- ser incluso antes de ser, sino que "è sola prima in tutta la mente" es nuestra lengua, es decir la lengua de la poesía.
Por ello Dante no buscaba en De vulgari eloquentia esta o aquella lengua materna elegida entre la selva dialectal de la península, sino sólo aquel vulgar ilustre que, expandiendo su perfume en cada una, no coincidía con ninguna; por ello, los provenzales conocían un género poético -el desacuerdo- que certificaba la realidad de la lengua remota sólo en el babélico decir de los múltiples idiomas. La lengua única no es una lengua. Lo único, en el que los hombres participan como en la única verdad materna posible, es decir, común, está siempre dividido: en el momento en el que alcanzan la última palabra, ellos deben tomar partido, elegir una lengua. Del mismo modo, nosotros podemos, hablando, decir sólo alguna cosa -no podemos decir únicamente la verdad, no podemos decir solamente que decimos.
Pero que el encuentro con esta única lengua, dividida e imperceptible, constituya, en este sentido, un destino, implica admitir que sólo en un momento de debilidad el poeta se ha dejado arrancar. ¿Cómo podría, en efecto, haber un destino, allí donde no hay todavía palabras significantes, allí donde no hay todavía identidad en la lengua? ¿Y en quién tendría lugar el destino si, en ese punto, todavía no somos hablantes? Nunca tan intacto, lejano y sin experiencia es el infante como cuando, en el nombre, está sin palabras frente a la lengua. El destino concierne solamente a la lengua que, frente a la infancia del mundo, jura poder encontrarla, jura tener alguna cosa que decir de ella y sobre ella, desde siempre, además del nombre.
Esta vana promesa de un sentido de la lengua es su destino, es decir, su gramática y su tradición. El infante que, piadosamente, recoge esa promesa y, aún mostrando la vanidad de ésta, decide, con todo, la verdad, decide acordarse de ese vacío y llenarlo, es el poeta. Pero, en ese punto, la lengua está delante de él tan sola y abandonada a sí misma, que no se impone ya de ninguna manera -más bien (son todavía palabras, tardías, del poeta) se expone, absolutamente. La vanidad de las palabras ha alcanzado aquí verdaderamente la altura del corazón.
Giorgio Agamben. Idea della prosa.
Macerata, Quodlibet, 2002 (págs. 29-31). Trad. Diego Bentivegna.
martes, 1 de marzo de 2005
Galería

Buscaba una reproducción del San Sebastián que pintó Michelangelo en el Juicio Final, para no tener que escanearlo de mi libro completamente inmanejable. No tuve suerte... O sí: encontré uno de mis Ignudos preferidos. Las caras de Rafael o de Botticcelli son de una belleza siempre sobrehumana. Pero las de Michelangelo tienen una intensidad que a nadie pueden dejar indiferente.
Condenan al autor de "Plata Quemada" a indemnizar a otro novelista
Pero el fallo de la Sala G de la Cámara Civil, firmado por los jueces Leopoldo Montes de Oca, Hugo Molteni y Carlos Bellucci, abunda en descripciones que le dan un carácter particular a las presuntas irregularidades, que derivaron en el juicio que entabló y finalmente ganó otro competidor de aquel certamen, Gustavo Enrique Nielsen.
"Piglia, o más especficamente sus obras, no debió postularse para la obtención del premio", pues "se encontraba vinculado contractualmente con la empresa editora Espasa Calpe Argentina desde el mes de junio de 1994 para el aprovechamiento económico futuro de los derechos emergentes de diversas obras", señala el fallo*. (La Nación)
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*Lo que no se entiende del suelto publicado por el diario La Nación es por qué Piglia debería hacerse cargo de pagar suma alguna, cuando es claro (al menos así entendí yo siempre el episodio, otro más de los muchos que nadie quiso discutir en su momento) que se trató de una maniobra por parte del grupo editorial Planeta, que año a año venía manipulando el premio, al punto que tuvieron que suspenderlo después del último escandalete, cuando uno de los jurados (María Esther de Miguel) se negó rotundamente a premiar la novela que la editorial quería que saliera ganadora. Ahora hay Premio Planeta de nuevo, creo. Lo que garantiza comidillas por los siglos de los siglos.
El infierno es uno mismo
Abandoné la pedagogía por timidez, que fue precisamente lo que me permitió ser relativamente exitoso en ese rubro. Porque soy tímido, cada clase que tuve que dar en mi vida (y fueron muchas a lo largo de 15 años de carrera) me provocaba un pánico escénico que ni los mejores terapeutas (Nicolás Peyceré) consiguieron aplacar. Por supuesto, para que no se me notara el terror, mis clases siempre fueron "un poco" sobreactuadas. Fui un profesor famoso por su antipatía y los sarcasmos con los que respondía las preguntas de sus alumnos (de más está decir que era el único mecanismo de defensa que podía desarrollar para no desmoronarme frente a las generaciones ávidas de conocimiento que pasaban por mis clases). Con el tiempo, la ironía y el sarcasmo fueron cediendo y, si bien los alumnos dejaron de tenerme miedo, de todos modos se mantenían a la distancia que yo les imponía con mis arrebatos operísticos, mis coreografías improvisadas, el ritmo de ametralladora loca con el que pronunciaba las lecciones que la suerte o mi temeridad me habían deparado. Pese a todo, la docencia me hizo feliz: terminaba agotado, traspirado como un boxeador del conourbano bonaerense (mitad por nervios, mitad como efecto de mis acrobacias que, no pocas veces, incluyeron utilería y técnicas de iluminación), pero consciente de haber sobrevivido a la penosa tarea de pararme delante de una audiencia de masas para decir cosas medianamente inteligibles y medianamente verdaderas.
Y, sin embargo, no dejé de ser tímido. Y como no dejé de ser tímido (lo que los partidarios de las plegarias psicoanalíticas llaman "fóbico"), con el tiempo mis males se fueron agravando. Con el tiempo y la cantidad de clases dictadas. La universidad para la que trabajé toda mi vida y a la que le debo todo lo que sé es una de las más grandes y masivas del mundo. En el Ciclo Básico Común, en la Facultad de Ciencias Sociales, en la Facultad de Filosofía y Letras los auditorios oscilan entre 300 y 2.500 alumnos por año. Como mi precaria situación económica me obligó siempre a disimular mi pobreza (en primer término) y a multiplicar mis trabajos (en segundo término), se dio el caso de que yo tuviera al mismo tiempo esas cantidades de alumnos. Mi razonamiento era de hierro: me da lo mismo preparar una clase para 20 personas que para 2.000. En eso, no me equivocaba.
Pero con el tiempo y con el correr de las generaciones de alumnos yo, como mis congéneres, fuimos acumulando ex-alumnos por la vida: en 15 años de carrera docente llegué a tener, a un promedio de 2.000 por año, 30.000 escuchas atónitos. Y, con el tiempo, la frase "Yo fui alumno tuyo", que para mi desesperación se fue convirtiendo en "Yo fui alumno suyo" y hasta en, horror de horrores, "Mi hija fue/ es tu alumna/ o", empezó a pudrir la poca confianza que alguna vez pude tener en mis pobres dotes de sociabilidad.
Una vez, en Ave Porco (a donde había ido porque Rubén Szuchmacher tenía, por la vía del Centro Cultural Ricardo Rojas, entradas gratis), se me acercó un jovenzuelo que arañaba apenas el metro setenta, acompañado de una "chica hormiga" (las chicas-hormiga son esa clase de chicas que abundan en la noche porteña: son todas diminutas, andan en bandadas y se mueven con gran rapidez entre la gente. S. sostiene que, cuando joven, B. debe de haber sido una chica hormiga y por eso se refiere a ella como "la hormiga reina"). El jovenzuelo me interpeló y yo deduje (sin haber visto todavía a la chica-hormiga que lo secundaba) que debía estar completamente seductor, esa noche. Cuando me dijo "Yo fui alumno tuyo", me di cuenta de mi error. Él quería volver a tocar no sé qué tópico, retomar una duda que le había quedado a partir de algo que yo dije, y no había manera de que yo le dijera que no eran esas las horas ni el lugar apropiado para un requerimiento semejante. Tuve que ser guarango y le dije: "Me tengo que ir". Y me fui.
El episodio se fue repitiendo, lo que me llevaba a frecuentar lugares cada vez más marginales (más elitistas, o más sórdidos) para evitar esos encuentros que desbarataban mis noches de cacería sexual o diversiones tóxicas. El alumnado de Letras (no masivamente, pero sí en un porcentaje nada desdeñable) gusta de los lugares marginales de diversión, así como el alumnado de Sociales gusta de los lugares mainstream.
Otra vez, en Dowtown, un bar de la calle Alsina al que nos gustaba ir cuando éramos jóvenes, un chico me empezó a hablar diciendo "Yo fui alumno tuyo" e inmediatamente me contó cómo en las clases de trabajos prácticos el docente se encargaba prolijamente de demostrar que lo que yo había dicho en mi clase teórica estaba todo mal. Su relato tal vez era falso y él se dejaba llevar sólo por la maledicencia propia de su edad, pero el efecto sobre mí era en todo caso el mismo: me devolvía a mi ámbito laboral, y me devolvía al desamparo de mi timidez.
Dejé incluso de ir a las fiestas de cumpleaños a las que me invitaban ocasionalmente mis amigos más jóvenes (Gabriela Bejerman, por ejemplo) porque sabía que iba a vagar entre la gente esperando la pregunta fatal sobre un examen futuro o una clase pasada.
Una vez, en Barcelona, mientras S. comparaba precios de cámaras de fotos, lentes y accesorios fotográficos (que no pensaba comprar, lo que para mí hacía del paseo una tortura psicológica) en los negocios que rodean la Plaza de la Universitat, me crucé a un cibercafé para controlar correo. Quiso mi suerte que también allí se dejara oir la frasecita: "Hola, yo fui alumno tuyo". Y en Nueva York, y en México, y en Italia. No era una broma del destino, sino quince años ininterrumpidos de ejercicio de la docencia y 30.000 personas que habían sido objeto de la desesperanza a la que se somete en este país a las nuevas generaciones. ¿Cómo no iban a estar, gran parte de ellos, desparramados por el mundo?
Una vez, la amiga de un amigo, a quien me encontré en una fiesta, me dijo: "Ayer no fuiste al dentista". Tenía razón, claro, pero no sabía yo cómo podía ella saberlo. Es que otro amigo de esta amiga de un amigo trabaja en el consultorio dental al que yo concurría por entonces y "había sido alumno mío" (además de un chismoso irredento). Estaba, por lo tanto, enteradísimo de las viscisitudes con mis dientes (llega una edad en la que todas las emplomaduras ceden y las muelas estallan y hay que tomar medidas drásticas). Nunca más volví a ese consultorio.
El último episodio, "la gota que colmó el vaso", como se dice, sucedió hace dos años, en mi casa anterior, en La Lucila. Bajé a buscar la pizza que había encargado y el chico que hacía el reparto me dijo: "Oh, no sabía que Ud. vivía acá". "¿Pero a qué departamento venís a entregar?", le pregunté, pensando que se refería a una confusión referida a su trabajo. "Yo fui alumno suyo", me dijo, y entonces comprendí que a ese lugar no podía pedir ya más pizza.
Yo no creo ser particularmente ciego, pero es imposible recordar las caras ante las cuales uno ha hablado cuando éstas son más de 30. De modo que no me quedaba sino andar por la vida sospechando que si alguien me miraba era porque había sido "alumno/ a mío" y nada más. En diez años más de docencia habría sumado otros 20.000 ex-alumnos y mi vida habría quedado reducida a la nada.
Sé que para muchos resultará una posición exagerada, pero repito: es que soy tímido (fóbico). Y nunca estoy seguro de lo que digo (lo que para un docente es como habitar un círculo del infierno, porque le pagan para que diga cosas con certeza). Lo que imagino que viene después de la frase "Yo fui..." es "Qué cantidad de boludeces que decís".
Después de aquella pizza, no pude más y decidí cambiar de vida.
Por suerte ya estaba S. (quien, misteriosamente, no había sido alumno mío, lo que explica la naturalidad con la que ligamos nuestras existencias), de modo que pudimos planear juntos los negocios inmobiliarios que nos sostendrían (sumados a sus ingresos como fotógrafo y los míos como prologuista y colaborador free-lance de publicaciones extranjeras). Una vez resuelto ese problema, decidí renunciar a la pedagogía pensando que así podría caminar tranquilo por el barrio, siendo sólo una mirada invisible, el punto de vista del paisaje urbano y nada más. ¡Cuánta razón tienen los escritores que no se dejan fotografiar! La violencia que el reconocimiento opera sobre nosotros aniquila toda conciencia posible, nos vuelve el objeto de otro relato, que no es el nuestro -"¿Sabés? Hoy lo vi a L, que fue profesor mío. Estaba comprando paltas en la esquina/ vendiendo ropa usada de mujer en la feria americana/ haciéndose una depilación de glúteos/ cambiando libros y cds promocionales en Parque Rivadavia/ jugando pésimamente al tenis con B. S." (elíjase la opción que se prefiera: no es mi relato, es el relato de otro/a).
Y resultó que no: mi alejamiento de la pedagogía tendrá efectos en el futuro y me asegurará una vejez tranquila. Pero todavía... yo soy aquel que ayer nomás decía, el verso azul y la canción profana, en cuya noche un ruiseñor había que era alondra de luz por la mañana.
Marcos, el profesor de gimnasia que vive en nuestro edificio, con una sola frase ("Álvaro fue alumno tuyo") me devolvía, una vez más, a mi lugar de objeto del relato de los otros. Así como S. y yo habíamos estado hablando de ellos, ellos habían estado hablando de nosotros (la primera vez que me crucé con Marcos, él no sabía quien era. La segunda vez, sí). ¿Y quién es Álvaro? Álvaro vive con Marcos, y es su primo mayor (28 y 39 años, respectivamente). Álvaro fue alumno mío, en mis primeros cursos en la Facultad de Ciencias Sociales, cuando había empezado la carrera de Comunicación, que después abandonó para dedicarse a otros negocios. De estas pocas cosas me enteré la tarde misma en que los suplementos que quería encuadernar fueron arrastrados por la fuerza de los vientos (era como si mi pasado, que yo quería enterrar para siempre, se resistiera al disciplinamiento).
Volví a casa en estado de shock, naturalmente, porque nunca (salvo en el caso de la pizza) la frase había sonado tan cerca de mi puerta. S. estaba en sesión fotográfica, de modo que hasta la nochecita no pude ponerlo al tanto de las novedades. Temeroso de mis brotes de melancolía, S. tomó el toro por las astas y me obligó a que subiéramos a confraternizar con nuestros vecinos. Lo hicimos. Los invitamos a comer. Aceptaron. Vinieron la noche siguiente y fue entonces cuando "se decidió" que S. retomara sus sesiones de calistenia y aparatos.
Arquitectura
El resto de los textos, o bien se han integrado al listado de "Algunas publicaciones", o son fragmentos ajenos que fueron a parar a la "Biblioteca", antes de los "Vínculos". En esos casos se consigna el nombre del autor y el título de la entrada en la bitácora (cuando éste fue suficientemente claro) o el tema del fragmento.
Lo que lleva por título (stricto sensu) "Bitácora" son planes y resultados de trabajo. Estoy colgando, en un blog que no es público, los textos largos cuyos primeros párrafos incluiré en éste en la medida en que vayan siendo publicados. En más de un sentido, participo de la cultura letrada (cuyas virtudes y vicios me constituyen): estos apuntes me sirven para ordenar la arquitectura de los libros por venir (y servirán a los curiosos como sus pre-textos).
Lo demás es polvillo dorado: chistes, ilustraciones y non-sense que sólo sirven para garantizar la amenidad del recorrido (o, al menos, para conjurar la monotonía de una voz y un punto de vista únicos).
Sobre el punto de vista y la primera persona, hace poco Xenia escribía palabras inquietantes. Son, en efecto, muchos los escollos a salvar en esta selva de signos. Pero nacimos para la aventura del texto y aceptamos con convicción el desafío.
Las manipulaciones de diverso tipo a las que he sometido esta plantilla han hecho que no pueda controlar el sistema de comentarios: no sé si están habilitados ni puedo verlos, salvo por casualidad. Pido disculpas por este desperfecto que no prometo resolver (ni mucho menos).
No agrego nada
Listas de beneficiarios
- Industrias Culturales (Editoriales, Discográficas y Diseño) - 73 Kb (.pdf)
- Línea Creadores (Artes Visuales, Danza, Literatura, Música, Científicos e Investigadores, Teatro y Otros) - 60 Kb (.pdf)
- Línea Micro Emprendimientos - 59 Kb (.pdf)
- Línea Patrimonio Cultural - 43 Kb (.pdf)
- Línea Arte Joven - 38 Kb (.pdf)
- Subsidios INCUBA - 57 Kb (.pdf)
¡Viva Mario Vázquez!
A quién le importa

Mario Vázquez canta bien, tiene unas ojeras completamente encantadoras y además es latino. ¿Se puede pedir más? En los foros donde se debate el futuro de Mario Vázquez (¡basta ya de llamarlo Vázqüez!) se insinúa que el muchacho es gay. ¿Será porque dice que le gusta Christina Aguilera? ¿O será porque se siente orgulloso de haber trabajado con Michael Jackson? ¿O será porque confiesa que su héroe es su mamá? En todo caso, es su historia y, como dudo que yo tenga ocasión de cruzármelo alguna vez en algún lado, tampoco me interesa. Lo que es evidente es que la producción de American Idol está de su lado (tanto como yo) y por eso lo programaron (en la primera ronda del concurso) como último de la lista, junto con otros dos petisitos a los que, seguramente, esperan ver durar a lo largo de la competencia. Más información sobre M.V. acá. Y acá, la lista de fans (de la que formo parte).
