jueves, 11 de enero de 2007

Los niños, primero

miércoles, 10 de enero de 2007

Uno y el universo

por Daniel Link

A veces las estrellas tienen un sentido:
constelaciones, signos, premoniciones, caminos.

Esos trazos de luz y esos puntos luminosos
(los mismos, exactamente los mismos)
están en mi historia y en la tuya:
Yepun, el lucero matutino, la cruz del sur, las Tres Marías,
Virgo, el puñal.

¡Mirá! ¡Mirá!
"Todo está hecho con la misma materia.
Esa estrella, un camión, los pájaros."
Mi cuerpo, ese papel, ese fuego.

¡Qué escala para medir las cosas,
la unidad de la materia o los ritmos estelares!
Cuando yo miré las estrellas, ¿vos qué mirabas?
¿Y dónde estabas?

Han construido en Paranal (lo dijo el Discovery Channel)
el telescopio más grande del mundo.
Se puede ver un hombre caminando por la Luna
(pero en la Luna no hay nadie caminando.
Ningún distraído, pateando piedritas,
ensimismado, pensando en todo lo que está lejos
o en todo lo que ya nunca podrá recuperar).
Dicen que, ahora sí, van a descubrir todos los secretos del universo:
las eras galácticas, el movimiento estelar, la antigüedad de la materia,
los ritmos del cosmos.
Pero el Discovery Channel insiste sobre todo en el delicado trabajo
de trasladar los gigantescos espejos hasta su ubicación definitiva.
El camión no debe tambalearse.
Los hombres se preocupan
(les pagan para eso)
por evitar en el espejo la menor huella
de ese lento viaje a las alturas áridas de la montaña.
Otros viajes quedarán registrados en los espejos de Paranal:
los de la luz a través del espacio muerto.
Dicen que, ahora sí, podremos saber si estamos o no solos.

¡Qué escala para medir la soledad!
Cuando yo miré a los ojos a un habitante del espacio,
¿vos qué mirabas? ¿Dónde estabas?

¡Mirá! ¡Mirá!
De esa estrella que titila lo único que puede interesarnos
es que no la estamos mirando al mismo tiempo.
Y aunque la imagen de esa estrella
(Virgo, el puñal, la cruz del sur -Melipal)
rebote en un espejo gigante, nunca va a devolverme mi mirada perdida:
no sabe que la miro, no sabe quién la mira.

Un espejo mejor, más grande, más preciso,
donde se impriman los secretos, los ritmos,
las eras, las edades:
"espejito, espejito..."
(celebra el Discovery Channel).

Pienso en cada vez que miré las estrellas
y cada vez que miré a los ojos a un habitante del espacio
(nos pagan para eso).
¿Vos qué mirabas? ¿Dónde estabas?
Eran signos, premoniciones, caminos,
nuestra historia.


Paranal, noviembre de 2004

Correspondencia

¡Hola! ¿Cómo vas?
Ya que estás en la UBA y que hay muchos gays... entrá ya a: http://groups.yahoo.com/group/ubagay/ ¡¡¡Está a full!!!

¡¡¡¡Abrazo y buen 2007!!!!

martes, 9 de enero de 2007

Para el bronce

Hace muchos años, cuando Edgardo Cozarinsky había vuelto después de doce años de ausencia a Buenos Aires, la Fortuna lo reunió en un ascensor del Teatro Municipal San Martín (o del Centro Cultural San Martín: en este punto las versiones son divergentes) con Roberto Jacoby quien, sorprendido por esa presencia inesperada que no lo saludaba, lo interpeló diciéndole su nombre y agregando la socarrona frase: "¿No me reconocés?". La respuesta no se hizo esperar:

"Pero cómo te iba a reconocer si estás idéntico".

lunes, 8 de enero de 2007

Sobre la crítica y las políticas de la amistad

Hay que ser tarado o, para usar una categoría marxiana, "tarado previo" (La ideología alemana) para sostener que una crítica estaría viciada de antemano por la relación (de amistad o de enemistad) que pudieran sostener las personas sociales involucradas en el texto (el "autor" de la crítica, el "autor" al que la crítica se refiere).
Si estamos acostumbrados a pensar que el "autor" no es sino una función del texto (algo que, como un shifter de enunciación, permite relacionar el adentro y el afuera: el texto y el mundo, la política, la vida, el amor y la muerte), no se entiende sobre qué base se podría sostener que la "amistad" es previa al texto y no que se deduce de él o que en relación con él opera, también, como una función.
Lo que importa, cuando una persona sostiene juicios sobre un(os) libro(s) no es, por lo tanto, la relación que se escondería como una sierpe, como una anfisbena, detrás de cada una de sus palabras sino la calidad de sus dichos, el modo en que induce a la pensatividad.
Ariel Schettini ha escrito (por segunda vez, si no recuerdo mal) sobre un libro mío cosas que yo no le soplé al oído y que él mismo tuvo el buen tino de no someter a mi consideración antes de publicarlas. Previamente a ese episodio público, Ariel Schettini y yo hemos sostenido discusiones muchas veces exasperantes sobre literatura, sobre política, sobre la vida y la muerte. No sé de dónde sale la idea de que los amigos están allí para aprobar lo que uno piensa. Tengo para mí que la amistad es el momento más agudo, más grave, más agobiante del disenso: lo que nos enfrenta, una y otra vez, a lo que no somos capaces de pensar por nuestra propia cuenta. Confieso que el texto firmado por Ariel Schettini sobre Montserrat me hizo pensar en aspectos de la novela en los que yo mismo no había reparado (y es eso, en todo caso, lo que yo podría agradecerle, y no el envío de no sé qué hipotéticas flores que se esconderían detrás de sus palabras).
Por supuesto, no soy yo la persona más indicada para defender los argumentos de Schettini, quien, por otra parte, no me necesita para enfrentamiento de tan fácil resolución: baste señalar el barbarismo de quien se atreve a recusar su referencia a "la narrativa moderna del siglo XXI" mediante el soporífero señalamiento de que el siglo XXI aún no ha transcurrido por completo. Pues bien, señores, sépanlo: en lo que a nosotros respecta, hasta el día de hoy, enero 8 de 2007, el siglo XXI ha transcurrido enteramente. Mañana será, seguramente, otra cosa. Y el año que viene, todavía algo diferente. En el 2010, en el 2087, los historiadores se encargarán de hablar de nuestro tiempo con palabras que no podemos siquiera adivinar. Pero es ésa precisamente la distancia entre la crítica (que trabaja en el presente) y la historiografía (que supone una mirada retrospectiva). Por otro lado, recortar la descripción definida "la narrativa moderna del siglo XXI" supone una operación tan burda que ni vale la pena comentarla salvo para decir que impide discutir lo que esa descripción definida presupone, esto es: la la existencia de aquello que se postula como existente ("el lucero del alba", decían los lógicos que no pretendían hacerse los vivillos).
¿Qué habríamos de hacer? ¿Prohibir a los "amigos" que hemos ido cosechando a lo largo de nuestras decrépitas vidas que se involucren públicamente respecto de lo que hacemos? ¿Entregarnos a las plumas mucho más agudas de nuestros "enemigos"? Mejor es pensar que las personas que dicen cosas inteligentes (Benjamin, Foucault, Deleuze, Martínez Estrada, Severo Sarduy) son nuestros amigos, independientemente de qué hablen. Y las otras, no. Si se da la peregrina circunstancia de que personas que queremos mucho (Barthes, Dakota Fanning, Ovidio, Alejandro Ros) consideren que tienen algo interesante para decir a propósito de lo que hacemos (no importa en qué términos), aceptaremos el trago amargo y haremos cuenta de que eso no sucedió nunca, precisamente para poder seguir cultivando esa vaga fatria que ofende a tantos. Eso sí, amigos tarados, tarados previos, no tendremos nunca.

Libros recibidos

Una poesía fotográfica. Sobre Arturo Carrera

Reinaldo Laddaga

El sentido, como una bendición
que resonara desde otro alfabeto
exento, ubicuo,
'falto' de religión: cartas a los Reyes,
a la Befana, al Niño Jesús: a nosotros mismos
anónimos, cadenas, falsos mapas

Arturo Carrera, Children?s Corner

Acaba de publicarse en Venezuela una antología (la primera, según creo) de la obra de Arturo Carrera, que nació en 1948, que es el autor de dos decenas de libros, cuyo trabajo constituye una de las aventuras centrales de la literatura latinoamericana reciente. La antología fue realizada por Ana Porrúa, que le ha dado el título de uno de los libros centrales del poeta: Animaciones suspendidas. La antología recoge poemas de casi todos los libros de Carrera y está precedida por una excelente presentación de la editora. Para quienes no conozcan la obra de Carrera, es una excelente manera de ingresar en ella; para quienes la conozcan, es una excelente ocasión de revisar estas extraordinarias colecciones (así veo, por mi parte, a sus poemas) de frases, semi-frases, palabras separadas que el poeta quisiera que pertenecieran a la familia de esas "cartas a los Reyes, a la Befana, al Niño Jesús" y a la vez (de ese modo leo los dos puntos) "a nosotros mismos", con quienes nos vinculamos, en las circunstancias más felices, por el desvío o el rodeo de "anónimos, cadenas, falsos mapas".

El texto completo de Reinaldo Laddaga puede leerse acá.

Dicen que...

La crítica como club de amigos

domingo, 7 de enero de 2007

Cultura para todos

Discutir la Biblioteca Nacional

es discutir qué cultura y qué Estado queremos


Las desconsideradas "Consideraciones" que mi carta de renuncia a la Biblioteca Nacional le mereciera al Dr. Horacio González -publicadas por Página/12 el pasado 31 de diciembre- poco aportan, cuando no oscurecen, el necesario, imprescindible, urgente debate público que reclama nuestra querida y vapuleada institución. El Director ha escogido el camino, que no transitaré, de la invectiva personal. Pero como en su afán por descalificarme se ha visto obligado a recorrer una serie de tópicos -la administración pública, los trabajadores y el poder sindical, la biblioteca y los lectores, las tradiciones intelectuales, la tecnología y la cultura-, quiero aprovechar la oportunidad para revisitarlos buscando elevar el nivel y estimular ese debate.

En primer lugar, llama la atención que el Director de la Biblioteca Nacional no desmienta el grave cuadro de situación denunciado, sino que se refiera pudorosamente al mismo en términos de "males conocidos". Para el Dr. González, enunciar públicamente dichos "males" significa "denigrar" a la institución que los padece. Y dicho ejercicio crítico, afirma, sería incompatible con la pertenencia a la conducción de la misma. Estaríamos ante una situación por demás paradójica, por la cual el profesor y escritor González abogaría por el pensamiento crítico frente a las instituciones mientras el funcionario González aconsejaría disimular los "males" institucionales, escondiendo la tierra debajo de la alfombra. Muy por el contrario, creo que hacer público un diagnóstico crítico de una institución es la mejor manera de asumir un compromiso serio para mejorarla. Y dado que los "males" no son personales sino estructurales, institucionales, señalarlos no significa -como socarronamente quiere hacerme aparecer el Sr. Director- "denigrar" a personas concretas (cada empleado estatal a título individual) sino visibilizar y cuestionar los poderes que manejan los hilos invisibles pero efectivos de la administración pública.

En declaraciones al diario Clarín aparecidas ayer, el Sr. Director alude oblicuamente a las presiones sindicales, señalando que "pertenecen a la composición misma de la administración pública del país" (Clarín, 3/1/2007, p. 32). Con ambigüedad estudiada, dicho enunciado admite por parte del lector crítico de la burocracia sindical una interpretación negativa de su poder, mientras que habilita otra lectura que legitima a dicha burocracia, otorgándole una "pertenencia" anclada en una de esas tradiciones nacionales que tanto embriagan al Señor Director. Más de medio siglo de ejercicio de poder burocrático terminan por legitimar ciertos derechos adquiridos sobre las instituciones del Estado y sobre los trabajadores que el Dr. González, sin duda en nombre de una antigua lealtad, está dispuesto a reconocer y resguardar.

No son los trabajadores, sino el modo en que los "defiende" cierto sindicalismo, lo que obtura la institución y afecta los servicios de atención a los lectores. Como sucedió el 17 de Octubre de 2006, en que la atención al público de la Biblioteca Nacional cayó cuando el gremio hegemónico condujo a buena parte del personal a la quinta de San Vicente. Y como se repitió al día siguiente, el 18 de octubre, cuando dicho gremio declaró asueto por San Perón sobre el personal de la Biblioteca.

Confieso que pensé dos veces antes de hacer pública esta información, porque seguramente dará pie al Sr. Director y al viejo sindicalismo para ironizar una vez más sobre mi presunto "gorilismo". Pero prefiero anticiparme a la chicana señalando que por mi parte no tendría la menor objeción si el gobierno o el parlamento nacionales decretaran el feriado nacional en una jornada sentida como histórica por las grandes mayorías. Pero, volviendo a la Biblioteca Nacional, al no encontrarnos en un día festivo ni en el marco de un conflicto laboral, el problema reside en quién toma las decisiones, si los directivos de la institución o los delegados gremiales, sobre temas claves como el cese de actividades y el consiguiente cierre de la atención al público. En declaraciones al diario La Nación aparecidas en el día de ayer, el Dr. González afirma que "la Biblioteca Nacional no admite dos direcciones". Palabras firmes e incuestionables, que saludamos calurosamente, pero que lamentablemente nunca le escuchamos frente a quienes debería haberlas pronunciado durante todo el año 2006.

Pero volvamos a las labores en curso en la Biblioteca Nacional. Es significativo que el Director sólo tenga para exhibir como pruebas de los cambios aquellas tareas que emprendimos desde la Subdirección y que él mismo resistió o desalentó. Esgrime como estandarte, por ejemplo, el Inventario de Libros. Este programa fue puesto en marcha por el entonces director Elvio Vitali en febrero de 2005 y concluido al amparo de la Subdirección a mediados de 2006. Vitali, asesorado por un cuerpo de bibliotecarios y otro de investigadores, no tardó en llegar a la conclusión de que para realizar un inventario de los libros y folletos que disponía la Biblioteca Nacional era necesario constituir un programa de trabajo capaz de resguardar su autonomía física, administrativa, financiera, informática y laboral. Consiguió para ello el necesario apoyo presupuestario, habilitó un espacio físico en uno de los subsuelos, contrató una veintena de bibliotecarios y un centenar de pasantes universitarios. Durante un año y medio el Programa Inventario trabajó de modo ejemplar, gracias a que la gestión logró preservar su autonomía brindándole todos los insumos y apoyos necesarios, mientras que los bibliotecarios y los pasantes mostraban un extraordinario compromiso con su labor. El resultado fue el primer inventario informatizado de libros y folletos que dispone la Biblioteca Nacional. Desde hace un semestre puede ser consultado por cualquier lector desde la página web desde cualquier punto de país (y del mundo).

Cediendo a las presiones de la burocracia sindical (cuya principal preocupación radicaba en que el Inventario escapaba a su control), Horacio González, primero como Subdirector y luego como Director, lanzó sobre el programa los calificativos de "enclave tecnológico", "sistema taylorista de trabajo", "administración paralela", etc. Su preocupación no se centraba en los derechos de los lectores, y de la ciudadanía en general, para acceder al patrimonio de la Biblioteca Nacional, sino en los supuestos "derechos" vulnerados de los trabajadores de la casa.

En semejante razonamiento subyacen toda una serie de equívocos. En primer lugar, las típicas oposiciones del Sr. Director -derechos de los trabajadores contra derechos de los lectores, técnica versus cultura, pensamiento versus gestión, etc.- resultan francamente improductivas, tanto para el pensamiento como la gestión de una institución con tantos "pliegues", como él mismo gusta repetir. En segundo lugar, la defensa de los trabajadores reales y concretos no puede confundirse con la defensa de las burocracias interesadas en mantener las rutinas habituales para no poner en riesgo sus cuotas de poder.

El Director alude también a otros inventarios en marcha. En efecto, a partir del verano del 2006 pusimos en marcha programas para inventariar la colección de partituras, la hemeroteca y el archivo de manuscritos (área creada por la Subdirección y por cuyo futuro temo). Para sortear las presiones burocráticas y las críticas del Director, aceptamos formar equipos de trabajo mixtos, integrando la labor experimentada de los pasantes universitarios con la de los bibliotecarios y empleados de la institución que aceptaron sumarse a la labor. Para diciembre de 2006 se había logrado iniciar el inventario de partituras y el de archivo así como proceder al ordenamiento físico de las colecciones de la Hemeroteca. Pero aquí las permanentes intervenciones de facto de la burocracia sindical, que contaron con la invariable legitimación del Sr. Director, tornaron ímproba la continuidad de estas tareas, y esta es razón por la cual presenté mi dimisión. Es una gran ironía que el Dr. González se presente hoy ante la opinión pública como el garante de la continuidad de proyectos que nunca apoyó a cabalidad y que vapuleó a menudo.

Defender a los trabajadores no significa adularlos con una retórica demagógica sino promover su capacitación y su integración en equipos de trabajo eficaces y productivos. Desde mi perspectiva, no hay peor condena para el trabajador que resignarse a una suerte de destino manifiesto de empleado público ocioso, ausentista e improductivo. La crisis del trabajo no es sólo de índole salarial: es también una crisis de sentido. En el caso de la Biblioteca Nacional, de una institución que ha perdido su misión y necesita reencontrarla, el empleado ya no sabe para qué ni para quién trabaja, con qué objetivos ni con qué estándares. En ese contexto, no es casual que en el depósito de libros del segundo subsuelo de la Biblioteca Nacional los trabajadores del mismo se entretengan con un televisor, mientras los materiales demoran un promedio de 45 minutos en llegar a manos del lector.

Lamento que el Dr. González califique mi reclamo de eficiencia y de productividad laboral en la administración pública como neoliberal o de derechas. Por mi parte, como intelectual de izquierdas defiendo la necesidad de devolver a la sociedad civil una institución capturada como la Biblioteca Nacional, de tornar transparente un organismo opaco, de mostrar por todos los medios disponibles los tesoros que la biblioteca encierra convocando a sus lectores, reales y potenciales, presenciales y virtuales. Ninguna organización del trabajo puede escapar a estas exigencias. Cualquier oposición entre "derechos de los trabajadores" y "derechos de los lectores" es absolutamente incongruente y no hace más que profundizar el dislocamiento de la institución.

El Dr. González reconoce la notable merma de lectores en la Biblioteca Nacional señalada en mi carta de renuncia, pero inscribiéndola dentro de un "fenómeno mundial" más vasto. Esta estrategia de difuminar las responsabilidades de la deficiente atención que se brinda en la institución que dirige en una "crisis general del libro" y una merma de la lectura no soporta el menor análisis. En primer lugar, no todas las bibliotecas pierden lectores: las que han pasado la prueba de la modernización y ofrecen mejores servicios crecen en usuarios y en donantes. En segundo lugar, lo que muchas bibliotecas pierden en lectores presenciales, lo ganan en lectores virtuales. Se reduce el patrimonio consultado en sala de lectura mientras crece el patrimonio ofrecido y consultado a través de la web. La Biblioteca Nacional de Francia y la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos han sido pioneras en los proyectos de biblioteca digital. Ya señalé en mi carta de renuncia que el lugar prominente que corresponde dentro de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes a cada Biblioteca Nacional iberoamericana fue ocupado en el caso de nuestro país (en buena hora, desde ya) por la Academia Argentina de Letras.

Es entonces paradójico que el Director de la Biblioteca Nacional señale la caída en el número de lectores y al mismo tiempo encienda tantas alarmas fuente a mi proyecto "tecnocrático" de digitalización, destinado a la preservación de nuestro material y a conquistar nuevos lectores, sobre todo jóvenes. El Dr. González me atribuye la intención de "aceptar con liviandad el proyecto de Google de hacerse cargo de toda bibliografía latinoamericana" ("Consideraciones", Página/12, 31/12/2006, p. 16). En verdad, yo no hice otra cosa que recibir a un representante de Google cuando este se presentó la Biblioteca Nacional para proponernos un acuerdo de digitalización y lamento que el Director no pudiera acudir a la cita. El representante de Google ofreció entonces a la Biblioteca Nacional de nuestro país un acuerdo semejante al que su empresa estableció con la Biblioteca Pública Nueva York y con las bibliotecas de siete universidades del mundo: la de Stanford, la de California, la de Wisconsin-Michigan y la de Virginia en los Estados Unidos, las de Cambridge y Oxford en Inglaterra y la de la Complutense de Madrid. Por dicho acuerdo Google se comprometió a ofrecer a través de la web aquellos tramos de una obra que cada biblioteca establecía (algunas páginas o la totalidad, conforme las obras estuvieran o no libradas a la consulta pública); por su parte, cada una de estas bibliotecas se beneficiaba con la digitalización de sus colecciones, que entonces podía ofrecer desde su página web. Aunque el Google Library Project suene demasiado inglés a los oídos del Director de la Biblioteca Nacional, permitirá en poco tiempo a cualquier lector que disponga de una conexión a internet el acceso a millones de libros que hasta hoy sólo accedían lectores presenciales, en su gran mayoría estudiantes e investigadores de esas universidades.

Por mi parte, no reconozco los méritos del proyecto Google, como se me achaca, con la menor liviandad. El 22 de noviembre del 2006, en el marco de las Jornadas sobre Derechos de Autor y Libro Digital que se organizaron en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires tuve oportunidad de plantear públicamente la cuestión. Sostuve allí que el libro digital y la biblioteca virtual son realidades que se están instalando en todo el mundo. Aunque educados en la cultura humanista del libro impreso, los bibliotecarios, editores, autores y libreros no podemos aferrarnos apocalípticamente al soporte papel que tanto queremos. Sin desconocer los riesgos que entraña toda nueva tecnología que no dominamos, nuestro desafío consiste en desarrollar las potencialidades emancipatorias que también encierran. Sostuve también en dichas Jornadas que las bibliotecas argentinas no pueden permanecer ajenas a los proyectos de digitalización: o bien logramos desarrollar en el marco del Estado nacional un polo propio de digitalización, o bien necesitaremos concertar un acuerdo con una empresa privada como Google. El riesgo de la tecnofobia del Dr. González es que no hagamos ni una cosa ni la otra. Mientras el Director teme, como los primitivos frente a la fotografía, que cada libro que se digitalice pierda su aura, el patrimonio de la Biblioteca Nacional se deteriora y los lectores migran a otras bibliotecas.

La oposición entre tradición y modernización es otro de los estériles dilemas con que el Dr. González ha paralizado la Biblioteca Nacional. Su refugio en las tradiciones de Moreno, de Groussac y Borges no son sino pura mitología y en nada se compadecen con su pensamiento ni con sus prácticas. Paul Groussac fue un gran administrador de la Biblioteca Nacional. Con escaso presupuesto y personal enriqueció con compras sus colecciones de libros, revistas y fondos documentales, actualizó los ficheros, obtuvo del gobierno el edificio histórico de la calle México y fundó la revista La Biblioteca, a través de la cual dio a conocer documentos históricos, escrupulosamente editados, que se atesoraban en su Archivo. Borges, en las antípodas del populismo cultural, nos legó maravillosas metáforas sobre la biblioteca. Vanguardista, no sería de extrañar que el universo de internet lo hubiera estimulado a pensar nuevas paradojas del espacio-tiempo virtual. A diferencia de su actual Director, nunca vivió encerrado en su biblioteca imaginaria, mostrando la sabiduría necesaria para confiar la administración práctica de la Biblioteca Nacional en su Subdirector, José Edmundo Clemente. En fin, respecto del parangón con Mariano Moreno, ojalá corrieran por las venas del Sr. Director aunque más no fueran unas pocas gotas de su sangre jacobina....

Intenté con mi carta de renuncia provocar un debate público porque entendí que el destino de la Biblioteca Nacional no podía quedar atado a las negociaciones entre los grupos de poder que la atenazan y los funcionarios de turno que lo toleran. Sostuve en ella que los empeños de los directivos así como los recursos de la Biblioteca Nacional debían estar en su mayoría encaminados a la realización de un programa de modernización. La Biblioteca Nacional de nuestro país necesita como directivos a personas con competencia acreditada en la gestión bibliotecaria, capaces de brindar respaldo y confianza a un equipo técnico que encare la tan mentada modernización y que no oculte su incapacidad e ignorancia en estos temas dedicando su tiempo a sembrar desconfianza entre los profesionales y a tomar decisiones sin apoyo técnico alguno. Directivos dispuestos a consagrar su tiempo a participar más en reuniones de trabajo que en viajes protocolares y eventos sociales, a garantizar una mayor presencia en los depósitos que en el Auditorio Borges.

Yo he dicho, pues, lo mío. Quisiera ahora dejar la palabra a la comunidad de los lectores, los investigadores, los archivistas, los bibliotecarios y demás trabajadores de las bibliotecas del país, los editores, los intelectuales, los periodistas y los funcionarios de Cultura. Porque la discusión sobre la Biblioteca Nacional excede al ámbito de sus paredes. Discutir la Biblioteca Nacional es también discutir el Estado, el sistema político, las lógicas y dinámicas sociales en sus relaciones con lo estatal, el sindicalismo, la democracia y los derechos ciudadanos (entre otros, los derechos a la información, a la transparencia, a la rendición de cuentas). Ojalá que la ciudadanía tome la palabra para hacer suya, de una vez por todas, su Biblioteca Nacional y sus instituciones. Y ojalá que los funcionarios no se hayan olvidado de la lección que les dio la sociedad en diciembre del 2001.


Villa Gesell, 4 de enero de 2007

Horacio Tarcus

sábado, 6 de enero de 2007

Galería



Salvador Dalí. Sant Sebastià.
Publicado en L'Amic de les Arts (31 de julio de 1927)

viernes, 5 de enero de 2007

Galería


Marcel Duchamp. San Sébastien (1909)

No hay gran artista que no haya hecho su propio San Sebastián. Y casi podría decirse que las magnitudes del arte se resuelven en la relación que cada uno de ellos entabló con la imagen del mártir. Duchamp decidió en algún momento de su progresiva apatía romper con el arte retiniano. Muy avispado, el artista de lo déjà fait encontró en la representación de San Sebastián las razones de ese abandono. Por eso propone no una versión propia (personal o subjetiva) del martirio sino una reproducción de una reproducción y, más precisamente, de la quincalla industrial de las santerías. Duchamp es el primero de una larga lista de artistas (que culmina en la obsesión maníaca de coleccionista de Sebastián Freire) que decide reproducir las estatuitas de santos que caracterizan el kitsch serial (capitalista) del catolicismo y, con ese gesto, lo anticipa todo: todo su arte, pero también todo el arte del siglo XX. Al mismo tiempo, cancela toda posibilidad de utilizar (de seguir utilizando) el arte como shifter de indentificaciones imaginarias. No se pinta un tema (en 1909, todavía en la línea del fauvismo del que Matisse era el abanderado) porque sea interesante respecto de la subjetividad del artista sino porque lo es en relación con los estados de la cultura.


jueves, 4 de enero de 2007

Ese culo no lo sacaste lavando ropa

El hombre le manoseó los glúteos al grito de "¡ahora vas a ser una buena nena y te vas a portar bien!". La joven, indignada, lo denunció a los gritos, lo que alertó a un policía, que lo detuvo.

Sigue acá.

Galería



Lorca retratado en la plaza de Urquinaona, Barcelona (1927). El poeta ha intervenido la fotografía para transformarla en una imagen de San Sebastián, con varias alusiones a Dalí, a quien se la mandó.
Fuente: Ian Gibson. Federico García Lorca. Barcelona, Crítica, 1998

miércoles, 3 de enero de 2007

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Foto: Diana Klinger (Buzios, enero 2007)

Libros NO recibidos

Y sí, son así... Cuando son chicos te llenan el bolso de porquerías. Uno habla bien de ellos. Después transan con el lado oscuro de la fuerza y olvidate de que te manden El curandero del amor. Qué tristeza.

Correspondencia

A propósito de la renuncia del Subdirector de la Biblioteca Nacional, Horacio Tarcus, los abajo firmantes deseamos manifestar:

-que el certero diagnóstico sobre el sombrío estado de la Biblioteca Nacional que detalla Tarcus en su renuncia es, en términos generales, lo que cada uno de nosotros puede avalar por propia experiencia como lectores e investigadores;

-que si coincidimos con el diagnóstico, es porque también coincidimos con el rumbo general que el texto de su renuncia señala como necesario para la Biblioteca: de modernización de la gestión bibliotecológica, inventario e informatización de su patrimonio bibliográfico, con una política de continua actualización del mismo, sistemas que garanticen el acceso de los lectores e investigadores a los libros, de modo de convertir a la Biblioteca Nacional en el centro de un moderno sistema bibliotecológico nacional y reservorio principal de la producción editorial;

-que, por último, desde que asumió esta nueva gestión hemos pensado que el conocimiento y la experiencia de Tarcus en estas temáticas, sumadas a su seriedad y su capacidad de trabajo eran una garantía para trazar una línea de reformas coherentes en esa dirección.

Por todo ello, expresamos nuestra mayor preocupación respecto de la suerte de la Biblioteca Nacional a partir de esta crisis de la gestión que ha llevado a la renuncia de su subdirector.

Gonzalo Aguilar, Carlos Altamirano, Martín Bergel, Lila Caimari, Edgardo Castro, María Teresa Constantín, Rafael Filippelli, Jorge Gelman, Adrián Gorelik, María Teresa Gramuglio, Mirta Zaida Lobato, Jorge Myers, Carlos Reboratti, Inés Rojkind, Luis Alberto Romero, Hilda Sabato, Beatriz Sarlo, Graciela Silvestri, Juan Suriano, Oscar Terán, Karina Vásquez, Hugo Vezzetti.

Si está de acuerdo con el precedente texto, por favor, además de adherir, hágalo circular. En unos días se difundirá la versión con todas las firmas que hayan llegado. Muchas gracias.

Dicen que...

Escribir en la precariedad fugaz del presente

Por Ariel Schettini

Sobre: Montserrat de Daniel Link.
Buenos Aires, Editorial Mansalva, 2006; 142 págs.

Montserrat, esta última novela de Daniel Link, comienza con una reflexión del narrador sobre la vejez y la infancia. El escritor observa el comportamiento de unos ancianos y los ve retornar hacia un tiempo infantil. Esto lo hace meditar acerca de su propia imagen proyectada de anciano. La narración con viejos, las muertes de algunos ancianos y la propia vejez es una clave para entender, a partir de esta obra, el resto de las obras que Link está escribiendo y publicando periódicamente desde el año 2000.

El texto completo publicado por bazaramericano.com sigue acá.

Galería



Federico García Lorca. San Sebastián.
El dibujo, publicado por Gregorio Prieto, procede del archivo de Enrique Gómez Arboleya.
Fuente: Ian Gibson. Federico García Lorca. Barcelona, Crítica, 1998

martes, 2 de enero de 2007

Preguntan si...

1. Al momento de comenzar a publicar tu blog, ¿tenías alguna certeza sobre lo que querías que fuera ese territorio?

1. a. Si la tenías, ¿se modificó?

1.b. Si no la tenías, ¿la tenés ahora?

Comencé a publicar un blog un poco por presión de amigos y al principio no sabía muy bien que hacer con él. Después lo usé para publicar un diario de viaje (de donde salió un primer "libro": Diario de un reciencasado) y lo abandoné por segunda vez. Volví al blog nuevamente presionado por amigos y ahora, sin ningún viaje por delante, tuve que diseñar una estrategia. A medida que fui pensando sobre "mi" blog escribí algunos textos (que fueron publicados bajo el título "Método"). Mi idea fue que "mi" blog funcionara como "diario de escritor" o "bitácora de trabajo". De hecho, durante todo 2005 publiqué una novela por entregas (dsimulada en un fárrago de recortes periodísticos, fotos y otras trivialidades al mejor estilo blog) que recién hace unas semanas llegó al formato libro: Montserrat (editorial Mansalva).
Mi blog ha ido cambiando, naturalmente, con el correr de los años. Pero por lo general dos condiciones lo sostienen: investigar las potencialidades literarias (ficcionales, o como se quiera llamar al extraño estatuto de la verdad cibernética) de las nuevas tecnologías y debatir asuntos que no tendrían cabida ni en mis libros ni en mis clases.

2. Tenés alguna especie de "criterio editorial" sobre el blog?

Siempre es más fácil (y más seguro) tener un editor diferente de uno mismo. Como no es el caso de la mayoría de los blogs, trato de dividir las funciones. Por lo general guardo los posts que escribo durante un par de días y luego los reviso como si fuera otra persona: trato de ver en qué líos me metería decir esto o aquello, si se entenderá bien lo que intento defender (o atacar), etc? No creo en la libertad de expresión ni en el espontaneísmo. En general son los mismos criterios que podía sostener cuando dirigía un suplemento literario, con la diferencia de que ahora no tengo que realizar ningún tipo de concesión al "pluralismo" mediático. Publico todo aquello que, de un modo o de otro tiene que ver con las "cosas mías" del título: mis enojos, mis predilecciones, mis lecturas, mis trabajos, mis perplejidades.

3. En una entrevista que te hicieron ("Presenciamos una masificación de la escritura", realizada por Agustín Valle) decís: "Lo sepa o no, quien escribe en la red está haciendo literatura", y después agregás: "¿Cuándo hubo una conversión tan masiva hacia la escritura?".
¿Cuál es la principal crítica que le hacés a ese "fenómeno literario"?

Podría criticar el espontaneísmo de esa explosión, pero verdaderamente no me parece grave. Sigo sosteniendo mi admiración respecto de un fenómeno de reconversión a la escritura sin antecedentes históricos.

4. ¿Cuál considerás que es la mayor revolución del blog?

La democratización de los mecanismos de publicación, la pérdida de referencia a la literatura como un universo separado y "más allá" de las cuestiones cotidianas, la posibilidad de intervenir salvajemente (cosa que en general no hago ni veo con buenos ojos) en relación con todo lo que se publica.

5. Con estos años en la blogosfera, ¿pudiste descubrir o reflexionar sobre la dinámica propia de este universo?

Sí, y he publicado textos al respecto en mi blog bajo el título "Método".

6. La escritura de blogs tiene una lógica singular (la cronología inversa, el hipervínculo), ¿por qué el paso al soporte papel? ¿Cómo se modifica lo escrito?

La experiencia literaria, por muy diferente que sea hoy respecto de hace algunos años, sigue siendo esencialmente una experiencia organizada alrededor del libro. No es misterioso: el libro es un objeto mucho más transportable y más amable que cualquier otro soporte. ¿Si hay modificaciones? Naturalmente.

7. En otra entrevista esperabas que el blog no reemplace al bar, como marco de las discusiones teóricas o sobre literatura. Pero una tendencia comprobable es que se discute más sobre literatura en los posteos o en los comentarios que en el ámbito público o cara a cara. ¿Por qué creés que se da esto?

Porque uno tiene tiempo para pensar antes de hablar (escribir, en este caso), lo que otorga a lo dicho (escrito) un mayor efecto. Además, como en los bares se discrimina a los fumadores por los efectos de una ley idiota y provinciana, ese espacio antaño tan democrático y tan adecuado a la tertulia irreverente ha perdido gran parte de su encanto*.

*Algunas respuestas al cuestionario de Diego Erlan fueron publicadas en Ñ.

Blogolandia

Más allá de las categorías, es como una versión hiperinteractiva de los viejos horóscopos del chicle Bazooka (gracias Quique).

Capitalismo y esquizofrenia

Conflicto bilateral*
Papeleras: definen hoy si bloquean Buquebús

Habrá asamblea en Arroyo Verde

Los asambleístas de Gualeguaychú realizarán esta noche, a partir de las 21, la primera reunión del flamante año en la cual deberán decidir si bloquean y cuándo el funcionamiento de la empresa fluvial Buquebús, que ofrece servicios de transporte entre la Argentina y Uruguay, como parte de sus reclamos en contra de la instalación de plantas pasteras en el país vecino.

*Nótese que La Nación habla ya de "conflicto bilateral"

lunes, 1 de enero de 2007

Blogolandia

Acá, mucha buena música para bajar.