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sábado, 4 de junio de 2022

Salvar a Pasolini

Por Daniel Link para Perfil

En una reciente entrevista publicada en la revista La Fuga, cuyo título es “¿Cómo vas a hacer esta vez para salvarte, Pasolini?”, Eduardo Grüner se refiere a la pasión pasoliniana, entendiendo pasión al mismo tiempo como su particular estar en el mundo, pero también por las adhesiones y rechazos que suscita. Entre nosotros: Guillermo Piro, Diego Bentivegna, Albertina Carri, Delfina Muschietti, Arturo Carrera.

Ahora bien, Pier Paolo Pasolini, de cuyo nacimiento se cumplen este año cien años (circunstancia que, en el mundo, ha incluso opacado al centenario de la muerte de Proust), no necesita ser salvado.

Cada día que pasa la “actitud Pasolini” se nos revela cada vez más adecuada, más lúcida en relación con la decadencia del mundo, la degradación de las culturas y las fantasías de exterminio de un régimen de organización de la vida cada vez más suicida, cada vez más inhumano, cada vez más intolerable.


La idea de Pasolini fue volver a empezar con la poesía, la novela, el cine y la política como si la historia no hubiera sucedido, como si fuera un ser recién expulsado del Paraíso. Su arte es un arte de la más profunda y deliberada inocencia. La “actitud Pasolini”, que le permite ser “más moderno que todos los modernos”, tiene que ver con esa suspensión de los límites: películas, cartas, novelas, poemas, todo forma parte de la misma experiencia, que no puede desprenderse de un conjunto de negaciones radicales: la negación de la literatura como una esfera separada de la vida, al mismo tiempo que se afirma un rechazo total del presente (dominado por una “mutación antropológica” cuya dirección no lo satisfacía). En ese contexto, lo que Pasolini intenta desarrollar es una política que resista a su instrumentalización, en un más allá de la izquierda y el fascismo, pero también en un más allá de lo sagrado y lo profano.

En la “Abjuración de la trilogía de la vida” (El Decamerón, 1971; Los cuentos de Canterbury, 1972 y Las mil y una noches, 1974) Pasolini constató que la presentación gozosa de los cuerpos que, para él, debía constituir un gesto de ruptura, había sido asimilado por la sociedad de consumo. Por eso que Pasolini abjuró de esas tres películas declarando que habían perdido toda fuerza crítica. En todo caso (porque el régimen del arte es para Pasolini idéntico al de la carta), “lo que importa es, antes que nada, la sinceridad y la necesidad de lo que debe decirse”.

¿Bajo qué forma Pasolini entiende la realidad? Varias palabras se repiten constantemente a lo largo de su obra; la violencia y la inocencia (al mismo tiempo), lo arcaico y lo vital, la fuerza (sagrada) del sexo, núcleos tanto de su poesía como de sus ficciones (películas y novelas). La realidad, en todo caso, debe sostenerse como una realidad “encantada” (en el sentido que tiene la palabra en la obra de Max Weber).

La desesperada vitalidad de Pasolini se sostiene en un grito, poemas y películas “en forma de grito de desesperación”.

No hace falta, pues, salvar a Pasolini, porque cada vez que tropezamos con el sentimiento de derrota, basta leerlo para saber que él es quien estuvo allí para salvarnos de nuestra comodidad pequeño-burguesa, de nuestra desesperanza y de nuestras buenas maneras. Pasolini nos convoca para acabar con los burócratas, los fariseos, los asesinos de los pueblos, los revendedoros de arte (cuyo único dueño sólo puede ser el pueblo), los complacientes ante la senilidad de los políticos y la corrupción del amor. Nos dice: “yo, pequeño-burgués que dramatiza todo, / tan bien criado por su madre en el espíritu / dulce y tímido de la moral campesina, / quisiera tejer el elogio / de la suciedad, de la miseria, de la droga y del suicidio: / yo, poeta marxista privilegiado / que posee instrumentos y armas ideológicas para combatir, / y mucho moralismo para condenar el puro acto escandaloso, / yo, tan profundamente como es preciso, / hago el elogio, porque la droga, el horror, la cólera, / el suicidio / son, con la religión, la única esperanza que queda: / contestación pura y acción / sobre la que se mide la enorme equivocación del mundo”.

¿Es que acaso no lo escuchan?

martes, 16 de noviembre de 2021

Una rareza

 


miércoles, 8 de abril de 2020

Diario de la peste, día 21

(anterior)

Dice Rene Girard en El chivo expiatorio (Anagrama, 1986):

El santo aparece como protector de la peste porque está acribillado de flechas y porque las flechas siguen significando lo que significaban los rayos del sol para los griegos y sin duda para los aztecas la peste. Las epidemias están frecuentemente representadas por unas lluvias de flechas arrojadas sobre los hombres por el Padre Eterno e incluso por Cristo.
Entre San Sebastián y las flechas, o más bien la epidemia, existe una especie de afinidad y los fieles confían en que al santo le bastará estar ahí, representado en sus iglesias, para atraer sobre él las flechas errantes y sufrir sus heridas. En suma, se propone a San Sebastián como blanco preferencial de la enfermedad; se le esgrime como una serpiente de bronce.


No es ésta la primera epidemia que yo he tenido la desdicha de vivir. A propósito de la anterior, escribí (y repito letra por letra):

El rey David no pudo edificar una casa consagrada a su dios, IHVH, porque las guerras lo tuvieron ocupado. Fue su hijo Salomón el que encaró la construcción, según las formas y los cálculos dictados por el mismo IHVH a David. Sólo el sumo sacerdote podía pronunciar el nombre de Dios una vez al año, y cuando Roma destruyó ese templo, el nombre ya no pudo pronunciarse más y sólo pudo ser escrito. Pero interdicto, el nombre quedó partido en dos mitades que se buscan para siempre, errando por el cosmos. IH designa a un ser insensato que, sin conocer nada sobre sí, sueña y piensa. VH es el nombre de un ser condenado al exilio por la concupiscencia de la carne.
¿Dónde y cómo se escribe el nombre de Dios sino en el cuerpo de San Sebastián? Por eso, el mártir aparece en todas las épocas y por todas partes:
en la Edad Media, durante el Renacimiento, y después. En Flandes, en cada una de las ciudades italianas, en España, como éste que pintó Pedro González Berruguete (1455-1503), mucho antes de que El Greco hiciera lo propio en 1580.
En el siglo VII, una peste causó estragos en Roma. Desde entonces, el pueblo interpretó las sucesivas epidemias como flechas disparadas por un arquero enviado por Dios (IHVH). Sebastián, el oficial condenado al suplicio en el siglo III durante las persecuciones de Diocleciano, sobrevivió a los hondazos y las flechas de su suerte inaudita, y por eso el pueblo de Dios lo eligió como intercesor ante la peste (además, los estigmas que las flechas dejaron en su cuerpo se parecían a las marcas de los apestados).Si los artistas del Cristianismo desarrollaron alrededor de San Sebastián un proyecto de estudio corporal, no hay que entender ese proyecto sólo como una investigación estética (cuáles son los rasgos decisivos para decir del cuerpo del varon que es bello) sino, sobre todo, biopolítica (una política del cuerpo múltiple de las poblaciones, de la cohabitación, de la reproducción, la salud y la longevidad), y por eso es que se lee en el cuerpo del mártir la inscripción de IHVH y por eso es que se reclama para el santo una misión terapéutica. Allí donde la cólera de Dios (IHVH) arrojaba la peste, los artistas trataban de conjurarla con el cuerpo simétricamente marcado del mártir.
Por eso hoy el martirio de San Sebastián vuelve con toda su fuerza. Sirve de comentario para un nuevo espacio biopolítico. Sirve de umbral para una nueva antropología. Un cuerpo marcado con el nombre de Dios, del cual una parte se ha perdido sin que se sepa bien si corresponde al ser insensato que sueña o al que se entrega al goce de la carne (porque, además, uno y otro son el mismo). Lo que queda son las marcas
(HIV) en un cuerpo atormentado y bello, llamado por segunda vez a interceder por nosotros en los cielos.



(continúa)


lunes, 18 de febrero de 2019

Los hilos conductores

A todo el mundo recomiendo viajar con una manía. Por leve que ésta sea, siempre nos apartará de los recorridos más previsibles, más trasitados por el turismo de masas. Por ejemplo, nosotros viajamos siempre en busca de una iglesia de San Sebastián y la posibilidad de adquirir una estatuilla del mártir para agregar a nuestra colección.
Hace unos días estuve en República Checa, por asuntos de trabajo. Viajé con dos colaboradores, uno de los cuales, Leo Cherri, se quedó unos días para conocer Budapest y Viena. Me mandó, desde el Belvedere, esta foto para alimentar mi manía (le reproché, sin embargo, que no hubiera recorrido todas las santerías del lugar para procurarnos una imagen) de una estatua de escuela veneciana (Giovanni Giuliani):



Esta mañana, mi hija me reenvia un mensaje de su amigo Maxi Cuenca, quien fue DJ en nuestra boda (y que vio cómo, en aquella ocasión, se hacía pedazos el gigantesco Sebastiano que habíamos llevado como testigo mudo de nuestra unión), con esta foto:


Al principio pensé que la foto era la misma y que Maxi la había levantado del FB de Leo (no se conocen entre sí, hasta donde sé), pero después me di cuenta de que no y el vértigo fue todavía mayor: son dos fotos diferentes y la casualidad quiso que estas dos personas, que viven en ciudades diferentes (una en Buenos Aires, la otra en Barcelona), visitaran el mismo museo húngaro con días de diferencia y posaran sus ojos sobre la misma estatua y pensaran en nosotros.
Así comienza, claro, una ficción paranoica, la pesecución del orden secreto del mundo.


martes, 10 de febrero de 2015

Abajo el Gauchito Gil, viva OXOSSI

Ya he registrado la penosa sensación de encontrar en la vereda restos de vida. El sábado pasado, la empresa de mudanzas que habíamos contratado cumplió su cometido con un par de bajas: dos vidrios y una estatuilla de San Sebastián se les rompieron con estrépito. 
Los vidrios, dicen, van a reponerlos, pero era inútil tasar el San Sebastián: priceless
Fue de las últimas cosas que tiramos. No debimos hacerlo, porque nuestro Santo Patrono no estaba dispuesto a abandonarnos.
Horas después, cuando salimos, vimos que había abandonado el tacho de desperdicios y vigilaba la vereda y, a sus espaldas, las aulas de la Facultad de Ciencias Sociales.
OXOSSI, vela por nosotros.



martes, 29 de mayo de 2012

Vidas de santos

por Laura Isola para Perfil Cultura (domingo 27 de mayo de 2012)


Uno está en el Museo de Prado y es de 1611; el otro, en el Palazzo Rosso de Génova y es un poco posterior, de 1616. El primero recorta el cuerpo del santo sobre un fondo oscuro, con las manos atadas por detrás a la altura de cintura, la cabeza ladeada, los ojos acuosos y una flecha en el costado. Apenas tapado por un lienzo a la altura de las caderas, también, está el santo, en el otro cuadro. Pero esta vez, las manos atadas sobre la cabeza, la mirada hacia arriba. Se ven, claramente, las dos flechas y un hilo de sangre. Bello y ocupado en su martirio, en ambos casos, el santo es San Sebastián y el pintor Guido Reni (1575-1642), exponente magistral de la escuela boloñesa. La agonía y el éxtasis compiten en su cara y en el cuerpo, apenas colgado, con la tensión indispensable para que el dolor y el placer hagan su tarea. El segundo, por su parte, corrió una suerte más literaria que el primero. Bien conocido es el impulso que genera en el muchacho de 12 años, protagonista de Confesiones de un máscara, de Yukio Mishima. Asimismo, el propio Mishima se “convierte” y adopta la pose del mártir en una foto de 1970. Por su parte, era el preferido de Oscar Wilde: “La visión del San Sebastián de Guido vino ante mis ojos tal como lo vi en Génova, un precioso niño, de cabello crujiente y revuelto y de labios rojos, elevando sus ojos con una mirada fija, divina, apasionada hacia la Eterna Belleza de los Cielos abiertos”. Le escribió un poema y a su vez, el escritor irlandés fue más allá. Hizo cuerpo de su nombre. Cuando salió de la cárcel y se exilió para siempre, fue Sebastian Melmoth en señal de propio martirio.


lunes, 6 de septiembre de 2010

Peregrinos

miércoles, 7 de octubre de 2009

Sobras de arte

El queridísimo amigo nos trae de México un regalo precioso, que atribuye a un artesano anónimo o a un artista psicótico (o las dos cosas al mismo tiempo). Sorprende la grandiosidad de la pieza, un Sebastiano horroroso (porque es horrible la circunstancia en la que ha sido inmortalizado, pero sobre todo porque de su cara ha escapado todo rastro de hermosura).



La escala, la perspectiva, todo parece traído de otro mundo (donde las peores pesadillas forman la vida cotidiana, el día a día). Incluso los materiales estremecen: un amasijo de yeso y huesos de pollo que, lejos de agregar verdad a la composición la tiñe de irrealidad y, lejos de humanizar al mártir, destaca su costado animal: pone afuera lo que debió haber estado dentro (hace del esqueleto una superficie). Todo es reversible.
El estudiante de lengua japonesa que nos acompaña (y, pequeño Mishima barrial, practicante de las artes sadomasoquistas) deduce que la escultura, una auténtica meditación sobre el tiempo, está realizada según el principio ternario del Ikebana.



Mientras buscamos el lugar adecuado para que el nuevo integrante de la casa presida la cohorte de mártires que nos rodean, comentamos la delicadeza de nuestro queridísimo amigo, que simuló haber comprado lo que, a todas luces, es producto de su arte. Pensando en nosotros, allá lejos, fue construyendo con paciencia este presente que luego transportó amorosamente a través de los cielos.



El de Rafaello Sanzio usaba la flecha como pluma o como pincel. Éste, ahora, es directamente un trazo de escritura: poema, novela, recordatorio amistoso, el círculo mágico de la comunidad de los ausentes (de los que no tienen comunidad).

martes, 15 de septiembre de 2009

"Dejame que me recueste un poco"


Martirio de San Sebastián (Antonio Giorgetti, Roma)

¡Gracias, Gonzalo!

martes, 9 de octubre de 2007

América Latina



Esta postal de Maracaibo (Venezuela) me llega con la correspondiente oración:

Oración al Glorioso Mártir San Sebastián

Glorioso e invicto Mártir San Sebastián, insigne protector de los afligidos, desconsolados y menesterosos que ponen la confianza en Dios y esperan de su benignísima mano el remedio de sus aflicciones y necesidades: Os suplicamos, abogado que sois también contra todo contagio, peste y epidemia, libréis nuestras casas con vuestra intercesión de todos los males. Amén.

Las ciudades americanas tienen una relación intensa con Sebastiano, bajo cuya protección muchas de ellas se pusieron (tantas, que es casi como decir todas). El de Maracaibo (que no es, ni por asomo, tan impresionante como el que domina la Bahía de Guanabara, en Río de Janeiro) demuestra lo popular que Sebastiano era todavía a principios del XIX (cuando debe de haber sido realizado el soso vaciado que se ve en la foto) y lo mucho que dominaba las modas en épocas de fundaciones coloniales. Sí, había terror a lo desconocido. Sí, pensaban los obispos destinados a los territorios novomundanos que cualquier cosa podía contagiárseles (curiosamente: porque fueron precisamente los conquistadores los que diezmaron con mil pestes a los nativos) o que los nativos querrían exterminarlos con sus propias flechas. Pero, además, las ciudades americanas se pusieron desde el comienzo a la sombra de la gracia sebastiana.
Como tantos otros, el de Maracaibo mira al cielo. Y la luz de fuego licuado del Caribe no parece afectarlo, como tampoco el hecho de que la Orden de San Sebastián sea hoy la moneda de los RRPP de la ciudad corsaria.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Analepsis 5: San Sebastián

Es de rigor: cada vez que viajo vuelvo a casa con una estatuilla de San Sebastián para incrementar la colección del artista del momento, que acaba de vender dos fotos. En Mérida recorrí el previsible mercado principal (muy desabastecido, atiborrado de porquerías que ni el más desencaminado de los turistas podía llegar a confundir con artesanías), sin suerte. Angustiado (considero de mal agüero no poder conseguir lo que quiero), recorrí todas las santerías (pa' arriba y pa' abajo) de las que tuve noticias. No sólo no lo tenían, sino que ni siquiera lo conocían. En el Museo de Arte Colonial y Eclesiástico, no había ni siquiera modelo para una miserable foto.
Maldije la laicización de las sociedades y, sobre todo, el monoteísmo (Cristos dolientes y reinantes, vírgenes y madonnas tenían a patadas) y la new age (ángeles de pacotilla, de esos que realizan con materiales diversos las señoras del canal de cable Utilísima, había hasta el vómito, en todas partes).
No me quedé tranquilo hasta que Diómedes, uno de los organizadores de la Bienal de Literatura y muy versado en las necesidades del espíritu me prometió (y busqué testigos de su juramento) que iba a encargarle a sus amigos artesanos una "gloriosa" talla del mártir y que me la enviaría en cuanto estuviera lista, o en cuanto volviera él a Mérida, luego de atender no recuerdo bien qué compromisos académicos en Barcelona.
Ahora que lo pienso, la segunda parte de la promesa me inquieta. Después de todo, Diómedes jamás me escribió mensaje alguno de correo para agradecerme los libros que, por su pedido, le hice llegar por intermedio de amigos. ¿Podré confiar en él? Sin Sebastiano (en imagen o en estampa) siento que no he viajado y, todavía peor, que no he vuelto.

viernes, 20 de abril de 2007

La canción de amor de San Sebastián

por T. S. Eliot*

trad. Daniel Link


Llegaría vestido de cilicio
Llegaría con una lámpara en la noche

Y me sentaría al pie de tu escalón;

Me azotaría hasta hacerme sangrar,

Y después de horas y horas de plegarias

Y tortura y deleite
Hasta que mi sangre rodeara la lámpara

Y reverberara a la luz,

Me presentaría como tu novicio

Y después apagaría la luz

Para seguirte adonde dijeras,

Para seguirte donde tus pies son blancos

En la oscuridad hacia tu cama

Y donde tu vestido fuera blanco

Y contra tu vestido tu pelo trenzado.

Sólo entonces me mirarías a fondo

Porque yo repugnaba a tu vista
Me admitirías sin vergüenza

Porque estaría muerto
Y cuando llegara la mañana
Mi cabeza yacería entre tus pechos.


Yo llegaría con una toalla en la mano

Y doblegaría tu cabeza entre mis rodillas;

Tus orejas enroscadas de tal modo

Como las de nadie en todo el mundo.

Cuando el mundo entero se derrita al sol,

Derrita o congele,

Recordaré cómo tus orejas se enroscaban.
Me demoraría un momento
Y seguiría la curva con mi dedo

Y tu cabeza entre mis rodillas -

Pienso que al fin entenderías.

No habría nada más para decir.

Me amarías por haberte estrangulado

Y por mi infamia;
Y te amaría aún más por haberte mutilado

Y porque no habría ya más belleza en ti

Para nadie, salvo para mí.


I would come in a shirt of hair/ I would come with a lamp in the night/ And sit at the foot of your stair;/ I would flog myself until I bled,/ And after hour on hour of prayer/ And torture and delight/ Until my blood should ring the lamp/ And glisten in the light;/ I should arise your neophyte/ And then put out the light/ To follow where you lead,/ To follow where your feet are white/ In the darkness toward your bed/ And where your gown is white/ And against your gown your braided hair./ Then you would take me in/ Because I was hideous in your sight/ You would take me in without shame/ Because I would be dead/ And when the morning came/ Between your breasts should lie my head.

I would come with a towel in my hand/ And bend your head beneath my knees;/ Your ears curl back in a certain way/ Like no one's else in all the world./ When all the world shall melt in the sun,/ Melt or freeze,/ I shall remember how your ears were curled./ I should for a moment linger/ And follow the curve with my finger/ And your head beneath my knees -/ I think that at last you would understand./ There would be nothing more to say./ You would love me because I should have strangled you/ And because of my infamy;/ And I should love you the more because I have mangled you/ And because you were no longer beautiful/ To anyone but me.

*
Publicado en Letters I 46-7. Enviado por TSE en una carta a Aiken, desde Marburg, 25 de julio de 1914, con Oh little voices of the throats of men. (El original mecanografiado del poema enviado a Aiken está ahora en la McKeldin Library; `Esta carta [ahora en la Huntington Library] y los poemas fueron separados cuando Aiken vendió la carta a un coleccionista privado´, Letters I 44.)

martes, 16 de enero de 2007

Galería


Por supuesto, Pierre et Gilles.

viernes, 12 de enero de 2007

Gozos de San Sebastián

Ruega a Dios Omnipotente Para que amparo nos dé.
En Roma, noble adalid, llevaste el pendón cristiano
sin arredrarte el tirano con su diabólico ardid.
Sucumbiendo en noble lid, joven el mundo te ve.
Ruega...

No desmayes un momento, generoso Sebastián,
duro martirio te dan; más tú lo sufres de contento,
porque en medio del tormento ves el cielo de tu fe
Ruega...

Te ofreció el mundo sus dones, falsos honores te dio,
más tu virtud despreció sus mentidas ilusiones
y locas tentaciones pisaste con noble pie.
Ruega...

Hiciste guerra al abismo; mil víctimas le arrancaste
que con tus triunfos llevaste al seno del cristianismo;
se enfurece el paganismo que ya en su impotencia cree.
Ruega...

Al fin, tu sangre inocente, viertes en suplicio cruel:
tú, noble Mártir, en él sucumbes como un valiente
y ese día refulgente tu última victoria fue.
Ruega...

Allá en la región serena donde ciñes áurea palma
y gozas la eterna calma lejos de la amargura y pena
mira a la nación chilena que en ti su esperanza ve.
Ruega...

Antiguo campo de oración, contiguo a la parroquia.

En 43 hectáreas puestas al servicio de los peregrinos, se celebrará la festividad de San Sebastián el 20 de enero y el 20 de marzo. El resto del año la imagen permanecerá en el Templo Santuario.

jueves, 11 de enero de 2007

San Sebastián

por Salvador Dalí

A F. García Lorca

Ironía

Heráclito, en un fragmento recogido por Temistio, nos dice que a la naturaleza le gusta esconderse. Albertino Savinio cree que este esconderse ella misma es un fenómeno de autopudor. Se trata -nos cuenta- de una razón ética, ya que este pudor nace de la relación de la naturaleza con el hombre. Y descubre en eso la razón primera que engendra la ironía.

*

Enriquet, pescador de Cadaqués, me decía en su lenguaje esas mismas cosas, aquel día que, al mirar un cuadro mío que representaba el mar, observó: Es igual. Pero mejor en el cuadro, porque en él las olas se pueden contar.
También en esa preferencia podría empezar la ironía, si Enriquet fuera capaz de pasar de la física a la metafísica.
Ironía -lo hemos dicho- es desnudez; es el gimnasta que se esconde tras el dolor de San Sebastián. Y es también este dolor, porque se puede contar.

Paciencia

Hay una paciencia en el remar de Enriquet que es una sabia manera de inacción; pero existe también la paciencia que es una manera de pasión, la paciencia humilde en el madurar los cuadros de Vermeer de Delft, que es la misma paciencia que la del madurar los árboles frutales.
Hay otra manera aún: una manera entre la inacción y la pasión; entre el remar de Enriquet y el pintar de Van der Meer, que es una manera de elegancia. Me refiero a la paciencia en el esquisito agonizar de San Sebastián.

Descripción de la figura de San Sebastián

Me di cuenta de que estaba en Italia por el enlosado de mármol blanco y negro de la escalinata. La subí. Al final de ella estaba San Sebastián atado a un viejo tronco de cerezo. Sus pies reposaban sobre un capitel roto. Cuanto más observaba su figura, más curiosa me parecía. No obstante, tenía idea de conocerla toda mi vida y la aséptica luz de la mañana me revelaba sus más pequeños detalles con tal claridad y pureza, que era imposible mi turbación.
La cabeza del Santo estaba dividida en dos partes: una, formada por una materia parecida a la de las medusas y sostenida por un círculo finísimo de níquel; la otra la ocupaba un medio rostro que me recordaba a alguien muy conocido; de este círculo partía un soporte de escayola blanquísima que era como la columna dorsal de la figura. Las flechas llevaban todas anotadas su temperatura y una pequeña inscripción grabada en el acero que decía: Invitación al coágulo de sangre. En ciertas regiones del cuerpo, las venas aparecían en la superficie con su azul intenso de tormenta de Patinir, y describían curvas de una dolorosa voluptuosidad sobre el rosa coral de la piel.
Al llegar a los hombros del santo, quedaban impresionadas, como en una lámina sensible, las direcciones de la brisa.

Vientos alisios y contra-alisios

Al tocar sus rodillas, el aire escaso se paraba. La aureola del mártir era como de cristal de roca, y en su whisky endurecido, florecía una áspera y sangrienta estrella de mar.
Sobre la arena cubierta de conchas y mica, instrumentos exactos de una física desconocida proyectaban sus sombras explicativas, y ofrecían sus cristales y aluminios a la luz desinfectada. Unas letras dibujadas por Giorgio Morandi indicaban Aparatos destilados.

El extraordinario texto de Dalí sigue acá.
Fuente: Ian Gibson. Federico García Lorca (tomo I). Barcelona, Crítica, 1998, págs. 494 a 499. El original en catalán (publicado en 1927) se incluye como apéndice en págs. 612 a 617.

lunes, 8 de enero de 2007

sábado, 6 de enero de 2007

Galería



Salvador Dalí. Sant Sebastià.
Publicado en L'Amic de les Arts (31 de julio de 1927)

viernes, 5 de enero de 2007

Galería


Marcel Duchamp. San Sébastien (1909)

No hay gran artista que no haya hecho su propio San Sebastián. Y casi podría decirse que las magnitudes del arte se resuelven en la relación que cada uno de ellos entabló con la imagen del mártir. Duchamp decidió en algún momento de su progresiva apatía romper con el arte retiniano. Muy avispado, el artista de lo déjà fait encontró en la representación de San Sebastián las razones de ese abandono. Por eso propone no una versión propia (personal o subjetiva) del martirio sino una reproducción de una reproducción y, más precisamente, de la quincalla industrial de las santerías. Duchamp es el primero de una larga lista de artistas (que culmina en la obsesión maníaca de coleccionista de Sebastián Freire) que decide reproducir las estatuitas de santos que caracterizan el kitsch serial (capitalista) del catolicismo y, con ese gesto, lo anticipa todo: todo su arte, pero también todo el arte del siglo XX. Al mismo tiempo, cancela toda posibilidad de utilizar (de seguir utilizando) el arte como shifter de indentificaciones imaginarias. No se pinta un tema (en 1909, todavía en la línea del fauvismo del que Matisse era el abanderado) porque sea interesante respecto de la subjetividad del artista sino porque lo es en relación con los estados de la cultura.


jueves, 4 de enero de 2007

Galería



Lorca retratado en la plaza de Urquinaona, Barcelona (1927). El poeta ha intervenido la fotografía para transformarla en una imagen de San Sebastián, con varias alusiones a Dalí, a quien se la mandó.
Fuente: Ian Gibson. Federico García Lorca. Barcelona, Crítica, 1998

miércoles, 3 de enero de 2007

Galería



Federico García Lorca. San Sebastián.
El dibujo, publicado por Gregorio Prieto, procede del archivo de Enrique Gómez Arboleya.
Fuente: Ian Gibson. Federico García Lorca. Barcelona, Crítica, 1998