lunes, 9 de noviembre de 2015

Lo dije yo primero

Véanse: Votar o no votar (2009) y Kafka para todos y todas (2015)

Yo no voté
por Mirta Varela para Ñ



Después del sorpresivo resultado de las elecciones, Cristina Fernández se refirió a las virtudes de un sistema electoral que permitió levar dos veces a la presidencia a Yrigoyen, tres veces a Perón, una a Alfonsín y a Kirchner y dos veces a ella misma. Como respuesta a las demandas en favor del voto electrónico, Fernández no sólo reivindicó como un “inmenso acto político de responsabilidad ciudadana” meter la boleta en un sobre y éste en una urna. También deslizó una frase inquietante: “No sé si iré a votar cuando haya que apretar un botón”. ¿Goza la presidenta de un privilegio que nos es negado al resto de los ciudadanos? ¿Acaso no es obligatorio el voto en Argentina? Ante un balotaje donde una fuerza electoral realiza campaña por el voto en blanco con el muy razonable argumento de que no es posible diferenciar a dos candidatos menemistas separados al nacer, cabe preguntarse por qué no reclamar el voto no obligatorio.
La liviandad con que la Presidenta parece decidir si va o no va a ir a votar evidencia la desigualdad del sistema. Y explica, en buena medida, por qué el derecho a elegir se ha convertido en la obligación de optar entre el naranja, el amarillo o el blanco. En verdad, el voto ya es optativo para los jóvenes de 16 a 18 años y para los mayores de 70. Como lo es en la mayor parte de los países democráticos donde resultaría inadmisible confundir un derecho con una obligación. En un sistema que se proclama igualitario, la desigualdad basada en un principio etario no debiera resultar menos escandalosa que la racial, religiosa o de género. Si un joven de 16 años está maduro para ejercer su derecho al voto, resulta inaceptable que la amplia franja de ciudadanos entre los 18 y los 70 no estemos igualmente maduros para decidir si vamos a participar de la elección.
La dictadura nos legó un temor paralizante a discutir un sistema que resulta funcional a “la clase política”. Y de pronto, todo se reduce a la urgencia por decidir entre dos candidatos o dos modelos en los que supuestamente se juega el destino del país, pero no existe espacio para debatir las cuestiones que realmente acarrean consecuencias prácticas. Porque me pregunto qué grado de responsabilidad va a asumir Horacio González cuando Scioli sea Scioli, si llega a ser electo. Votar desgarrado se parece bastante a estar un poquito embarazado. Y quienes llaman a votar por Scioli o por Macri como mal menor van a encontrarse con un bebé no deseado entre los brazos por evitar el riesgo (delito o pecado según el cristal con que se mire) de abortar a tiempo. Así, todo se reduce a reactualizar el miedo que impide cuestionar a dirigentes que carecen de legitimidad. Por eso el 2001 es aludido como una crisis terminal y no –también- como un momento en el que se puso en cuestión todo un sistema.
El voto es indispensable para sostener los privilegios que le hacen creer a la Presidenta que si no le gusta, puede no participar. En países donde el sufragio no es obligatorio, la decisión de no votar puede adoptar sentidos muy diversos. Puede obedecer a mera indiferencia pero también utilizarse como recurso de los débiles. El movimiento #No les votes en España, por ejemplo, argumenta que “dado que los partidos del arco parlamentario han decidido ignorar los deseos e intereses de los ciudadanos, ignorémoslos nosotros a ellos en donde más les duele: el voto. Porque sin tu voto no son nada”, dicen. Pero en la Argentina, la obligatoriedad coloca esta alternativa fuera del sistema. Y la tan mentada vuelta de la política del kirchnerismo nos obliga a opciones del tipo: Scioli o Macri, voto en papel o voto electrónico, inseguridad o represión.
¿Es el voto en blanco la opción frente al mal menor? Lo es dentro de este sistema en el que no podemos decidir, sino apenas optar. O transgredir. Porque las elecciones primarias dejaron en claro que numerosos ciudadanos se abstuvieron de participar y, de hecho, hubo candidatos que explicaron públicamente que la gente no va a votar en las primarias porque no está acostumbrada a esa “novedad” y porque no sufre ninguna consecuencia. En verdad, a los políticos les costaría mucho encontrar argumentos para condenar algo que resulta normal en la mayor parte de los sistemas electorales y que, en menor medida, ya forma parte del sistema argentino. Porque ni los motivos históricos que llevaron a optar por el voto obligatorio (porque es bueno recordar que hasta decidirlo, era apenas una alternativa entre otras), ni los motivos apasionados de quienes dicen hablar en nombre de “los que lucharon por la democracia” (algo muy discutible ya que las organizaciones armadas no tenían como finalidad la democracia y las víctimas de la dictadura no lo fueron por defender el voto obligatorio) resultan suficientes para explicar por qué deberíamos estar forzados a optar entre dos fuerzas que ni siquiera se dignan a explicitar propuestas que igualmente sospechamos.
Ante la alternativa del naranja y el amarillo, el blanco se presenta como una salida a la opción forzosa por “el mal menor”. Los motivos son compartibles pero insuficientes.  Resulta indispensable denunciar la obligación de aceptar mediante el voto a políticos que se cambian de partido como de peinado, que no cumplen lo que prometen o no prometen para no cumplir, que hacen ostentación del fraude y del engaño, que gozan de la impunidad de las leyes y se enriquecen con nuestro dinero. Se enriquecen con ese dinero que retienen de nuestro salario, ése que en lugar de utilizar para evitar muertes por desnutrición o accidentes ferroviarios o el deterioro cotidiano de viajar como ganado o vivir en condiciones indignas sirve para enriquecer sus arcas o para realizar campañas con las que pretenden seducirnos.  Es nuestro dinero el que se utiliza para comprar votos, tal como se constató durante las elecciones en varias provincias. ¿Por qué deberíamos legitimarlos participando de la elección?
No votar puede obedecer a la indiferencia o el hartazgo pero también supone un riesgo, una toma de posición política en el sentido más fuerte del término. Una toma de posición razonada, argumentada y que obligue a los políticos a discutir lo que nos interesa, en lugar de distraernos con campañas costosas de slogans vacíos. Porque me interesa la política y no imagino el voto como un “Me gusta” en Facebook entiendo que es necesario impugnar esta falsa diyuntiva por completo. En 1997, algunas intelectuales argentinas publicaron relatos en primera persona bajo el título genérico de “Yo aborté”. La decisión de hacer pública una decisión privada estaba justificada por el hecho de que el aborto era un delito. Y continúa siendo un delito pese a los años transcurridos porque la Presidenta enuncia como un triunfo feminista que las mujeres podemos ser finalmente consideradas “inteligentes y lindas”. Enunciar públicamente “yo aborté” pone en la superficie el delgado límite entre lo legal y lo ilegal, entre lo aceptable y lo reprimible. Creo que ha llegado el momento de decir “Yo no voté”.
 
 

¡Basta, basta, basta!

¡Que uno no es de palo!



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domingo, 8 de noviembre de 2015

Cuenta regresiva...


(Viaje al próximo domingo)


sábado, 7 de noviembre de 2015

La marcha triunfal




258 argentinos dicen


Por Daniel Link para Perfil



Acabo de terminar un análisis precioso de los resultados de la elección presidencial en mi mesa electoral que no voy a publicar porque me van a decir que soy golpista, jinete del apocalipsis, traidor, o melancólico. Estuve horas analizando los números de mi mesa, y llegué a los siguientes resultados para el ballotage (para mi mesa, no generalizo): 50,38 % para el ganador, contra 43,02 % para el perdedor, con 6,6 % de votos en blanco.

Gracias a la digitalización de la información, ahora cualquiera puede analizar los resultados de su mesa (en la mía, la 449 del circuito 17, comuna 1, el corazón de Constitución, votamos 258 almas) y proyectar algún resultado.

Lo que sí conviene decir es la madurez política de los electores, que votaron aquello que les interesaba o sobre lo que tenían noticia cierta. O sea: nada que ver con los votos a ciegas o los votos por amor o los votos por odio. Los electores de mi mesa votaron estratégicamente. Cortaron boleta privilegiando algunas categorías sobre otras. Mezclaron las listas de diputados de izquierda (FIT o Progresistas) con votos presidenciales al bloque hegemónico (Macri o Scioli), dejaron en blanco las oscurísimas categorías del Parlasur, hicieron historia.

Mientras tanto, los candidatos y sus alucinados partidarios (que son incluso capaces de ver belleza allí donde sólo hay cirugía estética y balbuceos subnormales) se entregan a la imaginación apocalíptica, enumerando la cantidad de males que sobrevendrán, gane uno u otro candidato, como si hoy estuviéramos en el peor de los mundos y no en Roma, mientras Nerón toca la lira. Yo les digo: gane quien gane vamos a tener que salir a la calle a pelearla todos los días, qué duda cabe. La vida va a ser un caos, pero a eso nos llevaron. La única diferencia va a ser si puteamos a los de siempre o a algunos cosos nuevos. Veremos lo que piensa mi mesa, la única referencia seria que me importa.


viernes, 6 de noviembre de 2015

Aprendizajes en Florencio Varela



¡La grieta se corrió!

Juan Urtubey cuestionó la designación de funcionarios de La Cámpora en la AGN

"Personalmente opino que era un tema para más adelante", expresó el mandatario salteño


Días de Sodoma

para Soy

En la mañana del 2 de noviembre de 1975, día de difuntos, una vecina de Ostia, en las cercanías de Roma, encontró el cuerpo de un hombre de unos cincuenta y cinco años en las playas de la ciudad. El muerto era Pier Paolo Pasolini y su cadáver había sido sometido a una serie de actos de violencia inusitada. En la misma noche de aquel 2 de noviembre, las autoridades policiales detendrían al presunto culpable, al que interceptarían mientras manejaba el auto de la víctima, un Alfa Romeo 2000 Gt. El asesino se llamaba Pino Pelosi. Tenía diecisiete años y contaba con antecedentes en el robo de autos. Pasolini lo había conocido en la noche del primero de noviembre, día de todos los santos, en un bar cercano a la estación ferroviaria de Términi, zona que solía frecuentar por las noches en sus búsquedas sexuales por la capital italiana.


por Diego Bentivegna



El tiempo del muerto El día anterior a su asesinato, Pasolini se había encontrado con el periodista Furio Colombo. Más que un reportaje, el encuentro con Colombo -un conocido miembro de la elite intelectual de la izquierda italiana- fue un choque, una lucha cuerpo a cuerpo. Y es que Pasolini, que había sido objeto de encono para el centro democristiano y, ni hablar, para la derecha fascistoide, se había transformado también, con su rechazo visceral del desarrollo ligado al consumo, con sus críticas en verso a algunas actitudes de los jóvenes del 68 y su posición contraria al aborto, en una figura indigerible para el progresismo italiano.
Eran los años 70. Por entonces, Barthes volvía a las lecturas de una tradición alternativa a la de la Ilustación. Foucault, acusado de oscurantismo y de critpofascismo por la más ramplona crítica iluminista de Habermas y allegados, manifestaría públicamente, cuando los 70 terminaban, su fascinación por la revolución islámica de Irán.
Como en los gestos de esos pensadores franceses, hay en Pasolini, sobre todo en el ultimísimo Pasolini, algo que es del orden de lo no integrado, de lo irreductible, de lo que no llega a encajar del todo con el presente. No se trata, por cierto, de un posicionamiento melancólico, como pensaban los intelectuales progresistas como Colombo y como aún puede apreciarse en algunas lectura que filósofos como Antonio Negri o Paolo Virno hacen del último Pasolini. No.
No es la puesta en juego de una “pasión triste”, como diría Spinoza, un filósofo al que Pasolini, no casualmente, se acerca en sus últimos años. Es más bien algo del orden de una anacronía deliberada, como si Pasolini interviniera desde la poesía, desde el ensayo, desde el teatro o desde el cine como una suerte de testimonio, como un sobreviviente, en un momento en que Italia, como gran parte del mundo occidental, vivía su “miracolo”: un momento de expansión económica, de “bienestar” y, al mismo tiempo, de aumento creciente de las tensiones sociales y políticas.
En relación con la nueva realidad social del “desarrollo”, que veía como una tendencia nefasta e irreductible hacia la unificación y la destrucción de lo arcaico, Pasolini se pensó a sí mismo como una “fuerza del pasado”. Lo hizo en uno de los poemas incluidos en Poesía en forma de rosa, de 1964, el libro que con el que se cerraba el ciclo de los grandes poemarios integrado por Las cenizas de Gramsci y por La religión de mi tiempo. Son versos que, como suele suceder a lo largo del corpus pasoliniano, exceden los confines de una obra delimitada. Se dispersan; migran hacia otros soportes, se configuran en otros formatos. Se encuentra, así, en La ricota, el mediometraje con el Pasolini colabora en Ro Go Pa G un colectivo fílmico con Roberto Rossellini y con Jean-Luc Godard, donde puso esas mismas palabras en boca de Orson Welles. En un juego complejo de identificaciones y de desplazamientos, Welles encarna en La ricota el papel de un abrumador director de cine en trance de filmar una película sobre la pasión de Cristo plagado de referencias a la pintura del manierismo del siglo XVI, que Pasolini había estudiado con dedicación en sus años de estudiante en Bolonia.
Entre los papeles póstumos de Pasolini hay un escrito breve dedicado, precisamente, a la luz en Caravaggio. Como en el pintor del siglo XVII–que fue asesinado en circunstancias oscuras y cuyo cadáver apareció, como el del cineasta, en una playa del Tirreno-, Pasolini lleva hasta el límite las posibilidades de lo exhibible, las potencias de lo mostrable. Trabaja de manera deliberada con lo abyecto, con el rechazo, con lo que puede llevarse hasta el extremo.

El lugar del muerto
Terminada la etapa de las fugas hacia las periferias de Europa (el Friuli, los suburbios de Roma) y del Tercer Mundo (India, Grecia, África, Brasil), el ultimísimo Pasolini estaba emprendiendo otro tipo de viajes, tal vez más extremos. En efecto, en los días previos a su muerte, Pasolini había dado forma definitiva a Saló, el filme basado en una lectura de Los ciento veinte días de la ciudad Sodoma del Marqués de Sade.
En 1975, además, pocos días después del hallazgo de su cadáver, la editorial Einaudi publica La Divina Mimesis. El título retoma el nombre del libro más importante del crítico alemán Erich Auerbach, a quien Pasolini admiraba incondicionalmente desde los años 50. En la lectura que propone Auerbach del canon literario de Occidente, Giotto forma parte de una tríada con San Francisco y con Dante. Era el nacimiento de una nueva literatura en plena diversidad de las ciudades, de las fraternidades franciscanas, de la fiestas florales y primaverales: una literatura creativa y celebratoria, abierta al registro de lo variado y lo múltiple.
Pasolini había publicado su primer libro en 1941, a los diecinueve años. Era un libro de poesía, se llamaba Poesías a Casarsa y estaba escrito, como un acto de desvío ante la cultura monoglósica del fascismo de entonces, en una variedad lingüística periférica y minoritaria: la friulana, la lengua de la madre. Esos versos, que cantaban la vida y la diferencia de los jóvenes campesinos friulanos, fueron reescritos por Pasolini en sus últimos años en un nuevo friulano, menos arcaico y delicado, deliberadamente impuro, para celebrar no ya ese cúmulo de erotismos y vitalidad del pasado, sino más bien para llorar su muerte.
La nueva juventud, el resultado de esa reescritura descarnada, está inmerso una visión sombría. Esas reescrituras son paralelas a su relectura de las Jornadas de Sade, que traslada a los últimos años del régimen fascista, el período final del gobierno de Mussolini títere del Reich de Hitler. En rigor, la película de Pasolini no habla tanto de aquel viejo fascismo histórico mussoliniano, con sus ritos de opereta, su vitalismo, su grandilocuencia dannunziana. El film es, más bien, un gesto que hay que pide ser leído en función de la crítica al “nuevo fascismo”, un fascismo reticular (“capilar”, según la expresión de Pasolini), sostenido en la utopía del consumo y la falsa tolerancia, mucho más eficaz que el fascismo arqueológico.
Al mismo tiempo, en sus últimos días Pasolini estaba trabajando en un proyecto narrativo desmesurado, que va a ir cambiando de título a lo largo del proceso de redacción y que será publicado por la editorial Einaudi bajo el nombre de Petróleo solo en 1992, al cuidado del filólogo Aurelio Roncaglia.
Tal como la conocemos, Petróleo es una novela conflictiva, un únicum en la que se fagocitan materiales de toda clase. La crítica Carla Benedetti ha visto en ese texto la puesta en juego de una máquina de escritura que, en realidad, es la máquina de escritura del último Pasolini: la “forma-proyecto”, sostenida, como en un acto performático, por un cuerpo: por el autor en “carne y hueso”; como leemos en la carta a Moravia, con la que se cierra la novela.
Petróleo es, por cierto, una novela, pero es también un viaje, una alucinación, un poema sacro en prosa tensionado entre la Comedia dantesca, el doble de Dostoievsky y el fondo de la noche celiniana. Es, tal vez, un relato sobre la iniciación, sobre lo sacro y sobre sus relaciones con la androginia, con la violencia y con la muerte. Y es, básicamente, el relato de una vida.
La vida de Petróleo no es ya una “vida violenta”, como la de los jóvenes de los suburbios romanos que habían sido el motor erótico y lingüístico de la narrativa híbrida pasoliniana de los años 50. Es la historia de un joven ingeniero de la clase media ilustrada, Carlo Valletti, un intelectual de izquierda con simpatías hacia el catolicismo progresista, que se desdobla, de manera imprevista, en una tarde más bien tediosa en un barrio acomodado pero ya algo decadente de la Roma de fines de los años 50, en un segundo Carlo. Si el “primero” es un sujeto cuyo cuerpo aparece en algún punto sublimado, el “segundo” Carlo es, básicamente, un sujeto pulsional, entregado a las peregrinaciones sexuales y, a su manera, angustiante y desgarrada, a la vida.

El cuerpo que resta Como los grandes proyectos literarios del siglo XX, el texto póstumo de Pasolini puede chuparlo, al parecer, absolutamente todo, y eso involucra también la puesta en evidencia del propio mecanismo narrativo que la genera. Según esa ficción, Petróleo sería el resultado de la confluencia de cinco manuscritos que sobreviven al autor (un corpus que resta) y tendría, por lo tanto, una condición póstuma, abierta y provisoria desde la que sostener, como ha pensado entre nosotros Daniel Link en sus intervenciones sobre Pasolini y la moral de la minoritario, nuevas formas de vida.
En una entrevista publicada en Stampa sera seis meses antes de su asesinato, Pasolini afirmaba: “Empecé un libro que me tendrá ocupado durante años, tal vez por el resto de mi vida. No quiero hablar de él…; basta saber que es una especie de “suma” de todas mis experiencias, de todas mis memorias”.
Hoy, de ese libro alucinado, de esa suma monstruosa, nos quedan las casi seiscientas páginas de Petróleo. No es, sin embargo, un final de recorrido para la escritura pasoliniana. Menos aun es un confín o un límite. Es más bien un componente más de una máquina híbrida (que produce cine, narrativa, fotografía, poesía, teatro), proliferante y mutante, que pone en juego el poder irreductible de la palabra: esa potencia en la que, como afirma desde hace años Giorgio Agamben –que cubrió el rol del apóstol Felipe en el Evangelio según Mateo que Pasolini dirigió en 1964- radica la condición política de toda literatura.


Apocalípticos e integrados


El napolitano Massimo Fusillo es uno de los fundadores del Leather Club Roma, el primero de su género en el centro-sur de Italia. Es también uno de los más notables críticos italianos contemporáneos. Enseña Crítica Literaria y Literaturas Comparadas en la Universidad de L´Aquila. Además de un volumen sobre Pasolini (Grecia según Pasolini. Mito y cine, de 1996), Fusillo es autor de estudios sobre la novela en la antigua Grecia, la persistencia de la tradición clásica y las relaciones entre literatura, cine y artes visuales. Su libro Estética de la literatura fue traducido al castellano. Vino a Buenos Aires invitado por la Universidad de Tres de Febrero, para participar del Coloquio “Pasolini y el Tercer Mundo” con el que el lunes pasado se conmemoró el 40º aniversario de su muerte.

Entrevista de D.B.

¿Cuál es a tu juicio la herencia más fuerte hoy de Pasolini como escritor, como cineasta y, en general, como "intelectual"?

 

Pasolini no tiene hoy herederos directos, y su herencia no está en un aspecto singular o en un trabajo específico. Está, en cambio, en el conjunto de su obra magmática y siempre en devenir: es su creatividad inagotable, que se expresa en casi todos los lenguajes posibles; es su búsqueda continua, fruto de una angustia febril, de una disonancia con el mundo y con la cultura dominante.

¿En qué medida y de qué modo las posiciones públicas de Pasolini en torno a cuestiones como el genocidio cultural, la falsa tolerancia, el aborto, la escuela, etc., esto es, las posiciones del Pasolini "corsario" y "luterano", siguen siendo hoy posiciones válidas?
 

El pensamiento político de Pasolini es un pensamiento apocalíptico, motivado por fuertes componentes autobiográficos (la desaparición de sus objetos de amor y de obsesión: los muchachos subproletarios y “bárbaros”). Aunque hoy, junto con su cine, es la principal causa de su éxito internacional, creo que es la parte más débil de su obra. Algunas de sus posiciones ya habían sido sostenidas por la Escuela de Frankfurt; en otras, ha demostrado ciertamente lucidez y anticipación. A veces, en cambio, se dejó arrastrar por su emotividad: no creo por ejemplo que haya habido un genocidio cultural (la palabra “genocidio” es, seguramente, exagerada), incluso hoy, en una época de globalización extrema, las culturas locales no han desaparecido: se hibridaron con las culturas hegemónicas, creando interesantes fenómenos como lo “glocal”. No siendo con todo un primitivista, Pasolini tiene un defecto común a muchos pensadores apocalípticos: demonizar el presente, en cambio de intentar comprenderlo, y mistificar los orígenes, el pasado arcaico.

¿Qué nueva literatura podemos pensar, o imaginar, desde Pasolini?

 

Una literatura impura, que no aspira al producto terminado, cerrado, liso, sino que, por el contrario, se contamina con otras artes y saberes, con el discurso social y político. Una literatura intermedial, que se hace cuerpo, se hace performance.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Si voy preso, que me encierren con Adrián Pérez, así no se me escapa

Prohiben difundir imágenes y noticias sobre Matías Alé


El mal absoluto

¡¡¡¡Menos mal que no tengo facebook!!!!

¡¡¡¡Y menos mal que la gente que anda en la calle laburando como uno no dice las pelotudeces que se leen ahí, según me cuentan!!!! 

¡¡¡¡Vayan a laburar, hijxs de puta!!!!

 


Hoy lo voto a éste....

(aunque después me deje, como a Carrió)



in girum imus nocte et consumimur igni





No. Fue. Magia.

RÁPIDAS IMPRESIONES EN (CASI) EL DÍA DESPUÉS
por EDUARDO GRÜNER para Ideas de Izquierda, 25 (Buenos Aires: noviembre 2015).

1.
El kirchnerismo le ha servido el país a la derecha en bandeja de plata. Esto es independiente de quién gane el próximo ballotage: podría ser también un auto-servicio. Contra el sentido común dominante –sobre todo entre los simpatizantes K, que en materia política suelen simplificarse en exceso sus complejos dilemas– no fueron Scioli o Aníbal los “mariscales de la derrota”. La responsabilidad de la debacle anunciada le pertenece al gobierno en su conjunto, y por supuesto a Cristina en particular. Scioli no apareció de la noche a la mañana como el candidato derechoso al que los auténticos “progresistas” tuvieron que resignarse porque “medía bien”. Es al revés: Scioli fue el efecto necesario de la progresiva derechización del gobierno en los últimos años, aún dentro de su propia lógica, que en ningún momento fue “de izquierdas”. Scioli pudo –quizá– haber tomado solito la decisión de que en su futuro gabinete revistaran espantapájaros como Berni, Granados o Casal. Pero no fue él el que los inventó: venían de antes. Como venía de antes Aníbal, el can-didato de Cristina. Como venía de antes la voluntad férrea de seguir pagando la deuda y negociando con los buitres, y tantas otras cosas. El punto es importante, en primer lugar, porque, aunque uno puede entender que muchos de aquellos honestos simpatizantes hayan ido a votar “desgarrados y con cara larga” (como dijo con sinceridad mi amigo Horacio), no es muy admisible que, bajo un análisis político riguroso, creyeran que había una tajante discontinuidad entre el candidato y el “proyecto”. Entre ellos y ellas hay psicoanalistas y semiólogos: ¿ninguno escuchó bien el interesante lapsus de un slogan K que enunciaba que “El candidato es el proyecto”?
2.
Entonces, con lo de “debacle anunciada” no pretendemos decir –sería una pedantería ociosa– que ya sabíamos lo que iba a pasar, o que los resultados del domingo no hayan sido una auténtica sorpresa. Lo que queremos decir es simplemente que la sorpresa mayor no es la derechización (que era previa: no hubiera sido diferente con Randazzo) o la previsible profundización del ajuste en el próximo gobierno, sino el hecho de que ahora potencialmente eso podría estar a cargo de otro elenco político del que parecía el más probable. Por supuesto que no son elencos exactamente iguales –las fracciones de las clases dominantes nunca lo son– pero sus “contradicciones secundarias” siguen jugándose del mismo lado de la “contradicción principal” (perdón por el maoísmo al paso, pero venía bien para abreviar). Los acuosos “matices” entre las políticas decididamente antipopulares que anuncian ambos candidatos no hacen para nada obvio que esos sectores populares debieran votar más bien a uno que otro, aún dentro de un marco democrático-burgués. Y eso parece haber producido un efecto (no tan) curioso: al compás del viejo apotegma que dice “¿Para qué quiero la copia si ya tengo el original?”, una apreciable parte del electorado –no todos ellos necesariamente neoliberales o “gorilas” a ultranza– posiblemente haya preferido deslizarse lejos de la alicaída retórica de una épica “nacional y popular” rutinizada (sí, habría que releer al Max Weber de la “rutinización del carisma”) y a esta altura ya escasamente verosímil, y embarcarse más cómodamente en el entusiasmo light de las “ondas de paz y amor”, la cumbia maníaca y los globitos amarillos que prometen autoayuda política para todos y todas, junto a una bondadosa y humilde “antipolítica” que buscará la colaboración “gestionaria” desinteresada con todos los rivales, incluyendo a… ¡Nicolás del Caño! Claro que todos sabemos –y seguramente también lo saben los votantes en algún vericueto de su “preconsciente”– que esto no solo es un disparate irremediable (hasta el más hippy de los votantes intuye que el conflicto dentro de la sociedad de clases tiene poco que ver con el amor, y que hacer política es diferenciar antes que rejuntar) sino que es la burda puesta en escena del proverbial lobo con piel de cordero. Pero, en el contexto de un cansancio o incluso una saturación, después de doce años del relato del relato del relato, pueden haberse dicho: ¿Y por qué no? ¿Por qué no probar con otro “estilo”, con otra “forma”, cuando los “contenidos” no son taaaaan radicalmente diferentes?
3.
Y luego está ese otro y notorio dato: ¿de dónde salieron los votos “extra” de Macri? Massa mantuvo incólume su caudal, incluso aumentándolo algún puntito (y al contrario, Scioli lo bajó). De los votantes del FIT, evidentemente no vinieron. Tal vez de algunos de los votos de Stolbizer, pero dado su escaso porcentaje –ni hablar el de Rodríguez Saa– no pueden haber sido decisivos. Conclusión estrictamente aritmética: vinieron del FPV, posiblemente en combinación con los que no pudieron votar en las PASO por las inundaciones y ahora ejercieron su voto castigo contra Scioli, y que probablemente en otras circunstancias hubieran votado mayoritariamente al FPV. En suma: todo indica que se ha producido una fractura interna de la fidelidad al voto K, al menos entre los sectores menos duros, más “flexibles” a la hora de votar. ¿Es esa fractura por derecha? Sí y no, como dice el chiste sobre Hegel. El sentido de los votos no es nunca unívoco y lineal: suele haber un hiato entre lo que se vota y lo que se cree estar votando, entre el efecto político real y las motivaciones individuales o sectoriales. Podría pensarse, en principio, que ese súbito descontento (o hartazgo, o saturación, o “espíritu de aventura” que se arriesga a “lo nuevo”) se tradujo –“objetivamente”, como se dice– en un desplazamiento a la derecha. Pero en el campo de las intenciones subjetivas de los ciudadanos no es tan mecánico el asunto: ya dijimos al pasar que los límites entre el “progresismo” K y el conservadurismo M venían borrándose desde hace rato, y esa confusión llegó al colmo durante una campaña patéticamente mediocre en la que Scioli parecía cada vez más un M pretendidamente “nac & pop” mientras Macri parecía cada vez más un pastor evangélico K (por momentos incluso más “democrático”). Ambos terminaron por converger en la búsqueda del extremo centro, que, como bien sabemos, es una extrema nada. Entonces, nada por nada, ¿por qué no castigar a la “nada” ya vieja y gastada? No se puede sacar apresuradamente la conclusión de que lo hicieron en nombre de un intencional “giro a la derecha”: los votantes del FPV o de Stolbizer que puedan haberse “pasado” ya estaban, “objetivamente”, en la derecha. Y al revés, “subjetivamente”, no se puede decir que un votante de Cambiemos es necesariamente más de derecha que uno de las otras fracciones burguesas, salvo en el sentido genéricamente ideológico-cultural de que para la mayoría no existe todavía la izquierda como horizonte electoral, y sobre todo como horizonte político, social, ideológico. Pero eso es un problema de todos los votantes, a cualquier partido burgués. Y sobre todo, es un problema nuestro.
4.
Dicho lo cual, sin duda todo el contexto, en esta coyuntura y desde un cierto punto de vista, registra una confirmación del “corrimiento” a la derecha (aunque habría que analizar “corrimiento” desde dónde). Finalmente, el voto castigo no se tradujo, por ejemplo, en un incremento apreciable del caudal del FIT. Sobre esto hay que ser claros y realistas: es verdad que se conquistó una banca más –que podían haber sido dos con una ayudita del amigo Zamora–, y es verdad que se consolidó la adhesión de los que ya votaban al Frente como la opción de izquierda radical. Pero todos sabemos que el desempeño electoral de conjunto estuvo por debajo de las expectativas. Para eso hay visibles razones asimismo “objetivas”: primero (aunque de ninguna manera único), para decirlo de manera muy gruesa, el reflujo de la lucha de clases. La lógica del crecimiento de la izquierda opera en sentido contrario a la de los partidos burgueses. A estos el retroceso de las luchas de clase, o del movimiento popular y social en general, les permite crecer a pura discursividad vacía, a pura retórica (sea nac & pop o new age), ocultando las “efectividades conducentes” de su verdadera política. Nosotros necesitamos de esas efectividades, de la materialidad de los ascensos de masas para traducirla en presencia también en el aparato estatal. Y eso no se consigue solamente con militancia y voluntarismo, sino en el vínculo dialéctico con el movimiento social. Esa posibilidad llegará, sin dudarlo: quienquiera que gane el 22 de noviembre, el ajuste es inevitable y hará que se dispare la resistencia. Ese será el tiempo de estar presentes, como de costumbre, en todos y cada uno de los conflictos, mostrando cuál es la única política no solo deseable sino posible contra el ajuste. Pero para eso, por supuesto, hay que estar preparados. Por el momento, el escenario político es de una gran confusión, pero es probable que se vaya aclarando en el curso del año próximo. En esta coyuntura, y aún en situación de relativa desventaja, es necesario –o mejor, es inevitable– para la izquierda empujar una gran campaña por el voto en blanco (o la impugnación con la boleta del FIT, si pudiera hacerse). No decimos que vaya a ser fácil, ni cabe abismarse en acríticos optimismos: la derechización banal y la mediocridad de la cultura política “media” se han agudizado tanto que se ha transformado en un sentido común “progre” reprocharle a la izquierda que no vote a una de las opciones… de la derecha (ya había sucedido en Capital con el voto ¡a Lousteau!). No obstante, tenemos buenos argumentos, que habrá que explicar con paciencia y firmeza en todos los espacios que nos den y los que sepamos generar, no solamente hacia el objetivo del 22N (sería un error confundir la coyuntura táctica con el objetivo estratégico), sino como siembra a mediano plazo cuyos frutos pudieran cosecharse, como decíamos, a partir del año próximo. Es necesario desmontar la gigantesca extorsión burguesa a la sociedad argentina, y eso solo lo puede hacer la izquierda.
5.
No estamos, sin embargo, o no todavía, en las mejores condiciones para capitalizar el descontento y la bronca que se ha manifestado en la elección. Eso, por ahora, lo está haciendo una derecha “moderna” y de falso talante light, que por primera vez en la historia argentina está a las puertas de acceder al poder por elecciones legítimas (en el sentido de la legalidad burguesa, se entiende) y con apoyo de masas pequeño-burguesas y aún populares. Fue esa derecha, y no el FIT, la que pateó el tablero en estas elecciones, desconcertando hasta la estupefacción a propios y ajenos. Incluyendo, claro, a nosotros (uso el “plural mayestático” para hablar de mí: no pretendo atribuirle nada a nadie). Algo se nos perdió en el camino. El recurso al retroceso o estancamiento de la lucha de clases es verdadero, pero insuficiente en su generalidad un tanto abstracta. Tal vez no supimos ver esas “corrientes subterráneas” de malestar que estaban demandando el famoso “cambio”, de cualquier signo que fuera. Tal vez no supimos escuchar esas “voces de la calle” que pedían ser canalizadas por alguna diferencia, y no hubo ya tiempo de articular una política específica para orientar mínimamente ese desorden ideológicamente ambivalente, y evitar que la presión fugara por derecha. Tal vez no tomamos en cuenta el rol de sobredeterminación (antes me disculpé por el maoísmo, ahora lo hago por el althusserismo) que aquel malestar podía tener en el nudo complejo de conflictos que se venían desarrollando. Tal vez no llegamos a apreciar la profundidad de todas las “rajaduras” que atravesaban al kirchnerismo en múltiples direcciones. Tal vez no advertimos la necesidad de explicar con mayor radicalidad y fundamentos la magnitud del ajuste que se viene, y del cual no parece haber clara conciencia en los sectores más vulnerables (es notable lo comparativamente poco que se ha discutido de economía “dura” durante la campaña en general, salvo en su último tramo), ni insistimos suficientemente en las razones por las cuales la única manera de evitar eso sería el socialismo. Tal vez sobredimensionamos con un poco de exitismo el reconocimiento –sin duda creciente, pero todavía relativo– del FIT por las masas obreras y populares, y pusimos demasiado el acento en la presunta “traducción parlamentaria” de esa influencia en las bases, con lo cual el escenario parlamentario nos tapó un poco la visión de conjunto. Tal vez, tal vez, tal vez: no podemos decirlo con plena certidumbre. Entre otras cosas, porque estas evaluaciones desde ya no dependen de la opinión del individuo que escribe aquí, sino de un debate a fondo que deberíamos tener entre todos. Como sea, más allá de desconciertos y sorpresas, lo que ocurrió no-fue-magia, como le gusta decir a la Presidente: parecería que des-conocimos (que no es lo mismo que “ignoramos”) algo importante.
6.
No se trata, por supuesto, de llorar sobre la leche derramada, ni de hacer un mea culpa catártico. En todo caso, se trata de reagrupar fuerzas –la campaña por el “blanco” es una primera instancia, si bien transitoria– y poner a funcionar la reflexión crítica y los sistemas de aprendizaje. Hay un piso firme sobre el cual pararse, y lo conquistado ya es nuestro. Cada uno/una lo hará en la medida de sus posibilidades y desde su propio lugar de más o menos “orgánico” o “independiente comprometido”. Pero las elucubraciones individuales no tienen dimensión política: es necesario un impulso de articulación colectiva. Hay que abrir una discusión lo más amplia, plural y horizontal que sea posible, y asegurar la participación de la mayor cantidad de adherentes, combinando sus distintos niveles de pertenencia o cercanía al FIT. Hacer un balance riguroso y sin complacencias, y generar hipótesis políticas hacia adelante. Está claro que esta última posibilidad dependerá en buena medida, en sus contenidos concretos, de los resultados del 22N (y también de cuánto logremos hacer penetrar la opción “voto en blanco”, aunque ya dijimos que aquí no cabe esperar de antemano un “batacazo”): no será lo mismo si el próximo gobierno es M –dándole a los K el “changüí” de intentar recomponerse como dirección de una potencial “resistencia popular”– que si es K –con lo cual el proceso de descomposición de la actual estructura seguramente se acelerará ante esa misma “resistencia”–. Pero no podemos confiar en azares ni en fatalidades: la historia ha demostrado hasta el hartazgo la capacidad de reciclaje de los peronismos, y nos está acuciando la novedad de una “neo-derecha” harto más poderosa de lo que imaginábamos. Como decíamos, es urgente abrir la puerta a una gran discusión sobre las políticas para encarar el futuro inmediato. La situación es brumosa, y detrás de la bruma hay muchos peligros: la crisis mundial se profundiza (de la situación internacional también se ha hablado poco y nada en la campaña), y junto a ella ya se oyen los crujidos en la región. La crisis argentina, como están hoy las cosas, podría terminar haciendo una importante contribución a un vuelco aún más pronunciado hacia la derecha. El FIT, y la izquierda en su conjunto, tienen por delante una enorme tarea y una gigantesca responsabilidad.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

¿Tan temprano?

Castells denunció que le ofrecieron armas para generar disturbios si Macri es presidente

El dirigente piquetero sostuvo que el mismo ofrecimiento se lo hicieron a otros movimientos sociales. 

Me quedo tranquilo

Scioli insistió en que él "va a cambiar lo que haya que cambiar, corregir lo que tenga que corregir y mantener lo que haya que mantener".

Yo agrego, para los dos candidatos, una serie de enunciados igualmente calientes y definitivos: que callen lo que hay que callar y que digan lo que hay que decir, que propongan lo que hay que proponer y que cajoneen lo que hay que cajonear, que vacunen lo que hay que vacunar y que desmonten lo que hay que desmontar. 


En Pelotas, lo voté a éste....





Eduardo Leite, alcalde de Pelotas (Brasil) por el PSDB.


martes, 3 de noviembre de 2015

domingo, 1 de noviembre de 2015

Hoy voto a éste


Facundo Moyano