sábado, 30 de abril de 2011

Piedra libre

por Daniel Link para Perfil



Los fonemas, determinó el príncipe Nikolái Trubezkói en sus elegantes Principios de fonología (1939), son las unidades lingüísticas mínimas (aquellas cuya variación determina el cambio de sentido): en “casa” y “cosa” es evidente que la variación entre a y o produce un cambio de sentido.

Como los alfabetos son limitados en sus signos, y convencionales (es decir: arbitrarios), muchas veces sucede que un mismo fonema se escribe de diferente modo. Es lo que sucede con “campo”, “Clarín”, “Carrió” y “Cobos”, que escriben diferente el mismo fonema que suena en “Kirchner”, “kantiano”, “kermés” y “paka-paka” o en “quepis” (como la Academia recomienda escribir kepis) y “quilombero”.

En efecto, c-k-q son transcripciones gráficas del mismo fonema (oclusivo velar sordo) /k/.

La letra k aparece raramente en palabras castellanas e indica invariablemente términos adoptados por préstamo o cultismo en los últimos dos siglos.

Por ejemplo, “Kirchner” viene del alemán y “paka-paka” de una variedad de quechua, que no es una lengua, sino un grupo lingüístico que agrupa a varias lenguas incomprensibles entre sí. El complejo quechua es tan diverso como pueda serlo la rama romance de las lenguas indoeuropeas: francés, castellano, catalán.

La escritura quechua es una invención política muy tardía (entre 1939 y 1954): la grafía k, pues, es totalmente arbitraria, como la expectativa de considerar al quechua una lengua única. Le pregunto a Marta qué quiere decir “pakapaka”. Me contesta: “No sé, yo soy de Cochabamba, eso debe ser de Cuzco”.

La cifra total de hablantes de las diferentes variedades de quechua se estima hoy entre 7 y 10 millones. En Argentina son sólo algunos miles. La Wikipidiya (wikipedia en quechua, variedad “franca”, imperial) informa que “Paka-paka icha pakakuna nisqaqa wawakunap pukllayninmi, tukuy Tiksimuyuntinpi runakunap riqsisqanmi”. O sea: jugar a las escondidas, el juego del escondite. En quechua santiagueño, “Pakay” es ocultar, esconder, encubrir, “Pakakuy”, ocultarse, taparse la cara y “Pakará”, un árbol de copa extendida en amplia sombrilla, también conocido como timbó. En otras variedades, “Pakacuna” quiere decir escondrijo; “Pakaicuna”, encubrir; “Pakaskka”, oculto. “Paka” puede significar ingle o entrepierna y por eso “Paka usa” designa a la ladilla o piojo del pubis. Juego se dice “Pujllay”.

Hay palabras castellanas que vienen del quechua, como cancha (“kancha”), cóndor, (“kuntur”), china (“china”, ‘hembra de los animales’, ‘sirvienta’), vizcacha (“wisk´acha”).


viernes, 29 de abril de 2011

Monarcas

por Pola Oloixarac para Quimera

Los últimos días del verano porteño trajeron una de esas noches-diamante que son varios libros en sí mismos. En el noble recinto donde una vez recitara su poesía Federico García Lorca, se casaron Dañel Link y Sebastián Freire, en tuxedos impecables; podían adivinarse los aleteos, las batallas de bibliografía comentada, cataratas de tinta futura intentando descifrar la distribución de las mesas. Buenos Aires era Venecia, en los ojos cerúleos de Edgardo Cozarinsky encendidos bajo el antifaz; era la república amorosa de Won Kar Wai, en las paredes endiabladas de rojo barroco. Sé de algunos fascinerosos que merodeaban a Beatriz Sarlo con la oscura intención de morderle las perlas y verificar su autenticidad; no obstante, el clima de decoro y glamour se mantuvo intacto en el birreinato del Plata, donde Beatriz y Josefina Ludmer ejercen su majestad. La elegancia black-tie de la fiesta transmitía el mensaje moral: que los siglos de esponsales entre sexos diferentes no habían sido más que un pasaje, la pupa previa a la aparición sagrada, inolvidable, de la mariposa auténtica. Estábamos, después de todo, en el Salón Imperial del Club Español: una justa metáfora del lugar de la literatura argentina según sus hacedores.
Durante días, los mundanos departamentos de Spanish en Stanford, Birkbeck College y Harvard, desde donde escribo estas líneas, no tuvieron otro tema de conversación (¿qué se puso Ariel Schettini?). Al son de la melodía inmortal de Las gatitas y ratones de Porcel entraron los novios: se besaron sobre el escenario, y Dañel desplegó su abanico negro para cubrir otro beso. Se abrió el telón de terciopelo y vimos a Mario Bellatin, Pantócrator, portador de la Escrituras, seguido de una corte de princesas (Gaby Bex, Ale Ros et al.). Mario leyó su Epístola y extendió su garfio mágico portando sendos anillos para los novios. Un San Sebastián penetrado por las flechas comandaba el altar; al son de “La Pulpera de Santa Lucía”, jóvenes faunos en moñito y zungas negras coparon la pista.
Es sabido que la musa de Borges fue la Enciclopedia Britannica pero su verdadera suerte literaria fue tenerla cerca a Victoria Ocampo, que organizaba las mejores fiestas. Ningún tándem compuesto por humanos supo destronar esa dupla; con todo, no cabe duda de que el peronismo (agrupación literaria en la saga de Boedo) hizo suya en la últimas décadas la corona de autor posmoderno argentino más leído; un destino exagerado, en tanto su única aspiración es pertenecer al ensayismo social. Este linaje sólo podía darse terminado con la aparición de una reina. Es Dañel, de la prosa hija de Barthes (y del brazo de Freire, dibujante de luz), que sabe conducir los hados empíreos y subtérranos (su Montserrat es imprescindible para comprender el afterlife de los fantasmas de Borges) y que, a golpe de abanico, como la Pulpera, transmite el don de la vocación de la voz (¿puede haber algo más hermoso?) a cícladas de jóvenes: él, que, como Tiresias, ya fue y vino entre los cromosomas.

miércoles, 27 de abril de 2011

JAPÓN en la 37.a Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

Del 20 de abril al 9 de mayo de 2011, la Embajada del Japón participará de la 37° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en los stands* N° 317 y 319, ubicados en el Pabellón Azul.

Día del Japón


Haiku. Oficio de vivir, oficio de poeta,


Conferencia a cargo del escritor y poeta Alberto Silva, doctor en Letras por la Universidad de París.

Día: viernes 29 de abril de 2011, 17 hs.

Lugar: Sala Victoria Ocampo, 37.a Feria Internacional del Libro, Predio Ferial, Av. Sarmiento 2704, Ciudad A. de Buenos Aires.

(Se pueden solicitar invitaciones para acceder al día de Japón en la Feria, sin cargo.)

Informes: (011) 4816-3111, centro-info@japan.org.ar

Haiku. Oficio de vivir, oficio de poeta

El haiku es una de las raíces más vigorosas del árbol de la literatura japonesa. Su carácter peculiar consiste en presentarse, de forma indisoluble, como poesía y como experiencia. Arte poético de calidad, el haiku designa, a la vez, un estilo de vida. Esta doble condición explica que, desde sus comienzos en el siglo XVI, haiku y zen hayan sido entendidos como ámbitos colindantes y de alguna forma co-extensivos. Hoy como ayer, haiku es el modo de llamar a un arte retórico peculiar que llega a ser, además, un medio eficaz para percibir, disfrutar y celebrar cada instante. Desde hace algunas décadas, el haiku japonés traspone las fronteras del archipiélago y no sólo es disfrutado por extranjeros, sino también escrito en diversas lenguas de Occidente.


martes, 26 de abril de 2011

Para el bronce



lunes, 25 de abril de 2011

¡Un médico a la izquierda!

Sobre House yo ya dije todo lo que podía. Ahora me arrepiento de algo que deslicé: "yo seguiré viendo House". Ya no hay necesidad, me abstengo para siempre.
Sus peores vicios (que eran todos y nada había en la serie que escapara al vicio y al error) han sido resueltos con maestría y elegancia en Monroe, la nueva serie de la BBC que tomó el toro por las astas y decidió reparar lo irreparable.
¡Una deconstrucción! (no, che, estamos hablando de gente british, enemiga de la filosofía continental, un poco más de respeto). Es una serie episódica (y como tal, terminará cansándome). Pero es un ejercicio tan fino de lectura de la chatarra norteamericana que parece un ejercicio de estilo.
En primer lugar, Monroe está protagonizada por el extraordinario James Nesbitt, a quien habíamos ya celebrado en el papel doble de Jekyll y Hide en Jekyll (no encuentro registro de mis observaciones sobre esa serie, lo que me parece raro: seguiré buscando).
Monroe no es un clínico de diagnóstico sino un neurocirujano brillante (no es adicto a los calmantes, a diferencia de House, pero sí al tabaco). La mitad de los rasgos desagradables de House los ha conservado. La otra mitad han pasado a su colega la Dra. (cardiocirujana) Jenny Bremner, lo que vuelve un poco más dinámica la "lucha interior", tan insoportable en House y tan divertida en Monroe porque supone un contrapunto entre diferentes caracteres, ninguno de los cuales es totalmente insoportable como sucede en el antecedente princetoniano.
El amigo de Monroe (el único, como en el caso de su predecesor lisiado), es su anestesista. Monroe es misántropo y psicópata, Bremner es fría y resentida.
Los diálogos (entre ellos y con los demás) son precisos y se sostienen en un ritmo narrativo impecable, hasta el momento.

La relación con los internos es, como en House, un festival de descalificaciones, injurias y burlas de todo tipo. Pero nadie supone que ésa sea la forma correcta de introducir a los jóvenes en la práctica médica, y tampoco se sostiene el convencimiento en los poderes mágico-chamánicos del doctor.
Monroe tiene una vida privada complicada: una hija muerta (en una operación de cerebro, fijate vos), un hijo que estudia filosofía y una esposa que lo ha abandonado porque no lo aguanta más.

¡Ah, las locaciones! El hospital donde trabajan Bremner (la actriz es divina, pero su personaje ostenta una cara de culo abigarrado y apretado que hay que entender como un mérito actoral) y Monroe (¡bañate, sucio!) es precioso y dan casi ganas de pedir a gritos una intervención quirúrgica cualquiera para poder contemplar más de cerca esos azulejos negros y azul oscuro, verdes pizarra, todo castaño.
Por supuesto, Monroe no descansa sobre el disparate teórico de que la medicina es infalible una vez realizado el diagnóstico: Monroe y Bremner tendrán que enfrentar más de un fracaso (más de una muerte). La jefa de diagnóstico y derivación (los pacientes les llegan a estos amargados como corresponde, es decir: ya diagnosticados) sufre un accidente cerebrovascular que tal vez (estamos viendo) le impida continuar con el ejercicio de la medicina. Por supuesto, Monroe la consuela de la mejor manera posible.
Los casos son todos ellos interesantes y, lo que es más importante: justificados. Acá no le abren la cabeza a nadie para ver qué onda, sino porque hace falta. E incluso, a veces meten la pata.
Ayer dimos por triunfadora a la colonia (la enormidad del atrevimiento, sin embargo, vuelve insignificante ese percance). Hoy hay que volver a aplaudir la sabiduría metropolitana (ah: ya está en línea el primer capítulo de esta temporada de Doctor Who!).


domingo, 24 de abril de 2011

sábado, 23 de abril de 2011

La infancia conectada

por Daniel Link para Perfil

Un amigo me pide ayuda para mover una biblioteca de lo que fue su antiguo estudio y que ahora se transformará en el cuarto para el bebé. Pasa a buscarme con su auto nuevo, un modelo familiar gigantesco que parece un transatlántico. Curiosamente, cuando me siento a su lado, no tengo lugar para las piernas y, cuando quiero correr el asiento para atrás, me advierte que no voy a poder hacerlo porque está la silla para el bebé ("por eso tuve que cambiar el auto", agrega).
La monstruosidad que reposa en el asiento trasero ocupa más de la mitad del espacio disponible. Al lado, unas bolsas que no entran en el baúl, donde se guarda el carrito de paseo de la criatura.
Llegamos a la casa de mi amigo y movemos la biblioteca a su nuevo lugar. El bebé se ha despertado recién de la siesta en su mecedora vibratoria, desde donde nos mira. ¿Vibra? Habitualmente sí, pero ahora se le han acabado las pilas. Otro tanto sucede con el móvil gigantesco instalado sobre el moises, un dispositivo que gira, brilla y canta (o emite melodías) en cuanto el bebé comienza a llorar.
Hasta ahora, el bebé dormía cerca de la cama de sus padres, pero han decidido mudarlo y, por lo tanto, han encargado en Europa un baby call con video, que les informará no sólo si el bebé se despierta y llora, sino qué movimientos realiza y, eventualmente, si un secuestrador se apresta a llevárselo para siempre.
Semejante despliegue tecnológico me marea un poco y me hace pensar en los miles de millones de niños que crecieron sin ninguna de esas herramientas. El cuco, los atentos oídos de los padres, y una precaución generalizada servían para alcanzar el umbral de adultez que, intuyo, este bebé no alcanzará jamás del todo.

(anterior)


jueves, 21 de abril de 2011

La dipsómana

En una remota playa de la costa atlántica, donde un grupo de esforzados ha decidido extender el verano hasta donde sea posible (es decir: hasta el domingo de pascuas) dos jóvenes se entretienen antes del almuerzo tomando una limonada de jarra y mirando, en la laptop, catálogos de pantalones (o zapatos).
De pronto, llega una mujer en su cincuentena, con un niño de entre cuatro o cinco años de la mano. Mira alrededor, como buscando sitio, y le dice a su pequeño acompañante (por cuyo futuro empezamos a temblar): "¡Mirá qué rico clericó!"

(anterior)

miércoles, 20 de abril de 2011

¡Sensacional!



lunes, 18 de abril de 2011

Post-Lost



Después de la postmodernidad, llegó la postautonomía y, con ella, el postcine e, incluso, la postelevisión. Y todo sucede a mi alrededor, como un torbellino que me arrastra. Pero: ¿Post-Lost?
Así como lo oyen (bah: como lo leen).
La serie se llama Outcasts y, como es británica, la primera temporada de ocho capítulos ya terminó. ¿Habrá otra? No creo que para nosotros (o para nadie, porque la BBC parece haberla cancelado, así que este post será un festival de spoilers).
Como en Lost, hay un grupo de gente varada en un lugar remoto. En este caso no es una isla, sino un planeta (la humanidad, se nos dice, ha perecido enteramente, aunque es probable que sea todo mentira porque, como en Lost, a la gente le encanta decir las cosas a medias, guardar secretos, tergiverssar y dar a entender lo contrario de lo que verdaderamente sucede).
Aunque son muchos más que los de la isla, como en Lost, los varados (o colonos, o lo que se prefiera), son un ejército de reserva de personajes secundarios y nada más. Como en Lost, viven precariamente (aunque hace quince años que están en ese planeta inhóspito y misterioso que han llamado Carpathia), como si fueran villeros supertalentosos.
Por fuera de los límites de la ciudadela circulan, como en Lost, "otros". Pronto se sabrá que son unos clones que salieron mal (medio rebeldes, o medios infecciosos) y los echaron a la mierda (bah: los iban a matar pero después uno se apiadó). Desde ahí, los clones amenazan a los habitantes de la ciudad, que tienen un presidente medio nabo y un ¡consejo de administración! incompetente integrado por extras que no pueden decir palabra.
Del planeta no saben nada. Se han instalado lejos del agua (como en Lost) y no se entiende por qué. Están lejos de la playa, porque la suponen radioactiva. Como en Lost, van apareciendo de la nada personajes que estaban en otra parte (nunca más lejos que una caminata de un día). Como en Lost, hay visiones de personas muertas y perros labradores (vivos o no). Como en Lost, las mujeres no quedan embarazadas, lo que pone en riesgo la supervivencia de la especie.
Como en Lost, hay fuerzas misteriosas: hacia el final de la primera temporada se sabrá que son los nativos del planeta, dispuestos a eliminar a los humanos y su soberbia colonizadora. Como en Lost, hay personajes de una maldad mayúscula e incomprensible. Como en Lost, se trata de la guerra y de las comunidades (imposibles).
A diferencia de Lost, a nadie le importa nada lo que a esta gente le pasa. ¿Cómo puede ser? Es que, a diferencia de Lost, Outcasts es totalmente previsible (¡es post-Lost!), no está bien actuada, los personajes son en un noventa por ciento desagradables y bloquean todo proceso de identificación primaria, el relato es burocrático y moroso, pero carece de intensidad (lo que bloquea los procesos de identificación secundaria), en fin: por una vez, ganan los norteamericanos.
¿En qué cabeza cabe amplificar Lost y llevarla al espacio y al año 2040?
Obviamente a nadie y la serie empezó con 4.5 millones de espectadores y terminó con 1.56. Me hubieran preguntado a mí y les ahorraba unas cuantas libras, che. Pusimos lo mejor de nosotros, pero al final tuvimos que verla en fast-forward. ¿O se creían que, ahora, nos podían encajar cualquier verdura?

domingo, 17 de abril de 2011

Otro cuento del tío

por Daniel Guebel para Perfil

El sábado por la tarde suena el timbre de mi casa. Salgo. Es un albañil, o al menos, viste sus ropas. Me dice que está trabajando por la zona junto a una cuadrilla y me pregunta si no quiero que arregle los baldosones de la vereda, ya algo levantados por las raíces de los árboles. Primero le digo que no, luego le pregunto por el valor del trabajo, me lo dice (pongamos equis), acepto.
Entro a casa, sigo trabajando. Escucho el ruido de los martillazos sobre las lajas, sé que falta poco para arrepentirme. Al rato, suena de nuevo el timbre. El albañil me dice que hace calor, me pide agua. Le acerco una jarra llena de agua helada. Agradece y sigue. Entro en mi casa. Al rato, el timbre. El albañil me avisa que en el golpeteo descubrió un viejo caño de desagüe en el que ya penetraron las raíces de los tilos, y se ha aposentado el barro. Además, el zanjón está inundado por la rotura del caño, y me dice que si no lo arreglo me va a entrar humedad en la casa. Miro el caño, le digo que por la ubicación debe corresponder a la casa de la vecina, me asegura que no, siempre mirándome a los ojos, me dice que es el caño de desagüe pluvial de mi terraza. Le digo que no y señalo la bajada verdadera, a dos metros de distancia del roto y descubierto.
Me asegura que no, que es otro, el segundo, y que hay que cambiarlo. De golpe, el albañil no es uno, ha venido su jefe, dos más, uno de ellos autotitulado plomero, y el valor de la reparación se ha multiplicado por cuatro (pongamos zeta).
Vacilo entre echarlos y reparar eso, discuto el presupuesto, no bajan mucho, acepto. Entretanto, el jefe me pide ropa usada, “tengo seis hijos”, busco en mi placard y le doy remeras, un par de zapatillas. Cuando han terminado, salgo a buscar la jarra y el vaso. “¿No me los regala, que es mi cumpleaños?”, dice el jefe. Ya sólo quiero que se vayan. Hay una reparación precaria, fea y mal hecha de los baldosones, un caño seguramente mal conectado.
Me dicen que al día siguiente haga correr el agua en mi terraza para destapar el caño. Los escombros se apilan en la vereda.
Dicen que los pasarán a buscar el lunes. Sé que el lunes, como efectivamente hice, tendré que palear toda la basura, juntarla en bolsas de albañil. Pago. Al rato sale mi vecina a la calle. Observa que han roto parte de su vereda para sacar un caño de su casa que por supuesto estaba anulado hacía años. De hecho, el agua acumulada en el zanjón debió de haber salido de la jarra que sirvió como regalo de cumpleaños.

Dicen que...

.. En 1989, respondiendo a una encuesta de la revista Espacios de la UBA sobre la literatura y la crítica en la Argentina, Daniel Link decía que la clase era el lugar de todos los intercambios. Años después invertiría la dirección del mismo razonamiento e insinuaría así una estrategia bidireccional o enrulada, cuando tituló Clases un libro entero de lecciones de crítica literaria y de crítica política de la cultura: ahora el resultado publicado de la “investigación”, y sobre todo el lector de libros de crítica universitaria, eran el laboratorio donde el trabajo de las clases previas era puesto a prueba y a la vez el terreno al que esa práctica vocal, presencial e institucional era enviada por escrito (Link, 2005). En sí mismo el procedimiento no tenía tanto de novedoso, pero la política de la crítica a que se jugaba en el momento en que lo hacía representaba un desafío ‐¿cuánto hacía que, para la crítica más leída, los libros de lecciones eran una antigualla políticamente incorrecta que además casi nadie recordaba?‐. Sobre el asunto, me escribía Link hace unos meses: “Nunca me arrepentí de haber hecho libros escolares porque me parece que en relación con ese sujeto [secundario o medio] se juegan la nobleza y la eficacia de una práctica (al menos en estas latitudes)”.

Miguel Dalmaroni. "La crítica universitaria y el sujeto secundario. Panfleto sobre un modo de intervención subalterno", para El toldo de Astier. Propuestas y estudios sobre enseñanza de la lengua y la literatura, 2: 2 (La Plata: abril de 2011)

sábado, 16 de abril de 2011

Citizen Moriguchi



Por Daniel Link para Perfil


Kokuhaku (Tetsuya Nakashima, 2010), cuyo título en inglés es Confessions, fue seleccionada por Japón como candidata al Oscar como Mejor Película en Lengua Extranjera en la 83ª Edición de los Oscar. Había ganado en los rubros Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guión y Mejor Editor en la 34ª entrega de los premios de la Academia Japonesa. Hollywood, sin embargo, no la entendió y decidió no ternarla.

En consecuencia, la extraordinaria película de Nakashima ha perdido toda chance de ser distribuida en Argentina, un país dominado (en lo que a gustos cinematográficos se refiere) por un provincianismo igualmente obediente de los mandatos de los festivales europeos (cuyas grillas suelen anticipar la de nuestro querido BAFICI) y los de los canales de distribución norteamericanos.

Hace unos días, le pregunté a uno de los programadores más finos y menos complacientes de los festivales cinematográficos argentinos si había visto la película y no sabía de qué le estaba hablando. Localicé un cinéfilo en Adrogué que la había visto. Me dijo que “la fotografía es muy buena, pero todo lo demás (historia, trama, pero sobre todo el mensaje) me pareció horroroso, nefasto... Esta película le vendría como anillo al dedo a más de un político argentino”.

Me sorprendió el comentario, porque ciertamente no imagino cómo una historia de niños psicóticos asesinos y maestras extraviadas y vengativas podría servir de fundamento a cualquier forma de política, pero no quise entrar en una discusión que involucrara la edad de punibilidad (algo que la maestra desquiciada que protagoniza la película enarbola todo el tiempo) y la de consentimiento, porque me pareció que el tema de Kokuhaku no era ése, sino los seísmos que se producen cuando dos culturas se tocan.

En películas anteriores como Shimotsuma monogatari (Kamikaze girls, 2004), una comedia bizarra y un poco abrumadora, Nakashima ya había investigado el punto de sutura entre Oriente y Occidente: la protagonista, una adolescente teñida de rubio que viste exclusivamente trajes de estilo rococó y se dedica al bordado como actividad principal, se encuentra con una coetánea motoquera, punk y evidentemente lesbiana. En ese revoltijo insoportable, parecía, Nakashima encontraba los materiales para reflexionar sobre la cultura actual (quiero decir: japonesa).

Kokuhaku lleva más lejos el asunto, tratándolo ahora con una seriedad que quema. La película (basada en el best seller de la bellísima Kanae Minato) comienza con la última clase que la profesora Yuko Moriguchi dará a sus alumnos antes de las vacaciones de primavera. No volverá a las aulas, y como despedida revela a sus alumnos de 13 años que su hija de 4 años no murió ahogada accidentalmente sino que fue asesinada por dos de los alumnos que están en esa aula (ella dice). Y como la ley protege a esos niños asesinos, la “ciudadana Moriguchi” ha decidido hacer justicia por mano propia.

Ya ese ininterrumpido monólogo de media hora (jamás el cine mostró una clase de escuela con la inteligencia, la paciencia y la sagacidad de la que hace gala Nakashima) habría bastado para considerar a Kokuhaku como una obra maestra (la sociabilidad del aula, el cansancio de los adolescentes, sus ausencias, los gritos). Pero no conforme con eso, Nakashima (según el modelo de Citizen Kane, que había usado ya en Kiraware Matsuko no isshô -Memories of Matsuko, 2006), mediante sucesivos testimonios, completa el rompecabezas de unas conciencias averiadas y se hunde en los delirios de venganza e indiferencia por la vida que tensionan al límite una película que no desdeña ni el psicologismo más barato ni el abuso de la cámara lenta, porque lo que le importa subrayar está en un más allá de la conciencia y de la técnica: en sus cimientos.

Lo que a Nakashima le interesa es el contacto de “lo japonés” (si se nos permite la pereza intelectual) con Occidente: Moriguchi supervisa un programa nutricional (leche), la Biblia que ha leído un personaje clave de la historia (ya muerto) ocupa un lugar fundamental en los ideales de “redención” (noción cristiana) que persigue la “ciudadana Moriguchi”; la banda de sonido repite obsesivamente las más mórbidas canciones de Radiohead (Last Flowers); etc...

Kokuhaku no es agitprop, es arte. No protesta por la inadecuación de la legislación, brinda testimonio del abandono en esos bordes o fisuras en los que la Ley se declara ausente, porque la cultura misma se ha desbaratado al chocar con otra placa que le ofrece resistencia. Por lo mismo, no tiene horizonte de reconocimiento: ni Hollywood, ni el BAFICI.

viernes, 15 de abril de 2011

El oso y las formas


Foto: Sebastián Freire

El mito de la caverna

Por Daniel Link para Soy


Más allá de las variantes culturales (que la antropología urbana no cesa de investigar), también pueden interrogarse los aspectos éticos de la aparición de una forma de vida que apenas si ha alcanzado la madurez: el oso, la cultura úrsida.


Cultura Debo a la conjunción de una película y una cita filosófica el impulso para emprender esta indagación. La película se llama Bearcity (2010, escrita y dirigida por Douglas Langway) y combina idénticas dosis de estupidez y dogmatismo para exponer algunas características de la comunidad úrsida norteamericana (el lugar de aparición de la especie) en clave Sex and the City: cuatro amig@s que exponen sus problemas sentimentales. Todos los años y como tradición de la cultura úrsida, se celebra en San Francisco el IBR (International Bear Rendezvous), que dura un fin de semana durante el cual se eligen a Mr. Bear International, Mr. Cub Internacional, Mr. Daddy Internacional y Mr. Grizzly Internacional (ver más abajo el vocabulario). La película imagina un festival similar, Bearcity, en el neoyorquino bar Eagle, donde se dan cita todas las variedades úrsidas.
La comunidad úrsida es una subcultura dentro de la comunidad gay. En Buenos Aires, la asociación Osos de Buenos Aires organiza actividades dirigidas a quienes con sus principios se identifican.

Un vocabulario

Úrsidos: género de la familia de mamíferos del orden de los carnívoros, de gran tamaño, generalmente omnívoros (salvo el ursus maritimus o polar, que por razones obvias, es totalmente carnívoro) y plantígrados (como el hombre, apoyan la planta entera de los pies al caminar). Las patas traseras están dotadas de cinco dedos. Se mueven con un caminar pesado, tienen orejas cortas y cola rudimentaria y carecen de los colmillos característicos de la mayoría de los carnívoros. Son de hábito solitario y no territoriales y pueden ocupar gran variedad de hábitats. El acoso de los seres humanos los han confinado a las zonas más apartadas y salvajes de las montañas, los bosques y las regiones árticas. Muchas especies se han extinguido. Algunas especies actuales son: el polar, el pardo (y la subespecie gris o grizzly), el negro americano (o baribal), el tibetano o negro asiático, el malayo, el bezudo, el ucumarí (o de anteojos), el único de Sudamérica (desde Bolivia y los Andes peruanos, colombianos y ecuatorianos hasta parte de Venezuela y Panamá), y el Panda (que no es propiamente un úrsido).

Oso (ingl. bear): hombre maduro de complexión fuerte o gruesa, con barba y generalmente con vello en el cuerpo.

Oso Pardo (ingl. grizzly bear): hombre robusto que puede tener panza sin ser gordo ni gigante. Muy velludo y de pelo oscuro.

Cachorro u osezno (ingl. cub): joven con contextura y atributos de oso.

Oso polar (ingl. polar bear): oso maduro con los cabellos y el vello prácticamente blancos.

Papá oso (ingl. daddy bear): oso que siente atracción por los cachorros.

MusculOso (ingl. muscle bear): musculoca peluda y de barba recortada.

Cueroso (ingl. leather bear): oso que viste, gusta del cuero y practica el bondage.

Electroso (ingl. electronic bear): oso que gusta de la música electrónica y el clubing.

Cazador (ingl. chaser): alguien que siente atracción por los osos sin identificarse con los estereotipos físicos de oso o de cachorro.

Quedada: encuentro organizado de osos, por lo general a lo largo de un fin de semana.

Jack Radcliffe: estrella del porno gay osuno.

Gordito (ingl. chubby o chub): hombre obeso, generalmente sin vello corporal.

Lobo (ingl. wolf): hombre de complexión normal y velludo.

Nutria (ingl. otter): hombre pequeño o delgado y velludo.

Sistema Natural de Clasificación de Osos (ingl. The Natural Bears Classification System, NBCS): sistema creado por Bob Donahue y Jeff Stoner durante el fin de semana de Acción de Gracias de 1989, mientras almorzaban en un Wendy's de Boulder (Colorado) como sistema "increíblemente científico" para la clasificación de osos. Como ambos tenían intereses en astronomía, adaptaron un sistema de clasificación de estrellas y galaxias, considerando grados de aparición (o no) de determinados atributos, como la B (para "barba") seguida de un numeral del 0 al 9; f (por fur, el vello corporal), seguido de una cantidad de signos "+", etc. Un marcador típico sería el de los propios autores del sistema: Bob Donahue, B5 c+ f s-: w t- r k?; Jeff Stoner, B6 f+ w sv w r+ k(+?).


Ética La cita la que aludí es de Giorgio Agamben y está en la página 94 de su libro Profanaciones: “la subjetividad se muestra y resiste con más fuerza en el punto en que los dispositivos la capturan y la ponen en juego. Una subjetividad se produce donde el viviente, encontrado el lenguaje y poniéndose en juego en él sin reservas, exhibe en un gesto su irreductibilidad a él. Todo el resto es psicología, y en ninguna parte de la psicología encontramos algo así como un sujeto ético, una forma de vida.”
La gordura (o la falta de ella) es un problema político en la comunidad úrsida, algunos de cuyos miembros consideran que la estilización del sobrepeso constituye una forma de autoindulgencia para con los propios trastornos alimenticios y sus consecuencias sobre la salud. Otros, por el contrario, consideran discriminatorio el rechazo de los obesos (su exclusión, por ejemplo, en los eventos de MusculOsos).
Incluso, se ha señalado un leve racismo en la comunidad úrsida, dado que la predilección ordenada alrededor de los cuerpos hirsutos inclina la balanza racial hacia quienes genéticamente están predispuestos a esa proliferación (los "caucásicos" o con mayor precisión celtas, mediterráneos, semitas, etc.) y traza un límite prácticamente infranqueable para los descendientes de pueblos originarios de América, negros y asiáticos, entre otros.
Tratándose de la ética, cada cual sabrá a qué atenerse y con qué comprometerse, por supuesto. Para alimentar un necesario debate, Soy ofrece dos posiciones de reconocidos ursólogos (uno norteamericano, el otro italiano).

El oso de la revolución está hibernando

Entrevista de Little Prince(ss) a Les Kirk Wright
(trad. D.L.)

Feo es bello: sería díficl pensar un oxímoron más contradictorio y más potencialmente revolucionario en lo se refiere a los juegos de poder en los que se funda el régimen de belleza. En el reino tiránico del rey “En Peso” y de la reina “Depilación”, ser orgullosamente gordo y peludo (ser fabulosamente feo) podría significar llevar adelante una lucha de liberación antropológica. Por otro lado, si se acepta el lugar común de que “gustos son gustos”, la definición de “feo” se torna ofensiva y políticamente incorrecta: el feo pretende ahora la certificación ISO de belleza y la canonización como “diversamente bello”. ¿Por cuáles de esas avenidas transitará el movimiento úrsido norteamericano, donde nacio y donde, tal vez, hoy agonice? Para contestar esa pregunta, nadie mejor que el erudito Les Kirk Wright, autor de The Bear Book: Readings in the History and Evolution of a Gay Male Subculture (1997) y The Bear Book, 2 (2001), curador de Bear Icons, y director del The Bear History Project.

¿Cuáles son las raíces de la subcultura úrsida? ¿Cómo sucedió que los hombres gordos y peludos se volvieran sexy?
En los años ochenta, los homosexuales comenzaron a hablar de sí mismos y de otros gay usando el término "oso" a manera de broma. En mi primera investigación he recogido muchas historias que muestran cómo sucedio eso en muchas partes de los Estados Unidos. Pero los osos dieron vida a una verdadera y específica identidad definida en un momento y un lugar precisos: los años ochenta en San Francisco.

¿Por qué?
En primer lugar, seguramente la epidemia de SIDA desempeñó un papel importante. Teníamos miedo a tener relaciones sexuales. Teníamos incluso miedo de que la misma comunidad gay colapsase y desapareciera. Algunos homosexuales creyeron (teniendo en cuenta el factor de desgaste físico propio de la enfermedad) poder evitar el SIDA engordando. Ser gordo podía verse como un sinónimo de salud.
En los años ochenta, como dije, en las grandes ciudades norteamericanas, los bares se vaciaron, los saunas cerraron sus puertas: los gays dejaron de tener sexo. Más adelante, en el medio de ese proceso de terror, los gays empezaron a mirar fuera de sus propios refugios antiatómicos.

Pero, ¿por qué en San Francisco?
En San Francisco, ese deseo de apertura se manifestó de varias maneras: el Lone Star fue el primer "bar de osos" que abrió en South of Market. En comparación con los numerosos locales leather (y los saunas, ya cerrados), allí se veían todo tipo de homosexuales, y eso marcó la diferencia. Luego, comenzaron a difundirse las fiestas sexuales privadas, con ingreso por invitación, sistema en el que tuvo un increíble suceso el grupo "Abrazo de oso". Richard Bulger tuvo olfato suficiente como para empezar a publicar una revista (al comienzo, apenas un fanzine fotocopiado) con avisos de contactos y fotos de desnudos que no se correspondían con el clásico canon de belleza gay, "joven y flaco". Como muchos homosexuales no podían encarnar ese ideal (o incluso se burlaban de él), el rechazo colectivo del "Castro clon" consolidó el ideal comunitario. Hubo una dimensión política en ese rechazo, aunque muchos osos hoy se rían de eso.
Hay que añadir a toda esta combinación de elementos, el nacimiento del ciberespacio. Internet no existía todavía, pero la casualidad quiso que hubiera un montón de osos trabajando en Silicon Valley, experimentando con el correo electrónico. Comenzaron a comunicarse entre si. El resto es historia...

Volvamos a esa dimensión política que mencionó antes. ¿Podemos considerar la estética úrsida como políticamente revolucionaria y subversiva?
La estética úrsida, para usar su expresión, tiene potencia subversiva y revolucionaria. En la comunidad gay masculina existe una corriente submarina, una ley no escrita según la cual más sexo se tiene cuanto más bello se es. Y cuanto más capital sexual, tanto más capital social.
En pocas palabras: el gay feo no tiene, no debería tener y no merece tener relaciones sexuales. Los gays "feos" tienen un capital sexual bajo y, por lo tanto, merecen un capital social bajo. Son, o deberían ser, débiles y marginalizados en todos los sentidos. Desde este punto de vista, podría decirse que la estética úrsida ha tenido algún efecto subversivo.

Tal vez tuvo ese efecto en el pasado, pero hoy no parece tener mucho...
Desafortunadamente, esta potencialidad quedó en gran parte sin explotar. Diré, en cambio, que en el interior de una sociedad dominada por la clase media, el efecto de la estética gay, en general, ha adquirido un matiz conservador. Y, por lo tanto, la mayor parte de quienes se identifican como osos probablemente no defiendan sino su derecho a participar del hiperconsumismo gay de clase media.

Pensando en el "Sistema Natural de Clasificación de Osos", ¿no hay un riesgo de excesiva formalización, un deseo de llegar a un standard de belleza osa?
Bob Donahue y Jeff Stoner fue ideado como broma. Usaron el sistema de clasificación de estrellas para ridiculizar el modo absurdo en que los gays se tratan unos a otros como objetos. Pero todo ese espíritu camp está hoy ausente de la comunidad úrsida. En resumen, al igual que los gays en general, los osos han adoptado los íconos que los medios de comunicación fueron capaces de venderles (Jack Radcliffe fue el primero en encarnar el nuevo canon de belleza osa, en sus películas porno de mercado específico).

¿Cuál es la relación entre ser un oso y la masculinidad?
Si utilizamos la palabra en su sentido más antiguo y generalizado, los "osos" son hombres que exhiben con orgullo los caracteres sexuales secundarios de los varones adultos: el pecho ancho, la fuerza física, una copiosa cantidad de pelo en el cuerpo, típico de ciertos grupos étnicos (celtas, mediterráneos, semitas, por ejemplo), la tendencia a engordar, especialmente con el envejecimiento. La masculinidad lleva consigo los aspectos impícitos del rol masculino, que varían de cultura a cultura.
A partir de la Edad Media, y por efecto directo de la acción de la Iglesia Católica, la atracción de un hombre por otro fue interpretada como "afeminamiento". No hay ninguna correlación natural entre esas dos cosas, pero es una verdad cultural de antigua data.

Hecha esta importante aclaración sobre la masculinidad, ¿que podemos decir de la relación con la cultura úrsida?
Si volvemos a los ochenta, vemos que los primeros osos eran con frecuencia obreros u hombres disgustados con la cultura gay urbana, dominada por los valores de clase media. O venían de la comunidad leather o eran camioneros, cowboys, motoqueros, obreros de la construcción. Abrazaron con alegría el nuevo credo de la revista Bear: "la masculinidad sin adornos". Eran gays "naturalmente masculinos". Lo nuevo fue que, con excepción de la comunidad leather, hasta entonces no se había desarrollado un discurso sobre la masculinidad (el ser "hombres") dentro de la comunidad gay.
Conviene aclarar dos puntos: no todos los osos eran "naturalmente masculinos" y, como la masculinidad no sino una forma de interpretar un rol, tampoco hay nada "natural" en la masculinidad. La "hipermasculinidad", el afeminamiento y la masculinidad "típica" son todas interpretaciones (más o menos deliberadas o inconscientes). Y aquí entramos en lo irresoluble: ¿se nace o se hace? Pero eso es otra historia...

¿Entonces un oso podría ser "maricón"?
Desde mi más íntimo punto de vista, la definición de oso sigue siendo fluida. Cualquiera puede autoidentificarse como oso, y excluir de su (auto)definición aquello que no considera sexualmente deseable. Lo que, en todo caso, debemos preguntarnos, porque eso apunta directamente a "las reglas de la masculinidad", es: ¿quiénes carajo son esos que establecen qué es masculino y qué no? ¿Hay diferencias entre los osos europeos y americanos?
Hice una pausa en mis investigaciones del mundo úrsido entre 2003 y 2010, así que soy como Rip Van Winkel o la Bella Durmiente: me despierto después de un largo sueño y me encuentro frente a una comunidad que encuentro difícil de reconocer. ¿Los osos europeos, y los osos en general, han abrazado la transformación de la sociedad en el mismo sentido consumista que su contraparte norteamericana? Eso también yo quisiera saberlo...

Fuera de las jaulas

Por WARBEAR para Noirpink Modello Pandemonium

WARBEAR (así, todo en mayúsculas) es el nombre artístico (o nombre de batalla) de Macarone Francesco Palmieri, Master en Antropología Cultural por La Sapienza, quien se ocupa de cuestiones de género y estudios queer<, sexualidad y pornografía (su ensayo “21st Century Schizoid Bear: Masculine Transitions Through Net Pornography” fue incluido en la popular antología C’Lickme, disponible en internet). Como activista queer ha fundado E.U.RO (Epicentro Ursino Romano), cuyo eslogan es “Iguales a ninguno”. Artista polifacético, “El ano es una cicatriz abierta” es el título de una de las más recordadas performances (Berlín, 2009) de WARBEAR.

Un lugar común que serpentea en el movimiento gay occidental desde los años ochenta hasta hoy se refiere con inexactitud a la homomasculinidad y cómo ésta se representa en la subcultura de los osos. La falsificación histórica quiere que el oso sea un hombre que hace de su "natural masculinidad" (compuesta de pelo, barba y panza) el punto de ruptura respecto del panorama gay dominante. Pero desde una perspectiva de género y queer, se revela hasta qué punto la "naturalidad" es una categoría artificial y de poder.
La comunidad úrsida nació en los Estados Unidos hace poco más de treinta años como afirmación de un deseo de masculinidad nueva que superase el estereotipo leather/ sm, por un lado, y la sedimentación, a lo largo de 15 años de movimiento gay, del arquetipo que se deducía de la estética dominante, juvenilista y andrógina.
La no pertenencia se volvió matemática de conjuntos, incorporando a todos aquéllos que no daban con el modelo y que vivían al margen de cualquier espacio social –de las discotecas neoyorquinas de los años setenta a los bares gay, pasando por las fiestas sexuales leather).
La comunidad úrsida nació, así, usando como símbolo el ícono del oso como animal norteamericano que unía fuerza y dulzura en una dialéctica de liberación.
Hoy, décadas después, con una historia de riquezas humanas, clubes sociales, fiestas, revistas y encuentros internacionales, la comunidad úrsida está bien lejos de ser aquel espacio integrativo e independiente que representaba. Lejos de la nostalgia de un pasado libre y natural.
La estereotipización del lenguaje ha producido la enésima identidad funcional al mercado gay, donde los confines entre lo que está dentro y fuera, el justo modo de aparecer, vivir y comportarse, se transforma en un instrumento banal de mercadotecnia.
Basta tomar una persona cualquiera de género masculino (biológico o no, existen los "Transosos"), ponerle una camisa a cuadros, jeans Carhartt y borcegos Caterpillar (chaleco de cuero opcional), dejarle crecer la barba, tatuarle una zarpa de oso en el brazo y hacerlo engordar un poco. He ahí un “Mac Oso”: un belloso precocido listo para funcionar como combustible de la máquina-mercado del entretenimiento ursino.
Pero no durmamos sueños tranquilos, porque debajo del spleen ruge la revuelta. En el incontrolable placer de la espera, listos para alimentar el deseo sublime de animales que maldicen el reino de los cielos.

miércoles, 13 de abril de 2011

Invitación

Kamikaze girls

martes, 12 de abril de 2011

Invitación

RANDOM HOUSE MONDADORI

Invita a la presentación del libro

Castelo

Diario de un ironista

de

Daniela y Carla Castelo

Presentarán: Adriana Varela, Orlando Barone y Adolfo Benjamín.

Músicos invitados: Juanse, Iván Noble, Gillespi, Samalea, Fabián Zorrito Von Quintiero y Pilo.

Jueves 14 de abril – 19:00 hs

Soul Café – Baez 245

Una conversación incesante

Veinte, treinta, mil años después de aquel encuentro, Roberto Jacoby volvió a cruzarse con Edgardo Cozarinsky, esta vez en un casamiento y, como lo sobresaltó su forma de mostrarse en una fiesta que no era de disfraces, recordó deberle una réplica, que vino a su boca desde el fondo de los tiempos:

"Edgaaaardo como estás, te reconocí por el antifaz."

(anterior)

lunes, 11 de abril de 2011

Inauguraciones





domingo, 10 de abril de 2011

Anclaje y relevo

Los sueños de Leia

por Daniel Link

A los ocho años, cada vez que se ponía a dibujar, Leia Organa entraba como en trance y, después, cuando veía lo que había “salido”, se preguntaba si acaso estaba hechizada o tal vez en trance hipnótico. ¿Qué eran esos mundos y esos soles que acudían a ella como por encantamiento?

Poco era lo que Leia conocía del mundo e, incluso de Aldera, la ciudad donde vivía: su padre, Bail, que le había procurado la mejor educación posible, no quería perderla de vista ni un instante.

Para Leia no hubo nunca visitas a Grieta o Terranium, ni campamentos de verano, ni temporadas en las playas de Alderaan, ni fines de semana en la campiña… ¡ni siquiera fiestas fuera del palacio en el que vivía, donde todas sus amigas y amigos eran sometidos a tales protocolos de seguridad que, luego de sortearlos, ya prácticamente tenían que volver a sus casas (igualmente palaciegas)!

Por supuesto, Leia jamás había subido a una nave y le habían señalado que esos pasatiempos no correspondían a personas de su clase, cuyo destino, para bien y para mal, estaba ligado al gobierno (es decir, a la representación parlamentaria, el complot y la defensa de intereses abstractos que, aunque se los repitieran, ella no terminaba de entender).

¿Entonces, por qué se descubría dibujando una y otra vez los mismos planetas, dominada por un fuego interior que la dejaba exhausta después de esas sesiones rabiosas? ¿Eran esos continentes apenas entrevistos, esos planetas de hielo y esos gigantes gaseosos rodeados de collares de piedras algo que tenía que ver con su futuro o con su pasado?

¿Y por qué su padre se entristecía cada vez que ella le mostraba uno de esos dibujos y le preguntaba qué querían decir, si esos mundos tenían efectivamente un nombre, si su vida estaba atada al de esas tierras desconocidas, si podría ella alguna vez visitar esos dominios remotos?

Como las mismas figuras acudían a su mano (sin que ella se lo propusiera) una y otra vez, Leia comenzó a sospechar que tenían que ver con su destino: se volvió una niña caprichosa y un tanto agria, que pedía con modales rudos excentricidades como ¡un caballo!

En Alderaan no había caballos (eran una especie exótica), pero su padre decidió importarlos para su principessa. Caballitos blancos como los de sus dibujos, pero también unicornios de mundos más lejanos, cuadrillas de briosos corceles árabes capturados en el confín de la vía láctea, centauros de los mundos metamórficos. A Leia, que amaba a esos animales, nada parecía satisfacerla, sin embargo. “¡Y no me digas princesa!”, le gritaba a su padre. “¡Yo no soy ninguna princesa!”.

No entendía la manía de todos los demás habitantes de palacio por llamarla de ese modo: ella no era una princesa porque su padre no era un rey: había sido senador y ahora era representante virreinal del gobierno central. Ella habría de seguir sus pasos pero, por razones que ignoraba, el título (inadecuado a su condición social) le resultaba intolerable, como una herida abierta en su costado.

Leia sospecha, a sus ocho años, que como aquel Luis XIII del que alguna vez le han hablado, que tiene la edad de la especie, tiene por lo menos doscientos cincuenta mil años. Algunos años más tarde los habrá perdido, no tendrá más que veintitrés años, se habrá vuelto un individuo, no más que una representante de Alderaan ante el Senado Imperial, atolladero del que tal vez no pudiera salir nunca.

Los años pasaron y Leia, ya senadora, se volvió cada vez más rebelde y taciturna (“La princesa no ríe, la princesa no siente; la princesa persigue por el cielo de Oriente la líbelula vaga de una vaga ilusión”, cantaban los bardos y repetían los aldeanos). Dejó de dibujar y, salvo las salvajes cabalgatas a las que se entregaba en los recesos parlamentarios en los bosques privados del palacio, dejando a los animalitos exhaustos y con el corazón a punto de estallar, no parecía haber otra cosa que calmara sus ansias de exterior, incomprensibles incluso para ella, que quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, tener alas ligeras, bajo el cielo volar.

Una tarde se demoró más de lo previsto por el protocolo palaciego en un claro del bosque, donde su caballo quiso detenerse para reponer energías comiendo de alguna de las ocho mil clases de hierba que los antiguos (y ya extintos) habitantes de Alderaan, los killiks, habían cultivado.

Mientras se mojaba el pelo en la fuente cercana para recomponer los rodetes con los que ordenaba su cabellera indómita (los siete peluqueros contratados por Bail para el cuidado de su cabeza habían ya renunciado a los complicados arreglos previstos desde antaño para las personas regias, porque Leia odiaba esas torres endurecidas con polímeros que la obligaban a caminar tiesa como una estatua viviente), una fabulosa tormenta se desató en pocos segundos.

Pero no era un trastorno atmosférico lo que se había formado sobre la cabeza de Leia, sino un astuto dispositivo que camuflaba el aterrizaje de una flotilla de naves totalmente desconocidas para la joven senadora que, desde que se había hecho cargo de las funciones oficiales para las que había sido educada, demostró una predilección irresistible por los diferentes modelos de aeronaves, sus propiedades físicas y mecánicas, su potencia y su rango de autonomía. Pero no, Leia nunca había visto ni oído hablar de naves como éstas, que parecían obra de civilizaciones mucho más estilizantes que la ya de por sí educadísima sociedad de Alderaan (sede de una de las más famosas universidades del Universo entero y tierra de filósofos y artistas reconocidos hasta en los más recónditos rincones de la galaxia), aunque le recordaban a los peces luciérnaga que nadaban por los ríos de plata en tiempos de los killiks.

Para sorpresa de Leia, de la nave nodriza bajó una comitiva: doce dignatarios acompañados por cien negros con sus cien alabardas, un lebrel que no duerme y un dragón colosal. Luego de las presentaciones de rigor, le confiaron las razones de su visita (que le rogaron mantuviera en el más estricto secreto): venían desde la cuarta luna del planeta Yavin a encomendarle una misión que ella (y sólo ella) podría cumplir con éxito: llevar unos documentos secretos al exoplaneta Tatooine, donde los esperaban, en la nave diplomática Tantive IV, que ponían a su disposición y que estaba pertrechada para su partida inmediata.

Si todo salía bien, le dijeron para despejar las dudas que pudiera tener (ignoraban que Leia, en cuanto había visto la flota, había recuperado de un solo golpe los mundos dibujados de la infancia y sólo quería partir), salvaría a Alderaan de la destrucción y conocería “al feliz caballero que te adora sin verte, y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, ¡a encenderte los labios con su beso de amor!”.

Ajena a toda forma de romanticismo, Leia apenas si escuchó las últimas palabras. Subió a la Tantive y, una vez que estuvo en el espacio exterior, dibujó en su bitácora algo que al instante supo que era un campamento de rebeldes en el que ella, tal vez, encontraría las respuestas sobre su vida que tanto tiempo había estado buscando.


Las ilustraciones de Jill Mulleady forman parte de la muestra (y el libro) Cachorros. Obras de infancia.

Preguntan si...

Cuadernos de Plata: una intervención


Entrevista de Matías Raia a Daniel Link para Golosina caníbal


¿Cuál es la propuesta de la nueva colección "Cuadernos de plata"?

La colección “Cuadernos de plata” tiene dos niveles de intervención (que, naturalmente, se intersectan entre si).

Por un lado, se trata de una intervención editorial: una vez que hemos aceptado la reproducción digital como modo legítimo para la distribución de información, para las prácticas pedagógicas, para la lectura, ¿qué papel debería cumplir el libro?

Como sabemos sobradamente, las transformaciones técnicas nos obligan a pensar no sólo en el modo en cómo definen los bordes, los umbrales de mutación y los pliegues de la cultura en su totalidad, sino en las estrategias de supervivencia para aquellas prácticas y objetos que consideramos que pueden (y deben) integrarse en un nuevo régimen de producción y distribución de conocimiento. El libro y la edición de textos ocupan un lugar central en estas interrogaciones.

Hasta ahora las opciones han sido dos: la paranoia mecánica de las corporaciones del concepto (que se comportan como la policía del discurso que Foucault alguna vez imaginó) y la algarabía anárquica de los partidarios del dominio público.

Por fortuna hay editores sensibles a las demandas del presente y que aman los libros, como Edgardo Russo, que fue capaz de entender todo lo que estaba en juego.

El “texto pelado”, muchas veces, puede encontrarse en formatos digitales (a veces, en versiones muy corruptas; a veces, en ediciones controladas) pero, en todo caso, esa proliferación (que es, de por sí, provechosa) no admite competencia editorial alguna. Es por eso que los textos que participan (o participarán) de este formato se presentan en ediciones cuidadas (muchas veces, en nuevas traducciones) y con el valor agregado de una contextualización, una explicación de sus alcances y una discusión de sus premisas y sus implicancias, lo que devuelve al libro algo de su singularidad irrepetible.

Por otro lado, se trata de una intervención teórica y pedagógica. No se pretende imponer una teoría (una versión del mundo) por sobre otra, sino de ponerlas a disposición de las audiencias más vastas que se puedan concebir. No necesariamente los estudiantes universitarios, pero sí los curiosos, los preocupados, los insatisfechos (esa clase de lectores que, imaginamos, incluye a los estudiantes pero que los excede). Lo que Cuadernos de plata dice es que no se puede atravesar la selva de signos que es nuestro presente sin mapas y sin herramientas adecuadas: la teoría es eso y en esos usos sostiene su grandeza.

Vuelvo a la sagacidad de Edgardo Russo, que se (me) preguntó: ¿qué necesita la gente leer y no encuentra en librerías? Hagamos eso.


La entrevista completa puede leerse acá.