lunes, 15 de septiembre de 2008

Harry Potter

por Jean-Claude Milner para Libération

Harry Potter y las reliquias de la muerte ha salido en Francia esta noche a la 0.01. Es el sexto y última toma de la serie de J.K. Rowling. Los lectores van finalmente a saber quién muere y quién no. Jean Claude Milner, lingüista y filósofo, ha leído la saga. Él nos explica en qué es muy política.

(...)
Aquello que puede aparecer como elitista es de hecho una igualdad real, por oposición a una igualdad no real del mundo de los Moldus. En esto, Harry Potter es una máquina de guerra contra el mundo thatchero-blairista y la American way of life. (...) J.K. Rowling es, ella, una verdadera libertaria animada por una voluntad de preservación. Es como si ella dijera: “Aprendan griego y latín en lugar de estudiar marketing. (...) En esta historia, se tiene entonces, de un lado el mundo de los Moldus, donde la opresión es el poder sobre las cosas: del otro, el mundo de Poudlard, donde el saber puede permitir resistir a la cosificación del mundo de los Moldus, pero abre también la posibilidad de un poder sobre los sujetos. Ese poder temible, que busca Voldemort y que podemos llamar tiranía, es uno de los temas de Harry Potter, es uno de los temas recurrentes en la literatura inglesa después de Dickens y de Orwell.

(...)

Traducción: Mario Elkin Ramírez, acá.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Urbanismo comparado

por Daniel Link para Perfil

Verónica es una joven que vive en los lindes de Moreno, desde donde toma un colectivo para llegar a esa estación. Una vez que baja del tren en Once (si consigue realizar el trayecto), debe tomar otro colectivo hasta el barrio donde ejerce su trabajo de asistente doméstica. Gasta, ida y vuelta, $ 6. Si algún día agrega más obligaciones en otro lugar de la ciudad, debe sumar una tarjeta de subte al total: $ 7.
En Berlín (como en cualquier otra ciudad de Europa), el sistema de transporte es un bien social, está (como corresponde) unificado y lo usa todo el mundo porque es excelente. Las tarifas se calculan en relación con un sistema de anillos que se identifican con las letras A, B y C. La zona C se corresponde con los límites últimos del Gran Berlín y equivale, grosso modo, a la relación que existe entre el centro de Buenos Aires y Moreno.
Si Verónica viviera en Berlín ganaría en euros y resolvería sus necesidades de transporte diario con sólo € 6 (el costo de un boleto que permite viajes ilimitados durante la jornada en todos los medios de transporte: trenes, colectivos y subtes).
Naturalmente, sólo las personas incapaces de planificar sus obligaciones pagan esa suma. Un pase semanal (se lee en www.bvg.de) cuesta € 32.30 (prorrateado: € 4.61 por día). El pase mensual cuesta € 88,50 y reduce el costo diario del transporte (insisto: ilimitado) a € 2,95. El abono anual, finalmente, cuesta € 855 (se paga en doce cuotas mensuales) y lleva la cifra a € 2,34 por día. Hay opciones todavía más específicas y económicas: el pase estudiantil (€ 1,75 diarios) y el pase mensual para viajar después de las diez de la mañana (€ 2.10 por día).
No es, como se ha escuchado, que el transporte en Buenos Aires sea pésimo porque es barato, ni que el Estado sea incapaz de cumplir con las más mínimas obligaciones que se le han encomendado. La verdad es más escalofriante. Entre nosotros, el Estado se dedica a robar a los pobres con tarifas de transporte exhorbitantes (que el servicio sea de pésima calidad es anecdótico), con el cinismo de quien se sabe impune: Verónica no vota (es paraguaya).

viernes, 12 de septiembre de 2008

Todos somos Orlan


Foto: Sebastián Freire

S. y yo estamos desarrollando un nuevo emprendimiento comercial. Fabricamos jaboncitos artesanales y personalizados con los excedentes de lipoaspiraciones, que pueden entregarse como souvenirs para las visitas. Todos tenemos derecho a ser Orlan.

Presentación


FCE

Presentación de
Saudades de Sandra Lorenzano

Fondo de Cultura Económica
tiene el agrado de invitar a usted a la presentación de

SAUDADES
Sandra Lorenzano

Presentan

Cristina Iglesia
Luisa Valenzuela

María Moreno
y la autora


Con la presentación del grupo Porto do Fado, canciones y fados tradicionales de Portugal


"Novela coral, donde las voces se alternan, intentando decir lo que no se puede decir, apresar relatos para siempre ajenos, oficiar un duelo que es y no es el nuestro, es un rumor de ausencias donde el cuerpo erótico ofrece pasajero refugio mientras que la cita literaria (otro cuerpo, otra voz más) funciona como aguijón, acentuando la falta, manteniendo vivo el llamado. Saudades es también -sobre todo- una reflexión sobre las grandezas y miserias de ese lenguaje 'que no va a ninguna parte' y que a pesar de ello nos solicita". Sylvia Molloy

VIERNES 19 DE SEPTIEMBRE
19 HS.
Eterna Cadencia
Honduras 5574
Ciudad de Buenos Aires

ENTRADA LIBRE Y GRATUITA

Fondo de Cultura Económica - El Salvador 5665 - (1414) Buenos Aires - Argentina

jueves, 11 de septiembre de 2008

Preguntan si...

Daniel el terrible

La escritura de Daniel Link siempre brota de entre los pliegues de la ficción y la autobiografía, la crítica cultural y el diario íntimo, la tradición literaria y la curiosidad por las nuevas tecnologías. Dentro de esas mismas coordenadas, La mafia rusa, su nuevo volumen de relatos, lo revela además como un narrador consumado.

por Matías Capelli para Inrockuptibles

"A veces pienso en Rilke, que estuvo diez años trabado porque no podía terminar unos poemitas. Y me parece injusto. Uno tiene una sola vida, más vale aprovecharla". La frase, deslizada por Daniel Link sobre el final de la conversación, ayuda a acercarse a su manera de entender la literatura, más desde la perspectiva del autor que del lector, si es que vale plantearlo en estos términos. Como también recordar, hablando de poesía, aquel título suyo: La clausura de febrero y otros poemas malos, que no estaban ni cerca, por supuesto -pero ésa tampoco era la idea-, de Las elegías de Duino del poeta de Praga. O volver a sus dos primeras novelas, Los años noventa y La ansiedad, construidas en base a grabaciones en casetes de contestadores automáticos, la primera; intercalando mails y sesiones de chats con citas de Kafka, Foucault, Barthes y La montaña mágica, de Thomas Mann, todo prologado por dos entrevistas periodísticas al autor, la segunda. Vistas ahora, parecen haber sido escritas con el arrojo "experimental" de su obra de teatro El amor en los tiempos del dengue, o con el que dice que quiere grabar un disco de versiones del pop italiano de los setenta ("Sé que canto mal, pero por qué me voy a morir sin haber grabado un disco"), que con la "seriedad" de sus trabajos como crítico o ensayista. Pero a partir de Montserrat (06), una novela entre el diario de peripecias y la crónica urbana publicado primero como folletín en su blog, y después como libro, todos esos nombres en apariencia irreconciliables -de Rodolfo Walsh a Gaby Bex, de Cucurto a Proust, de Agamben a Renato Zero- parecen haber empezado a fraguar en una voz narrativa que en, La mafia rusa, libro compuesto por textos que ya habían circulado en lecturas, diarios, revistas o Internet (sí: Link es un escritor ansioso), alcanzan momentos adictivos, y generan mucho entusiasmo cuando promete una novela "sacada" que ya va a llegar.

ENTREVISTA> La mayoría de los relatos que componen La mafia rusa habían sido publicados antes en revistas o en Internet, ¿cómo fue la reelaboración para llegar al libro?

Daniel Link: En general lo que tiro al blog son los textos en crudo, un poco porque me gusta la idea de ir publicando periódicamente, otro poco por el pánico a que se me queme el disco rígido. Y en tercer término, para tener una idea de cómo funcionan, de qué tipo de recepción o de lectura encuentran. No tanto porque me vaya a guiar por esas lecturas, si no porque me sirve para controlar el tono. A veces uno piensa que está escribiendo un texto gracioso y la gente lo lee como patético –o al revés. Después, cuando pasan al libro, la juntura misma de un texto con otro requiere por ahí retoques, ampliaciones o recortes. De La mafia rusa hay sólo tres textos que no había pasado por ninguna lectura pública o publicación previa.

¿Por qué en general tus textos hacen ese recorrido de volverse públicos antes de ser publicados?

No me imagino en este momento escribiendo un libro durante dos o tres años sin que nadie sepa nada, como un secreto. Inclusive el proceso mismo de transformación de los textos, para mí es interesante de verlo. Ver cómo era desde que lo pensé hasta que queda impreso. Me gusta la idea de que el libro sea lo último. Aunque para mí, un poco por mi formación y otro por ver cómo funciona, el libro sigue siendo el soporte más dúctil. Internet funciona como experimento, y a mí me sirve mucho, pero no creo que sea el destino de la literatura. El destino de la literatura sigue estado en varias cosas al mismo tiempo, pero no se puede prescindir del libro.

¿Cuál fue la idea o eje a la hora de armar La mafia rusa?

La idea no fue muy ajena a la de Monserrat, en algún punto: trabajar en relación con ese umbral raro, imperceptible, entre lo real y lo imaginario; qué parte de lo que uno cuenta se puede tomar como una verdad testimonial y qué como pura invención. Uno mismo no lo sabe, porque la memoria funciona un poco de ese modo. En este caso en particular decidí que el libro reclamaba para trabajar esa indecibilidad entre lo real y lo imaginario, esa oscilación, también el ir y venir en el tiempo. Le convenía al libro ese pasaje del pasado al presente, todo el tiempo. Así que yo creo que si bien los textos tienen apariencias diversas, otra textura o cualidad, como ficción y como relato en algún punto están bajo la misma preocupación.

Tus últimos libros son más narrativos que tus primeras novelas, en las que casi no había un registro, un narrador…

Tiene que ver básicamente con necesidades del momento. Yo creo que soy mucho mejor escritor de diálogos que de descripciones. Me cuesta horrores describir, me lleva a la desesperación. Y no me gusta desesperarme cuando escribo, trato de sostener una idea de felicidad. Mis dos primeras novelas supusieron investigar ciertos medios, y la investigación que podía hacer ya está, la hice, no podía continuar con lo mismo. Me gusta experimentar. La idea es tratar de no seguir un sólo camino, sino ver todas las posibilidades... Me debo todavía una novela “sacada”. Ya va a llegar.

Tanto Los años 90 como La ansiedad estaban muy anclados en un momento determinado. Ahora que pasaron algunos años, ¿cómo los ves?

Siempre digo que uno es básicamente escritor de un sólo libro, y ese libro a veces puede escapársele, por lo cual uno va publicando tentativas. Entonces, por lo menos yo, me veo más como un escritor de páginas más que de libros. Y cuando releí esas novelas, más allá del pudor que me da, hay páginas que me gustan. Tengo una relación con esos libros de enorme cariño; aprendí mucho con ellos, me sirvieron. Para una persona como yo, curioso y al mismo tiempo temeroso de la técnica, son experiencias que me parece tenía que hacer. Estando todo eso a mi disposición, por qué no intentar atravesarlo y ver qué sale. No son libros de los que renegaría. Sigo encontrando que hay páginas que están bien, y otras que no. Y ya.

¿Qué valor le asignás a lo autobiográfico que siempre está tan en juego en tu narrativa?

Lo testimonial también en sí mismo es bastante problemático. Uno es testigo de algo, pero de qué, no lo sabe. Es importante, pero sobre todo por esa cosa del “no saber”. Soy testigo del presente, de mi época, de Buenos Aires, pero esto no quiere decir nada. Y por otro lado, un testimonio sólo se puede sostener en la dignidad de una primera persona, de un yo, que también es bastante ilusorio: es la palabra que menos sentido tiene en cualquier idioma. Finalmente son ciertas lecturas las que pueden deliberar, decidir la “verdad” del testimonio que uno ha brindado.

En varios relatos de La mafia rusa sos bastante irónico a la hora de retratar ese circuito internacional de invitaciones a conferencias, becas, residencias, aunque participás seguido en esas experiencias…

Son equívocos: a mi no me gusta mucho viajar. Lo hago porque tampoco me voy a poner en situación de anacoreta. Pero la verdad es que soy una persona que extraña mucho, soy bastante doméstico, me agarra como un vacío de sentido. Salvo que uno esté en una especie de crucero permanente tomando champagne y cocaína, de fiesta en fiesta, que no es mi estilo de vida, aunque a veces me guste simular que lo es, lo cierto en mi casa estoy más cómodo. Lo que me permite sobrevivir en esos viajes largos es ponerme en una posición imaginaria. Así surgió el relato Migrar es morir un poco.

¿Sentís esa misma incomodidad con el mundo académico, o es también una simulación?

Con el mundo académico tengo las estrictas relaciones que uno puede tener con un trabajo. No lo defiendo, pero tampoco lo ataco porque sí. Tienen cosas buenas y cosas malas. Es un trabajo, no un estilo de vida, y todos los trabajos son consecuencia del pecado, en algún punto. El mundo académico suele ser bastante cerrado sobre sí mismo, bastante poco mundano. Y a mí me parece que la mundanidad es necesaria: salir un poco, ver lo que sucede más allá de los libros, es importante. Pero al mismo tiempo, reconozco que la sola mundanidad puede llegar a ser descerebrada. Me parece que hay que entrar y salir, combinar.

También cargás bastante las tintas contra el mundo del cine independiente, en ese relato Accidente cardiovascular…

La misma noción del cine independiente me resulta insoportable. Antes había cine de vanguardia, que me parece era más respetable. A gente como Jonas Mekas ahora los engloban como “cine independiente”, pero ellos se consideraban cineastas experimentales. La única diferencia que uno puede notar entre las películas mainstream y las películas independientes, es, básicamente, el grado de freakismo involucrado en el universo representado. Pero la verdad es que las del cine independiente son películas débiles que no consiguen la audiencia de masas porque hablan de cosas que las masas no quieren escuchar. El cine ha perdido esa capacidad para seducir a las audiencias, y yo me siento víctima de esa capacidad. Ahora encuentro en la televisión aquello que antes encontraba en el cine. Soy un gran fanático de las series, de las temporadas. No es que toda la televisión sea igualmente buena, pero tiene capacidad de investigación de ciertos aspectos de la narración audiovisual que el cine ha perdido, salvo excepciones.

¿Qué series te gustan?

Pienso sobre todo en series no episódicas, si no en los relatos tipo Héroes o Lost. Que tienen un diseño narrativo a largo plazo, y que les da espacio para incorporarlo todo. No hay momento, no hay género que no puedan explorar, no hay estilos de actuación o chistes que no puedan hacer. Y al mismo tiempo, consiguen momentos extremadamente conmovedores. A mí lo que me gusta de Lost no es que esté “bien hecho”. Está bien hecha porque hay mucha plata. Es más bien una especie de sumatoria de todas las historias posibles. La calidad de los diálogos, el manejo de la intriga, la intensidad de los momentos dramáticos que consiguen, la profundidad y delicadeza con la que trabajan la conciencia de los personajes, me parece que marcaba un antes y un después en términos de representación audiovisual. Por supuesto que en diez años probablemente ya no se puedan ni ver... Las imágenes envejecen mucho más rápido que las palabras.

¿Después de haber estado tantos años al frente del suplemento literario de un diario y haberte ido, cómo los ves ahora desde afuera?

Lo que noto en el periodismo cultural es una tendencia a la miscelánea acrítica. Da lo mismo cualquier cosa. No hay ningún tipo de, no digo línea, porque tal vez sea imposible de sostener, pero en todo caso no hay tampoco un campo de problematización. Todo va entrando de acuerdo con la lógica cíclica de los medios. Todo en definitiva termina emparejándose, da lo mismo una cosa que otra. Los suplementos empiezan a competir entre sí, y no hay diferencia en última instancia en cuanto a los contenidos. Todos hacen exactamente lo mismo, mejor o peor, no importa. Todos quieren ser como Babelia, que es más aburrido que chupar un clavo. Pensemos la diferencia de perspectivas que hubo en algún momento, por ejemplo, entre La Nación y Tiempo Argentino. Es como si hoy les costara o les pareciera que elegir está mal.

Tras tu experiencia en los medios y en la academia, ¿por dónde creés que pasa la especificidad de la crítica periodística, si es que existe?

El discurso crítico es tan exterior a los medios masivos como a la academia. De lo que se trata es de trazar la definición de un campo de problematización en relación con la cultura, la literatura, el cine. Porque no puede ser que dos libros que respondan a concepciones de lo literario radicalmente distintas, resulten igualmente valorados por el mismo suplemento. Y hay que entender que si uno dice que tal novela no le pareció tan buena, se está hablando de la novela, de la película, eso es lo que está en discusión. Y por lo tanto la crítica debería ser entendida como eso: una intervención a propósito de algo puntual, y no “maten a tal escritor”. Aunque hay escritores que merecen la muerte, no son tantos.


miércoles, 10 de septiembre de 2008

El hormigueo



Lo queer generalizado



Pasolini entrevista a Ungaretti (gracias, Diego)

lunes, 8 de septiembre de 2008

Invitación

Os Sertões (1902)






Preguntan si...

El yo alucinado

por Augusto Munaro para El ciudadano

“No es la escritura ensayística lo que esclaviza a la ficción, sino el saber”, dice Daniel Link, reconocido ensayista y docente universitario, que acaba de publicar su primer libro de cuentos.

Daniel Link (Buenos Aires, 1959) es catedrático y uno de los más versátiles escritores argentinos de su generación. Autor de una vasta y ecléctica obra, ha publicado recopilaciones críticas, como también novelas –Los años noventa (2001), La ansiedad (2004), Montserrat (2006)–, varios libros de texto, y los poemarios La clausura de febrero y otros poemas malos (2000) y Campo intelectual y otros poemas (2003). Sin embargo, ha sido en el género ensayístico donde enraizó sus facultades narrativas con mayor vigor. La chancha con cadenas (1994), Cómo se lee y otras intervenciones críticas (2003), Clases. Literatura y disidencia (2005), Leyenda. Literatura argentina: cuatro cortes (2006), son publicaciones críticas que intentan establecer otros modos de lectura. Así, Bioy, Puig, Masotta y Cortazar, por ejemplo; se entrecruzan para demostrar la inagotable vigencia con que sus pertinentes escrituras, aún hoy, continúan repercutiendo, siendo absorbidas y reelaboradas por las literaturas del presente. Si bien Sergio Chejfec, Carlos Gamerro y Juan Forn han incursionado en este género analítico, ninguno lo ha hecho con tanta solvencia. De este modo, Link ha instaurado nuevas vías de diálogo con la tradición literaria nacional.
El autor de La ansiedad, quien dicta cursos de Literatura del Siglo XX en la Universidad de Buenos Aires, y es miembro de la Latin American Studies y de la Associação Brasileira de Literaturas Comparadas; acaba de publicar La mafia rusa (Emecé), su primer libro de relatos. El volumen compila una quincena de cuentos producidos entre los años 2001 y 2008. Publicados la mayoría en diarios y revistas latinoamericanas, ellos guardan una significativa relación con los hechos actuales. Se trata de una colección de textos heterogéneos, donde convergen estilos dispares. Son disonancias fortuitas puesto que
evidencian los agudos dotes de observador del autor. Su habilidad de convertir el mundo circundante en literatura.
La mafia rusa es una obra de ficción que está signada por un dinámico aliento de renovación. Su prosa, profusa y atenta a los nuevos cambios que presenta la modernidad, despliega sus ingeniosos mecanismos narrativos con el fin de vertebrar una escritura ágil y sincera; sin dobleces. El estilo meticuloso de su ficción hace que sus páginas se sucedan a un ritmo trepidante. La sutil ironía que acompaña algunos de sus cuentos, son otra impronta de su narrativa.

¿Qué aspectos del cuento fueron los que más le importaron explorar en
La mafia rusa?

El cuento, como forma breve, permite desarrollar historias intrínsecamente poco complejas, o que nuestra pereza o nuestra falta de deseo no nos aconseja explorar demasiado. La novela se parece mucho a la vida (fluye en todas las direcciones), el cuento más bien a la memoria (destellos aislados).

¿Se descubrió cuentista o fue una búsqueda de género previa?, ¿Cuáles cree que sean las limitaciones y posibilidades formales que ofrece este tipo de narración breve?

Siempre me cuesta decidir los géneros de lo que estoy escribiendo: ¿ensayo o ficción? ¿novela o cuento? ¿poesía o teatro? Trato de abandonarme a lo que me reclama el material que tengo entre manos, sin premeditación. "El amor fraterno" quedó como resto de mi primera novela, Los años noventa. Algunos relatos de La mafia rusa tal vez vuelvan como capítulos de la Novela familiar de la que se desprendieron (o no, ahora me es difícil saberlo). No creo que haya limitaciones en el género cuento. En cuanto a las posibilidades, son infinitas: incluida la capacidad, nada desdeñable, de las formas breves para inscribirse con mayor comodidad que la novela en relación con una pedagogía de la literatura.

¿Cuál es para usted el lugar del cuento en la literatura argentina actual?

Se publican pocos cuentos, y la mayoría de ellos para antologías temáticas realizadas por encargo de las editoriales. Es una pena, claro. Existe la idea (para mí, equivocada) de que la gran forma novelesca es superior a la pequeña forma cuentística. La unidad literaria, me parece, sigue siendo la página.

¿De qué forma cree que su experiencia como ensayista haya pesado en la elaboración de relatos como “La vida futura”, “La edad de los imperios” y “Marlowe”?, ¿siente que lo ha condicionado, o le permitió abrirse a la experimentación?

No es la escritura ensayística lo que encadena y esclaviza a la ficción, sino el saber. Cuando escribo ficción (pero también cuando escribo ensayos) parto de una situación de no saber, que trato de sostener lo más posible mientras escribo. Se trate de mi propio pasado o mi memoria ("La edad de los imperios"), una vida literaria ("Marlowe") o la vida urbana actual ("La mafia rusa") trato de poner en negro sobre blanco que, como se dice en "Accidente cerebrovascular", "no sé lo que escribo". La literatura está del lado de ese no saber y ésa es su mayor fuerza.

Al escribir los cuentos que constituyen el libro, ¿tuvo presente algunos cultores del género?

No claramente, ni de manera deliberada. Uno siempre está escribiendo un mismo y solo libro, del cual va proponiendo entregas parciales. Proust es el modelo, claro: la duración de la vida coincide con la duración del libro. Y Truman Capote, que quiso reescribir En busca del tiempo perdido y, mientras fracasaba en el intento, fue entregando libros de relatos estremecedores y admirables.

Últimamente varios escritores nacionales han publicado novelas donde se mezclan la ficción en primera persona y la autobiografía. ¿Qué importancia ocupa lo autobiográfico en cuentos como “La vida futura”, “Yo fui pobre” y “Yo fui un niño de 8 años”?

Mucha. Tanto en La mafia rusa como en mi novela anterior, Montserrat, me interesó explorar ese umbral imperceptible donde lo real se confunde con lo imaginario y esa confusión se expresa muy espectacularmente en todas las formas de literatura del "yo". Escribir "yo" no es garantizar ninguna verdad sino todo lo contrario: asegurar la alucinación, la fractura de lo real a través de la cual se cuelan todos los terrores: ¿yo soy eso? ¿"yo" es eso? Por eso el libro está organizado sinuosamente en un hiato temporal, entre el pasado (la infancia) y el presente.

¿Reconoce alguna influencia de Fogwill, Aira y Puig en La mafia rusa, autores que usted se ha encargado de analizar en varios de sus ensayos críticos?

Son autores que admiro y quiero mucho. No sé si entre sus textos y los míos hay un aire de familia (son los lectores quienes mejor pueden percibir eso), pero lo que sí es seguro es que participamos de una misma convicción: la escritura (estar escribiendo) como un momento de felicidad. No me gustan los imaginarios tortuosos en los que escribir es un calvario (amo a Kafka, claro, pero no me conmueve esa forma de concebir la escritura).

Ricardo Piglia ha dicho en una oportunidad, que detrás de cada escritura hay una teoría de la escritura. ¿Se adhiere a esa idea?, y si es así, ¿de qué modo usted ha intentado trasladar este principio a su obra de ficción?

Sí: escribir es proponer una teoría sobre el mundo y también sobre la literatura, sobre lo que significa escribir. Pero eso sucede, también, a espaldas de la propia conciencia. Uno cree estar sosteniendo tales o cuales hipótesis y por eso es una dicha cuando los buenos lectores vienen a señalarnos cosas en las que no habíamos pensado.

En su cuento “Migrar es morir un poco”, se lee “El migrante extraña no tanto su lengua, sino los rituales que acostumbra a considerar “la vida”, una cultura.” ¿Podría aclarar esa premisa?

Escribí ese relato desde una posición ficticia: ¿cómo hablaría de una ciudad que no es en la que crecí, si fuera un migrante? Inmediatamente me dí cuenta del desgarramiento que significa migrar... Perder esos pequeños rituales: formas de saludar, de relacionarse, de vivir juntos. La lengua forma parte de eso, pero no es lo más grave, lo que más melancolía desencadena. Una lengua extranjera se aprende; una cultura, no.

¿Cree, al igual que Néstor Perlongher, que la literatura es un viaje hacia algo?

Tal vez... Céline escribió Viaje hacia el fin de la noche... En todo caso, es un viaje hacia lo desconocido: lo que no sé de mí, lo que nunca podría saber si no me pusiera en trance de transformación (y escribir es ese trance).

¿Por qué escribió “12 de octubre de 1976”?

Como homenaje a los desaparecidos, en general, y a mi primo Fernando Risso, en particular (que se cuenta entre esa nómina macabra). Porque quería señalar lo que significa una vida dañada (la mía, la de mi generación) y mi dificultad en relación con los géneros testimoniales: ¿con qué dignidad sostener un discurso? En todo caso, aún cuando no tenga manera de responder a esa pregunta, me parecía necesario señalar que esa herida o cicatriz también me constituye.

¿Reescribió mucho estos cuentos? ¿Tiene algún método de escritura en particular? ¿Cuál de ellos lo considera el más audaz y desafiante desde el punto de vista narrativo?, ¿por qué?

Escribo sin método, salvajemente, todo el tiempo (en la medida de lo posible). Nunca sé bien qué estoy escribiendo, en qué libro se integrará el texto que tengo entre manos. En general, paso en limpio, corrijo, trastorno lo que podía pensarse que iba en una dirección. Muchas veces siento que estoy jugando a ciegas un juego cuyas reglas se me escapan.
"Marlowe" o "Accidente cerebrovascular", siendo tan diferentes, me parecen, sin embargo, piezas de un mismo rompecabezas... No sé. Tengo una relación intensa con ciertas páginas más que con otras. ¡Soy un enamorado de la página y del fragmento!

¿Se siente un escritor heredero del pop?

Más que un heredero, me siento formado, maleado, eyectado por la imaginación pop. No me refiero, claro, a la cultura pop (aunque tiene su costado chatarra que nunca dejará de entusiasmarme), sino a la imaginación pop, donde caben tanto Kafka, como Duchamp, Warhol, Puig o Aira.

La salida de este esperado libro, su primero de cuentos, coincide por estos días con la canonización de la obra de Osvaldo Lamborghini en la tradición de las letras locales. ¿Qué opinión le merece el autor de El Fiord, y el hecho que se haya ido desplazando desde los márgenes hacia el centro de la literatura argentina?, ¿Se la puede considerar a ésta, como una maniobra del marketing editorial?

Se me ocurre que lo que sucede con Lamborghini tiene que ver sobre todo con la difusión de una obra que, desde el comienzo, todos sus lectores percibimos como un milagro inesperado. Lamborghini nunca fue un autor marginal, sino todo lo contrario. Es difícil saber en qué terminará todo esto, pero hay justicia en ese proceso de divulgación. No se puede escribir como Lamborghini, cuya obra supone un más allá duro, durísimo de roer. En todo caso, que la obra de Lamborghini deje de ser un secreto, no le quita potencia al misterio en el que se sostiene.



domingo, 7 de septiembre de 2008

Deus e o Diabo na Terra do Sol (1964)





sábado, 6 de septiembre de 2008

La modernidad: un proyecto (¡felizmente!) concluso






La mafia azteca

Por Daniel Link para Perfil

Llamo por teléfono a mi mamá, que se cayó “saltando un cantero” (¡a quién se le ocurre!) y todavía no sabe si se fisuró algún hueso (“me duele todo”). De paso, comentamos los sucesos últimos, que han puesto a General Rodríguez en la primera plana de todos los diarios y en los segmentos principales de todos los noticieros de televisión.
Le pregunto por el prófugo Manuel Poggi, porque la carnicería, verdulería y almacén de campo donde solemos aprovisionarnos fue siempre conocida como “lo de Poggi” y alguna vez estuvo al frente de dos hermanos que, efectivamente, tenían ese apellido. Esos dueños originales ya murieron, pero sus parientes siguen con el negocio y alguno de ellos podría haberse dedicado a la política municipal.
Las averigüaciones ya fueron realizadas y nadie acredita parentesco con el ex Director de Desarrollo Industrial de General Rodríguez (cargo un poco excesivo para un pueblo monopolizado hasta tal punto por la industria láctea que no hay posibilidad de instalar en sus alrededores otra fuente de trabajo, por no sé qué miedo de la familia que controla los destinos del municipio a perder sus privilegios). “No tiene nada que ver”, me dice terminante mi mamá. “Este Poggi”, refiriéndose al prófugo, “es de Morón”. Lo dice como si se tratara de un vástago descarriado de los Hohenzollern de Nürnberg y no de los de Suabia (que serían los “auténticos”, los dueños del castillo conocido alguna vez como Zollern, es decir: los hermanos Poggi que eran nuestros vecinos).
Me cuenta, también, que cuando vio por la televisión el galpón donde Poggi atesoraba los bidones ahítos de la efedrina relacionada con el triple crimen que sucedió muy cerca de nuestra casita de campo, “Mea requiem”, un escalofrío le recorrió la espalda. Ella había estado en ese galpón más de una vez (siempre por error), porque la gomería donde hace atender los asuntos de su auto queda exactamente al lado y, a veces, se equivocaba de portón. De hecho, me sugirió que prestara atención al “gordito” que aparecía como testigo en los flashes de noticias: “ése es Tasca, el de la gomería. Me dijo que me iba a conseguir aceite barato”.
La conmino a que vaya a preguntarle a su amigo lo que sabe, pero se niega. Antes de complicarse en historias de mafiosos (“como vos”, agrega), tendría que ir a hacerse una radiografía. A regañadientes, la dejo en paz, no sin antes hacerle notar lo imbricadas que están nuestras vidas (las de todos, las de cualquiera) con las maquinaciones de la economía informal hoy tan decisiva en la supervivencia del capitalismo. 

viernes, 5 de septiembre de 2008

Observaciones climáticas


En Porto Alegre, llovía. En Brasilia, no.


miércoles, 3 de septiembre de 2008

Elijan y compren

¡Electric blue es Cartulina total! (Gracias, Ariel)

Regia generosidad

Con independencia de la valoración política -tan generosa- de la decisión de pagar deudas sin discutir con el acreedor, que supone esa estrategia, los plazos se acortaron por culpa de una pérdida de poder que se ha vuelto demasiado evidente.

Por Carlos Pagni para La Nación

Se viene el semiocapitalismo

Gracias a Agustín Valle, llegamos a esta entrevista a Franco Berardi del Colectivo Situaciones:

La historia de los movimientos revolucionarios del siglo XX se funda en un método cognoscitivo y estratégico de tipo dialéctico. Totalidad contra totalidad. Afirmación, negación e inversión. Aquella visión estaba vinculada con una forma simple de la contradicción social en la industria: clase obrera contra burguesía. Pero la filosofía dialéctica se fundaba sobre una reducción de la complejidad real del mundo y abría el camino a formas de subjetivismo totalitario, como hemos visto en la historia del socialismo realizado. Luego de la gran explosión social de los años 60 y 70, la reestructuración capitalista produce una pulverización de la relación entre capital y trabajo: flexibilidad, deslocalización, precarización, etc. Ya no existe ninguna posibilidad de describir el mundo en términos dialécticos, ya no existe la posibilidad de una estrategia de oposición simple, frontal. Ya no existe tampoco la posibilidad de pensar una inversión totalizante. La nueva forma productiva se funda sobre un principio tecnológico que sustituye a la totalización por la recombinación. Informática y biogenética —las dos innovaciones tecnológicas de fines del siglo XX— están fundadas sobre un principio de recombinación: unidades capaces de multiplicarse, proliferar, recombinarse que se sustraen a la totalización. El plano de consistencia de la informática es un plano infinito, no totalizable, proliferante.

martes, 2 de septiembre de 2008

Correspondencia: peaje

PAGO AL CLUB DE PARIS: “CRISTINA PAGA PEAJE”

“Una fuga de capitales de 20.000 millones de dólares en un año, el aumento de la deuda en otros 8000 y la amenaza de un nuevo default ya eran síntomas claros de un derrumbe. Pero si a esto le añadimos el escándalo político de la efedrina, que compromete a medio gabinete, se comprende por qué Cristina Kirchner tuvo que pagar peaje para seguir gobernando”. Esto señaló Jorge Altamira, del Partido Obrero, en relación a la cancelación de la deuda con el club de París. 
“Para ello, el gobierno volvió a recurrir a una operación ilegal e inconstitucional: echó mano de las reservas del Banco Central, cuando el tope que autoriza su carta orgánica para prestarle al gobierno ya ha sido largamente cubierto”.
“Pero como ocurre con las rutas argentinas, el pago al Club del París sólo será el primer peaje en favor del capital financiero. Enseguida, vendrá el arreglo con los “bonistas”; luego, la liberación de tarifas y, finalmente, la renegociación de la deuda indexada.”
“La línea de este pago cuantioso se la marcó a Cristina su amigo ‘socialista’ Strauss Kahn, al asumir la presidencia del FMI y señalar que, si Argentina no quería negociar con el Fondo, debía pagar con sus reservas. Ahora, para afrontar los sucesivos peajes, el gobierno terminará aplicando integralmente las recomendaciones del FMI.  Pero esto no impidió que el anuncio de Cristina fuera largamente aplaudido por la llamada ‘industria nacional’.”
 
Para comunicarse:

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lunes, 1 de septiembre de 2008

Cosas de reinas

EL MOTOR CRÍTICO

por Jorge Carrión para ABC

Raúl Antelo
Crítica acéfala
Editora Grumo
Buenos Aires, 2008
274 págs.

Juan Pablo Dabove y Natalia Brizuela (Eds.)
Y todo el resto es literatura. Ensayos sobre Osvaldo Lamborghini
Interzona
Buenos Aires, 2008
288 págs.

En Maria con Marcel. Duchamp en los trópicos (2006), Raúl Antelo (Buenos Aires, 1950) marcó un hito en su trayectoria como crítico cultural. La relación personal entre la artista brasileña Maria Martins y el artista francés Marcel Duchamp le servía para explorar la modernidad (periférica) latinoamericana, su relación con la vanguardia, con un hilo conductor duchampiano que unía a Borges, Supervielle, Léger o Bataille. Es decir, las artes plásticas con la literatura y la filosofía; América con Europa. Con un estilo queridamente complejo, Antelo narraba y analizaba fenómenos que son los de la vida cotidiana y real, donde las disciplinas y las relaciones personales diversas se entrelazan en ámbitos privados y públicos, eróticos e institucionales.
Después de afirmarse que “el crítico ocupa un intersticio de ficción y teoría”, su nuevo libro –la compilación de artículos Crítica acéfala– se abre con una pregunta: “¿Qué quiere decir lo argentino-brasileño?”. Partiendo de la noción de modernidad como una secuencia de discontinuidades, los ensayos abordan fragmentos de un posible discurso de la argentino-brasileñidad. Este, obviamente, no se entiende sin el puente con Europa. Particularmente con Francia: Caillois (y su papel en la revista Sur de Victoria Ocampo), Bataille (y su lectura de América), o la posibilidad de pensar desde Lacan o Derrida algunos capítulos de la historia cultural latinoamericana. Pero en el libro, sobre todo, se explora lo que Antelo llama la “producción de prácticas culturales subalternas en el imaginario teórico de una contramodernidad”, con ejemplos que van de la traducción de Borges al portugués a la relación entre Francisco Ayala y el austriaco Otto Maria Carpeaux en Rio de Janeiro, pasando por Machado de Assis, Clarice Lispector, la comunidad de expatriados que regentó la gestora cultural Ocampo o los paralelismos posibles entre el Facundo de Sarmiento y Os sertões...
El método anteliano es deliberadamente confuso en su expresión, a veces casi derridiano. La sintaxis se sobresatura de referentes filosóficos y de conceptos, eludiendo la pedagogía. El motivo está expresado en la propia obra: “si adoptamos un punto de vista deliberadamente híbrido, paranoico-crítico, somos obligados a impugnar todo reduccionismo sociohistórico, cuyo objetivo es subrayar las condiciones efectivas de producción, en detrimento de sus efectos diferidos, usos y apropiaciones a que todo concepto está destinado”. Rehuyendo la filología clásica, que se cultivaba en la academia argentina cuando Antelo era alumno, el crítico ha forjado sus propias coordenadas hermenéuticas, desde su posición extra-territorial y bilingüe, como profesor de la Universidad de Santa Caterina, en Florianópolis.
No es casual, obviamente, que en la contraportada del libro encontremos sendos textos de Reinaldo Laddaga y de Gonzalo Aguilar; tampoco lo es que la presentación en Buenos Aires corriera a cargo de Daniel Link. Se trata de la generación de críticos que, paulatinamente, está ocupando la posición de prestigio de Noé Jitrik, Sylvia Molloy, Josefina Ludmer o Beatriz Sarlo. En ese sentido intergeneracional hay que entender la nómina de investigadores que ha participado en el volumen Y todo el resto es literatura, sobre Osvaldo Lamborghini: Graciela Montaldo, Julio Premat, el mencionado Laddaga, entre otros. Aunque los textos sean de calidad desigual, como ocurre siempre en estos casos, me parece que es interesante observar la concomitancia posible con el proyecto de Antelo. Su común voluntad de reconsiderar la literatura argentina desde perspectivas inéditas. Si Ricardo Piglia culminó en los setenta y ochenta la recuperación de Arlt como figura central del canon argentino, en oposición a Borges, y más tarde posicionó a Saer como el más importante de sus contemporáneos, César Aira ha lograd hacer lo propio con Lamborghini. Según parece, existe una voluntad por parte de cierta crítica de mediana edad de apoyar esa intervención; precisamente porque se trata de una obra poco explorada por la generación anterior. Tras ellas, autores más jóvenes apuestan por otros nombres, como Copi (Patricio Pron) o Antonio Di Benedetto (Jimena Néspolo). Siempre a caballo entre el arte y la geopolítica, los lectores profesionales argentinos continúan siendo el motor teórico más importante de nuestra lengua.


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