lunes, 16 de abril de 2012

Las 1001 Fundaciones...



Lo de Boudou

 por Eduardo Aliverti para Página/12

Tal vez se trate de aquello con lo que esta columna se permite insistir cada tanto. Lo que Carlos Pagni escribió en La Nación hace unos días, con la visión de un hombre de derecha atendible. El kirchnerismo se enfrenta al kirchnerismo –muy genéricamente expresado, entiéndase bien– porque ocupa la totalidad del centro de la escena, al inexistir la oposición, como no sea la mediática. Más luego: ¿los momentos de fortaleza deben ser usados para ir por todo frente a la debilidad del adversario, incluso prescindiendo de los aliados reales, eventuales o reconquistables? Que se vaya “por todo” es elogiable, pero el punto es cómo. ¿No sería mejor contar los porotos de otra forma? ¿Seguro que hay tanta espalda para optar por lo primero? Son preguntas, no afirmaciones. Uno no pierde de vista que es apenas un comentarista y que el ejercicio del poder es muy otra cosa. Igual: así cayera Boudou, o se complicara ese escenario y los medios opositores sintieran la panza llena, no se modificaría en nada que las mayorías sigan confiando en un Gobierno que les mejoró la vida, en la proporción que cada quien quiera darle a ese aserto indesmentible.
Si se apoya esta experiencia kirchnerista –como lo hace quien firma– por considerar que al fin llegó una gestión capaz de satisfacer algunas o varias necesidades populares, o porque cualquier alternativa significaría volver a lo peor de un pasado nada lejano, la preocupación no debería pasar por las repercusiones institucionales de “lo de Boudou” propiamente dicho, sino por la posibilidad de que la trama escenifique a un Gobierno con tendencia creciente a encerrarse en sí mismo. O mejor dicho, en un círculo extremadamente reducido. Pero si es por aquello que los medios de la oposición pretenden mostrar que pasa, la conclusión es que, en perspectiva estructural, no pasará nada.


sábado, 14 de abril de 2012

La causa griega

Por Daniel Link para Perfil

Los griegos son de una simpatía arrolladora, producto de una combinación de savoir-vivre y un cierto infantilismo que últimamente se les ha reprochado con una contundencia que yo no comparto.
Es verdad: el “modelo griego” (a diferencia del “modelo turco”, tan cercano que conviene ponerlo como término de comparación) no ha sido muy exitoso. Pero eso forma parte del encanto griego y no constituye su límite, sino su umbral de transformación (la cosa jónica, Homero).
Mientras las tribus de bárbaros que alguna vez los príncipes alemanes unificarían en reinos y, después, en algo semejante a un Estado, se dedicaban a cazar jabalíes, los griegos estaban inventando la humanidad, la geometría, la metafísica y la tragedia. Dudo que a un pueblo pueda pedírsele tanto y, además, pedirle consistencia fiscal, una vez que la geometría, la metafísica, la tragedia y, sobre todo, la humanidad se hundieron irremediablemente bajo nuestros pies, en un terreno podrido por la crisis del sistema financiero.
“Crisis” es una palabra de pura raigambre helénica: κρίσις, pero los griegos no imaginaron ni el “sistema financiero”, ni el capitalismo ni el Mercado Común Europeo (este último, invención de un filósofo moscovita profundamente conocedor de lo griego, mientras trabajaba para el Ministerio francés de Asuntos Económicos: Alexandre Kojève).
La elegantérrima solución de Kojève a los desafíos del capitalismo avanzado (o, lo que es lo mismo, a la ilusión del fin de la historia, propugnada por esos alemanes, Hegel y Marx) obviaba algo que los griegos siempre tuvieron muy en cuenta: el combate soterrado (pero perpetuo) entre las fuerzas de la autoctonía y las fuerzas de lo cosmopolita como motor de la historia.
La causa griega está plagada de irrupciones de esas llamadas de la Tierra, de esa protesta contra los cielos empíreos (desde las sirenas hasta los minotauros y las esfinges con las que los héroes no cesan de enfrentarse). No podemos culpar a los descendientes de Homero por haber imaginado a Odiseo, ese personaje odioso, ladino y farsante, inventor del “presente griego”. El problema es que Occidente lo haya heroificado como vencedor de los monstruos, que siempre vuelven, como una pesadilla.

viernes, 13 de abril de 2012

La gata, Flora

¿Por qué miramos a los animales? ¿Por qué los animales nos ponen ante nuestras más terribles imposibilidades? ¿Por qué insisten ellos en devolvernos al horror territorial, al sistema de castas y de jerarquías, a la guerra de todos contra todos? Si Tita Merello no hubiera sido tan intensa, tan celosa, tan asesina.... Si María Emilia no hubiera pretendido erigirse en gata alfa...Si Cartulina no hubiera mirado todo el tiempo con ojos de gata semitonta y semimala, espererando el momento justo para aplastar con su peso de ballena a la recién llegada...
Después de dos semanas de suplicio y varias cicatrices (todas ellas, en el cuerpo otrora inmaculadamente blanco de María Emilia, algunas en mi propio cuerpo), anoche, cuando descubrimos el último zarpazo merelliano, apenas a la izquierda del párpado derecho de la narigona oriental que nos habían conseguido (es decir: que no esperábamos incoporar a la manada así, tan a los apurones, en medio de tantas obligaciones y sin haberlo meditado casi nada), decidimos que la cosa no daba para más y que, por más que hubiéramos compartimentado nuestra casa (movernos para ir al baño se había convertido en saltar de una trinchera gatuna a otra), María Emilia (por su propia seguridad) debía irse.
Esta mañana, Tita Merello, que había quedado confinada en un rincón de la casa después de su último ataque, cuando me vio empezó a jugar sola con una pelusa, a dar cabriolas en el aire, a hacerse la simpática, como diciendo: "no la necesitás a ella, yo voy a hacer todo lo que quieras, todo lo que extrañás de la gata de la casa" (Cartulina es incapaz de pensamientos tan complejos). Casi se me caen las lágrimas cuando entendí que todos habíamos estado sufriendo, por un mero capricho cromático.
Hace unos minutos dejamos a Emily en su nueva casa, con Flora, la madre de Diego Trerotola, en Barracas, no sin advertir que estaríamos atentos a su suerte.
Ahora tendremos que olvidarnos de la mirada de María Emilia, de sus ronroneos impertinentes en la mitad de la noche, de su alegría juvenil y del amor incondicional que nos había declarado desde la primera vez que la vimos y que no pudimos retribuirle porque, tal vez, no somos libres de querer sin hacer sufrir a otros.


SOPA, no; SOP, sí

¿Cuánto duraría una lavadora o un frigorífico sin obsolescencia programada?

Entre 40 y 70 años, pero hay que utilizar los componentes electrónicos y materiales adecuados. He creado el movimiento SOP (Sin Obsolescencia Programada).

La entrevista completa a Benito Muros, inventor de la lámpara eterna, puede leerse acá.


La edad de hielo




























jueves, 12 de abril de 2012

¡Suenen las dianas!





































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miércoles, 11 de abril de 2012

¿Hay respuesta?



























Además, confirmó el rechazo a un pedido de recusación contra el juez federal Claudio Bonadio


CSD500 (¿y con 2C-T-7 no viene?)


martes, 10 de abril de 2012

Piratería global
























lunes, 9 de abril de 2012

Palabras preliminares

por Gabriela Massuh para Renunciar al bien común


Al cabo de los años de 1990, luego de la ola devastadora de privatizaciones de las empresas del Estado, la apertura de los mercados y la sanción de tratados de libre comercio, surgen con el nuevo siglo en América Latina gobiernos cuyo discurso se opone drásticamente los cánones del neoliberalismo. Se trata de los “nuevos gobiernos de izquierda”, entre los que se encuentran Chávez (Venezuela), Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia), los Kirchner (Argentina), Lula (Brasil), Tabaré Vázquez o José Mujica (Uruguay). Todos se caracterizan por esgrimir una retórica de raigambre popular fuertemente anticapitalista; en mayor o menor medida, estos gobiernos hacen propio o reivindican el discurso de los nuevos movimientos sociales que vieron su origen en la oposición al neoliberalismo y terminan por acallar aquellas voces que en los albores del milenio articulaban reclamos y prácticas emancipadoras echando las bases de nuevas formas de convivencia política y social. Aquellos movimientos, hoy cooptados por la política oficial a través de generosos subsidios, terminaron por integrarse en las filas de clientes que los estados latinoamericanos mantienen gracias a planes sociales y demás medidas de asistencia. 
Este híbrido formato de gobierno, que se dice desarrollista y denosta al neoliberalismo, aplica sin embargo en la práctica las mismas formas de producción del pasado que repudia. Visto en perspectiva, este “capitalismo benévolo”, como lo llama Eduardo Gudynas en su aporte para este volumen, ha llevado el proceso de acumulación capitalista hasta los límites del paroxismo: la indiscriminada ampliación de la frontera agrícola para su uso agroindustrial, el permiso de radicación de empresas transnacionales mineras que operan a cielo abierto, el incremento de la deuda ecológica generada por las empresas hidrocarburíferas, la expulsión de los pobladores originarios de sus tierras para degradarlas con monocultivos destinados a la producción de bíocombustibles son todos fenómenos que se han intensificado a una velocidad voraz en los últimos diez años. Contrariamente a aquellas aspiraciones de generar una autonomía económica mediante la sustitución de exportaciones que proponía el desarrollismo, hoy por hoy, el subcontinente vuelve a insertarse en la vieja tradición de saqueo que inmortalizó Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina. Así se trate de gobiernos neoliberales o retóricos de izquierda, lo que hoy impera es un modelo primario, extractivo-exportador que se corresponde a una nueva etapa de acumulación por despojo de territorio, bienes comunes y culturas. Sin importar la destrucción de la diversidad biológica, la pauperización de grandes sectores de pobladores rurales, la modificación del clima, la contaminación de las vertientes de agua potable o la desertificación de los suelos, lo que se ha impuesto es un patrón extractivista de acumulación basado en la sobre-explotación de los recursos naturales, en gran parte no renovables. Son economías casi exclusivamente sujetas al mercado externo y, por lo tanto, dependientes de la demanda y de los precios dictados por los centros hegemónicos. 
Festejado por los centros de poder, el modelo aparece como una nueva cruzada triunfal contra la pobreza y la exclusión endémicas. Según los datos de la CEPAL, el índice promedio del crecimiento de la región fue del 5,1% en el año 2011; una cifra con la que hoy sueñan atribulados funcionarios europeos y norteamericanos, condenados por la crisis iniciada con las hipotecas subprime de 2007 a un crecimiento cercano a la tasa negativa. Pero este desarrollismo al modo criollo no es lo que parece; por un lado, es profundamente asimétrico (de hecho, la brecha entre ricos y pobres sigue profundizándose); por el otro, conlleva dos factores que tornan imposible otro futuro que el de una tierra arrasada: el impacto social y el impacto ambiental.


(...)


El presente volumen logra hacer visible el conjunto de tensiones que recorren a América Latina en su conjunto. Propone un análisis radical del presente y, al mismo tiempo, genera un debate para superar el modelo actual tendiendo hilos concretos para recuperar el futuro. El extractivismo, que ha puesto en llamas al continente en una conflagración de culturas, saberes, prácticas y naturaleza, es parte de una constelación global en la que, a pesar de conflagraciones como las de Fukushima, se sigue apostando a la energía atómica, se intenta paliar el hambre con tecnología, se quiere superar la pobreza con la agroindustria o la megaminería y se subsidian a los bancos para superar las crisis financieras que ellos mismos provocan. América Latina, con su aparente crecimiento record, no solamente es parte de ese modelo económico y cultural, sino que contribuye a sedimentarlo en gran medida. 


El texto completo de Gabriela Massuh puede leerse en su compilación Renunciar al bien común. Extractivismo y (pos)desarrollo en América Latina. Buenos Aires, mardulce, 2012 (isbn 978-987-26965-9-0, 336 págs., textos de Alberto Acosta, Mirta Alejandra Antonelli, Ana Esther Ceceña, Gustavo Esteva, Norma Giarracca, Eduardo Gudynas, Tomás Palmisano, Raúl Prada Alcoreza, Maristella Svampa, Miguel Teubal, Raúl Zibechi



domingo, 8 de abril de 2012

Última tinta

Lo que hay que decir
por Günter Grass para El País, etc..


Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,
sobre lo que es manifiesto y se utilizaba
en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,
solo acabamos como notas a pie de página.
Es el supuesto derecho a un ataque preventivo
el que podría exterminar al pueblo iraní,
subyugado y conducido al júbilo organizado
por un fanfarrón,
porque en su jurisdicción se sospecha
la fabricación de una bomba atómica.
Pero ¿por qué me prohíbo nombrar
a ese otro país en el que
desde hace años —aunque mantenido en secreto—
se dispone de un creciente potencial nuclear,
fuera de control, ya que
es inaccesible a toda inspección?
El silencio general sobre ese hecho,
al que se ha sometido mi propio silencio,
lo siento como gravosa mentira
y coacción que amenaza castigar
en cuanto no se respeta;
“antisemitismo” se llama la condena.
Ahora, sin embargo, porque mi país,
alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez
por crímenes muy propios
sin parangón alguno,
de nuevo y de forma rutinaria, aunque
enseguida calificada de reparación,
va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad
es dirigir ojivas aniquiladoras
hacia donde no se ha probado
la existencia de una sola bomba,
aunque se quiera aportar como prueba el temor...
digo lo que hay que decir.
¿Por qué he callado hasta ahora?
Porque creía que mi origen,
marcado por un estigma imborrable,
me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,
al país de Israel, al que estoy unido
y quiero seguir estándolo.
¿Por qué solo ahora lo digo,
envejecido y con mi última tinta:
Israel, potencia nuclear, pone en peligro
una paz mundial ya de por sí quebradiza?
Porque hay que decir
lo que mañana podría ser demasiado tarde,
y porque —suficientemente incriminados como alemanes—
podríamos ser cómplices de un crimen
que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa
no podría extinguirse
con ninguna de las excusas habituales.
Lo admito: no sigo callando
porque estoy harto
de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además
que muchos se liberen del silencio, exijan
al causante de ese peligro visible que renuncie
al uso de la fuerza e insistan también
en que los gobiernos de ambos países permitan
el control permanente y sin trabas
por una instancia internacional
del potencial nuclear israelí
y de las instalaciones nucleares iraníes.
Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,
más aún, a todos los seres humanos que en esa región
ocupada por la demencia
viven enemistados codo con codo,
odiándose mutuamente,
y en definitiva también ayudarnos.

Pied-à-terre

por Daniel Link para Perfil

Sigo la crónica escrita por IrinaHauser para Página/12 para que no me acusen de complotar con las mafias periodísticas. La Unidad Especial de Procedimientos Judiciales de Gendarmería allanó, por orden del juez federal Sr. Daniel Rafecas, un departamento en Puerto Madero que pertenece al Sr. Amado Boudou y las oficinas de la administración del edificio, como parte de la investigación en la que se intenta determinar si el actual vicepresidente intercedió para sacar de la quiebra a la ex Ciccone Calcográfica, hoy Compañía de Valores Sudamericana (CVS).
El inmueble, que fue encontrado vacío, está alquilado supuestamente (el subrayado es mío, pero el adverbio es de Irina Hauser y se justifica porque el contrato de locación nunca fue presentado) a nombre del Sr. Fabián Carosso Donatiello, quien vive en España y lo usaría para cuando viene a Buenos Aires. No es que Carosso sea dueño de un departamento propio que decidió no alquilar por si acaso decidiera cruzar el Atlántico, sino que alquiló expresamente uno para esa eventual circunstancia. Y, como los hombres de negocios no pueden estar en todo, lo dejó vacío. O sea que si llegara a venir a Buenos Aires (dudo que lo haga), no podrá usar el pied-à-terre que tan previsora (y tan inadecuadamente) preparó.
De acuerdo con la documentación incautada, al menos un mes de expensas (agosto de 2011) fue pagado por su amigo y socio el Sr. Alejandro Vandenbroele, actual director en la ex Ciccone, quien a su vez era el que mantenía el contacto con la firma administradora de la propiedad, según surgiría de una docena de correos electrónicos incautados.
Allegados al vicepresidente (¿quiénes, cuántos?) añadieron que “es lógico que un amigo de Carosso Donatiello le maneje las cuestiones del departamento que usa cuando viene al país cada tanto”. Lo que no explicaron es para qué lo usaría, si el departamento está vacío, ni por qué, con lo que paga de alquiler en caso de un eventual capricho o necesidad traslaticia (sus padres viven en Santa Fe), mejor no se reserva una suite en el Hilton o se alquila un amueblado en bastay.com, o en luxuryba.com, la empresa a la que la Sra. Fernández confió la renta temporaria de su departamento en la zona K de Puerto Madero.
No podemos suscribir ciegamente el lugar común de discurso según el cual “los amigos de mis amigos son mis amigos”. El Sr. Boudou ha negado ya más de tres veces (en eso lo supera a Pedro) toda relación con el Sr. Vandenbroele, pese a la amistad que, a cada uno de ellos por separado, los une con el Sr. Alejandro Núñez Carmona, socio del Sr. Boudou y responsable de la gestión del alquiler.
Pero lo que indudablemente se deduce de la crónica es algo que el Sr. Diego Pirota, representante legal del Sr. Núñez Carmona, asignaría a lo “nada novedoso” con que caracterizó el hallazgo de los gendarmes: en el entorno del Sr. Boudou y en el “entramado de relaciones” que con él se imbrica el dinero circula a una velocidad de vértigo y por razones poco claras (se alquilan los departamentos más caros, para no usarlos) si uno no comparte el estilo de vida Isidorito Cañones. Para el campo nac&pop del que el Sr. Boudou se considera su representante debería ser alarmante que “niños argentinos” anden tirando manteca (rancia) al techo en tiempos de crisis y con tantos muertos a nuestro alrededor: ¿alguien sabe algo de Once?


sábado, 7 de abril de 2012

Nos vamos volviendo brutos

Por Daniel Link para Perfil

Venía siguiendo un par de temas, con el objetivo de poder pulir alguno de ellos para esta columna. En principio, la circunstancia laboral y el plan de lucha de paros rotativos y quita de firmas que lleva a cabo la utpba (Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires) en demanda de paritaria y mejoras salariales. Por primera vez, los trabajadores de todos los diarios se comprometieron con los (más que justos) reclamos.
También me he estado preguntando por el resultado de las pericias y la investigación en relación con la catástrofe de TBA, cuyos muertos todavía esperan una respuesta. Supongo que a esta altura ya se habrán borrado todos los trazos de la responsabilidad de los funcionarios del área, pero de todos modos habría que seguir el tema hasta sus últimas consecuencias.
En cuanto al caso Ciccone... Yo había perdido mis esperanzas hace tiempo, y casi había llegado a prometerme no referirme a él, tan incomprensible me resultaba la indiferencia de su protagonista respecto de sus incondicionales seguidores y su arrojarse al fango de la repetición de lo ya muy conocido y penoso: la intervención de los amigos para sacar las papas del fuego, la burocratización de las pistas, etc. Sin embargo, el último disco de Madonna (a esa Ciccone me refería), MDNA, devuelve a la diva al alto sitial en el que la colocaron generaciones de fanáticos.
Pero en nada de eso puede uno detenerse cuando la pena nos embarga. La noticia recorrió secretamente el mundo a través de correos electrónicos y en las últimas horas llegó a las páginas de los diarios españoles: Ana María Barrenechea, maestra de maestros, promotora de estudios lingüísticos y literarios en el país, en América Latina, en Estados Unidos, en el mundo, ha muerto.
A la melancolía del caso (la muerte de quien nos orientó y, con la generosidad que siempre tuvo, nos abrió su biblioteca y también su corazón) hay que sumar la perplejidad ante una noticia que nos llega penosamente tarde. Anita nos dejó solos hace ya un año y medio, el 4 de octubre de 2010. Había nacido en Buenos Aires en 1913, había estudiado en el Instituto Superior del Profesorado, se había doctorado en 1956 en el Bryn Mawr College con una tesis sobre Borges (La expresión de la irrealidad en la obra de Jorge Luis Borges) que escribió mientras hacía babysitting de los hijos de los profesores del Departamento de Español, había regido los destinos del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, de la Asociación Internacional de Hispanistas, había sentado las bases de la genética textual en nuestro país, había ocupado una silla en la Real Academia Española y en la Linguistic Society of America, había intervenido decisivamente en nuestras vidas profesionales.
Y nosotros, que tanto le debíamos, ignorábamos su muerte. Ahora, arrastrados por la turbulencia de lo cotidiano, sin Anita, nos volvemos cada día un poco más ignorantes, un poco más brutales, un poco más insensatos. La muerte de Anita, que nos enseñó a pensar el lenguaje y el texto, también espera una respuesta.

viernes, 6 de abril de 2012

Anticipos de la Feria

¿Qué es un autor?

Fotografías de Sebastián Freire 

Pabellón Rojo

Retratos de 16 escritores argentinos

 

 

miércoles, 4 de abril de 2012

"En el fondo, no-te-conoz-co"

Vandenbroele pagó expensas del departamento allanado de Boudou

A pesar de que el vicepresidente dijo que no lo conoce ni es su amigo, descubrieron que el empresario pagó gastos de su propiedad.


Una chica del 2000

Esta semana se difundió la triste noticia de que Ana María Barrenechea, nuestra maestra, nuestra amiga, la formadora de varias generaciones de investigadores en literatura y lingüística (en Argentina, en los Estados Unidos) falleció el 4 de octubre de 2010 y que el hecho no fue dado a conocer a la comunidad académica por sus familiares.
Anita era miembro de la Real Academia Española, reconocida hispanista y latinoamericanista, generosa con su experiencia y su sabiduría. Dirigió el Instituto de Filología donde hicimos las primeras armas los graduados de mi generación. Allí la entrevisté cuando apareció una nueva edición de su clásico libro La expresión de la irrealidad en la obra de Jorge Luis Borges. Reproduzco la entrevista de entonces, con la melancolía del caso y la certeza de que constituye un pobre homenaje a una vida ejemplar consagrada a los estudios literarios.



por Daniel Link Encontramos a Ana María Barrenechea en su despacho del Instituto de Filología, cuyos destinos dirige desde la restauración democrática. Acaba de aparecer una nueva edición de La expresión de la irrealidad en la obra de Jorge Luis Borges, un libro clásico que vuelve ahora con otros ensayos sobre la obra de Borges, uno de los autores predilectos de Anita, cuyo gusto fue siempre un poco excéntrico, muy poco convencional en relación con los gustos dominantes en las diferentes épocas que sus trabajos atraviesan. Así como La expresión de la irrealidad es uno de los primeros libros sobre Borges ("había sólo otro", dice Anita, "pero era muy malo y no quiero hablar de él porque su autor se mató"), muy tempranamente Barrenechea escribió sobre la obra de Macedonio Fernández o de Felisberto Hernández. La reseña de Rayuela que publicó en Sur ("nunca publiqué sino eso. No tuve más relación con Sur que esa reseña) fue una de las primeras en notar el carácter precursor de esa novela inmensa.
Ana María Barrenechea nació en 1913. Se graduó en el Instituto del Profesorado en 1937 y desde entonces ha sido la columna vertebral de los estudios lingüísticos y literarios en la Argentina.

Usted estudió en una época de oro...
--Tuve suerte. Mis maestros en el Instituto del Profesorado fueron Pedro Henríquez Ureña, que por esa época dirigía también el Instituto de Filología y Amado Alonso, con quien hice tres cursos. No sólo aprendí con ellos una perspectiva de los estudios lingüísticos y literarios sino también una manera de pensar cómo trasladar las investigaciones a la escuela.

En 1953 se fue a los Estados Unidos. ¿Por qué?
--¡Es que me echó Perón! Yo trabajaba entonces en el Profesorado y también en colegios. Había rendido concursos y Marechal, que era inspector, no me nombraba. Siempre fui muy antiperonista, pero no militaba. Por supuesto, me negaba a firmar todo papel que atentara contra el secreto de voto, como la campaña por la reelección de Perón. Nunca supe quién me denunció. En 1958 Mabel Rosetti accedió a mi expediente en el Ministerio de Educación pero le pedí expresamente que no lo abriera. Ya no me interesaba saber quién me había denunciado.

¿Se fue con una beca?
--Sí, Frida Kurlat de Weber, que había sido mi profesora, me consiguió una beca en Estados Unidos. Mis padres me pagaron el viaje de ida. Como no llevaba dinero para nada y el estipendio era más que exiguo, trabajaba como babysitter de los hijos de los profesores del Departamento de Español. En 1956 me doctoré en Bryn Mawr College de Pennsylvania con mi tesis sobre Borges.

¿Quién dirigió esa tesis?
--Como yo tenía miedo de meter la pata en temas filosóficos le pedí a José Ferrater Mora que dirigiera mi tesis. Al final me aconsejó que dejara de lado los temas filosóficos y me concentrara en los aspectos estilísticos que me interesaban. De ahí sale La expresión de la irrealidad...

¿Por qué eligió a Borges, que en ese momento no era todavía un "objeto académico" consagrado?
--Antes de irme yo estaba enseñando Borges en el Instituto. Enseñaba Fonética y Fonología pero además tenía que usar textos y, para eso, daba Borges. Lo tenía todo recopilado y fichado. Recuerdo las tardes que pasé en los archivos de El Mundo, fichando todo a mano (porque no había fotocopiadoras, naturalmente). Me llevé el fichero a los Estados Unidos. Y Enrique Pezzoni una vez me escribió, a propósito de un articulito de una alumna mía: "Esta alumna está copiando tus clases. Tenés que publicar eso". Entonces, me puse a trabajar en la tesis y en 1957 Alfonso Reyes me la publicó en El Colegio de México.

Pero además de su interés por la literatura están sus famosos artículos estructuralistas sobre el castellano...
--Ah sí. Nunca abandoné esa doble perspectiva. En el fondo el estructuralismo que yo hacía entonces sale de Amado Alonso y de mi lectura de Bello y de Hjemslev. En la Historia de la literatura argentina que publicó el Centro Editor está la historia de cómo fui cambiando de modelos... Lo primero que hice fue la morfología, completando las clases de palabras como clases funcionales. 
 
¿Cuándo volvió a Buenos Aires?
--En 1958 era rector interventor de la Universidad de Buenos Aires José Luis Romero. Entonces me nombraron para enseñar Historia de la Lengua. Después pasé a Gramática y a Introducción a la Literatura. Tenía un equipo excelente integrado, entre otras personas, por Nicolás Bratosevich, Enrique Pezzoni y Ofelia Kovacci.

Esa experiencia terminó con la Noche de los Bastones Largos...
--Sí, eso fue en 1966. Si bien la policía de Onganía no nos pegó a nosotros como a los de Ciencias Exactas, de todos modos nos pareció una cosa horrible y la mayoría decidimos renunciar. 

¿Cuál es la diferencia entre su gramática estructural y la de Ofelia Kovacci?
--La verdad es que no lo sé. Nunca leí las gramáticas de Kovacci...

En esa época empezó su vida itinerante entre los Estados Unidos y Argentina, ¿no?
--Sí, bueno. Como había renunciado a la Universidad y al Conicet volví a trabajar en los Estados Unidos: en Harvard (1968), Ohio State University (1971-1972) y en Columbia (a partir de 1973). Pero siempre con un pie en Buenos Aires. Por esa época dirigía en Buenos Aires el capítulo local del "Proyecto de estudio coordinado de la norma lingüística culta de las principales ciudades de Iberoamérica y de la Península Ibérica".

Es muy impresionante su trayectoria vertiginosa... Y también es muy impresionante lo excéntrico de su gusto: Macedonio, Felisberto Hernández, Sarduy...
--Bueno, nunca me consideré excéntrica... Pero es cierto que siempre fui bastante anti-convencional, y muy curiosa. 
 
Nunca escribió sobre Mallea, por ejemplo...
--Una vez, cuando era alumna de Henríquez Ureña, estuve a punto... Pero me aburría Mallea. Tampoco me gustó nunca Marechal, más allá de las diferencias políticas. Los del boom los he enseñado pero creo que nunca escribí nada. Al que no puedo aguantar es al de Tres tristes tigres. Cabrera Infante me parece el hombre más odioso que nunca conocí. Y nunca disfruté de su literatura. En cambio, siempre me gustó la poesía de Vallejo pero no me animaba a darla en mis cursos o a escribir sobre ella porque me parecía muy difícil. Lo mismo le pasaba a Enrique Pezzoni, que aunque se enfrentaba con los textos de Vallejo cada tanto, siempre pensaba que había que ser peruano para entenderlo cabalmente. 
 
Siempre me pareció extraordinario que, mientras otros escritores del boom vendían sus originales a las universidades norteamericanas, Cortázar le haya regalado su Cuaderno de Bitácora de Rayuela. ¿Fue un tributo a una amistad? ¿Cómo se conocieron?
--Un día fui con Daniel Devoto a tomar un café en La Fragata y en una mesa estaban Cortázar y Baudizzone. Nos caímos bien. Solíamos encontrarnos en la casa del poeta Eduardo Jonquières en Palermo Chico, donde nos reuníamos los fines de semana. Cortázar pasaba un ratito y después se iba a trabajar mientras nosotros nos quedábamos charlando. Allí conocí también a José Donoso. Cada tanto solíamos ir con Cortázar al bar del edificio Comega, desde donde mirábamos el atardecer. Una vez Cortázar dijo "¿Por qué no vienen a casa y ponemos discos?". Las discusiones que tenía con Devoto a propósito del jazz eran memorables. Nos fuimos de Buenos Aires (él a París, yo a Estados Unidos) el mismo día. Creo que mi reseña de Rayuela fue una de las primeras en señalar la ruptura que significaba. Cuando inicié mis estudios de genética textual me pareció lógico trabajar con esa novela que conocía tan bien. Y Cortázar me regaló esos materiales maravillosos. Sí, fue un tributo a nuestra amistad...

¿Nunca le pesó la vida académica?
--No, nunca. Siempre me gustó enseñar. 

Y la gente se maravillaba de la ropa que llevaba... Recuerdo que María Luisa Freyre, que fue su alumna, recordaba que Ud. era la única persona a quien la "moda trapecio" de los años sesenta le quedaba bien...
--No sé si es así, pero siempre estuve a la moda...

¿Y ahora en qué anda, Anita?
--Ahora estoy presentando esta nueva edición de La expresión de la irrealidad. Hasta fin de año estaré al frente del Instituto de Filología. Es la segunda vez que dirijo el Instituto y esta vez ya van más de quince años. La sucesión ya no es problema mío. Yo ya estoy cansada de tanta burocracia. Voy a seguir viniendo pero como investigadora. Ahora quiero recopilar todos mis estudios sobre Cortázar: el Cuaderno de Bitácora y todos los artículos para armar un libro. Y me siguen pidiendo que arme un libro sobre la literatura fantástica porque siempre se acuerdan de aquel artículo en el que critiqué a Todorov. Así que me dedicaré a armar esos dos libros.

¿Y después?
--Después... Veremos.



martes, 3 de abril de 2012

Géneros íntimos




























(¡Gracias, Laura!)


lunes, 2 de abril de 2012

Contarlo desde marzo

por Mario Weinfeld para Página/12

Las dictaduras prolongadas pueden llegar a parecer eternas (al menos para quienes las sufren). Impenetrables como un bloque de cemento. Pero un día se resquebrajan. Ese día, de ordinario, no surge de milagro ni de improviso: el deterioro es progresivo, pero no siempre se percibe. De pronto, por así decir, lo sólido se muestra vulnerable, se cuartea. Así ocurrió, casi textualmente, con el Muro de Berlín, que sirve de ejemplo y de parábola al efecto. Así parece haber sido en las revoluciones de los países árabes ocurridas recientemente. La dictadura que arrasó con la Argentina se cuarteó el 30 de marzo de 1982, cuando una multitud la desafió en las calles, se movilizó tras una consigna sencilla y básica: “Paz, pan y trabajo”. El avance popular se hizo grito en estrofas que se venían coreando (cada vez con más adhesiones y menos pruritos) en las canchas de fútbol: “Se va a acabar/ se va a acabar/ la dictadura militar”. Cuando muchos creen que se puede acabar, sacuden sus temores y exponen sus cuerpos al efecto, es el comienzo del fin.
El 30 de marzo la dictadura empezó a caer. Reprimió ferozmente, pero los manifestantes no cejaban. Hubo un muerto, Dalmiro Flores, imposible reconstruir la cantidad de heridos. Columnas organizadas, militantes sueltos que recobraban viejas prácticas, jóvenes que hacían su bautismo de lucha tratando de llegar a la Plaza de Mayo, ¿dónde si no?
Hay un dato siempre ilustrativo para “leer” una movilización realizada en un día laborable, enfrentando carros de asalto, gases y perros: ver qué hacen quienes no participan. No hablamos de “la minoría silenciosa” o de la opinión pública, sino de las miles de personas de a pie que, de movida, son testigos presenciales. Los que estaban en la pura calle, en oficinas, en bares, en la zona que va desde Tribunales a la Plaza, el epicentro de la represión. “Los demás” eran muy mayoritariamente solidarios con los que más se jugaban: aplaudían, daban una mano o acercaban una botella de agua, abrían una puerta generosa para darle una aliviada a un prófugo, asistían a los golpeados. Puteaban (fuerte o por lo bajo, según su temperamento o su coraje) a “los milicos”, los que gobernaban y los que reprimían a su propio pueblo.
El célebre 2 de abril, es consabido, llegó tres días después. La decisión del desembarco, comentan los historiadores buceando en la turbia información dictatorial, estaba tomada antes. Como fuera, empíricamente ocurrió pocas horas después, cuando muchos manifestantes seguían presos, incluyendo a Saúl Ubaldini, que despuntaba como protagonista de los años venideros.
¿Pudo haber 2 de abril sin 30 de marzo? Es una hipótesis probable. En la tozuda realidad, que pesa más, no lo hubo. También es evidente que Malvinas fue una decisión de la Junta Militar para contrarrestar el deterioro de la dictadura. La fantasía de la “cría del Proceso” (una fuerza política democrática que la perpetuara, como pudo lograr más adelante el pinochetismo) se diluía. Hay otro factor esencial, que describe bien el juez Daniel Rafecas en su más que recomendable libro Historia de la solución final: uno de los objetivos estratégicos de todo genocidio es garantizar la impunidad futura. Para las mentes pensantes de la dictadura (que las tenía y por eso duró lo que duró y consiguió varios de sus objetivos) debía ser notorio que la impunidad se le escurría entre los dedos.
Malvinas fue, pues, un intento de relegitimación, tal su matriz, su objetivo estratégico principal. Escindirlo de otros aspectos es un ejercicio conceptual posible, quién le dice necesario, pero imperfecto desde el vamos.

la nota completa, acá.


domingo, 1 de abril de 2012

León Ferrari, la experiencia exterior

por Daniel Link para Malba 
 
La obra de León Ferrari es muy conocida en el panorama de la plástica contemporánea, en el país y fuera de él. Ha estado rodeada, en varias ocasiones, de un escándalo sino previsto, seguramente merecido que, sin embargo, lejos de iluminar mejor las tensiones en las que se instala, parece oscurecerlas.
Los tópicos de la iconoclastia1, en las que el “escándalo” encuentra sus fundamentos (adhesión o rechazo) han puesto a Ferrari en el aparente lugar del destructor de imágenes, cuando su obra apunta precisamente a lo contrario: a la producción de imágenes, al pensamiento sobre la imagen, a la transformación de la imagen (en sus fundamentos teóricos, en sus efectos políticos); nunca, jamás, a su olvido.
Lo poco que de iconoclasta puede haber en la obra de alguien que ha insistido en la necesidad de considerar incluso a la escritura como imagen (es decir: no como la mera transcripción del habla, sino como un soporte de sentido por propio derecho, a medida que se desarrollan el ritmo y el tono del trazo y la inscripción), en todo caso, es una crítica de la idolatría (la adoración de una imagen en lugar de la deidad, que se supone el Icono representa).
La idolatría es tiempo perdido, de modo que hay que rechazarla tan terminantemente como en su momento lo hizo Marcel Proust: hay que recobrar el tiempo perdido, dice la obra de León Ferrari, cuya temática obsesiva es el Tiempo, los Tiempos (el tiempo del Apocalipsis y el de la Revolución; el tiempo del arte y el de la deyección, el Fin de los Tiempos, la Historia)2.
Más allá de la semioclastia con la que generalmente se la identifica, la iconoclasia, en el sentido de crítica de la idolatría, supone una preocupación (terca, irrenunciable) por la verdad, algo en lo que, sin dudas, se reconoce el arte de Ferrari, y una reflexión sobre el Tiempo/ los Tiempos (si hay verdad en el arte, es una verdad del Tiempo).
La obra de Ferrari, que desprecia los íconos y su cultivo (y por eso se reconoce antes en relación con el dominio de la imagen que con el dominio del arte3, preso de la idolatría tal vez más insidiosa) es, por lo tanto, necesariamente iconoclasta porque redefine la Imagen (no tanto el sistema de la imagen, sino la potencia de la imagen, su fuerza), necesaria para acceder a su verdad, que es verdad del Tiempo/ de los Tiempos.
Las obras reunidas en esta exhibición, que forman parte de dos series realizadas por León Ferrari a lo largo de tres décadas y hasta ahora sólo parcialmente conocidas, nos piden que orientemos nuestro examen en esa dirección, precisamente porque no son agitprop, son arte. No protestan por los males del mundo, sino que brindan testimonio de un cierto temblor en esos bordes o fisuras en los que la Ley se declara ausente, porque la cultura misma se ha desbaratado al chocar con otra placa que le ofrece resistencia (Oriente y Occidente, lo visual y lo táctil, etc.). Por lo mismo, su horizonte de reconocimiento no se agota en el alucinado mundito del arte. Hacen del Mundo y de las imágenes del Mundo su campo de experiencia.

(...)
 
En la perspectiva de Ferrari, hay un epílogo del final de la historia (del Tiempo, de los Tiempos, del Juicio) donde la humanidad se conserva como “resto” desprejuiciado (“desjuiciado”, lamentablemente, no existe en nuestra lengua) en las formas del erotismo, la risa, el júbilo ante la muerte, el arte. Las obras de Ferrari son esas marcas que han herido el papel (se trate de su mano, de una paloma o de un instrumento para trazar palabras en braille), que han subrayado frases, que han aislado fragmentos de su contexto y los han puesto a circular en una maquinación extranjera, exterior (que vuelve exterior los interioriores), que no es ya propia ni ajena sino un campo de iridiscencia sin centro y sin orillas, ese momento el que otra escritura (la escritura del Otro) acierta a escribir fragmentos de nuestra propia vida: en suma, cuando se produce una co-existencia de elementos disyuntivos.

El texto completo, acá.

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1 “—Quizás Dios puso el material en su camino para distraerlo de su obsesión iconoclasta. ¿Ya terminó con eso? ——No. Porque todavía quedan muchos creyentes a los que convencer”. Entrevista de Fernando García a León Ferrari en Clarín (Buenos Aires: domingo 17 de diciembre de 2006). Puede leerse en: http://edant.clarin.com/diario/2006/12/17/sociedad/s-06015.htm.
2 Sé que hay sólo una manera de relacionar los nombres de Marcel Proust y de León Ferrari, y es el camino de la Verdad, el camino de Gilles Deleuze, cuyas pistas sigo (en cuyas pistas, derrapo).
3 Desde el principio, hasta hoy. “Ignoro el valor de esas piezas. Lo único que le pido al arte es que me ayude a decir lo que pienso con la mayor claridad posible, a inventar los signos plásticos y críticos que me permitan condenar la barbarie de occidente; es posible que alguien me demuestre que esto no es arte; no tendría ningún problema, no cambiaría de camino, me limitaría a cambiarle de nombre: tacharía arte y lo llamaría política o cualquier cosa”, declaró a propósito del “escándalo” por La civlización occidental y cristiana, y “—Bueno, la Bienal de San Pablo tiene el gran mérito de poner lo estético en un segundo plano. No era una muestra de objetos sino de propuestas del medio artístico a problemas de la vida”. op.cit., nota 1.