domingo, 5 de diciembre de 2010
La museificación del gusto propio
Ni la tilinguería de quienes las llevan a cabo consigue arruinar del todo las buenas ideas. Hace unos meses fue presentada en sociedad la “Milla de los Museos”, un corredor de turismo cultural que asocia los museos comprendidos entre Retiro y Figueroa Alcorta y Salguero (donde está situado el Museo de Arte Latinoamericano, institución privada formada a partir de la Colección Constantini).
Se trata de 15 museos públicos y privados situados a lo largo de aproximadamente cuarenta cuadras en la zona norte de la ciudad, que pueden recorrerse en un bus turístico, a pie o en bicicleta. Como cualquiera sabe, una milla equivale a 1,60 kms., de modo que la designación, lejos de ser descriptiva, se revela como un capricho de los funcionarios municipales, que habrán considerado un alarde de fineza la utilización de una medida de longitud tan ajena a los usos corrientes en nuestro país.
El desliz terminológico no arruina la iniciativa, que bien podría haber usado esa vieja medida itineraria colonial, la legua, que cubre con mayor precisión los aproximadamente cuatro kilómetros que una persona puede cubrir en una hora (la legua romana y la francesa medían 4,44 kms.; la legua castellana, 5,57 kms.).
Si me detengo en estas precisiones es porque al sur de Retiro queda un territorio museológico de poco más de 5 kms. (desde la novísima Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat, en Puerto Madero, hasta la Fundación Proa, en el corazón de La Boca), que podría adoptar la más precisa (y más criolla) denominación La Legua de los Museos (y que incluiría, en su justo medio, al Museo de Arte Moderno de la Ciudad de Buenos Aires, próximo a ser reinagurado después de los años que demandó su ampliación, al Museo del Cine, que sufrió idéntica suerte, las salas del CCEBA en el Padelai, y a tantos otros). Que lo que tiende al norte se llame milla y lo que tiende al sur se llame legua podría servir para disimular la ignorancia o el rechazo de nuestras tradiciones al transformarlos en una necesidad topográfica.
Detengámonos en el comienzo de esa hipotética Legua, la calle Olga Cossettini Nº 141, en el desangelado barrio de Puerto Madero.
El edificio que alberga la Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat fue diseñado especialmente por el estudio de arquitectura Rafael Viñoly Arquitects PC (aunque, hacia el final, hubo desavenencias entre la Sra. Lacroze y el arquitecto uruguayo). Construido en el Dique 4, el elegante edificio destina 3.000 m2, en cuatro niveles, a la exhibición de la colección reunida a lo largo de los años por esa generosa seguidora de las tendencias hegemónicas del arte universal y curadora principal (junto con un equipo de asesores cuyos nombres jamás fueron revelados, tal vez para proteger su identidad de los evidentes desatinos del montaje).
El recorrido lleva, en ese orden y desde el acceso en planta baja, al primer subsuelo, al segundo, al piso primero y al piso segundo, donde se suceden sin orden ni concierto “salas” que llevan nombres como “Sala familiar”, “El paisaje, la ciudad y la tradición. Siglos XIX y XX”, “Arte internacional”, “El espíritu de la modernidad”, “Figuraciones I”, “Figuraciones II”, “Abstracciones y nuevas formas de la figuración”, “Antonio Berni”, “Raúl Soldi” y “Objetos de la colección”. Yo le hubiera agregado al final el borgeano “Dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello”, como para subrayar el presupuesto de que “no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural” que parece deducirse de una semejante mezcolanza de criterios, o su subordinación al voluptuoso capricho del gusto o de la propiedad (que tal vez sean lo mismo: el “gusto propio”).
La Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat debería ser un orgullo para la Ciudad de Buenos Aires, que puede exhibir una delicadísima escena veneciana (levemente deteriorada) de Turner, junto con otras maravillas (dos Petorutti, ocho Xul Solar, seis Berni, incluida la imprescindible instalación La Difunta Correa, un Brueghel deslumbrante) y algunas abominaciones como la “Tacita con fruta” (1990) pergeñada por el Maestro Ernesto Sábato, que hubiera encontrado su lugar natural junto con los relieves, las máscaras y los mosaicos que se amontonan en la sección “Objetos (perdidos) de la colección”.
Lo mismo que hemos señalado respecto de la “Milla de los Museos” obliga a la crítica a detenerse en aquellos aspectos que opacan la presentación del arte y, en última instancia, el disfrute y la formación del paseante, que deberían ser los principios rectores de toda intervención museográfica.
No es sólo el desbarajuste categorial lo que hay que reprocharle al sistema designativo elegido por la Fundación Fortabat para exhibir una colección que, más allá del convencionalismo del gusto artístico que supone, impresiona por la cantidad y calidad de las piezas que contiene. Además de las superposiciones parciales de las etiquetas (“El paisaje, la ciudad y la tradición”, “Arte internacional”, “El espíritu de la modernidad”), no se entiende por qué el retrato de la Sra. Fortabat firmado por Andy Warhol o los exquisitos cuadros de Amalia Amoedo (la nieta menor de la coleccionista) no integran la “Sala familiar”, donde no sólo lucirían mejor sino que alabarían todavía más la gloria de una de nuestras familias patricias.
Fiel a las últimas avaras tendencias en museografía, la Colección Fortabat no dedica un solo centímetro cuadrado de sus paredes a explicar los criterios de agrupamiento de las diferentes piezas (que seguramente tampoco fueron explicitados en la única herramienta pedagógica que se ofrece al visitante, el audiotour). El efecto es desasosegante: en una sucesión sin tregua y sin pausa se suceden las piezas más disímiles (al lado del Turner, en ubicación privilegiada, un dibujo intrascendente de Klimt sobre papel), que terminan asfixiándose en los 3.000 mts. que se les destinan (El Museo de Arte Moderno dispondrá de 2.600 mts. de espacio exhibitivo; Fundación Proa, al Fondo de la Legua, distribuye sus muestras en 1.000 mts.).
Tal vez escaso para un museo, el espacio con el que cuenta la Colección Fortabat parece adecuado si, además de un ordenamiento que potenciara el valor de las piezas, se procediera a una selección un poco más criteriosa (no tiene sentido exhibir un Fader bueno y uno mediocre sólo porque la coleccionista compró los dos, y los 6 cuadros de Luis Felipe Noé no necesitan de la compañía de Rogelio Polesello y Kenneth Kemble, cuyas intervenciones no tienen ni la misma dimensión ni el mismo alcance).
Un “colección personal” es más maleable que una colección de museo, pero su pasaje de lo privado a lo público supone, sino la desaparición de la subjetividad del coleccionista, por lo menos su inscripción respecto de alguna política curatorial que ese “elefante blanco” (así designó la Sra. Fortabat a su colección cuando la inauguró) reclama a gritos, sobre todo si se pretende sostener alguna hipótesis de futuro y una intervención sobre el tramado urbano (como la que el MALBA supo construir).
sábado, 4 de diciembre de 2010
Invitación
presentación de los libros
Frágil memoria de muertos de Diego Tatián
La chica del volcán de Silvio Mattoni
Confesiones impersonales de Carlos Schilling
el 10 diciembre a las 19 hs.
Participan:
María Pía López
Anahí Mallol
Marcelo Damiani
Biblioteca Nacional,
Agüero 2502, Bs. As.
Antropología forense
Por Daniel Link para Perfil
A esta altura del año, nuestras gatas ya no quieren volver más del campo. Cada vez que las traemos a casa, los lunes, se la pasan chillando durante el viaje (lo que puede ser parte de la natural aversión felina a los traslados) y, después, durante dos o tres días, nos hacen sentir su disgusto con quejas de todo tenor. El campo es para ellas pura aventura y entrega total al embotamiento propio del mundo animal y nos arrastran, dominantes como son, a compartir con ellas su predilección por los bichos y los ciclos de la vida y de la muerte con los que entablan una relación mucho más natural que nosotros.
Hace dos fines de semana, mientras regaba al atardecer la parte delantera del jardín (porque hace cuatro meses que no llueve y el pasto y las plantas sufren las consecuencias) descubrí que había en la esquina una patrulla policial estacionada. Cerré el portón de entrada con candado porque creí que estaban persiguiendo a alguno de los cacos de la zona y temí que, incapaces de traducir del latín el letrero “Cave Canem” (“Cuidado con el perro”) que acabamos de incorporar a la fachada, los ladrones buscaran refugio en nuestra casa.
Mi hipótesis no podía estar más desencaminada. Me enteré luego de que los agentes del orden habían sido convocados por un vecino alarmado, quien había descubierto, en el baldío donde se deposita la basura del barrio entero para su recolección intermitente, huesos humanos semicalcinados.
Entendimos que la patrulla policial esperaba la intervención de la justicia, que habría de llegar en cualquier momento con sus cuadros de policías científicos especialmente formados, y nos preparamos para brindar testimonio (no sabíamos nada, pero ellos no podían saberlo, y considerábamos seguro que vendrían a interrogarnos, por lo que interrumpimos nuestras ocupaciones y nos cambiamos para esperar con la respetabilidad del caso a los sabuesos y a los canales de noticias escabrosas a los que habíamos alertado).
La noche cayó sobre nosotros con su pesadumbre habitual mientras desestimábamos hipótesis (efedrina, violencia doméstica), los perros se retiraron a sus aposentos y las gatas, que empezaron a tener frío, nos reclamaron dentro de la casa.
A la mañana siguiente, la patrulla policial ya no estaba (alguien dijo haberlos visto llevarse algunos huesos) y nuestra lucha contra la naturaleza (la sequía, los yuyos, las alimañas) y contra la deficiente infraestructura urbana que sostiene al barrio continuó con sus ritmos habituales.
El lunes pasado, cuando llegó el camión de la basura enviado por la Municipalidad de General Rodríguez a llevarse las inmundicias que nuestro pobrerío produce regularmente, notamos que, para evitarse la limpieza del terreno que los perros hambrientos de la zona suelen transformar en un chiquero, los recolectores estaban prendiendo fuego a las montañitas de basura que habían armado.
Hecha un basilisco, mi mamá salió a increparlos: “no pagamos nuestros impuestos para que nos obliguen a vivir en una quema”, les dijo, y les reprochó que no hubieran advertido la transformación del basurero en un crematorio humano a cielo abierto.
A esa altura del partido yo creía que los tan mentados restos no habían sido nunca humanos y que sólo la fantasía y las ansias de protagonismo habían llevado a los vecinos a conclusiones totalmente equivocadas porque, de otro modo, algún tipo de investigación debía de haberse producido. Contra mi previsión, los recolectores contestaron la acusación materna diciéndole “¡Pero si esos huesos eran viejos!”, con lo que, al mismo tiempo, daban por cierta la escabrosa especie que había ocupado nuestra atención y demostraban una incomprensible indiferencia en relación con esa vida truncada (una mujer o un niño, por el tamaño del cráneo o del fémur).
Ebria de deseos sino de justicia al menos de verdad, mi mamá prometió acusarlos de “complicidad en el hecho” y armó inmediatamente una comisión barrial que se apersonó en el palacio municipal de General Rodríguez para quejarse de muchas cosas pero, sobre todo, del hecho de que nos estuvieran tirando muertos en la esquina sin que a nadie pareciera importarle demasiado. El funcionario entrevistado aseguró que la causa estaba radicada en un juzgado de Luján, aconsejó la presentación de un petitorio que explicitara el conjunto de reclamos vecinales y prometió hacer lo que estuviera a su alcance, con un tonito que se parecía al “Bueno, bueno” con el que intentamos morigerar el humor depresivo de nuestras gatas, cada vez que vuelven a la ciudad.viernes, 3 de diciembre de 2010
Opinión pública
Por supuesto, un video semejante puede producirse en cualquier lugar del mundo donde haya gente dispuesta a hacer monigotadas ante una cámara, y los resultados serían igual de deprimentes. Pero en estos días de estupideces reveladas (entre las que puede haber alguna verdad, porque nada es tan estúpido como la verdad), vaya este saludo a los hermanos del norte, que andan, como la reina de Corazones, pidiendo la cabeza de Bradley Manning y de Julian Assange...
jueves, 2 de diciembre de 2010
¿Quién te viste?
Las de cocina siempre nos resultaron poco interesantes porque el resultado final depende, tratándose de comida, del olor y del gusto, que son sentidos imposibles de transmitir a la audiencia. Las de baile me aburren mortalmente y las competencias de modelos carecen de todo otro interés que comprobar la degradación del género humano. ¿En qué invertir nuestros 6 megas?
La casualidad puso ante nuestros ojos la versión latinoamericana de Project Runway, cuyas dudosas imitaciones nos recordaron la versión original conducida por la incomparable y casi siempre embarazada Heidi Klum, que supimos seguir allá lejos y hace tiempo, cuando existía People & Arts. ¿Por qué dejaron de dar ese show? Ciertamente, las decisiones del jurado podían ser discutibles pero, en todo caso, siempre recaían sobre las mismas cosas observables para cualquier espectador.
Bajamos las temporadas 6, 7 y 8 que, vistas de corrido, sin las transiciones entre un capítulo y otro y sin publicidades, llevan la duración de cada episodio a poco menos de cuarenta minutos (que, de todos modos, siguen siendo tal vez demasiados). La temporada 6 se trasladó a Los Ángeles, la revista marie claire reemplazó a Elle, y todo siguió más o menos igual, de la mano de Heidi (flaca), jurados invitados de mucho renombre y el imprescindible Tim Gunn. En la temporada 7, Heidi volvió con la cocina llena de humo negro a Nueva York, donde aparentemente se siente más cómoda.
El show es bastante módico en la exhibición de todo lo que no sea trabajo, trabajo, trabajo. Pero a esta altura del partido, alguno de los ganadores previos ya debería haber triunfado en el universo del fashion, cosa que aparentemente no ha sucedido, lo que, en última instancia, le quita credibilidad a la premisa principal de Project Runway. La octava temporada (con un inverosímil corte de pelo que nada favorece a Heidi), a diferencia de las anteriores, abunda en chismeríos, complots, participantes en pugna... Ya me quejé y pedí que vuelva al cable. Auf Wiedersehen...
miércoles, 1 de diciembre de 2010
El best seller del verano
por María Moreno para Las12
Lástima que los que conocen el pasado en obra de María Pía López no podamos leer No tengo tiempo como el alumbramiento que anuncia y, en el cambio abrupto de género –del ensayo a la novela, no de ella, es necesario aclararlo a causa de los tiempos que corren– se llegue a desconocer a la autora en donde todavía está y se intente reconocerla en donde ella ya es otra. Sin embargo en No tengo tiempo permanecen todavía como personajes los papeles nacionales y del marxismo en clave latinoamericana pero también un flamante arte de la injuria y de las blasfemia como si el ensayo fuera el Doctor Merengue y la novela su otro yo, a condición de que ese “otro yo” no se considere el verdadero sino el inconsciente (el inconsciente tampoco es la verdad, pero su irrupción pone alguna en juego).
Cabe, sin embargo, sospechar lo que María Pía López ha ganado en este pasaje: el ensayo, aunque se proponga maldito y desestabilizador, no deja jamás de sostener un bien, mientras que en la novela –me acerco el oportuno graffiti lacaniano– no hay otro bien que el bien decir.
No tengo tiempo es una novela excepcional. Basta: la laudatio es mucho más difícil que la diatriba, la descalificación, el bochazo.
El texto completo, acá.
martes, 30 de noviembre de 2010
Práctica impura
Programador invitado de diciembre: Edgardo Cozarinsky
Presentación
Programar el cine del Malba durante un mes es un placer y un desafío.
Me importa menos reiterar algunos títulos que hacerlos dialogar con otros poco vistos. ¿Qué pasa con Cabeza de palo de Baca si va al lado de La secta del trébol de Soffici? ¿Qué pasa con
Hombres de mar de Ford si roza Agua de Chen?
Lo único que le pedí a Peña cuando me hizo el regalo de esta invitación es que hubiese un film argentino cada día. Creo, más que en cualquier otra cosa, en el diálogo, en la contaminación de
lo que es distinto y no renuncia a su diferencia; siempre detesté lo puro: el arte puro, la naturaleza pura, la raza pura. Así como la gente más hermosa es la mestiza en algún punto de su historia genética, el arte más vivo, más generoso y seminal es el impuro.
Y el cine sigue siendo la práctica artística impura por excelencia.
Edgardo Cozarinsky
Jueves 2
14:00 Pampa bárbara, de Lucas Demare y Hugo Fregonese
16:00 Dios y el Diablo en la tierra del sol, de Glauber Rocha
18:10 Lady Macbeth en Siberia, de Andrzej Wajda
20:10 Gilda, de Charles Vidor
Viernes 3
14:00 El sheik, de Federico Fellini
16:00 Cuatro Corazones, de Enrique S. Discépolo y Carlos Schlieper.
Sábado 4
14:00 La regla del juego, de Jean Renoir
16:10 El eclipse, de Michelangelo Antonioni
18:20 The Players vs. Ángeles Caídos, de Alberto Fischerman
Domingo 5
14:00 Vampyr, de Carl T. Dreyer
15:15 Monobloc, de Luis Ortega
17:00 Viaje sentimental, de Verónica Chen
18:15 Apuntes para una biografía imaginaria, de Edgardo Cozarinsky
Jueves 9
14:00 Apenas un delincuente, de Hugo Fregonese
16:00 Noches sin lunas ni soles, de José Martínez Suárez
18:00 Tres rostros para el miedo, de Michael Powell
20:00 Freaks, de Tod Browning
22:00 El extraviado, de Peter Lorre
Viernes 10
14:00 Canciones para después de una guerra, de Basilio M. Patino
16:00 La infancia de Iván, de Andrei Tarkovski
18:00 El sur, de Víctor Erice
20:00 Afrodita, de Luis Moglia Barth + MV
21:30 La caja de Pandora, de G. W. Pabst + MV
Sábado 11
14:00 Lola, de Jacques Demy
16:00 Fatalidad, de Josef von Sternberg
18:00 La marquesa de O., de Eric Rohmer
20:00 Más allá del olvido, de Hugo del Carril
22:00 Los amantes del Círculo Polar, de Julio Medem
Domingo 12
14:00 El fantasma del convento, de Fernando de Fuentes
15:20 Ugetsu, de Kenji Mizoguchi
17:00 Viaje sentimental, de Verónica Chen
18:15 Apuntes para una biografía imaginaria, de Edgardo Cozarinsky
20:00 Codicia, de Erich von Stroheim + MV
Jueves 16
14:00 Noche de circo, de Ingmar Bergman
16:00 Cuatro Corazones, de Enrique S. Discépolo y Carlos Schlieper.
18:00 Ciudad dorada, de John Huston
Viernes 17
14:00 El extraviado, de Peter Lorre
16:00 Tierra en trance, de Glauber Rocha
18:10 La quimera de los héroes, de Daniel Rosenfeld
Sábado 18
14:00 El secuestrador, de Leopoldo Torre Nilsson
16:00 Fata Morgana, de Werner Herzog
17:30 Japón, de Carlos Reygadas
20:00 Madre e hijo, de Alexander Sokurov
22:00 Días de ira, de Carl T. Dreyer
Domingo 19
14:00 Los venerables todos, de Manuel Antin
15:30 El secuestrador, de Leopoldo Torre Nilsson
17:00 Viaje sentimental, de Verónica Chen
18:15 Apuntes para una biografía imaginaria, de Edgardo Cozarinsky
19:30 Cabeza de palo, de Ernesto Baca
21:00 La secta del trébol, de Mario Soffici
Jueves 23
14:00 Fatalidad, de Josef von Sternberg
16:00 La gran ilusión, de Jean Renoir
18:00 La secta del trébol, de Mario Soffici
20:00 Los muelles de Nueva York, de Josef von Sternberg + MV
22:00 El pan nuestro de cada día, de F. W. Murnau + MV
Domingo 26
13:00 Hombres de mar, de John Ford
15:00 Agua, de Verónica Chen
17:00 Viaje sentimental, de Verónica Chen
18:15 Apuntes para una biografía imaginaria, de Edgardo Cozarinsky
19:30 Al morir la noche, de C. Crichton, R. Hamer, B. Dearden y A. Cavalcanti
21:30 Vampyr, de Carl T. Dreyer
Jueves 30
16:00 Pampa bárbara, de Lucas Demare y Hugo Fregonese
18:00 Dios y el Diablo en la tierra del sol, de Glauber Rocha
20:00 Japón, de Carlos Reygadas
22:30 Fata Morgana, de Werner Herzog
lunes, 29 de noviembre de 2010
Punto de juntura
Thure von Uexküll (Mendoza, 1949)
Hace unos días, comentaba con una amiga directora de teatro el conjunto de reglas que, mucho más allá de mi deseo, me impiden ver ciertas películas y me obligan a ver otras: según una regla, tengo que ver todas las películas en las que actúa Cate Blanchet; según otra, no puedo ver ninguna película en la que actúe Leonardo Di Caprio. La lista es larguísima e incluye, además de nombres propios, categorías (“monjas”, “asesinos seriales”, “mafiosos”) y lenguajes (“francés”, “coreano”).
Estupefacta, mi amiga consideró que mi repertorio de reglas (totalmente asistemáticas, como corresponde, y muchas veces imposibles de ser cumplidas: El aviador) suponían una “actitud religiosa”. Me negué a aceptar su desencaminada hipótesis, porque sé que, en todo caso, se trataría de una “actitud ética” (las reglas sólo son válidas para mí y carecen de todo afán imperialista o universalizante). Y lo que está en juego en mi repertorio de reglas nada tiene que ver con ninguna categoría trascendental sino con la inmanencia absoluta, eso que reconocemos como “una vida” (la mía propia). Algo parecido le sucede a Chus Lampreave en Mujeres al borde de un ataque de nervios, cuando dice: “ya me gustaría a mí mentir, pero eso es lo malo de las Testigas, que no podemos, si no...aquí iba a estar yo”.
Parafraseo: Si lo que yo soy, o más bien “mi vida”, no respondiera a un repertorio de reglas, “aquí iba a estar yo”, interrogando la vida en la literatura o la literatura en la vida, de acuerdo con la amable sugerencia de los organizadores de esta mesa*.
*
He dicho “vida”, he dicho “lenguajes” y he dicho “reglas”. Podría haber dicho también “juegos de lenguaje”, para poner precisamente de relieve que hablar un lenguaje forma parte de una actividad o de una forma de vida. Como el lenguaje es pura falta (falta en su lugar) y, por eso mismo, una pura potencia de desidentificación, será siempre difícil establecer correlaciones entre juegos de lenguaje y formas de vida sino es, precisamente, en relación con un proyecto ético según el cual la vida y la literatura, entendidas en su inmanencia absoluta, son un continuo de materia viviente, una “forma-de-vida” portadora última de la soberanía.
No tanto un arte que transgreda las reglas de la enunciación, sino un arte que las identifique allí donde se emplazan, donde trazan el arco mágico de lo decible y lo indecible, del murmullo y del silencio. La regla no delimita tanto una manera de vivir sino una vida inseparable de su forma. Tomar a la vida desnuda separada de su forma, en su abyección, por un principio superior (la soberanía o lo sagrado) es el límite del pensamiento de la transgresión, lo que lo vuelve inservible para nosotros: una vida desprovista de su forma se vuelve objeto de recodificaciones cada vez más abstractas en identidades jurídico-sociales (el elector, el trabajador por cuenta propia, el periodista, el estudiante, el seropositivo, el travestido, la estrella del porno, el padre, la mujer).
¿Me permitirán que relea en alta voz un poema de Juanele que plantea el alcance de una ética semejante?
Fui al río...
Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.
Regresaba
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!
¿Qué le costaba entender al poeta, Juanele? ¿No dice que no hay distancia entre el río y él, entre la materia de la tierra y su propio cuerpo? ¿No es esa epoché de la distancia, esa inmersión en la potencia de la autoctonía (no “mi tierra, sino “La Tierra”) el satori que ilumina el regreso? ¿No hay en la repetición final “me atravesaba un río, me atravesaba un río” como un éxtasis de lo que fluye (el propio cuerpo) hacia la nada? ¿Y no es ese ritornello el mejor homenaje a la materia viviente indivisible, a la forma de vida: esa renuncia al ser, ese abandono de la angustia humana en favor de las orillas trémulas de señas a la hora en que las brujas salen a barrer el cielo con sus escobas espolvoreadas con carbones molidos, con materia estelar?
¿Tendremos que recurrir a la palabra de los sabios para comprender lo que los poetas han sabido desde siempre y para siempre, que “No sólo el arte no espera al hombre para comenzar, sino que podemos preguntarnos si el arte aparece alguna vez en el hombre, salvo en condiciones tardías y artificiales”.[1]?
¿ No se deja leer, en ese misticismo juaneliano, una solución al enigma (Esfinge, Sibila) del fin de la historia y la supervivencia (cierta supervivencia) de lo viviente más allá de ese umbral de transformación de las cosas y desaparición de los sujetos? ¿No era Silvio Mattoni quien decía que
[l]a respuesta a esas preguntas que no tienen principio, la única pregunta sin origen porque genera al mismo tiempo la palabra y su muerte, el animal y su silencio, los sonidos impronunciables del agua o el aire, esa respuesta, decíamos, no puede ser una cosa ni un nombre[2]?
En otro poema (“Colinas, colinas...”), Juanele augura un mañana:
(…)
Otro será el paisaje mañana en las mismas líneas puras.
Cantará con un múltiple canto entre las casas próximas con mesas,
ah, seguras y con libros y músicas.
Como de la noche de su alma del sueño de los campos el hombre
extraerá toda la maravilla.
No más dividido, no, con el hermano, ni consigo mismo, ni con la
tierra, el hombre.
Uno consigo mismo y con el mundo para crearse sin fin en la gracia
más alta de la criatura,
y sonreír al rostro cejante de la sombra.
El poema (la “obra”) establece un nudo borromeo con la canción de la tierra y lo viviente entendido como una materia contínua. Y ahí, en esas incrustaciones, el imperativo ético del “no más dividido, no, con el hermano, ni consigo mismo, ni con la tierra, el hombre”. Esa proclama de indivisibilidad y hermanamiento es lo que Juanele escucha que la tierra canta y dice, aquí, allí, por todas partes, desde siempre. No un “mínimo de eticidad”[3], sino una ética total que sólo puede sobrevivir bajo la forma de una sensibilidad delirante (al mismo tiempo la tentación más terrible y la amiga más amorosa del poeta) en un más allá de los límites, en una exterioridad radical, un afuera donde la Tierra y la literatura hacen pliegue con la propia vida (y con la propia muerte).
¿No aludía a eso mismo Carlos Astrada en una fascinante lectura de Rilke, donde argumenta que
para Rilke, la única manera de existir auténticamente, o sea, de un modo personal, intransferible, es ahondar en la muerte propia, a la que se pliega la vida propia como el vestido al cuerpo, adoptando su forma. El cuerpo lleva el vestido, y este delata en cada pliegue la recóndita dinámica de lo que cubre y vela. Vivimos y existimos desde nuestra muerte propia, y ésta late y crece en nosotros. Ella nos pide que le seamos fieles, que con la pulpa y la sangre de nuestra vida (…) le demos plena realidad en cada uno de los instantes de vigilia telúrica de nuestra existencia”[4]?
Esa “vigilia telúrica de nuestra existencia” constituye el meollo mismo de la mística rilkeana y juaneliana. Sabemos ya de sobra que la “forma-de-vida define una vida en la cual sus procesos, actos y modos jamás son simplemente hechos sino siempre y antes que nada, posibilidades de vida, siempre y antes que nada, potencias y es precisamente ese punto de juntura entre naturaleza y cultura donde comienza y termina, nace y muere, lo literario.
*"La literatura y la vida", en el marco del IV Congreso Internacional de Letras organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
[1] Deleuze, Gilles y Guattari, Felix. Mille plateaux. Paris, Les Editions de Minuit, 1980, pág. 394.
[2] Mattoni, Silvio. “Preguntas a la alegría”, La voz del interior on line (Córdoba, Argentina: 3 de
setiembre de 2003). www.lavoz.com.ar/2003/0903/suplementos/cultura/nota187219_1.htm
[3] “Aproximación a la Obra de Juan L. Ortiz” , Cero, 3-4 (Buenos Aires: 1965), p. 12. Citado por Muschietti, Delfina. “Juan L. Ortiz, barroco de la levedad”, Hispanic Poetry Review, 5: 2 (Texas A&M University, USA: diciembre 2003)
[4] Astrada, Carlos. “La muerte propia”, La Nación (Buenos Aires: 14 de abril de 1940). Agradezco a Raúl Antelo esta referencia preciosa.
La decadencia del imperio americano
WikiLeaks reveló 250.000 documentos secretos del Departamento de Estado, entre ellos la "inquietud" de Washington sobre CFK. Detalles de un escándalo global
domingo, 28 de noviembre de 2010
Dicen que...
por Daniel Molina para Perfil Cultura
“Formas de vida” es el título de la nueva muestra de retratos fotográficos del argentino Sebastián Freire (1973) que se presenta en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Todos los personajes fotografiados son conocidos del mundo cultural argentino. A pesar del amplio abanico de profesiones, estilos y edades, el artista consiguió que cada una de las personas muestre, casi descarnadamente, su propio mundo, haciendo que veamos más allá de lo evidente.
Desde que existe documentación histórica se habla de relaciones sexuales entre varones, pero la idea de que esas prácticas producen una identidad determinada (“homosexual”) recién surge en 1869. A partir de entonces, el homosexual va a ser el objeto mudo del escarnio y la violencia social. Antes incluso de saber qué es ser homosexual, el niño injuriado descubre que su grupo social lo rechaza. Como dice Didier Eribon: “El insulto me hace saber que soy una persona distinta de las demás, que no soy normal” (Reflexiones sobre la cuestión gay). En ese contexto, dar la cara –ofrecerse a la mirada del otro– nunca fue sencillo. Ni siquiera ahora, que el contexto cultural argentino (con ley de matrimonio igualitario) permite una vida más relajada que la que era habitual para un homosexual hasta hace apenas unos años. Signo de esa exposición pública son las fotos que Sebastián Freire presenta en la muestra titulada Formas de vida.
En esta muestra, Freire presenta retratos de heterosexuales (los menos), de gays, lesbianas, travestis, trans e intersex. Son fotografías que fueron publicadas en distintas producciones del suplemento Soy, del diario Página/12. Influenciado por las corrientes queer de hace veinte años, este suplemento (que, desde afuera, muchos denominan “gay”) no se autodefine como homosexual sino que trata de poner en cuestión –de manera contradictoria y poco clara, a veces– la idea de identidad sexual. Esa pluralidad editorial se refleja en la diversidad de rostros que ven en esta muestra.
Como estas imágenes acompañaron reportajes y notas, todos los retratados son personajes conocidos en el mundo cultural. Hay escritores: Leopoldo Brizuela, Daniel Link, Raúl Escari, Sylvia Molloy, Juan José Sebreli, Fernando Noy. Gente de la TV, el teatro o el cine, como Albertina Carri, Pepito Cibrián Campoy, Klaudia con K, Oggi Junco, José María Muscari, Lía Crucet, Alejandro Tantanián, Cristián Trincado, Mosquito Sancineto. Militantes y teóricos Glttbi, como Lohana Berkins, Judith Buttler, Ilse Fukova o Marlene Wayar. También gente del mundo de la moda o de la pornografía: Bruno Bordas, Martín Churba, Pablo Ramírez y varios otros, hasta completar una lista de cuarenta.
Se pueden tomar mil fotografías y no conseguir una sola que muestre algo que valga la pena mirar. No hay un mundo “objetivo” allí afuera: es la mirada del fotógrafo la que construye lo que se observa en la foto. Freire ha logrado expresar eso de manera contundente: sus imágenes dan cuenta, de un solo golpe de ojo, de la singularidad de cada modelo. A pesar del amplio abanico de profesiones, estilos y edades, el artista consiguió que cada una de las personas retratadas muestre, casi descarnadamente, su mundo propio.
Silvia Molloy nació para abrazar a ese gato. Leopoldo Brizuela vive debajo de ese paraguas. Fernando Noy surge, cual Venus cimarrona, de un cortinado. Raúl Escari es así: ese cruce de piernas, ese gesto, esa luz, esa mano. Bruno Bordas parece rezar un rosario antes de una fellatio. Naty Menstrual y Maiamar toman el té todas las tardes en Las Violetas. Hay una empatía en la imagen que hace de cada personaje el protagonista perfecto de la historia que nos cuenta.
En estas fotos, Sebastián Freire no muestra un estilo. Carecer de estilo es un lujo que pocos (y en pocas ocasiones) se pueden permitir. Es uno de los límites del arte. En esta muestra (la más madura de todas las que ha realizado), Freire se permitió ese desborde. Es ese exceso el que le permite mirar a cada retratado hasta más allá de lo visible y develar lo que de otra manera no podríamos ver. Bajo esa mirada enamorada, cada uno de los retratados se ve único y especial, como si el mundo se hubiera hecho para que cada uno de ellos fuera feliz.
Formas de vida
Centro Cultural Rector Ricardo Rojas, Corrientes 2038.
De lunes a sábados, de 9 a 20 hs.
Hasta el 30 de noviembre.
Entrada gratuita.
sábado, 27 de noviembre de 2010
Rutas argentinas
Participo de los ideales de una generación formada en la “religión de la obra pública”: mis excursiones escolares me llevaron a visitar acerías, plantas nucleares, centrales hidroeléctricas y todo aquello que contribuyera, siquiera imaginariamente, a sostener la grandeza de una nación.
De modo que mi percepción de la realidad está flitrada por esos aprendizajes infantiles: me emocionan las vías de comunicación, los diques, los centros de producción y distribución energética. Soy como un Fausto criollo y, aunque soy consciente de las limitaciones de una perspectiva semejante, no dejo de notar los “progresos” con los que me cruzo.
Me gusta viajar por Argentina en auto. Me permite hacerme una idea más cabal del “interior”, sus anhelos y sus imposibilidades. He estado, en las últimas semanas, en General Villegas, Santa Fe, Paraná, Coronel Pringles.
No debería generalizar, pero lo hago: da la impresión de que la “obra pública”, ese motor de las economías, no se distribuye regularmente entre las provincias. En Rosario, debimos sufrir la pesadilla (amortiguada porque uno es capaz de imaginar un futuro mejor cuando la obra esté terminada) de atravesar una ampliación de la autopista de circunvalación de la ciudad. En Santa Fe, estaban duplicando los carriles que conectan con el túnel subfluvial.
En cambio, la conexión de la autovía de la ruta 3 (San Miguel del Monte-Cañuelas) con la autopista Ezeiza-Cañuelas es un desastre incomprensible: son sólo 7 kilómetros y medio que deberían, a esta altura del partido, estar integrados al sistema de autopistas de altísima circulación de la zona, que la desidia de los gobernantes ha transformado en un campo de batalla. Y el tramo de ruta 226 que une la capital del cemento con Coronel Pringles está, desde hace cuatro años, abandonada a la erosión natural (eso sí, peaje incluido). La imprescindible autopista Presidente Perón (continuación de la autopista del Buen Ayre), que esperamos desde hace diez años, todavía espera fecha de realización.
No sé quiénes son los responsables de inequidades semejantes, pero es raro que lo que en un lado puede hacerse, en otro no.
viernes, 26 de noviembre de 2010
Invitación
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Beatriz Viterbo Editora invita a la presentación del libro | |
| El efecto Libertella | |
Compilador Marcelo Damiani Escriben Marcelo Damiani, César Aira, Ricardo Strafacce, Damián Tabarovsky, Laura Estrin, Ariadna Castellarnau, Jeremy Munday, Martín Kohan, Maximiliano Crespi, Martín Arias, Raúl Antelo, Ariel Idez, Alan Pauls, Tamara Kamenszain. | |
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| Palabras a cargo de Rafael Cippolini La cita es el sábado 27 de noviembre a las 19 horas en el bar Varela Varelita. Scalabrini Ortiz y Paraguay · Ciudad Autónoma de Buenos Aires | |
| Beatriz Viterbo Editora tel (+54+341) 425 6909 · mail info@beatrizviterbo.com.ar · web www.beatrizviterbo.com.ar Rosario · Argentina Prensa Guadalupe Salomón · (+54+11) 4952 1740 / 153 258 8501 · lupes99@hotmail.com Buenos Aires · Argentina | |
Doble de mega
Por supuesto, sabemos que en Argentina existe una oferta de 20 megas, pero no es para consumo domiciliario, de modo que volvimos de las velocidades del capitalismo del norte como quien vuelve a los ejes de su carreta (además, nos habían dicho que nuestro proveedor de Internet tenía los días contados).
Pocos días después de nuestro regreso, nuestro servicio de televisión por cable nos anotició de que no sólo no habría de desaparecer la empresa que nos provee de conexión fibrosa sino que, para mejor contenernos, podíamos acceder a 6 megas (¡el doble de lo que teníamos!). Ni cortos ni perezosos contratamos de inmediato el servicio. ¿Para qué? Muy bien no sabemos, todavía, pero por lo pronto ahora podemos bajar lo que nos plazca mientras (¡multitasking!) seguimos enviando correos electrónicos y mirando videos en youtube sin que colapsen las computadoras que usamos.
Ya veremos qué saldrá de bueno de todo esto, pero queríamos velocidad brasileira. Y la tenemos. ¡Qué se creen esos patasucias!
jueves, 25 de noviembre de 2010
Gratitud
Gracias aroma
azul,
fogata
encelo.
Gracias pelo
caballo
mandarino.
Gracias pudor
turquesa
embrujo
vela,
llamarada
quietud
azar
delirio.
Gracias a los racimos
a la tarde,
a la sed
al fervor
a las arrugas,
al silencio
a los senos
a la noche,
a la danza
a la lumbre
a la espesura.
Muchas gracias al humo
a los microbios,
al despertar
al cuerno
a la belleza,
a la esponja
a la duda
a la semilla
a la sangre
a los toros
a la siesta.
Gracias por la ebriedad,
por la vagancia,
por el aire
la piel
las alamedas,
por el absurdo de hoy
y de mañana,
desazón
avidez
calma
alegría,
nostalgia
desamor
ceniza
llanto.
Gracias a lo que nace,
a lo que muere,
a las uñas
las alas
las hormigas,
los reflejos
el viento
la rompiente,
el olvido
los granos
la locura.
Muchas gracias gusano.
Gracias huevo.
Gracias fango,
sonido.
Gracias piedra.
Muchas gracias por todo.
Muchas gracias.
Oliverio Girondo,
agradecido.
martes, 23 de noviembre de 2010
lunes, 22 de noviembre de 2010
Big Brother
Una noche, por ejemplo, vueltos de la cena, sintonizamos ese canal, ya adictos a su buchonería. Y vimos que regresaban a su casa de la calle Stegmann, con paso perezoso, Arturo Carrera, Chiquita Gramajo y dos amigos franceses que los visitaban.
Como se daba la circunstancia de que varios artistas de distintas disciplinas y escuelas teatrales estuvieran de visita en la localidad, ideamos una intervención urbana: ante cada cámara sucedería un episodio de sociabilidad urbana: enfrente del Banco Nación, a una anciana le robarían la cartera; en un recoveco de la Asociación Española se entrevería a un hombre mayor practicándole sexo oral a un joven poeta; frente al Hotel Pringles, un hombre tirado en el suelo (¿mendigo, herido, enfermo?) pediría ayuda a los indiferentes paseantes que con él se cruzaran; una joven pareja se pelearía ferozmente frente a la cámara del Palacio Municipal...
La sincronización era un aspecto importante, porque las imágenes no duraban más que diez segundos y entre una y otra emisión en tiempo real había treinta segundos durante los cuales no tenía mayor sentido que nada sucediera, si es que queríamos aprovechar el dispositivo ánóptico que se nos presentaba de regalo, pero con los teléfonos celulares que cada uno tenía consigo alcanzaba para eso.
Además de una filmación y el registro fotográfico de la experiencia, se grabaría la emisión del canal 22 de cable.
sábado, 20 de noviembre de 2010
Conducta en los velorios (3)
Y buah... esta gente no da puntada sin hilo... y hasta de un velorio hacen un casting...
(Gracias, Diego)
Yo fui un muerto vivo
Por Daniel Link para Perfil
Me pasa una vez al año, por lo general en primavera o verano: me dominan una fiebres locas, sin razón aparente, que me hacen castañetear los dientes, temblar, gruñir, transpirar hasta la deshidratación cuando la fiebre baja y devorar todo cuanto me ponen sobre la bandeja: paquetes enteros de galletitas, fuentes ahítas de fideos con manteca, kilos de arroz con huevo frito y bidones de sopa (la dieta de mi enfermedad).
Ya no voy al médico porque nunca sé muy bien qué responder cuando me interrogan sobre las posibles causas y, como me dejan “en observación”, abandonado a mi suerte en una camilla de una guardia, la “investigación científica” es peor que la enfermedad.
Yo, de todos modos, ya sé lo que pasa: durante esos dos o tres días de fiebre me he transformado en un muerto vivo (quiero decir, me comporto como tal: gruño y devoro, tiemblo y ataco, huelo mal y apenas si puedo caminar para ir al baño. De abrir puertas, ni hablar).
En el fondo, todos los estados de enfermedad se relacionan con situaciones de pérdida radical de humanidad. La tuberculosis (la palidez, la transformación nocturna, la hiperestesia, el sabor metálico de la sangre en la boca), lo sabemos, es como un devenir vampiro. ¿Y no es la indisposición mensual del hombre ligada a los ciclos de la luna (sobre la cual la ciencia ha escrito poco y nada) como un devenir lobo o lobizón?
Como el ser humano no puede tolerar la muerte, inventó las religiones (es decir, los mitos). Como, además, vive mal su enfermedad (que nunca es propiamente “suya”, sino del mundo, que por la vía de la enfermedad lo captura y lo aniquila), pone a la literatura en ese lugar de malestar donde los átomos de vida se conectan con formas nuevas, con una potencia que transforma el malestar en un pueblo nuevo o en una raza de mestizos.
El mundo es el conjunto de síntomas que atan la enfermedad al hombre. Y la escritura es eso que transforma la enfermedad en salud, es una iniciativa de salud, una posibilidad de vida.
¿Deliro de fiebre? No: vengo a advertirles que nosotros, los muertos vivos (Dead Set, TheWalking Dead ), dominaremos el mundo.



