Anoche mirábamos con J. y A. el libro de Augusto C. Ferrari, Cuadros, panoramas, fotografías e Iglesias, editado por su hijo, León Ferrari (cuya muestra retrospectiva acaba de ser reabierta), cuando S. se desmayó en el baño con un ruido de planeta que se sale de su órbita y se desmorona en el vacío infinito del Infierno.
Una vez que rescatamos al atónito fotógrafo del baño (había caído con todo su peso contra la puerta, lo que dificultó la operación de socorro), pudimos volver a la mesa a comentar la relación nada casual entre un artista dedicado al arte eclesiástico académico (Augusto) y un hijo (León) acusado de blasfemo por la Iglesia. No se puede ser ingenuo al respecto, aún cuando cualquiera determinación mecánica resultaría absurda.
El libro, como bien señaló Luis Felipe Noé, es extraordinario, excéntrico y, sobre todo, de una modernidad que pone en crisis toda noción preconcebida (de modernidad, de experimentación, de autonomía, etc.).
El retorno de la conversación literaria
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Creo que si hay algo que falta en las redes sociales es la posibilidad de
sostener un intercambio con los otros... Todo tan esquemático, superficial
y ef...
Hace 2 días.

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