sábado, 5 de mayo de 2012

¡Y Péguele Fuerte!



La Presidenta nombró al frente del directorio a Miguel Galuccio, un ingeniero experto en exploración




El nombre y el número

Por Daniel Link para Perfil

Mi consultorio online de interpretación de sueños se desbarranca aceleradamente. Es que la realidad (mi clave única de interpretación) se ha vuelto ella misma psicótica, y se me vuelve casi imposible atribuir un resto diurno a una imagen cualquiera.
Cierto taxista me comentó su sueño en el que le pegaban muy fuerte. Le recordé la vieja reclame setentista de YPF: “Y Péguele Fuerte, dele con todo”. Pero como le mandé un vínculo de La Nación donde se hablaba de “confiscación” y no de “soberanía hidrocarburífera”, se negó a pagar mis honorarios y me tildó de “gorilink”. Me hice cargo de mi error y le pedí disculpas, porque yo soy partidario del cuidado de nuestros escasos recursos naturales, pero al mismo tiempo le expliqué que la expulsión de la vieja Europa del negocio petrolífero no significa soberanía alguna, sino un mero cambio de explotador. ¡Para qué! Hizo correr la noticia para que nadie, nunca más, me permitiera subir a su taxi.
No fue eso lo peor, sino mi entredicho con las asociaciones de transexuales y travestis, a propósito de la Ley de Género en la que hemos depositado tantas expectativas últimamente. Yo interpreté un sueño de una renombrada travesti en el cual le tatuaban un número indeleble. Me pareció que el sueño aludía a la portabilidad numérica de los números de celulares (ese trámite imposible que casi nadie consigue terminar con éxito) y se me acuso de transfóbico por ignorar la cruda realidad de un sistema jurídico que condena a las identidades flotantes a un mismo nombre y a un género, para siempre. Me ofusqué ante tal acusación: no es mi culpa que en un país, al mismo tiempo, se discuta una ley que volatiliza las identidas y se aplique otra que las fija, numéricamente. Así no se puede trabajar.

jueves, 3 de mayo de 2012

Violencia o erotismo

por Gabriela Bejerman para la Feria del Libro

Violencia o erotismo

Erótica es la lengua que lasciva lame, infringe y fricciona el verbo dentífrico. Se estira, tira del frenillo que no logra del todo frenarla, refrenarla y cortajea sus escamas, sus filamentos ágiles, hilos delgados que pueden siempre alargarse más, un poco más, un poco más.

Si la lengua no es erótica pero su materia sí, ¡qué violencia! Esa sí que duele. Porque una lengua seca que habla de lascivia ejerce a contrapelo su contraste y vuelve su materia carne putrefacta, carne que no duele, ni lastima, ni siente suerte alguna de placer. Es carne quirúrgica, cortada con lenguas de tijera. Y sobre un asfalto sin afán está tendida, sin arder, sin calor, sin moverse.

La lengua podrá cortajearse en su búsqueda violenta de placer, pero seguirá la senda del goce, si palpa. Sin embargo, un ascético lenguaje no puede tocar el placer de la carne ni tampoco su dolor. Esa frígida verborragia que utiliza la materia erótica como un experimento, esa sí que duele, tan instrumental.

Entre el placer y el dolor, en las aristas, en los bordes, surfea la lengua ambigua, coqueteando con los lados que se tocan para ser. Poética y escurridiza, objeto de deseo, pura tentación, huye para que tras ella corramos deletreando cada sílaba, líquida, cada letra en el papel que se dilata. Palabra ungüento que fricciona la piel y las heridas, que dibuja cicatrices en su flameante, en su intrépido viaje por los poros, receptivos y calientes.

Pero una lengua fría que no palpa, que no toca, que analiza y determina, es violenta, no se atiene a su materia, contra ella acciona, de su tentación se guarda y es así como lastima. Lastima sin un ápice de amor.

Prefiero el dolor estrellado, prefiero puntas de metal latente que lentamente hincan sus colmillos en la sangre. Prefiero que frote hasta arder y no que no toque, que no duela, que no arda entre los dedos del ácido placer. 



























miércoles, 2 de mayo de 2012

¡Otra denuncia estremecedora!


"En general los gobernantes no quieren ser criticados", aseguró la protagonista de La Dueña, en referencia a las críticas que recibió en los años de gobierno kirchnerista


lunes, 30 de abril de 2012

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sábado, 28 de abril de 2012

Lunario sentimental

por Daniel Link para Perfil


Pocas experiencias estéticas tan extraordinarias como las que Edgardo Cozarinsky nos viene regalando en los últimos tiempos con sus libros y películas, “ejercicios espirituales” de los que muchas veces no se sabe bien de qué género participan, hasta dónde admiten ser considerados como “obra”, cuánto tienen de ficción y cuánto de testimonio. La grandeza de películas como Apuntes para una biografía imaginaria (2010) y, ahora, Nocturnos (2011), recién presentada en el Bafici (después de Venecia, Viena y Estambul) tiene que ver, tal vez con la radicalidad con la que suspenden esas preguntas completamente inadecuadas para interrogar la experiencia de la imagen, del nombre (de la nominación), de la memoria y el olvido, de la relación entre territorio y lenguaje, entre obra y autor, entre persona y scribens (el rastro de una vida tal como queda insinuada en un trazo de escritura).
En un texto de 1999 incluido en El pase del testigo (2001), donde recordaba la experiencia-Copi en Les escaliers du Sacré Coeur, Edgardo Cozarinsky esbozó una lógica autoral que, hasta entonces, yo no había comprendido bien del todo (a pesar de mis tenaces lecturas de Michel Foucault, Roland Barthes y Giorgio Agamben). Allí se lee: «Cuando al final saludaba, con el libreto siempre en la mano, el público comprendía que había asistido no a la puesta en escena de una obra sino a algo más raro, casi único: a la puesta en escena del autor en ese momento casi inasible en que sus personajes empiezan a desprenderse de él sin existir aún independientemente», lo que le permitía colocar a Copi en una dinastía de «flamígeros y soñadores».
En todo caso, Nocturnos participa de esas raras y casi únicas experiencias en las que no importa tanto la expresión de un sujeto sino la apertura de un espacio en el cual el sujeto que escribe (o filma, entendiendo que también una película es escritura) no termina de desaparecer y, así, la marca del autor queda sólo en la singularidad de su ausencia. Nocturnos muestra como una herida abierta que el autor es, por sobre todas las cosas, una noción ética: señala el punto en el cual una vida se juega en una obra. Eso es un autor: la aventura de un sujeto que se juega (se pone en juego) en relación con determinadas palabras y determinadas imágenes. 
Nocturnos toma algunos personajes de rancia estirpe poética (la ciudad, la noche, la luna, los enamorados impenitentes o los que sufren penas de amor). Casi la totalidad de su banda sonora está compuesta por fragmentos de poemas, desde Novalis y Hölderlin, pasando por Baudelaire, Lepera y Pizarnik (no exactamente en ese orden) sobre una partitura de Ulises Conti que quita el aliento.Para subrayar el carácter poético del experimento, Cozarinsky elige un doble (resto) diurno de su figura nocturna: en un plano casi quemado de luz matutina, Diana Bellesi, caminadora infatigable, matrona de los deltas, no dice un poema (ni propio ni ajeno) sino palabras escritas por el propio Cozarinsky.Entre los personajes hay muy poca relación, porque lo que importa no es la continuidad del relato, sino el ritmo que las imágenes establecen entre sí, el vacío que se deja leer entre escena y escena (así como entre lo vivido, lo imaginado y lo recordado).La pareja protagónica está formada por Buenos Aires (sus contradicciones: los homeless, los cartoneros, los muertos de hambre, los milongueros, los enamorados y los putañeros) y la Noche (cuya sinécdoque omnipresente es la Luna).Los demás componen las escenas apenas entrevistas de un relato que no se nos revela en su totalidad: son como fragmentos de intensidad a los que el náufrago de la noche se aferra: Esteban Lamothe brilla en todas las escenas, salvo una. Esmeralda Mitre compone con sensibilidad y precisión a una mujer cuyos llamados no son respondidos y Rita Pauls, en su sueño, es acariciada por una cámara perversa. Luis Ortega juega con un cuchillo que amorosamente desliza por su cuerpo. Y Luna Paiva (¡el nombre!) nos recuerda con tres pasos fantasmales y un primer plano antológico lo que un letrero negro, al final, subraya: el pasado no está muerto, ni siquiera ha pasado. Todo, en la danza de las imágenes que nos arrastran, tiene potencia de futuro, y por eso la carta de ruptura (escrita con letra de Cozarinsky pero con palabras ajenas) que al principio se ha quemado, vuelve a reconstituirse. Tratándose del círculo de afectos que Cozarinsky cultiva uno podría estar tentado de promover lecturas à clef, pero Proust ya nos demostró las limitaciones de ese horizonte de rumores.

 (Nocturnos en Corea)





viernes, 27 de abril de 2012

Imagen de América Latina






































La larga lista de indicios que llevan a Boudou

por Hugo Alconada Mon para La Nación

  • El director de la firma rival Boldt, Guillermo Gabella, declaró que se reunió con Núñez Carmona, quien afirmó que era "hombre de Boudou", le dijo que compraron Ciccone y le exigió la devolución de la planta.
  • Boudou le alquiló por $ 120.000 al año su departamento en Puerto Madero al socio de Vandenbroele, Fabián Carosso Donatiello, quien trabaja en un pequeño estudio jurídico en Madrid y que durante los últimos dos años sólo estuvo 37 días en la Argentina, la mayor parte del tiempo en su Rosario natal.
  • Según Vandenbroele, el alquiler de ese departamento se concretó mediante poderes, por lo que Carosso Donatiello, Boudou y Vandenbroele nunca se vieron; pero ante la Justicia nunca presentaron ese poder.
  • El verdadero inquilino de ese departamento sería el propio Vandenbroele, quien pagó las expensas y el servicio de cable Cablevisión.
  • Boudou vive en un departamento del Madero Center que pertenece a Searen SA, vinculada a London Supply, la empresa que aportó $ 1,8 millones a Vandenbroele para levantar la quiebra judicial de Ciccone.
  • Seis delegados gremiales de Ciccone declararon en Tribunales que Vandenbroele afirmó que contaba con apoyo del Gobierno para obtener nuevos contratos.
  • El director de Asuntos Jurídicos del Ministerio de Economía firmó un dictamen en el que indicó que Boudou carecía de competencia para opinar si la AFIP debía conceder una moratoria excepcionalísima a Ciccone; aun así, el entonces ministro rubricó una nota para apoyar esa ayuda.
  • Al firmar a favor de Ciccone, el 8 de noviembre de 2010, Boudou rubricó una nota única en su tipo entre más de 16.000 dictámenes previos del Ministerio de Economía.
  • En los mensajes de texto intercambiados por el juez federal Daniel Rafecas y el abogado Ignacio Danuzzo Iturraspe, éste detalla estrategias defensivas coordinadas entre Boudou, Vandenbroele y Núñez Carmona.
A la investigación judicial se sumaron, también, varias revelaciones periodísticas. Entre otras:
  • El socio minoritario en The Old Fund, la sociedad controlante de la nueva Ciccone, Sergio Gustavo Martínez, es amigo de Mar del Plata de Boudou y de su socio comercial, Núñez Carmona;
  • Martínez compró dos camionetas con un CUIT obtenido un día antes y con cheques del Banco Macro; las destinó a la precandidatura de Boudou a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
  • Uno de los accionistas decisivos de la empresa London Supply que puso $ 1,8 millones para levantar la quiebra de Ciccone, Miguel Castellano, es amigo de toda la vida en Mar del Plata de los hermanos Boudou.
  • Uno de los primeros contratos que obtuvo la nueva Ciccone fue para la impresión de las boletas para las primarias del Frente para la Victoria, con Boudou como precandidato a vicepresidente.
  • Núñez Carmona fue señalado por operarios de Ciccone como el encargado de supervisar, en la planta, la impresión de esas boletas electorales del FPV.


Feliz día del trabajador


Feria del Libro - Martes 1 de Mayo


Diálogo de escritores latinoamericanos

18:30
Violencia y erotismo: modulaciones propias 
Irene Vilar, Ercole Lissardi, Gabriela Bejerman

Coordina Daniel Link

jueves, 26 de abril de 2012

Otra emancipación, otra emancipación



























miércoles, 25 de abril de 2012

¡Otra denuncia estremecedora!


El filósofo y escritor escribió una columna en la que calificóa un sector del justicialismo como "peronismo mogólico". Quién lo denunció y qué argumentó.


martes, 24 de abril de 2012

No comerás del árbol prohibido

Yo no tuve educación religiosa, porque mis padres participaban de cultos diferentes (mi familia materna era católica; luterana mi familia paterna). Abandonaron mi formación religiosa a mi voluntad y yo, como he contado en otra parte, elegí por amor: ni una ni otra. De todos modos, siempre me llegaban rumores de las diferentes clases de religión que mis compañeros de primaria tomaban. Lo que más me llamaba la atención era que, de los diez mandamientos, apenas tres fueran positivos (“Amarás a Dios sobre todas las cosas”, “Santificarás las fiestas”, “Honrarás a tu padre y a tu madre”) y el resto fueran prohibiciones o interdicciones (“No pronunciarás el nombre de Dios en vano”, “No matarás”, “No fornicarás”, “No robarás”, “No dirás falsos testimonios ni mentirás”, “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”, “No codiciarás los bienes ajenos”.
Dios, en esas tablas (los mandamientos cambian según las religiones y los textos, pero todos se parecen a esas formulaciones), se me aparecía como una máquina censora que, por si algo se le hubiera escapado, delegaba en las figuras paternas la minucia y la prolijidad de las prohibiciones cotidianas (“no mirarás televisión antes de hacer la tarea”, “no jugarás con tus amigos a la hora de la cena”, “no te tocarás los genitales”, “no aceptarás caramelos de extraños”, “no cruzarás la calle con el semáforo en rojo”).
Todo eso, en mi infancia, se me escapaba, porque se había decidido que yo decidiera si aceptaba tal o cual canon de indicaciones negativas, pero me inquietaba esa figura severa que encontraba en el No la razón de su existencia, y que dictaba innumerables variaciones del No a sus súbditos.
Por supuesto, codicié y robé, mentí y tuve deseos impuros, pronuncié el nombre de Dios en vano y, con el tiempo, forniqué, sin haber dejado de amar la idea de Dios (eso que está por sobre todas las cosas), honrando en la medida de lo posible (y cada vez menos a medida que crecía) a mi padre y a mi madre y no santificando las fiestas, nunca jamás, ni ebrio ni dormido.
En cuanto a la prohibiciones, se me escapaba su sentido, salvo en lo que respecta al mandamiento supremo, “No matarás”. Nunca maté a nadie y todavía me domina una cierta incomodidad en relación con las muerte de los animales. No soy vegetariano, pero como poca carne, y se me recuerda todavía como un niño reconcentrado que, en la plaza, observaba la atónita marcha de las hormigas: jamás las sometí a una lupa, o eché agua en un hormiguero, ni zapatee sobre la línea de aprovisionamiento.
Podría decirse que me entregué, salvo por el “No matarás”, a una saludable ignorancia de los mandamientos y las leyes, a un anarquismo primitivo que, en mi primera juventud, confundí con un hedonismo irredento: hacer lo que me pluguiera, siempre que eso no dañara a los demás (ese era mi mandamiento soñado).
Una vez una amiga, antes de que yo tuviera ocasión de psicoanalizarme, me enfrentó con una cara de mí que me resultaba desconocida. “Vos tenés una relación neurótica con el trabajo”, me dijo Mónica Tamborenea (que estaba un poco loca, pero era inteligente y millonaria).
En efecto, yo había trabajado desde mis 16 años, un poco por necesidad y otro poco porque me parecía que era la única forma de vida posible para un ser humano. Si el trabajo, como había aprendido tardíamente, era la consecuencia del pecado, sólo se podía atravesar este valle de lágrimas trabajando sin parar. O sea: de hedonismo, en mi primera juventud, poco y nada. No es que la pasara mal, pero cualquiera que trabaja sabe que los placeres se reservan para otro momento, nunca ya, ahora.
En las palabras de Mónica reconocía un mandato terrible que me venía de mis padres. A ellos les pareció simpático que eligiera las vestiduras de mi Dios, pero me transmitieron un mandamiento feroz: “No vivirás sin trabajar” y los que de él se derivan: “No harás nada sin tener en cuenta tu futuro”, “No malgastarás tus ahorros” (el Estado, siempre, se encargó de eso por mí), “No vivirás por encima de tus ingresos”. Que haya logrado convertirme en una especie de loca millonaria que viaja por el mundo fotografiando paisajes exóticos y acumulando anécdotas se deriva de aquellas prohibiciones que nadie formuló explícitamente nunca pero que se marcaron en mis huesos.
Todavía lo recuerdo: como yo era un niño que versificaba prodigiosamente, me encargaban poemas para los actos escolares a cambio de los cuales yo obtenía beneficios a los que mis compañeros de colegio no podían aspirar (el pelo un centímetro más largo que ellos, en épocas de férreos controles peluqueriles; las ausencias a las clases de gimnasia perdonadas). Hoy interpretaría esos relajamientos de las normas en relación con mi persona como una complicidad corrupta con los poderes de turno, pero entonces yo creo que me imaginaba trabajando. Trabajaba para asegurar mi presente y mi futuro y exigía un pago por cada cosa que yo era capaz de producir.
Inadvertidamente, como siempre fui un buen alumno y un excelente trabajador, me vi implicado en una red de tolerancias, primero, y en un beneficiado por los aparatos culturales, después: empezaron a llegarme invitaciones a congresos, a dar conferencias y clases por el mundo. Cada viaje que hice (y todos saben qué poco me gusta salir de vacaciones, qué poco tolero el estar haciendo nada en alguna parte y cómo me domina el “vacío de sentido” en períodos de tiempo sin reglas) fue como parte de pago por alguna intervención laboral. Sí, tuve (tengo) una relación neurótica con el trabajo. La neurosis de Dios me atravesó de parte a parte en la forma de un mandamiento impensado que se sumaba al “No matarás”: “No harás nada que no suponga la forma trabajo, más tarde o más temprano”.
Por supuesto, ahora que lo pienso, resulta que los mandamientos bien pueden expresarse en forma negativa o positiva: “Honrarás a tu padre y a tu madre” es lo mismo que “No deshonrarás a tu padre y a tu madre” y, así, las mil pequeñas reglas de comportamiento que organizaron mi vida, aún cuando se expresaran en forma positiva, se correspondían con prohibiciones microscópicas: “No llegarás tarde” (forma negativa del “Serás puntual”) me obliga a dar vueltas a la manzana cuando el tráfico ha querido que llegara antes, demasiado temprano, o, por el contrario, me ha hecho arrojar sillas por el aire (y espuma por la boca) cuando un subterráneo me ha hecho perder quince preciosos minutos.
Mónica, Mónica, querida Mónica: no tengo una relación neurótica con el trabajo, tengo una relación neurótica con Dios (es decir con la ley): ¿a quién se le ocurre dejar que un niño pobre y provinciano se invente una religión propia o una adherencia más o menos personal a las existentes?
Ni hedonismo, ni anarquismo. Mi vida es una serie ininterrumpida de prohibiciones ridículas que me autoimpuse y que no puedo dejar de seguir una tras otra, hasta la extenuación. “No mentirás” (en mi caso: “no simularás que has leído el Finnegans Wake”), “no llegarás tarde”, “proveerás” (o, negativamente: “no abandonarás a las personas a tu cargo a su suerte”), “no faltarás a tus obligaciones laborales”, “no dejarás de cumplir cada deadline que se te imponga”), “no dejarás de pagar el monotributo”, “no adoptarás posiciones complacientes con las autoridades nacionales o municipales, universitarias o barriales, para obtener beneficios más allá del propio mérito”.
En fin, una vida aburrida como la de un anacoreta, con la salvedad de que el anacoreta no se ha dado cuenta de que lo es. “No conducirás automóviles en estado de ebriedad” (pero, en cambio: “Respetarás a tu antojo las caprichosas velocidades máximas fijadas por las autoridades”).
“No callarás” es un mandamiento fatal, cuando uno está obligado a escuchar estupideces, falacias o, porque tenemos amigos poetas, mentiras escandalosas. No puedo callarme, tengo que contestar. Me embarco en discusiones bizantinas, digo “No, no, no” cuando algo me lleva a refutar la endeblez, el capricho, la trivialidad de alguna formulación.
Pido que se me entienda: no es que yo sea “mala onda”, como se me reprocha con frecuencia, sino que estoy obligado a cumplir con un mandamiento que me prohibe callar. No soy yo el que habla sino mi observancia de una prohibición (si esa prohibición es antipática no es mi culpa: me precede en el conjunto de disposiciones de vida, siempre ha estado allí y yo sencillamente tengo que seguirla).
“No engañarse a si mismo” es un mandato terrible y agotador. ¿Hago esto por tal razón o por tal otra? ¿Al decir tal cosa, qué quiero implicar? Al prohibirme una imagen falsa de mi mismo, ¿no me obligo a la locura, a la depuración estalinista, a un autoanálisis inevitablemente viciado de paranoia?
¿Pero qué opciones me quedan? ¿No es un mandamiento de primer orden la prohibición de ignorar una regla, una vez abrazada?
Hace un tiempo, me prohibí ir al cine. Hace como cinco años que no voy al cine, salvo circunstancias excepcionales (estrenos de películas de amigos, la adecuación a una regla amorosa: “Satisfarás los deseos de tu pareja”...). Y todavía más, me prohibí incluso ver películas según la ocurrencia, el capricho o la moda. Como toda práctica, mirar películas debe someterse a reglas. El lenguaje está sujeto a reglas de todo tipo (Roland Barthes decía, por eso, que “el lenguaje es fascista”). El lenguaje cinematográfico (si tal cosa existiera), también. Pero además, el cine supone un conjunto de reglas de visibilidad. Por ejemplo: 1) yo no veo ya más películas de mafiosos. O: 2) yo veo todas las películas en las que actúa Dakota Fanning. Las reglas 1) y 2) podrían entrar en colisión, naturalmente, y en ese punto habría que considerar reglas suplementarias para decidir el difícil entuerto. Por ejemplo: 3) yo veo todas las películas en las que actúa mi amiga Cate Blanchett (que podría inclinar la balanza en una determinada dirección) o 4) yo no veo películas dirigidas por Martin Scorsese (que podría inclinarla en la otra). Arbitrarias como son, las reglas suelen, por fortuna, funcionar en cascada. Por ejemplo, la regla 4) es bastante solidaria con la siguiente: 5) yo no veo (ni aunque me paguen por ello) películas protagonizadas por Leonardo Di Caprio. Gangs of New York (2002) acumulaba tantas reglas en su contra, que todavía hoy no sé nada sobre ella (ni quiero). El aviador (2004), dirigida por Scorsese y protagonizada por “Cabeza de Chupetín”, me creó problemas: no vi la película, pero toleré las secuencias en las que aparece el personaje de Katherine Hepburn desempeñado por mi amiga. Mi sistema de reglas (prohibiciones o mandamientos) deja en claro los terrenos (pocos, lo sé) que admiten algún tipo de acuerdo. Mi regla dorada en materia cinematográfica es: 0) yo no elijo (libremente) películas para ver: sencillamente cumplo con una normativa.
Entre 1929 y 1930, un joven autor de teatro comunista, Bertolt Brecht, escribió (con música de Kurt Weill) dos operitas gemelas, opuestas y complementarias, Der Jasager y Der Neinsager (“El que dice sí” y “El que dice no”), que, en su perspectiva, debían representarse en conjunto. En ambas piezas, un maestro, tres universitarios y un muchacho atraviesan una geografía hostil para conseguir medicamentos que en su aldea no existen. El muchacho enferma y, para que no fracase la busca, sus compañeros se proponen, según la costumbre inmemorial, abandonarlo a su suerte. En Der Jasager el muchacho dice que sí (acepta su sacrificio) pero pide que lo arrojen al abismo, para evitar una muerte lenta.
En Der Neinsager, por el contrario, se rebela contra el sacrificio consuetudinario y, al desbaratar la costumbre, funda una ética, la ética brechtiana, totalmente desligada de cualquier forma de compasión o sentimentalismo. Se trata, por supuesto, de una ética (anticristiana) que estiliza cada situación y la examina de acuerdo con un manojo de funciones (el progreso, el conocimiento, la liberación, la toma de conciencia, etc.).
Yo podría refugiarme en esas piezas para decirme brechtiano, pero “No engañarse a si mismo” me hace dudar un poco. Lo único que sé es que Der Neinsager me gusta más que Der Jasager y que la gente que no se pone límites me resulta sospechosa. Prefiero discutir leyes, reglas, prohibiciones, que andar por la vida como si todo estuviera permitido.


lunes, 23 de abril de 2012

Pa.pa.panamericano


Biometría, tecnologías para el control social

por Beatriz Busaniche para Plazademayo.com


Desde el 17 de abril, toda persona que pasó por el control migratorio en aeropuertos y puertos internacionales de Argentina se encontró con la reciente implementación del sistema biométrico para la identificación de todas las personas que atraviesan la frontera.

 (vía Partido Pirata)


domingo, 22 de abril de 2012

Pa-pa-namericano

¿No cree que la expropiación haya podido influir en el ánimo de potenciales inversores?

R. No se engañe: si mañana hubiera condiciones de seguridad, van a venir las compañías americanas que ayer a la tarde festejaban la situación de Repsol. Pero, claro, le van a tener que dar una política energética distinta, con tarifas distintas, con precios de petróleo y de gas en boca de pozo distinto, y le van a tener que dar mayor seguridad jurídica o una tasa de rentabilidad muy alta. No se olvide de que los petroleros están acostumbrados a operar en países muy complicados donde trabajan con tasas de rentabilidad altísima. Pero no es que nadie va a venir.

La entrevista completa a Rodolfo Lavagna, acá.


El triunfo de Calibán

por Daniel Link para Perfil

El 21 de enero de 2002 publiqué en Radar un texto titulado “CaSerolazo” (mezcla rara de cacerola y batalla de Caseros) que, entre otras cosas, recordaba que “Argentina (país experimental como pocos dentro de ese vasto territorio experimental que se llama América Latina) fue, durante la década del noventa, el gran experimento del mundo globalizado: Experimentemos allí, deben haber pensado los estrategas norteamericanos y los europeos cuando, durante la década del noventa, entablaron una guerra económica en la cual cada proceso de privatización funcionó como una batalla”.
Ya conocemos los resultados de esas batallas, y los resultados de cada contienda: Europa (esa Europa urdida por un “marxista de derecha”, como le gustaba llamarse a si mismo a Alexandre Kojève, a quien recordábamos la semana pasada) se quedó con los teléfonos, las aguas, las redes eléctricas, Aerolíneas..., y el petróleo.
Uno diría que desde que América Latina existe como unidad imaginaria ha constituido el campo de batalla de los centuriones de la modernidad capitalista. La doctrina Monroe, en verdad ideada por el oscuro John Quincy Adams, y su Corolario Roosevelt (1904), justificaron, a partir del lema “América, para los americanos” las sucesivas y cada vez menos elegantes intervenciones norteamericanas en su área de influencia y, al mismo tiempo, el vago ideario del “panamericanismo” que, aunque hoy ya no se pronuncie, sigue operando en diferentes niveles de la geopolítica continental.
En plena guerra entre Estados Unidos y España, Rubén Darío se pronunció, en un texto titulado “El triunfo de Calibán”, contra la doctrina Monroe, contra “los búfalos de dientes de plata” y “los aborrecedores de la sangre latina”, a los que llama calibanes.
Calibán, como se sabe, es un personaje en La tempestad de Shakespeare. Grosero, primitivo, salvaje, Calibán está esclavizado por Próspero, cuyo otro sirviente, Ariel, se identifica más con lo espiritual y lo estético.
Darío identifica a los Estados Unidos con el monstruo americano (“Calibán” viene de “caníbal”, que a su vez viene de “caribe”: malas audiciones que la historia nos devuelve) y sentencia: “no puedo estar por el triunfo de Calibán”. Entre los Estados Unidos y España (que “no es el fanático curial, ni el pedantón, ni el dómine infeliz, desdeñoso de la América que no conoce”), se queda con España (“la Hija de Roma, la Hermana de Francia, la Madre de América”). Contra la doctrina Monroe, Darío enarbola la doctrina Sáenz-Peña, “el argentino cuya voz en el Congreso panamericano opuso al slang fanfarrón de Monroe una alta fórmula de grandeza continental”. “Sea la América para la humanidad”, propuso Roque Sáenz Peña en la Conferencia Internacional Americana de 1890.
La década del noventa, entonces, fue un campo de batalla que favoreció los intereses económicos de los hijos de Roma en contra de los “herreros bestiales”. La Argentina perdió casi todas sus joyas, incluyendo YPF. No tenía chances de ganar nada, porque no era propiamente una fuerza beligerante, sino el objeto de la guerra capitalista. La esfera pública (los políticos y la prensa) toleró y hasta celebró ese cambio de doctrina que hoy vuelve a ser noticia.
Argentina sigue sin chances de ganar absolutamente nada en la fase actual del sistema capitalista (Messi es su emblema). Vuelta la Sra. Fernández a los apurones de un tierno y cálido encuentro con el Calibán, somete al parlamento un apluadido proyecto que, más allá de los efectos interiores (y soy incapaz de imaginarlos, o los imagino instrascendentes), inclina la guerra global en favor del Norte panamericano (el mismo que interviene en nuestra defensa ante los tribunales internacionales, el mismo al que le obsequiamos la Ley Antiterrorista).
Toda hipótesis de acuerdo de libre comercio entre la UE ( a la que ya no ampara la impresionante imaginación y el talento de Kojève, y si es que ésta sobrevive a sus propias derrotas, lo que la vuelve un tutor ciertamente poco atractivo) y el Mercosur (esa invención en la estela de Martí y de Darío) deberá ponerse ahora entre signos de interrogación, o directamente tacharse de la agenda.
Si no hubiera exterior (si no hubiera fuerzas exteriores que nos piensan como botín de guerra), nos dejaríamos dominar por la algarabía de las figuritas patrióticas. Pero me interesa detenerme en los vientos de la historia, que nos arrastran. El mundo se transforma, y al hacerlo cruje. Lo que se oye es la transformación del mapa capitalista y lo que sorprende es el papel central que Argentina parece tener en esa metamorfosis.
La ménade de Calibán, Hillary Clinton, dijo que "Las decisiones tomadas por los diferentes países son decisiones que ellos deben justificar y deberán vivir con ellas". O sea: no nos parece mal lo que hicieron, pero no nos pidan que nosotros justifiquemos una orden de combate (en estas lides, no hay “obediencia debida”).
Por supuesto, ése es el papel que se nos pide que cumplamos: justificar, para nosotros mismos, mistificar (vivir con ello), por enésima vez, el triunfo de Calibán. No vivimos en épocas de fundación (no vivimos el tiempo de Darío), sino de integración operativa de lo disponible.
Aclardo el punto, ¡Viva YPF!, y para los cazadores de elefantes, el saludo rubeniano:  Bufe el eunuco”.



sábado, 21 de abril de 2012

El "lugar del muerto"


Las fotografías de autor de Sebastián Freire; una novela negra el la selva de Misiones; películas al márgen del BAFICI; y una muestra en honor a Gyula Kosice. 


Forma-de-vida

Por Daniel Link para Perfil

A la noche tendré que dar una clase sobre temas que requieren una perspectiva de presente e, incluso, de futuro. Pero paso todo el lunes, desde la madrugada, inmerso en un pasado viscoso que me arrastra y me saca del sueño reparador que necesitaba y que naturalmente, tendrá como resultado que mis alumnos piensen que estoy loco o drogado (o las dos cosas a la vez).
La que está loca es esa mujer desquiciada que grita y llora y cuyas destempladas recriminaciones me llegan por el pozo de ventilación al que da la ventana del dormitorio.
Siempre muy temprano, ella o su hermana (las dos viven juntas con sus hijos, abandonadas por sus maridos que se hartaron con justa causa de soportar sus arrebatos psicóticos) se trenzan en discusiones que hacen temblar las paredes del edificio (cuando no es así, el fragor del alcohol las arrastra a cantar “Seminare” o “No te enamores nunca de aquel marinero bengalí” a altas horas de la madrugada).
Esta vez una de ellas (la de voz más grave) se enfrenta con su hijo de siete años y le grita, y le grita, y le grita. “SOS UN IRRESPETUOSO TE VOY A ENCERRAR”. No lo hace, por fortuna, porque la vez que lo hizo, el niño pateo, con justa causa, la puerta hasta quedar extenuado y hasta que yo subí a amenazar a la madre con llamar al 102, Línea de Asistencia a la Infancia y la Adolescencia.
Como los gritos no cesan, aspiro hondo y grito por la ventana: “CALLATE, LOCA”. Los gritos siguen, siguen, siguen: “ME TENÉS HARTA YA VAS A VER RESPETAME SOY TU MADRE”. Repito la aspiración y, esta vez: “HACETE VER, ENFERMA”. Y entonces otro vecino hace sonar la vuvuzela con la que supone que puede imponer tranquilidad. Para qué. Ella se pone a gritar(nos): “Y VOS? HACETE VER VOS QUE HACÉS SONAR ESA CORNETA”. La estupidez de mi vecino ha aniquilado mi veredicto, la loca de la casa cree que somos el mismo y todos quedamos envueltos en una viscosa película de demencia popular. “TOCAME TIMBRE SI QUERÉS... LLAMÁ A LA POLICÍA”.
¿Qué podría yo hacer con esas vidas infames? Mejor callar, aceptar como se pueda el violento retroceso temporal que nos arroja a un conventillo lunático de la década del cuarenta. 


viernes, 20 de abril de 2012

¡Surprise!


El director del Fondo para el Hemisferio Occidental, Nicolás Eyzaguirre, aseguró que el organismo no tiene "comentarios particulares al respecto".




jueves, 19 de abril de 2012

Mejor la destrucción, el fuego


Una protesta por falta de presupuesto en un museo de Roma conmociona al mundo. Antonio Manfredi, director del Contemporary Art museum (CAM), resolvió quemar las pinturas del lugar para reclamar más fondos para cultura en medio de la crisis económica que vive Italia.


miércoles, 18 de abril de 2012

El arquero zen

Dinero y encuestas, las grandes razones
 
por Joaquín Morales Solá para La Nación

Los países del Mercosur estaban preocupados ayer por la repercusión de la decisión petrolera de Cristina en la relación con la Unión Europea. En rigor, y para decirlo con palabras directas, Cristina hizo trizas cualquier posibilidad, ya escasa de antemano, de un acuerdo de libre comercio entre la UE y el Mercosur. 

(entre tantos idiotismos, una percepción acertada)


lunes, 16 de abril de 2012

Rajá, Rajoy

La expropiación solo afecta a Repsol, según la redacción del proyecto de ley

Las participaciones de la familia argentina Eskenazi y de los fondos quedan fuera de la nacionalización

por Ramón Muñoz para El País

La expropiación del 51% del capital de YPF decidida por la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner solo afectará a la participación de Repsol, y no al resto de accionistas como la familia Eskenazy, los fondos de inversión estadounidenses o los pequeños accionistas en Bolsa.
Así se deduce de la redacción literal del proyecto de ley difundido por la cadena nacional en la intervención de Kirchner para anunciar la expropiación. En el capítulo 1, artículo 7 de ese proyecto señala: “Se declara DE utilidad pública y sujeto a expropiación el 51% del patrimonio YPF Sociedad Anónima representado por igual porcentaje de las acciones Clase D de dicha empresa pertenecientes a Repsol YPF Sociedad Anónima, subcontrolantes o controladas en forma directa o indirecta”.