-->
por Daniel Link para Perfil
¿Son mejores o peores los alumnos y
los docentes de Harvard que los de La Matanza? Por muchas razones, la
pregunta es incontestable, pero decir “Esto es Harvard, no La
Matanza”, ya sea por una pregunta mal digerida o por un
comportamiento inadecuado (las crónicas difieren en este punto, pero
me atengo a la de Página/12) es de mal gusto, insultante y,
sobre todo, irresponsable, dado que se trata de una universidad
estatal que depende, como todas, de las autoridades que rigen su
destino, en primer término, y del Estado Nacional, que les remite
fondos para su funcionamiento, en última instancia...
Digo “última instancia” y llego al
corazón de esta reflexión. El carácter profundamente reaccionario
del kirchnerismo se reconoce en el rechazo alérgico a las categorías
clásicas de la interpretación cultural marxista, dentro de las
cuales, la noción de “imaginario” ocupa un lugar incómodo pero,
al mismo tiempo, central (la categoría no debe ser escondida debajo
de la alfombra, sino revisada constantemente).
Para el kirchnerismo no hay pensamiento
(ni propio ni ajeno), no hay dimensión imaginaria (ni propia ni
ajena). Nadie se equivoca. Todos somos, sencillamente, piezas móviles
(idiotas útiles o estúpidos imberbes) en un juego incomprensible
del que participan sólo ciertos poderosos. Si alguien pregunta al
poder regente algo que éste no quiere contestar, es porque fue
mandado literalmente por los conspiradores del campo enemigo y no
porque haya una dimensión, la ideología, que haya interpelado y
moldeado esa conciencia (la tarea de la universidad no es sino
desmontar esos mecanismos ideológicos). El que pronuncia una
pregunta idiota (todos de acuerdo) está leyendo un papelito que le
pasó Lanata o un mensaje de texto que le mandó Magneto.
El retroceso que significa un
pensamiento semejante ha quedado claro con la desafortunada
referencia de la Sra. Fernández a la Universidad de la Matanza, a la
que se refirió como el otro extremo de una escala (equivocándose en
eso, como en tantas otras cosas, por pura logorrea) y la airada
defensa de sus canes cerberos que, aplicando la misma regla que ellos
aplican al campo enemigo, sólo podrían ser entendidos como peones
ciegos de un juego que no entienden.
El rector de la Universidad de la
Matanza se manifestó dolido y el Intendente del partido y no sé qué
otros obsecuentes salieron a desmentirlo y a decir que las palabras
de la Sra. Fernández, cuándo no, habían sido malinterpretadas.
No importa cuan idiotas pudieron haber
sido las preguntas formuladas por los alumnos presentes en Harvard
(cualquier docente sabe que las preguntas estudiantiles casi siempre
se formulan, legítimamente, desde el lugar de la incomprensión: un
alumno es un educando, alguien que no sabe, cuya conciencia
está en un lugar equivocado y que, por eso, estudia), pero lo que es
seguro es que respondían no a un mandato conspiracional sino a una
configuración ideológica compleja.
Simplificar el asunto como lo han hecho
los perros de palacio durante los últimos días es una forma de
soberbia peor que la que puede deducirse de las palabras de la Sra.
Fernández: la soberbia de los subalternos.
La “dorada juventud” a la que ahora
se quiere dotar de los derechos de voto, tiene esas cosas (evidentes
tanto en Harvard como en La Matanza): a menor formación teórica,
mayor permeabilidad y sujeción a la ideología dominante que, en
nuestro país, se llama Kirchnerismo, y cuyas unidades (casi todas
ellas) son nefastas: el ser viviente como consumidor, en primer
término; y es mejor reinar en una Villa que gobernar en una
República, en segundo lugar.