sábado, 28 de septiembre de 2019

Mi mundo privado

Por Daniel Link para Perfil

Según TripAdvisor he recorrido 720.780 kms que representan el 18 % del mundo. Como la mayoría de mis viajes han sido laborales, los lugares visitados se concentran en América (preponderantemente la latina) y en Europa. Me felicito, pues, de mis pocas aventuras propiamente turísticas, que ampliaron mi área de conocimiento (Turquía, Egipto, Marruecos, Cuba) que, de todos modos, sigue siendo bastante exigua.
Todo el mundo me recomienda destinos asiáticos: Tokio (“te encantaría”), etc. Pero serían viajes demasiado caros para mis cada vez más menguados ingresos. Dudo que surja alguna invitación desde esos lugares remotos o que TripaAdvisor me recompense por mis contribuciones.
Por supuesto, los lugares no son idénticos todo el tiempo. En enero próximo tengo una obligación que cumplir en Chicago, ciudad que me encanta, pero que voy a visitar por primera vez en invierno. Ya me estoy muriendo de frío, pero, aunque TripAdvisor no lo reconozca, será un lugar completamente nuevo, con sus montañas de hielo reluciente y sus temperaturas de mundo de fantasía.
En lo doméstico, mi gran déficit es el sur. Lo más lejos que he estado es Bariloche (y Puerto Montt, del otro lado de la cordillera). Tendré que conformarme con la parte del mundo que conozco y algunos antojos más que me quedan por cumplir: Manaus, Ciudad del Cabo.
De modo que lo que me quede de vida y de curiosidad no agregará demasiados kilómetros a mi territorio ni, creo, demasiadas expansiones a mi tolerancia hacia lo desconocido.
Cuando era chico me entusiasmaban los viajes al espacio, a la Luna, a Marte, que han vuelto a estar de moda ante el inminente (y parece que irreversible) proceso de destrucción planetaria. Yo recordaré apenas un 18 % del mundo pero sufriré (donde esté) la destrucción de la única tolerable totalidad: la multiplicidad de lo viviente y sus innumerables mundillos, que los microplásticos hicieron estallar.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Invenciones cubanas

Por Daniel Link para Perfil

El experimento cubano es raro, al menos en su versión actual, después de la Ley de Inversiones Extranjeras de 1995 y los lineamientos del VI Congreso del Partido Comunista de 2011.
Algunas de esas rarezas son muy cautivantes: en la televisión no hay publicidad y, además, emiten películas (vimos The Hustle) bajadas de los mismos servidores que se usan en el resto del mundo (reconocimos la versión emitida por los subtítulos en color amarillo). Todo Netflix, naturalmente, se consigue en la calle. En contra: no hay presentadores ni presentadoras de origen afrocubano.
Cuba inventó las formas superiores del capitalismo actual: Airbnb, Uber y el “coliving” existen en la isla desde mucho antes que esas aplicaciones (familias que alquilaban habitaciones en sus casas, autos que llevan a terceros por importes menores que los que cobran los taxis, paladares).
Las personas tienen una cultura general bastante sólida, pero no tienen ocasión de aplicarla. Un licenciado en estudios culturales de La Habana y un profesor de inglés de Trinidad preferían preparar desayunos porque la industria turística es, claro, más rentable. Ninguno de ellos conocía ni a Severo Sarduy ni a Reinaldo Arenas.
Como ahora disfrutan de Internet, ya sabrán qué buscar después de nuestros consejos.
La más deslumbrante fue Tanja, la conductora del cocotaxi a quien le pedimos que nos llevara a la casa de Lezama Lima. A ella no le gustaba Lezama, le parecía pesado. Especialmente Paradiso. Yo no iba a discutir eso con ella, pero le aclaré que había escrito ensayos esenciales para el pensamiento latinoamericano. “Sobre la comida”, precisó. “Era un glotón”. Tampoco le gustaba demasiado Carpentier. La consagración de la primavera tal vez, pero El recurso del método en absoluto. Para “real maravilloso” (SIC) prefería al colombiano, García Márquez.
Mencioné el Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Desvió el cocotaxi para pasar por la esquina donde estaba la casa de Fernando Ortiz, cómo no.
Le pregunté si había estudiado Letras o algo semejante. Tanja dijo que no, que ella leía porque le gustaba. Conocía al dedillo los barrios de La Habana. Y tenía frases. A la tercera vez que le dijimos “Qué raro” a algo que contaba, ella sentenció: “Aquí nada es raro, todo es increíble”.
En una playa cerca de Trinidad, vimos a una turista que practicaba topless. Le preguntamos al mozo que nos servía un pescado delicioso (cuyo nombre no recuerdo) con arroz moro si eso estaba permitido, para recibir otra “frase” como respuesta: “A ustedes se les permite todo, a nosotros no”.
La mejor fue la frase de un policía, que me hizo pagar casi con alegría la multa injusta de cuarenta dólares que me impusieron por no respetar la distancia mínima entre autos prevista por la Ley: “La policía revolucionaria no comete injusticias”.

martes, 17 de septiembre de 2019

Madame Nielsen en FILBA-Buenos Aires


Hoy ensayo general




lunes, 16 de septiembre de 2019

Ya salió mi libro de recetas de cocina





Sesenta años no es nada

por Daniel Link para Perfil

Vinimos a La Habana para celebrar los sesenta años de la Revolución, mi vida entera. La efemérides coincide con los 500 años de La Habana, una de las ciudades más viejas y más hermosas de América. La inmersión en el modo de vida de la isla fue equivalente al pasaje a un universo alternativo. Cuba tiene una historia tan específica que a partir de cierto momento (que tanto puede ser 1898 como 1959), se crearon líneas temporales divergentes. 
El Período Especial, con el colapso de los países comunistas europeos y el recrudecimiento del bloqueo económico norteamericano contribuyeron a formar este mundo paralelo tal cual es: cada cubano adulto perdió de entre un 5% a un 25% de su peso corporal durante el período 1990-1995. En 1995 se promulgó la Ley de Inversión Extranjera y el gobierno tuvo que abandonar su antipatía hacia el turismo y los vicios que conlleva. 
La economía es rarísima, y muy difícil de explicar sin dos nociones básicas: aislamiento y escasez, que son el horizonte de todos los intercambios, desde el bimonetarismo hasta las cartillas de racionamiento. La gente es pobre, pero además, no hay qué comprar. 
El cumplimiento del fin de la historia (la Revolución) vuelven al Tiempo una noción completamente ajena a nuestros hábitos perceptivos. Como la historia ya ha concluido, las personas se dedican a mirar pasar el Flujo del Tiempo, que atraviesa todas las capas de esplendor de la ciudad (la Colonial, la burguesa, la revolucionaria, que casi destruye las dos anteriores) como si fuera una masa casi tangible. 
El lugar de encuentro es el Malecón, donde todos los atardeceres los jóvenes y los más viejos se sientan de espaldas al mar, con sus caras iluminadas por la luz de sus celulares, a (ver) pasar el Tiempo. 
Pese a todos los desatinos de la Revolución (que el VI Congreso del Partido Comunista de 2011 intenta resolver) Cuba sigue siendo una realidad necesaria: el lugar de todos los sueños y pesadillas. Los americanos no pueden entender que haya un país que elija sobrevivir sin ellos. El turismo europeo recupera un sentido del coger perdido en sus monótonas sociedades y si el régimen de Caracas no tuviera otro sentido que garantizar la provisión de petróleo para la isla, con eso alcanzaría para justificarlo. Acerqué mis libros a Casa de las Américas, que también celebra sus sesenta años, como un presente a una sociedad cuya sola existencia garantiza la supervivencia de la imaginación.


sábado, 31 de agosto de 2019

Lector en trance

por Daniel Link para Perfil

Trance de Alan Pauls es un libro sobre la lectura. Pero no cualquier lectura, y por eso elige llamarse con un nombre equívoco que, en todas sus acepciones, convoca a la etimología: “pasar, ir a otro lado”. El estado de trance es tanto lo que se siente en la unión mística con alguna entidad trascendente (que podemos llamar Dios o no, habrá que preguntarle a Descartes) como el último tiempo de vida, próximo a la muerte. Un momento decisivo, en todo caso crítico (toda lectura, lo quiera o no, es crítica), incluso el estado mediúmnico de conexión con planos de existencia que por lo general nos son inaccesibles.
Todo eso es el libro Trance y hay que dejar que el lector decida cuál es el sentido que más le conviene a su propio desatino, porque leer, cada día más, es una práctica desatinada, escandalosa, llamada a irritar a quienes quedan fuera del acto de leer.
La lectura es como un rapto y por eso Trance se abre y se cierra (pese a que simula el orden del glosario) con escenas de infancia: al comienzo la propia, la del propio rapto, cuando los gitanos que habitan los libros nos sacan de la cuna, de la casa del ser, del reparo tranquilizador y de las velocidades familiares. Cuando el sentido entra en combustión por el chisporroteo de mil chispas de vida (y la lectura es eso, dice Trance), la casa está, entonces, en un borde que no es ni adentro ni afuera, que disuelve las fronteras y que transforma los territorios en zonas de tránsito y las temporalidades en capas de hojaldre. Se dice que “el casado, casa quiere”, pero...
Trance
nos dice que leer es un “vicio gratuito, benéfico, generoso”, resistente por lo tanto a toda institución, del orden más bien del abandono de si, de la indiferencia (quiero decir: indiferenciación).
Al final del libro, la escena de infancia es otra y es la misma: opone, ahora, al padre y al lector y lo que uno anhela es exactamente lo contrario de lo que el otro necesita, el “deseo ávido y sedicioso de huir de esa pieza y ser un indio, ser el indio de Kafka”.
En ese fuego del que lee hasta que se le queman los ojos la infancia (esa potencia pura donde absolutamente todo está ovillado y disponible, dispuesto a saltar, esa inmensidad de infinito flotante, esa posibilidad de expansión absoluta) se cocina lo que se puede leer aunque no haya sido escrito. “Transfusión de sangre, shock eléctrico, posesión”: ésas son las figuras que Alan convoca para volver a ese lugar que no quiere abandonar del todo: el lugar du niñe que ansía el rapto o que se apresta a la fuga. Eso es el trance y eso es la lectura para
Trance: se trata de resucitar lo infans, de conjurar su desaparición.
Hay que restituir a la lectura la dimensión de una experiencia para sacar al texto absoluto de la metafísica infantil: la infancia siempre está al borde de la muerte, es Valdemar, sostenido en trance hipnótico en un borde inaguantable. Sólo si se comprende el texto como antecedente de una vida tal o cual se percibirá su lugar en la fantasmagoría que propone. Hay dos velocidades diferentes: la lentitud de la familia y la velocidad de la fuga. La fuga es desgarro y liberación del envolvente pensamiento parental, del lento camino de la pedagogía y del no ser sino en el lugar que nos han asignado como casa (la lectura más radical que cuenta 
Trance, la de la Recherche proustiana, sucede precisamente en un borde civilizatorio y esa circunstancia contamina el texto que se lee, ya en si mismo un texto desencaminado).
El niño que lee abraza la fuga. El padre que lee mira a su niño apagarse y el lector que lo habita como un alienígena para todos los demás desconocido, disimulado detrás de unos anteojos que, por milagro del embotamiento de los otros, funciona como máscara perfecta, desea a su niño re-activado, disipando “las telarañas que le cubren los ojos” (y aquí, Trance superpone los ojos del hijo y del padre y hace que el mero pronombre “le” señale la posibilidad de ver en absoluto: al mismo tiempo la del padre y la del hijo), y le regala o le lega (después de todo, la paternidad sólo se sostiene en el gesto del legado) el deseo de fuga, de escapar de toda casa.


sábado, 24 de agosto de 2019

Potencias de la pedagogía

Por Daniel Link para Perfil

Hace tantos años cuantos me dedico a la docencia vengo predicando a mis alumnos de todos los niveles, en la cárcel, en las universidades, en los colegios: nunca contesten encuestas con la verdad. Si no les gusta mentir, usen la opción NS/ NC.
Supongo que muchos docentes harán lo mismo, y por razones obvias: ¿para qué permitir que personas por lo general viles obtengan un saber a partir de respuestas muy íntimas y muy nuestras y luego transformen ese saber en mercancía que venderán a gobiernos y partidos políticos, multinacionales y medios de comunicación? Sabemos que el saber es poder. Y que el poder siempre está en contra de aquellos sobre quienes se ejerce. Además: ¿cuánto factura una consultora por una encuesta política? Miles de dólares de los cuales ni uno solo va a parar a quienes proporcionan la fuente de saber y, en consecuencia, de poder.
Con las redes sociales pasa lo mismo: son el mal absoluto (digo cada vez que puedo). La “expresión” personal no sólo es un instrumento de control social y político: genera, una vez más, transferencia de recursos hacia sectores improductivos, manipulación y profundización de prejuicios de todo tipo.
De modo que más allá del descalabro que significa este período en el que no se sabe bien quién es quién ni cuál es su papel en una tragedia repetida hasta la farsa, me felicito (y felicito a quienes comparten mi pedagogía) por el resultado de las encuestas previas a las PASO.
Es ridículo y autohumillante que un gobierno no sepa qué piensa de él la ciudadanía y tenga que pagar una encuesta para conocer la intención de voto. ¿No es el pueblo (sea esto lo que fuere) el fundamento de nuestra soberanía? ¿No son capaces los gobernantes de conocer el humor de los electores, el grado de sufrimiento que infringen o el nivel de felicidad que sus políticas patrocinan, de gobernar para ellos? ¿No saben ni siquiera eso y llaman a lo otro “populismo”?


sábado, 17 de agosto de 2019

Poder y soberanía

por Daniel Link para Perfil

La democracia tiene grisuras a las que los argentinos no terminamos de acostumbrarnos. Queremos siempre más: pasiones incendiarias, impulsos trágicos, hýbris, abismos y cruces en caminos donde sólo hay lugar para uno, locura desatada.
El domingo por la noche y el lunes, tuvimos un poco de todo eso. El Sr. Macri se presentó públicamente en estado de psicosis. Escapado de su rol presidencial y de toda contención discursiva, apareció ante las cámaras acompañado de su can Cerbero, para decirnos que las cosas son como él las piensa y que si no se entiende eso, a joderse. Nunca la soberanía había retrocedido hasta tan atrás en el tiempo, hasta los tiempos del poder subjetivado y absoluto que no necesita de las instituciones para imponerse como tal: un derecho de sangre.
Lo que el señor Macri piensa es que la economía es global y que sólo importan las grandes empresas (la obra pública, las compañías de aviación, la minería, las empresas petroleras, los fondos de inversión, los bancos, la cotización en NYC). Para eso, naturalmente, hacen falta grandes inversores, mucho crédito, mafias organizadas, capitalismo vil, imperialismo económico y humillación política. Es una pesadilla fáustica.
Las economías domésticas, ligadas al trabajo personal y, si acaso, a la pequeña y mediana empresa, al Sr. Macri le parecen una pérdida de tiempo. Mejor es destruirlas y pasar a lo que interesa de verdad.
No hay necesariamente maldad en el asunto, pero sí fanatismo. Anteponer una idea insostenible de desarrollo (por lo inadecuada históricamente, por lo salvaje) a la posibilidad de subsistencia de la ciudadanía: ahí hay locura, hubris, impulso trágico y abismo.
No hay que ser injustos con el Sr. Macri: no es el único rey loco suelto. El de al lado, el Sr. Bolsonaro, advirtió que se viene una crisis migratoria y que ellos no van a aceptar argentinos exiliados. Señores, seamos serios: tenemos Barcelona. 

viernes, 16 de agosto de 2019

Me parece que me voy a la mierda....



Allí estaremos


lunes, 12 de agosto de 2019

sábado, 10 de agosto de 2019

Educación y democracia

Por Daniel Link para Perfil

Sin casi haber podido disfrutar el receso invernal, el segundo cuatrimestre se nos vino encima. La semana pasada comenzamos a dictar la materia Literatura del Siglo XX en el Centro Universitario Devoto, para internos que cursan la carrera de Letras, estudiantes de otras carreras o simplemente oyentes.
Para ponerme en situación, miré algunas series carcelarias, la legendaria Oz (1997-2003) y la primera temporada de El marginal en la versión de Netflix. Las dos son fantasías deliciosas que naturalmente no me prepararon bien para el curso, salvo en el hecho de que las cárceles son, para quienes no las habitan, espacios imaginarios que se llenan de los deseos de la sociedad para las cuales existen. Para El marginal no hay redención posible, y educar en ese contexto es como escupir al cielo.
Sin embargo, vamos a Devoto a refrendar un compromiso con la educación pública que en los países latinoamericanos está siendo objeto de una violencia desconocida hasta ahora, más allá de la cuestión meramente presupuestaria. Se trata lisa y llanamente de la privatización de las actividades de enseñanza, investigación y extensión.
En los últimas semanas, la prensa brasileña informó sobre un proyecto del Ministerio de Educación para reformar la "autonomía financiera" de la educación superior pública federal, allanando el camino para el cobro de mensualidades a los alumnos.
Bolsonaro y Weintraub tienen la intención de liberar al Estado de su responsabilidad como garante de la financiación de la educación superior, profundizando los recortes ya iniciados (un 30 % en mayo) y de poner fin a la carrera pública de los funcionarios federales de educación estimulando la incorporación de nuevos docentes a través del sistema de contratación privada.
Un programa como UBA XXII, que dicta carreras de grado con modalidad presencial y actividades de extensión en establecimientos del Servicio Penitenciario Federal para garantizar el acceso a la formación universitaria de personas que se encuentran privadas de su libertad ambulatoria desde hace 34 años, supone una imaginación muy diferente de la persona y de la educación de la que se puede ver en El marginal y de la que atenaza los ministerios de la derecha latinoamericana: la educación integra democráticamente.
De México a Argentina, los Consejos Universitarios repudiaron las medidas de Bolsonaro. Pero nada indica que Brasil no marque un rumbo que otros quieran seguir. En Argentina, por ejemplo, acaba de reformarse el sistema de categorización de investigadores para incorporar al beneficio de incentivos a docentes de universidades privadas y una encuestra realizada por el ex-Ministerio de Ciencia y Tecnología proponía en cada uno de sus ítems (eran más de veinte) la conveniencia de que las empresas financiaran la investigación en las universidades.

jueves, 8 de agosto de 2019

sábado, 3 de agosto de 2019

La caja boba y vil

Por Daniel Link para Perfil

Mi nieta gusta de la lectura y sabe distinguir entre libros y revistas. “Mejor libro”, dice. Y sí. Ningún fetichismo libresco, pero al menos el libro ha sido elegido y se sabe lo que contiene. Con las revistas y la televisión, en cambio, todo es territorio hostil.
La última tarde que me tocó cuidarla nos dejaron sin llave así que no pudimos salir a pasear. Me dijo “poco tele” y accedí a su pedido.
Usa la cuenta “Niños” de Netflix y allí nos zambullimos después de que ella se negara a ver la serie de animales con la que yo intentaba disuadirla de su anonadamiento en dibujos animados mediocres, sin sentido o con un sentido siniestro. Es que Nuestro planeta es bastante riguroso en la presentación del mundo natural y mi nieta ya ha desarrollado una vulgar predilección por los grandes mamíferos, especialmente los terrestres: le encantan los tigres, los elefantes, los ciervos (a los que llama “Bambi”, para mi indignación), los osos (polares, panda), las jirafas. Los insectos, batracios y la mayoría de los pájaros y peces la dejan cruelmente indiferente (yo ya le he dicho que toda vida merece idéntico respecto, pero no hay forma de torcer su gusto inducido a fuerza de peluches).
Tanto insisitió con Daniel, el tigre que lo sintonicé. Estaba en la mitad de un capítulo. Los dibujos son horribles, pero lo peor es la educación que brindan. Daniel tiene un amigo príncipe. Sus padres usan, naturalmente, corona. Detuve la reproducción y le expliqué a mi nieta que lo que estaba viendo eran un viejo disfrazado y una drag queen. Que todo el mundo tiene derecho a disfrazarse de lo que quiera pero no a ejercer soberanía subjetiva sobre los demás. “Soberanía”, repitió.
El capítulo era sobre el miedo. Y lo que enseñaban esos estupefacientes personajes era a reprimirlo. “Piensa en algo que te haga feliz, cuando tengas miedo”. Le dije a mi nieta: “No, el miedo es una pasión y, como tal, hay que atravesarla”. Hay que entregarse al miedo, sabiendo que va a pasar. Ir hasta el final del propio terror. “Daniel”, dijo ella. El capítulo siguiente marchacaba con “Recoger, limpiar y guardar / limpiar todos los días”.
Le mandé un whatsapp a mi hija quejándome de la selección. Me recomendó que cambiara por Peppa Pig. Peppa estaba en ese momento en un barco con su abuelo, que le decía que debía obedecerle en todo momento.
Simulé que el televisor había perdido potencia y nos fuimos a leer libritos.


lunes, 29 de julio de 2019

Lecturas cruzadas



sábado, 27 de julio de 2019

Mil y un marxismos

Por Daniel Link para Perfil

Lamento el lugar en el que quedó Axel Kiciloff. Es ofensivo tener que estar aclarando las virtudes teóricas del marxismo a una cuadrilla exaltada de periodistas cuasi-mafiosos. Puedo argumentar en su favor en este punto, sin que se sospeche de mí favoritismo electoral (yo no voto en provincia).
Hace bastantes años, una socióloga o politóloga norteamericana que asesoraba a Rodriguez Saa me arrinconó debajo de unos Tiépolos extraordinarios en la residencia para escritores en la que estábamos y me dijo, con mirada escandalizada, porque había googleado mi nombre y descubierto mi blog: “Usted es marxista”.
Le contesté suavemente que el marxismo era dos cosas: una teoría social del conocimiento y una teoría radical de la acción política. Yo, naturalmente, no sé pensar ni leer sin la noción (marxiana) de imaginario. Creo que nadie podría. En cuanto a la acción política, el asunto ha quedado saldado históricamente y no merece mayor comentario.
Sigo pensando eso. Uno de los tres mayores filósofos del siglo XX, Michel Foucault, escribió líneas indelebles al respecto. Criticó todo lo que pudo la teoría económica de Marx, tan decimonónica. Pero luego del 68 lo devolvió a un alto sitial: instaurador de discursividad, lo llamó. Como Freud. O sea: esos nombres crearon discursos tan poderosos que aún para negarlos, navegamos en su estela.
Alexandre Kojève había ido más lejos: se decía marxista de derecha y consideraba que era en los Estados Unidos donde el marxismo había alcanzado la perfección. Lean, che.


martes, 23 de julio de 2019

Escrito en el cuerpo


Fuente: Microsoft (Gracias, Facu).



Fuente: Xataka 

 

sábado, 20 de julio de 2019

Chongo envejecido

por Daniel Link para Perfil

El chonguito anda diciendo por ahí: “Bueno, puedes asegurar, por la forma en que camino / que adoro a las mujeres, no es momento para hablar de eso / La música está alta y las mujeres calentitas / me ningunearon desde que nací / y ahora está todo bien, está OK...”. O no lo dice, pero les, en todo caso, lo que dice la canción que suena en Fiebre del sábado por la noche (de 1977).
Aunque sea un bueno para nada y en la casa lo miren con desprecio, él ha encontrado su lugar: la pista de baile. Dice que lo forrearon (tal vez lo cagaron a patadas un poco). Desde que nació. Pero ahora la vida le da una revancha en la disco, con la música a tope y el falsete insoportable que le hace mover las caderas con una pasión que se confunde con la fiebre. ¡Qué winner! Lo imaginamos extasiados e imaginamos cosas.
Por ejemplo, que el tiempo pasa y la disco y el boliche comienzan a sentarle mal, como al macho de la canción “Malo” (2004) que canta Bebe. El “olor a tabaco sucio y a ginebra” ahora ahuyenta a las chicas y los ritmos que se bailan ya no le permiten sentirse un rey. Una chica se compadece de él. Las circunstancias los fuerzan a formar una familia para la que ninguno de los dos estaba preparado. Un hijo sigue a otro, y el rictus de desprecio va acentuándose con las semanas y los años. “Tu carita de niño guapo / Se la ha ido comiendo el tiempo por tus venas, / Y tu inseguridad machista / Se refleja cada día en mis lagrimitas”, le dice ella cuando él la mira, antes de la primera piña.
Ella aguanta los golpes porque no le queda más remedio (eso le han dicho). ¿Quién mantendrá a sus hijos? Eso sí, le pide “No grites, que los niños duermen”.
El chongo envejecido no disfruta del hogar y tampoco de la violencia doméstica que ejerce. En el fondo, no le queda más remedio. Esa fiebre del sábado por la noche sigue siendo la misma, pero ahora tiene otro espesor. Antes era mostrar qué winner era ante sus amigos, en la pista. Ahora, es mostrar a los amigos, en el bar, que el que manda en la casa es él y que a él ya no lo ningunea nadie, aunque siga viviendo en el suburbio y la vida suceda en otra parte.
Ella rumia su desesperación, para llevarla al justo punto: “Voy a volverme como el fuego / Voy a quemar tu puño de acero / Y del morao de mis mejillas saldrá el valor / Para cobrarme las heridas”.
No se trata sólo de una vida miserable fundada en la mentira en que todo está bien si uno puede ejercer el olvido un sábado por la noche, para volver el lunes con la cabeza gacha a ocupar el lugar subalterno de siempre. Esa vida fue celebrada por Fiebre del sábado por la noche, que transformó en objeto de deseo un artículo de análisis cultural-antropológico que había aparecido en 1976 en el New York Magazine titulado "Ritos tribales del nuevo sábado en la noche", firmado por Nik Cohn, donde se presentaba a la nueva generación a través de Vincent, que en la película será Tony Manero.
Vincent, en el artículo, cuenta que una vez se tuvo que quedar cuidando a la hermana y llegó tarde a la disco a encontrarse con una chica de la que creía estar enamorado. La encontró bailando con otro. “Después de eso ya nunca pude sentir lo mismo. Ni siquiera podía estar cerca de ella. No podía aguantar tocarla”. 
Ese desprecio desemboca, lógicamente, en el chongo envejecido que imagina Bebe, en una de las más eficaces intervenciones musicales contra el maltrato que esta triste época nos ha dado: “Malo, malo, malo eres / No se daña a quien se quiere, no”, “Eres débil y eres malo / y no te pienses mejor que yo ni que nadie”.
Esas dos canciones separadas por 27 años recuperan la singularidad antropológica del chonguito y su inclinación inducida a la violencia pandillera o doméstica. 
El siglo XX le había dado la voz a Vincent para que contara su pobre drama conurbano, porque en él se cifraba el abandono de una época dorada y el comienzo de algo nuevo. Este siglo le dio la voz a la mujer para que contara el mismo drama, desde el punto de vista de la víctima. No es raro que dos de los más grandes sucesos de la música disco sean: “Staying Alive” y, cantado por una mujer, “I will survive” (1978).


martes, 16 de julio de 2019

Qué buen vasallo si hubiera buen señor...

Pilar Gamboa y Elisa Carricajo en Petróleo. 



sábado, 13 de julio de 2019

Evocando a la reina plebeya de todos los reinos mestizos

por Daniel Link para Clarín Cultura

Me dicen que María Moreno ganó el Premio Iberoamericano Manuel Rojas en Chile. No me sorprende: ella merece ser coronada reina plebeya de todos los reinos de mestizos. Sobre todo porque ha desdeñado todo anhelo de pureza en relación con la escritura y ha mestizado todos los géneros posibles sin ninguna conmiseración.
Pienso en su último ensayo, Oración, sobre la figura del escritor Rodolfo Walsh, en el que encuentra el cruce de todos los caminos que su escritura ha venido transitando y el libro le permite (o más bien: la obliga a sostener) el tono justo, justo el tono que corresponde a un libro que incluye en su título la especificación “elegías políticas”.
El fin último de la palabra es la celebración, cuya forma poética específica es el himno. El término griego hymnos deriva de la aclamación ritual que se gritaba durante el matrimonio: himen. Pero desde los más antiguos registros, en los así llamados himnos homéricos, se refiere sobre todo al canto en honor a los dioses.
Después, una vez que se constató o se decidióla muerte de los dioses, el himno se confundio y se contaminó con la elegía: en la esfera de la celebración puede darse el lamento pero, sobre todo en este caso, en este libro, en el caso que este libro se pone a mirar y a escuchar, la esfera del planto, un género del duelo, y la endecha admite la celebración de lo que, por milagro, vive apenas pero vive todavía. “Epinicios en prosa” llama Moreno a la Carta a Vicky y la Carta a mis amigos, ambos de Walsh, reconociendo ese borramiento de los límites, ese umbral que nos permite sostener la comunidad de los ausentes.
Las operaciones que María Moreno realiza en Oración son muy desusadas y, al mismo tiempo, muy oportunas. Esas operaciones exceden la crítica filológica, la crónica, la entrevista, la confesión y la intervención cultural. Ésas son, tal vez, sus vías, pero las operaciones son estrictamente conceptuales, con la condición de que se entienda (subrayo) que vivir, formar esferas y pensar son expresiones diferentes para lo mismo.
Nosotros hoy sabemos que necesitábamos un libro como Oración (así como antes habíamos necesitado libros suyos como El petiso orejudo o como Black out, su autorretrato.
Como somos pobres, desconocides y, sobre todo, amigues de la regia figura, nos parece encantador que alguien más la premie.