jueves, 8 de octubre de 2009

Va lo que salió

por Graciela Goldchluk para Linkillo. Cosas mías

Tal vez podríamos ensayar una definición de literatura, tomada de la lingüística según la entendía Bajtin. La literatura, en relación con el lenguaje, podría definirse como “la palabra realmente pronunciada”. El artista, entonces, es el que puede pronunciar la palabra, una palabra. Si para eso tiene que reinventar el lenguaje como Rubén Darío o Cervantes, o Borges, o si para eso tiene que decirla contra el diccionario como Arlt, o con otro diccionario como Puig, ya son cosas más contingentes. En el caso de Bellatin, hay un juego que parece tender a vaciar, en general. Me refiero a vaciar la lengua, quitar historias, interrumpir finales, recurrir sobre anécdotas crueles, increíbles, perturbadoras, pueriles. Todo en uno y al mismo tiempo. Se podría pensar, cuando describimos sus libros, que no hay una moral en esa escritura, cuando en realidad es todo lo contrario. Bellatin milita contra la convención, pero es astuto y ha leído. Por lo tanto, y como no le queda más remedio que escribir, ha decidido concentrarse en las convenciones literarias, no las que manejan los profesores más encumbrados, sino las que están hechas carne en esa minoría democratizante y populachera que somos los pocos (en relación con la población en general) pero muchos (en relación con lo que el sentido común suele creer) que leemos literatura. De Bellatin nos entusiasma que nos dé una historia, que nos la quite, que nos haga partícipes de algunos ritos, y que nos perturbe. Un libro de Bellatin, o un texto que puede ser una sucesión de palabras o una “acción literaria” (para ensayar una definición pasajera de sus acciones no escritas) nos enseña qué cosas esperamos de la literatura: que esté escrita, que esté firmada por un autor, que nos permita identificarnos, o con lo que pasa o con quien escribe eso que pasa. Un libro de Bellatin nos permite disfrutar de otros libros y también nos permite ir a una exposición de cuadros y ubicarnos como lectores. Y nos permite también tener miedo de la palabra realmente pronunciada.
La nieta de Hellmans”, que alguna vez iba a ser otro libro que se hubiese llamado “La nieta de Gelman”, no hace más que pronunciar la palabra. Después habla de otra cosa, pero no completamente
de otra cosa. Se agradece. Bellatin no cree que tenga que hablar sobre el secuestro de bebés y su utilización como botín de guerra, pero ha visto, y no puede callarlo, que la convención acecha, que si nos dejamos disciplinar en torno de un discurso fijado corremos el riesgo de dejar de pensar. “La nieta de Hellmans” es un envío, qué hagamos con él es asunto nuestro.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

link, tú que sabes tanto sobre el pueblo germano, tienes alguna idea de quién es la que el premio nobel ganó?
de paso, sabes por qué no te la dieron a ti?

Linkillo dijo...

En ésta, como en tantas otras cosas, yo soy sartreano.

Anita Leporina dijo...

Salió muy bueno, no es nada fácil decir algo jugado sobre Bellatin.