sábado, 9 de junio de 2012

El flagelo de la droga

Por Daniel Link para Perfil

Una noche helada, tapado hasta la barbilla, escucho (sin mirar) un “debate televisivo” a propósito de la ley de despenalización del consumo de drogas. Las posiciones son, como siempre, dos (el modelo no es la guerra, donde hay sistemas de alianzas entre posiciones diversas, sino el fútbol, y no es raro que el debate suceda en un escenario acostumbrado a la discusión de las vicisitudes de los campeonatos de pelota), y los contricantes de una pobreza argumentativa que da miedo: ¿se dirá lo mismo en las cámaras parlamentarias?
De pronto, escucho una voz irreconocible que sostiene una hipótesis hasta entonces no manejada, una posición que se sale de la aprobación o el rechazo bienpensantes cuyo sentido último sería “salven al villero”. El hombre (¿quién era?, lamento no poder decirlo) dice: hay que legalizarlo todo, no sólo el consumo, también la venta.
Creo que fue Sergio Bagú, pionero de la “teoría de la dependencia”, uno de los primeros en vincular los procesos de desarrollo latinoamericanos con el mundo global, quien en un libro de una lucidez que no ha mermado un ápice, Tiempo, realidad social y conocimiento (1970), señaló que el capitalismo sólo sobrevive gracias a la existencia de una economía informal relacionada con la producción y distribución de drogas “ilegales”. O sea: en la ilegalidad del tráfico de drogas, el capitalismo encuentra su posibilidad de existencia.
Al declarar prohibidas la fabricación, venta y consumo de determinadas sustancias (desde la elegante planta de cannabis sativa hasta las drogas de diseño), el capitalismo sustrae del sistema fiscal la parte que necesita para seguir imponiendo su esquema de injusticias planetarias (razonaba Bagú, si no recuerdo mal).
Hay, por lo tanto, una relación de complicidad entre Capitalismo y Estado cuando lo que se impone es el modelo prohibicionista, cuyo objetivo último no es la salud poblacional, como esgrimen los curitas poco educados y los doctores al servicio de la salubridad pública (esa biopolítica que nos atraviesa), sino la explotación, la miseria, la infelicidad de todos y cualquiera.
Cada vez que se ha dado una batalla por la legalización de algo, el argumento es el mismo: “sería una catástrofe”. Pero la catástrofe, al autorizarse el divorcio o el matrimonio entre personas del mismo sexo, o la rectificación registral, no se produce, no se producirá nunca.
Imaginemos una ley que autorice la producción y comercialización de “sustancias” hasta ahora ilegales: marihuana, cocaína, drogas de diseño. ¿Qué pasaría?
El Estado regularía esa producción, controlaría los estándares de calidad, gravaría impositivamente la actividad (el sueño de los que sueñan con dólares que se escurren entre los dedos). El consumidor podría saber qué está comprando, el porcentaje de tetrahidrocannabinol (THC) de la marihuana que fuma, el origen de la semilla, los excipientes agregados al sobrecito de cocaína, la duración del efecto de la pastilla...
Desaparecería de golpe esa economía informal del miedo y la corrupción, los muertos arrojados en la vía pública por la guerra de carteles, desaparecerían la mafia y el flagelo de la droga.
Por supuesto, habría que desarrollar, al mismo tiempo, campañas educativas que explicaran los riesgos de la dependencia, la diferencia entre una sensación de anestesia corporal y una alucinación psicótica, en fin: los riesgos de la droga. Habría que educar.
Siempre ha habido (la etnología lo ha registrado) sociedades con chamanes y sociedades sin chamanes. El chamán representa, en las comunidades donde su función es esencial para la supervivencia del grupo, ese punto de sabiduría en relación la producción de estados alterados de conciencia (se denomina “enteogenéticos” a esos estados porque nos conectan con el dios que nos habita).
No es casual que el capitalismo, en su avance triunfal hacia su propia nada, haya aniquilado las sociedades con chamanes. El chamanismo no es una religión, y el chamán está más bien del lado de una política de la salud. En la hipótesis que manejo, el Estado adoptaría la función social del chamán.
La prohibición del consumo (o la producción, o la distribución) de tal o cual cosa (desde el alcohol hasta el éxtasis líquido) tiene sólo un fundamento religioso: esa religión se llama (desde Benjamin hasta Agamben) capitalismo.
Eso es un círculo vicioso: “salven al villero” dicen los curitas iletrados y los abogados de la derecha más vil, y lo hacen en nombre de ese gigantesco dispositivo que produce desigualdad social, exclusión, angustia y violencia.


11 comentarios:

Cebra dijo...

Ahora entiendo mejor por qué la religión es el opio de los pueblos.

Santiago Giralt dijo...

Es un texto maravilloso. Gracias por la lucidez.
Santiago Giralt

Juan Martin dijo...

Cuando priman las ideas sobre la realidad,se vive confundido y esclavizado.

Anónimo dijo...

Q lúcido, querido Maestro...
La única idea que me desarmoniza el rico estofau es: "... el Estado adoptaría la función social del chamán..." Me indigestan los Estados y sus representantes: me indignaría para siempre de mis queridos psicoactivos si los chamanes llegan a ser los aJquerosos gobernantes..Ademas, no me quiero imaginar a una Crist K. elevada al rango de chaman(a). Ya es suficiente verla divinizada por todas partes como pa que encima...naaaaaa...
mal viaje , le garanto.Besos y gracias!
Puck

Pablo dijo...

Mmm, no creo que sea tan así, digamos, hablar de drogas como si fueran caramelos.
Tal vez podríamos hacer lo mismo con las armas: que se produzcan y vendan sin restricción. Eso sí: eduquemos sobre los riesgos de las armas...

Caro dijo...

Me sumo a los alagos de lucidez y excelencia respecto de este texto.
Y le digo a Pablo que nadie está hablando de drogas como si fueran caramelos, más bien todo lo contrario, y de leer con atención se podría dar cuenta fácilmente de la profundidad con la que se trata el tema. Pero ahora, chusmeando su carta de presentación virtual (porque, ¿qué es esto sino el mejor soporte de chusmerío e intromisión en lo del otro?), me asusto un poco con sus entradas al blog y me pregunto -o afirmo- qué otra opinión puede esperarse acerca de la política de drogas de una persona que se manifiesta en contra del matrimonio gay, en contra del feminismo, en contra del uso de preservativo... uau. Aunque no debería, estoy un poco sorprendida. Me apena mucho que haya gente tan joven con tan pocas ganas de avanzar.

Caro dijo...

Ah, ahora que miro más, veo que con Pablo compartimos Filosofía del CBC, materia que cerraba la cursada con una monografía de tema libre. Yo hice sobre el lenguaje sexista en Publicidades y TV y él contra el aborto. Gracias a Daniel por ser nexo este impensable reencuentro (?)

Anónimo dijo...

Las armas y las drogas no tienen nada que ver. La justificación de la despenalización de las drogas se basa en el principio de autonomía: las personas son soberanas a propósito de las decisiones que conciernen a su cuerpo. Éste es el mismo principio al que se apela para justificar la decisión de los testigos de Jehová de no recibir tratamientos médicos incompatibles con su credo religioso. Rechazar este principio significa que podemos intervenir en el cuerpo de los demás a discreción y eso frustraría todo proyecto de comunidad pacífica.

Las armas plantean un tema que trasciende el plano de los derechos individuales porque, si el Estado es el monopolio de la violencia legítima, entonces (idealmente) las decisiones sobre las políticas de seguridad no deberían ser prerrogativas de los privados. Acá se cuelan objeciones basadas en el derecho a la legítima defensa, etc., pero con lo que señalé alcanza para justificar que la portación de armas no es una cuestión puramente "cultural".

Lo que no me gusta del artículo de Link es esta idea de que "en la ilegalidad del tráfico de drogas, el capitalismo encuentra su posibilidad de existencia". Verdaderamente disparatado.

Linkillo dijo...

Contesto aparte....

Anónimo dijo...

Link;
el otro día recordaba una charla debate hace muchos años (2001 - 2002) en la facultad de sociales. Participaba Link y Pampillo. No recuerdo el tema convocante pero sé que se discutía el canon académico de escritores argentinos lo que activó alguna rencilla atávica de Puán. Carlos Mangone (grave, grandote, trosco) estaba entre los oyentes y pidió la palabra para hacer alguna pregunta-chicana que Pampillo decidió no contestar, mientras que Link desarrolló una larga respuesta, luego de la cual le preguntó a Mangone si la respuesta lo satisfacía, a lo que el gran Mangone contestó (obviamente) que no.
Link (casi imperturbable, y melodiosamente cordobes) expresó: Vos porque sos un peleón!.

para el bronce!
saludos
iván

Linkillo dijo...

Bueno, es que Carlos en un viejo y querido amigo...