sábado, 25 de junio de 2022

El mundo proustiano

Por Daniel Link para Perfil


Una de las grandes lecciones de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust (de cuya muerte se conmemora este año su centenario) tiene que ver con la vida mundana, en relación con la vejez y, precisamente, la muerte.

Recién en El tiempo recobrado, cuando asiste a una matinée después de una larga ausencia, el narrador comprende que su mundo es un mundo donde el sentido del tiempo se pierde. En la novela el tiempo se corta, no avanza, no está vectorizado ni puede medirse cuantitativamente. Pega saltos. O se desovilla. La recuperación del tiempo le viene al narrador repentimanente (después de haber prolongado por demás su juventud, o de creerse joven más allá de toda evidencia) por la conciencia de su propia muerte, consecuencia de la contemplación de sus amigos decrépitos, convertidos ya en morituri y prácticamente irreconocibles, pero atados a los mismos hábitos de antaño.

Se deja de ir a fiestas cuando se ha completado el circuito de sentido de los signos frívolos mundanos y se comprende dolorosamente tarde la verdad de los signos del amor.

El tiempo perdido es, por lo tanto, tanto el tiempo pasado como el tiempo desperdiciado (en tantas fiestas, en tantos viajes, en tantos amores, en tantas lecturas o, agregaríamos nosotros, en tantas series de televisión). Para recuperar el tiempo hay que salirse del círculo vicioso del hábito y de los comportamientos domesticados. El mundo proustiano se reconstituye, entonces, a partir de la recuperación del (sentido del) tiempo.

Todo esto el narrador lo comprende (y nosotros con él) no por prepotencia metódica sino por azar y por coacción. El ruido de una cucharita tintineando o una baldosa floja vuelven a traer un tiempo ya vivido al presente y lo lanzan hacia el futuro: un futuro en el que todo es posible.

Para recuperar la vida en el tiempo (la única vida que merece ser vivida) En busca del tiempo perdido insiste mucho en la música, en el ritornello como soporte, algo que da una cadencia al movimiento del tiempo (y tal vez también al de la vida). Es esa música maravillosa e inexistente, la sonata de Vinteuil (y sus modelos hipotéticos, en particular la sonata de César Franck), con su insistencia nerviosa, mórbida y revuelta sobre si misma la que, desde el comienzo, señalaba la huella que había que seguir.

No porque se trate de repetir como un autómata lo que ya sucedió, lo ya vivido, sino porque se trata de dejarse arrastrar por el vértigo de aquello que, porque nos pasó, no dejó nunca de estar en nosotros, de habitarnos, aunque fuéramos incapaces de acordarnos: aquella sensación, esa lágrima, tal dicha.

En lo infinitesimal (el sabor mezclado de la magdalena y el té) se encuentra contenido el mundo entero y en un instante (en sólo un instante: ¿pero cuál, cuál?) se agazapa toda nuestra vida.

Sólo renunciando a lo que se ama (lo ya leído, lo ya visto, lo ya hecho) se puede re-hacer lo que se ama... Renunciar al mundo tal cual es (el mundo del hábito) para rehacerlo como un mundo nuevo, dichoso.

 

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