sábado, 29 de abril de 2023

Malditas máquinas

Por Daniel Link para Perfil

Hace unos meses tuve que reimprimir mi licencia de conductor. Me enteré, cuando el trámite quedó trabado, de que me habían descontado todos los puntos de mi registro por infracciones de tránsito que estaba pagando en cómodas cuotas. Tuve que tomar un curso específico para la recuperación del scoring. Un curso de psicología de la conducta que nos enseñaba qué cosa era una decisión, cómo diferenciar los aspectos subjetivos y objetivos de la percepción y otras minucias completamente ajenas a lo que yo entendía y entiendo como “conducir un vehículo”. Acepté los contenidos, rendí el examen y recuperé mis puntos.

El auto nuevo que motivó el trámite vino con mejoras tecnológicas. Por supuesto, dirección asistida, caja de cambios automática y, novedad, sensor de colisión y botón para velocidad crucero.

Me juré que no iba a superar las velocidades máximas nunca más en la vida (por las multas, por los puntos). Prácticamente no manejo en la ciudad sino sólo en autopistas. De todos modos no es fácil controlarse, porque las cámaras están instaladas exactamente en los puntos en que las velocidades cambian, de 130 a 110 o de 100 a 80 o de 80 a 60 (la razón de los cambios es conocida: se nos incluye en la misma clase del tarado que manejó borracho y se estrelló en aquella curva).

Con el nuevo auto me di cuenta de que la conducción más eficiente no era la que yo podía ejercer sino la automatizada: el control de velocidad fijado justo por debajo de la velocidad máxima. El auto incluso consume menos combustible en ese modo. Sólo me necesita como suplemento perceptivo: ver, oir, decidir cuándo hay que frenar o doblar.

Las leyes de tránsito no están hechas ya para los seres humanos sino para las máquinas, que las cumplen con gran eficiencia. Sólo aportamos al movimiento mecánico lo que la máquina todavía no sabe hacer por si misma (percibir, decidir: entendí el sesgo del curso que había tomado).

Manejar (que para mí siempre fue una experiencia ligada al placer y a la aventura) ahora me aburre y me hiere con una eficencia que anuncia mi inminente inutilidad. Soy un suplemento de una máquina que dentro de poco tendrá sus propios sueños, en los que yo seré un pasajero inerte, para mayor goce del Estado.

 

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