Por Daniel Link para Perfil18.
Un taradito de esos que ahora se llaman influencers se va a Mar del
Plata en bicicleta. La nota que lo cuenta subraya
las “muchas situaciones” de su perpecia: parar en el medio de la
ruta, comer en una estación de servicio, encontrar un lugar al
costado del camino para descansar unas horas...
La nota es más idiota que su tema. La “proeza” ya había sido
realizada previamente por tres amigos de Lomas de Zamora, que además
no pararon a dormir e hicieron el viaje de un tirón. El influencer
tardó cuatro días. Y sus aventuras coinciden un ciento por ciento
con la de cualquier viajero. Que lea Los
cuentos de Canterbury
y que vuelva en marzo.
19.
Muchos de quienes leyeron la reciente peripecia de Lío, nuestro
gato, o escucharon las versiones orales previas a su refundición
(incluida mi mamá) preguntaron cómo podía estar seguro de que el
gato asesinado era un vagabundo y no Lío, si tan iguales eran. Esa
fantasía, que no me desagrada del todo, desdeña la diferencia de
color en el pelaje pero, además, supone que el gato vagabundo se las
ingenió para convencer a las perras para que mataran al legítimo
integrante de la manada y, luego, pudo sostener la impostura de que
él era Lío (con sus caracteres personales e incluso sus desórdenes
alimentarios). Mi protesta de que esa línea narrativa estaba
condenada al fracaso fue recibida con estupor, lo que volvió a
demostrar (más allá de la política, que dice todo el tiempo lo
mismo y no queremos o no podemos hacernos cargo) que no hay círculo
de realidad que no esté dominado hoy por la demencia.
20.
A Julio Iglesias lo traicionó la doble negación. Dijo: “niego
haber abusado de ninguna mujer”. O sea que abusó de alguna.
Lingüística forense ya. ¡Un perito lingüístico no se le niega a
nadie.
21.
Cambiamos el histórico portón por uno nuevo, alto, ciego y
corredizo. Las perras se desconcertaron y entraron en depresión:
habíamos destruido su razón de ser. Antes, ladraban a todo lo que
pasara por la calle: niños, carros, caballos, motos. Ahora no ven
nada salvo lo que pueden adivinar a través del ligustro. Casi no
ladran. Se quedan tendidas a nuestro alrededor, recordando sus
antiguas correrías alrededor de los límites del terreno. Las hemos
jubilado prematuramente.
22.
Un amigo nos hizo una generosa invitación: nos cede gratuitamente su
casa y su auto en el Caribe norteamericano. Los pasajes salen
baratísimos. Aceptamos la oferta a ciegas. Días después, comienzan
las advertencias: ataques de tiburones en las playas donde se hace
snorkel (me da igual, porque no lo practico), las bases navales de
los Estados Unidos, con una avidez de sangre venezolana probada en
las últimas semanas (le pido que me averigüe a qué bar van los
marines, ávido de una experiencia del tipo Reto
al destino)
y, sobre todo, el hecho de que la isla no ofrece NADA para hacer
(leeré su biblioteca entera). Si acaso nos aburriéramos, estamos
muy cerca de Vieques y de San Juan, donde tenemos lazos que todavía
duran.
23.
La ranita célibe me indica el horario del whisky vespertino. La
llamamos así porque su croar es solitario y desesperado: es un
llamado a la reproducción que nadie contesta. No sabemos dónde vive
(pero creemos que en un cantero elevado, por la fuente sonora del
croar, que se interrumpe en cuanto nos acercamos). Hace un par de
décadas, el concierto de ranas y el espectáculo de luces de las
lucciole
eran cotidianos. Luego, el corte sistemático y semanal de pasto
alejó a los batracios (que hacen sus cuevitas en la tierra) y la
mutación antropológica apagó las bioluminscencias. Entre las
muchas cosas que le envidiamos a Liliana, una vecina que tiene casa a
dos puentes de la nuestra, hay que mencionar que ella todavía
disfruta de la danza erótica de las luciérnagas en su jardín que,
por descuidado, es todavía un ecosistema completo (vive en sus
fondos hasta un lagarto overo de gran tamaño). Eso sí, como no
riega, no tiene ranitas. Así que cuidamos la nuestra (y le
conseguiríamos pareja si supiéramos cómo) para compensar un poco.
24. Supongo que ya no volveremos a Mar
del Plata hasta marzo, si acaso. Y supongo que las vacaciones de
verdad ya se terminan. En todo caso, nuestro último día coincidió
con la visita del Sr. Milei, de la cual se enteraron pocas personas.
De hecho, la misma noche de su caravana por la calle Güemes,
estuvimos circulando, sin ningún trastorno, por la calle paralela.
Las laterales estaban todas cortadas y custodiadas por fuerzas de
seguridad preparadas para rechazar una invasión extraterrestre (que
tampoco se produjo). Lejos de los millones de seguidores alucinados
por los partidarios del paladín de la derecha rancia, el centro de
Mar del Plata se abstuvo de caer en la demencia política. Fue un
lunes más, sin penas ni glorias.