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domingo, 8 de julio de 2007

Cirujeo

Es difícil hablar con objetividad de la última novela de Matilde Sánchez, El desperdicio (Buenos Aires, Alfaguara, 296 págs., ISBN 978-987-04-0700-3). No, objetividad no es la palabra, sino "distanciamiento", distancia crítica. Empecemos, pues, por algunas constataciones evidentes, "irrefutables". La prosa de Matilde Sánchez (salvo algún que otro desliz que habrá que atribuir a correctores incompetentes y no a su atención maníaca) es, en El desperdicio, perfecta y lujosa. La sintaxis canta, a lo largo de las páginas, los ritmos que la autora ha querido sacarle al lenguaje, como el artista que hiere la piedra con tal eficacia que se nos aparece como una materia que era blanda y nadie lo sabía. Matilde canta. Pero además, su canto se demora en dificilísimas escalas, arpegios, ritornellos: Matilde canta la canción de la tierra (la tierra herida) y, como tal vez nunca antes, su prosa entrega descripciones deslumbrantes que quitan el aliento. ¿Lección de Aira? Tal vez... No en vano se lo nombra. Lo que importa, en todo caso, es que nadie (en nuestra generación) escribe tan bien como Matilde. Lo que El desperdicio cuenta es un acopio de restos (desperdicios) de una vida y una época: un tránsito de lo privado a lo público de lo que no se sabe bien si la vida contada es "ejemplar" (la consecuencia típica) del período que va desde el final de los años setenta al 2001, o si la época no es sólo el sueño de una conciencia desdichada, desaprovechada. Un círculo se cierra; no, no se cierra: un círculo vuelve sobre sí en espirales cada vez más hondos, más hendidos en el tiempo. La hija de los ganaderos de antaño marcha a la ciudad, estudia Letras, brilla, vuelve al campo, un campo ya irrreconocible, enloquecido, donde el progreso parece haber encontrado su propio límite y todo es un "asalto del pasado". El eterno retorno (que no es el retorno de lo mismo) vacía los pueblos y embrolla la demografía con hordas de nómades y cazadores de liebres, y confunde los mapas con la aparición de lagunas repentinas y sus industrias asociadas donde antes había la oda al ganado y a las mieses. La hija de los ganaderos de antaño vuelve con ironía a un granero del mundo desbaratado por los vientos de la historia ("volveremos al trueque, vas a ver"). Se enferma y muere (no revelo nada que el libro no diga ya desde el comienzo; y si lo hago qué: la literatura es una revelación, pero en un plano diferente). La protagonista de este relato intensísimo (sólo relatos intensos son los que Matilde puede escribir, una vez que su mirada de Palas enfurecida y empeñada en ganar una guerra, no sé qué guerra, ha hecho foco, como puede observarse en la llameante fotografía de solapa) es Elena (o Helen, según las épocas) Arteche.
Para nosotros, testigos de lo mismo pero incapaces de la intensidad de Matilde (de su precisión cirujana, de su obstinación gallega), se trata de Mónica Tamborenea, la amiga querida cuya risa todavía extrañamos: "Pienso ahora si cada época no tiene su modo de reír, cada generación su musiquita, sujeta a las modas igual que los pasos de baile" (pág. 283). La musiquita de Mónica, su risa como cascada y esa pelera que, en efecto, pareció siempre una de "esas típicas pelucas hirsutas de las maricas de Carnaval".
Es imposible, para nosotros (y dejo el "nosotros" envuelto en una deliberada ambigüedad), leer El desperdicio con la necesaria distancia que la literatura quiere imponer a sus feligreses. Un amigo me cuenta que no ha cesado de llorar desde la primera página hasta la última y se pregunta si no hay algo obsceno en la recuperación de la memoria de una muerta para escribir la novela de la decadencia argentina. Otra amiga me dice que tal recuerdo que tenía ella de Monica, ahora, después del libro de Matilde, se le revela falso, o tal vez distorsionado por el tiempo: ¿cómo saberlo? En todo caso, lo que se nos viene encima es un duelo y la triste pregunta de velorio: ¿Mónica, desperdició su vida? ¿O es una vida otra cosa que el desperdicio constante de las horas? Hay cursivas a lo largo del libro que se quieren el testimonio de una obra inexistente (frases sueltas anotadas en cualquier parte, cartas, correos electrónicos, recuerdos de conversaciones): "cómo era posible que nunca, con todo su talento, con el brillo que tenía para nosotros, por qué nunca en la vida había conseguido terminar un libro. Un puto libro, dije exactamente" (pág. 267). La respuesta lacónica e irrefutable de la protagonista fue: "Será que no se dieron las condiciones materiales". Hay una distancia insalvable entre lo que la narradora reconoce en la protagonista como "la energía arrolladora de su autodestrucción" y esa falta de condiciones materiales, como si en un caso y en otro, la obra y la vida no significaran lo mismo. Se hace lo que se puede y no hay voluntad que pueda oponérsele a las turbias maquinaciones de la historia. Por otro lado, ¿en qué presupuestos depositar una confianza en la "obra" (propia o ajena)? ¿De qué ignominia o qué olvido nos salva el libro? ¿Qué es la memoria sino la letra de la musiquita (sintáctica) que reconocemos como la literatura? ¿Será que, en efecto, sólo la ausencia de obra es la locura?
No es fácil hablar de la última (majestuosa, soberbia) novela de Matilde con la distancia crítica que requeriría, porque en sus circunvoluciones estamos todos implicados. En ese sentido, El desperdicio es también una crónica, una "crónica de los años deshilachados". Aquí y allí, Matilde encuentra restos. Con los desperdicios de esos años (o con esos años que fueron puro desperdicio, no potlatch, no gasto, sólo acumulación de la basura), Matilde cirujea. Recicla. Escribe. Canta.

jueves, 20 de julio de 2017

CBC

por Daniel Link para Código Frontera

Recientemente fue publicado La lectura: una vida (Ampersand 2017),  un libro donde Daniel Link* repasa su biografía a través de aquello que lo ha atravesado desde su infancia: los libros. En ese tour de force nos topamos, entre otras cosas, con su paso como profesor de la materia Semiología en el CBC, una etapa decisiva en su trabajo como docente. A continuación, con permiso del autor, les ofrecemos un fragmento del capítulo.

*

8.El Ciclo Básico Común. Leopoldo Sosa Pujato, Elvira Arnoux.

Vuelvo a 1982. Cuando yo todavía no trabajaba en Ediciones de la Flor, Delfina Muschietti comenzó a dar clases en un profesorado privado de la calle Montevideo. Entre sus compañeros de trabajo estaban Renata Rocco-Cuzzi, Elvira Arnoux, Leopoldo Sosa Pujato. Por Renata Rocco-Cuzzi (quien años después se convertiría en pariente temporaria nuestra, gracias a una relación amorosa con el hermano de Delfina, Ulicho) conocí a Mónica Tamborenea, la protagonista de la novela de Matilde Sánchez, El desperdicio, a Adriana Rodríguez Pérsico, a Raúl Antelo, A Matilde Sánchez.

(...)

 

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Ciudades imaginadas

Ciudades imaginadas.

De los universales abstractos a los particulares concretos[1]


Daniel Link

En nuestros días la idea de ciudad pareciera haberse deteriorado hasta un punto que, seguramente, era inconcebible a principios del siglo pasado. Un nuevo milenarismo se apoderó de nuestra imaginación: las grandes ciudades, aún las del Tercer Mundo, sobre todo las del Tercer Mundo, aparecieron entonces como espacios inhabitables. Se trataba de un mito conocido: el mito (y la fascinación) por las ciudades muertas. A partir de la década del ochenta del siglo pasado, imaginar el agotamiento de las ciudades tuvo implicaciones teóricas diferentes de las que podían encontrarse en los escritos de los intelectuales europeos de la década del treinta, y consecuencias políticas concretas: la cultura llamada burguesa buscaba una nueva respuesta histórica para imponer una dominación (económica, política) renovada; por eso nos pareció que la ciudad ya no era el escenario necesario para la experiencia subjetiva ni satisfacía las demandas culturales para las que estaba prevista.

La cultura que conocemos, la cultura que llamamos burguesa, se relaciona desde su comienzo mismo con la ciudad, y la forma-ciudad se ha ido modificando con el tiempo hasta convertirse en la que hoy conocemos y de la cual, en la mayoría de los casos, abominamos: las intervenciones urbanas de los últimos veinticinco años (en Buenos Aires, en Berlín, por citar sólo dos ciudades que conozco bien) parecían destinadas a destruir el entramado urbano: eliminado el umbral-ciudad ya nada podría oponerse al poder normalizador y fascistoide del Estado (de todos, de cualquier Estado) asociado con el Capital internacional.

En Buenos Aires basta con ir a caminar y observar aves en la Reserva Ecológica para darse cuenta del avance impiadoso del Imperio (Estado + Capital)[2] sobre un espacio que alguna vez se soñó “natural”: no hay prácticamente un solo rincón de ese paseo imprevisto y sin otro diseño que el del capricho, el desperdicio, el potlatch y la inercia de las fuerzas ctónicas, desde el cual no se vea el avance del ejército de las sombras: el mal absoluto ha encarnado entre nosotros en lo que se llama la Corporación Puerto Madero. Pero no hace falta tampoco llegar tan lejos: no queda ya prácticamente una sola plaza en Buenos Aires que no haya sido prolijamente enjaulada y su uso vedado durante la noche, como si la ciudad fuera sólo un apéndice más o menos elegante de los negocios que se realizan por las mañanas en la city. ¿Cómo hemos llegado a un umbral tan bajo de sensibilidad sobre todo lo que ha estado en juego en Buenos Aires en los últimos veinticinco años?[3]



[1] Retomo aquí algunas antiguas obsesiones expuestas en La chancha con cadenas. Buenos Aires, Ediciones del Eclipse, 1994 y en Cómo se lee y otras intervenciones críticas. Buenos Aires, Norma, 2003 [ISBN 987-54-5105-3].

[2] Uso la palabra imperio en el sentido en que puede leersela en Alain Badiou. “Quince tesissobre el arte contemporáneo” (trad. Daniel Link), www.linkillo.blogspot.com.

[3] La historia de las transformaciones urbanas en Buenos Aires es la historia de las fiestas a las que fuimos, porque la política cultural de la ciudad, en casi su totalidad, ha estado al servicio de la especulación inmobiliaria, desde la recuperación de la democracia, en 1983, pero tal vez antes. La Primera Bienal de Arte Joven, bajo el gobierno radical, se desarrolló en los diques de Puerto Madero. Las primeras raves, en la Costanera Sur, los Festivales de Música Electrónica, también.

El texto completo, acá.

sábado, 20 de junio de 2020

El punto inmóvil

Por Daniel Link para Perfil

El tiempo corre, vuelve sobre sus pasos, se detiene hasta inmovilizarse. Nos resulta imposible concentrarnos en un objetivo y descubrimos que no sabemos en qué día estamos. Fijamos una clase virtual para un lunes que es feriado. Cuando nos damos cuenta del error, ls alumns dicen que no importa, todos los días son más o menos iguales.
Hace unas semanas (¿o meses?), a uno de los docentes con los que trabajo se le cortó la luz y por lo tanto internet durante una clase de consulta. En mi casa también se corta el servicio y tengo que tener preparado el teléfono para seguir con los datos cuando el wifi se me escapa como arena mojada entre los dedos.
Por supuesto, las clases virtuales son un desperdicio de tiempo perdido en verificar el contacto: ¿se me ve? ¿se me oye? Se te escucha entrecortado. Apaguen la cámara. Tenés el audio prendido.
Hablamos y hablamos y hablamos y no sabemos a quién, ni para qué. Ls alumns tienen la gentileza de acercar las preguntas previsamente como para que uno pueda organizar la clase, pero igual todo resulta muy artificial: los chistes no pasan, y uno tiene que multiplicar los cuidados para no ofender a nadie involuntariamente, porque la disimitría comunicacional mediada es demasiado grande.
Luego, ls alumns preguntan cualquier cosa (porque son muy jóvenes). El otro día me preguntaron qué era un “gag”. Dije que eso no iba a contestarlo. Al final contesté, porque ells no tienen la culpa de haber llegado a un mundo sin memoria del cine mudo o del Correcaminos.
Todo es un gag, con la diferencia de que entre nosotros aparece saturado de palabras. Es como la carrera de Aquiles y la tortuga, acompañada del griterío de un relator deportivo ahíto de cocaína.
Hablar ante una cámara (no digo “dar clases” porque no tiene nada que ver con eso) es como hablar en la televisión: los silencios se vuelven insoportables, parece que uno calla porque no sabe qué decir y los gestos en primerísimo primer plano carecen todo valor: son como automatismos corporales. No dan ni para gag.
Cuando veo las charlas que dan mis colegas (para acompañarles en esa pesadilla) a veces me pierdo en detalles insignificantes (uno de ellos, que estaba hablando de Artaud y el ano, comenzó a rascarse el ojo con violencia; no estoy seguro, pero creo que eso duró diez minutos o doscientos).
Ya nos han dicho que el segundo semestre funcionará del mismo modo, remotamente: daremos seminarios en modalidad virtual. Nadie que no lo haya hecho sabe el trabajo que da preparar una clase virtual y contestar preguntas a través de foros, que están sólo a un paso de la ignominia de las redes sociales. Yo di dos o tres seminarios en modalidad remota para una alta escuela de estudios mexicana. Me pagaban bastante bien, pero se me iba la vida. Ahora, acá, no nos pagan más e incluso acabamos de recibir el baldazo de agua fría de que recibiremos el aguinaldo en cuotas.
Casi todo lo que había previsto Giorgio Agamben al comienzo de la pandemia fue verificándose punto por punto, sobre todo sus puntualizaciones sobre la muerte del estudiantado universitario, el final de una forma de construcción de saber compartido. Pero ni él ni Bifo, los dos autores cuyas consideraciones intempestivas fuimos siguiendo al mismo tiempo con alarma y entusiasmo previeron el cansancio y, todavía más, el agotamiento y la desesperanza. Incluso hasta hace algunas semanas podíamos sostener alguna esperanza, pero ahora ya sabemos que no, que si la hubiera, no la hay para nosotros.
Hasta hace unas semanas incluso nos creíamos capaces de imaginar y proponer una salida. Firmábamos solicitadas.
Agotados, desecados, extenuados, ahora querríamos ya no movernos nunca más, ya no tener que escribir un solo informe, ya no rendir más cuentas de lo hecho ni proyectar lo que haremos. No hay espacio para hacer nada porque el espacio, junto con el tiempo, se ha reducido hasta su mínima expresión.
Incluso las imágenes se agotan: ya no soportamos vernos a nosotros mismos, simulacros de vivientes, muertos-vivos conectados a máquinas, gesticulando en primerísimo primer plano y preguntando: ¿se oye, se ve? Y ya no: ¿se entiende?


sábado, 21 de julio de 2018

Vivir como esclavos

Por Daniel Link para Perfil



Cada mañana, cuando abro los postigos del dormitorio, me saluda el cartel que las monjas de clausura colgaron de la Iglesia de enfrente: “Toda vida vale”. Me pregunto qué pensarían esas monjitas de la escena que he visto desde la misma ventana, en el edificio lindero, cuando un joven derramó su abundante simiente sobre la cara de una joven. ¿Habrían exclamado “¡asesinato!”? Aún en los más rigurosos códigos vetotestamentarios, eso sería pecado de Onán y el asesino, en esa historia mezquina de desperdicio, herencias y primogenituras, es el mismísimo Dios.

Los espermatozoides están vivos y participan de lo viviente. Su destrucción (como entidades discontinuas) es necesaria para la creación de nueva vida. Sabina Spielrein, paciente y corresponsal de Sigmund Freud, lo señaló muy tempranamente: “En la reproducción se produce la unión de la célula femenina con la masculina. Por lo tanto cada célula se destruye como unidad, y del producto de la destrucción nace la nueva vida”. Bataille retomó esas hipótesis para llevarlas todavía más lejos en El erotismo, donde “toda la operación erótica tiene como principio una destrucción de la estructura de ser cerrado que es, en su estado normal, cada uno de los participantes del juego”.

Esa interesantísima discusión (muy biopolítica) poco tiene que ver con el debate sobre la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, debate en la que la grey pasa sin transición de la vida a la persona y de la destrucción de unidades discontinuas de materia al asesinato.

En las sociedades modernas, que lo son porque no son dogmáticas, todo puede y debe ser discutido, salvo los principios mismos que regulan la convivencia, el “contrato social” que encuentra en el libre albedrío y la decisión soberana uno de sus puntos de apoyo.

Muy recientemente, Margaret Atwood subrayó ese aspecto de nuestro vetusto debate: “Nadie está forzando a las mujeres a tener abortos. Nadie tampoco debería obligarlas a someterse a un parto. Fuerce partos si usted quiere, Argentina, pero por lo menos llame a lo forzado por lo que es. Es esclavitud: es reivindicar poseer y controlar el cuerpo de otra persona, y sacar provecho de eso.

No se discute el momento en que lo viviente pasa de la potencia a lo personal, para lo cual habría que convocar a mentes un poco más brillantes que las de la grey. Se discute si queremos vivir en una sociedad esclavista o no. Yo no quiero.


miércoles, 17 de abril de 2013

Mala Fariña

por Jorge Boimvaser para DiarioVeloz.com (director: Samuel Gelblung)


Leonardo Fariña: la historia que nunca te contaron – Primera parte




Leonardo Fariña: la historia que nunca te contaron – Primera parte
Verano del 2012, no hay apuro para relatarla de golpe. Sería un desperdicio hacerlo. Así que vamos por partes.
Erase una vez (así comienzan los cuentos de antes), un muchacho simpático, indolente, vago y tan insolvente que ni ameritaba le entreguen la tarjeta SUBE, aunque viajaba siempre en bondi y juntaba las monedas para darle de comer a la maquinita a cambio del boleto de cada día.
Era el ceniciento que soñaba con fortunas, mujeres, jet set y esas engañosas melodías de fama rápida y vacía. Hasta entonces solo se había topado con caballos lentos y mujeres rápidas.
Ya se sabe que en el mundo del deporte existen cazadores de estrellas. Maradona y Messi captados desde chiquilines son solo un par de ejemplos de miles.
En las redes sociales, una estructura más complicada e invisible rastrilla como un Gran Hermano en las sombras a la búsqueda de talentos para ser incorporados en Consultoras de Marketing y esas cosas. También el espionaje de las grandes potencias olfatean por computadoras y programas ultra sofisticados la posible presencia de individuos que ameriten ser puestos en sospecha por presuntos o potenciales terroristas.  Algún dia contaremos cómo funciona el mayor satélite espía: Echelón.
Lo que pocos conocen es que también las grandes bandas casi convertidas en leyenda, como la de Luis Valor y la Garza Sosa, seleccionaban entre los violentos de las barriadas marginales a los personajes más adecuados para integrar sus organizaciones de ladrones de bancos y blindados. Tarea nada fácil, pero que esos chicos malos de los 90 sabían como nadie.  Un casting tipo reality para elegir delincuentes de alta gama no solo sucedía -¿o sucede aún?-  en la Argentina, sino en otras partes del mundo.
Y en el mundo de los delitos complejos, la trama es aún más desconocida para el común de los mortales. Por caso: los grupos de hackers que trabajan en el negocio del espionaje industrial, donde las leyes aún difusas no concuerdan en cuáles son los límites legales de las acciones, ya existe una premisa o regla general que uno de esos nerds se la contó al autor de este informe hace un par de años, en el lobby de un hotel céntrico.
"Nosotros tenemos un acuerdo de palabra con el FBI y los organismos policiales. Jamás tocamos dinero de los bancos, no nos metemos en transferirles dinero a nadie de sus cuentas bancarias a las nuestras. Pero a cambio de que nos dejen trabajar en lo nuestro sin interferencias, lo que hacemos es detectar redes de pedofilia y prostitución infantil que se mueven en el ámbito de Internet, y se lo entregamos gratuitamente para que ellos se encarguen de desactivarlas",  nos decía el joven hacker.
Claro, lo de ellos no es tampoco fabricar y distribuir por Internet agua bendita,  pero las reglas del trabajo sucio por espiar a los rivales en el mundo de las grandes corporaciones tiene sus códigos precisos en esa industria virtual y multi millonaria.  En ese terreno también abundan los cazadores de talentos. La oferta y demanda de espías virtuales es parte del mundo sofisticado a que nos llevó la tecnología y que parece no acabará nunca.
Y ahora entrando en nuestro caso, ciertos delitos como estafas complejas no están al alcance de cualquiera. Son los más difíciles de detectar por las agencias de seguridad de todas las Naciones. Es que cuando algún estafador de alto rango descubre una nueva modalidad, recién los agentes de inteligencia comienzan su labor.  Como en el caso del traslado de drogas, las organizaciones delictivas siempre llevan un paso adelante que sus cazadores.
Así fue que hace un par de años desde la fachada de un lujoso restó en Puerto Madero, un personaje que ostenta con llamativa impunidad varios vehículos de alta gama, yates y aviones privadas, venía siendo observado por varios organismos locales e internacionales deseosos de conocer el origen de sus ingresos.
Un par de vuelos privados por semana a Colonia (Uruguay) y otros movimientos extraños, fueron filmados desde hace no menos a  los dos años. Sospechas muchas, pero para caerle encima con una órden judicial no alcanzan las sospechas.
Este personaje se cree fue quien importó de España a un grupo de africanos especializados en lo que se llama en la jerga de la falsificación de monedas,  la transa de los dólares negros.
¿De qué se trata? De una estafa de presunta falsificación química de billetes de 100 dólares. Una prestidigitación que los africanos llevaron a Europa engañando a miles de ingenuos y quedándose con millones de dólares a cambio de entregarles dólares falsos aparentemente verdaderos.
Facundo Pastor hizo una cámara oculta con ellos, o posiblemente la cámara oculta la hicieron otros y se la concedieron. Por ahí puede encontrarse la filmación y nos ahorramos el trabajo de describirla.
Estos africanos ya no tenían espacio de movimiento en Europa y nuestro hombre en Puerto Madero los "importó" a la Argentina.
El gastronómico ya había tenido una experiencia falsificando un bono y entrampando a un Banco local que después fue auditado por el BCRA. Sin embargo, el restó de Juana Manso del personaje de esta historieta, solo era vigilado pero ninguna órden judicial permitía requisarlo.
Ese intrépido personaje que trajo a los africanos a Buenos Aires para falsificar "dólares negros", fue el "cazador de talentos" que una tarde descubrió que el pibe simpático, entrador, indolente y loco por fama, aunque era un insolvente total, tenía cualidades que un buen director técnico sabe aprovechar en el terreno de juego. Había que prepararlo para jugar en las ligas mayores.
Así fue como se conoció con el entonces ignoto Leonardo Fariña. El pibe que ni ameritaba una tarjeta SUBE.Veremos cómo siguió la historia en las próximas entregas.

Leonardo Fariña y los peligros de jugar con fuego – Segunda parte

Quien haya visto La Gran Estafa o cualquier tanque similar de esos que produce Hollywood, tiene presente que los personajes que intervienen en esas..¿fantasías? nunca llegan a codearse en el reino de los poderosos andando en subte, bondi o bicicleta. Las películas los muestran de entrada luciendo autos de alta gama, porque una vez más –en el cine- el arte imita a la vida.
El universo de los delitos complejos, recuérdese los dos grandes golpes botequeros (Banco Río de Acassuso y el Provincia de Belgrano),  requiere una tríade de elementos indispensables: Excelente información, inteligencia para armar el golpe y bastante dinero para organizar la logística del delito. Quien no reúne esa cualidad, no puede ser más que un arrebatador callejero, un  punguista de subte o un simple motochorro.
Ya sabiendo estos detalles elementales, vamos al fondo de la historia. Leonardo Fariña llegó a la "cueva" montada en restó de la calle Juana Manso en Puerto Madero con las monedas justas en el bolsillo pero con su labia intacta. Al pibe no lo amedrentaba pasar necesidades y privaciones, su ambición desmedida por salir de ese estado social (obvio, sin tener que laburar como el común de los mortales), lo llevó a apostar fuerte en un mundo para él desconocido (lo cual le agrega una dosis extra de riesgo mortal para quienes no conocen los códigos de la timba delictiva). Jugó y sigue jugando con fuego-, hasta ahora la suerte está de su lado. Pero como todo en el Universo es circular, hoy se está arriba y mañana se baja, veremos qué se sabe de su vida en un tiempo no demasiado lejano.
Los "bads boy" del restó de Puerto Madero tenían una información clave. Un grupo de empresarios poderosos intentaban lavar dinero no declarado realizando inversiones en Uruguay.
Un fuerte comercializado inmobiliario de Punta del Este, Alejandro Perazzo Inmobiliaria, tenía en venta un predio de 300 hectáreas en la dorada zona de Laguna Garzón, la zona top en la cual adquirió una chacrita recientemente Susana Giménez. El nombre del campo en venta: El Entrevero.  Valor de una fracción del predio : 4 millones de dólares.
Leonardo Fariña tenía que utilizar sus dotes de simpático, entrador e histriónico para llegar a los inversores locales haciéndose pasar por un presta nombres confiables.
Entonces sus descubridores de Puerto Madero pusieron a su disposición un suntuoso garaje de autos importados para que fuera a cada reunión en un vehículo diferente, obvio, todos de alta gama y con papeles en orden. Tenía que impresionar a sus nuevos interlocutores y lo consiguió con creces. Como en aquellas películas del Lejano Oeste, donde se levanta un pueblo con maquetas dibujadas sobre cartón, Leonardo fariña construyó una imagen de pibe poderoso sobre la maqueta de los autos prestados.
¿Cuál era su linaje para justificar tan joven esa ostentación?
Jugó con ellos –con los millonarios a los que habría de representar- una carta temeraria. Tan joven y sin antecedentes familiares que describieran su origen aristocrático, había que tener una excusa creíble. Y de su boca salió la mentira que después corrió de boca en boca por el mundillo político y farandulero: Se hizo pasar por hijo extramatrimonial de Néstor Kirchner. El ex Presidente ya había fallecido y a nadie se le podía ocurrir indagar en la intimidad de Cristina Fernández para conocer la posible veracidad de la versión dada por el propio Fariña.  Fariña lo contaba casi como un secreto de esos "por favor, que nadie se entere, que no salga de este círculo".

En Casa de Gobierno habían despedido de mala manera a la anterior secretaria de Kirchner, Miriam Quiroga,  y el horno no estaba para hacer bollos ni consultas fuera de lugar. De hecho, Miriam Quiroga tenía su familia constituída y jamás se pensaba que ella hubiera podido ser la madre de Fariña.
En ese mundillo sutil donde no todo lo que reluce es oro, lo último que puede hacer alguien precavido es preguntar.
Leonardo Fariña decía haber recibido una suma de dinero con la que su modo de vida le justificaba andar en autos de alta gama y tener además solventes contactos en el campo de las inversiones inmobiliarias en lo más top del Punta del Este.
Fue aceptado en esa comunidad de inversores y se dio a la tarea de adquirir el campo El Entrevero en nombre de terceras personas y con toda la parafernalia de contradocumentos que se establecen en estos casos.
Cruzó un par de veces el Río de la Plata, siempre acompañado –a la distancia- con algunos de quienes le habían descubierto su capacidad de comediante en las grandes ligas de los homónimos de La Gran Estafa.
Sus dos destinos principales fueron el comercializador de El Entrevero (Alejandro Perazzo),  y una escribanía dedicada a los negocios de alto vuelo en el Uruguay: Escribanía Pitaluga.
Leonardo Fariña les dijo que representaba un grupo inversor argentino, que estaban dispuestos a adquirir el predio en 4 millones de dólares, pero que en los papeles debía figurar una cifra mayor: 14 millones de dólares.
Hasta ahí todo parecía normal en ambas orillas del Río de la Plata. Ya se sabe que en estos negocios nadie anda con millones de dólares bajo el brazo. Hay giros y transferencias bancarias y cuentas nuevas y viejas que mueven esas fabulosas cifras que nunca pasan por la Aduana donde están los perritos rastreadores de dólares de la AFIP.
Pero las mezquindades del alma humana tampoco faltaron en esta historia.
Y fue precisamente por esas mezquindades que saltó la bomba de escándalos en cadena que pusieron la figura de Leonardo Fariña en boca de todos. Los detalles que continuaron después los relataremos en nuestra próxima entrega.
Aún la sangre no llegó al río.  "Por ahora, solo por ahora.."  como relata el amigo Marcelo Araujo.

Leonardo Fariña: "Pibe, hacete mediático antes que te maten" - Tercera Parte

Antes de responderla veamos el orden de los sucesos que se fueron dando en torno a la compra del campo El Entrevero, en Laguna Garzón, Punta del Este.
De no haber sido por los brotes de mezquindades y avaricias tan comunes en el universo de los negocios turbios, esta historia no se estaría relatando y Mr. Fariña jamás hubiera accedido al estrellato y al pánico real que lo acecha por las noches (dicho por alguien que lo trató de cerca).
Los agentes inmobiliarios, legales, impositivos y comisionistas que orquestaron la operación de la compra del campo, aceptaron la condición de escriturarlo por 14 millones de dólares cuando en realidad recibían por la propiedad 4 millones.
Pero dejaron en claro que todos los impuestos y comisiones que se debían pagar eran por la suma escriturada, no por el dinero recibido.
Ignoramos la forma en que se giraron los 14 millones, pero Fariña embolsó los 10 millones en alguna cuenta bancaria y se fue al exterior a vivir lo que era su sueño de rico gratis.
La inmobiliaria uruguaya Alejandro Perazzo Inmobiliaria, Escribanía Pitaluga y otros dos comisionistas partícipes del negocio se negaban a la escrituración hasta no saldarse las cuentas como marca la legislación uruguaya.
El primer avistaje de Fariña en Miami despertó la inquietud de las agencias de seguridad de los EEUU.  Sin tarjeta de crédito y gastando fortunas a lo pavote, no hay que ser un genio para sospechar que el joven estaba teniendo actitudes propias de los nuevos narcos que descuidan la apariencia.  Los viejos jefes herederos de Don Pablo Escobar Gaviria y el resto, ya son prolijos en eso de hacer ostentaciones que no pueden justificar.  A Fariña se le pegaron los agentes federales del USA y en medio del hostigamiento y la acechanza tuvo que volver de urgencia a la Argentina.
Aquí lo esperaban malas noticias.  Los operadores inmobiliarios de Punta del Este se negaban a la escrituración definitiva argumentando que sin las comisiones por los 14 millones de dólares no había negocio posible. Y su participación sobrefacturando el negocio en 10 millones de la moneda yanky había corrido como reguero de pólvora.
En la memoria colectiva estaba el recuerdo de los tres jóvenes asesinados en lo que se conoce como la masacre de General Rodríguez (Forza, Ferrón y Leopoldo Bina), el rumor que los mataron un grupo de sicarios llegados del exterior y que se habrían ido después del crimen, que también ellos habían querido "mexicanear" a gente poderosa,  y alguien le dijo al oído un consejo que quizás fue lo que le salvó la vida en su momento:  "Pibe, hacerte mediático antes que te maten".
Siempre se dijo que la agente aduanera María Luján Telpuk –quien descubrió la trama del valijero venezolano Antonini Wilson-  se protegió de las posibles venganzas en su contra regodeándose en el mundo de la farándula y sus desnudos le dieron protección en medio del odio de quienes habían visto abortada su maniobra.
Leonardo Fariña siguió el mismo camino que Telpuk, para no terminar como Sebastián Forza y sus socios.
Siguiendo la línea del pensador neo aristotélico Jacobo Winograd ("billetera mata galán"),  no le fue difícil conseguir novia y esposa mediática con quien presentarse en sociedad y huir provisionalmente de sus nuevos enemigos.
Lo que siguió de ahí en más es historia casi conocida. El rumor colectivo de su posible filiación con el ex Presidente Kirchner le dio algún tipo de respaldo de seguridad personal, aunque también hay que recordar que en el mundo del delito los piratas arribados de improviso nunca tienen aseguradora que les extienda una póliza de vida.
Fariña devolvió los autos de alta gama que le habían prestado, adquirió una Ferrari y un BMW blindado y cada vez que pasó por un espacio televisivo deslizó que estaba siendo amenazado de muerte. No denunció las amenazas a la justicia pues habría tenido que relatar su historia real, y así caería en su propia trampa.
Desafiando al destino, recientemente vendió ambos vehículos, alquiló junto a su mujer (a quienes algunos ya denominan "la viuda") una casa en Punta del Este pagando 25.000 dólares y ostenta sus dineros en las narices mismas de los personajes a los que les birló 10 millones de dólares.
Dice que en marzo estará un tiempo en el exterior, aunque su personalidad (repetición compulsiva, es el síndrome que describe al delincuente que vuelve una y otra vez a la escena del crimen) posiblemente lo traicione nuevamente.
Mientras tanto, el campo El Entrevero pasó a otras manos una vez pagadas las cuentas pendientes. Un economista de origen radical (a quien se lo conoce como "el testaferro del Punto G".) es el nuevo titular de la costosa propiedad que compite en el mundo de las grandes inversiones esteñas  con el campito de Susana Giménez.
El futuro de Leonardo Fariña es un enigma que ni él mismo puede descifrar.  Estos personajes son descartables en el mundo donde intentan hacer pié. La crónica diaria que nunca se publica está plagada de tipos que se atreven a querer volar más alto que los capo mafias (sean narcos, financistas lavadores, estafadores, falsificadores de alta gama,  etc).
Mueren acribillados salvajemente como en General Rodríguez o bajo la modalidad conocida como "que parezca un accidente". 
La joya cinematográfica de Luc Besson El Profesional, en la cual una familia entera es masacrada después que un narco de bajo vuelo se manda una pirateada de cocaína a un agente de la DEA (magistrales actuaciones de Gary Oldman, Jean Reno y la entonces niña Natalie Portman), es ficción pura pero copiada de la realidad de todos los días.
La codicia sigue haciendo de las suyas y personajes como Leonardo Fariña seguirán apareciendo siempre. Tan descartables como una botella de gaseosa. En el final de El abogado del diablo, Al Pacino haciendo el papel de Lucifer mira la cámara y confiesa: "Vanidad, definitivamente, mi pecado favorito". 


sábado, 14 de agosto de 2021

El idioma salvador

por Daniel Link para Perfil 

Un amigo (un poeta) me pasa un poema de Roque Dalton, el gran salvadoreño que abrazó la causa comunista, que estuvo preso y fue expulsado de su país, que vivió en Chile, en Cuba, en la entonces Checoslovaquia, en México, que se peleó con la nomenclatura cultural cubana, y que murió asesinado en 1975 por sus compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo, que lo juzgaron culpable de agente de La Habana, de la CIA, del reformismo internacional y de indisciplina. Todavía no se conoce el paradero de sus huesos.

El poema de Dalton se llama “El idioma salvador” y es una larga retahila de palabras salvadoreñas con sus equivalentes españolas: “serpentina: cerveza. llorona: naranja. perico: aguacate. frailes: huevos. balastre: rancho carcelario. canción: carne. color: café. vasallos: plátanos. san fernando: panza de res. pólvora: arroz. chipopos: frijoles. coronel: pavo. mapin: pan. mora: gallina. sorias: tortillas. pañuza: agua. barniz: salsa, condimento o comida distinta que se agrega al rancho para mejorarlo. lucha libre: fritada de vísceras de buey. desperdicio de alambre: macarrones”.

Dedicado “A los miembros de la Academia Salvadoreña de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española”, dice que sólo hay una lengua redentora, la lengua materna (a la que, sin embargo, todo poeta quiere transformar en otra cosa). Y dice que la lengua materna no es una, y que no se trata de registrar meramente las variantes “dialectales” como desviaciones respecto de una hipotética norma culta sino de hacer pasar el cuerpo por esa lengua amasada por unos pueblos.

Tal vez sin saberlo, Roque Dalton se inscribe en una larga tradición filológica que luchó por la independencia lingüística, en busca de la expresión americana, contra la obsesión de los académicos por un lenguaje único y concentracionario y el odio hacia las diferencias. El bogotano Rufino José Cuervo sostuvo en 1881 que, como al dogma religioso, al lenguaje también lo acecha el cisma y por eso la diferencia debe ser destruida. Ese terror letrado y comercial (porque se trata de garantizar el comercio en un mercado que se imagina ya mundial) fue contestado en 1882 por el cubano Juan Ignacio de Armas, quien puso al español en la misma situación del latín: una lengua madre de la cual se desprenderían por lo menos cuatro idiomas americanos (con un aire de familia). “Buenos Aires”, sostuvo, “va actualmente por delante en la natural formación de un idioma propio”.

Por supuesto, Juan Ignacio fue tildado de extravagante (un poco, porque las etimologías que proponía lo son) y condenado al baúl de lo inservible como un antecedente de la dialectología hispanoamericana, que en su ya centenaria existencia no ha conseguido resolver el mapa lingüístico americano precisamente porque insiste en considerar al español de América una unidad con diferentes variantes. Incluso pese a que algunos investigadores (José Pedro Roma, por ejemplo) han subrayado que muchas veces una población usa un lenguaje ininteligible para profesores que viven a 50 kilómetros (tratándose además de dos comunidades monolingües).

Tal vez sea inútil desasociar el nombre del lenguaje que utilizamos del nombre de la Patria que nos ha tocado en suerte porque esa desasociación (ese desasosiego), como operación filológica, favorecería a quienes piensan la lengua como una materia prima en un paradigma colonial-extractivista.

Las academias de hoy contestan la lección de la Tierra, que se expresa en diferencias puras, y proponen descripciones pluricéntricas. Pero esa disparatada competencia entre lo contingente y lo eterno, entre lo universal y lo particular, entre lo global y lo local sigue desconsiderando la intensidad lingüística y el carácter expresivo del lenguaje que usamos, cuyo nombre ya no debería importarnos, así como no debería importarnos la sanción de quienes sueñan el sueño concentracionario de un español vaciado de toda diferencia.

A mí, por si acaso, hablame en criollo, con todas las intensidades y la expresividad del caso. Y si no llegamos a entendernos por medio de las palabras, siempre nos quedarán los gestos.


sábado, 27 de junio de 2026

Reglas de tránsito

por Daniel Link para Perfil

Manejo un auto porque no me queda más remedio. Nunca lo uso en la ciudad, pero como vivo a cincuenta kilómetros, cada desplazamiento me cuesta un dolor de cabeza (además del combustible para el vehículo, los peajes y las cuotas de seguro, patente y cochera). Supongo que en pocos años más ya no podré manejar pero no quiero ni pensar en ese desenlace.

Mientras tanto, sufro. Sufro la pelotudez de quienes manejan usando el celular (los veo chicos, los veo), sufro la violencia de los conductores de narcisismo herido, que pretenden alcanzar no sé bien qué record en los índices de desagrado del prójimo, sufro el pésimo diseño de las uniones de las autopistas y el estado lamentable de los caminos alternativos (urbanos o semirurales). Sufro las horas pico, que trato de usar en sentido inverso.

Por ejemplo, me organizo para ir a Villa Link (donde funciona mi carrera de Letras) un día a media tarde, cuando ya empiezan a volver los habitantes del suburbio. La felicidad que me provoca ver los atascos en el carril contrario no tiene desperdicio ni arrepentimiento alguno. Cuando salgo de Villa Link, me quedo a dormir en Buenos Aires, a donde llego relajado por el contra tránsito, felicitándome por mi estilo de vida. Al otro día, después de algún trámite matutino o algún turno médico, me vuelvo a mi suburbio, antes de que el malón empiece a rugir. Y hago las compras en el pueblo. Y llego a mi casa, donde las perras y el gato me reclaman mi ausencia.

Como nada nos salva del pelotudo atómico, todos los días hay algún choque por falta de atención o por uso indebido del teléfono celular. Yo no entiendo cómo hay gente que choca en autopistas, pero que las hay, las hay. Y mientras vienen los servicios de emergencia, la policía y no sé que otra patrulla necesaria, el tránsito de paraliza. Sucede sobre todo en horas pico, pero me ha pasado incluso en los horarios que yo elijo para transitar el mundo con tranquilidad y buena música.

En todas las uniones de autopista (Acceso Oeste y General Paz, Dellepiane y Perito Moreno) los atascos son épicos, porque las uniones están mal pensadas, y hechas para la mierda. Los cráneos gobernantes han resuelto el problema que los mismos contratistas y el Estado crearon limitando la velocidad a, por ejemplo, 60 kms. por hora. Es dificílisimo no pasar por la cámara a 65, y quedar deudores de plata y, sobre todo, de puntos de scoring. No entiendo cómo la gente no ha cortado todavía esas uniones en reclamo de una solución que no sea la penalización del inocente.

(siguiente

 

miércoles, 15 de agosto de 2007

Presentación

El desperdicio
de Matilde Sánchez
Alfaguara, 2007
294 páginas

Presentación del libro a cargo de Juan José Mendoza y diálogo con la autora
Miércoles 22 de agosto, 19 hs. | Feria del Libro de Rosario
Entrada libre y gratuita

Matilde Sánchez

Periodista y escritora. Estudió lenguas y es traductora de inglés y francés. Después de iniciarse, en 1982, como periodista e intérprete junto al equipo de BBC televisión, en la cobertura del conflicto de Malvinas, ha trabajado en distintos medios gráficos. Fue miembro del equipo de edición del suplemento literario del diario Tiempo Argentino. Desde 1986 trabaja en el diario Clarín y hoy es una reconocida periodista cultural. Hasta 2003 fue responsable del suplemento "Cultura y Nación". En 2004 obtuvo la Knight-Wallace Fellowship, que de manera anual concede la Universidad de Michigan a candidatos destacados del periodismo internacional. Entre sus libros se cuentan Historias de vida (Fraterna), una biografía de Hebe de Bonafini; La ingratitud (Ada Korn, 1990), su primera novela; El Dock (Planeta, 1993), y el libro de relatos La canción de las ciudades (Seix Barral, 1999).

jueves, 25 de marzo de 2021

¡Viva la herejía!

por Daniel Link para Soy

No se sabe bien quién ni en nombre de quiénes preguntó formalmente al Vaticano si el clero católico puede bendecir las uniones homosexuales. En todo caso no fue en nuestro nombre, cosa que la respuesta oficial de dos páginas (publicada en siete idiomas, no sea cosa que algún curita de morondanga alegue desconocimiento de la lengua) deja bien en claro.

El decreto vaticano, elaborado por la oficina de ortodoxia del Estado Pontificio, la Congregación para la Doctrina de la Fe, fue negativa, lo que no puede sorprender a nadie.

Mucho más sorprendente es que en los fundamentos de esa negativa (que, se aclara, no se aplica a las personas homosexuales sino a los actos que realizan y los encastres físicos a los que se entregan) se insiste en caracterizar a la sexualidad homosexual como “intrínsecamente desordenada” dado que el plan de Dios, para las uniones matrimoniales, es que éstas contribuyan a la creación de una nueva vida, cosa que las uniones homosexuales no están destinadas a conseguir (está la ciencia, diríamos..., pero ese es otro enemigo del que podemos prescindir en estas líneas).

Dios, dice el documento, “no bendice ni puede bendecir el pecado: bendice al hombre pecador, para que reconozca que es parte de su plan de amor y se deje cambiar por él”.

De modo que, señores, señoritas y señorites, la Iglesia no bendecirá ninguna unión que no reproduzca la moral héteropatriarcal.


TODAS LAS BODAS Pero aclaremos los tantos, porque nuestras uniones han sido bendecidas innumerables veces. Escribo esto en el exacto día del décimo aniversario de mi casamiento con Sebastián Freire, a quien le agradezco la paciencia durante todos estos años que nos han llevado a las bodas de aluminio (lo que no se oxida) o, si consideramos incluso los años de noviazgo, a las bodas de porcelana (lo que se cuartea). ¿Ante quién o quiénes bendecimos nuestra unión? Ante el Estado argentino, ante nuestros amigos, ante Sebastiano mártir, que presidió la fiesta ya decana y hubiera presidido también el festejo de este aniversario, si la Peste (para la que el mismo santo sirve de protector) no nos lo hubiera impedido. Y San Sebastián, lo sabe cualquier catequista, está más cerca de Dios que los funcionarios vaticanos. O sea: nuestra unión, si así lo quisiéramos, también estuvo bendecida por Dios, porque es tanta idolatría pensar que una estatuilla es aquello que representa como arrogarse el derecho a la representación de la voz divina.

Vivimos en pecado y desarrollamos una sexualidad intrínsecamente desordenada (que los testamentos caracterizan como onanista, un desperdicio). No sólo eso, sino que además disfrutamos de ella. Y no sólo eso, sino que desarrollamos formas de amor que decididamente son una protesta contra el orden de la moral héteropatriarcal.

Dicho esto, agradezcamos a la Iglesia su negativa a bendecir lo que hacemos y lo que somos porque gracias a esa posición que ve como inmundicia lo que desde nuestro punto de vista es belleza, es seguro que seguirán reproduciéndose las disidencias sexuales, en rizos espiralados cada vez más sutiles (algunos de ellos, para las personas de mi generación, son ya casi incomprensibles).


HIJXS DEL PECADO Doy un ejemplo: hace unos días yo esperaba que mi madre se recuperara de una intervención quirúrgica menor en un famoso nosocomio de la zona norte de la provincia de Buenos Aires, puesto bajo el patronato del Opus Dei. Sabido es que en situación de espera es difícil leer o mirar una serie en el celular así que me dediqué a escuchar conversaciones. Las señoras hablaban de comuniones, negocios de ropa para esos acontecimientos, intercambiaban números de celulares para invitarse al lanzamiento de nuevas líneas de textiles.

Para no gritar, decidí abrir la aplicación Grindr y de inmediato me asaltaron los que imaginé de inmediato como hijos de esas señoras: tenían 18 y 19 años (ninguno más de 21) y las cosas que me proponían ruborizarían al libertino más afiatado. Por supuesto, como no soy de la zona y hay ríos en los que ya no pesco (un poco por aburrimiento, otro poco por falta de tiempo), me quedé meditando. Lo que pensé entonces vale ahora después del Decreto condenatorio del Vaticano: Gracias, gracias, gracias, querida Iglesia Católica Apostólica Romana (lo mismo podría agradecerse a cualquier otra iglesia monoteísta).

Gracias a Ustedes, como ha señalado la Dra. Taube (esa eminencia danesa invocada por El beso de la mujer araña de Manuel Puig) nuestros hijes, hijas e hijos, tan necesaries para poder continuar nuestras vidas de pecado, seguirán reproduciéndose porque nada es más claro que el deseo de apartarse de una norma violenta que ha producido de manera directa tantos crímenes y torturas, tantas decapitaciones y hogueras, tanta pena. Les mandamos un Papa Peronista pero no hay caso. Dios es el Amor (o viceversa). Nosotres somos el Amor. Ustedes son un Terror antiguo.

 

lunes, 6 de abril de 2020

Diario de la peste, día 19

(anterior)

Denunciemos públicamente a la OMS y a los "médicos" 
que difunden sus protocolos asesinos

Como venimos sosteniendo desde la primera hora (en la estela agambeniana y foucaultiana, que es la única que ilumina un poco el oscuro camino que transitamos) el poder de excepción sobre la vida desnuda, fundado en una autoridad pura y absoluta, conduce a la muerte, se vuelve tanatopolítica. 
Eso es la biopolítica: un poder que se arroga el derecho de dejar morir y hacer vivir a una masa de población indeterminada (a una vida descalificada) que, lejos de pensarse a si misma en el aislamiento como una suma de individuos o como comunidad, vuelve a subrayar las características de la masa tal y como la definió Elías Canetti: pasividad, identificación con el "lider".
El telesanitarismo fascista ha conseguido lo que nunca antes: el funcionamiento en masa, sin manada (es decir: sin líneas de fuga, sin esperanza, sin salida).
Ya circulan las descripciones de experiencias que se apartaron del protocolo ciego que la OMS exigió que se aplicara sin excepciones, y que tuvieron éxito: el caso del Véneto (comparado con el caso de Lombardía) es uno de ellos.

PREGUNTA. En la localidad de Vò Euganeo (Véneto, norte de Italia) se produjo uno de los primeros brotes. Decidieron hacer test a toda la población, a los 3.500 habitantes, y aislar a todos los positivos, incluidos los asintomáticos. Y la epidemia se frenó en seco, al revés de lo que ocurrió en Lombardía... o en Madrid.

RESPUESTA. Vò es una localidad en la que había una situación muy parecida a la de Codogno (Lombardía). De hecho, había habido contactos entre los dos pueblos, que están muy cerca aunque pertenecen a regiones distintas. E igual que en Codogno, Vò se convirtió en 'zona roja' desde el principio y se cerró completamente a la población. La diferencia es que aquí entró en juego mi discípulo, Andrea Crisanti, con quien he hablado mucho estos días. Aconsejadas por él, las autoridades decidieron hacer test a todos los habitantes del pueblo.

P. ¿Y cuál fue el resultado?

El resultado se obtuvo sobre una muestra muy pequeña, pero aun así es muy revelador. Un total de 58 personas dieron positivo en los test realizados entre el 22 y el 25 de febrero y, de todos ellos, 33 eran totalmente asintomáticos. De los menores de 50, la mayoría lo eran. Establecimos la hipótesis de que entre el 50% y el 70% de los infectados no estarían desarrollando síntomas, que recogieron los periódicos italianos. Y lo más importante: 10 días después solo dieron positivo 19 de los asintomáticos y 10 de los que tenían síntomas.

P. (...) alrededor del 80% de los contagios lo provocan infectados no detectados, entre ellos asintomáticos.

R. Claro, porque son muchos y son una fuente formidable de contagio. Por eso hay que aislarlos inmediatamente. La mayoría eran personas jóvenes y sanas. Pero lo más interesante de todo es que cuando los contagiados asintomáticos fueron aislados en Vò, el porcentaje de enfermos disminuyó de golpe del 3,2% al 0,3%. ¡Más de 10 veces! Llegamos a la conclusión de que la circulación del virus alrededor de una misma persona, aunque ya esté infectada, agrava su patología.

P. Antes de seguir con eso, me queda una duda, ¿los asintomáticos no presentaron síntomas después del primer test, no?

R. No, no. Ya le digo que a los 10 días les volvieron a hacer el test y ya más de la mitad dieron negativo. Creo que en todo el brote allí solo ha muerto una persona. ¡Compárelo con Codogno, donde ha habido tantísimas víctimas! La impresión de Crisanti, que comparto, es que quizá fue el aislamiento de los asintomáticos positivos lo que frenó la epidemia. Es una hipótesis, pero creemos que cuando el virus circula muchas veces por el mismo ambiente, potencia su acción.

(...)

P. Imagino que está al tanto de la evolución del Covid-19 en España.

R. Lo sigo por las noticias. Yo creo que en Madrid está ocurriendo lo mismo que en Lombardía. En Lombardía no han hecho test a los asintomáticos, solo a los que tienen ya síntomas. Y no han querido llevar mascarillas. Dos enormes errores estratégicos, que son los que han desatado la tragedia. Lombardía está como Madrid, ya lo sabe: tenemos muchas personas en terapia intensiva.

(...)

P. Con las mascarillas también ha habido rectificación. ¿Ha fallado la OMS?

R. Ha sido desastroso, totalmente desastroso. Hasta hace 10 días, aquí seguían diciendo por televisión en mensajes oficiales que las mascarillas no servían para nada, que los test a los asintomáticos no servían para nada. Al final, Véneto está controlando el coronavirus por no seguir a la OMS. Ahora están cambiando el discurso y están diciendo lo que yo dejé escrito hace dos meses. Pero ahora llega tarde. Hacía falta hacerlo entonces para frenarlo.

P. ¿Cómo es posible que haya fallado tanto la OMS?

R. Nos hemos hecho esa pregunta nosotros también muchas veces estos días. Yo creo que fundamentalmente han fallado porque son burócratas que han hecho carrera dentro de oficinas, pero no han vivido la experiencia de campo, no han estado ni en los laboratorios manejando virus ni implicados en situaciones epidémicas en otros países. Los políticos se han dejado aconsejar por burócratas, en lugar de por expertos. Los políticos están siendo muy criticados, pero la verdad es que han tomado decisiones aconsejados por lo que les decían los técnicos.


El resto de la entrevista a Sergio Romagnani no tiene desperdicio (gracias Ana Becciu, por mandármela).
En Nueva York, en Buenos Aires, en Madrid, los test para asintomáticos se reservan para las élites y sólo para ellas. Incluso, en algunos lugares ni siquiera se testean a los sintomáticos. Un amigo de Nueva York y su marido se recuperaron de una gripe. En teleconsulta con su médico, les dijo que probablemente había sido coronavirus. Pero nunca les indicó que se testearan
El uso de barbijo sigue estando en discusión, y sobre todo por parte de aquellos mismos que militaban por un encierro total e indiscriminado de la población, que vive, en la mayoría de los casos, en circunstancias sanitarias poco propicias para la supervivencia, los infectólogos y epidemiólogos que se lavaban las manos ante las cámaras.
Eso son los de la OMS: burócratas de lo viviente. ¿No es eso, precisamente, lo que se caracterizó tan bien como biopolítica y que algunes descerebrados de derecha todavía se atreven a caracterizar como "el desastre de los foucaultianos"?

(continúa)



domingo, 18 de diciembre de 2011

El segundo sexo

Por Daniel Link para Perfil Cultura


Un estudiante de La Plata, Eduardo Guzmán, me escribe alarmado por los resultados de cierta investigación que lleva a cabo. Según su trabajo, que analiza los libros que se reseñaron o se presentaron en entrevistas en Adn (La Nación), Ñ (Clarín) y Radar (Página/12) a lo largo de seis números de cada suplemento (publicados entre el 30 de septiembre y el 6 de noviembre de este año) sólo el 25 % (de un total de 150) correspondían a escritoras mujeres, y el 80 % de los colaboradores que firmaban las notas y entrevistas eran hombres.

Lo primero que le sugerí fue que ampliara el corpus (es decir, que extendiera los períodos considerados), no porque los datos fueran a cambiar, sino porque de ese modo los resultados iban a ser más contundentes todavía. Incluso, le sugería, podría trabajar con fechas no secuenciales.

Luego, de sus resultados (si es que se verifican) se desprenderían dos problemas separados. Por una parte, el de las "colaboradoras". Mi experiencia como editor (siempre es horrenda la apelación a la propia experiencia, pero en fin...) me indica que es dificilísimo contar con un plantel de colaboradas mujeres, por más que uno lo intente. No es una cuestión intelectual lo que se juega en esto, naturalmente, sino una relación con el ritmo del trabajo free-lance: los hombres parecen estar más acostumbrados al régimen de la "changa" o encomienda.

Lo más importante, sin embargo, afecta a la percepción misma de las experiencias literarias, a las nociones (odiosas) de centro y periferia, y a los procesos de marginalización: que se reseñen libros escritos (en fin: firmados) por hombres en proporción de 3/4 a 1/4 seguramente tiene que ver con una misoginia generalizada que, en principio, no es responsabilidad de los editores periodísticos, o no es sólo de ellos, porque habría que preguntarse antes cuál es la proporción de libros publicados por mujeres en relación con los de los hombres. Probablemente haya ya allí un desequilibrio constitutivo.

Luego, la cuestión de los géneros: conozco muchas más mujeres poetas que narradoras, y la poesía (con independencia del "gender") ocupa muy poco espacio en los medios masivos.

Los medios son, entonces, sólo un engranaje más de un dispositivo bien complejo, que habría que analizar en cada una de sus partes. ¿Es el poema el “cuarto propio” de las mujeres que escriben, o más la cárcel o el playroom al que se las condena? ¿Qué chance tiene una mujer de competir en un mercado tan dominado por el imaginario de los varones? ¿Escriben más o menos, mejor o peor, de manera más imperiosa o más secreta las mujeres que los hombres? Y mil preguntas más que podría sumar a una larga lista de puras interrogaciones (porque nunca he estudiado seriamente el problema y apenas si puedo intuir alguna respuesta).

Le comento a un amigo, Ariel Schettini, el asunto y me contesta con un “¿y qué querés?” Él ha estado releyendo la colección de Sur (una revista presuntamente a la vanguardia de las reinvidicaciones de los derechos de las mujeres) y ha encontrado párrafos sorprendentes que me regala para este breve informe. Por ejemplo, en el número 8 (de 1933), Homero Guglielmi, glosando al Conde de Keysserling y su reflexión sobre lo latinoamericano, constata en la Argentina, sin otra prueba que su intuición, “la indiferencia y aún recelo con que nuestras mujeres acogen todo intento de emancipación jurídica o política de su sexo, como ser el divorcio y el sufragio. Es que en el fondo ellas no necesitan tales instrumentos. Más aún, la mujer argentina no quiere ser movida de su inercia, porque en la inercia reside su fuerza. Ella gobierna por medio de la gana, nos rige por gravitación, quedándose quieta como los cuerpos sólidos”.

En la torcida argumentación de Guglielmi (vaciada de todo instrumento de análisis), al participar de lo sólido, la mujer cae, mientras el hombre, más aéreo, aparentemente se eleva. Barro y cielo, autoctonía y pneuma. Todo lo que el hombre escriba, desde esa perspectiva, participará de las dimensiones empíreas. Las mujeres, en cambio...

Por supuesto, uno piensa de inmediato en el lugar marginal de Silvina Ocampo en Sur, en Norah Lange, en las acusaciones de “gaucho con concha” de las que fue objeto Silvina Bulrich por parte de Manucho Mujica Láinez, fuera del círculo áulico de Sur, que muy tardíamente se da cuenta de que Simone de Beauvoir (en fin, sus hipótesis) merecen alguna atención por parte de ellos.

En el número 188 de la revista, un artículo de Emile Noulet habla de El segundo sexo, y se queja de que el material de Simone es plúmbeo (cae, cae y se hunde, rápido, en el lodo). En el número 243, un “Comentario tardío de Simone de Beauvoir” firmado por Rosa Chacel, si bien aplaude el rechazo de Simone al materialismo histórico y al psicoanálisis (¡Dios nos libre!), se pregunta si comparar el destino de las mujeres con el de los negros no es llevar las cosas demasiado lejos. Poco después, en el número 253, reseñando Los mandarines, Alicia Jurado reconoce que sí, que comparar mujeres y negros es demasiado, y en el número 296, Marta Gallo deplora que el último libro de Simone, además de farragoso y detallista, funde sus ideas (feministas) en la filosofía de un varón (Sartre). Fuerza de gravedad, ya lo sabemos, la mujer tiene (así en París como en Buenos Aires); ideas, por el contrario, no.

Bien mirada, la historia literaria está dominada por ese equívoco según el cual se le habría dado a la mujer un lugar preponderante que ellas, tanto por su morfología corporal como por su disposición anímica, no supieron aprovechar.

Pienso en el canon más reciente: ¿por qué se le niega a La intemperie de Gabriela Massuh el lugar importantísimo que tiene como “novela de la crisis” (es la mejor, y lo seguirá siendo)? ¿Por qué, cuando se mencionan a los “escritores de tal generación”, invariablemente se omite el nombre de Matilde Sánchez, quien después de El desperdicio ha publicado todavía ese ejercicio nabokoviano invertido que se llama Los daños materiales (donde, por supuesto, se obliga a jugar el rol de la pesada, de la que cae sin pausa y sin estremecerse a pantanos cada vez más tenebrosos de ignominia)? ¿Por qué los libros de María Moreno, que deliberadamente atraviesan los géneros y las convenciones de mercado, encuentran tanta dificultad para ser reconocidos como lo que son (la mejor de la literatura, el más sutil de los pensamientos)?

Independientemente de sus cualidades, que casi nadie analiza, las novelas de Dalia Rosetti y las de Gabriela Bejerman son consideradas un chiste y una persistencia de los años noventa y el fin de siglo.

De modo que bien podemos someter a interrogación el convencimiento de que a finales de de 2011 "exista un consenso sobre la igualdad entre el hombre y la mujer" que el joven investigador con el que inicié estas interrogaciones presuponía. Grave (o grávida), la mujer gravita en la literatura, pero no tiene vuelo. O vuela por los márgenes, sin que nadie quiera darse cuenta de sus cotorreos literarios o, para decirlo con las palabras que el atroz Jorge Borges le dedicó a Alfonsina Storni en 1924, las “chillonerías de comadrita” de un cuerpo que cae, sin gracia y sin aspiraciones.

martes, 7 de diciembre de 2010

La interpretación de los hechos o "Facebook y yo (3)"

En su página de Facebook, Matilde Sánchez se ha referido lacónicamente a una mesa redonda de la cual los dos participamos.
Dado el interés manifestado por muchos de sus seguidores sobre los pormenores de esa mesa, paso a comentar lo que yo sé sobre ella (que es, al mismo tiempo, poco y mucho).
En el marco del IV Congreso Internacional de Letras "Transformaciones culturales: Debates de la teoría, la crítica y la lingüística en el Bicentenario", los organizadores me convocaron para que integrara una mesa redonda junto con Josefina Ludmer, Jorge Panesi y Matilde Sánchez. Aunque no tengo una natural predisposición para intervenir en eventos semejantes, acepté de inmediato la invitación por las cordiales relaciones (el cariño incondicional y el respeto, lo que suele resumirse en el imaginario vínculo "amistad") que me une con todas esas personas.
Al principio, la mesa iba a funcionar bajo el ominoso título de "Literatura y política", pero luego de algunos intercambios electrónicos mutó en "La literatura y la vida", y así fue anunciada.
El día de la mesa fui temprano a la sede del encuentro, un poco para escuchar a otros amigos que iban a hablar, otro poco para hacerme una idea del estado de "la sabiduría de puán" (que en facebook es mucho más abigarrada que en los blogs).
Tuve la dicha (o la condena) de comprobar, una vez más, cuánto más interesantes son los intercambios entre las personas cuya curiosidad los ha llevado a especializaciones remotas (como la literatura medieval) que los de aquéllas que, por esnobismo o pereza, hablan de "literatura argentina contemporánea".
Más tarde, durante las discusiones después de nuestras exposiciones en la mesa, me referí a esa apatía que había percibido entre algunos expositores que hablaban de textos y autores sin que se supiera bien por qué habían sido interpelados por esas figuras o por esos escritos, como si todo les diera más o menos lo mismo y sólo quisieran cumplimentar burocráticamente el trámite que les permitiría agregar una línea más a sus currículas.
En contra de esa apatía, los medievalistas hablaban de dragones (rojos y blancos), de papagayos y sistemas de enunciación "papagayescos" (es decir de textos en los cuales el que hablaba sólo podía repetir citas de la Biblia, sin ton ni son), de la palabra sagrada y la palabra profana, de "la gran crisis del XIV", de la potencia de muerte de la imaginación (Chaucer: "se puede morir de imaginación") y de delicias semejantes, como si todo eso fuera importante para ellas (eran todas mujeres), y efectivamente lo era, incluso también para quienes escuchábamos.
Vuelvo a la mesa: el coordinador designado, Diego Peller, anunció que Josefina Ludmer había desistido de presentarse por no sé bien qué compromisos en los que nadie creyó demasiado.
No he hablado con Ludmer desde entonces, pero puedo entender perfectamente la hipótesis hegemónica de que su defección obedecía a la renuencia de los organizadores del congreso a invitarla para que pronunciara una conferencia plenaria (renuencia que, en algún sentido, replicaba y continuaba el maltrato que, durante años, se le dispensó a Ludmer en la Facultad de Filosofía y Letras). Repito: no soy yo el promotor de la especie (y Ludmer es inocente de todas estas especulaciones), pero la hipótesis me pareció verosimil. En todo caso, Matilde Sánchez abrió la mesa con un texto cuyo título fue "Una literatura sin intermediarios", yo la seguí con este texto, y cerró Jorge Panesi con "Pinceladas autobiográficas en la crítica argentina".
Las presentaciones fueron desparejas, pero creo que tanto mi texto como el de Jorge se ajustaban al título de la mesa. El de Matilde, en cambio, no.
"Pinceladas autobiográficas..." (según mis notas) citó los pares "literatura y salud" y "literatura y delirio" tomados de "La literatura y la vida" (yo, que conozco bien el texto, había preferido aludir al igualmente deleuzeano "La inmanencia: una vida..."), se detuvo en el "espíritu carroñero del literato" y propuso a la la literatura como la vida misma (del lector), porque el texto sería un espejo heterotópico: la vida del lector y la del texto no se relacionan en términos de representación sino en términos de reacción. Luego, Panesi analizó algunos casos de "la vida como grafo": la biografía y la autobiografía o los restos de biografía en los textos críticos. Se refirió, naturalmente, a las discutibles hipótesis de Alberto Giordano (El giro autobiográfico, etc...) y dijo que lo autobiográfico, en Giordano, se agota en lo institucional, a diferencia de lo que podía observarse en textos como los de Masotta y Ludmer (esa gran ausente que había convocado a una multitud). Finalizó con la consigna de Deleuze, para quien escribir es "inventar un pueblo que falta".
La disertación de Matilde Sánchez se articuló en cuatro puntos (vuelvo a consultar mis notas):
1) La ampliación de los márgenes de lo literario, correlativo de un "empobrecimiento" (desmonetarización) de la literatura.
2) En algún sentido, ambas líneas serían causa (o consecuencia) del "fin de las mediaciones" (Josefina Ludmer ha interpretado ese fin, yo creo, como "posautonomía" y Mario Bellatin le ha dado forma en el extraordinario proyecto "Los cien mil libros de Bellatin", suficientemente documentado en Facebook). A propósito de este asunto, Sánchez pronuncio la sentencia (descortés e inexacta) "Ha muerto el blog".
3) La proliferación de nouvelles y ensayos subjetivistas. La brevedad facilita la edición y se adapta mejor a los regímenes de la vida actual. Ejemplos que Sánchez incluyó entre los mejores "libros de este año": La intemperie (2008) de Gabriela Massuh y Rabia (2005) de Sergio Bizzio.
4) En cuanto a la primera persona, Sánchez colocó la posición de Fernando Vallejo "como dogma" y se refirió a Karina Jelinek y Thomas Bernhardt.
Hasta allí, un breve resumen de las intervenciones escritas. Luego comenzaron los intercambios. El primero en intervenir, desde el público, interrogó a Matilde Sánchez sobre la (larguísima) novela de Brizuela, que habría sido editada con el patrocinio de una fundación o algo parecido. Matilde, que había insistido en su "cansancio extremo" desde antes que comenzara la mesa, repitió sus argumentos, pero esta vez insistió en "el problema" que significaba la actual configuración del universo editorial.
Un coordinador mejor entrenado habría reconducido el tema de la mesa a sus carriles, "La literatura y la vida", sobre todo teniendo en cuenta que las dos últimas novelas de Matilde Sánchez, El desperdicio y Los daños materiales, son experimentos de apropiación de vidas ajenas y, además, que Matilde había rescatado el "realismo desorbitado" de Manuel Puig y de Fogwill como "la vuelta de la vida a la literatura" y porque Fogwill, según Matilde, había recuperado "la vulgaridad como método narrativo" (entre los muchos malosentendidos que Los daños materiales desencadenó, el de la "vulgaridad" no es el menor).
Pero es probable que Diego Peller no haya leído esas novelas, de modo que habría sido injusto reclamarle una pregunta a propósito de ellas (yo mismo, obnubilado por el caos argumental que nos envolvía progresivamente, me abstuve de traerlas a colación, y ahora me arrepiento).
El debate continuó (peor que bien) sobre lo que cada uno pudo escuchar sobre lo que el otro dijo (y, fatalmente, las distorsiones son lo que siempre aparece en primer término).
En algún momento le señalé a Matilde que yo creía que las premisas de su intervención estaban equivocadas y que decir que "el blog ha muerto" es una hipótesis insostenible, tanto como quejarse de los métodos de edición online que han transformado la literatura (y, por lo tanto, a esas instituciones que lucran con lo literario: las editoriales). Creo que sostuve mi vieja hipótesis: si los autores, de ese modo, no ganan plata para sostener sus vidas, pues "que vayan a trabajar" como cualquier hijo de vecino, porque ya no son tiempos de seguir sosteniendo un "impuesto al tarado" que, comprando libros, debe sostener esas vidas totalmente improductivas.
Creo que a propósito de este exhabrupto (esa incapacidad para controlar los demonios que me habitan será siempre mi faceta más odiosa), Jorge Panesi señaló que hay personas que consideran la práctica literaria como una actividad del espíritu. Sofocado por una acusación semejante (luego Jorge me aclaró que no se refería a mí) desplegué mi abanico y precisé que, aunque yo soy una señora bien burguesa, no se trataba de espiritualismo alguno sino de decidir si la literatura es o un bien o una experiencia. Mis lecturas me inclinan a pensar lo segundo.
Hacia el final, el coordinador de la mesa me preguntó si el sistema de reglas a las que yo me había referido permitirían llevar "una vida plena" (en oposición a una "vida dañada", esa excrecencia de la pesadumbre adorniana que no sé a cuento de qué fue citada). Dije, naturalmente, que no, como cualquier lector de Deleuze podría sospechar. Se trata de "una vida" en su inmanencia absoluta. Predicar una vida ("plena", "dañada") es abrir la puerta a las políticas de exterminio del fascismo (que operó a partir de nociones como la "vida indigna de ser vivida").
Creo que, a grandes rasgos, eso fue lo que se dijo (para los curiosos de Facebook). Creo que, más allá de las interpretaciones, todo fue mucho menos interesante que lo que los chismorreos hacen suponer...