domingo, 12 de junio de 2005

Libros recibidos

Con tantos libros interesantes recién distribuidos, yo aposté mal y me llevé, para un fin de semana en el campo, La misteriosa llama de la reina Loana (Buenos Aires, Lumen, 2005, 512 págs. ISBN 84.264.1491.5), el menos audaz de los libros de Umberto Eco, un autor por lo general bastante módico en su impulso teórico (cuando de libros "teóricos" se trata) o novelesco (cuando de novelas se trata). La misteriosa llama de la reina Loana es un bello objeto (desde la tapa hasta las innumerables ilustraciones que engordan artificialmente un relato completamente intrascendente) y poco más. Una vez más Helena Lozano Miralles ha traducido a Umberto Eco, esta vez con jactanciosa equivocación (se incluye un "epílogo" completamente incomprensible que sería mejor guillotinar en el futuro, si es que este libro tuviere alguno).
El señor Bodoni, vendedor de libros raros y caros, ha perdido su memoria "personal" como efecto de un accidente cerebrovascular o algo así (se nos dice que las memorias son dos, y una de ellas está dividida y sus sedes estarían en diferentes lugares del cerebro, lo que justifica el olvido total de los pormenores de la propia vida pero no la cultura adquirida).
Dos o tres cómodos milagros narratológicos han conservado prácticamente todo lo que el señor Bodoni ha leído en sus sesenta años de vida, de modo que el amnésico (con la incomprensible anuencia de su esposa y sus dos hijas) se embarca durante dos meses en una relectura de libros, revistas, periódicos, cuadernos y otros restos del pasado en busca de lo que le dicen que fue (o de lo que nadie sabe que fue). El resultado es pobre, tanto para él mismo como para el lector (yo, al menos, confieso haber pasado sin hesitación página tras página de glosas protocolares de
comics y novelas). La misteriosa llama de la reina Loana, que adopta los métodos de la investigación documental y el archivismo, carece a tal puntos de hipótesis originales que lo que el narrador lee no va mucho más allá del catálogo de lugares comunes sobre la cultura de masas. Lo que podría calificarse con un "4 (cuatro)" en cualquier monografía prolija.
Nadie espera de Eco sino libros útiles (sus previsibles manuales siempre serán provechosos para los lectores perezosos) o divertidos. El nombre de la rosa o Baudolino se pueden releer con placer, cosa que no podría decirse del resto de sus novelas y, sobre todo, de esta última desencaminada incursión en los laberintos de la ficción. Tal vez se trate sólo de eso: Eco sabe como nadie articular un relato moderno (es decir: industrial) alrededor de la Edad Media, cuyos textos conoce de primerísima mano. Fuera de ese universo (perdido para siempre, encantador) sus novelas se leen sólo como el capricho de un millonario culto.

2 comentarios:

rolandgarron dijo...

Acerca de trastornos de la memoria merece recordarse el libro del autor de "Despertares", Oliver Sacks (nada que ver con Conejillo), intitulado "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero". Sin ser en absoluto ficción, es encantador e hilarante, en especial la parte en que se descubre que unos afásicos ríen al ver un discurso de Reagan porque su agudizada percepción de la lectura de labios les permite advertir las contradicciones gestuales que acarrea mentir. También es insuperable el hombre que padece el "mal de Touraine" (un leve trastoque en la brújula interior) que lleva una vida perfectamente normal, excepción hecha de su inclinación al caminar, en un ángulo de 45 grados.
Eco siempre fue un cartonero de Borges ("El nombre de la rosa" pretendió ser un título-homenaje así como el patético bibliotecario). Sugiero que se "inspiró" en una mixtura desafortunada, en un híbrido de "La memoria de Shakespeare" y de su confesa necesidad de dar una versión enaltecida del "Código Da Vinci". Gracias por evitarnos su lectura!

Anónimo dijo...

A mi me gustó. Sobre todo el que en vez de decir "juro" decía "Arturo"