sábado, 7 de agosto de 2021

Todos los fuegos el fuego

Por Daniel Link para Perfil

El último jueves de julio ardió la Cinemateca Brasileira. Uno de sus depósitos en Vila Leopoldina (San Pablo) quedó integramente destruido. El fuego se había iniciado en una de las salas de películas históricas cuando una empresa realizaba el mantenimiento de los equipos de aire acondicionado. Se perdieron alrededor de un millón de documentos, incluyendo guiones y copias de películas de los últimos cien años.

Apenas nueve días antes de la catástrofe, el Ministerio Público Federal de San Pablo había advertido del riesgo de incendio. En 2016 la Cinemateca ya había sufrido un incendio en otra sede (Vila Mariana) y en 2020 una inundación afectó la colección de Vila Leopoldina, hoy perdida para siempre.

En septiembre de 2018 otro fuego destruyó el Museo Nacional de Río de Janeiro. En San Pablo se perdieron, en los últimos años, el teatro Cultura Artística, el auditorio Simón Bolívar del Memorial de América Latina, el Liceo de Artes y Oficios y el Museo de la Lengua Portuguesa.

Pero nada se compara con este último hecho que los cineastas, historiadores y trabajadores del sector audiovisual califican de crimen, por incompetencia, omisión o deliberado abandono por parte del gobierno federal.

Ahora, las asociaciones de las que participamos elevan su voz de protesta, pero ya es demasiado tarde. Las chispas de vida que sobrevivían en cada uno de los documentos que guardaba la cinemateca, eso que nos permitía construir y reconstruir unas memorias comunes y situarnos no solamente en el espacio sino también el tiempo, han sido aniquiladas por la espada flamígera que prefiere la ignorancia y el olvido.

Dicen que la culpa es de Bolsonaro, pero para eso hay que ignorar los incendios de 2016 y 2018. La culpa es de toda la corrupta burocracia estatal y federal que no quiso ver ni oir las advertencias. Bolsonaro es el último responsable de esta tragedia, pero otros muchos deberán acompañarlo en en infierno.


viernes, 6 de agosto de 2021

Humanos y lemmings

por Giorgio Agamben en Una Voce vía Artillería inmanente 

Los lemmings son pequeños roedores de unos 15 centímetros que viven en las tundras del norte de Europa y Asia. Esta especie tiene la peculiaridad de emprender repentinamente migraciones colectivas sin motivo aparente, que terminan en un suicidio masivo en las aguas del mar. El enigma que este comportamiento ha planteado a los zoólogos es tan singular que, tras intentar dar explicaciones que resultaron insuficientes, prefirieron eliminarlo. Pero una de las mentes más lúcidas del siglo XX, Primo Levi, cuestionó el fenómeno y aportó una interpretación convincente. Damos por sentado que todos los seres vivos desean seguir viviendo: en los lemmings, por alguna razón, esta voluntad ha desaparecido y el instinto que les impulsaba a vivir se ha invertido en un instinto de muerte.

Creo que algo parecido le ocurre hoy a otra especie de seres vivos, la que llamamos homo sapiens. El suicidio colectivo se produce aquí —como corresponde a una especie que ha sustituido el instinto por el lenguaje y un impulso endosomático por una serie de dispositivos externos al cuerpo— de forma artificial y complicada, pero el resultado podría ser el mismo. Los seres humanos no pueden vivir si no se dan a sí mismos razones y justificaciones para sus vidas, que en todos los tiempos han tomado la forma de religiones, mitos, creencias políticas, filosofías e ideales de todo tipo. Estas justificaciones parecen hoy —al menos en la parte más rica y tecnologizada de la humanidad— haber caído, y los hombres se encuentran quizá por primera vez reducidos a su pura supervivencia biológica, que parecen no poder aceptar. Sólo así se explica que, en lugar de asumir el simple y amable hecho de vivir unos al lado de otros, hayan sentido la necesidad de instaurar un implacable terror sanitario, en el que la vida sin más justificaciones ideales se ve amenazada y castigada a cada momento por la enfermedad y la muerte. Y sólo esto puede explicar que, a pesar de que las compañías fabricantes de vacunas han declarado que no es posible predecir sus efectos a largo plazo, porque no se han podido cumplir los procedimientos establecidos, y que las pruebas de genotoxicidad y carcinogenicidad no estarán terminadas hasta octubre de 2022, millones de personas hayan sido sometidas a una vacunación masiva sin precedentes. Es perfectamente posible —aunque en absoluto seguro— que dentro de unos años el comportamiento humano sea similar al de los lemmings y que, por tanto, la especie humana esté abocada a su extinción.

 

domingo, 1 de agosto de 2021

Nos faltan poetas...

 .... como Andrés Bello:

 


 

sábado, 31 de julio de 2021

Los ludópatas

por Daniel Link para Perfil

Estamos en proceso de desintoxicación. Hace varios años, mi marido descubrió un jueguito encantador (en peor sentido: hipnótico, brujeril). Se juega en cooperativas una carrera en la que hay que cumplir una cantidad de tareas (fabricar cosas, ordeñar vacas, cultivar campos).

Al principio nos divertimos, hicimos amigos en diferentes lugares del mundo. Luego nos fuimos peleando con todos y todas y quedamos, en nuestra cooperativa, sólo él y yo para enfrentar alternadamente cada desafío semanal (que resolvíamos en un día, para que no interfiera con nuestra vida social o nuestro trabajo). Fue inútil, porque el juego se fue complicando cada vez más y los sucesivos reclamos que envié a los desarrolladores cayeron en saco roto. Así que desde la semana pasada, hemos decidido abstenernos de la carrerita lo que, en la práctica, significa que entramos al juego poco y nada.

Esperamos que con el tiempo esa frecuencia incluya períodos de abstinencia cada vez más largos, hasta que nos olvidemos definitivamente del asunto.

Nos asustó no tanto nuestra propia adicción, que manejábamos relativamente bien porque competíamos en semanas alternadas y sin gastar un solo peso, sino la de jugadores rivales, que se mataban por primeros puestos que no otorgaban ningún premio significativo y que, a todas luces, compraban ventajas (que cuestan como mínimo 5 dólares).

Me confortaba diciendo que el tiempo que gastaba en el juego (un par de horas semanales) era de todos modos menos que el que habría desperdiciado en las redes, ese mundo de crueldades y convicciones inquebrantables. Además, imaginaba que iba a poder escribir una novela de ciencia ficción en la que los sencillos robots que forman parte del juego se independizaban del algoritmo que los gobernaba. Iba a llamarse La isla y los robots tenían nombres del campo artístico argentino.

Si la literatura es salud, algún día ese texto se escribirá solo.

miércoles, 28 de julio de 2021

lunes, 26 de julio de 2021

Mirá, querida...

.... Yo fui unx de tus descubridorxs. Esperé, esperé, esperé. 

Me alegro mucho de último oro. 

 

Y bueno, sí, un poco de orgullo también. 

Pero tanta sobada de ganso, en fin...


 


 

 

El archivo te buscará para matarte

sábado, 24 de julio de 2021

La extrema derecha

Por Daniel Link para Perfil

El 16 de julio, Giorgio Agamben publicó en el blog de la editorial italiana Quodlibet una columna titulada “Ciudadanos de segunda” que centra su atención en la implementación del “green pass” europeo que autoriza los movimientos de los vacunados. Agamben asimila el “régimen despótico de emergencia” que vivimos al fascismo: “El hecho de que la vacuna se convierta así en una especie de símbolo político-religioso destinado a establecer una discriminación entre los ciudadanos queda patente en la irresponsable declaración de un político que, refiriéndose a quienes no se vacunan, dijo, sin darse cuenta de que estaba utilizando una jerga fascista: «los vamos a purgar con el green pass»”.

En Francia, la decisión de Macron de establecer la obligatoriedad de la vacuna para trabajadores de la salud desencadenó grandes manifestaciones, caracterizadas como de “extrema derecha”. Pero no se sabe bien dónde está la extrema derecha, sobre todo porque el presidente francés dijo que “la vacuna equivale no solo a salud, sino también a la plena libertad”, lo que parece avalar más bien la posición de Agamben que la de los periódicos europeos.

Tampoco se sabe bien cómo interpretar la “objeción de conciencia”, porque muchas veces se la evalúa en relación con el objeto sobre el que recae la objeción. Si un pacifista se niega, por propias convicciones, a participar de una guerra, pareciera que se trata de una buena conciencia, pero si lo que se objeta es la interrupción voluntaria del embarazo o, como en este caso, una vacunación de efectos todavía imprevisibles (mi hija tiene petequias desde que se dio la primera dosis de AstraZeneca, hace ya más de un mes), la conciencia es mala, malísima.

No se puede discriminar entre buenas y malas conciencias tan fácilmente porque eso implica, de inmediato, establecer jerarquías ciudadanas. Todos deberíamos tener los mismos derechos, con independencia de nuestras convicciones y las formas de vida que hayamos elegido.

Entre nosotros, los “pases de vacunación” ya empiezan a funcionar. Si un bar ya ha completado su aforo, podrá incrementarlo en un 20 % con la condición de que ese porcentaje esté integrado exclusivamente por personas vacunadas con al menos una dosis de vacuna.

Ese privilegio puede significar más bien poco aplicado al ejercicio de una actividad más bien nimia (¡ir a un bar!), pero aplicado a aspectos de la vida con un peso específico mayor (concurrir a un aula, a una sala de conciertos, subirse a un tren) la cosa cambia.

Podría desentenderme del problema, pero eso sería como repetir el gesto de indiferencia que denunció el pastor Martin Niemöller a partir de 1946: “Primero se llevaron a los no vacunados, pero a mí no me importó porque estaba vacunado”. Cuando el año pasado vimos Songbird, protagonizada por Demi Moore, nos pareció un disparate. ¿Lo era?

 

jueves, 22 de julio de 2021

sábado, 17 de julio de 2021

¿Por qué se mata?

Por Daniel Link para Perfil

No me voy a andar haciendo el cristiano primitivo (así llamaba Adorno a los cultores incondicionales de las dificultades del alto modernismo). Tengo mi corazón puesto en cierto trash industrial. Pero todo tiene un límite: las historias organizadas alrededor del superheroísmo y la brujería me duermen (literalmente), porque los superpoderes y los conjuros desbaratan la posibilidad misma de la narración. ¿Por qué en determinado momento se los usa, y en otros no? Todo eso arruina un poco la capacidad de disfrutar de un relato, porque uno sabe de antemano que no hay lógica narrativa posible (cuando la lógica narrativa está bien planteada, todo es posible).

Me duermo con Loki, la última excrecencia de Marvell, ahora incorporada al menú de Disney. Y me duermo también con 30 Monedas, que parecía una versión cachivache de ficciones paranoicas hasta que apareció una bruja. Alguien escribió por ahí que era lo mejor de la televisión española en toda su historia (le hago responsable por haberme hecho torrentear ese bodrio indigesto de HBO Europa). ¿Y El Cid de Amazon, qué? La primera temporada fue deliciosa. La semana que viene estrena la segunda.

A mi marido no lo sublevan (virtud de la que yo carezco) las incongruencias narrativas de los poderes sobrenaturales. En fin, que me duermo. Después, cuando me despierto, me dedico a lo mío. Por ejemplo, Marcella (2016). La serie estuvo ahí, disponible, pero con ese nombre...

Es un drama policial negrísimo creado por el sueco Hans Rosenfeldt, el mismo de Bron-Broen (The Bridge) y estelarizado por Anna Friel en el papel de una detective que tiene una cantidad enorme de problemas, entre los cuales se cuentan unos black-outs durante los cuales hace cosas que luego no recuerda.

Al final de la segunda temporada, luego de haber resuelto dos complejísimos casos, está al borde del suicidio. Y sin embargo hay otra temporada más, soberbia, que deja a las anteriores (que eran ya de por sí excelentes) como ejercicios preparatorios de un desenlace shakespeareano.

El guion es perfecto, progresivamente asfixiante y todo funciona como un mecanismo de relojería gracias a un equipo de directores que ya había brillado en Broadchurch, en Downton Abbey, en Wallander, en The Bridge.

Todo buen policial debe contestar con rigor a la pregunta de por qué se mata. Marcella va mucho más allá y trata de responder a la pregunta de por qué todos se matan entre si.

 

sábado, 10 de julio de 2021

La ñata contra el vidrio

Por Daniel Link para Perfil

En una entrevista reciente, Alejandro Katz caracterizó a la nuestra como una “sociedad fallida” y sostuvo que “lo que tenemos que empezar a decirnos es que la Argentina ha dejado de existir”.

Le escribí de inmediato lamentando su diagnóstico penoso (pero difícil de refutar) y le dije: “Hagamos algo”.

El problema va a ser, naturalmente, a quienes incluye ese plural del que depende todo.

Pienso, naturalmente, en Chile, un país que siempre nos pareció rarísimo y que, de pronto, nos da lecciones de democracia intensa. El domingo pasado, los constituyentes elegidos para redactar una nueva Carta Magna que reemplace a la actual, pergeñada por Pinochet y sus secuaces, consagraron como presidente de la Convención (con 96 votos en segunda vuelta) a Elisa Loncón, doctora en literatura, lingüista y activista mapuche.

¿Se imagina alguien un proceso semejante en Argentina, donde el resultado de la elección chilena (el triunfo de las fuerzas de la izquierda independiente y el partido comunista) fue condenado en la prensa como la venida del Anticristo?

¿Quien se animaría a dejarse representar en una Convención Constituyente argentina? ¿Y por quién, por cuál forma del resentimiento? ¿La de esa señora que mandó a los argentinos que quedaron varados no sé dónde a vender empanadas en las esquinas? ¿La de ese gobernador que cobra peaje para entrar a su provincia? ¿O la de ese ecónomo que todavía considera que el Sr. Cavallo fue el mejor ministro de la historia? Hagamos algo, sí, pero que se parezca a Chile.



jueves, 8 de julio de 2021

lunes, 5 de julio de 2021

sábado, 3 de julio de 2021

Las cenizas de Colón

La lotería de Babilonia

Por Daniel Link para Perfil

Y sí, hermanes, quélevamohacé, Borges está siempre ahí, es lo más a mano para explicarnos el vértigo que nos domina. “Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad” dice (y al hacerlo hace coincidir nuestra voz con la suya) el narrador de “La lotería de Babilonia”, relato que ha sido leído como una alegoría del fascismo (la movilización total), de la democracia (la posibilidad de sustraerse a la fatalidad, a los dictados de las determinaciones), del peronismo (“los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y de espías” y “Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta.”)

Como esas cabezas forman hoy para nosotros parte de la misma Hidra, bien puede pensarse que el cuento cifra una postulación metafísica sobre Argentina.

He aplicado la interpretación babilónica a mi propio presente. La tirada de dados me favoreció con una primera dosis de la vacuna AstraZeneca (su versión indiana). No es que confíe más en su potencia de inmunización respecto de la de, digamos, Sputnik. Eso supondría alguna razón, completamente reñida con el azar. En este caso: AstraZeneca me permitirá atravesar fronteras una vez que complete mi esquema de vacunación, mientras que (por lo menos hasta ahora) Sputnik no.

¿Para qué someterme a una suerte inaudita? Tengo compromisos laborales allende los límites de la patria que debería atender, pero un nuevo giro de la rueda de la fortuna podría arrojarme a costas desconocidas.

Hoy conocemos un nuevo capricho de la lotería. En las siguientes semanas, sólo 600 personas por día de las miles que se han ido por diferentes razones (no haría falta invocar ninguna para viajar a donde uno se le dé la gana) podrán volver al suelo patrio. El número de desterrados crecerá exponencialmente hasta que en cada puerto aéreo del mundo haya una pequeña colonia habitando en carpas y aguardando la próxima suerte, una ficha imposible de prever dado el carácter completamente sobrehumano de la inteligencia que la fragua. ¿Seré parte de esos campamentos precarios cuyo objetivo último se nos escapa salvo como ejercicio de un poder subjetivo? “El pueblo logró que la Compañía aceptara la suma del poder público. (Esa unificación era necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones.)”

Esas operaciones, indiscernibles para el común de los mortales, afectan no sólo a la posibilidad de movimiento, sino también a los ingresos personales y a nuestra relación con el fisco. “La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores.”

Cada mañana es imprescindible que cada uno de los empleados de la Compañía (que es el único empleador del país, incluso cuando parezca haber otros) controlemos la danza de la fortuna (expresada en relaciones de cambio) para conocer cuántas monedas podremos ahorrar de nuestro salario o cuántas deberemos robar en la calle.

En un resultado de la lotería, se determinó el monto de la contribución que deberían realizar los inscriptos en el registro de artesanos y practicantes de las artes liberales. Un segundo resultado hizo que ese monto fuera retroactivo. La turbamulta elevó su voz destituyente. Un tercer resultado negó los anteriores (todo sucedió en el transcurso vertiginoso de media fase lunar) y transformó a los que antes eran deudores en acreedores del fisco.

“La Compañía (así empezó a llamársela entonces) tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios si faltaba en las cajas el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los perdedores: el juez los condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de cárcel. Todos optaron por la cárcel, para defraudar a la Compañía”, etcétera.

Por la sola fatalidad de ser argentino, “he conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre”.

domingo, 27 de junio de 2021

Minas, criptas, textos

Por Rafael Spregelburd para Perfil

El portal de Business Insider de México dio cuenta de la decisión de China de prohibir a veintiseis minas de criptomonedas que sigan haciendo eso que se supone que están haciendo. Son muchas suposiciones: que el portal exista, que haya minas que creen valor, o que sepamos si es cierto que los bitcoins se pueden desplomar tan imprevistamente como surgieron. Cayeron un 11% y no sé si es mucho porque no sé cuánto es el 11% de equis.

No es la invención de un valor basado sólo en su capacidad de encriptamiento lo que preocupa al gobierno chino; los motivos son ecológicos. Las computadoras que pican la piedra de lo inasible para acuñar criptomonedas consumen una cantidad enorme de energía y China se preocupa por el impacto ambiental de tan esquiva praxis, tan espinosa como el criptoarte. Así como antes un artista podía imprimir una cantidad de copias de sus serigrafías y vender cada una a un precio en relación con el número limitado de reproducciones, el criptoarte supone algo así como la repartición en acciones de una imagen. El comprador tiene acceso a una versión en píxeles y su placer de posesión va ligado a la certeza de que unas computadoras le garanticen que esa imagen no se reproducirá más veces de las prometidas en la compra. Es cierto que si lo llamamos compra la cosa huele a estafa, pero si lo pensamos como donación (coleccionistas actuando como mecenas que hacen posible la vida de artistas emergentes) la estafa presenta su doble filo más inquietante: no importa cuál sea el soporte material de las imágenes, éstas parecen surgir de una mina inacabable que es financiada por el excedente de otras operaciones económicas. Gastar el dinero que no se necesita para la subsistencia primaria en financiar la producción de imágenes.

Este cambio de paradigma material proviene –no podía ser de otra manera- del campo de las artes visuales, siempre a la vanguardia en relaciones de poder entre imagen, materia, posesión, frivolidad, placer y evanescencia.

¿Pero qué sucederá con las otras ramas del arte y la expresión? Por ejemplo, con las palabras. Pronto también los escritores podrían escribir a pedido o casi de mecenas lectores, que financiarían novelas o poemas entre varios para que su autor no dependiera de las reglas del comercio o del gusto hegemónico. Que algunas bandas de música ya lo hacen no es tampoco novedad, como Einstürzende Neubauten, que produce sus canciones al amparo de donaciones de los fans. Canciones a veces invendibles.

La cosa se pone más picante si ahora hemos de considerar que el soporte que permite la difusión virtual del arte consume energía y es contaminante. ¿Habrá que seleccionar qué obras vale la pena producir? Como cuando se tala un bosque para editar un libro y entonces el libro debe ser tan bueno que justifique el hacha.

Estamos lejos de desanudar la trama entre arte y mercancía.

 

sábado, 26 de junio de 2021

O inventamos o erramos

por Daniel Link para Perfil

Y de pronto, el dedo tieso de la segadora toca los corazones y los paraliza. Odio las necrológicas y los elogios fúnebres. El domingo, Juan Forn murió de un infarto y el martes Horacio González cedió al abrazo de la peste.

No hace falta cometer la torpeza de fingirse amigo de ellos para lamentar sus muertes.

Llorar a los otros es llorar la propia soledad porque cada vez que alguien muere nos quedamos atónitos ante la falta de interlocución, de complicidad, de disidencia.

Cuando alguien de la generación previa a la nuestra desaparece nos sentimos abandonados a nuestra suerte y a nuestra ignorancia. Y cuando alguien de nuestra propia generación nos deja es como que una puerta queda abierta para que los vientos entren y se lleven todo por delante. Queda un lugar vacante, una herida que tal vez nunca termine de cerrar.

Yo me había reservado, para esta semana, la historia de ese semi dios escandinavo que cayó muerto en el campo de combate para resucitar después de un cuarto de hora.

Pero nuestros muertos no son como Christian Dannemann Eriksen. Los nuestros se van del todo y para siempre y nos obligan a revivirlos de otro modo.

Lo que hay que hacer es encarnizarse en el empeño de sostener una mirada sobre todo lo que hicieron y el modo en que definieron el presente nuestro, cada uno desde su lugar, que no necesariamente coincide con el propio.

Y transmitir a quienes nos sucedan la obligación no de ver el mundo a través de los ojos de ellos sino de ver en lo que inventaron la posibilidad del salto hacia un futuro.

Juan Forn inventó, entre otras cosas, una literatura argentina que antes de la colección Biblioteca del Sur no sólo no existía sino que era insospechable. Horacio González nos regaló versiones memorables de nuestro pasado cultural, político, estético e ideológico.

Sé que la divisa de Simón Rodríguez que titula esta nota le gustaba a Horacio, pero a Juan también le sentaba.

 

miércoles, 23 de junio de 2021

Horacio González (1944-2021)

por Daniel Link para Mu

Se pueden discutir las opciones ideológicas de una persona que, como Horacio González, nos ha abandonado a nuestra suerte. Se puede discutir también su obra inmensa. Lo que no se puede negar es que esa obra existió y existe. Que Horacio González modeló buena parte de lo que consideramos nuestro presente.

Horacio fue un militante, un intelectual, un funcionario público, un conversador incansable y un gran escuchador. Nunca fui su alumno, pero lo imagino un profesor generoso, dispuesto a compartir sus saberes. Después de todo, así funcionaba fuera de las aulas. En contra de lo que suele suceder con figuras de su talla, compartir un panel con él implicaba siempre (subrayo: siempre) su escucha atenta y una devolución enriquecedora.

Como bien señaló María Pía López, Horacio funcionaba en tribus o manadas. La más célebre de ellas fue sin duda el colectivo Carta Abierta, que sesionaba en la Biblioteca Nacional durante su gestión al frente de esa institución a la que le devolvió el brillo que había perdido, sosteniendo la revista La Biblioteca y una innumerable cantidad de colecciones de libros.

Pero hubo, por supuesto, otras tribus: las cátedras de las que formó parte, los proyectos de investigación e intervención pública de los que participó.

Creo que no hay una sola fotografía de Horacio González donde su cara no aparezca dominada por una melancolía profunda. Le había tocado en suerte esa máscara, pero no era una persona exenta de alegría.

De hecho, su prosa tan rica, tan brillante, abunda precisamente en eso, en explosiones de alegría, en volutas y circunloquios que son como una espuma riente superpuesta a la gravedad de las cosas que tenía que decir.

Cualquiera de esos acontecimientos que nos paralizan por un rato porque nos exigen una toma de posición encontraba en Horacio una resonancia particularmente rica. Había que esperar a que Horacio se expidiera en sus columnas de Página/12, no tanto para mimetizarse con sus opciones (aunque casi siempre tenía razón) sino para conocer mejor el campo de tensiones respecto del cual había que decidirse.

Al faltarnos Horacio nos faltan, hoy, su amabilidad, su capacidad crítica, su orientación sobre qué deberíamos ser capaces de pensar. Nos falta casi todo.

 

Juan y yo

por Daniel Link para La Agenda

No creo que haya habido un universo posible en el que Juan Forn y yo compartiéramos gustos literarios o ideas sobre la cultura.

Y sin embargo, trabajamos frente a frente durante siete años, él editando las 32 páginas de Radar y yo las 8 páginas de Radarlibros, trabajo para el cual él me había convocado, con una confianza ciega.

Para mí fue una experiencia al mismo tiempo enriquecedora y dichosa. Podíamos discutir con Juan, pero siempre había un acuerdo fundado en el respeto mutuo. Además, siempre supe que nuestras diferencias se neutralizaban en un horizonte ético donde el trabajo tenía que ejercerse sin dañar a nadie.

A Juan le gustaba formar tanto como a mí me gusta enseñar. Son incontables las personas que aprendieron periodismo cultural de la mano de Juan.

Cuando tenía que editar una nota, muchas veces lo hacía con sus colaboradores sentados a su lado, para que vieran qué cosas podían mejorarse.

Cuando decidió retirarse para mejorar su calidad de vida, yo supe que mis días como editor estaban también contados. Lo extrañé entonces, y voy a extrañarlo todavía más ahora, porque sé que ya ningún azar alcanzará a reunirnos.