viernes, 27 de agosto de 2021
martes, 24 de agosto de 2021
Revolución y reformismo
Por Daniel Link para Perfil
Alguna vez Quique Fogwill, a quien tanto extrañamos, se maravilló cuando le dije que estábamos haciendo nuestra tercera casa. “Hacer” es una exageración para denominar los procesos de reforma que afectaron al departamento capitalino que es nuestro domicilio principal, al departamento secundario que ahora funciona como estudio fotográfico y la media casa quinta de cuyo uso nos beneficiamos. “Yo destruí la misma cantidad de casas”, me dijo entonces Fogwill y en su tono no leí ni culpa ni arrepentimiento pero sí un poco de melancolía, como si ya no fuera capaz de excesos tales.
“Destruir” y “construir” pueden considerarse polos de una misma dialéctica. Marx escribió en 1853 en su casa londinense que “Inglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión destructora por un lado y regeneradora por otro. Tiene que destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases materiales de la sociedad occidental en Asia”.
No es nuestro punto de vista que, en eso, abominamos del modernismo. Nos gusta hacer con lo que hay: cambiar la función de un cuarto, rehabilitar un baño, transformar un placard en un escritorio (los míos están a menudo en antiguos placares y siempre en “cuartos de servicio”).
Ahora hemos emprendido un nuevo proceso de reforma en un departamento marplatense que no es nuestro pero cuyo estatuto jurídico es tan complejo que su presunta dueña nos dejó hacer lo que quisiéramos con él.
La primera vez que lo visité quise pegarme un tiro en el paladar: estaba destruido (tal vez por eso pensé en Fogwill). Vendimos algunos muebles y refuncionalizamos otros (la cómoda del dormitorio es ahora el “centro de entretenimientos” de la sala, esas cosas). Hicimos una mesada de venecitas sobre la ruina que había en la cocina.
Reservamos para el final el cuarto de servicio, donde estará mi estudio marplatense. Ahí no hay placares, pero ya imagino cómo me las ingeniaré para que quepa mi escritorio y, por si acaso, un catre para las visitas.
Lo que era lavadero se trasformará en mi salita de lectura y después convertiremos el balcón (con una vista horrible a los más feos edificios del centro marplatense) en una terracita donde uno pueda sentarse a ver el mar, allá a lo lejos, trago en mano.
Para que esos proyectos funcionen hay que amar lo existente. Y sí, amamos Mar del Plata, amamos Constitución y General Rodríguez como Marx fue incapaz de amar (iba a poner la India, pero creo que no hace falta).
sábado, 21 de agosto de 2021
Gestos vacíos
Por Daniel Link para Perfil
Cualquier ciudadano de bien en los Estados Unidos reconoce que el embargo económico a Cuba es un gesto vacío o, en el peor de los casos, una concesión a los grupos anticastristas de Florida, cuyos votos son siempre una de las grandes intrigas en cada elección. Sólo así se explica la incomprensible política que al respeto sostiene la administración Biden, mucho más cerca de Trump que de Obama.
El embargo es absurdo primero por su ambigüedad (USA es uno de los principales exportadores a Cuba: alimentos, maquinaria agrícola, medicinas) y, en segundo término, porque sus efectos a lo largo de los últimos sesenta años han sido nulos para evitar la vulneración de los derechos humanos y el aumento de las arbitrariedades políticas en una isla que ahora, además, se ha declarado víctima del cambio climático y al borde de la desaparición.
Si el nivel del mar sube dentro de veinte o treinta años como está previsto, es probable que Cuba no desaparezca del todo. Florida, en cambio, con sus cayos incluidos, sí. Miami Beach se encuentra entre 60 y 120 centímetros por encima del nivel actual del mar y gran parte de la península es un pantano. La presión subterránea de la marea ya compromete la provisión de agua potable.
Más valdría abandonar los gestos vacíos y entender que la estupidez y el capricho son amenazas tanto para unos como para otros.
Si lo que nos preocupa es el sufrimiento del pueblo cubano, es claro que el bloqueo lo incrementa y puede llegar a provocar una catástrofe sin precedentes.
sábado, 14 de agosto de 2021
El idioma salvador
por Daniel Link para Perfil
Un amigo (un poeta) me pasa un poema de Roque Dalton, el gran salvadoreño que abrazó la causa comunista, que estuvo preso y fue expulsado de su país, que vivió en Chile, en Cuba, en la entonces Checoslovaquia, en México, que se peleó con la nomenclatura cultural cubana, y que murió asesinado en 1975 por sus compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo, que lo juzgaron culpable de agente de La Habana, de la CIA, del reformismo internacional y de indisciplina. Todavía no se conoce el paradero de sus huesos.
El poema de Dalton se llama “El idioma salvador” y es una larga retahila de palabras salvadoreñas con sus equivalentes españolas: “serpentina: cerveza. llorona: naranja. perico: aguacate. frailes: huevos. balastre: rancho carcelario. canción: carne. color: café. vasallos: plátanos. san fernando: panza de res. pólvora: arroz. chipopos: frijoles. coronel: pavo. mapin: pan. mora: gallina. sorias: tortillas. pañuza: agua. barniz: salsa, condimento o comida distinta que se agrega al rancho para mejorarlo. lucha libre: fritada de vísceras de buey. desperdicio de alambre: macarrones”.
Dedicado “A los miembros de la Academia Salvadoreña de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española”, dice que sólo hay una lengua redentora, la lengua materna (a la que, sin embargo, todo poeta quiere transformar en otra cosa). Y dice que la lengua materna no es una, y que no se trata de registrar meramente las variantes “dialectales” como desviaciones respecto de una hipotética norma culta sino de hacer pasar el cuerpo por esa lengua amasada por unos pueblos.
Tal vez sin saberlo, Roque Dalton se inscribe en una larga tradición filológica que luchó por la independencia lingüística, en busca de la expresión americana, contra la obsesión de los académicos por un lenguaje único y concentracionario y el odio hacia las diferencias. El bogotano Rufino José Cuervo sostuvo en 1881 que, como al dogma religioso, al lenguaje también lo acecha el cisma y por eso la diferencia debe ser destruida. Ese terror letrado y comercial (porque se trata de garantizar el comercio en un mercado que se imagina ya mundial) fue contestado en 1882 por el cubano Juan Ignacio de Armas, quien puso al español en la misma situación del latín: una lengua madre de la cual se desprenderían por lo menos cuatro idiomas americanos (con un aire de familia). “Buenos Aires”, sostuvo, “va actualmente por delante en la natural formación de un idioma propio”.
Por supuesto, Juan Ignacio fue tildado de extravagante (un poco, porque las etimologías que proponía lo son) y condenado al baúl de lo inservible como un antecedente de la dialectología hispanoamericana, que en su ya centenaria existencia no ha conseguido resolver el mapa lingüístico americano precisamente porque insiste en considerar al español de América una unidad con diferentes variantes. Incluso pese a que algunos investigadores (José Pedro Roma, por ejemplo) han subrayado que muchas veces una población usa un lenguaje ininteligible para profesores que viven a 50 kilómetros (tratándose además de dos comunidades monolingües).
Tal vez sea inútil desasociar el nombre del lenguaje que utilizamos del nombre de la Patria que nos ha tocado en suerte porque esa desasociación (ese desasosiego), como operación filológica, favorecería a quienes piensan la lengua como una materia prima en un paradigma colonial-extractivista.
Las academias de hoy contestan la lección de la Tierra, que se expresa en diferencias puras, y proponen descripciones pluricéntricas. Pero esa disparatada competencia entre lo contingente y lo eterno, entre lo universal y lo particular, entre lo global y lo local sigue desconsiderando la intensidad lingüística y el carácter expresivo del lenguaje que usamos, cuyo nombre ya no debería importarnos, así como no debería importarnos la sanción de quienes sueñan el sueño concentracionario de un español vaciado de toda diferencia.
A mí, por si acaso, hablame en criollo, con todas las intensidades y la expresividad del caso. Y si no llegamos a entendernos por medio de las palabras, siempre nos quedarán los gestos.
sábado, 7 de agosto de 2021
Todos los fuegos el fuego
Por Daniel Link para Perfil
El último jueves de julio ardió la Cinemateca Brasileira. Uno de sus depósitos en Vila Leopoldina (San Pablo) quedó integramente destruido. El fuego se había iniciado en una de las salas de películas históricas cuando una empresa realizaba el mantenimiento de los equipos de aire acondicionado. Se perdieron alrededor de un millón de documentos, incluyendo guiones y copias de películas de los últimos cien años.
Apenas nueve días antes de la catástrofe, el Ministerio Público Federal de San Pablo había advertido del riesgo de incendio. En 2016 la Cinemateca ya había sufrido un incendio en otra sede (Vila Mariana) y en 2020 una inundación afectó la colección de Vila Leopoldina, hoy perdida para siempre.
En septiembre de 2018 otro fuego destruyó el Museo Nacional de Río de Janeiro. En San Pablo se perdieron, en los últimos años, el teatro Cultura Artística, el auditorio Simón Bolívar del Memorial de América Latina, el Liceo de Artes y Oficios y el Museo de la Lengua Portuguesa.
Pero nada se compara con este último hecho que los cineastas, historiadores y trabajadores del sector audiovisual califican de crimen, por incompetencia, omisión o deliberado abandono por parte del gobierno federal.
Ahora, las asociaciones de las que participamos elevan su voz de protesta, pero ya es demasiado tarde. Las chispas de vida que sobrevivían en cada uno de los documentos que guardaba la cinemateca, eso que nos permitía construir y reconstruir unas memorias comunes y situarnos no solamente en el espacio sino también el tiempo, han sido aniquiladas por la espada flamígera que prefiere la ignorancia y el olvido.
Dicen que la culpa es de Bolsonaro, pero para eso hay que ignorar los incendios de 2016 y 2018. La culpa es de toda la corrupta burocracia estatal y federal que no quiso ver ni oir las advertencias. Bolsonaro es el último responsable de esta tragedia, pero otros muchos deberán acompañarlo en en infierno.
viernes, 6 de agosto de 2021
Humanos y lemmings
por Giorgio Agamben en Una Voce vía Artillería inmanente
Los lemmings son pequeños roedores de unos 15 centímetros que viven en las tundras del norte de Europa y Asia. Esta especie tiene la peculiaridad de emprender repentinamente migraciones colectivas sin motivo aparente, que terminan en un suicidio masivo en las aguas del mar. El enigma que este comportamiento ha planteado a los zoólogos es tan singular que, tras intentar dar explicaciones que resultaron insuficientes, prefirieron eliminarlo. Pero una de las mentes más lúcidas del siglo XX, Primo Levi, cuestionó el fenómeno y aportó una interpretación convincente. Damos por sentado que todos los seres vivos desean seguir viviendo: en los lemmings, por alguna razón, esta voluntad ha desaparecido y el instinto que les impulsaba a vivir se ha invertido en un instinto de muerte.
Creo que algo parecido le ocurre hoy a otra especie de seres vivos, la que llamamos homo sapiens. El suicidio colectivo se produce aquí —como corresponde a una especie que ha sustituido el instinto por el lenguaje y un impulso endosomático por una serie de dispositivos externos al cuerpo— de forma artificial y complicada, pero el resultado podría ser el mismo. Los seres humanos no pueden vivir si no se dan a sí mismos razones y justificaciones para sus vidas, que en todos los tiempos han tomado la forma de religiones, mitos, creencias políticas, filosofías e ideales de todo tipo. Estas justificaciones parecen hoy —al menos en la parte más rica y tecnologizada de la humanidad— haber caído, y los hombres se encuentran quizá por primera vez reducidos a su pura supervivencia biológica, que parecen no poder aceptar. Sólo así se explica que, en lugar de asumir el simple y amable hecho de vivir unos al lado de otros, hayan sentido la necesidad de instaurar un implacable terror sanitario, en el que la vida sin más justificaciones ideales se ve amenazada y castigada a cada momento por la enfermedad y la muerte. Y sólo esto puede explicar que, a pesar de que las compañías fabricantes de vacunas han declarado que no es posible predecir sus efectos a largo plazo, porque no se han podido cumplir los procedimientos establecidos, y que las pruebas de genotoxicidad y carcinogenicidad no estarán terminadas hasta octubre de 2022, millones de personas hayan sido sometidas a una vacunación masiva sin precedentes. Es perfectamente posible —aunque en absoluto seguro— que dentro de unos años el comportamiento humano sea similar al de los lemmings y que, por tanto, la especie humana esté abocada a su extinción.
domingo, 1 de agosto de 2021
sábado, 31 de julio de 2021
Los ludópatas
por Daniel Link para Perfil
Estamos en proceso de desintoxicación. Hace varios años, mi marido descubrió un jueguito encantador (en peor sentido: hipnótico, brujeril). Se juega en cooperativas una carrera en la que hay que cumplir una cantidad de tareas (fabricar cosas, ordeñar vacas, cultivar campos).
Al principio nos divertimos, hicimos amigos en diferentes lugares del mundo. Luego nos fuimos peleando con todos y todas y quedamos, en nuestra cooperativa, sólo él y yo para enfrentar alternadamente cada desafío semanal (que resolvíamos en un día, para que no interfiera con nuestra vida social o nuestro trabajo). Fue inútil, porque el juego se fue complicando cada vez más y los sucesivos reclamos que envié a los desarrolladores cayeron en saco roto. Así que desde la semana pasada, hemos decidido abstenernos de la carrerita lo que, en la práctica, significa que entramos al juego poco y nada.
Esperamos que con el tiempo esa frecuencia incluya períodos de abstinencia cada vez más largos, hasta que nos olvidemos definitivamente del asunto.
Nos asustó no tanto nuestra propia adicción, que manejábamos relativamente bien porque competíamos en semanas alternadas y sin gastar un solo peso, sino la de jugadores rivales, que se mataban por primeros puestos que no otorgaban ningún premio significativo y que, a todas luces, compraban ventajas (que cuestan como mínimo 5 dólares).
Me confortaba diciendo que el tiempo que gastaba en el juego (un par de horas semanales) era de todos modos menos que el que habría desperdiciado en las redes, ese mundo de crueldades y convicciones inquebrantables. Además, imaginaba que iba a poder escribir una novela de ciencia ficción en la que los sencillos robots que forman parte del juego se independizaban del algoritmo que los gobernaba. Iba a llamarse La isla y los robots tenían nombres del campo artístico argentino.
Si la literatura es salud, algún día ese texto se escribirá solo.
miércoles, 28 de julio de 2021
Tamara Kamenszain (1947-2021)
lunes, 26 de julio de 2021
Mirá, querida...
.... Yo fui unx de tus descubridorxs. Esperé, esperé, esperé.
Me alegro mucho de último oro.
Y bueno, sí, un poco de orgullo también.
Pero tanta sobada de ganso, en fin...
El archivo te buscará para matarte
sábado, 24 de julio de 2021
La extrema derecha
Por Daniel Link para Perfil
El 16 de julio, Giorgio Agamben publicó en el blog de la editorial italiana Quodlibet una columna titulada “Ciudadanos de segunda” que centra su atención en la implementación del “green pass” europeo que autoriza los movimientos de los vacunados. Agamben asimila el “régimen despótico de emergencia” que vivimos al fascismo: “El hecho de que la vacuna se convierta así en una especie de símbolo político-religioso destinado a establecer una discriminación entre los ciudadanos queda patente en la irresponsable declaración de un político que, refiriéndose a quienes no se vacunan, dijo, sin darse cuenta de que estaba utilizando una jerga fascista: «los vamos a purgar con el green pass»”.
En Francia, la decisión de Macron de establecer la obligatoriedad de la vacuna para trabajadores de la salud desencadenó grandes manifestaciones, caracterizadas como de “extrema derecha”. Pero no se sabe bien dónde está la extrema derecha, sobre todo porque el presidente francés dijo que “la vacuna equivale no solo a salud, sino también a la plena libertad”, lo que parece avalar más bien la posición de Agamben que la de los periódicos europeos.
Tampoco se sabe bien cómo interpretar la “objeción de conciencia”, porque muchas veces se la evalúa en relación con el objeto sobre el que recae la objeción. Si un pacifista se niega, por propias convicciones, a participar de una guerra, pareciera que se trata de una buena conciencia, pero si lo que se objeta es la interrupción voluntaria del embarazo o, como en este caso, una vacunación de efectos todavía imprevisibles (mi hija tiene petequias desde que se dio la primera dosis de AstraZeneca, hace ya más de un mes), la conciencia es mala, malísima.
No se puede discriminar entre buenas y malas conciencias tan fácilmente porque eso implica, de inmediato, establecer jerarquías ciudadanas. Todos deberíamos tener los mismos derechos, con independencia de nuestras convicciones y las formas de vida que hayamos elegido.
Entre nosotros, los “pases de vacunación” ya empiezan a funcionar. Si un bar ya ha completado su aforo, podrá incrementarlo en un 20 % con la condición de que ese porcentaje esté integrado exclusivamente por personas vacunadas con al menos una dosis de vacuna.
Ese privilegio puede significar más bien poco aplicado al ejercicio de una actividad más bien nimia (¡ir a un bar!), pero aplicado a aspectos de la vida con un peso específico mayor (concurrir a un aula, a una sala de conciertos, subirse a un tren) la cosa cambia.
Podría desentenderme del problema, pero eso sería como repetir el gesto de indiferencia que denunció el pastor Martin Niemöller a partir de 1946: “Primero se llevaron a los no vacunados, pero a mí no me importó porque estaba vacunado”. Cuando el año pasado vimos Songbird, protagonizada por Demi Moore, nos pareció un disparate. ¿Lo era?
jueves, 22 de julio de 2021
Otro que se nos fue... (basta, en serio, basta)
¡Descorche y felicidad!
sábado, 17 de julio de 2021
¿Por qué se mata?
Por Daniel Link para Perfil
No me voy a andar haciendo el cristiano primitivo (así llamaba Adorno a los cultores incondicionales de las dificultades del alto modernismo). Tengo mi corazón puesto en cierto trash industrial. Pero todo tiene un límite: las historias organizadas alrededor del superheroísmo y la brujería me duermen (literalmente), porque los superpoderes y los conjuros desbaratan la posibilidad misma de la narración. ¿Por qué en determinado momento se los usa, y en otros no? Todo eso arruina un poco la capacidad de disfrutar de un relato, porque uno sabe de antemano que no hay lógica narrativa posible (cuando la lógica narrativa está bien planteada, todo es posible).
Me duermo con Loki, la última excrecencia de Marvell, ahora incorporada al menú de Disney. Y me duermo también con 30 Monedas, que parecía una versión cachivache de ficciones paranoicas hasta que apareció una bruja. Alguien escribió por ahí que era lo mejor de la televisión española en toda su historia (le hago responsable por haberme hecho torrentear ese bodrio indigesto de HBO Europa). ¿Y El Cid de Amazon, qué? La primera temporada fue deliciosa. La semana que viene estrena la segunda.
A mi marido no lo sublevan (virtud de la que yo carezco) las incongruencias narrativas de los poderes sobrenaturales. En fin, que me duermo. Después, cuando me despierto, me dedico a lo mío. Por ejemplo, Marcella (2016). La serie estuvo ahí, disponible, pero con ese nombre...
Es un drama policial negrísimo creado por el sueco Hans Rosenfeldt, el mismo de Bron-Broen (The Bridge) y estelarizado por Anna Friel en el papel de una detective que tiene una cantidad enorme de problemas, entre los cuales se cuentan unos black-outs durante los cuales hace cosas que luego no recuerda.
Al final de la segunda temporada, luego de haber resuelto dos complejísimos casos, está al borde del suicidio. Y sin embargo hay otra temporada más, soberbia, que deja a las anteriores (que eran ya de por sí excelentes) como ejercicios preparatorios de un desenlace shakespeareano.
El guion es perfecto, progresivamente asfixiante y todo funciona como un mecanismo de relojería gracias a un equipo de directores que ya había brillado en Broadchurch, en Downton Abbey, en Wallander, en The Bridge.
Todo buen policial debe contestar con rigor a la pregunta de por qué se mata. Marcella va mucho más allá y trata de responder a la pregunta de por qué todos se matan entre si.
sábado, 10 de julio de 2021
La ñata contra el vidrio
Por Daniel Link para Perfil
En una entrevista reciente, Alejandro Katz caracterizó a la nuestra como una “sociedad fallida” y sostuvo que “lo que tenemos que empezar a decirnos es que la Argentina ha dejado de existir”.
Le escribí de inmediato lamentando su diagnóstico penoso (pero difícil de refutar) y le dije: “Hagamos algo”.
El problema va a ser, naturalmente, a quienes incluye ese plural del que depende todo.
Pienso, naturalmente, en Chile, un país que siempre nos pareció rarísimo y que, de pronto, nos da lecciones de democracia intensa. El domingo pasado, los constituyentes elegidos para redactar una nueva Carta Magna que reemplace a la actual, pergeñada por Pinochet y sus secuaces, consagraron como presidente de la Convención (con 96 votos en segunda vuelta) a Elisa Loncón, doctora en literatura, lingüista y activista mapuche.
¿Se imagina alguien un proceso semejante en Argentina, donde el resultado de la elección chilena (el triunfo de las fuerzas de la izquierda independiente y el partido comunista) fue condenado en la prensa como la venida del Anticristo?
¿Quien se animaría a dejarse representar en una Convención Constituyente argentina? ¿Y por quién, por cuál forma del resentimiento? ¿La de esa señora que mandó a los argentinos que quedaron varados no sé dónde a vender empanadas en las esquinas? ¿La de ese gobernador que cobra peaje para entrar a su provincia? ¿O la de ese ecónomo que todavía considera que el Sr. Cavallo fue el mejor ministro de la historia? Hagamos algo, sí, pero que se parezca a Chile.
jueves, 8 de julio de 2021
¡Hablame en criollo!
lunes, 5 de julio de 2021
Se paró el mundo
Uno de los más altos momentos del pop
sábado, 3 de julio de 2021
La lotería de Babilonia
Por Daniel Link para Perfil
Y sí, hermanes, quélevamohacé, Borges está siempre ahí, es lo más a mano para explicarnos el vértigo que nos domina. “Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad” dice (y al hacerlo hace coincidir nuestra voz con la suya) el narrador de “La lotería de Babilonia”, relato que ha sido leído como una alegoría del fascismo (la movilización total), de la democracia (la posibilidad de sustraerse a la fatalidad, a los dictados de las determinaciones), del peronismo (“los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y de espías” y “Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta.”)
Como esas cabezas forman hoy para nosotros parte de la misma Hidra, bien puede pensarse que el cuento cifra una postulación metafísica sobre Argentina.
He aplicado la interpretación babilónica a mi propio presente. La tirada de dados me favoreció con una primera dosis de la vacuna AstraZeneca (su versión indiana). No es que confíe más en su potencia de inmunización respecto de la de, digamos, Sputnik. Eso supondría alguna razón, completamente reñida con el azar. En este caso: AstraZeneca me permitirá atravesar fronteras una vez que complete mi esquema de vacunación, mientras que (por lo menos hasta ahora) Sputnik no.
¿Para qué someterme a una suerte inaudita? Tengo compromisos laborales allende los límites de la patria que debería atender, pero un nuevo giro de la rueda de la fortuna podría arrojarme a costas desconocidas.
Hoy conocemos un nuevo capricho de la lotería. En las siguientes semanas, sólo 600 personas por día de las miles que se han ido por diferentes razones (no haría falta invocar ninguna para viajar a donde uno se le dé la gana) podrán volver al suelo patrio. El número de desterrados crecerá exponencialmente hasta que en cada puerto aéreo del mundo haya una pequeña colonia habitando en carpas y aguardando la próxima suerte, una ficha imposible de prever dado el carácter completamente sobrehumano de la inteligencia que la fragua. ¿Seré parte de esos campamentos precarios cuyo objetivo último se nos escapa salvo como ejercicio de un poder subjetivo? “El pueblo logró que la Compañía aceptara la suma del poder público. (Esa unificación era necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones.)”
Esas operaciones, indiscernibles para el común de los mortales, afectan no sólo a la posibilidad de movimiento, sino también a los ingresos personales y a nuestra relación con el fisco. “La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores.”
Cada mañana es imprescindible que cada uno de los empleados de la Compañía (que es el único empleador del país, incluso cuando parezca haber otros) controlemos la danza de la fortuna (expresada en relaciones de cambio) para conocer cuántas monedas podremos ahorrar de nuestro salario o cuántas deberemos robar en la calle.
En un resultado de la lotería, se determinó el monto de la contribución que deberían realizar los inscriptos en el registro de artesanos y practicantes de las artes liberales. Un segundo resultado hizo que ese monto fuera retroactivo. La turbamulta elevó su voz destituyente. Un tercer resultado negó los anteriores (todo sucedió en el transcurso vertiginoso de media fase lunar) y transformó a los que antes eran deudores en acreedores del fisco.
“La Compañía (así empezó a llamársela entonces) tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios si faltaba en las cajas el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los perdedores: el juez los condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de cárcel. Todos optaron por la cárcel, para defraudar a la Compañía”, etcétera.
Por la sola fatalidad de ser argentino, “he conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre”.




