viernes, 21 de enero de 2005

Mandar fruta*

*publicado en Radarlibros el 18 de julio de 1999

Fruta prohibida
Viviana Gorbato
Atlántida
Buenos Aires, 1999
368 págs.

por Daniel Link ¿Qué lengua hay que usar para hablar de la sexualidad del otro? ¿Y qué punto de vista? En todo caso: a quién contarle la sexualidad del otro, y para qué. Viviana Gorbato proclama, desde una de las solapas de Fruta prohibida, ser profesora de Metodología de la Investigación Periodística. Hay que suponer que estas preguntas (metodológicas, pero también políticas) tienen que haber pasado por su cabeza en algún momento de su "investigación". Lamentablemente, en Fruta prohibida no hay mayores rastros de que esas preguntas hayan sido contestadas con un mínimo de rigor o de inteligencia o de pudor, tantos son los "errores" (metodológicos, teóricos, políticos, descriptivos) que se deslizan en Fruta prohibida (y sobre los cuales poco diremos por razones de espacio; no alcanzaría un suplemento entero para tan sólo enumerarlos: pero digamos que Néstor Perlongher, "escritor argentino", ni es underground (domina como un monumento toda la poesía actual) ni reside en Brasil, porque está muerto. Y digamos que las opciones sexuales de Pasolini y su muerte nada tienen que ver con su imposibilidad de "obviar la condenación religiosa". Pasolini era católico de formación, pero no idiota). Detengámonos en las preguntas básicas: quién habla, con qué lengua, y para qué o quiénes.
Hay, entre tantos "testimonios" (alguna vez habría que reflexionar sobre el valor de verdad que las "investigaciones periodísticas" otorgan al testimonio, pero también sobre los protocolos de presentación de esas palabras "verdaderas"), uno de Jorge Lanata ("periodista a quien no le importan las etiquetas"): "Hojeo la biografía -dice Lanata- de una reconocida escritora argentina; es detallada y extensa, pero en ningún lugar se dice que es lesbiana. Un periodista escribe la vida de un prestigioso autor homosexual argentino, y no dice una palabra sobre el tema. ¿Ser gay hizo menos filósofo a Platón?" (p. 200). Más allá de las (complicadas) relaciones entre "vida" y "obra", lo cierto es que resulta un poco arbitrario atribuir a Platón (¡a Platón!) una identidad gay. No sabemos, por supuesto, qué dijo exactamente Lanata (queda claro que la pregunta final poco tiene que ver con lo que viene diciendo), pero lo que queda claro es que Gorbato presenta superficialmente el tema y superficial es su relación con las palabras (y con las indicaciones temporales, y con la bibliografía, y con los nombres propios, etc.). ¡Qué pretenden! -pensará Gorbato llegando a este punto. Ya sé que Platón no era ni gay ni homosexual, pero, ¡bueno!, me dejé llevar por "el desenfado necesario para este libro" (p. 367). La pobre "investigadora" straight se subió a la calesita de las categorías y terminó un poco mareada.
Si algún interés político tiene el examen de la cultura gay es precisamente porque se trata de la primera cultura global (a diferencia de las culturas religiosas o las culturas nacionales, por ejemplo). La "cultura gay" es un sistema de valores (y de restricciones) que opera a escala planetaria y que no se funda en las "experiencias" de la sexualidad (siempre individuales) sino en "comportamientos" (entendidos como parte de un sistema) a partir de los cuales se negocian identidades: ser interior o exterior a la "cultura gay" no es hoy un problema de experiencia sexual. Nada de eso pasa por la cabeza rubia de Gorbato: "Curiosamente, eso que dice Lanata es lo que me ha llevado a miles de kilómetros de mi patria, a recorrer no sólo San Francisco, sino South Beach en Miami, Key West, Sacramento y Washington. Un tour por "gaylandia" en los Estados unidos, simplemente porque quería respirar libertad, sentir que una periodista straight (heterosexual) podía conocer el fenómeno histórico más interesante de esta última mitad de siglo sin invadir intimidades ni caer en sensacionalismos. `El tema no es el sexo, sino la libertad', pienso mientras camino por las calles de San Francisco" (p. 201). Un tour por gaylandia: Esa tal vez sea la mejor metáfora para definir el punto de vista y el objeto de Gorbato: una turista straight (que no es exactamente lo mismo que "heterosexual", claro, pero qué importa) que cuenta rapidísimo sus impresiones a través de un universo cultural completo que se describe como si se tratara de un parque de diversiones.
Y una conveniente apelación a la libertad. ¡La libertad! Como si el deseo (siendo, como es, pura coacción) pudiera interpretarse en términos de libertad. Como si gaylandia asegurara otra cosa que la libertad de mostrar el deseo propio dentro de los estrechos límites de la cultura gay. ¿Será por eso que la homofobia irradia precisamente a partir de Hollywood, cuyas estrellas (en libertylandia) se ven obligadas a alquilar acompañantes (del sexo más conveniente según la moral media del Imperio) para asistir a la entrega de los Oscars?
No, no se trata de la libertad, sino de la hipocresía. Porque hay que ser muy hipócrita para postularse como un campeón de la libertad y, por otro lado, exigir determinados comportamientos sociales en relación con el propio deseo (tan íntimo, tan evanescente, tan inasible, no importa la "dirección" en que se desarrolle): de María José Lubertino, Gorbato dice: "única política que se atrevió a asistir a la semana de Orgullo Gay"). ¡Se atrevió! ¿No es esa acaso una forma velada (la peor forma) de reclamar comportamientos? "Atrévase a nombrar públicamente su deseo", reclama Gorbato página tras página de su "investigación". Y, como entre los muchos souvenirs que ha comprado en su tour por la gaylandia norteamericana está el manual de coming out, Gorbato comete, incluso, el atrevimiento de declarar públicamente el deseo de los otros. Tal psicoanalista (para sopresa de muchos de sus pacientes, que no lo sabían) es gay, tal poeta es la "mamá lesbiana" de todas las poetas.
¿Por qué esa vocación policial (¡identifíquese!), por qué esa desesperación, por qué esa necesidad de hablar del deseo del otro ("lo interesante es que en la Argentina haya terapeutas gay que se asuman como tales", p. 317)? En los agradecimientos, que constituye una lista escandalosa de nombres propios con algunos predicados, hay, entre otros, "lesbianas", "gays", "heteros" y "superheteros". Nada demasiado revelador, por cierto (¡que nadie compre el libro para enterarse de quién se acuesta con quién!), salvo la categoría "superhetero", que constituye, en sí misma, un insulto a las minorías sexuales. ¿Por qué no hay allí (para usar las abominables categorías de Gorbato) supergays o superbisexuales, por ejemplo? ¿No es ese "desliz", finalmente, un índice de una cierta condescendencia (soy buena, soy amplia, me importa la libertad de los otros, soy divina, merezco el premio NX) que arruina el efecto general de la "investigación", dominada por tal cantidad de prejuicios que se llegan a leer enunciados (sin sentido) como estos (agrego cursivas para evitar mayores comentarios): "Los bisexuales suelen preferir a las personas de su mismo sexo o del sexo opuesto, pero reconocen sentirse también atraídos, aunque en menor grado, por el otro grupo" (p. 353); o "Tootsie, personaje de una soltera mayor, creado por un actor sin trabajo que se disfraza de mujer, fascina porque reúne lo mejor de dos mundos: la sensibilidad femenina, el cuidado puesto en las relaciones humanas, con la competitividad y la defensa del propio lugar, características de los varones" (p. 165); o "En gays, lesbianas, bisexuales y transexuales, muchas veces las mascotas hacen furor y se convierten en parte de la familia. Los preferidos son los gatos siameses, los perros siberian huskies o los wipet galgo" (p. 276). ¡Dios mío! Mi madre ama a las gallinas (¿a qué clase de perversiones se entregará?). Aquel novelista tiene una gata siamesa: ¡es gay y su mujer y su hija no lo saben!
En los canales de la televisión por cable consagrados a la exhibición del comportamiento animal suele desarrollarse un punto de vista siniestro, que hace del comportamiento del otro (los animales como otro absoluto) el motivo de todas las burlas. Leones que, tontamente, se acercan a muñecos de felpa pensando que se trata de compañeros de manada, tortugas que al copular emiten gemidos ridículos, gacelas para las cuales la fornicación no es sino un topetazo instantáneo y reproductivo. Lejos de la etología (que es, sin embargo, su punto de partida), estos programas son sencillamente la garantía de la superioridad de la especie humana -como si a esta altura del partido eso necesitara ser demostrado-, algo así como una cámara sorpresa fácil porque el otro nunca sabrá que hay alguien registrando sus taras.
El siempre eficaz Héctor Larrea conduce, por estos días, un nuevo programa de entretenimientos en el cual un panel contesta sobre temas relacionados con el mundo animal. La primera edición de Waku-Waku (programa de una inutilidad casi perfecta emitido por Azul televisión) abundó en risas fáciles y equívocos alrededor de los animales. El panel debía decidir si "El chacal se la come" o qué pasaría con la mariquita que caminaba por un subibaja improvisado.
Puestos a mirar un universo ajeno, la tentación es siempre la misma: hacer notar la supremacía del universo propio, ya sea por diferencia (la cópula humana sería menos ridícula que la de las tortugas) o por interpretación (y, por lo tanto, aniquilación) del otro universo en términos del propio: la humanización de los animales es la manera "humanitaria" para acabar con ellos.
No se trata de la libertad en la "investigación" de Gorbato. Ni siquiera se trata de un paseo por gaylandia. Lo que hace Gorbato es un paseo por el zoológico. Miren estos animales: así encerrados son inofensivos. Fruta prohibida no es una investigación (más bien es un ejemplo de todo aquello que una investigación debe evitar, de ahí su utilidad para los estudiantes de periodismo). Pero Fruta prohibida ni siquiera es un libro (no ha sido pensado ni escrito ni diagramado como libro). Es apenas un ready-made (he ahí la cultura gay) o una excrecencia del marketing, y por eso insiste tanto en la constitución en Argentina de un mercado gay. "Sin dinero (y eso también lo decía Marx) es muy difícil hacer la revolución" (p. 300). Compren gay: son limpios (= clean), son divertidos (= fun).
Hay una sola pregunta que hay que hacerle a todas las culturas: ¿Es el fascismo interior o exterior a la democracia? Muchos piensan que en la democracia de masas (en la democracia actual), el fascismo es interior al mercado. Al menos eso es lo que demuestra la "investigación" de Viviana Gorbato.


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